Mostrando entradas con la etiqueta Kshitij Desai. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Kshitij Desai. Mostrar todas las entradas

martes, 29 de septiembre de 2026

EL BRAZALETE DE BLUEBERRY

Kshitij Desai

 

Deslizó la pantalla de la computadora que tenía encendida delante. Ocurrió lo que esperaba. La pantalla no se movía. Solo seguía visible el informe que había abierto poco antes. ¿Acaso el tiempo se había congelado? No tenía idea de qué hacer.

Y, de pronto, la pantalla de la computadora comenzó a moverse. Pero no se desplazaba. Empezó a derretirse, como si hubiera pasado súbitamente del estado sólido al líquido. Sin embargo, la temperatura de la habitación no aumentaba. Su miedo creció. La computadora empezó a derramarse sobre la mesa... y la mesa comenzó a derramarse sobre el suelo. La pared que tenía enfrente parecía derretirse y escurrirse hacia abajo. Miró su muñeca. El brazalete de Blueberry que llevaba también se estaba derritiendo...

¡Gritó!

 

Ira contemplaba desde la ventana de la oficina las extensas cordilleras rojizas que se prolongaban a lo lejos. Era una costumbre suya. Los días en que no tenía trabajo de campo y debía permanecer en la oficina frente a una pantalla, aplicaba la regla veinte-veinte-veinte. La regla consistía en que, después de veinte minutos de trabajo, había que mirar durante veinte segundos algo situado a veinte pies de distancia. De ese modo, los ojos no se fatigaban y la vista permanecía despejada. Para Ira era indispensable cuidar así su salud cuando trabajaba continuamente frente a una pantalla. Durante aquellos descansos de veinte segundos, solía viajar al pasado. Historias y recuerdos de todo tipo acudían a perseguirlo.

Ese día recordaba el examen de la MPSC. ¡Cuánto había trabajado para conseguir aquel puesto! Ya llevaba seis años allí, pero conservaba la imagen del examen tan fresca en la memoria como si acabara de rendirlo.

El examen de la Mars Public Service Commission, es decir, la Comisión del Servicio Público de Marte, había sido una verdadera prueba de resistencia. La comisión se encargaba de cubrir los puestos administrativos de la colonia marciana. Los candidatos presentaban sus solicitudes desde la Tierra y todas las pruebas se realizaban allí, en los países más próximos a sus lugares de residencia. Los seleccionados obtenían un nombramiento de once años en Marte. Aquel año se habían presentado unos veintiséis mil aspirantes.

¡E Ira era uno de ellos! Un Ira joven, de rostro radiante y ojos llenos de confianza.

Había estudiado muchísimo para el examen. No podía ser de otro modo. Un gran éxito exigía un gran esfuerzo. Para prepararse para la prueba escrita, obtuvo una visa de seis meses para Japón y se instaló en Kioto. La ciudad era famosa por sus cursos preparatorios para el examen de la MPSC. Muchos aspirantes acudían allí para estudiar.

Ira se entregó por completo a la preparación. El examen valía trescientos puntos y cada candidato podía escoger las materias del programa. Era obligatorio rendir un mínimo de seis pruebas. Ira se inscribió en cursos para ocho. Su rutina se redujo a desayuno, clases, almuerzo, estudio, cena y más estudio. Por las noches llamaba a su familia para saber cómo estaban. Ver sus rostros hacía desaparecer su cansancio. Los días libres se permitía disfrutar de la comida japonesa.

Rindió todas las pruebas con gran dedicación y, como esperaba, aprobó. Las calificaciones obtenidas en sus ocho materias le permitieron pasar a la siguiente etapa.

Dos meses más tarde llegó la prueba física. Quienes fueran a trabajar a Marte tenían que estar físicamente preparados. Los candidatos con discapacidad estaban exentos de aquella prueba y sus responsabilidades laborales se adaptaban en consecuencia.

Para prepararse, Ira viajó a Canyon Ranch, en Estados Unidos, donde los candidatos de la MPSC gozaban de condiciones especiales. Allí se sometió a ejercicios agotadores, aunque estimulantes. Lo que no pudo hacer fue disfrutar de la comida estadounidense: para mantener una salud óptima debía seguir una dieta estrictamente establecida.

Dos meses después llegó el día del examen. La prueba física duraba toda la jornada. Al principio, Ira quedó exhausto. Durante la pausa del mediodía, mientras comía, volvió a concentrarse en su objetivo: gran esfuerzo, gran éxito. La tensión disminuyó y recuperó el entusiasmo. Con renovadas energías completó el resto de la prueba.

