A.L. Sirois
El estómago de
Larry Reinhardt rugió. Observó a la criatura del tamaño de un collie
agarrarse al leñoso tronco de la planta y succionar con avidez su exudación con
una lengua tubular, larga y fina. La lengua se deslizaba desde una hendidura
situada debajo de un grupo de pedúnculos cortos y transparentes en la parte
frontal de su cuerpo. En realidad, resultaba difícil distinguir la cabeza de la
cola; sus dos pares de extremidades apuntaban en direcciones opuestas, como el
"Empuja-Empuja-Tira-Tira" del Doctor Dolittle. Dado que los
pedúnculos apuntaban a menudo hacia Larry, este asumió que eran ojos. Y la
lengua no dejaba lugar a dudas. Finalmente, la bestia, a la que Larry había
bautizado como Schmoo, soltó el agarre y flotó a la deriva.
—Mi turno —murmuró Larry, y se
impulsó desde la translúcida curvatura de la esfera del tamaño de una cabaña
que los albergaba hacia la erguida y retorcida planta a la que había apodado
Audrey, aunque no se parecía en nada a la devoradora de hombres de La
pequeña tienda de los horrores y no podía hablar. En todo caso, no lo había
hecho hasta ahora. Schmoo lo observó mientras él se agarraba a un par de las
proyecciones en forma de abanico que tenía la planta a los lados. Larry se
acercó a su cubierta granulosa, se deslizó hasta el poro del que brotaba el
líquido agridulce y pegó la boca a él—. Hay que compartir, compañero —le dijo
Larry a Schmoo. Pensó que los tallos se mecían en señal de asentimiento. Pero,
claro, también podría haber sido la suave brisa que, al ondear, apartaba el
cabello de los hombros de Larry.
Exmarine convertido en analista de
sistemas, solía ser el tipo de hombre afeitado al ras y con corte militar. A
juzgar por el grosor de su barba y la longitud de su cabello, calculó que
debían de haber pasado al menos seis meses desde que quedó atrapado en esa biósfera.
¿Qué pensaría Sue de él ahora? Tampoco es que importara; los registros de chat
que había descubierto y que ella creía haber borrado mostraban que su esposa,
alta y de piernas largas, se estaba acostando con su exnovio, Rick, un promotor
de conciertos con rastas aficionado al snowboard y al ala delta. Y a
Sue. Se mordió el interior del labio, aunque nadie, excepto Schmoo, pudiera
verlo llorar.
Sin hambre ya, Larry se limpió la
boca y se alejó flotando de Audrey. Idiota. Había sido bastante feliz; pensaba
que Sue también lo era.
—Ojalá nunca me hubiera enterado
—le dijo a Schmoo—. Puede que ya no estuviéramos juntos, pero al menos yo no
estaría aquí.
Aturdido por el descubrimiento de
la perfidia de su esposa, incapaz de respirar en el interior de su casa, se
adentró en un cañón estrecho cerca de su hogar en Tucson, recorriendo senderos
sin cesar, acumulando kilómetros, perdiendo tiempo y agua. Finalmente, se
desplomó sobre una gran roca plana donde, a pesar de la intensa luz del sol,
sintió tanto frío como si estuviera tendido sobre un banco de nieve.
—Recuerdo haber mirado al cielo
pensando: "Vaya, es tan hermoso, azul y vacío, a Sue le encantaría"
—dijo. El animal parecía estar mirándolo fijamente—. Pensé que tendríamos
treinta o cuarenta años de... ya sabes, ir tirando. Viviendo nuestra pequeña
vida. Luego pensé: voy a tener que matarla. O a Rick, el imbécil. O hacer la de
O.J. Simpson y liquidar a los dos. Estaba pensando cómo hacerlo y, de repente,
¡zas! Aquí estoy. Sin transición, sin nada, flotando, desnudo, en el espacio.
O eso le había parecido. Tras unos
momentos de terror antes de calmarse lo suficiente como para darse cuenta de
que su recinto era transparente, contempló maravillado las estrellas y la larga
curva de un planeta en el exterior. Había arañado la pared buscando una
juntura, se había arrojado contra la curvatura gomosa, se había agitado,
gritado y temblado hasta quedar exhausto, mirando el mundo más allá de la
burbuja. Peculiares manchas de color rojo cobrizo, sin verde, azul ni marrón
visibles. No era la Tierra. Nada que reconociera como perteneciente al sistema
solar. Un como se llame, un exoplaneta. Respiró hondo y rápido para calmar el
pánico creciente al darse cuenta de que, no solo podía respirar en esa
atmósfera, sino que tampoco se estaba asando ni congelando.
