martes, 29 de septiembre de 2026

LA ZAREVNA

Sergiy Paltsun

 

Hace calor. El amplificador mental se recalienta a cada momento y amenaza con hacerme hervir el cerebro. Tengo que sumergirlo en el agua. Y sumergirme yo también. Pero mientras nos refrescamos, el objetivo puede escaparse y salir de mi radio de alcance. Y entonces habrá sido inútil que durante tantos días les haya sugerido a todas las muchachas que venían a recoger bayas que en estos parajes se oculta algo muy valioso y nunca visto. Por supuesto, ya conseguí material para la transformación: una de las recolectoras, al verme, no se limitó a gritar y salir corriendo como las demás, sino que... En fin, podemos prescindir de los detalles fisiológicos. De todos modos, el material no sirve de mucho: en la sociedad local impera el patriarcado y...

¡Oh! ¡Ahí está el objetivo! ¡Por fin apareció el cazadorcito! Y está claro que no es un cualquiera: lleva anillos en los dedos, un caftán bordado, botas de tafilete y camisa de seda. Además, según los cánones locales, su fenotipo es sencillamente perfecto: alto, esbelto, de hombros anchos, rubio y de ojos azules. ¡Menuda pieza! Tú eres precisamente el que necesito, querido. Me acomodo el amplificador mental en la cabeza y, abrazada a la flecha, intensifico la llamada.

El rubito se vuelve, ve las plumas de la flecha y después a mí... Me quedo inmóvil. Solo faltaría que él también huyera. Pero no: el campo mental del objetivo adquiere los colores de la curiosidad y él, con cautela para no asustarme –¡asustarme a mí, ja, ja!–, se dirige hacia donde estoy, se inclina procurando no proyectar su sombra... ¡Y de repente me agarra por la espalda!

¡Ufff! ¡No se puede hacer algo así tan bruscamente! Por poco hago el mismo papelón que aquella muchacha. Por cierto, ¿dónde aprendió a ocultar así sus intenciones? ¿Será posible que los machos de aquí sean capaces de manipular emisiones mentales? En fin, ya pensaré en eso mañana, porque hoy me están envolviendo en un trapo y llevándome a alguna parte. Parece que la selección de material queda aplazada por tiempo indefinido...

 

Desenvuelven el trapo y descubro que estoy sobre una mesa. Después de recobrar el aliento –¡menos mal que al rubito se le ocurrió mojar el trapo!–, miro alrededor y descubro que alguien me observa atentamente; a juzgar por su campo mental, es un macho alfa. ¡Demonios, ¿qué lleva en la cabeza?! ¿Será un amplificador mental? ¡Vaya sorpresa! Miro con más atención: no, gracias a Dios, es un simple adorno metálico.

Mientras tanto, el rubito informa:

—Y fui, padre, como me ordenaste, a la fiesta. Y en la fiesta las muchachas decían que en nuestro pantano había aparecido una maravilla nunca vista. Entonces decidí, padre, ir en busca de esa maravilla. Llegué al pantano, preparé la flecha, cerré los ojos, giré tres veces sobre mí mismo y sentí como si alguien me llamara. Disparé en aquella dirección y fui a buscar la flecha. Y entonces vi que sobre un montículo había una rana de tamaño extraordinario, de estirpe real, con una corona de oro. Así que atrapé esta rareza y la traje a casa para divertirte, padre, y ganarme algo de gloria.

—¡Ya me has divertido, Iván! —responde el alfa con sarcasmo—. ¡Vaya si me has divertido! Te mandé a la fiesta para que buscaras muchachas bonitas, no para que anduvieras por los pantanos buscando sapos. Ahora bésate con tu sapo.

—¡Como ordenes, padre! —Y entonces el rubito vuelve a agarrarme y me acerca a su boca.

¡Puaj, me ha llenado de baba, el imbécil! Pero ahora tengo material de sobra. Y ya no hay nada que me retenga aquí. Salvo la mano del hijito. Me sacudo, intento liberarme, pero la mano solo me aprieta con más fuerza.

—Eres un tonto, Iván, aunque seas un zarévich —suspira el alfa con pesar—. Ahora te saldrán verrugas por toda la cara. ¡Tira ese sapo inmediatamente! O mejor llévalo a la cocina. El invitado galo se quejó ayer durante el banquete de que aquí no servimos ancas de rana. Que las preparen para esta noche y veremos cómo se las come. ¡Eso sí que será divertido!

No tengo el menor deseo de acabar en la cocina. Parece que tendré que iniciar la transformación aquí y ahora. Solo que, si adopto la forma de un macho, dadas las costumbres locales me buscaré un montón de problemas, incluido un posible desenlace fatal. Tendré que volver a la opción inicial. Lo cual quizá sea mejor, porque resulta más natural... Y en cuanto al patriarcado... Bueno, ya se me ocurrirá algo. Inicio el proceso de combinación del material genético de la muchacha asustadiza y el estúpido zarévich, pongo a máxima potencia el campo mental desorientador... ¡Allá vamos!

