martes, 22 de septiembre de 2026

UNA VIDA HERMOSA

Lídia Fedina

 

—...el tribunal considera censurable que quien comparece ante esta corte haya incluido en su obra tanto sufrimiento y tantos actos malvados...

Aghat bajó la cabeza. Era cierto. Exactamente como decían. Había querido crear una obra emocionante. Algo especial. Una verdadera aventura en la que el mal tuviera una fuerte presencia para que pudiera ser derrotado. Al principio había pensado en un buen desenlace, pero después terminó cediendo a algún impulso depresivo. No eligió el final feliz. No. En la sociedad que había concebido, la ley protegía el mal. Al menos en el fondo. Porque, en la superficie, por supuesto, condenaban a los malhechores. Aunque solo en apariencia. Después de un procedimiento probatorio extraordinariamente engorroso, el castigo apenas superaba una reprimenda.

Eso era lo que había escrito. Ahora comprendía que había sido una estupidez. Una sociedad normal posee normas morales que funcionan. En la que él había creado, incluso el crimen más atroz podía quedar impune gracias a abogados bien pagados o, si no había otra manera, por algún defecto procesal. Faltaba un sello en alguna parte y se retiraban los cargos. Había creado una realidad extraña. Completamente inverosímil.

—Solicitamos a quien comparece ante este tribunal que exponga las consideraciones que lo llevaron a crear semejante trayectoria vital.

Aghat se puso de pie. No miró directamente hacia el resplandor que ocultaba al tribunal de su vista. Habría sido una falta de respeto.

—Cuando elegí escribir... —comenzó, pero su determinación vaciló. ¿Qué había querido hacer? ¿Por qué?—. Describí una buena familia. Padres instruidos, un hermano. Pero aquello me pareció demasiado convencional, incluso aburrido... —Levantó los ojos hacia la luz, pero no vio ningún movimiento ni oyó el menor sonido. Tenía que continuar. Debía explicar algo que ahora a él mismo le parecía inexplicable. Por qué había elegido el mal en lugar del bien.

Cuando recibió la oportunidad de eliminar el dominio del azar y escribir para sí mismo la trayectoria vital que recorrería en la Tierra desde el nacimiento hasta la muerte, lo invadió una alegría eufórica. Soñó con lugares paradisíacos. Con felicidad. Con un amor maravilloso, una esposa cariñosa, hijos hermosos e inteligentes, amigos bondadosos pero divertidos. Tal vez incluso una amante. Una fogosa pelirroja que condimentara con sal y pimienta la segunda o tercera década de su matrimonio. Quizá allí había comenzado la desviación. Con el deseo de emoción. Y después...

—Esperamos la respuesta de quien comparece ante el tribunal. Si no puede exponer de manera coherente sus motivos y razones, podemos ayudarlo mediante preguntas.

Preguntas, sí. ¡Eso estaría bien!

—Por favor.

El tribunal comprendió.

—¿Por qué introdujo en su trayectoria vital una fuerza maligna invencible y capaz de reproducirse a sí misma?

Aghat gimió. Su suegro. El padre de su hermosa esposa, Minna. A quien había creado como la encarnación del mal. Un hombre que había sido padre a los veinte años y que, cuando ya pasaba de los cuarenta, lo odiaba a él, a su yerno. No desde el principio, sino a partir del accidente de su hija, es decir, de la esposa de Aghat. El malvado suegro al que el hijo menor de Aghat y Minna se parecía como dos gotas de agua. ¡¿Por qué había escrito para Minna un accidente que la dejaba discapacitada?! ¡Y que el hijo menor heredara las características de su abuelo, corrompido hasta la médula! ¡Era completamente incomprensible...!

—Por favor, no sé qué me pasó. ¡No comprendo por qué escribí esas cosas! ¡Y tampoco comprendo por qué me lo permitieron!

Pronunció la última frase como una réplica desafiante con la que pretendía eludir su responsabilidad. Porque sabía perfectamente que sus jueces valoraban el libre albedrío por encima de cualquier otra cosa.

—Haremos como si no hubiéramos oído su última frase. Entonces, ¿afirma que todo ocurrió por afán de aventura?

—Por afán de aventura y porque me dejé arrastrar por el hechizo de la escritura. Por la dramaturgia. Escribí un drama, aunque quería una comedia, una comedia romántica...

—La trayectoria vital que escribió no se parece en lo más mínimo a una comedia romántica. Es consciente de ello, ¿verdad?

—¡Por completo, y no me comprendo a mí mismo! Yo quería una buena vida. Amor, afecto, reconocimiento. ¡Solo alegrías y cosas buenas! ¡Una vida fácil y hermosa en la que todos fueran felices!

—Y, sin embargo, creó exactamente lo contrario. Es cierto que usted solo sufrió indirectamente a causa de las desgracias de los demás, pero sus personajes, su familia y sus amigos padecieron directamente el avance triunfal del mal que usted había concebido.

