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jueves, 22 de octubre de 2026

CIUDAD 2.0

Igor Antoniuk

 

«La ciudad había estado esperando

durante veinte mil años».

Ray Bradbury, «La ciudad»

 

El niño ya estaba despierto cuando las luces aparecieron en el cielo.

Por un instante, desgarraron la oscuridad de la noche. Con un estruendo, atravesaron la ciudad dormida. Brillaron como fuegos artificiales del Cuatro de Julio y desaparecieron más allá de las colinas arenosas. Siguió un minuto de silencio, como si nada hubiera ocurrido. Por la mañana, regresó el padre.

—¡Papá! —El niño corrió a abrazarlo.

El hombre se dejó caer, sin fuerzas, en una silla y se apoyó contra el respaldo de madera. Tenía el rostro flácido. La piel grisácea parecía escurrírsele como la cera de una vela recién encendida. Su pecho hundido subía y bajaba lentamente. Mantenía la mirada fija en la pared. Llevaba una camisa roja a cuadros y pantalones vaqueros desteñidos. Olía a metal quemado, y de su respiración ronca emanaba un hedor a caucho chamuscado. Entonces, por primera vez, el niño oyó aquellos sonidos extraños:

Clic-clic-clic-clic.

—¿Volviste anoche? ¿Tú? ¿De verdad?

El hombre no respondió. No apartó la mirada. Parecía estudiar la pared que tenía delante, como si en ella hubieran aparecido constelaciones del zodíaco en lugar del hormigón desnudo. Luego giró lentamente la cabeza hacia el niño y dijo:

—Sí. Soy yo.

—¡Reu! —llegó la voz de la madre desde la cocina—. ¿Estás despierto? —Se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos. Miró a su hijo y luego a su marido.

—Reu, ven a la cocina. Ahora. —Cuando el niño se acercó, ella se agachó. Lo observó un momento antes de hablar.

—Raymond, eres un buen niño, ¿verdad?

—Sí, mamá —respondió él.

—Entonces, si te pido algo… Prométeme que no se lo dirás a nadie, ¿de acuerdo? ¿Lo entiendes? —Le sujetó la muñeca, apretando los dedos—. No le digas a nadie que papá ha vuelto.

—¿Ni siquiera al tío Einar? —preguntó el niño.

—Ni siquiera a él. Júralo —dijo ella, apretándole aún más la muñeca, con la voz temblorosa—. ¿Me oyes? ¿Me oyes?

—Sí, mamá —respondió él, al borde del llanto—. Lo juro.

Por la tarde, llegaron los militares.

Vinieron en tres vehículos blindados. El rugido de los motores hizo que los vecinos apartaran las cortinas. Las puertas se abrieron con un chirrido y unas botas marrones golpearon el asfalto. Rostros adustos. Ningún rastro de emoción. Tras las gafas oscuras, sus ojos eran indescifrables.

Llamaron suavemente a la puerta y entraron sin esperar respuesta.

—Buenas tardes —dijo un hombre alto y canoso al entrar en la sala. Vestía de civil. Dos oficiales más jóvenes permanecían detrás de él.

Han venido por él. Lo saben… El corazón de la mujer latía con fuerza. Intentó recomponerse. Se clavó las uñas en las palmas.

—Claro, pasen, por favor —dijo, esforzándose por mantener la calma—. ¿Quieren café? Está recién hecho. —El oficial de más edad alzó una mano para detenerla.

—Señora Smith —comenzó.

—Nora —lo corrigió ella.

—Nora —repitió él con una sonrisa seca—. Supongo que sabe quiénes somos y por qué hemos venido.

—Sí, me lo imagino —apenas logró decir. Una lágrima le rodó por la mejilla. Se la secó rápidamente y tomó aire con dificultad—. ¿Le ha ocurrido algo a mi marido?

—No lo sabemos —respondió él en voz baja, pero con autoridad—. La expedición de su marido tuvo éxito. Estaban de regreso.

—¿Encontraron algo?

—Tal vez. No puedo decírselo. Es información clasificada, señora Smith… Nora. En el trayecto de regreso, probablemente la nave quedó atrapada en una lluvia de meteoritos.