Y –segunda descarga desagradable de
adrenalina– no era el único ser vivo allí dentro. Estaban Schmoo, el animal, y
Audrey, la planta. Una tríada de prisioneros. ¿Eran las cosas buenas o las
malas las que venían de tres en tres? Le vino a la cabeza aquella canción de
George Thorogood: One Bourbon, One Scotch, One Beer. Definitivamente
buenas, y lo que Larry no daría por tenerlas. Pero luego: Larry, Sue. Y Rick. Y
lo que no les haría a ellos.
Sin embargo, con el
tiempo, el terrible impacto del desplazamiento fue remitiendo, y su rabia se
redujo a un deseo de mutilar en lugar de matar. Larry empezó a catalogar
obsesivamente cada detalle de sus compañeros y de este mundo en forma de
pecera. De todos modos no había otra cosa que hacer, y cualquier cosa que
pudiera averiguar podría ayudar a su eventual fuga. Cómo se las iba a arreglar
para liberarse de una esfera de plástico sin costuras en órbita alrededor de un
mundo extraño era algo que aún no había determinado. A falta de un ordenador
portátil o incluso de papel y bolígrafo, repasaba mentalmente los datos todos
los días, añadiendo nuevos detalles a medida que los descubría.
Horas de observación convencieron a
Larry de que la burbuja estaba en órbita geoestacionaria sobre el planeta. Las
manchas cobrizas de abajo nunca se movían. El día y la noche se sucedían con
regularidad, unas diez horas cada uno, tal vez, aunque no podía estar seguro.
Dos lunas, pensó, más pequeñas que la Luna o más distantes. No reconocía
ninguna constelación. No sabía mucho de paralaje, pero su instinto le decía que
debía de estar muy lejos del sistema solar, muy, pero que muy lejos.
Audrey se parecía a un afloramiento
de coral cubierto de trapos o tal vez a un manzano engalanado con serpentinas.
Su rugosa cubierta exterior le recordaba a Larry la piel fosilizada de un
dinosaurio, o quizá al caparazón de una tortuga. Fototrópica; sus frondas en
forma de serpentina se movían muy lentamente para orientarse hacia la pequeña y
cálida estrella más allá del planeta.
Schmoo tenía extremidades y garras,
no las aletas de un pez, así que al menos debía de ser un habitante terrestre,
tal vez arborícola. En las primeras horas de su confinamiento, temiendo que la
criatura fuera carnívora, Larry se acurrucó contra la curva de la burbuja, lo
más lejos posible de ella. Pero el animal se comportaba de forma similar, y
poco a poco Larry se dio cuenta de que era más un alma gemela que una amenaza.
Recorría el interior de la celda, merodeando por aquí y por allá, al parecer
tan curioso por su prisión como lo estaba Larry. Pero no hacía ningún esfuerzo
por comunicarse.
Larry suspiró.
—Bueno, Schmoo, tú y Audrey
demuestran que la vida extraterrestre existe. Por supuesto, aunque no
estuvieran aquí, la mera existencia de la celda también lo demuestra, porque
alguien seguro que la construyó.
Sus desconocidos secuestradores (al
darse cuenta de que había empezado a pensar en este circo como
"nosotros", y no como "Larry y los camaradas alienígenas")
los habían arrebatado de varios mundos, transportándolos a través de muchísimos
años luz de espacio interestelar hasta este hábitat de burbuja en órbita
alrededor de un planeta desconocido.
Y ahora estaban aquí: tres formas
de vida atrapadas juntas, dependientes las unas de las otras. Y... ¿por qué,
exactamente?
En medio de estas cavilaciones,
Larry tuvo que hacer sus necesidades –su única otra actividad aparte de comer y
darle vueltas a las cosas–, algo sumamente engorroso en microgravedad, y
detestaba no poder limpiarse, pero no tenía opción. Además, estaba haciendo una
contribución a la simbiosis. Después de evacuar, Audrey extendió una red de
frondas similar a una telaraña, agarró lentamente las glóbulos flotantes de
semisólidos y líquidos, y los absorbió. Del mismo modo, ingirió los
desperdicios hebrosos de Schmoo. Al parecer, Audrey no necesitaba más alimento
que el producido por Larry y el animal, ya que parecía sana y no dejaba de
echar más ramas, a las que les crecía más de ese material harapiento, del mismo
modo que los árboles de la península de Olympic se cubrían de plantas
trepadoras.
Larry confeccionó un calendario con
las frondas de las hojas de Audrey. Añadía una fronda con cada nueva luz hasta
reunir treinta y luego, con la uña, le hacía una muesca a otra fronda para
marcar un mes.
