domingo, 20 de septiembre de 2026

LA BALADA DEL GATO

Khancho Kojouharov

 

El viejo gato se apagaba. Sabía que la Muerte no era más que una acompañante hacia la siguiente vida felina, pero nadie más lo sabía. Presintiendo la llegada de aquella visitante a la que casi todos temían, la casa entera quedó en silencio. En la sala solo permaneció su humano. El hombre colocó una vieja camiseta suya bajo la cabeza del gato y, al percibir aquel conocido olor amistoso, este se sumió en un sueño inquieto.

No advirtió cuándo su humano se levantó y fue a la cocina, pero entre sueños oyó un familiar borboteo y, poco después, el aroma del café recién hecho irrumpió sin ceremonias en las fosas nasales del gato y lo obligó a abrir los ojos. El hombre dejó la taza sobre la mesa, se sentó a su lado y le acarició la cabeza. La caricia era agradable, pero ¿acaso aquel hombre no comprendía que en la vida de los gatos hay momentos importantes en los que, más que ninguna otra cosa, desean quedarse solos?

El gato no tenía fuerzas para levantarse y arrastrarse debajo de algún mueble, de modo que se limitó a mirarlo con cansancio. El hombre captó su mirada y parpadeó varias veces. Lo hacía para contener la humedad que pugnaba por salir de sus párpados, pero el gato lo interpretó a su manera y le devolvió el parpadeo: «Sé que eres mi amigo y que no aprovecharás este breve instante en que no te miro para atacarme». Después le dirigió una mirada firme e insistente: «Te he contado todas mis historias, pero la última no tiene palabras. ¡Simplemente tienes que verla!».

Luego entornó los ojos y concentró toda su atención en un sonido apenas perceptible. Pasos que se acercaban. Los había oído muchas veces, pero durante los últimos diecisiete años siempre se habían dirigido hacia algún otro. Ahora venían por él.

Por agotado que estuviera, el guerrero de cuatro patas se preparó para la batalla. No era grande, pero su valor era digno de un tigre. No renunciaría sin luchar al olor de la camiseta, a la caricia del hombre ni al recuerdo de las decenas de elegantes gatas y traviesos gatitos que habían pasado por su vida.

Por la rendija de los párpados observó a la visitante indeseada. Con las garras fuera, se preparó para saltar, enseñó los dientes y siseó, pero de su boca solo salió un suspiro apenas audible. Entonces oyó la voz del hombre:

—¡Adiós, Barborani! ¡Gracias por todo, querido! ¡Gracias también por esta lección!

Desde algún lugar en lo alto vio cómo el hombre acomodaba sobre su regazo el cuerpo todavía caliente y apoyaba las manos sobre él para acariciar por última vez a su querido compañero. Con amor y admiración, porque había sido testigo de su última batalla.

Entonces, delante de él, comenzó a titilar una luz. Sin saber cómo, el gato se encontró junto a una alta cerca blanca con un portón abierto de par en par, del que emanaba un calor acogedor y amable. Con un repentino impulso de energía y sin la menor vacilación, avanzó hacia la nueva aventura.

Por supuesto, había oído hablar del paraíso de los gatos, adonde iban todos los guerreros de cuatro patas que no habían temido atacar a la propia Muerte. Decían que el paraíso era un lugar cálido y acogedor, con cuevas apropiadas para esconderse. Decían que allí había árboles huecos entre cuyas ramas volaban y piaban miles de pájaros. Decían que lo atravesaba un río cristalino que desembocaba en un lago lleno de peces. Todo aquello siempre le había parecido demasiado hermoso para ser verdad.

El paraíso estaba allí, en la Tierra. Por las noches, el paraíso estaba sobre el cálido hombro del hombre o acurrucado junto a él; durante el día, en cambio, estaba en el barrio, donde había tantas palomas. La mayoría eran lo bastante estúpidas como para no advertir que el gato se acercaba cada vez más, hasta que, tras un sprint fulminante, arqueaba el cuerpo en un salto acrobático y las atrapaba antes de que hubieran conseguido elevarse demasiado.

