No deja de piar hasta que su madre, embarazada
de su segundo hijo y con los senos cargados de leche, lo alimenta. Pero él no
succiona ni una gota, y pese a ello, el niño de nombre Náder está tranquilo
como un ángel. La mira con ojos puros color miel y de vez en cuando despliega
ese bulto cónico de color marrón oscuro entre sus labios para piar en su cara
de nuevo, sonreír, luego volver con lo que estaba, hasta dormirse o fingir que
se duerme.
Su
madre lo pone en la cuna de madera y sale de la habitación. Camina de puntillas
para no despertarlo, aunque él no está dormido. Tan pronto escucha el ruido de
la llave girando en la cerradura de la puerta, Náder abre los ojos y se pone de
pie en la cuna. Bosteza. Vacía el excremento de ave que tiene dentro, bate sus
pequeñas alas y levanta el vuelo hacia la ventana.
La
ventana está cerrada. Náder se pone triste al observar a través del duro
cristal como los niños jugaban felices en la calle. Desearía divertirse con
ellos y pasarlo bien un rato, pero su madre no se lo permite. Ella dice que
siente miedo por él, y que no hay que fiarse de la compañía de los niños de la
calle. Es por esa razón que le cierra todas las ventanas, para que no salga y
se meta en líos, a él y a su familia.
Náder
empieza a pensar cómo puede ingeniárselas para salir. No es capaz de cargar
cosas con las alas, de otro modo no habría empleado mucho tiempo en
cavilaciones antes de proponerse romper el cristal de la ventana con un jarrón
o cualquier otra cosa para salir al fin.
Se
siente impotente, deprimido, aburrido de tener que pasarse todo el tiempo entre
las paredes deprimentes de esa habitación de un segundo piso, con la única
compañía de una muñeca que solo sabe gritar por el ombligo cada vez que la
pisotea o le daba una patada y la estampa contra la pared. Con sus ojos claros
y apenados se pone a recorrer toda la estancia. No encuentra nada fuera de lo
normal. El mismo caos mudo de siempre. Las mismas paredes yermas y agrietadas,
el suelo cubierto de excremento, el lecho del que emanan efluvios con olor a
plumas, sueño y hastío, y el retrato vacío enmarcado que llevaba colgado en la
pared una eternidad y al que mira con temor y desánimo. No hay nada que pudiera
ocurrir en el mundo de esa habitación –esa jaula grande, el apático lugar frío
y oscuro– que se transformara en motivo de alegría. Todo parece rutinario,
insomne, causa de aburrimiento, al tiempo que la vida continua en el exterior
con un movimiento permanente e incesante, en especial entre los niños pequeños
que, incombustibles, colman el mundo con sus juegos y sus gritos (antes de
marcharse a sus casas al final del día), haciendo carreras entre ellos con el
eco de sus carcajadas retumbando al final del callejón.
Mientras
Náder le da vueltas a la manera de poder colarse a través de la ventana, de
repente, ocurre algo imprevisto: Escucha un ruido y con él una piedra que rompe
el cristal de la ventana. Al parecer uno de los críos de la calle la lanzó con
su tirachinas. Casi lo descalabra.
Aquello
era un incidente feliz, un destino alegre que le condecía la oportunidad de
llegar al mundo exterior por primera vez en su vida. Agita las alas
entusiasmado y emite un largo trino con el que expresar su gratitud hacia el
niño que envió una piedra imprudente para romper el cristal de la ventana y
abrir frente a él un agujero por el que abandonar la penumbra del cuarto
sombrío hacia la luz del mundo, al que vuela por fin, llenando el espacio con
su aleteo y gorjeo.
Náder
explora el cielo de la ciudad. Se posa sobre los edificios, las torres, los
árboles altos y las antenas de televisión cada vez que se cansa de volar.
Descubre el mundo terrestre desde arriba, e identifica las clases de aves con
las que va coincidiendo por el camino: gorriones, palomas, cuervos, alondras,
gaviotas… hasta que vislumbra a lo lejos, allí abajo, unos niños que juegan en
la calle. Inicia entonces un vuelo en picado sobre sus cabezas, como un avión
en busca de una pista de aterrizaje, y comienza a piar a grito pelado como si
celebrara con ellos diciendo: ¡Mirad, amigos! Este soy yo, Náder, el niño
volador, al fin he echado a volar y he venido a jugar con vosotros. Pero, en
cuanto aquellos pequeños ven a Náder volar por encima de ellos y gorjear feliz,
a punto de aterrizar ya, enloquecen.
