Fui un niño solitario, duro, triste, mal querido, creado para el dolor…
sin amigos de mi edad ni juguetes nuevos… ¿o los tuve y ya no recuerdo? No
conocí a los Reyes Magos ni habité un castillo encantado. Vivía en una casa
grande con mamá y papá Ogro, usando los mismos zapatos de siempre, rotos,
amarrados con cordeles, llenos de remiendos por donde entraba el agua, el lodo,
el viento y el frío de las pisadas. Los dedos se me entumecían por la humedad.
En las mañanas iba por leche a un barrio lejano y en
las tardes recogía ramas secas para el fogón. Para todos era un niño malo
porque me gustaban las mariposas. La gente del barrio me temía por mi aspecto
oscuro; parecía una sanguijuela pegada a la piel para chupar sangre. No supe
nunca de dónde vine ni si tuve pasado.
Solo un padre Ogro, despiadado, y una madre que al
principio fue distinta, pero después se volvió insultos, latigazos y empujones
que a veces me hacían golpear la pared o el suelo, tragando polvo. Una vez me
aventaron desde un acantilado. Me tragó el mar con su hambre de olas contra la
faralla. Nadie quiso ayudarme. Nadando contra las corrientes alcancé la orilla.
Sus caras insatisfechas porque no me quedé en el fondo… ¿querían que me
ahogara?
Pese a los maltratos, le cantaba a los pajaritos mi
mundo interior, conversando con lagartijas y búhos que entendían mi lenguaje.
Con sus ojos saltones me observaban curiosos.
Un niño ciego y su gato gris eran mis únicos amigos.
Con ellos hablaba a través de una ranura en la cerca frente a su casa. Un rato
corto, pero me valía ese tiempo. Le elogiaba lo bonito de sus ojos.
Los gritos de Mamá Ogro me llamaban aunque no fuera
necesario. Nunca estuve a bien con ella.
Papá Ogro me agarraba del pelo y me hacía oler el
piso. Me obligaba a sentarme con las nalgas desnudas sobre el hormiguero de
hormigas bravas. No conseguía humillarme. Nunca lloraba ni me quejaba por nada.
Yo no entendía qué era ser malo.
Quise desaparecer en el humo de los basureros cuando
quemaban los desperdicios del día. No hacía preguntas sobre por qué me veían
detestable. Justificaba la rabia de Mamá Ogro como si fuera un castigo
inevitable. Decían que cuando miraba de frente, en mis ojos se asomaba el
pájaro rojo de la mala suerte.
Para el niño ciego siempre fui su príncipe gato. Le
prometí que lo llevaría a conocer el mar.
Tenía insomnio porque Papá Ogro me despertaba con dos
palmadas en la cabeza para que fuera al granero, donde la cabra embestía al
cerdo.
En las mañanas, antes de que el sol atravesara la copa
de los árboles, iba a otro barrio a comprar leche y pan. Arrastraba los pies
sobre el polvo, cruzando charcas dejadas por la lluvia. Lodazales sombríos, un
bosque de hierbas donde se ocultaban el gnomo y las mariposas negras. Creía que
en cualquier momento vendrían a llevarme hacia una islita en medio del océano,
donde pudiera verme sin los zapatos rotos, con alas multicolores volando sobre
el mar.
Cantaba alto para espantar el miedo.
Una vez rompí el cristal del cuadro donde Mamá Ogro
tenía su virgencita. Fue cuando con más crueldad me trató. La vecina, madre del
niño ciego, tuvo que intervenir; de lo contrario me habría arrancado la piel
con la correa. Estaba furiosa, respirando asmática por el cigarrillo, con ojos
redondos y brillosos como los del búho. No era ella, parecía otra mujer.
«¡Yo quiero un hijo macho!»
Me echaba en cara el sacrificio de haberme criado,
como si yo debiera agradecerle el hecho de estar vivo. No pedí nacer, ni ser su
hijo, ni cargar con sus frustraciones.
Y yo justificaba sus excesos como castigo por haber
roto el cristal de la virgencita.
El niño ciego y su gato gris seguían siendo mi
refugio. Él tampoco era feliz. Encerrado en su mundo, sin poder ver el mar. Los
otros niños se burlaban. Nadie entendía nuestras tristezas.
Yo intentaba hacerlo sonreír. Le contaba historias
donde era un príncipe timonel de un barco. Le prometía viajes a otros puertos
donde habría niños con ojos azules y gatos como el suyo.
—¡Llévame a conocer el mar! —decía a veces.
Yo lo escuchaba con alegría, imaginando que sería mi
grumete.
Desde casa, Mamá Ogro me gritaba “mariposo”. Corrí un
día y perdí los zapatos. Cuando regresé a buscarlos ya no estaban. Tal vez
alguien los escondió. Tal vez no.
Papá Ogro llegaba bebido. Era costumbre suya beber
hasta perderse. Mamá Ogro lo seguía también. Ambos terminaban derrumbados sobre
la mesa del comedor, como si estuvieran muertos.
Cerré puertas y ventanas. Me dolía el cuerpo por los
golpes. Intenté recuperar mis zapatos. Los encontré en una zanja fangosa.
El niño vino hasta la cerca. Le pregunté:
—¿Quieres que te lleve a conocer el mar?
Asintió feliz.
Le ayudé a salir por la abertura de la cerca. Tomé su
mano pequeña y temblorosa entre la mía que sudaba.
—No tengas miedo. Estás conmigo.
Caminamos despacio por la vereda hacia el bosque de
yagrumas.
Atrás quedó la casa de los Ogros, entre llamas y humo.
Jorge Luis Betancourt (Banes, Holguín, Cuba, 1964) es
escritor, poeta y artista visual. Su producción literaria ha sido publicada en
revistas y antologías de México, Chile, Perú, Italia y España, consolidando una
presencia internacional sostenida. Entre sus libros publicados destacan Un
animal de triste apariencia (Editorial Metaliteratura, Argentina), El
ojo insípido de la noche (Editorial Kañy, Argentina), La playa del chivo
(novela, Ilíada Ediciones, Alemania), Retrato de una Habana frente al Morro
(Editorial Papel en Blanco, Argentina), Filo perverso (poesía,
JLBEDITOR), El ojo en la ranura (Ediciones Niágara, Estados Unidos) y
Havana Lux (Brightstars, Estados Unidos). Ha colaborado además en
publicaciones colectivas como Antología de poetas por la paz (Italia) y en la
revista Nube Cónica (Chile). Ha recibido reconocimientos internacionales, entre
ellos el diploma de honor al mérito cultural otorgado por la Associazione
Culturale International of Art and Literature (IAAL) en 2023 y la distinción
“L’sola Felice” de la Unión Mundial de Poetas por la Paz y la Libertad, por su
contribución al arte, la cultura y la justicia social. Es autor de número en la
Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.
