Khancho Kojouharov
El viejo gato se
apagaba. Sabía que la Muerte no era más que una acompañante hacia la siguiente
vida felina, pero nadie más lo sabía. Presintiendo la llegada de aquella
visitante a la que casi todos temían, la casa entera quedó en silencio. En la
sala solo permaneció su humano. El hombre colocó una vieja camiseta suya bajo
la cabeza del gato y, al percibir aquel conocido olor amistoso, este se sumió
en un sueño inquieto.
No advirtió cuándo su humano se
levantó y fue a la cocina, pero entre sueños oyó un familiar borboteo y, poco
después, el aroma del café recién hecho irrumpió sin ceremonias en las fosas
nasales del gato y lo obligó a abrir los ojos. El hombre dejó la taza sobre la
mesa, se sentó a su lado y le acarició la cabeza. La caricia era agradable,
pero ¿acaso aquel hombre no comprendía que en la vida de los gatos hay momentos
importantes en los que, más que ninguna otra cosa, desean quedarse solos?
El gato no tenía fuerzas para
levantarse y arrastrarse debajo de algún mueble, de modo que se limitó a
mirarlo con cansancio. El hombre captó su mirada y parpadeó varias veces. Lo
hacía para contener la humedad que pugnaba por salir de sus párpados, pero el
gato lo interpretó a su manera y le devolvió el parpadeo: «Sé que eres mi amigo
y que no aprovecharás este breve instante en que no te miro para atacarme».
Después le dirigió una mirada firme e insistente: «Te he contado todas mis
historias, pero la última no tiene palabras. ¡Simplemente tienes que verla!».
Luego entornó los ojos y concentró
toda su atención en un sonido apenas perceptible. Pasos que se acercaban. Los
había oído muchas veces, pero durante los últimos diecisiete años siempre se
habían dirigido hacia algún otro. Ahora venían por él.
Por agotado que estuviera, el
guerrero de cuatro patas se preparó para la batalla. No era grande, pero su
valor era digno de un tigre. No renunciaría sin luchar al olor de la camiseta,
a la caricia del hombre ni al recuerdo de las decenas de elegantes gatas y
traviesos gatitos que habían pasado por su vida.
Por la rendija de los párpados
observó a la visitante indeseada. Con las garras fuera, se preparó para saltar,
enseñó los dientes y siseó, pero de su boca solo salió un suspiro apenas
audible. Entonces oyó la voz del hombre:
—¡Adiós, Barborani! ¡Gracias por
todo, querido! ¡Gracias también por esta lección!
Desde algún lugar en lo alto vio
cómo el hombre acomodaba sobre su regazo el cuerpo todavía caliente y apoyaba
las manos sobre él para acariciar por última vez a su querido compañero. Con
amor y admiración, porque había sido testigo de su última batalla.
Entonces, delante de él, comenzó a
titilar una luz. Sin saber cómo, el gato se encontró junto a una alta cerca
blanca con un portón abierto de par en par, del que emanaba un calor acogedor y
amable. Con un repentino impulso de energía y sin la menor vacilación, avanzó
hacia la nueva aventura.
Por supuesto, había oído hablar del
paraíso de los gatos, adonde iban todos los guerreros de cuatro patas que no
habían temido atacar a la propia Muerte. Decían que el paraíso era un lugar
cálido y acogedor, con cuevas apropiadas para esconderse. Decían que allí había
árboles huecos entre cuyas ramas volaban y piaban miles de pájaros. Decían que
lo atravesaba un río cristalino que desembocaba en un lago lleno de peces. Todo
aquello siempre le había parecido demasiado hermoso para ser verdad.
El paraíso estaba allí, en la
Tierra. Por las noches, el paraíso estaba sobre el cálido hombro del hombre o
acurrucado junto a él; durante el día, en cambio, estaba en el barrio, donde
había tantas palomas. La mayoría eran lo bastante estúpidas como para no
advertir que el gato se acercaba cada vez más, hasta que, tras un sprint
fulminante, arqueaba el cuerpo en un salto acrobático y las atrapaba antes de
que hubieran conseguido elevarse demasiado.
