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martes, 27 de octubre de 2026

EUROPA

Terje Dragseth

 

Son los segundos previos a que Europa explote. Es una metáfora para él, que patea piedritas en un estacionamiento seco, de grava, con espacio para quince o veinte autos frente a una taberna a sesenta kilómetros de Atenas; que contempla inexpresivamente las sillas blancas de plástico, cubiertas por una fina capa de polvo y apiladas de diez en diez contra el muro; él, que acaba de vaciar aceite de oliva rancio entre los matorrales, detrás de la puerta de las entregas, por donde merodean tres perros mestizos de ojos asustados que reciben algunos mendrugos, huesos de pollo, una papa cruda, si tienen suerte. Entregas que se han terminado definitivamente: no llegará más carne del carnicero, ni más pan del panadero, ni más café, ni más azúcar, ni más manteles blancos de papel, ni más palillos de dientes, ni más sal, ni más aceite de oliva, ni más vino, ni más productos de limpieza, ni más gas, ni más cigarrillos, ni más pastel de postre, ni más nada. El hombre maduro, de camisa blanca y pantalones negros, entrecierra los ojos ante el sol, enciende con un encendedor desechable el cigarrillo con filtro que lleva en la comisura de los labios, le da la espalda a la taberna y aspira el humo hasta el fondo de los pulmones, se alisa el cabello bien peinado y se sienta en un bordillo; contempla pensativo el humo gris azulado de las chimeneas del pueblo, a unos kilómetros de allí. Piensa en sus tres hijos adultos, que estudian en la universidad, y piensa en la próxima huelga general; la situación se vuelve insoportable, no sabe cómo pagará las cuentas, se acabó el crédito, la deuda es interminable, tendrá que cerrar su querida taberna. Ha luchado durante casi treinta y cinco años para mantenerla en funcionamiento; la heredó de su padre, que demasiado pronto –descanse en paz– fue enterrado en el cementerio, no lejos de allí.

Europa explota. También es una metáfora para ella, la mujer desaliñada y obesa que coloca una caja gigantesca de copos de maíz sobre la mesa de la cocina, delante de sus cuatro hijos. María, de dieciséis años; Margareth, de once; Juan, de diez; Ernest, de seis. Son las 07:56 en un edificio de departamentos en las afueras de Madrid, es enero, un viento frío atraviesa la vivienda. Los niños llevan puestos los abrigos, aunque están dentro. La abuela Ada está envuelta en una manta gris de lana, sentada con inquietud en el único sillón del desolado departamento, con un gorro rojo sobre el cabello gris y revuelto, y mira como siempre con obstinación el televisor encima del refrigerador, mientras mastica enérgicamente algo inexistente. También los niños siguen el programa. Callados, mientras vierten los copos de maíz en pequeños cuencos, les echan leche de un envase de dos litros, espolvorean una cucharada de azúcar blanco y sorben los copos crujientes. Nadie dice nada, solo se oyen las voces del televisor: un programa matutino en un estudio de glamorosa escenografía violeta y blanca. Los presentadores son una mujer hermosa, rubia, de pelo corto, de veintitantos años, y un hombre de aspecto jovial, de cuarenta y tantos, con canas en las sienes; los invitados, vestidos con ropa cara, se sientan en un sofá profundo con grandes almohadones de colores, hablan fuerte y exaltados, con voces casi chillonas, seguidas de risas histéricas, y un público invisible los aplaude mientras cuentan cosas de su nuevo libro de cocina, su astronómico premio de lotería, su velero de ciento veinte pies. Un joven cocinero demuestra con entusiasmo cómo deben cocinarse los espárragos al vapor. Los presentadores y los invitados terminan el programa devorando espárragos verdes y frescos con salsa holandesa casera mientras los créditos desfilan por la pantalla; después, publicidad de lavadoras, autos eléctricos, productos para el cuidado de la piel.

¿Qué significan las metáforas para él, que dormita en un garaje, que mira el interior de una botella de cola con agua turbia, una lata de conserva para las colillas? El paquete de cigarrillos y el encendedor están al alcance de su brazo; parpadea soñoliento –preferiría cerrar los ojos para siempre– y bosteza. Duerme vestido, en una bolsa de dormir grasienta; oye el rumor del tránsito matutino en las autopistas, un poco más allá de la casa suburbana abandonada, con el garaje vacío y el pequeño jardín polvoriento; tiene que ponerse en movimiento, salir de la bolsa de dormir para buscar trabajo, instalarse junto a la cerca de malla recién levantada, de la altura de un hombre, que bordea el parque, donde también esperan los otros que buscan empleo, en fila, fumando sus eternos cigarrillos, con rostros castigados, gastados, sin edad, con manos ásperas que se estrechan, manos que descansan en los grandes bolsillos de las parkas muy usadas, de capuchas profundas. Algunos comparten una botella de aguardiente, otros se reparten papas fritas frías, se pelan cebollas, alguien devora con hambre un pedazo de salchicha y un perro asustadizo olfatea el aire frío, cargado de gases de escape, y ladra sin motivo mientras sigue merodeando con el hocico contra el suelo y la cola delgada colgando hacia el asfalto. ¿Qué significa una metáfora para ellos? En Europa arde una brasa bajo las cenizas. Hay silencio, un sueño sin palabras, un sueño del que es imposible despertar, como si quien sueña estuviera amordazado, como si estuviera atado y amordazado en una especie de indescriptible pesadilla de realidad maligna.

Terje Dragseth (Kristiansand, Noruega, 1955) es un versátil e influyente escritor, poeta, músico y cineasta noruego. Debutó en la literatura en 1980 con el poemario Offerfesten, consolidándose rápidamente como una de las voces más audaces y renovadoras de la poesía contemporánea en su país. Su extensa obra abarca principalmente la lírica, destacándose títulos como Kvitekråkas song y la aclamada obra de ciencia ficción poética Bella Blu (2012), por la cual recibió el prestigioso premio de poesía Triztan Vindtorn. Además de la poesía, Dragseth ha publicado novelas, cuentos y ensayos, explorando también el cine —tras formarse como director en la Escuela Nacional de Cine de Dinamarca— y la música a través de proyectos de rock y spoken word. Su pluma se caracteriza por un profundo espíritu realista y crítico, situándolo como un referente indispensable de la cultura nórdica actual.

 

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