Juan Pomponio
La taberna de Kadmo
era la única que se hallaba en Kumer. Llevaba el nombre de su dueño, quien
había escapado del Mundo Gris. Aún guardaba imágenes de las cercas de púas
impuestas por los jerarcas del racismo. Cada tanto le llegaban el eco del
tableteo de las ametralladoras, los gritos de hombres y mujeres, el hedor de la
carne calcinada. Había escapado de aquella barbarie en una antigua nave a vapor
con la cual atravesó el océano de Filandria.
La taberna se encontraba a unos
doscientos metros de la costa del gran río Tahal. A su alrededor florecían
heliotropos de diversos colores, cuyas hojas, en otoño, formaban pequeños
islotes sobre las aguas tranquilas. Una noche de tormenta, un hombre ingresó en
la taberna. Se paró frente a Kadmo y pidió algo de beber.
—La bebida de la casa —dijo.
Como a todos los que llegaban con
el cansancio en su rostro, el tabernero le sirvió una copa del vino de
Malvasía. Le dijo:
—Es un elixir de vida. Devuelve el
vigor a los viejos y la savia de la juventud.
—Gracias. Lo necesito, he andado
muchos caminos.
—¿De dónde viene? —preguntó el
tabernero.
—Del archipiélago de Krul. Mi
nombre es Fohi. Hace años que estoy viajando por el mundo. Me sorprendió la
tormenta en la mitad del camino hacia aquí.
—Estamos en Kumer —informó Kadmo.
La mirada del desconocido le
resultó extraña. Adivinó en él un alma generosa dedicada a algún oficio
extravagante. Kadmo estaba acostumbrado a recibir caminantes de profesiones
poco comunes. Recordó al hombre de la barba negra y larga hasta el abdomen. Según
comentaron luego los parroquianos, había sido parte de una expedición hacia la
constelación de Cefeo y, después de ver lo que vio, nunca más habló.
Fohi llevaba consigo un morral de
cuero negro. Acodado a la mesa, sintió que las miradas de los demás se dirigían
hacia él.
Kadmo volvió a preguntarle:
—¿Vende lámparas de aceite? Por
aquí pasan muchos dedicados a ese comercio.
—No, nada de eso —dijo mientras se
quitaba el morral mojado y lo apoyaba sobre la mesa—. Envaso aromas.
—¿En ese morral? —preguntó Kadmo,
mirando el cuero empapado.
—Puedo explicarlo. En esta alforja
tengo todo lo necesario para mi trabajo —dijo mientras extraía sus
instrumentos—. Este envase amarillo con el pico largo y un embudo en la punta
se llama botella impregnante.
—¿Cómo hace para atrapar un aroma?
—Debo elevar la botella, buscar la
dirección del viento y dejar que ingresen. Un dispositivo selecciona los aromas
y fija el alma de la fragancia en su interior. Después los dejo reposar durante
algunos días. —Fohi era fácil presa del entusiasmo que le producía su oficio.
—¿El alma? —dijo Kadmo sorprendido.
—Sí, las fragancias poseen almas.
Kadmo lo miró con una sonrisa
incrédula. Le costaba confiar en las personas que no eran de Kumer. Fohi
preguntó:
—¿Le interesa que siga hablando?
—Por supuesto, es interesante…
—mintió como solía hacerlo cuando sospechaba que intentaban embaucarlo.
—Una vez que han reposado, coloco
las fragancias en la Ktylon, un artefacto que diseñé para medir su densidad.
Allí pasan por un cubo de cristal y una serpentina hasta el grifo donde las
envaso.
Los hombres de la taberna lo
miraban con creciente desconfianza. Kadmo aguardaba que terminara. «Habrá
tomado muchas copas en otras tabernas», pensó. Un parroquiano que había
escuchado a Fohi se acercó y le preguntó:
—¿Es rentable su trabajo?
—Hace tiempo que ha dejado de
serlo. Quedan unos pocos perfumistas —respondió Fohi.
—Entonces, ¿para qué lo hace? Si no
es por el dinero...
—Lo hago porque me gusta. Aprendí
en una vieja escuela de perfumistas. Mi maestro fue Polonio de Saint Kol, uno
de los más grandes alquimistas de perfumes de la historia.
