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domingo, 8 de noviembre de 2026

LA TABERNA DE KADMO

Juan Pomponio

 

La taberna de Kadmo era la única que se hallaba en Kumer. Llevaba el nombre de su dueño, quien había escapado del Mundo Gris. Aún guardaba imágenes de las cercas de púas impuestas por los jerarcas del racismo. Cada tanto le llegaban el eco del tableteo de las ametralladoras, los gritos de hombres y mujeres, el hedor de la carne calcinada. Había escapado de aquella barbarie en una antigua nave a vapor con la cual atravesó el océano de Filandria.

La taberna se encontraba a unos doscientos metros de la costa del gran río Tahal. A su alrededor florecían heliotropos de diversos colores, cuyas hojas, en otoño, formaban pequeños islotes sobre las aguas tranquilas. Una noche de tormenta, un hombre ingresó en la taberna. Se paró frente a Kadmo y pidió algo de beber.

—La bebida de la casa —dijo.

Como a todos los que llegaban con el cansancio en su rostro, el tabernero le sirvió una copa del vino de Malvasía. Le dijo:

—Es un elixir de vida. Devuelve el vigor a los viejos y la savia de la juventud.

—Gracias. Lo necesito, he andado muchos caminos.

—¿De dónde viene? —preguntó el tabernero.

—Del archipiélago de Krul. Mi nombre es Fohi. Hace años que estoy viajando por el mundo. Me sorprendió la tormenta en la mitad del camino hacia aquí.

—Estamos en Kumer —informó Kadmo.

La mirada del desconocido le resultó extraña. Adivinó en él un alma generosa dedicada a algún oficio extravagante. Kadmo estaba acostumbrado a recibir caminantes de profesiones poco comunes. Recordó al hombre de la barba negra y larga hasta el abdomen. Según comentaron luego los parroquianos, había sido parte de una expedición hacia la constelación de Cefeo y, después de ver lo que vio, nunca más habló.

Fohi llevaba consigo un morral de cuero negro. Acodado a la mesa, sintió que las miradas de los demás se dirigían hacia él.

Kadmo volvió a preguntarle:

—¿Vende lámparas de aceite? Por aquí pasan muchos dedicados a ese comercio.

—No, nada de eso —dijo mientras se quitaba el morral mojado y lo apoyaba sobre la mesa—. Envaso aromas.

—¿En ese morral? —preguntó Kadmo, mirando el cuero empapado.

—Puedo explicarlo. En esta alforja tengo todo lo necesario para mi trabajo —dijo mientras extraía sus instrumentos—. Este envase amarillo con el pico largo y un embudo en la punta se llama botella impregnante.

—¿Cómo hace para atrapar un aroma?

—Debo elevar la botella, buscar la dirección del viento y dejar que ingresen. Un dispositivo selecciona los aromas y fija el alma de la fragancia en su interior. Después los dejo reposar durante algunos días. —Fohi era fácil presa del entusiasmo que le producía su oficio.

—¿El alma? —dijo Kadmo sorprendido.

—Sí, las fragancias poseen almas.

Kadmo lo miró con una sonrisa incrédula. Le costaba confiar en las personas que no eran de Kumer. Fohi preguntó:

—¿Le interesa que siga hablando?

—Por supuesto, es interesante… —mintió como solía hacerlo cuando sospechaba que intentaban embaucarlo.

—Una vez que han reposado, coloco las fragancias en la Ktylon, un artefacto que diseñé para medir su densidad. Allí pasan por un cubo de cristal y una serpentina hasta el grifo donde las envaso.

Los hombres de la taberna lo miraban con creciente desconfianza. Kadmo aguardaba que terminara. «Habrá tomado muchas copas en otras tabernas», pensó. Un parroquiano que había escuchado a Fohi se acercó y le preguntó:

—¿Es rentable su trabajo?

—Hace tiempo que ha dejado de serlo. Quedan unos pocos perfumistas —respondió Fohi.

—Entonces, ¿para qué lo hace? Si no es por el dinero...

—Lo hago porque me gusta. Aprendí en una vieja escuela de perfumistas. Mi maestro fue Polonio de Saint Kol, uno de los más grandes alquimistas de perfumes de la historia.