Nada cambió demasiado hasta que un
día, siete muescas después, Schmoo se puso de cuclillas en la base de la
planta, depositó una masa del tamaño de un balón de fútbol que se asemejaba a
huevos de rana y luego se alejó rápidamente.
Larry se impulsó lentamente desde
su lado de la burbuja para investigar. Firmes, pegajosos y de color plateado,
los "huevos" olían a pescado, como el caviar. Qué demonios. Se metió
la masa en la boca. Sorprendentemente dulce. Como la granada. Si eran huevos, a
Schmoo no parecía importarle que se los comiera. Quizá necesitaban la
fertilización de otro miembro de la especie de Schmoo. Bueno, eso seguro que no
iba a ocurrir. Larry estaba listo para cualquier locura, pero solo en sentido
figurado.
Pero aquello le hizo reflexionar.
¿Por qué no parejas reproductoras, si se trataba de esa clase de experimento,
estando sellados permanentemente en burbujas en órbita?
—¿Por qué nosotros, qué opinas? —le
preguntó Larry a Schmoo, quien, con huevos o sin ellos, seguía pareciendo de
algún modo macho—. Es decir, en particular. Supongo que me atraparon a mí
porque estaba aislado, a kilómetros de la persona más cercana; podían
secuestrarme sin ser vistos. No importaba quién fuera yo como individuo. Estoy
seguro de que contigo pasó lo mismo.
El animal permaneció agarrado al
pequeño pedestal de mucosidad endurecida que había secretado contra la pared de
la celda, mirándolo, pensó Larry, pero sin responder.
—¿Y bien? ¿El prototipo de un
módulo de salvamento de una nave espacial? —Larry miró a su alrededor,
contemplando la burbuja que constituía su hogar—. La cosa es bastante
resistente... mantiene temperaturas habitables mientras nos deslizamos
alrededor de esta roca, es inmune a las radiaciones nocivas. Las secciones
incluso se polarizan cuando la estrella es visible para que no nos quememos los
ojos. Nos conocen, Schmoo, te lo digo yo. Sea lo que sea esta cosa, está
diseñada para protegernos, y hace un trabajo maravilloso. Incluso expulsa
nuestro calor residual, de alguna manera; ojalá supiera cómo lo consigue. ¿Pero
no lo probarían con los de su propia especie? ¿Y no con un puñado de
extraterrestres?
Se detuvo, mirando fijamente al
animal.
—A menos que sean de tu especie, lo
cual es una posibilidad que tenemos que considerar. Pero lo que realmente creo
es que se trata de algún tipo de prueba psicológica. Aunque por qué tiene que
realizarse en órbita se me escapa. Y me gustaría saber cómo nos vigilan. Tienen
que estar vigilándonos, ¿verdad? —Miró a su alrededor con frustración—.
¡Maldita sea! No tiene sentido —Se aplanó contra la membrana curva que aislaba
el entorno del espacio y miró hacia fuera—. ¿Ves eso? ¿Esa pequeña chispa, a
unos cinco o seis kilómetros? Hay otra enfrente de nosotros, al otro lado. Yo
era tirador de primera, Schmoo, tengo buena vista, y te digo que hay otras más
allá de esas. Si no hay un collar de perlas de pequeñas esferas de aire
alrededor de todo este dichoso planeta, me como a Audrey. ¿Cuántas habrá?
¿Miles? ¿Cientos de miles? Cientos de miles de pequeñas biosferas en
órbita, Schmoozer. —Giró para dar la espalda a la vista y se quedó mirando al
animal—. ¿Qué guardarán en esas otras?
Schmoo cambió ligeramente de
posición e hizo un sonido que podría haber sido un suspiro.
Larry suspiró en respuesta. Algunas
veces, ansioso de contacto, había intentado acariciar a Schmoo, pero la
criatura se había hecho una bola apretada, un gesto que Larry solo podía
interpretar como miedo.
Los pensamientos de Larry se
desviaron. Se había descubierto volviendo en sí tras siestas que no recordaba
haber tomado últimamente, pero lo achacaba más al aburrimiento que a cosas como
el estrés o un colapso inminente.
—Soy más dependiente de ustedes dos
que ustedes de mí —dijo—. Tú bebes la savia de Audrey, Audrey absorbe tus
desperdicios. ¿Cuál es el sentido de tenerme a mí aquí? ¿Solo para que
quienquiera que esté observando me vea volverme loco? ¿Qué sacan de eso?
El animal no respondió.
