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lunes, 12 de octubre de 2026

OCHO DE DICIEMBRE

Mario Delfino

 

—Lo estamos perdiendo, rápido, el desfibrilador…

—Todos atrás, todos atrás…

—No hay pulso. Se nos ha ido…

 

Inés

—¿Prefiere hacer una pausa? ¿Quiere que le traiga otra taza de café?

—No, así está bien.

Los ventanales del hospital dan a la noche que se desvanece. El pinar verdeante se mece con las ráfagas de viento. Casi le parece percibir el aroma de las hojas.

Se seca el sudor de la frente con un gesto cansado. Y eso que es ocho de diciembre…

—Hoy es un día especial —dice Inés en voz baja—. Es el aniversario de la muerte de mi madre. Desde entonces, para nosotros tres, se ha convertido en el día de la Familia. Llevamos vidas independientes, pero, estemos donde estemos, nos organizamos para reunirnos, en cualquier rincón del mundo.

—¿Ustedes tres?

—Mi padre, mi hermana y yo —hace una breve pausa—. Sigamos.

—Habíamos llegado al descubrimiento —dice la mujer, mientras vuelve a encender la pequeña grabadora gris plateada.

—Sí, el descubrimiento —murmura Inés casi para sí, mientras se masajea el rostro demacrado—. Intentaré explicar, que quede claro, lo que he entendido. No soy un genio como mi padre, solo una investigadora licenciada en física.

—Bueno, nadie en el mundo ha sido, es ni será jamás como el profesor Ricci. Quizá solo Einstein.

Inés sonríe, cansada, y empieza a explicar:

—Los seres humanos somos un binomio de materia y conciencia. Cuando morimos, la materia se descompone, se disgrega, y los átomos que la constituyen no desaparecen, sino que se recombinan mediante enlaces diferentes. El carbono, el oxígeno, el hidrógeno, el nitrógeno, el azufre, el hierro, el sodio, en fin, los elementos que nos componen, se unen para formar otra cosa.

—¿Y la conciencia?

—Es un paquete de ondas electromagnéticas con un intervalo reducido de longitudes de onda. Después de la muerte, estas radiaciones experimentan un desplazamiento de su longitud de onda.

—¿Incluso en ausencia de actividad neuronal?

—El cerebro no tiene nada que ver. Mi padre calculó teóricamente el desplazamiento de las conciencias y luego, con computadoras cuánticas, verificó ese valor de desplazamiento.

—Cuando habla de paquetes de radiación, se refiere a…

—Contienen información: básicamente, nuestros pensamientos, nuestros recuerdos. Los ha… cómo decirlo… desempaquetado… En fin, es como si hubiera abierto archivos… y hubiera extraído los datos que contenían.

—¿Y las emociones? Ha mencionado los pensamientos, pero no las emociones.

—Desaparecen con la disolución de la materia. Las generan las hormonas, es decir, moléculas químicas compuestas por átomos individuales. Materia, precisamente.

La mujer de la grabadora se sobresalta: mira por encima del hombro de Inés.

La puerta junto al ventanal se ha abierto de golpe. Sale un hombre con uniforme quirúrgico verde, que mira fijamente a Inés Ricci.

La joven sigue la dirección de la mirada de la periodista y se vuelve.

El médico se acerca, le toma las manos con delicadeza y las estrecha entre las suyas.

—He hecho todo lo posible y… y aún más… lo siento… —la voz se le apaga.

Inés baja la cabeza.

Dos lágrimas caen al suelo, sobre el piso brillante.

 

Lucía

Ha conducido toda la noche.

Está cansada, pero sabe que no es el momento, que ese no es el día en que puede permitirse descansar. Es ocho de diciembre.

Desde que recibió la llamada de su hermana, ha dejado de pensar. Actúa como un autómata. Ejecuta sus acciones guiada por una voluntad superior.

Ha recorrido kilómetros de carreteras oscuras, empapadas por los aguaceros de la tormenta; ha atravesado bosques, amplios claros, llanuras interminables; ha ascendido por colinas, trepando por curvas vertiginosas. En silencio, en la oscuridad. Con la radio apagada y sin luces de otros vehículos frente al parabrisas ni en el espejo retrovisor. Solo la acompañaban los pesares. Muchos, demasiados.

Ha llegado.

Estaciona el automóvil en el patio casi desierto del hospital y apaga el motor.

Se apoya, exhausta, en el volante y cierra los ojos.

