Lídia Fedina
—...el tribunal
considera censurable que quien comparece ante esta corte haya incluido en su
obra tanto sufrimiento y tantos actos malvados...
Aghat bajó la cabeza. Era cierto.
Exactamente como decían. Había querido crear una obra emocionante. Algo
especial. Una verdadera aventura en la que el mal tuviera una fuerte presencia
para que pudiera ser derrotado. Al principio había pensado en un buen
desenlace, pero después terminó cediendo a algún impulso depresivo. No eligió
el final feliz. No. En la sociedad que había concebido, la ley protegía el mal.
Al menos en el fondo. Porque, en la superficie, por supuesto, condenaban a los
malhechores. Aunque solo en apariencia. Después de un procedimiento probatorio
extraordinariamente engorroso, el castigo apenas superaba una reprimenda.
Eso era lo que había escrito. Ahora
comprendía que había sido una estupidez. Una sociedad normal posee normas
morales que funcionan. En la que él había creado, incluso el crimen más atroz
podía quedar impune gracias a abogados bien pagados o, si no había otra manera,
por algún defecto procesal. Faltaba un sello en alguna parte y se retiraban los
cargos. Había creado una realidad extraña. Completamente inverosímil.
—Solicitamos a quien comparece ante
este tribunal que exponga las consideraciones que lo llevaron a crear semejante
trayectoria vital.
Aghat se puso de pie. No miró
directamente hacia el resplandor que ocultaba al tribunal de su vista. Habría
sido una falta de respeto.
—Cuando elegí escribir... —comenzó,
pero su determinación vaciló. ¿Qué había querido hacer? ¿Por qué?—. Describí
una buena familia. Padres instruidos, un hermano. Pero aquello me pareció
demasiado convencional, incluso aburrido... —Levantó los ojos hacia la luz,
pero no vio ningún movimiento ni oyó el menor sonido. Tenía que continuar.
Debía explicar algo que ahora a él mismo le parecía inexplicable. Por qué había
elegido el mal en lugar del bien.
Cuando recibió la oportunidad de
eliminar el dominio del azar y escribir para sí mismo la trayectoria vital que
recorrería en la Tierra desde el nacimiento hasta la muerte, lo invadió una
alegría eufórica. Soñó con lugares paradisíacos. Con felicidad. Con un amor
maravilloso, una esposa cariñosa, hijos hermosos e inteligentes, amigos
bondadosos pero divertidos. Tal vez incluso una amante. Una fogosa pelirroja
que condimentara con sal y pimienta la segunda o tercera década de su
matrimonio. Quizá allí había comenzado la desviación. Con el deseo de emoción.
Y después...
—Esperamos la respuesta de quien
comparece ante el tribunal. Si no puede exponer de manera coherente sus motivos
y razones, podemos ayudarlo mediante preguntas.
Preguntas, sí. ¡Eso estaría bien!
—Por favor.
El tribunal comprendió.
—¿Por qué introdujo en su
trayectoria vital una fuerza maligna invencible y capaz de reproducirse a sí
misma?
Aghat gimió. Su suegro. El padre de
su hermosa esposa, Minna. A quien había creado como la encarnación del mal. Un
hombre que había sido padre a los veinte años y que, cuando ya pasaba de los
cuarenta, lo odiaba a él, a su yerno. No desde el principio, sino a partir del
accidente de su hija, es decir, de la esposa de Aghat. El malvado suegro al que
el hijo menor de Aghat y Minna se parecía como dos gotas de agua. ¡¿Por qué
había escrito para Minna un accidente que la dejaba discapacitada?! ¡Y que el
hijo menor heredara las características de su abuelo, corrompido hasta la
médula! ¡Era completamente incomprensible...!
—Por favor, no sé qué me pasó. ¡No
comprendo por qué escribí esas cosas! ¡Y tampoco comprendo por qué me lo
permitieron!
Pronunció la última frase como una
réplica desafiante con la que pretendía eludir su responsabilidad. Porque sabía
perfectamente que sus jueces valoraban el libre albedrío por encima de
cualquier otra cosa.
—Haremos como si no hubiéramos oído
su última frase. Entonces, ¿afirma que todo ocurrió por afán de aventura?
—Por afán de aventura y porque me
dejé arrastrar por el hechizo de la escritura. Por la dramaturgia. Escribí un
drama, aunque quería una comedia, una comedia romántica...
—La trayectoria vital que escribió
no se parece en lo más mínimo a una comedia romántica. Es consciente de ello,
¿verdad?
—¡Por completo, y no me comprendo a
mí mismo! Yo quería una buena vida. Amor, afecto, reconocimiento. ¡Solo
alegrías y cosas buenas! ¡Una vida fácil y hermosa en la que todos fueran
felices!
—Y, sin embargo, creó exactamente
lo contrario. Es cierto que usted solo sufrió indirectamente a causa de las
desgracias de los demás, pero sus personajes, su familia y sus amigos
padecieron directamente el avance triunfal del mal que usted había concebido.
