lunes, 24 de agosto de 2026

SINGULARIDAD

Gabriel Trujillo Muñoz

 

En el viaje definitivo por el infinito del espacio, todo es reciclable y el ciclo de vida humana se ha convertido casi en una parodia infernal de su significado...

  No sé quién soy. Me veo en el espejo: el tipo que me devuelve la mirada es un completo desconocido. Me doy golpecitos en la cabeza. Suena a hueco. Hola. ¿Hay alguien ahí? 

 

Me duelen los huesos. Debe ser la artritis. Apenas puede mover las piernas. Voy paso a pasito por el pasillo de la nave. Veo las consolas de imágenes y apenas alcanzo, con mis dedos engarrotados, a manipular los instrumentos. La vejez me tiene jodido hasta el tuétano. Ya no sirves para estos trotes, Varamar, ya no aguantas semejante carga de trabajo.

Despliego las antenas de largo alcance y los sonares de tiempo fluido. Las cifras llegan sin problemas a la computadora central y se transforman en imágenes comprensibles: la nube de Antares, que es nuestro destino, va mostrando sus detalles poco a poco. Demasiada belleza lastima. Pero no puedo perderme un espectáculo como éste. Enjambres de estrellas van adquiriendo su propia individualidad. Pronto veré en las consolas los primeros sistemas solares. No aguanto la espera.

 

Me levanté sin dolores en los huesos. Cada día mi condición física mejora que da un gusto. Hoy pude correr cinco kilómetros sin perder el aliento. En la centrífuga hice calistenia y salté dos triples saltos mortales como si nada. Si sigo así voy a convertirme en un Mister Universo. Bueno, me conformo con ser Mister Antares.

 

Veinte kilómetros diarios. Quinientas lagartijas. Hoy salí a desempolvar un panel que no funcionaba como era debido. La computadora me previno. Que era mucho riesgo el salir con un simple traje espacial. Que el panel disfuncional no afectaba la misión. Como ahora es mi costumbre no le hice caso. Peor hubiera sido otro día aburrido en la nave. Al menos el paseo puso a prueba mis reflejos. Una de las tornilletas estuvo a punto de romper mi traje. Lo bueno fue que lo atrapé antes de que me causara daño. Ah, la adrenalina. El dulce sabor del peligro. Cuánto me hacía falta.

 

Me la pasé columpiándome en las cuerdas de protección de la sección de lanzaderas. Luego patiné a más de 60 kilómetros de velocidad por los túneles de viento, en la zona exterior de los reactores. Fue padre claquear por toda la nave con las botas puestas. Me hubiera encantado que toda la clica me contemplara hacer mis marometas. Pero estaban donde siempre están: con sus caras sonrosadas en el almacén de criogenia. Quisiera poder hablar con alguien de verdad. Quisiera tocar a Lina y a Suralia, hacerles el amor en gravedad cero. Sus imágenes virtuales ya no me satisfacen. Pero desconozco la fórmula para despertarlas. Y aunque la consiguiera, ahora ambas son unas nenas preciosas. Las dos ya pasaron por la cabina de pilotaje. Qué joda. Nunca coincidir con ellas. Bueno, al menos hasta que lleguemos a la nube.

 

Mis hermanos mayores son insoportables. Se la pasan dándome rachas hipnóticas cada vez que quiero tocar los sistemas de sustentación y pilotaje de la nave. Mi vigilan como si no tuviera 9 años cumplidos. Creen que voy a meterme en sus cosas. En la consolas de imágenes sólo puedo contactar con los holos de aprendizaje y conocimiento. Intenté pasar al nivel adulto. Nada. Todo está bajo candado. No se vale. No.

 

Mis hermanas mayores me regalaron un pastel por mi cumpleaños. Tengo cinco años. Me llamo Varamar Sen-Sato. El pastel es de chocolate. Es el que más me gusta. Yum. Yum. Qué divertido. Ahora estoy abriendo mis regalos. Un triciclo magnético. Regalo de Lina. Y un juego estelar. Mejor. Regalo de Alan Parveli. Y una pipa de tabaco. Qué raro. Ya dejé eso hace como 20 años. Ha de ser broma. Sí. Una broma. Seguro es un regalo de Suralia. A ella le gustaba besarme. Y que yo le besara sus pechos. Bonitos regalos. Bonitos.