—¡No fueron víctimas de un asesino en serie ni vivieron aterrorizados por monstruos de una historia de horror!

Las palabras escaparon involuntariamente de la boca de Aghat. Tal vez ni siquiera hubiera querido pronunciarlas, pero allí, ante el tribunal definitivo que juzgaba todas las vidas, tanto las escritas de antemano como las organizadas por el azar, estaba obligado a expresar todos sus pensamientos y sentimientos, quisiera o no.

—¡Eso es cierto! —respondió la voz del tribunal—. Pero lo que escribió se convirtió en un horror mucho más verosímil que cualquier cuento de terror. Un horror, incluso cuando se lo vive, resulta tan inverosímil que tarde o temprano se descarrila y termina. En cambio, un horror realista asentado sobre bases creíbles llega hasta sus últimas consecuencias, absorbe la fuerza vital de todos sus personajes y arroja la desgracia sobre su autor. Una desgracia que finalmente desemboca en el deseo de morir.

—¡Yo no me suicidé, y ninguno de mis personajes tampoco!

—Por eso puede comparecer ante este tribunal. Los inventores de historias de horror, asesinatos en serie y otras fantasías propias de mentes enfermas pertenecen, junto con los suicidas, a la jurisdicción de otra autoridad.

—¡Lo siento de verdad! ¡Lo siento muchísimo! Por irreflexión cometí todo lo que come... quiero decir, todo lo que escribí. Quería crear al mal y a todos mis personajes como seres reales, dotados de libre albedrío.

—¿Está diciendo que su empeño por garantizar a todos sus personajes el ejercicio del libre albedrío fue lo que condujo los acontecimientos por un camino tan sombrío y equivocado?

—En cierto sentido, sí. Al principio solo quería un malvado para darle algo de color. Primero había pensado hacerlo divertido... pero entonces se habría vuelto ridículo. Así fue como terminó convertido en un verdadero villano sin alma.

—¿No pensó en cuánto daño y sufrimiento causaría un personaje semejante?

—No quería provocar sufrimiento... es decir, solo...

—Provocó sufrimiento. Más aún: sabía perfectamente que provocaría sufrimiento cuando escribió todo lo que escribió.

—Sí... y me avergüenzo muchísimo. Esto... esto no lo pensé bien. Solo desde el punto de vista dramático...

—Es cierto. Desde el punto de vista dramático, su historia funciona. Un malvado perturbado al que no se puede combatir eficazmente debido a la debilidad de los instrumentos legales y a la tolerancia de la sociedad destruye la vida de una familia e incluso la de sus amigos; después aparece el niño que hereda exactamente esas mismas características de su abuelo... Una historia de desgracias perfectamente construida, con vidas empujadas a la desesperación.

—No todos mis personajes sufrieron. Mi amante llegó a ser feliz...

—Solo porque usted la dejó marchar. En el último momento...

—¡Pero eso también lo escribí yo!

—Sí. Hay personajes suyos que recibieron algo de felicidad.

—¡Mis personajes no son almas verdaderas! ¡Solo son personajes ficticios! ¡Yo los inventé! ¡Su sufrimiento no es real!

—Claro que lo es. Mientras viven en el nivel de existencia que les ha sido asignado, dentro de la vida de usted, son seres sensibles tan reales como usted mismo. ¡Lo sabe perfectamente!

Sí, lo sabía, aunque habría preferido no saberlo. Los personajes que lo habían rodeado a lo largo de sus setenta y dos años de vida –que habían terminado en un accidente de tránsito– habían surgido de la nada en el momento de su nacimiento y, al morir él, habían regresado al lugar del que procedían: la nada.

—Además, en cualquier momento su trayectoria podría haberse cruzado con la de otra alma verdadera, tanto si esta había escrito su propia vida como si era conducida por el azar —continuó con severidad la voz procedente de la luz.

—Ah, eso es demasiado complicado. ¡Algo así ocurre muy pocas veces! —Ni siquiera quería pensar en esa posibilidad. Si las trayectorias de dos almas verdaderas se entrelazaban, los planes de ambas vidas –si los había– quedaban trastocados. A partir de entonces, gobernaba el azar.

—No es tan poco frecuente. La trayectoria vital que usted escribió se cruzó en cinco ocasiones con la de otras almas verdaderas.

Aghat tragó saliva. En aquel momento no lo había advertido, pero desde que había recuperado la conciencia –es decir, desde que su trayectoria vital había concluido porque había muerto– lo sospechaba. No las había contado, pero bien podían haber sido cinco.

—Pero nuestras trayectorias no llegaron a entrelazarse.

—¿Considera que eso fue afortunado o bueno?