Fohi había capturado aromas de comarcas densamente pobladas, del Desierto de Sal y del Valle de los Kromos. Refería que en una oportunidad había atrapado la fragancia de un cometa que pasó muy cerca de la Tierra. Había llegado a la taberna para descansar: precisaba comida y una cama donde reposar sus huesos. Vivía de sus aromas envasados; no los vendía, los intercambiaba para sobrevivir. Ahora se preguntaba si el tabernero aceptaría uno de sus frascos a cambio de hospedaje.

Kadmo, que lo suponía sin dinero, quiso dejar las cosas en claro. Le dijo cuál era el valor de la estadía y el precio de la comida.

Fohi tragó saliva. Quiso proponerle un canje, pero aún no se atrevía. Kadmo estaba cansado de las artimañas de algunos forasteros y no se dejaría engañar una vez más. El perfumista extrajo de entre sus ropas un frasco herméticamente cerrado. Los parroquianos lo observaban expectantes. Le dijo:

—Déjeme mostrarle algo. Se trata...

—No me venga con sus fantasías —lo interrumpió Kadmo.

Fohi abrió el frasco sin decir palabra. Al cabo de unos segundos, los aromas de Kreta, la aldea donde había nacido el tabernero, comenzaron a fluir por el recinto. La fragancia de los viñedos prontos para la vendimia trepaba por las paredes; llegaba también el aroma del mar de la Bahía Negra, donde Kadmo solía nadar con sus amigos. Por un momento, el hedor de las chimeneas quedó lejos. Luego reconoció el aroma de almendras tiernas de Luziana Priakis, la mujer que había amado. Sus ojos claros se llenaron de lágrimas. Extendió las manos hacia el frasco.

—¿Cómo es posible? —preguntó el tabernero, estremecido.

—Este es mi trabajo. Intenté explicárselo. Aquí lo tiene —le dijo extendiéndole el envase—. Puede abrirlo cuando usted quiera.

Kadmo lo tapó con rapidez, temeroso de perder la fragancia de sus recuerdos. En una etiqueta, labrada con pequeñas letras, alcanzó a leer: «Aroma atrapado en una tarde de verano en la Bahía Negra de la aldea de Kreta». Se apoyó en la mesa y permaneció inmóvil. Los parroquianos se acercaron. Algunos miraron al perfumista, intimidados. Este dijo:

—Calma. Solo es una fuerte emoción. Ya se le pasará.

Al cabo de unos momentos, Kadmo se enderezó. Aún mareado, abrazó a Fohi y le dijo:

—Puede quedarse el tiempo que usted quiera.

Desde ese día, Fohi se quedó en Kumer. Anduvo por toda la comarca buscando una fragancia para envasar. Se lo veía con sus aparatos de medición por las calles, cerca del bosque o entre las plantaciones de albahaca santa. Luego de varios meses de búsqueda, atrapó el aroma que anhelaba: naranjas mezcladas con el aire del río, donde crecían la pasiflora, la yerba luisa y los jazmines amarillos. Selló la botella impregnante y escribió: «Aroma apresado en una tarde de siesta en la encantada comarca de Kumer».

Siete días después caminaba a orillas del río cuando sintió una vibración en la Ktylon. Hacía mucho que el aparato no vibraba así. El perfumista se sentó bajo un árbol y liberó un poco de la fragancia apresada. Entre los aromas de Kumer reconoció otro: una muerte acechaba en la comarca. Comprendió que era tiempo de partir.

Juan Pomponio es un poeta, cuentista y escritor argentino nacido el 23 de septiembre de 1966 en Berazategui, provincia de Buenos Aires. A lo largo de su trayectoria ha desarrollado una prolífica obra literaria que abarca tanto la poesía como la narrativa de tinte especulativo y distópico. Entre sus publicaciones destacan títulos como su poemario Salvaje (Ed. Último Reino) y la novela distópica 2098 (Editorial Círculo Rojo, 2021), una obra caracterizada por su profunda reflexión social y su advertencia sobre los totalitarismos. Su producción ha sido ampliamente difundida tanto en Argentina como en el ámbito internacional. Actualmente reside en Italia.

 

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