 

Me siento solo. Quiero a mamá. Quiero a papá. Quiero a mis hermanos y hermanas. Ahora duermo. Ahora sueño.

 

To quielo. To-to. Da-da. Pa. Bu-bu. Aiiiiimmmmmammaa. Pu. Piiiinng. Nabamabamababama... Nabamabamababama. Piiiinng. Pu. Aiiiiimmmmmammaa. Bu-bu. Pa. Da-da. To-to. Toquielo.

 

Ahora sueño. Ahora duermo. Quiero a mis hermanas y hermanos. Quiero a papá. Quiero a mamá. Me siento solo.

 

Hoy tuve clases. Diseñé una galaxia en tres dimensiones. Holo bonito. Mis hermanas me dieron de premio una caja de psicomúsica. Hoy floté dos horas en la cámara de juegos con mi payaso y mi nodriza. Día bueno. Mañana cumplo 4 años.

 

Estoy cansado. Me atiborran de información. Quieren que me aprenda todo. Están locos. No es para tanto. Ya sé que llevamos dos mil setecientos ochenta y siete años de viaje. También sé que nos faltan ochocientos veintidos años para llegar a la nube de Antares. Tiempo total de la misión tres mil seiscientos nueve años. ¿Ven? Tengo buena memoria.

 

Jugar tenis con un holo puede ser divertido y frustrante. Si ya sabes tu nivel, dejas al holo en un nivel inferior al tuyo y siempre ganas. Eso es divertido. Pero si lo pones a un nivel superior al de tus capacidades, siempre pierdes. Eso es frustrante. Lo mejor es ponerte al tú por tú con el holo. Eso es difícil. Porque a veces uno gana y otras veces gana el holo. Eso es fascinante. El no saber qué te espera. El no conocer de antemano el resultado.

 

Varamar para acá. Varamar para allá. En cuanto acabas el entrenamiento, todo es trabajo. Tengo 21 años y qué hago: trabajar y seguir trabajando. Ahora se les ocurrió que pusiéramos a prueba todos los sistemas de emergencia de la nave. ¿Y para qué? Esto es una farsa. Todo funciona en automático. ¿Por qué no nos dejaron hibernar? Hubiera sido más fácil. Creo saber la causa de que nos despierten cada tanto tiempo y nos pongan al mando de la nave. La respuesta es simple: los holos de historia lo llaman el síndrome Titanic o la paranoia Challenger. El hombre no confía completamente en las máquinas. No cree más que en el error, el accidente, el desastre. Por eso nos sacan de la cámara criogénica y nos ponen a limpiar los instrumentos, contabilizar el oxígeno, revisar el combustible-luz. No tienen absoluta confianza en su propia tecnología. Y ahora yo debo pagar los platos rotos de la historia de la humanidad. ¿Qué culpa tengo? Ninguna. Pero heme aquí: dándole lustre a las pantallas de sondeo. Perdiendo el tiempo. Creciendo y madurando y envejeciendo para luego volver por donde he venido. Qué lata, ¿no?

 

Ahora me la paso viendo los holos de la vieja tierra. Qué banda de idiotas éramos. Ahora tengo 46 años. Llevo 185 años dándole supervisión a la nave. Creo que ya no estoy tan enojado con la misión. Ya voy comprendiendo su importancia. Me paso más tiempo contemplando la nube de Antares que nos espera. O revisando los sistemas de vida de la cámara criogénica. No quiero llegar solo a nuestra meta. Seremos una docena de exploradores, seis hombres y seis mujeres, y toda una galaxia para nosotros. Los instrumentos ya han contabilizado diez mil sistemas solares y al menos dieciocho mil planetas. Pronto sabremos qué cantidad de ellos son compatibles con la vida humana en grado suficiente para ser habitados sin excesivos contratiempos. La maquinaria terraformadora que llevamos a bordo nos evitará complicaciones innecesarias. Todo estaba previsto cuando nos embarcamos en esta misión. Todo menos la soledad que siento.