—No, no lo fue... —Si hubiera tenido suerte, alguien lo habría sacado de aquella dramaturgia escrita de antemano. Pero se había aferrado demasiado a cada una de sus «letras». Si lo previamente escrito hubiera podido desviarse hacia el azar, tal vez habría conocido la verdadera felicidad.

—Se concedió setenta y dos años de sufrimiento a sí mismo y a todos sus personajes —dijo la voz desde la luz, como si le hubiera leído el pensamiento.

—También tuvieron alegrías —se defendió, porque él también había tenido buenos... no solo momentos, sino años enteros.

—¿Es esa toda su defensa, además de haberse dejado arrastrar por el fervor de la escritura y por el deseo de perfeccionar la dramaturgia?

Aghat intentó encontrar alguna otra justificación, pero no existía ninguna.

—Yo también sufrí... —consiguió decir finalmente, aunque aquello constituía más bien un agravante.

El silencio lo envolvió y entonces el tribunal pronunció su sentencia.

—Declaramos culpable a quien comparece ante este tribunal de provocar sufrimiento mediante la escritura de una trayectoria vital; de torturarse a sí mismo y a sus personajes, atormentándolos en un juego del gato y el ratón; y de garantizar el avance triunfal del mal. Culpable de construir un orden social inmoral y deshonesto, autodestructivo y perjudicial para el medio ambiente. Por todo ello, su condena será recorrer otra trayectoria vital. Sin embargo, teniendo en cuenta como circunstancia atenuante la evolución que ha experimentado respecto de la escritura de su vida anterior, volvemos a permitirle elegir. Si abandona la sala por la puerta azul de la derecha, podrá escribir una nueva trayectoria vital para sí mismo. Si sale por la puerta verde de la izquierda, una sucesión de acontecimientos fortuitos determinará su próxima trayectoria desde el nacimiento hasta la muerte.

Aghat miró hacia la derecha. El velo azul parecía haber estado allí desde siempre, junto a la abertura rectangular de la salida, invitándolo a acercarse con sus alargados motivos florales blancos. A la izquierda, un velo que pasaba del verde claro al verde oscuro rodeaba la abertura por la que podía ingresar en el reino del azar. Si salía por allí, no podría cometer ningún error. Su única tarea consistiría en conservar su dignidad humana mientras recorría el camino. Parecía más sencillo, pero en realidad no lo era. Si, en cambio, elegía la salida de la derecha, rodeada de azul, podría volver a escribir. Podría escribirse una villa junto al mar, una mujercita parlanchina. Cinco hijos, una familia entrañable, querida y saludable. Incluso toda una familia de cuento de hadas. Una vida dulce. Pero la vez anterior también había querido eso, ¡y miren cómo había terminado! La maldita trampa de la pérdida de memoria.

—El borrado de la memoria se produce al atravesar cualquiera de las dos puertas. El cerebro humano enloquecería si en su memoria aparecieran destellos de elementos pertenecientes a cientos, o incluso a unas pocas decenas, de trayectorias vitales. La pérdida de memoria es una protección, una ayuda.

Aghat sabía que existía una tercera puerta, destinada a quienes ya no necesitaban recorrer más trayectorias vitales porque finalmente habían demostrado ser justos. Pero para él aquella puerta todavía no existía. Al atravesarla, los recuerdos de todas las vidas regresaban a un cerebro que ya no era humano y que era capaz de colocar cada cosa en su sitio.

—Quisiera volver a escribir...

En cuanto lo dijo, la sala desapareció y se extinguió la luz en la que estaba envuelto el tribunal. El libre albedrío había triunfado. El velo azul pasó sobre él y, como un plumero, con su suave roce borró todo de su cerebro. Solo quedó una multitud de pantallas. Pantallas en las que podría escribir y dibujar todo aquello que quisiera para su vida.

¡Deseaba una vida hermosa y fácil! Llena de buenas acciones, para que por fin terminara el ciclo de nuevos nacimientos y la esencia de su ser pudiera ocupar el lugar al que verdaderamente pertenecía. Detrás de la tercera puerta.

Comenzó a escribir su trayectoria vital. Elegiría una madre maravillosa y un padre magnífico. Tendría dos hermanos mayores... y esta vez sería mujer, emocionalmente más sensible. Tal vez monja... ¡pero no! Eso sería demasiado didáctico. Sería una persona caritativa. ¡Una activista de derechos humanos, sí, que ayudaría a los demás! Ayudaría a quienes sufren, a los hambrientos, a los desdichados cubiertos de úlceras, a las víctimas de epidemias causadas por virus aún más terribles que el ébola. Pero ella, Agáta, encontraría el antídoto y salvaría al mundo. ¡¿Acaso podía existir una vida más útil y hermosa que la que estaba escribiendo para sí misma?!

Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódja, Virokalipszis, Idiótazás, Az elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

UNA VIDA HERMOSA