El paraíso era la conocida voz del hombre, que al caer la tarde salía frente al edificio y gritaba a pleno pulmón:

—¡Gaaatooo! ¡Barboraaani!

Aquel llamado ejercía sobre él una atracción irresistible. El gato aparecía por detrás de la esquina del edificio vecino y, a medio camino entre el paso y la carrera, atravesaba el cuadrado de césped situado entre los bloques, a la izquierda del abeto solitario, y ya desde lejos comenzaba a contar lo que le había sucedido durante el día. No con maullidos entrecortados, como la mayoría de los gatos, sino con toda una serie de sonidos bien modulados que se fundían suavemente unos con otros: una melodía distinta cada día. El hombre lo recibía con una amplia sonrisa y abría la puerta de entrada para dejarlo pasar delante de él, diciendo:

—¿Y qué pasó después, querido? ¡Cuéntame, Barborani!

Animado, el gato seguía contándole cosas en el ascensor y en el rellano de la escalera, añadiendo nuevos detalles a su relato. Su elocuencia solo se interrumpía cuando el hombre abría la puerta del apartamento y el olor de la comida salía a recibirlos.

Una vez saciado el hambre, el gato permitía que le limpiaran las patas y todo el cuerpo con un paño húmedo. Después evaluaba cuál de los tres —la mujer que lo había salvado, su amigo el hombre o la anciana— parecía menos dispuesto a levantarse de donde estaba, y se acomodaba en su regazo. Se lo aseguro: ¡aquello era el paraíso!

Es cierto que, al principio, el mundo no había sido amable con él. Cuando era un gatito pequeño y tonto, corrió hacia un hombre y maulló para hacerle saber que quería que lo acariciaran y le dieran de comer. Pero el hombre era malvado y le dio una patada que lo hizo volar varios metros, hasta el abeto. Con las últimas fuerzas, el gatito se arrastró bajo las ramas que colgaban hasta el suelo. Antes de perder el conocimiento, vio cómo el abeto erizaba sus cientos de agujas afiladas y ahuyentaba al agresor.

Recobró el sentido entre dos manos cálidas. Al parecer, la mujer había conseguido abrirse paso entre las ramas para recoger aquella bolita dorada que gemía. Forró una caja de cartón vacía con una manta vieja y durante dos semanas le dio leche en la boca con un cuentagotas, hasta que el gatito recuperó fuerzas y pudo ponerse de pie. No lo sacaron al exterior hasta un mes después y, durante los primeros días, el hombre lo dejaba bajo el abeto protector y se sentaba en algún banco para vigilarlo. El gatito se volvía más fuerte y ágil no de día en día, sino de hora en hora, y pronto intentó atrapar su primera paloma.

—Bueno, amigo —dijo entonces el hombre—, por lo que veo, ya puedes arreglártelas solo. Diviértete y dentro de unas horas vendré a llevarte a casa.

Y al anochecer bajó al patio. El gatito lo esperaba bajo el abeto, terriblemente hambriento pero muy feliz. El hombre lo llevó hasta su cuenco de comida blanda y la vida volvió a ser maravillosa. Solo que, a causa del dolor provocado por la patada, había perdido la cuenta y ya no sabía cuál de sus sucesivas vidas estaba viviendo.

Un año después se había convertido en un gato joven –ligero, pero ágil para saltar y muy resistente– y trepaba a los árboles como una ardilla. Entonces, un día de verano, regresó al patio el viejo bandido pelirrojo Horatio –llamado así por el personaje de una serie policial cuyo cabello tenía el mismo color llameante– e intentó expulsarlo de sus antiguos dominios. Varias veces libraron feroces combates y, en cada ocasión, Barborani demostraba ser un adversario eficaz.

Llegó el frío y, hasta que terminó el invierno, Horatio no volvió a aparecer por el patio. Cuando regresó en primavera, se encontró con un Barborani más grande y musculoso que parecía haberle arrancado la piel para vestirse con ella. No está claro si comprendió que era su hijo y que ya se había vuelto demasiado fuerte para que pudiera vencerlo. A pesar de ello, Horatio no vaciló en atacarlo. ¿Lo hizo obedeciendo algún principio felino desconocido para los humanos o porque quería asegurarse de dejar tras de sí un heredero digno?

