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domingo, 20 de septiembre de 2026

MIS ALAS ROTAS

Jorge Luis Betancourt

Fui un niño solitario, duro, triste, mal querido, creado para el dolor… sin amigos de mi edad ni juguetes nuevos… ¿o los tuve y ya no recuerdo? No conocí a los Reyes Magos ni habité un castillo encantado. Vivía en una casa grande con mamá y papá Ogro, usando los mismos zapatos de siempre, rotos, amarrados con cordeles, llenos de remiendos por donde entraba el agua, el lodo, el viento y el frío de las pisadas. Los dedos se me entumecían por la humedad.

En las mañanas iba por leche a un barrio lejano y en las tardes recogía ramas secas para el fogón. Para todos era un niño malo porque me gustaban las mariposas. La gente del barrio me temía por mi aspecto oscuro; parecía una sanguijuela pegada a la piel para chupar sangre. No supe nunca de dónde vine ni si tuve pasado.

Solo un padre Ogro, despiadado, y una madre que al principio fue distinta, pero después se volvió insultos, latigazos y empujones que a veces me hacían golpear la pared o el suelo, tragando polvo. Una vez me aventaron desde un acantilado. Me tragó el mar con su hambre de olas contra la faralla. Nadie quiso ayudarme. Nadando contra las corrientes alcancé la orilla. Sus caras insatisfechas porque no me quedé en el fondo… ¿querían que me ahogara?

Pese a los maltratos, le cantaba a los pajaritos mi mundo interior, conversando con lagartijas y búhos que entendían mi lenguaje. Con sus ojos saltones me observaban curiosos.

Un niño ciego y su gato gris eran mis únicos amigos. Con ellos hablaba a través de una ranura en la cerca frente a su casa. Un rato corto, pero me valía ese tiempo. Le elogiaba lo bonito de sus ojos.

Los gritos de Mamá Ogro me llamaban aunque no fuera necesario. Nunca estuve a bien con ella.

Papá Ogro me agarraba del pelo y me hacía oler el piso. Me obligaba a sentarme con las nalgas desnudas sobre el hormiguero de hormigas bravas. No conseguía humillarme. Nunca lloraba ni me quejaba por nada. Yo no entendía qué era ser malo.

Quise desaparecer en el humo de los basureros cuando quemaban los desperdicios del día. No hacía preguntas sobre por qué me veían detestable. Justificaba la rabia de Mamá Ogro como si fuera un castigo inevitable. Decían que cuando miraba de frente, en mis ojos se asomaba el pájaro rojo de la mala suerte.

Para el niño ciego siempre fui su príncipe gato. Le prometí que lo llevaría a conocer el mar.

Tenía insomnio porque Papá Ogro me despertaba con dos palmadas en la cabeza para que fuera al granero, donde la cabra embestía al cerdo.

En las mañanas, antes de que el sol atravesara la copa de los árboles, iba a otro barrio a comprar leche y pan. Arrastraba los pies sobre el polvo, cruzando charcas dejadas por la lluvia. Lodazales sombríos, un bosque de hierbas donde se ocultaban el gnomo y las mariposas negras. Creía que en cualquier momento vendrían a llevarme hacia una islita en medio del océano, donde pudiera verme sin los zapatos rotos, con alas multicolores volando sobre el mar.

Cantaba alto para espantar el miedo.

Una vez rompí el cristal del cuadro donde Mamá Ogro tenía su virgencita. Fue cuando con más crueldad me trató. La vecina, madre del niño ciego, tuvo que intervenir; de lo contrario me habría arrancado la piel con la correa. Estaba furiosa, respirando asmática por el cigarrillo, con ojos redondos y brillosos como los del búho. No era ella, parecía otra mujer.

«¡Yo quiero un hijo macho!»

Me echaba en cara el sacrificio de haberme criado, como si yo debiera agradecerle el hecho de estar vivo. No pedí nacer, ni ser su hijo, ni cargar con sus frustraciones.

Y yo justificaba sus excesos como castigo por haber roto el cristal de la virgencita.

El niño ciego y su gato gris seguían siendo mi refugio. Él tampoco era feliz. Encerrado en su mundo, sin poder ver el mar. Los otros niños se burlaban. Nadie entendía nuestras tristezas.

Yo intentaba hacerlo sonreír. Le contaba historias donde era un príncipe timonel de un barco. Le prometía viajes a otros puertos donde habría niños con ojos azules y gatos como el suyo.

—¡Llévame a conocer el mar! —decía a veces.

Yo lo escuchaba con alegría, imaginando que sería mi grumete.

Desde casa, Mamá Ogro me gritaba “mariposo”. Corrí un día y perdí los zapatos. Cuando regresé a buscarlos ya no estaban. Tal vez alguien los escondió. Tal vez no.

Papá Ogro llegaba bebido. Era costumbre suya beber hasta perderse. Mamá Ogro lo seguía también. Ambos terminaban derrumbados sobre la mesa del comedor, como si estuvieran muertos.

Cerré puertas y ventanas. Me dolía el cuerpo por los golpes. Intenté recuperar mis zapatos. Los encontré en una zanja fangosa.

El niño vino hasta la cerca. Le pregunté:

—¿Quieres que te lleve a conocer el mar?

Asintió feliz.

Le ayudé a salir por la abertura de la cerca. Tomé su mano pequeña y temblorosa entre la mía que sudaba.

—No tengas miedo. Estás conmigo.

Caminamos despacio por la vereda hacia el bosque de yagrumas.

Atrás quedó la casa de los Ogros, entre llamas y humo.

Jorge Luis Betancourt (Banes, Holguín, Cuba, 1964) es escritor, poeta y artista visual. Su producción literaria ha sido publicada en revistas y antologías de México, Chile, Perú, Italia y España, consolidando una presencia internacional sostenida. Entre sus libros publicados destacan Un animal de triste apariencia (Editorial Metaliteratura, Argentina), El ojo insípido de la noche (Editorial Kañy, Argentina), La playa del chivo (novela, Ilíada Ediciones, Alemania), Retrato de una Habana frente al Morro (Editorial Papel en Blanco, Argentina), Filo perverso (poesía, JLBEDITOR), El ojo en la ranura (Ediciones Niágara, Estados Unidos) y Havana Lux (Brightstars, Estados Unidos). Ha colaborado además en publicaciones colectivas como Antología de poetas por la paz (Italia) y en la revista Nube Cónica (Chile). Ha recibido reconocimientos internacionales, entre ellos el diploma de honor al mérito cultural otorgado por la Associazione Culturale International of Art and Literature (IAAL) en 2023 y la distinción “L’sola Felice” de la Unión Mundial de Poetas por la Paz y la Libertad, por su contribución al arte, la cultura y la justicia social. Es autor de número en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

 


 

LA BALADA DEL GATO