—¿Probablemente? —preguntó ella.

—A menos que hayan sido los rusos. Perdimos contacto con la tripulación cuando la nave entró en la atmósfera terrestre.

—Entonces, las luces que vimos anoche en el cielo eran…

—Sí —la interrumpió el hombre, recorriendo la habitación con la mirada, en busca de algo—. Eran restos de la nave. Como sabe, la tripulación estaba compuesta por nueve personas. Encontramos a siete.

—¿Muertas? —preguntó ella sin rodeos.

—Se desconoce el paradero de las otras dos —continuó él, ignorando la pregunta—. El capitán y su marido, el señor Smith. Sospechamos que él…

—No creerá usted… —Volvió a sollozar. Las lágrimas le corrían por el rostro—. ¿Que después del accidente mi marido podría entrar sin más por esa puerta y decir: «¡Hola, Nora!»?

—¡Mamá! ¡Mamá! —llegó una voz desde la cocina. En un instante, el niño estaba allí, abrazándola con fuerza.

—Pero papá volverá, ¿verdad? —preguntó el niño, alzando la mirada hacia el hombre.

—Sí —susurró la madre, besándole la coronilla. Tal vez fue entonces cuando el niño volvió a oír aquel sonido tenue:

Clic-clic-clic-clic.

—Mi papá es un héroe, ¿verdad?

—Deberías estar orgulloso de él, niño —dijo el hombre—. Adiós, señora Smith. Nora… Adiós, Reu…

—Pero, señor, ¿cómo sabe mi nombre? —El hombre no respondió y cerró la puerta tras de sí. Los motores rugieron y se perdieron en la distancia.

—Lo sabe todo —susurró la mujer, temblando—. ¡Todo!

Cuando se marcharon, el niño corrió al sótano. La mujer se deslizó por la pared hasta quedar en el suelo, impotente.

—¡Papá! ¡Papá, han venido! Pero yo no…

El padre estaba de pie, de espaldas, con la cabeza inclinada hacia arriba. Sostenía una lata de metal opaco que brillaba débilmente. La tenía pegada al rostro. Unos espasmos agitaban su camisa. En el sótano resonaba un burbujeo húmedo. El olor a grasa de automóvil le irritó la nariz al niño.

Clic-clic-clic-clic.

El hombre se estremeció y apartó lentamente la lata del rostro. Varias gotas negras salpicaron el suelo. Con la otra mano se limpió la cara y se volvió.

En la penumbra, el niño vio un líquido negro y aceitoso que rezumaba de la comisura de la boca de su padre. Le goteaba por el cuello y empapaba la camisa.

—Papá, ellos… pero yo…

—Lo sé —respondió con una voz que zumbaba como una corriente eléctrica—. Sube. YO. IRÉ. PRONTO. —No hizo falta que lo repitiera.

El niño subió corriendo y dejó la puerta entreabierta tras de sí.

De pronto, la cabeza de su padre se torció hacia atrás y quedó colgando sobre el pecho. La boca se le abrió convulsivamente y los ojos se le pusieron en blanco. Con un chirrido metálico, como el de una escotilla al abrirse, el pecho se le abrió en dos. En lugar de sangre, brotó aceite negro. Una aguja dorada salió disparada, y AQUELLO que había sido su padre la atrapó con precisión.

—REU. PAPÁ. YA. VIENE —dijo la madre a su espalda, sosteniendo en las manos una aguja idéntica.

Un chorro caliente corrió por la pierna del niño y se derramó sobre los escalones. El niño no pudo gritar.

Igor Antoniuk (Skomorojy, región de Ternópil, Ucrania, 1991) es escritor, historiador y docente. Estudió Historia y Pedagogía en la Universidad de los Cárpatos Vasyl Stefanyk y reside en Ivano-Frankivsk. Su narrativa breve combina elementos fantásticos, sobrenaturales y de terror. Publicó las colecciones de cuentos Шепіт сосен («El susurro de los pinos», 2018) y Монету підкине кожен («Cualquiera lanzará la moneda», 2024). Sus relatos han aparecido en las revistas Текстover y Склянка часу, así como en diversas antologías de terror.

 

 

AMANECER