—¡No fueron víctimas de un asesino
en serie ni vivieron aterrorizados por monstruos de una historia de horror!
Las palabras escaparon
involuntariamente de la boca de Aghat. Tal vez ni siquiera hubiera querido
pronunciarlas, pero allí, ante el tribunal definitivo que juzgaba todas las
vidas, tanto las escritas de antemano como las organizadas por el azar, estaba
obligado a expresar todos sus pensamientos y sentimientos, quisiera o no.
—¡Eso es cierto! —respondió la voz
del tribunal—. Pero lo que escribió se convirtió en un horror mucho más
verosímil que cualquier cuento de terror. Un horror, incluso cuando se lo vive,
resulta tan inverosímil que tarde o temprano se descarrila y termina. En
cambio, un horror realista asentado sobre bases creíbles llega hasta sus
últimas consecuencias, absorbe la fuerza vital de todos sus personajes y arroja
la desgracia sobre su autor. Una desgracia que finalmente desemboca en el deseo
de morir.
—¡Yo no me suicidé, y ninguno de
mis personajes tampoco!
—Por eso puede comparecer ante este
tribunal. Los inventores de historias de horror, asesinatos en serie y otras
fantasías propias de mentes enfermas pertenecen, junto con los suicidas, a la
jurisdicción de otra autoridad.
—¡Lo siento de verdad! ¡Lo siento
muchísimo! Por irreflexión cometí todo lo que come... quiero decir, todo lo que
escribí. Quería crear al mal y a todos mis personajes como seres reales,
dotados de libre albedrío.
—¿Está diciendo que su empeño por
garantizar a todos sus personajes el ejercicio del libre albedrío fue lo que
condujo los acontecimientos por un camino tan sombrío y equivocado?
—En cierto sentido, sí. Al
principio solo quería un malvado para darle algo de color. Primero había
pensado hacerlo divertido... pero entonces se habría vuelto ridículo. Así fue
como terminó convertido en un verdadero villano sin alma.
—¿No pensó en cuánto daño y
sufrimiento causaría un personaje semejante?
—No quería provocar sufrimiento...
es decir, solo...
—Provocó sufrimiento. Más aún:
sabía perfectamente que provocaría sufrimiento cuando escribió todo lo que
escribió.
—Sí... y me avergüenzo muchísimo.
Esto... esto no lo pensé bien. Solo desde el punto de vista dramático...
—Es cierto. Desde el punto de vista
dramático, su historia funciona. Un malvado perturbado al que no se puede
combatir eficazmente debido a la debilidad de los instrumentos legales y a la
tolerancia de la sociedad destruye la vida de una familia e incluso la de sus
amigos; después aparece el niño que hereda exactamente esas mismas
características de su abuelo... Una historia de desgracias perfectamente
construida, con vidas empujadas a la desesperación.
—No todos mis personajes sufrieron.
Mi amante llegó a ser feliz...
—Solo porque usted la dejó marchar.
En el último momento...
—¡Pero eso también lo escribí yo!
—Sí. Hay personajes suyos que
recibieron algo de felicidad.
—¡Mis personajes no son almas
verdaderas! ¡Solo son personajes ficticios! ¡Yo los inventé! ¡Su sufrimiento no
es real!
—Claro que lo es. Mientras viven en
el nivel de existencia que les ha sido asignado, dentro de la vida de usted,
son seres sensibles tan reales como usted mismo. ¡Lo sabe perfectamente!
Sí, lo sabía, aunque habría
preferido no saberlo. Los personajes que lo habían rodeado a lo largo de sus
setenta y dos años de vida –que habían terminado en un accidente de tránsito–
habían surgido de la nada en el momento de su nacimiento y, al morir él, habían
regresado al lugar del que procedían: la nada.
—Además, en cualquier momento su
trayectoria podría haberse cruzado con la de otra alma verdadera, tanto si esta
había escrito su propia vida como si era conducida por el azar —continuó con
severidad la voz procedente de la luz.
—Ah, eso es demasiado complicado.
¡Algo así ocurre muy pocas veces! —Ni siquiera quería pensar en esa
posibilidad. Si las trayectorias de dos almas verdaderas se entrelazaban, los
planes de ambas vidas –si los había– quedaban trastocados. A partir de
entonces, gobernaba el azar.
—No es tan poco frecuente. La
trayectoria vital que usted escribió se cruzó en cinco ocasiones con la de
otras almas verdaderas.
Aghat tragó saliva. En aquel
momento no lo había advertido, pero desde que había recuperado la conciencia –es
decir, desde que su trayectoria vital había concluido porque había muerto– lo
sospechaba. No las había contado, pero bien podían haber sido cinco.
—Pero nuestras trayectorias no
llegaron a entrelazarse.
—¿Considera que eso fue afortunado
o bueno?
—No, no lo fue... —Si hubiera
tenido suerte, alguien lo habría sacado de aquella dramaturgia escrita de
antemano. Pero se había aferrado demasiado a cada una de sus «letras». Si lo
previamente escrito hubiera podido desviarse hacia el azar, tal vez habría
conocido la verdadera felicidad.