El paraíso era la conocida voz del
hombre, que al caer la tarde salía frente al edificio y gritaba a pleno pulmón:
—¡Gaaatooo! ¡Barboraaani!
Aquel llamado ejercía sobre él una
atracción irresistible. El gato aparecía por detrás de la esquina del edificio
vecino y, a medio camino entre el paso y la carrera, atravesaba el cuadrado de
césped situado entre los bloques, a la izquierda del abeto solitario, y ya
desde lejos comenzaba a contar lo que le había sucedido durante el día. No con
maullidos entrecortados, como la mayoría de los gatos, sino con toda una serie
de sonidos bien modulados que se fundían suavemente unos con otros: una melodía
distinta cada día. El hombre lo recibía con una amplia sonrisa y abría la
puerta de entrada para dejarlo pasar delante de él, diciendo:
—¿Y qué pasó después, querido?
¡Cuéntame, Barborani!
Animado, el gato seguía contándole
cosas en el ascensor y en el rellano de la escalera, añadiendo nuevos detalles
a su relato. Su elocuencia solo se interrumpía cuando el hombre abría la puerta
del apartamento y el olor de la comida salía a recibirlos.
Una vez saciado el hambre, el gato
permitía que le limpiaran las patas y todo el cuerpo con un paño húmedo.
Después evaluaba cuál de los tres —la mujer que lo había salvado, su amigo el
hombre o la anciana— parecía menos dispuesto a levantarse de donde estaba, y se
acomodaba en su regazo. Se lo aseguro: ¡aquello era el paraíso!
Es cierto que, al principio, el
mundo no había sido amable con él. Cuando era un gatito pequeño y tonto, corrió
hacia un hombre y maulló para hacerle saber que quería que lo acariciaran y le
dieran de comer. Pero el hombre era malvado y le dio una patada que lo hizo
volar varios metros, hasta el abeto. Con las últimas fuerzas, el gatito se
arrastró bajo las ramas que colgaban hasta el suelo. Antes de perder el
conocimiento, vio cómo el abeto erizaba sus cientos de agujas afiladas y
ahuyentaba al agresor.
Recobró el sentido entre dos manos
cálidas. Al parecer, la mujer había conseguido abrirse paso entre las ramas
para recoger aquella bolita dorada que gemía. Forró una caja de cartón vacía
con una manta vieja y durante dos semanas le dio leche en la boca con un
cuentagotas, hasta que el gatito recuperó fuerzas y pudo ponerse de pie. No lo
sacaron al exterior hasta un mes después y, durante los primeros días, el
hombre lo dejaba bajo el abeto protector y se sentaba en algún banco para
vigilarlo. El gatito se volvía más fuerte y ágil no de día en día, sino de hora
en hora, y pronto intentó atrapar su primera paloma.
—Bueno, amigo —dijo entonces el
hombre—, por lo que veo, ya puedes arreglártelas solo. Diviértete y dentro de
unas horas vendré a llevarte a casa.
Y al anochecer bajó al patio. El
gatito lo esperaba bajo el abeto, terriblemente hambriento pero muy feliz. El
hombre lo llevó hasta su cuenco de comida blanda y la vida volvió a ser
maravillosa. Solo que, a causa del dolor provocado por la patada, había perdido
la cuenta y ya no sabía cuál de sus sucesivas vidas estaba viviendo.
Un año después se había convertido
en un gato joven –ligero, pero ágil para saltar y muy resistente– y trepaba a
los árboles como una ardilla. Entonces, un día de verano, regresó al patio el
viejo bandido pelirrojo Horatio –llamado así por el personaje de una serie
policial cuyo cabello tenía el mismo color llameante– e intentó expulsarlo de
sus antiguos dominios. Varias veces libraron feroces combates y, en cada
ocasión, Barborani demostraba ser un adversario eficaz.
