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martes, 11 de agosto de 2026

SISTEMA CERRADO

A.L. Sirois

 

El estómago de Larry Reinhardt rugió. Observó a la criatura del tamaño de un collie agarrarse al leñoso tronco de la planta y succionar con avidez su exudación con una lengua tubular, larga y fina. La lengua se deslizaba desde una hendidura situada debajo de un grupo de pedúnculos cortos y transparentes en la parte frontal de su cuerpo. En realidad, resultaba difícil distinguir la cabeza de la cola; sus dos pares de extremidades apuntaban en direcciones opuestas, como el "Empuja-Empuja-Tira-Tira" del Doctor Dolittle. Dado que los pedúnculos apuntaban a menudo hacia Larry, este asumió que eran ojos. Y la lengua no dejaba lugar a dudas. Finalmente, la bestia, a la que Larry había bautizado como Schmoo, soltó el agarre y flotó a la deriva.

—Mi turno —murmuró Larry, y se impulsó desde la translúcida curvatura de la esfera del tamaño de una cabaña que los albergaba hacia la erguida y retorcida planta a la que había apodado Audrey, aunque no se parecía en nada a la devoradora de hombres de La pequeña tienda de los horrores y no podía hablar. En todo caso, no lo había hecho hasta ahora. Schmoo lo observó mientras él se agarraba a un par de las proyecciones en forma de abanico que tenía la planta a los lados. Larry se acercó a su cubierta granulosa, se deslizó hasta el poro del que brotaba el líquido agridulce y pegó la boca a él—. Hay que compartir, compañero —le dijo Larry a Schmoo. Pensó que los tallos se mecían en señal de asentimiento. Pero, claro, también podría haber sido la suave brisa que, al ondear, apartaba el cabello de los hombros de Larry.

Exmarine convertido en analista de sistemas, solía ser el tipo de hombre afeitado al ras y con corte militar. A juzgar por el grosor de su barba y la longitud de su cabello, calculó que debían de haber pasado al menos seis meses desde que quedó atrapado en esa biósfera. ¿Qué pensaría Sue de él ahora? Tampoco es que importara; los registros de chat que había descubierto y que ella creía haber borrado mostraban que su esposa, alta y de piernas largas, se estaba acostando con su exnovio, Rick, un promotor de conciertos con rastas aficionado al snowboard y al ala delta. Y a Sue. Se mordió el interior del labio, aunque nadie, excepto Schmoo, pudiera verlo llorar.

Sin hambre ya, Larry se limpió la boca y se alejó flotando de Audrey. Idiota. Había sido bastante feliz; pensaba que Sue también lo era.

—Ojalá nunca me hubiera enterado —le dijo a Schmoo—. Puede que ya no estuviéramos juntos, pero al menos yo no estaría aquí.

Aturdido por el descubrimiento de la perfidia de su esposa, incapaz de respirar en el interior de su casa, se adentró en un cañón estrecho cerca de su hogar en Tucson, recorriendo senderos sin cesar, acumulando kilómetros, perdiendo tiempo y agua. Finalmente, se desplomó sobre una gran roca plana donde, a pesar de la intensa luz del sol, sintió tanto frío como si estuviera tendido sobre un banco de nieve.

—Recuerdo haber mirado al cielo pensando: "Vaya, es tan hermoso, azul y vacío, a Sue le encantaría" —dijo. El animal parecía estar mirándolo fijamente—. Pensé que tendríamos treinta o cuarenta años de... ya sabes, ir tirando. Viviendo nuestra pequeña vida. Luego pensé: voy a tener que matarla. O a Rick, el imbécil. O hacer la de O.J. Simpson y liquidar a los dos. Estaba pensando cómo hacerlo y, de repente, ¡zas! Aquí estoy. Sin transición, sin nada, flotando, desnudo, en el espacio.