Dos semanas después
del undécimo mes, el entorno de la celda empezó a cambiar. El aire se volvió
pegajoso y demasiado cálido. A Larry le salió una erupción persistente por gran
parte del cuerpo. No le picaba, pero le preocupaba de todos modos. Estaba seguro
de que la falta de baño la había provocado; eso, o una reacción alérgica a su
limitada dieta de huevos de Schmoo y savia de Audrey, cosas por las que ya
sentía ganas de vomitar a estas alturas.
El aumento del calor y la humedad
estimuló a Audrey a brotar y crecer rápidamente, cubriéndose de hojas y
transformando la celda en un terrario. En cierto modo era agradable, porque
ahora Larry y Schmoo disfrutaban trepando entre sus ramas y haciendo un poco
más de ejercicio. Había dejado de preguntarse si sus huesos estarían perdiendo
calcio, como habría ocurrido durante un viaje espacial prolongado. Aparte de la
erupción, parecía estar bastante sano, así que no dejó que eso le perturbara.
Unas cuantas frondas más tarde, sin
embargo, Schmoo dejó de unirse a él en el dosel de hojas. Apático y huraño, el
animal se escondía entre el follaje, apenas moviéndose durante días enteros, ni
siquiera para alimentarse. Una o dos veces Larry se abrió paso a través del
enredo de ramas para echar un vistazo, pero Schmoo se había encajado en un nido
de frondas que había tejido para sí mismo. Larry se alejó en silencio, sin
ganas de molestar a su compañero.
Pero tres sueños después de que el
animal no se hubiera movido ni probado bocado, Larry volvió a acercarse a su
nido, decidido a intervenir si era necesario. Con cuidado, apartó las frondas
protectoras de Audrey.
—¿Schmoo? ¿Schmoozer?
La criatura yacía rígida e inmóvil,
con los pedúnculos oculares marchitos contra su piel de color gris carbón.
—Oh, Schmoo... no, por Dios, viejo.
Larry se reclinó entre las hojas de
la fronda de Audrey, semejantes a guiñapos de papel y maldijo entre lágrimas.
No tiene sentido. Nada de esto
tiene sentido. ¿Por qué él? ¿Por qué yo? ¿Por qué están jugando a ser Dios con
nosotros? Maldita falta de humanidad...
Como en respuesta, el cadáver de
Schmoo se agitó en su nido, crujió, se estremeció y se abrió a lo largo de su
cuerpo.
Unas alas de colores arcoíris
emergieron de los restos de la muda de Schmoo. Larry se quedó sin aliento
mientras dos, tres, una docena, cientos de pequeñas criaturas aladas salían con
esfuerzo del capullo, formando una nube de iridiscencia granulada. Larry se
inclinó hacia delante para ayudar, rasgando la carne seca de Schmoo para
liberarlas. Las crías lo miraron con calma a través de enormes y deslumbrantes
ojos compuestos. Otras formas, seres rastreros, tal vez parásitos, salieron del
cuerpo de Schmoo. Algo parecido a una araña salió disparado hacia el bosque de
frondas.
Larry se acercó, sin miedo,
maravillado ante la visión de aquellas encantadoras criaturitas parecidas a
hadas. Se posaron sobre él, ligeras como pompas de jabón, y luego clavaron sus
trompas afiladas como agujas en su carne. Tras encontrar venas y arterias, las
recién nacidas comenzaron a beber.
Fue indoloro; aun así, Larry sintió
que se debilitaba a medida que sus hijos se alimentaban, mientras sus pequeños
hocicos inquisitivos le hacían cosquillas en la piel, llenándolo de alegría
mientras lo devoraban.
Larry dirigió su mirada moribunda
hacia las estrellas.
—Por eso me necesitaban —murmuró.
Algunas de las recién nacidas, saciadas, revolotearon entre las frondas,
explorando. Cerebros. Inteligencia. Su ADN combinado con el de Schmoo y el de
Audrey, entrelazándose en nuevos patrones de supervivencia. Probablemente su
cadáver podría mantener a las crías durante mucho tiempo hasta que averiguaran
cómo cazar a los parásitos.
¿Por qué? Ya no importaba. Quizá su
especie, la de Audrey y la de Schmoo estaban en decadencia, encaminadas
inevitablemente a la extinción, y tal vez esta era una forma de salvarlas a
todas. ¿Habría más? ¿Una mezcla diferente de criaturas extraterrestres en las
otras burbujas en órbita?
—Nosotros somos los elegidos –susurró.
Que a Sue y a Rick les fuera bien, claro, pero él, Schmoo y Audrey habían
encontrado algo más que la supervivencia: habían encontrado la liberación en un
sistema cerrado.