También la aprobó.

Ahora tenía que prepararse para la entrevista. Regresó a su casa, en la India. ¿Qué mejor lugar para leer y reflexionar? Había elegido el centro de Delhi para la entrevista. Ese mismo día, después de esta, tendría lugar la última prueba: el «mapeo cerebral». Era el único examen para el cual no hacía falta prepararse. Ira sabía que consistía en anestesiar al candidato, como en una prueba con narcóticos, y hacerle algunas preguntas.

El centro de entrevistas era enorme. Habían acudido muchos candidatos y las entrevistas se realizaban simultáneamente en diferentes salas. Cuando llegó su turno, Ira entró procurando mostrar seguridad. Tres funcionarios formulaban las preguntas: uno era de Suiza, otro de la India y la tercera era una mujer de la administración colonial de Marte.

La entrevista salió incluso mejor de lo que esperaba. Después tuvo que esperar en una sala del enorme edificio para realizar el mapeo cerebral. Los candidatos eran examinados individualmente, uno tras otro, en distintos horarios.

Hasta que llegó su turno, Ira se mantuvo tranquilo. Pero cuando entró en la sala sintió cierto temor. El lugar le recordó de inmediato una clínica dental. Incluso había un sillón-cama como los de los dentistas. Tal vez por eso se asustó un poco; después de todo, ¡de niños todos tememos ir al dentista!

Sin embargo, la encargada del examen —la doctora Mitra— lo tranquilizó. Mientras conversaba con ella, le administró una inyección anestésica. Menos de una hora después, Ira salió de aquel lugar.

También había aprobado aquella prueba.

¡Qué alegría sintió cuando recibió en su tableta el nombramiento oficial! Pero todavía se alegró más al ver el regalo de su padre. Reconoció enseguida el atractivo brazalete de piedras azules que había dentro de la caja. Estaba hecho con piedras «Blueberry», que solo se encontraban en Marte.

—¿Un brazalete de Blueberry? ¿Cuándo lo compraste?

—¿No recuerdas que una vez me hablaste de estas piedras? Lo encargué entonces a Marte. Pensé que, si te gustaban tanto, podría regalártelo en una ocasión especial.

—¡Muchísimas gracias, papá!

 

Ira se colocó el brazalete en la muñeca y permaneció contemplándolo un largo rato... hasta que el sonido del teléfono lo arrancó de su ensoñación. Sonaba el aparato de la oficina que estaba sobre el escritorio. La llamada procedía del puesto de seguridad situado junto a la entrada. Deslizó la franja verde de la pantalla para responder.

—Buenos días, señor —lo saludó el guardia de seguridad.

—Buenos días, Kirill.

—Está aquí el señor Wadhawan, de la compañía Wadhawan.

—¿Ha venido personalmente?

—Sí.

—Está bien. Hazlo pasar.

—Buenos días, señor.

Wadhawan empujó la puerta y entró. Era un hombre de unos treinta y cinco años, corpulento y sonriente. Vestía una camisa blanca y llevaba en la muñeca un llamativo brazalete de piedras Blueberry.

—Buenos días. ¿Ha venido usted mismo? Pensé que enviaría al abogado de la compañía. Siéntese.

—¡Pero, señor! ¿Cómo vamos a mandar a un abogado a entrevistarse con un funcionario como usted? ¡Ja, ja, ja!

Wadhawan se sentó.

Ira abrió una notificación en la tableta que descansaba sobre el escritorio y se la mostró.

—Es un requerimiento para que presenten sus descargos. Normalmente enviamos estas notificaciones directamente a la empresa, pero ustedes son contratistas del gobierno desde hace muchos años, así que preferí convocarlo primero. Revísela. Tal vez haya alguna acusación originada por un malentendido.

Wadhawan leyó la notificación. Intentaba disimular la preocupación y el abatimiento que se dibujaban en su rostro.

—¿Qué es esto, señor?

—Un requerimiento para que presenten sus descargos. Acabo de decírselo.

—Pero, señor, nosotros hacemos todo de acuerdo con las normas. Claro que a veces hay que hacer algún pequeño... ajuste...

—¿Ajuste? ¿Pequeño?

Ira sintió que la ira le subía por dentro.

La compañía Wadhawan tenía el contrato para la eliminación de residuos. Según sus condiciones, debía recoger todos los desperdicios de la colonia marciana y clasificarlos en tres categorías: biodegradables, reciclables y no biodegradables.