O eso le había parecido. Tras unos momentos de terror antes de calmarse lo suficiente como para darse cuenta de que su recinto era transparente, contempló maravillado las estrellas y la larga curva de un planeta en el exterior. Había arañado la pared buscando una juntura, se había arrojado contra la curvatura gomosa, se había agitado, gritado y temblado hasta quedar exhausto, mirando el mundo más allá de la burbuja. Peculiares manchas de color rojo cobrizo, sin verde, azul ni marrón visibles. No era la Tierra. Nada que reconociera como perteneciente al sistema solar. Un como se llame, un exoplaneta. Respiró hondo y rápido para calmar el pánico creciente al darse cuenta de que, no solo podía respirar en esa atmósfera, sino que tampoco se estaba asando ni congelando.

Y –segunda descarga desagradable de adrenalina– no era el único ser vivo allí dentro. Estaban Schmoo, el animal, y Audrey, la planta. Una tríada de prisioneros. ¿Eran las cosas buenas o las malas las que venían de tres en tres? Le vino a la cabeza aquella canción de George Thorogood: One Bourbon, One Scotch, One Beer. Definitivamente buenas, y lo que Larry no daría por tenerlas. Pero luego: Larry, Sue. Y Rick. Y lo que no les haría a ellos.

 

Sin embargo, con el tiempo, el terrible impacto del desplazamiento fue remitiendo, y su rabia se redujo a un deseo de mutilar en lugar de matar. Larry empezó a catalogar obsesivamente cada detalle de sus compañeros y de este mundo en forma de pecera. De todos modos no había otra cosa que hacer, y cualquier cosa que pudiera averiguar podría ayudar a su eventual fuga. Cómo se las iba a arreglar para liberarse de una esfera de plástico sin costuras en órbita alrededor de un mundo extraño era algo que aún no había determinado. A falta de un ordenador portátil o incluso de papel y bolígrafo, repasaba mentalmente los datos todos los días, añadiendo nuevos detalles a medida que los descubría.

Horas de observación convencieron a Larry de que la burbuja estaba en órbita geoestacionaria sobre el planeta. Las manchas cobrizas de abajo nunca se movían. El día y la noche se sucedían con regularidad, unas diez horas cada uno, tal vez, aunque no podía estar seguro. Dos lunas, pensó, más pequeñas que la Luna o más distantes. No reconocía ninguna constelación. No sabía mucho de paralaje, pero su instinto le decía que debía de estar muy lejos del sistema solar, muy, pero que muy lejos.

Audrey se parecía a un afloramiento de coral cubierto de trapos o tal vez a un manzano engalanado con serpentinas. Su rugosa cubierta exterior le recordaba a Larry la piel fosilizada de un dinosaurio, o quizá al caparazón de una tortuga. Fototrópica; sus frondas en forma de serpentina se movían muy lentamente para orientarse hacia la pequeña y cálida estrella más allá del planeta.

Schmoo tenía extremidades y garras, no las aletas de un pez, así que al menos debía de ser un habitante terrestre, tal vez arborícola. En las primeras horas de su confinamiento, temiendo que la criatura fuera carnívora, Larry se acurrucó contra la curva de la burbuja, lo más lejos posible de ella. Pero el animal se comportaba de forma similar, y poco a poco Larry se dio cuenta de que era más un alma gemela que una amenaza. Recorría el interior de la celda, merodeando por aquí y por allá, al parecer tan curioso por su prisión como lo estaba Larry. Pero no hacía ningún esfuerzo por comunicarse.

Larry suspiró.

—Bueno, Schmoo, tú y Audrey demuestran que la vida extraterrestre existe. Por supuesto, aunque no estuvieran aquí, la mera existencia de la celda también lo demuestra, porque alguien seguro que la construyó.

Sus desconocidos secuestradores (al darse cuenta de que había empezado a pensar en este circo como "nosotros", y no como "Larry y los camaradas alienígenas") los habían arrebatado de varios mundos, transportándolos a través de muchísimos años luz de espacio interestelar hasta este hábitat de burbuja en órbita alrededor de un planeta desconocido.

Y ahora estaban aquí: tres formas de vida atrapadas juntas, dependientes las unas de las otras. Y... ¿por qué, exactamente?