Esta vez Barborani venció y, cuando Horatio huyó, lo persiguió hasta su escondite. El bandido se deslizó hábilmente bajo la tapa metálica de un cálido sótano que olía a polvo de carbón. Barborani, prudentemente, no saltó tras él –después de todo, el sótano del carbón era territorio personal de Horatio–, pero durante media hora paseó orgullosamente de un lado a otro sobre la tapa y, antes de marcharse, dejó encima su señal: «¡No vuelvas a aparecer ante mis ojos!». Después regresó al patio y pasó todo el día sobre el techo del transformador, calentado por el sol, donde ningún otro gato se atrevía a subir.

Los años siguientes estuvieron llenos de innumerables aventuras de caza y de amor. Todas las gatas eran suyas y aquella parte de la ciudad se llenó de pequeños gatitos pelirrojos. Continuaba con devoción la obra que Horatio había iniciado en otro tiempo, aunque no existiera la menor posibilidad de que algún día consiguiera terminarla. Pero, a pesar de estar ocupadísimo, siempre –salvo cuatro o cinco noches al año– regresaba a casa, donde lo esperaban sus humanos.

Y ahora se extendía ante él el inmenso y exuberante jardín del paraíso. Todo un mundo nuevo para explorar: acogedor y cálido, con pequeños remolinos que en otoño arrastraban por el suelo incontables hojas secas con un sonido provocador, desafiándolo a atraparlas. Cuando se cansaba de aquel entretenimiento, el gato se dirigía al lago que relucía bajo el sol. Entre las flores y las hierbas abundantemente regadas caminaban o saltaban miles de pájaros. Al caer la tarde se encaminaba hacia la amplia y horizontal bifurcación de un viejo árbol situado cerca del portón y, cuando la noche avanzaba, subía hasta allí de dos saltos.

Durante los primeros meses pensó que todo cuanto lo rodeaba había sido creado especialmente para proporcionarle comodidad y alegría, pero con el tiempo comprendió que incluso en el paraíso faltaba algo. Echaba de menos la calidez del antiguo hogar, las caricias de sus tres habitantes y la voz del hombre, que a veces le correspondía contándole, a él y a nadie más, sus nuevas historias. El gato no era plenamente consciente de ello, pero sentía hacia él una gratitud inmensa, porque el hombre le había revelado la alegría de amar a alguien además de a uno mismo. Por eso, cada atardecer se acercaba al portón, no fuera a perder la oportunidad de ver a su antiguo dueño y este se internara en el vasto bosque, haciendo que ambos tardaran muchos años más en encontrarse.

Hoy, mientras les cuento su historia, el gato sigue esperando pacientemente, sin impacientarse. Todos los gatos proceden de la eternidad o –¡como mínimo!– del universo anterior; son dueños del tiempo y no necesitan pedir prestada la paciencia. Barborani sabe muy bien que, aunque viven más que los gatos, los humanos tampoco son eternos. Algún día su dueño –¡no, su amigo!– dejará por fin de contarles a los demás sus nuevas historias y, en vez de despedirse, enseñará por última vez los dientes a la Muerte. Y eso significará que se habrá ganado dignamente un lugar en el paraíso.

Khancho «Khanev» Kojouharov (Bulgaria/Reino Unido) es un galardonado escritor, periodista de investigación y traductor. Sus novelas, relatos, análisis y artículos científicos se han publicado en búlgaro, inglés, francés, alemán, polaco, ruso y ucraniano. Kojouharov ha traducido unos 60 libros del inglés, que abarcan una amplia gama de temas: física, astrofísica y cosmología; filosofía y religión; sociología, psicología y psicoanálisis; historia y biografías; economía y ciencias políticas; memoria y tests de inteligencia; novela negra, de espionaje y de ciencia ficción. Es miembro de la Asociación Internacional de Escritores de Novela Negra, la Unión de Escritores Búlgaros y la Unión de Periodistas Búlgaros.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

LA BALADA DEL GATO