Inmediatamente
se ponen a chillar mientras dan botes y hacen gestos y señales con las manos y
los ojos, que brillan del asombro, anonadados ante la escena del pájaro
increíble que volando en su cielo, deja claro que se propone aterrizar.
Uno
dice que es una cigüeña, otro, que es un cisne y el de más allá, que se trata
de un dragón.
Tan
pronto se aproxima, cuando casi toca ya el suelo con sus pies, es recibido con
la peor de las bienvenidas: los mocosos desenfundan sus tirachinas, que sacan
de debajo de sus pijamas a rayas de halcón, y le descargan un aguacero de
piedras, que emanan hacia él sin tregua y que a punto están de alcanzarlo y deribarlo.
Él comienza a maniobrar, mientras las plumas de sus alas y de su cola se
esparcen, pero puede zafarse del ataque, no sin dificultad, y retomar el vuelo
alejándose de ellos. Se posa en el borde de uno de los edificios altos y rompe
a llorar mirando hacia abajo. Con los ojos llenos de lágrimas, contempla cómo
los niños emprenden la retirada en dirección a sus casas. Está tremendamente
furioso y desde su profunda irritación se cuestiona si realmente desea vivir en
ese mundo que lo ha recibido a pedradas y que casi acaba con él, pensando que
era una cigüeña, un cisne o un dragón.
Se
siente muy confuso y le duelen las alas. Lo
han cubierto de heridas, y posiblemente no esté en condiciones de alzar el
vuelo de nuevo antes del atardecer, por eso, ha aterrizado en la azotea del
edificio, para tomarse un descanso antes de volver a casa. Se queda amodorrado
y sueña con el mismo escenario: los niños de la calle lo reciben con sus
tirachinas solo que ahora lo atrapan, lo despluman, salan su cuerpo y rellenan
su abdomen con arroz, verduras y especias. Están a un pelo de meterlo en el
horno para asarlo, de no ser porque se despierta con las gotas de una lluvia
que comienza en ese momento. Pese a ello, Náder emprende su camino de regreso.
Se
posa en el alféizar de la ventana, cansado, jadeando, arrepentido de haberse
metido en aquella aventura, y se ve sorprendido, nada más llegar, por quien le
echaba el guante finalmente.
¿Dónde
estabas, niño?, le
grita la madre en su cara, reprobándolo y agitándolo violentamente, ¿A caso
no te advertí sobre lo de salir a la calle?
El
niño volador no dice una palabra. Todavía sigue jadeando, casi con la lengua
fuera, momento en el que la madre, en su último mes de embarazo, pasa a la
reprimenda:
Muy
bien… Yo sé lo que hacer contigo, pájaro rebelde… Como que soy hija de mi padre
que esas plumas te las quito ¡ven aquí!
Y
efectivamente, comienza a arrancarle una pluma tras otra hasta dejarlo
completamente desnudo. En medio de la bronca y el maltrato le pregunta por las
heridas y las cicatrices que llenan su cuerpo. Luego lo conduce por su ala
derecha hasta una de las paredes de la habitación. Lo aúpa hasta la altura del
retrato enmarcado de un niño de un año de edad que llevaba colgado allí mucho
tiempo y en cuya esquina derecha se había pegado una cinta de satén negro.
Los
pájaros del paraíso al fin de los tiempos, dice la madre apretándolo contra el cristal
de aquel retrato, la imagen melancólica a través de la que Náder seguiría
observando el porvenir de aquella mujer, mientras ella confecciona con sus
plumas arrancadas una almohada para su próximo hijo.
Diaa Jubaili
es escritor de novelas y relatos. Nació en Basora,
Irak, en 1977. Ha sido galardonado con el premio
Dubái por su novela La maldición de Márquez (2007), diez años después,
recibió el premio Táyeb Sáleh por un libro de cuentos: ¿Qué hacemos sin
Calvino? Tiene publicadas hasta la fecha las siguientes obras: La
maldición de Márquez (2007), La cara fea de Vincent (2009), Recuerdo
del general Maude (2014), El león de Basora (2016), El jardín de
las viudas (2017).
