Milica Lilić
El día era espléndido. Aunque el verano ya había
comenzado, todavía no hacía demasiado calor. Dos escritoras salieron a caminar
con la intención de tomar un capuchino en Montmartre.
Charlaban de esto y de aquello, de acuerdo en que la
vida es mucho más compleja de lo que parece a simple vista. El ser humano tiene
la facultad de percibir esos hilos invisibles que lo unen con algo eterno e
imperecedero, pero el modo de vida contemporáneo reprime esa facultad y lo
reduce a la mera funcionalidad. Aunque todo en su interior se resista, a menudo
se ve obligado a comportarse como un mecanismo carente de emociones.
Una de ellas vivía en París, aunque había conservado
en su interior los rasgos de su pueblo y creía en sus leyendas. También tenía
su propia leyenda. Creía haberla hecho realidad. La otra sentía que estaba
viviendo la suya en ese preciso momento, que se le había concedido compartir el
amor con personas semejantes a ella y vincular, mediante su trabajo, a seres de
distintas naciones y culturas.
La mayor provenía de una familia pobre y numerosa. De
algún modo había logrado salir adelante, educarse y construir una vida en la
Ciudad Luz junto a un marido francés. Comenzó a escribir a una edad avanzada;
en realidad, como persona introvertida, había llevado un diario durante toda su
vida y escrito acerca de su intensísimo mundo interior.
Deseaba fervientemente ser poeta. Escribía poesía,
pero no tuvo una buena acogida. Además, era muy atractiva y llamaba la atención
dondequiera que apareciese. Sin embargo, nadie mostró un interés serio por sus
creaciones.
Al adquirir experiencia y confianza en sí misma, se
volcó a la prosa, y su sensibilidad lírica dio frutos. Sus novelas, colmadas de
pasajes líricos y reflexivos, por fin le proporcionaron aquella alegría tardía,
auténtica y tan anhelada, además de cierto renombre.
La más joven también había atravesado duros combates
en la vida, pero había alcanzado un gran reconocimiento social. Era celebrada y
respetada. Sin embargo, en el fondo era una persona muy sencilla, llena de amor
y empatía. Sabía que los seres humanos se comunican en el plano de los
sentimientos y así salía a su encuentro. Llena de dulzura, llevaba ese amor en
el rostro, en los ojos, aunque la vida le había advertido seriamente muchas
veces que muchos no merecían su confianza ni su franqueza, ni que invirtiera
tanto en ellos. Pero a ella no le importaba.
Observó que las personas que se cruzaban con ellas le
sonreían: hombres, mujeres y niños. Aquello la sorprendió mucho en ese mundo
occidental del que se decía que era frío. En el metro había ocurrido lo mismo.
La gente sencillamente la miraba con simpatía.
Salieron del metro y se acercaron a una calle
bulliciosa, colmada de un abigarrado tumulto.
La mayor hablaba de los grandes artistas franceses que
habían pintado allí y disfrutado de la exuberancia de la vida. Un hombre joven
venía hacia ellas y, de pronto, fijó la mirada en los ojos de la más joven.
Ellas siguieron de largo, pero luego oyeron pasos apresurados a sus espaldas.
Él corría tras ellas y repetía:
—¿Quién es ella? ¿Quién es ella?
Tenía una mano apoyada sobre el corazón, que le latía
con rapidez.
Las alcanzó y se arrodilló ante ella.
—Por favor, dígame quién es usted. La conozco de algún
lugar. ¡El corazón se me quiere salir del pecho! Por alguna razón, me ha
conmovido profundamente.
La escena era bastante melodramática, como en las
telenovelas actuales.
Ella sonrió y, sin comprender lo que él decía, le
indicó que se pusiera de pie.
La dama mayor reaccionó con rapidez y dijo:
—Tiene el honor de conocer a una poeta extranjera muy
importante y famosa en todo el mundo.
El hombre tomó en silencio la mano de la poeta y se la
llevó al corazón, que latía con fuerza.
A todos los que contemplan la vida de manera racional,
aquella escena les habría resultado lacrimógena y ridícula. Sin embargo, ella
siempre concedía importancia a lo que sentimos al encontrarnos con los demás, y
a menudo esa sensación la informaba de manera infalible. A veces la desoía y
más tarde se lo reprochaba seriamente, porque la experiencia posterior
confirmaba el indiscutible valor diagnóstico de la primera impresión.
También ella lo miró fijamente a los ojos durante un
instante y preguntó:
—¿Y usted quién es?
—Por desgracia, todavía soy un poeta libanés
desconocido y sin reconocimiento. Trabajo aquí para reunir el dinero necesario
para imprimir mi primer libro...
Después, el capuchino les sentó de maravilla en el
soleado Montmartre.
Las conversaciones acerca de vidas pasadas y de la
transmigración de las almas conferían a aquel París eterno esa dosis de
misticismo que escapa a los ojos de los transeúntes apresurados y que los
artistas llevan consigo unas veces como una maldición y otras como un don de la
vida.
Apenas unos meses más tarde, la poeta recibió la noticia de que había obtenido el primer premio de creatividad en un concurso celebrado en el Líbano. Aquel capuchino había sido, en verdad, inolvidable.
Milica Jeftimijević Lilić nació el 28 de agosto de 1953 en Lovac, cerca de Banjska, en la región de Kosovo y Metohija. Se graduó en 1977 en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Pristina, en el Departamento de Lengua y Literatura Yugoslava. Posteriormente, en 1995, obtuvo su maestría en Ciencias Filológicas en la Universidad de Belgrado bajo la mentoría del profesor Slobodan Ž. Marković. Milica ha tenido una activa carrera tanto en la docencia como en los medios de comunicación y la gestión cultural. Pero además es una autora prolífica que abarca la poesía, la prosa, la crítica literaria y la literatura infantil. Sus poemas y críticas han sido traducidos a más de treinta idiomas (incluyendo italiano, francés, inglés, ruso y árabe). Entre sus libros más destacados se encuentran: Siže slučaja (2002), Oči u oči sa sudbinom (2015) y Skriveno u sjaju očiju (2019).

No hay comentarios:
Publicar un comentario