 

¡Ufff!... Por fin. Desconecto el campo y examino rápidamente mi nuevo cuerpo. Parece que ha funcionado. Y, a juzgar por las vetas de interés fisiológico que aparecen en los campos mentales del padre y del hijo incluso en medio de su absoluto estupor, ha funcionado bastante bien. Tan bien que el patriarcado parece haber dejado de ser un obstáculo insuperable.

—Eres tonto, Vania, muy tonto, pero para estas cosas no tienes un pelo de tonto... —consigue decir por fin el padre.

Y el rubito, de pronto, cae de rodillas ante mí y me pide que me case con él.

Vaya... No esperaba que las cosas fueran tan deprisa. Pero no importa. Por lo que entendí de los pensamientos de las muchachas que encontré en el pantano, todavía faltan un par de meses para la temporada local de bodas. Durante ese tiempo pueden ocurrir muchas cosas. Y necesito tener la posibilidad de aprovecharlas al máximo. Así que, antes de que empiecen las preguntas, acepto.

 

Ser la prometida de un zarévich resulta muy ventajoso desde el punto de vista de la información. Llegan visitantes de los lugares más diversos para contemplar a la muchacha prodigiosa y todos se apresuran a compartir las últimas noticias. Al parecer, el paso y el accidente de nuestra nave no han pasado inadvertidos, pero nada se sabe de los demás tripulantes que sobrevivieron. Aunque difícilmente tendrán prisa por darse a conocer entre los aborígenes: por algún motivo, los sapos parlantes no gozan aquí de demasiada popularidad. Además, mis compañeros podrían haber transformado sus cuerpos igual que yo… aunque «igual que yo» es mucho decir: en el arte de la transformación, nadie de la tripulación se acercaba siquiera a mi nivel.

Entonces empiezan a llegarme rumores de que, al otro lado de un río lejano, precisamente donde debía haber caído la nave, ha aparecido un malvado hechicero llamado Koschéi. Por las descripciones, ese Koschéi se parece sobre todo a un esqueleto viviente, pero lo importante no es la forma del cuerpo, que puede cambiarse con facilidad, sino que haya aparecido recientemente y resulte completamente ajeno a este mundo.

Le insinúo a mi prometido que me gustaría ir a ver al extraño hechicero. El rubito echa mano inmediatamente de la espada y dice que no puede exponer a su adorada –y en eso tiene razón: la transformación no solo salió bien, sino extraordinariamente bien; la mayoría de los machos locales pierden los últimos vestigios de inteligencia cuando me ven–, en fin, que no puede exponer a su adorada a semejante peligro. Por lo tanto, irá él mismo a buscar a Koschéi y me lo traerá en una jaula de hierro. ¡Sí, claro que lo traerá! Si ese Koschéi es uno de los nuestros, no volveré a ver a mi prometido; y si es un nativo, ¿para qué demonios lo quiero, incluso con jaula y todo? Apenas consigo disuadirlo, diciéndole que no pienso dejarlo ir a ninguna parte porque sufriría una tristeza indescriptible. Me cree. Dice que, si tanto lo deseo, enviará embajadores a Koschéi con regalos y una invitación para la boda. En verdad, el patriarcado en manos expertas...

 

Y entonces, un día antes de la boda, recibo inesperadamente un mentograma. De Koschéi. Dice que ha recibido el mensaje y espera nuevas instrucciones. Atentamente, robot de reparaciones KSH-11. Resulta que consiguió salir de los restos de la nave, autorrepararse y establecer comunicación con el cerebro de a bordo. No se sabe dónde está el cerebro, pero responde a las comunicaciones y, si le doy la orden correspondiente, KSH-11 intentará localizarlo. Le ordeno que por el momento permanezca donde está y empiezo a pensar. ¿Escapar hoy mismo, encontrar el cerebro y comenzar, con ayuda de Koschéi –lo llamaré por el nombre local para no delatarme por accidente–, a reconstruir la nave o al menos la baliza de emergencia? ¿O esperar a la boda, convertirme oficialmente en zarevna y aprovechar entonces mis nuevas posibilidades?

Decido optar por la segunda alternativa. Además, mi cuerpo parece inclinarse también por ella. Por lo visto, tiene su propio interés particular en el rubito. Aunque yo tampoco tengo nada en contra del sexo exótico.