En medio de estas cavilaciones, Larry tuvo que hacer sus necesidades –su única otra actividad aparte de comer y darle vueltas a las cosas–, algo sumamente engorroso en microgravedad, y detestaba no poder limpiarse, pero no tenía opción. Además, estaba haciendo una contribución a la simbiosis. Después de evacuar, Audrey extendió una red de frondas similar a una telaraña, agarró lentamente las glóbulos flotantes de semisólidos y líquidos, y los absorbió. Del mismo modo, ingirió los desperdicios hebrosos de Schmoo. Al parecer, Audrey no necesitaba más alimento que el producido por Larry y el animal, ya que parecía sana y no dejaba de echar más ramas, a las que les crecía más de ese material harapiento, del mismo modo que los árboles de la península de Olympic se cubrían de plantas trepadoras.

Larry confeccionó un calendario con las frondas de las hojas de Audrey. Añadía una fronda con cada nueva luz hasta reunir treinta y luego, con la uña, le hacía una muesca a otra fronda para marcar un mes.

Nada cambió demasiado hasta que un día, siete muescas después, Schmoo se puso de cuclillas en la base de la planta, depositó una masa del tamaño de un balón de fútbol que se asemejaba a huevos de rana y luego se alejó rápidamente.

Larry se impulsó lentamente desde su lado de la burbuja para investigar. Firmes, pegajosos y de color plateado, los "huevos" olían a pescado, como el caviar. Qué demonios. Se metió la masa en la boca. Sorprendentemente dulce. Como la granada. Si eran huevos, a Schmoo no parecía importarle que se los comiera. Quizá necesitaban la fertilización de otro miembro de la especie de Schmoo. Bueno, eso seguro que no iba a ocurrir. Larry estaba listo para cualquier locura, pero solo en sentido figurado.

Pero aquello le hizo reflexionar. ¿Por qué no parejas reproductoras, si se trataba de esa clase de experimento, estando sellados permanentemente en burbujas en órbita?

—¿Por qué nosotros, qué opinas? —le preguntó Larry a Schmoo, quien, con huevos o sin ellos, seguía pareciendo de algún modo macho—. Es decir, en particular. Supongo que me atraparon a mí porque estaba aislado, a kilómetros de la persona más cercana; podían secuestrarme sin ser vistos. No importaba quién fuera yo como individuo. Estoy seguro de que contigo pasó lo mismo.

El animal permaneció agarrado al pequeño pedestal de mucosidad endurecida que había secretado contra la pared de la celda, mirándolo, pensó Larry, pero sin responder.

—¿Y bien? ¿El prototipo de un módulo de salvamento de una nave espacial? —Larry miró a su alrededor, contemplando la burbuja que constituía su hogar—. La cosa es bastante resistente... mantiene temperaturas habitables mientras nos deslizamos alrededor de esta roca, es inmune a las radiaciones nocivas. Las secciones incluso se polarizan cuando la estrella es visible para que no nos quememos los ojos. Nos conocen, Schmoo, te lo digo yo. Sea lo que sea esta cosa, está diseñada para protegernos, y hace un trabajo maravilloso. Incluso expulsa nuestro calor residual, de alguna manera; ojalá supiera cómo lo consigue. ¿Pero no lo probarían con los de su propia especie? ¿Y no con un puñado de extraterrestres?

Se detuvo, mirando fijamente al animal.

—A menos que sean de tu especie, lo cual es una posibilidad que tenemos que considerar. Pero lo que realmente creo es que se trata de algún tipo de prueba psicológica. Aunque por qué tiene que realizarse en órbita se me escapa. Y me gustaría saber cómo nos vigilan. Tienen que estar vigilándonos, ¿verdad? —Miró a su alrededor con frustración—. ¡Maldita sea! No tiene sentido —Se aplanó contra la membrana curva que aislaba el entorno del espacio y miró hacia fuera—. ¿Ves eso? ¿Esa pequeña chispa, a unos cinco o seis kilómetros? Hay otra enfrente de nosotros, al otro lado. Yo era tirador de primera, Schmoo, tengo buena vista, y te digo que hay otras más allá de esas. Si no hay un collar de perlas de pequeñas esferas de aire alrededor de todo este dichoso planeta, me como a Audrey. ¿Cuántas habrá? ¿Miles? ¿Cientos de miles? Cientos de miles de pequeñas biosferas en órbita, Schmoozer. —Giró para dar la espalda a la vista y se quedó mirando al animal—. ¿Qué guardarán en esas otras?