Los primeros eran enviados a la planta de descomposición de residuos Lazi Jyesan, construida por China, donde eran procesados. Los materiales reciclables se distribuían, según su naturaleza, entre diferentes instalaciones: plantas de reciclaje de plástico, vidrio, papel y otras. Los residuos no biodegradables se eliminaban en el espacio mediante transbordadores estadounidenses. Una enorme bolsa de basura compactada se cargaba en un transbordador que era lanzado al espacio. Cuando alcanzaba la órbita gravitatoria apropiada, un acelerador expulsaba la bolsa a enorme velocidad en dirección al exterior del sistema solar.

Pero Ira había descubierto que la compañía Wadhawan estaba ahorrándose una gran cantidad de dinero. Casi la mitad de los residuos recogidos en la colonia eran arrojados directamente al cráter Lederberg sin tratamiento alguno. El cráter estaba lejos de la colonia. Ira había viajado personalmente hasta allí con un equipo de inspección y había visto la basura acumulada. Habían recogido fotografías y videos como pruebas.

Al evitar la clasificación y la eliminación espacial de los residuos, la compañía Wadhawan se ahorraba buena parte de los costos.

—Solo procesan la mitad de la basura. La otra mitad la arrojan al cráter Lederberg. Todos los meses... ¡al cráter!

—Eso no es cierto.

—No mienta. Fui personalmente al cráter y lo vi con mis propios ojos. Hay toneladas de basura allí.

—Hablaré con el personal, señor. Yo no sé nada de esto.

—¡Wadhawan! —dijo Ira con voz firme—. No le envié directamente la notificación. Organicé una reunión. Y ni siquiera una videoconferencia: le pedí que viniera personalmente. ¿Sabe por qué? —Wadhawan guardó silencio—. Porque quería ver la mentira en sus ojos. Estoy absolutamente seguro de que usted lo sabe. Es más: estoy seguro de que fue idea suya.

Wadhawan pareció incómodo.

—Señor, mire... llevamos años haciéndolo así. ¿A quién perjudicamos arrojando los residuos al cráter? Nuestra colonia no llegará hasta allí ni siquiera dentro de cien años. ¿Para qué gastar dinero en eliminación espacial?

—¿Y dentro de doscientos años? ¿Dentro de quinientos? En la Tierra acumulamos basura pensando exactamente como usted. Arrojamos desperdicios a los océanos y los contaminamos. Nos comportamos como quisimos hasta llevar el planeta al borde de la destrucción. ¿Cuánto dinero cuesta ahora solucionar esos problemas todos los años? ¿Cuánto trabajo humano se desperdicia allí únicamente para deshacerse de la basura? ¿Queremos hacer lo mismo aquí?

Ira hizo una pausa e intentó dominar su enojo. Wadhawan se apresuró a llenar un vaso con el agua de una botella que había sobre el escritorio y se lo ofreció. Él lo rechazó con la mirada.

—Lleva un brazalete de Blueberry, pero solo para lucirlo. Yo también llevo uno. Sé que la piedra Blueberry es un símbolo del orgullo de nuestra colonia marciana. A usted Marte solo le interesa para obtener beneficios. No piensa en el futuro de este planeta.

—Para el futuro todavía falta mucho... ¡Ninguno de nosotros va a quedarse aquí para siempre! Usted mismo regresará a la Tierra dentro de cinco años. Y cuando llegue tendrá que buscar otro trabajo. Señor, podríamos arreglar las cosas para que no tenga que volver a trabajar jamás. Después de todo, el dinero que ahorramos con estos pequeños ajustes de la basura no tiene por qué quedarse únicamente en la compañía. También podríamos... ajustar ahí cualquier gasto que usted tenga.

Ira cerró los ojos durante un par de segundos. Una vez más, dominó la ira. Cuando acababa de ingresar en el servicio público y alguien le hacía una «oferta» semejante, se enfurecía y lo echaba de su oficina. Para entonces ya había aprendido una forma mejor de dar una lección a esa clase de personas.

—Wadhawan, en mis seis años de servicio muchas personas han intentado sobornarme. He iniciado los procedimientos legales correspondientes contra ellas. Tiene suerte de que todavía se lo diga con calma: tome esta notificación, presente una disculpa por escrito por haber intentado sobornarme y váyase.

—¡Soborno, señor! No lo vea así. Ha trabajado muchísimo durante todos estos años. Considérelo un paquete de jubilación. ¿Qué le parece?

Wadhawan volvió a sonreír con incomodidad.