Sin embargo, nunca llegamos al sexo. Aguanto sentada todo el banquete nupcial, nos conducen a mi esposo y a mí a la alcoba, y entonces ese idiota agarra el cofrecillo donde guardo mi material genético original y el amplificador mental y lo arroja al fuego. «Ahora eres mi esposa —dice—, y que tu pasado de sapo arda entre las llamas». Me quedo petrificada, viendo cómo mis posibilidades de recuperar mi forma original y comunicarme con Koschéi se van literalmente por la chimenea, mientras el rubito sonríe como un bobo y me tiende las manos. Según él, hemos acabado con el pasado y ha llegado la hora de ocuparnos del futuro.

Siento que voy a perder el conocimiento y empiezo a desplomarme lentamente cuando, de pronto, se abre un portal en plena alcoba y Koschéi sale de él. Al desaparecer la señal del amplificador mental, el fiel robot comprendió que algo iba mal y acudió a rescatarme. Arroja a un lado a mi esposo, me recoge y vuelve conmigo a través del portal.

 

Me costó mucho acostumbrarme a no percibir los campos mentales. Una se siente como si estuviera desnuda en medio de una plaza. Koschéi se ofreció a ir en busca del cerebro de la nave; quizá este pudiera encontrar alguna solución, pero yo no tenía fuerzas para dejarlo marchar. Tampoco tenía fuerzas para ir con él. Esperaba algo. Y finalmente llegó...

Una mañana despierto y Koschéi está tendido, inmóvil. Lloro por él y por mi amargo destino, me entrego a un ataque de histeria y empiezo a preguntarme cómo voy a seguir viviendo. Pero resulta que mi destino no solo me preocupa a mí: un par de días después aparece mi prometido. Pone un pie sobre el pobre Koschéi.

—He acabado con el villano —dice—. Te he salvado, luz de mis ojos. Es hora de regresar a casa.

¿Qué podía hacer? Regresamos. Por el camino me cuenta cómo me buscó, cómo conoció a una vieja bruja llamada Yaga y cómo esta le reveló dónde colgaba de un roble el cofre de hierro que contenía la muerte de Koschéi. Entonces tengo una revelación.

—¿No se llamaría la bruja Dzhíagga? —pregunto.

¡Maldita advenediza! Siempre me tuvo envidia y me fastidió cada vez que pudo. Incluso ahora, cuando al parecer solo quedamos nosotras dos en todo el planeta...

—¡Exactamente! Así se llamaba. ¿Cómo lo sabes? —se sorprende mi prometido.

—Porque ella fue quien ayudó a Koschéi a secuestrarme —le informo con maliciosa satisfacción—. Y después debieron de pelearse por algo.

—¡Qué víbora traicionera! —se indigna mi esposo—. Primero lo ayudó a secuestrarte y después me dio de comer, de beber... en fin, me acostó a dormir, me indicó el camino y me dio consejos. ¡Le cortaré la cabeza!

—No le cortes la cabeza, querido. Su sangre está hechizada: donde caiga una sola gota, crecerá una bruja nueva —le pido con dulzura—. Mejor atúrdela de un garrotazo y échala al horno.

—¡Ni siquiera voy a aturdirla! ¡La arrojaré directamente al horno!

 

En resumen, para cuando llegamos a casa había enardecido de tal modo a mi héroe que ni siquiera se bajó del caballo. Dio media vuelta y partió al galope para arrojar a Dzhíagga al horno.

Mientras tanto, unos griegos viajeros se hospedaban en casa de su padre. ¡Qué gente aduladora! A mi esposo, que hasta ese momento no había conseguido otra cosa que provocar un cortocircuito en el cerebro de la nave, haciendo que este ordenara a Koschéi autodestruirse, lo llamaban Nicolás. El vencedor de pueblos, nada menos. A mí al principio me llamaban Vasilisa, es decir, esposa del soberano, y después, cuando me observaron mejor y tomaron confianza, Helena, en honor de mi extraordinaria y deslumbrante belleza.

Pero, además de palabras aduladoras, los huéspedes me hablaron de una manzana de oro caída del cielo que estaba en poder del hijo del gobernante de la ciudad de Troya. ¡Y resulta que la baliza de emergencia, por su forma, su color y su tamaño, se parece muchísimo a una manzana!

Convencer al jefe de los griegos para que me lleve con ellos no resulta nada difícil. Más complicado será llegar a un acuerdo con el dueño de la manzana: dicen que es un consentido y que tiene mucho éxito con las mujeres.

Pero creo que también podré resolver ese problema.

Sergii Páltsun nació en la ciudad de Lutsk, Ucrania, en 1961, pero ha vivido en la capital, Kiev, casi toda su vida. Se licenció en el Instituto Politécnico de Kiev y ahora enseña física allí. Le encanta la ciencia ficción en todas sus manifestaciones. Desde 1981 ha publicado un centenar de relatos fantásticos y humorísticos en cuatro idiomas en antologías y publicaciones periódicas.

 

 



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