Llegó el frío y, hasta que terminó
el invierno, Horatio no volvió a aparecer por el patio. Cuando regresó en
primavera, se encontró con un Barborani más grande y musculoso que parecía
haberle arrancado la piel para vestirse con ella. No está claro si comprendió
que era su hijo y que ya se había vuelto demasiado fuerte para que pudiera
vencerlo. A pesar de ello, Horatio no vaciló en atacarlo. ¿Lo hizo obedeciendo
algún principio felino desconocido para los humanos o porque quería asegurarse
de dejar tras de sí un heredero digno?
Esta vez Barborani venció y, cuando
Horatio huyó, lo persiguió hasta su escondite. El bandido se deslizó hábilmente
bajo la tapa metálica de un cálido sótano que olía a polvo de carbón.
Barborani, prudentemente, no saltó tras él –después de todo, el sótano del
carbón era territorio personal de Horatio–, pero durante media hora paseó
orgullosamente de un lado a otro sobre la tapa y, antes de marcharse, dejó
encima su señal: «¡No vuelvas a aparecer ante mis ojos!». Después regresó al
patio y pasó todo el día sobre el techo del transformador, calentado por el
sol, donde ningún otro gato se atrevía a subir.
Los años siguientes estuvieron
llenos de innumerables aventuras de caza y de amor. Todas las gatas eran suyas
y aquella parte de la ciudad se llenó de pequeños gatitos pelirrojos.
Continuaba con devoción la obra que Horatio había iniciado en otro tiempo,
aunque no existiera la menor posibilidad de que algún día consiguiera
terminarla. Pero, a pesar de estar ocupadísimo, siempre –salvo cuatro o cinco
noches al año– regresaba a casa, donde lo esperaban sus humanos.
Y ahora se extendía ante él el
inmenso y exuberante jardín del paraíso. Todo un mundo nuevo para explorar:
acogedor y cálido, con pequeños remolinos que en otoño arrastraban por el suelo
incontables hojas secas con un sonido provocador, desafiándolo a atraparlas.
Cuando se cansaba de aquel entretenimiento, el gato se dirigía al lago que
relucía bajo el sol. Entre las flores y las hierbas abundantemente regadas
caminaban o saltaban miles de pájaros. Al caer la tarde se encaminaba hacia la
amplia y horizontal bifurcación de un viejo árbol situado cerca del portón y,
cuando la noche avanzaba, subía hasta allí de dos saltos.
Durante los primeros meses pensó
que todo cuanto lo rodeaba había sido creado especialmente para proporcionarle
comodidad y alegría, pero con el tiempo comprendió que incluso en el paraíso
faltaba algo. Echaba de menos la calidez del antiguo hogar, las caricias de sus
tres habitantes y la voz del hombre, que a veces le correspondía contándole, a
él y a nadie más, sus nuevas historias. El gato no era plenamente consciente de
ello, pero sentía hacia él una gratitud inmensa, porque el hombre le había
revelado la alegría de amar a alguien además de a uno mismo. Por eso, cada
atardecer se acercaba al portón, no fuera a perder la oportunidad de ver a su
antiguo dueño y este se internara en el vasto bosque, haciendo que ambos
tardaran muchos años más en encontrarse.
Hoy, mientras les cuento su
historia, el gato sigue esperando pacientemente, sin impacientarse. Todos los
gatos proceden de la eternidad o –¡como mínimo!– del universo anterior; son
dueños del tiempo y no necesitan pedir prestada la paciencia. Barborani sabe
muy bien que, aunque viven más que los gatos, los humanos tampoco son eternos.
Algún día su dueño –¡no, su amigo!– dejará por fin de contarles a los demás sus
nuevas historias y, en vez de despedirse, enseñará por última vez los dientes a
la Muerte. Y eso significará que se habrá ganado dignamente un lugar en el
paraíso.

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