—Muy bien. Ahora también presentaré cargos contra usted. Tanto el requerimiento como la citación judicial llegarán directamente al correo electrónico de la compañía. Puede retirarse.

Ira volvió la mirada hacia la pantalla y siguió leyendo el informe que tenía abierto. Sin embargo, observaba a Wadhawan por el rabillo del ojo. Él continuaba sentado, inmóvil como una estatua, sin decir una palabra. Esperó un momento. Después se volvió hacia él.

—Señor, ¿no me ha oído? Cuando digo que puede retirarse quiero decir que se vaya...

Wadhawan siguió sentado, con la mirada fija en el vacío.

—Oiga... ¿hola?

Ira chasqueó los dedos delante de los ojos del visitante. Nada. Era como si se hubiera convertido realmente en una estatua.

Presionó el botón de emergencia situado debajo del escritorio para llamar al guardia de seguridad, pero el botón no cedió. Parecía haberse quedado atascado. Ira empezó a sentir miedo. ¿Qué estaba pasando? Un hombre convertido en estatua... un botón inmóvil... Intentó encender la pantalla del teléfono. Tampoco funcionaba. Solo aparecía una superficie negra y vacía. Deslizó la pantalla de la computadora que tenía encendida delante. Ocurrió lo que esperaba. La pantalla no se movía. Solo seguía visible el informe que había abierto poco antes. ¿Acaso el tiempo se había congelado? No tenía idea de qué hacer.

Y, de pronto, la pantalla de la computadora comenzó a moverse. Pero no se desplazaba. Empezó a derretirse, como si hubiera pasado súbitamente del estado sólido al líquido. Sin embargo, la temperatura de la habitación no aumentaba. Su miedo creció. La computadora empezó a derramarse sobre la mesa... y la mesa comenzó a derramarse sobre el suelo. La pared que tenía enfrente parecía derretirse y escurrirse hacia abajo. Miró su muñeca. El brazalete de Blueberry también se estaba derritiendo...

¡Gritó!

—I... I...

Le llegó desde muy lejos una voz imprecisa. Miró a su alrededor. Una luz intensa comenzó a invadir su campo visual.

—Ira...

La voz resonaba. Entonces comprendió que estaban pronunciando su nombre.

La luz no desaparecía. Parecía brotar de las ventanas, de las lámparas de la habitación e incluso de las paredes. Deslumbrado, cerró los ojos.

—¡Ira!

La voz se oyó con claridad. Abrió los ojos y miró alrededor. Estaba en otra habitación. El lugar le resultaba familiar. Era como si ya lo hubiera visto en alguna parte. Se incorporó. Estaba acostado en uno de esos sillones-cama que utilizan los dentistas.

—¡Ira!

Se volvió rápidamente hacia la voz. Una mujer de mediana edad, con bata blanca y una tableta en la mano, estaba de pie a su lado. Oh. ¡Era la doctora Mitra! La misma doctora que había realizado el mapeo cerebral durante el examen de la MPSC.

—¿Cómo se siente ahora? —preguntó.

Y de pronto Ira lo recordó todo. Seguía en la misma habitación. La del examen de mapeo cerebral. Entonces, ¿había estado soñando todo aquel tiempo? Los acontecimientos del sueño regresaron vagamente a su memoria.

Marte... el trabajo... la oficina... Wadhawan... Miró de inmediato su muñeca. El brazalete de Blueberry no estaba allí.

—Me siento bien —respondió.

La doctora sacó del refrigerador un envase de batido de chocolate, le introdujo una pajita y se lo entregó.

—Tome. Para la serotonina y las endorfinas de su cerebro. Así no solo se sentirá bien, sino estupendamente.

Ira sonrió y bebió un largo trago. Sintió que su cabeza se despejaba un poco.

—Doctora, ¿ya terminó mi prueba de mapeo cerebral?

—¡Sí! Y muchísimas felicidades. Ha aprobado.

—¡Gracias!

Ira se alegró, aunque no se sorprendió. Después de todo, ya había experimentado en su sueño la sensación de aprobar aquella prueba.

—Ahora ya está seleccionado. En la recepción le entregarán su nombramiento. Vamos, lo acompaño. Yo también tengo que salir.

Ira se levantó del sillón y comenzó a caminar junto a la doctora.

—Doctora, durante el mapeo cerebral tuve un sueño muy extraño. Un sueño larguísimo. Me seleccionaban, conseguía el trabajo y ya llevaba seis años trabajando cuando...