 

Me duelen los huesos. Debe ser la artritis. ¿A quién se le ocurrió esta manera de control humano de la nave? ¿Para qué hacernos envejecer y luego devolvemos a la infancia? ¿Para qué estas oscilaciones vitales? Los holos de biogenética lo explican todo muy bonito. Pero experimentarlo en carne propia no es nada agradable. Copio lo que dice el manual de vuelo: “cada viajero servirá por trescientos años como piloto oficial de la nave. Para ello se le sacará de la cámara criogénica cuando le toqué tomar el puesto y mientras lo sea irá envejeciendo hasta los noventa años de vida. Al llegar a tal edad, el biogén incorporado a su organismo hará que toda su biología regrese a sus orígenes y vuelva a ser un infante de seis meses de edad. Al llegar a los seis meses de edad el biogén invertirá el proceso y el crecimiento volverá a repetirse, tantas veces como sea necesario, hasta que el viajero-piloto quede, finalmente, como un bebé al que los servomecanismos de la propia nave colocarán, de nuevo, en la cámara criogénica. A la vez, estos mecanismos tomarán de la misma cámara al siguiente viajero para que ocupe el puesto vacante de piloto oficial, por lo que siempre habrá alguien supervisando que no sucedan imprevistos que lamentar, un tripulante disponible para cualquier contingencia o cambio de planes.

 

Lo que sigo sin entender es la artritis. Tal vez todo esto sea una prueba de esfuerzo, una fase de entrenamiento para asegurar las capacidades de nuestros cuerpos en toda edad y bajo cualquier clase de presiones. Quizás los servomecanismos son los que nos torturan despertándonos y haciéndonos crecer y envejecer de esta manera. La misión, entonces, no sería tanto poblar la nube de Antares, sino demostrar simplemente que el viaje es posible, que el ser humano resiste miles de años en el espacio en un ciclo casi infinito de reciclaje temporal de sí mismo: niño-joven-adulto-viejo-anciano-viejo-adulto-joven-niño-joven-adulto-viejo-anciano-viejo-adulto-joven-niño y síguele contando. No me trago las explicaciones del manual de vuelo. Pero no puedo hacer nada al respecto. Sólo soy un conejillo de indias y esta nave es el laboratorio en que me encuentro aprisionado: entre estrellas que nacen y estrellas que mueren, en medio de ninguna parte. No sé. Los holos no dicen nada de eso. Debo tomar mis medicinas. Debo tomar las cosas con calma. Vamos, Varamar, no sientas misericordia de ti mismo. Hay trabajo de sobra, y te falta mucho para cumplir con todos tus deberes. Ni siquiera trescientos años son suficientes para hacer bien la tarea.

 

No sé quién soy. Me veo en el espejo: el tipo que me devuelve la mirada es un completo desconocido. Me doy golpecitos en la cabeza. Suena a hueco. Hola. ¿Hay alguien ahí?

Gabriel Trujillo Muñoz nació en Mexicali, Baja California, México, el 21 de julio de 1958. Es poeta, narrador y ensayista. Es profesor de tiempo completo de la Facultad de Ciencias Humanas de la UABC-Mexicali y uno de los editores de la Revista Universitaria de la Universidad Autónoma de Baja California. Ha publicado más de ciento treinta libros como autor y compilador. Una apretada síntesis permite citar, entre muchos otros, Miríada (cuentos, 1991), Laberinto (novela, 1995), Mezquite Road (novela, 1995), Conjurados (novela, 1999), Espantapájaros (novela, 1999), Trebejos (cuentos, 2001), Mercaderes (cuentos, 2002), Aires del verano en el parabrisas (cuentos, 2009), Trenes perdidos en la niebla (novela, 2010), Moriremos como soles (novela, 2011), Pesca de altura (cuentos entrelazados, 2013), Círculo de fuego (novela, 2014), Música para difuntos (novela, 2014), Mundos distantes (cuentos, 2014), Vecindad con el abismo (novela, 2015) y El país de las hormigas rojas (novela, 2022).

No hay comentarios:

Publicar un comentario

NOVENO PISO E