El mundo gira a su alrededor en un vértigo repentino y desagradable.

Ahuyenta ese instante de debilidad con un parpadeo. Se sacude.

Baja del automóvil y se dirige con paso decidido hacia la entrada del hospital.

 

Inés

No entiende lo que le dicen.

Infarto, arterias obstruidas, reanimación, desfibrilador, crisis definitiva.

Inés solo sabe que su padre ya no está. Y que ha elegido precisamente el ocho de diciembre para irse.

¿Y qué le queda a ella, salvo un montón de recuerdos? ¿Estará también su paquete de ondas electromagnéticas? Sí, pero ¿dónde? Y, además, las radiaciones de la conciencia no contienen las emociones, los sentimientos… Estos se han evaporado con las hormonas. Ahora, sobre la camilla de la sala mortuoria, los átomos del cuerpo ya deben de estar reagrupándose, liberados de la tiránica disciplina de la vida, en lo que la ciencia llama, con un término lúgubre, descomposición.

De pronto le flaquean las piernas: se ve obligada a sentarse. Intenta, en vano, escapar del asedio del médico, que la abruma con detalles y pormenores que Inés no quiere escuchar.

Le repite que ha hecho todo lo posible y aún más para mantenerlo con vida, pero no lo ha logrado. Lamenta haber fracasado. Y no haber podido intercambiar siquiera una palabra con el profesor Ricci, que había llegado inconsciente al servicio de urgencias del hospital.

Un cerebro como el suyo que pierde la conciencia… ¡Qué destino burlón!

El despacho del médico es una habitación grande y austera: un escritorio, tres sillas y una estantería con hileras de carpetas.

Inés levanta la mirada hacia el jefe de cardiología, el doctor Borja, y, por primera vez desde que cruzó el umbral del hospital, lo mira. Es un hombre de mediana edad; los escasos cabellos entrecanos se funden, sobre el cuello bronceado, con el vello negro que asoma por el uniforme.

Llaman a la puerta del despacho: aparece la cabeza de una enfermera.

—Doctor Borja, está aquí la señora Ricci.

—Hágala pasar.

Inés se vuelve hacia la puerta.

Ve entrar a su hermana: tiene un trapo blanco en lugar de rostro.

 

Lucía

Está en el vestíbulo del hospital.

Ella es la hermana decidida, la que resuelve los problemas, aquella a quien, en la familia, han confiado las soluciones difíciles. Cuando apenas tenía poco más de veinte años, le pidieron que cuidara a su madre, enferma terminal. Ella es la fuerte, la sensible, la de nervios de acero. Siempre ha estado presente cuando la han necesitado. Y esta mañana, al amanecer del ocho de diciembre, su padre se ha ido y ella no estaba. No lo ha visto apagarse, no le ha sostenido la mano hasta el final…

Una enfermera se cruza en su camino y Lucía le pregunta sin rodeos dónde está el cardiólogo Borja.

—¿Tiene una cita?

Sonríe, con una mueca irónica.

—¿A esta hora? Soy Lucía Ricci.

La enfermera va delante de ella, entra en un ascensor amplio y sombrío y luego en un largo pasillo, con las paredes revestidas de paneles de un gris gastado.

La enfermera se detiene ante una puerta cerrada y llama antes de entreabrirla y asomar la cabeza. Luego se vuelve hacia Lucía, le indica con un gesto que entre, abre la puerta del todo y se aparta.

En la habitación, debajo de la ventana, hay un escritorio y, junto a él, el doctor Borja, que se levanta para salir a su encuentro.

Sentada junto al escritorio, Inés, con el cabello revuelto, ojeras amoratadas y ojos rojos, se vuelve hacia ella.

Su mirada es lo peor.

 

Inés y Lucía

—Quiero saberlo todo, hasta el más mínimo detalle. Explíqueme, doctor, qué ha sucedido —comienza Lucía, fingiendo no advertir el gesto desconsolado de su hermana, que esconde el rostro entre las manos como señal de rechazo a cuanto la rodea.

Y Borja vuelve a relatar desde el principio la dramática noche que acaba de concluir, empezando por la llegada del profesor Ricci al servicio de urgencias.

Cuando termina de hablar, el sol ha asomado entre nubes densas y oscuras.

—¿Dónde está ahora? —El tono de Lucía es inquisitivo, expeditivo. Casi una orden dirigida a uno de sus empleados.