—...durante esos años se le presentaron varias oportunidades de corrupción y las rechazó. También recibió presiones de sus superiores para hacer cosas indebidas y se negó. —La doctora sonreía.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Ira, entre sorprendido y fascinado.

—Porque no era un sueño. Era una simulación. Eso que llamamos prueba de mapeo cerebral es precisamente una simulación.

—¿Una simulación?

—Sí. Una simulación diseñada para evaluar la integridad moral. Muchos candidatos pueden superar una prueba de inteligencia o una prueba física. Pero ¿cómo se examina la ética? Para ser funcionario hay que tener principios. Y no podemos preparar un programa de estudios y hacer un examen sobre eso. Cualquiera podría memorizar las respuestas y aprobar. Por eso les presentamos a los candidatos casos prácticos. Casos reales, que pueden experimentarse, que pueden vivirse. Es decir, simulaciones.

»Después de anestesiarlo, le colocamos un casco con nodos. Esos nodos envían señales a su cerebro. ¿Qué significa ver el mundo, vivir experiencias? Nuestros órganos sensoriales envían señales eléctricas al cerebro. El programa de simulación le envía señales similares. Durante ese tiempo, las experiencias, los acontecimientos y el mundo que tiene ante usted le parecen completamente reales.

»A partir de sus experiencias y recuerdos anteriores, y de ciertos parámetros estándar que introducimos nosotros, el programa crea nuevas personas y situaciones. Usted empieza a vivir dentro de la simulación. Nuestro software observa las decisiones que toma allí, si actúa éticamente o no, y de eso surge el resultado del mapeo cerebral. Aunque a los candidatos les decimos simplemente que se trata de una especie de prueba con narcóticos. —Ira estaba atónito—. Muy pocos candidatos aprueban esta prueba, Ira. Combinamos el resultado de la entrevista con el de esta evaluación. Quienes no son seleccionados creen que quizá les fue mal en la entrevista o que dijeron alguna tontería bajo los efectos de la anestesia. Pero esta es la verdadera prueba.

—Pero, doctora, supongamos que salgo de aquí y les cuento a todos el secreto de la prueba de mapeo cerebral, que en realidad se trata de una simulación. Entonces los demás también podrían aprobarla, ¿no?

La doctora se echó a reír.

—Es inteligente, pero también un poco ingenuo. En primer lugar, nuestro software tiene la certeza de que usted no revelará el secreto. Al fin y al cabo, acabamos de comprobar precisamente la integridad de su carácter. Si hubiera reprobado, el programa habría borrado de sus células de memoria el recuerdo de la simulación.

»En segundo lugar, supongamos que se lo cuenta a los demás. ¿Cómo los ayudaría eso a aprobar? Usted les diría: “Pórtense bien en la simulación, no sean corruptos...”. Eso significaría que tendrían que comportarse bien todo el tiempo. Y si realmente fueran capaces de hacerlo, ¡magnífico!

—¿Por qué tendrían que comportarse bien todo el tiempo? Bastaría con comportarse bien mientras están en la simulación para aprobar.

—Porque nadie sabe nunca que está dentro de la simulación. ¿Cómo podrían distinguir si el mundo que están experimentando es real o simulado? Para asegurarse de aprobar, tendrían que comportarse bien siempre. ¿Usted sabía que estaba dentro de una simulación?

—¡No! —respondió Ira—. Todo parecía absolutamente real.

Ya habían llegado a la recepción. La doctora continuó lentamente, ahora con un tono misterioso.

—Y esta experiencia que está viviendo ahora, este mundo... ¿es real o es una simulación? ¿Puede saberlo?

Kshitij Desai es un escritor de ciencia ficción y otros géneros que reside en Thane, Maharastra, India. Publica relatos desde los 16 años. A los 17, ganó el segundo premio en un importante concurso de relatos cortos organizado por *Saptahik Sakal*, en el que participaron aproximadamente 1.000 escritores. Ha publicado las colecciones de relatos Sarvaat Jaast Surya Jaglela Maanus (El hombre que vivió más soles), 2019 y Sheetpetitun Jevha Jaag Yete (Despertar de una cápsula criogénica), 2025, que ha recibido cuatro premios a nivel estatal a la mejor colección de relatos, incluidos galardones de Apte Vachan Mandir (Ichalkaranji) y de la Marathwada Sahitya Parishad. También ha recibido el premio V. A. Rege a nivel de distrito, otorgado por la Marathi Granth Sangrahalaya de Thane.

 

 

LA ZAREVNA