—Se concedió setenta y dos años de
sufrimiento a sí mismo y a todos sus personajes —dijo la voz desde la luz, como
si le hubiera leído el pensamiento.
—También tuvieron alegrías —se
defendió, porque él también había tenido buenos... no solo momentos, sino años
enteros.
—¿Es esa toda su defensa, además de
haberse dejado arrastrar por el fervor de la escritura y por el deseo de
perfeccionar la dramaturgia?
Aghat intentó encontrar alguna otra
justificación, pero no existía ninguna.
—Yo también sufrí... —consiguió
decir finalmente, aunque aquello constituía más bien un agravante.
El silencio lo envolvió y entonces
el tribunal pronunció su sentencia.
—Declaramos culpable a quien
comparece ante este tribunal de provocar sufrimiento mediante la escritura de
una trayectoria vital; de torturarse a sí mismo y a sus personajes,
atormentándolos en un juego del gato y el ratón; y de garantizar el avance triunfal
del mal. Culpable de construir un orden social inmoral y deshonesto,
autodestructivo y perjudicial para el medio ambiente. Por todo ello, su condena
será recorrer otra trayectoria vital. Sin embargo, teniendo en cuenta como
circunstancia atenuante la evolución que ha experimentado respecto de la
escritura de su vida anterior, volvemos a permitirle elegir. Si abandona la
sala por la puerta azul de la derecha, podrá escribir una nueva trayectoria
vital para sí mismo. Si sale por la puerta verde de la izquierda, una sucesión
de acontecimientos fortuitos determinará su próxima trayectoria desde el
nacimiento hasta la muerte.
Aghat miró hacia la derecha. El
velo azul parecía haber estado allí desde siempre, junto a la abertura
rectangular de la salida, invitándolo a acercarse con sus alargados motivos
florales blancos. A la izquierda, un velo que pasaba del verde claro al verde
oscuro rodeaba la abertura por la que podía ingresar en el reino del azar. Si
salía por allí, no podría cometer ningún error. Su única tarea consistiría en
conservar su dignidad humana mientras recorría el camino. Parecía más sencillo,
pero en realidad no lo era. Si, en cambio, elegía la salida de la derecha,
rodeada de azul, podría volver a escribir. Podría escribirse una villa junto al
mar, una mujercita parlanchina. Cinco hijos, una familia entrañable, querida y
saludable. Incluso toda una familia de cuento de hadas. Una vida dulce. Pero la
vez anterior también había querido eso, ¡y miren cómo había terminado! La
maldita trampa de la pérdida de memoria.
—El borrado de la memoria se
produce al atravesar cualquiera de las dos puertas. El cerebro humano
enloquecería si en su memoria aparecieran destellos de elementos pertenecientes
a cientos, o incluso a unas pocas decenas, de trayectorias vitales. La pérdida
de memoria es una protección, una ayuda.
Aghat sabía que existía una tercera
puerta, destinada a quienes ya no necesitaban recorrer más trayectorias vitales
porque finalmente habían demostrado ser justos. Pero para él aquella puerta
todavía no existía. Al atravesarla, los recuerdos de todas las vidas regresaban
a un cerebro que ya no era humano y que era capaz de colocar cada cosa en su
sitio.
—Quisiera volver a escribir...
En cuanto lo dijo, la sala
desapareció y se extinguió la luz en la que estaba envuelto el tribunal. El
libre albedrío había triunfado. El velo azul pasó sobre él y, como un plumero,
con su suave roce borró todo de su cerebro. Solo quedó una multitud de pantallas.
Pantallas en las que podría escribir y dibujar todo aquello que quisiera para
su vida.
¡Deseaba una vida hermosa y fácil!
Llena de buenas acciones, para que por fin terminara el ciclo de nuevos
nacimientos y la esencia de su ser pudiera ocupar el lugar al que
verdaderamente pertenecía. Detrás de la tercera puerta.
Comenzó a escribir su trayectoria
vital. Elegiría una madre maravillosa y un padre magnífico. Tendría dos
hermanos mayores... y esta vez sería mujer, emocionalmente más sensible. Tal
vez monja... ¡pero no! Eso sería demasiado didáctico. Sería una persona
caritativa. ¡Una activista de derechos humanos, sí, que ayudaría a los demás!
Ayudaría a quienes sufren, a los hambrientos, a los desdichados cubiertos de
úlceras, a las víctimas de epidemias causadas por virus aún más terribles que
el ébola. Pero ella, Agáta, encontraría el antídoto y salvaría al mundo.
¡¿Acaso podía existir una vida más útil y hermosa que la que estaba escribiendo
para sí misma?!
Lídia Fedina vive en Budapest,
Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado
novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas.
Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódja, Virokalipszis,
Idiótazás, Az elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y
publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que
le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera
mujer en su país que recibe tal galardón.

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