—En la sala mortuoria.

—¿Ya lo has visto? —le pregunta bruscamente a su hermana.

—Te estaba esperando.

—Vamos, entonces. ¿Nos acompaña, doctor?

—Llamaré a una enfermera.

 

Paz y serenidad, un bienestar profundísimo.

Se ha visto a sí mismo tendido en la cama de cuidados intensivos, con médicos y enfermeros que se afanan por salvarle la vida.

Se ha hundido en el vacío absoluto, caminando por un túnel oscuro, en una oscuridad que no anulaba su sentido de la orientación: sabía adónde ir. El túnel se ha vuelto cada vez más luminoso, hasta convertirse en un mar infinito de Luz intensísima, blanquísima.

En las orillas del mar, se ha encontrado con sus muertos y lo han envuelto corrientes de Amor.

Ha vuelto a ver su propia vida durante instantes dilatados como milenios.

Sin embargo, había algo que ensuciaba la serenidad, un estremecimiento negro en el fondo de su conciencia. Una tarea por completar, quizá.

Su esposa se ha acercado y le ha dicho que debía volver, que aún no era su momento.

Ha comprendido.

Ahora –pero ¿de verdad, «aquí», existen un «ahora», un «antes» y un «después»?– recorre el túnel de regreso, en una oscuridad cada vez más densa.

 

Inés y Lucía

La habitación es pequeña y fría.

Las paredes están pintadas de blanco, un blanco embustero, mentiroso. Debería ser la suma de los colores y, sin embargo, parece un desierto de ellos.

En una pared hay un gran reloj circular con marco de cobre. Las agujas se deslizan sobre números romanos. El tiempo que transcurre, indiferente al dolor y a quienes quisieran detenerlo, es el único movimiento en la ausencia de vida que llena la habitación.

Son las diez y siete minutos.

En el centro de la habitación hay una camilla metálica, poco más que un catre, largo y estrecho.

Una sábana envuelve el cuerpo.

El encargado de la morgue, de cabello y barba negros y tupidos, intercambia una rápida mirada con las hermanas y, ante un gesto afirmativo de ambas, levanta apenas la sábana.

Aparece el rostro céreo, que todavía no ha adquirido aspecto de mármol.

Inés y Lucía asienten.

El hombre vuelve a cubrir el cadáver.

 

Es como un avión que despega.

Sin embargo, sabe que no es un avión.

Sin embargo, la sensación es exactamente esa, el principio de inercia vencido por la aceleración hacia…

El «viaje» es instantáneo.

La llegada es traumática. La sacudida es violenta.

Como un nacimiento. Es un segundo nacimiento.

El aire entra de golpe en los pulmones; el corazón despierta, vuelve a latir, a irrigar el cerebro.

Tose contra el blanco de la sábana.

 

Inés y Lucía

El hombre ha apoyado la mano musculosa sobre el picaporte de la puerta cerrada.

Inés y Lucía se interrogan con la mirada.

—¿Has oído?

—Sí.

—¿Qué ha sido?

—No sabría decirlo —la voz se ahoga en la incertidumbre.

Otra vez ese soplo forzado, lejano.

También lo percibe el hombre barbudo, que se vuelve, asustado, hacia la camilla.

La sábana se levanta, acompañada de otro resoplido.

¡El muerto está tosiendo!

Inés y Lucía corren hacia él, gritando:

—¡Papá! ¡Papá!

El profesor parpadea, respira a pleno pulmón.

Esboza una tenue sonrisa hacia sus hijas.

Son las diez y nueve del ocho de diciembre. 

Mario Delfino nació en Nápoles en 1963. Es químico y trabaja desde hace años como consultor empresarial. Entre 1991 y 1993 publicó cuentos en revistas profesionales, antologías y periódicos. Luego dejó de escribir. Recientemente retomó la actividad. Ha publicado en Il Lettore di Fantasia (enero–abril de 2024), en 365 Racconti Gialli, Thriller, Noir, de Delos Digital (octubre de 2024), en Visioni Fantastiche: On demand, de Edizioni Scudo (septiembre de 2025), en World SF Italia Magazine, n.º 15 (noviembre de 2025), y en Il Magazzino dei Mondi, n.º 6 (mayo de 2026). Uno de sus cuentos es finalista en la sección Sentieri del Premio Opera Narrativa 2025, y otros dos están pendientes de publicación.

¡LIBERA ME, DOMINE!