Fohi había capturado aromas de
comarcas densamente pobladas, del Desierto de Sal y del Valle de los Kromos.
Refería que en una oportunidad había atrapado la fragancia de un cometa que
pasó muy cerca de la Tierra. Había llegado a la taberna para descansar:
precisaba comida y una cama donde reposar sus huesos. Vivía de sus aromas
envasados; no los vendía, los intercambiaba para sobrevivir. Ahora se
preguntaba si el tabernero aceptaría uno de sus frascos a cambio de hospedaje.
Kadmo, que lo suponía sin dinero,
quiso dejar las cosas en claro. Le dijo cuál era el valor de la estadía y el
precio de la comida.
Fohi tragó saliva. Quiso proponerle
un canje, pero aún no se atrevía. Kadmo estaba cansado de las artimañas de
algunos forasteros y no se dejaría engañar una vez más. El perfumista extrajo
de entre sus ropas un frasco herméticamente cerrado. Los parroquianos lo
observaban expectantes. Le dijo:
—Déjeme mostrarle algo. Se trata...
—No me venga con sus fantasías —lo
interrumpió Kadmo.
Fohi abrió el frasco sin decir
palabra. Al cabo de unos segundos, los aromas de Kreta, la aldea donde había
nacido el tabernero, comenzaron a fluir por el recinto. La fragancia de los
viñedos prontos para la vendimia trepaba por las paredes; llegaba también el
aroma del mar de la Bahía Negra, donde Kadmo solía nadar con sus amigos. Por un
momento, el hedor de las chimeneas quedó lejos. Luego reconoció el aroma de
almendras tiernas de Luziana Priakis, la mujer que había amado. Sus ojos claros
se llenaron de lágrimas. Extendió las manos hacia el frasco.
—¿Cómo es posible? —preguntó el
tabernero, estremecido.
—Este es mi trabajo. Intenté
explicárselo. Aquí lo tiene —le dijo extendiéndole el envase—. Puede abrirlo
cuando usted quiera.
Kadmo lo tapó con rapidez, temeroso
de perder la fragancia de sus recuerdos. En una etiqueta, labrada con pequeñas
letras, alcanzó a leer: «Aroma atrapado en una tarde de verano en la Bahía
Negra de la aldea de Kreta». Se apoyó en la mesa y permaneció inmóvil. Los
parroquianos se acercaron. Algunos miraron al perfumista, intimidados. Este
dijo:
—Calma. Solo es una fuerte emoción.
Ya se le pasará.
Al cabo de unos momentos, Kadmo se
enderezó. Aún mareado, abrazó a Fohi y le dijo:
—Puede quedarse el tiempo que usted
quiera.
Desde ese día, Fohi se quedó en
Kumer. Anduvo por toda la comarca buscando una fragancia para envasar. Se lo
veía con sus aparatos de medición por las calles, cerca del bosque o entre las
plantaciones de albahaca santa. Luego de varios meses de búsqueda, atrapó el
aroma que anhelaba: naranjas mezcladas con el aire del río, donde crecían la
pasiflora, la yerba luisa y los jazmines amarillos. Selló la botella
impregnante y escribió: «Aroma apresado en una tarde de siesta en la encantada
comarca de Kumer».
Siete días después caminaba a
orillas del río cuando sintió una vibración en la Ktylon. Hacía mucho que el
aparato no vibraba así. El perfumista se sentó bajo un árbol y liberó un poco
de la fragancia apresada. Entre los aromas de Kumer reconoció otro: una muerte
acechaba en la comarca. Comprendió que era tiempo de partir.
Juan Pomponio es un poeta, cuentista
y escritor argentino nacido el 23 de septiembre de 1966 en Berazategui,
provincia de Buenos Aires. A lo largo de su trayectoria ha desarrollado una
prolífica obra literaria que abarca tanto la poesía como la narrativa de tinte
especulativo y distópico. Entre sus publicaciones destacan títulos como su
poemario Salvaje (Ed. Último Reino) y la novela distópica 2098
(Editorial Círculo Rojo, 2021), una obra caracterizada por su profunda
reflexión social y su advertencia sobre los totalitarismos. Su producción ha
sido ampliamente difundida tanto en Argentina como en el ámbito internacional.
Actualmente reside en Italia.