Schmoo cambió ligeramente de posición e hizo un sonido que podría haber sido un suspiro.

Larry suspiró en respuesta. Algunas veces, ansioso de contacto, había intentado acariciar a Schmoo, pero la criatura se había hecho una bola apretada, un gesto que Larry solo podía interpretar como miedo.

Los pensamientos de Larry se desviaron. Se había descubierto volviendo en sí tras siestas que no recordaba haber tomado últimamente, pero lo achacaba más al aburrimiento que a cosas como el estrés o un colapso inminente.

—Soy más dependiente de ustedes dos que ustedes de mí —dijo—. Tú bebes la savia de Audrey, Audrey absorbe tus desperdicios. ¿Cuál es el sentido de tenerme a mí aquí? ¿Solo para que quienquiera que esté observando me vea volverme loco? ¿Qué sacan de eso?

El animal no respondió.

 

Dos semanas después del undécimo mes, el entorno de la celda empezó a cambiar. El aire se volvió pegajoso y demasiado cálido. A Larry le salió una erupción persistente por gran parte del cuerpo. No le picaba, pero le preocupaba de todos modos. Estaba seguro de que la falta de baño la había provocado; eso, o una reacción alérgica a su limitada dieta de huevos de Schmoo y savia de Audrey, cosas por las que ya sentía ganas de vomitar a estas alturas.

El aumento del calor y la humedad estimuló a Audrey a brotar y crecer rápidamente, cubriéndose de hojas y transformando la celda en un terrario. En cierto modo era agradable, porque ahora Larry y Schmoo disfrutaban trepando entre sus ramas y haciendo un poco más de ejercicio. Había dejado de preguntarse si sus huesos estarían perdiendo calcio, como habría ocurrido durante un viaje espacial prolongado. Aparte de la erupción, parecía estar bastante sano, así que no dejó que eso le perturbara.

Unas cuantas frondas más tarde, sin embargo, Schmoo dejó de unirse a él en el dosel de hojas. Apático y huraño, el animal se escondía entre el follaje, apenas moviéndose durante días enteros, ni siquiera para alimentarse. Una o dos veces Larry se abrió paso a través del enredo de ramas para echar un vistazo, pero Schmoo se había encajado en un nido de frondas que había tejido para sí mismo. Larry se alejó en silencio, sin ganas de molestar a su compañero.

Pero tres sueños después de que el animal no se hubiera movido ni probado bocado, Larry volvió a acercarse a su nido, decidido a intervenir si era necesario. Con cuidado, apartó las frondas protectoras de Audrey.

—¿Schmoo? ¿Schmoozer?

La criatura yacía rígida e inmóvil, con los pedúnculos oculares marchitos contra su piel de color gris carbón.

—Oh, Schmoo... no, por Dios, viejo.

Larry se reclinó entre las hojas de la fronda de Audrey, semejantes a guiñapos de papel y maldijo entre lágrimas.

No tiene sentido. Nada de esto tiene sentido. ¿Por qué él? ¿Por qué yo? ¿Por qué están jugando a ser Dios con nosotros? Maldita falta de humanidad...

Como en respuesta, el cadáver de Schmoo se agitó en su nido, crujió, se estremeció y se abrió a lo largo de su cuerpo.

Unas alas de colores arcoíris emergieron de los restos de la muda de Schmoo. Larry se quedó sin aliento mientras dos, tres, una docena, cientos de pequeñas criaturas aladas salían con esfuerzo del capullo, formando una nube de iridiscencia granulada. Larry se inclinó hacia delante para ayudar, rasgando la carne seca de Schmoo para liberarlas. Las crías lo miraron con calma a través de enormes y deslumbrantes ojos compuestos. Otras formas, seres rastreros, tal vez parásitos, salieron del cuerpo de Schmoo. Algo parecido a una araña salió disparado hacia el bosque de frondas.

Larry se acercó, sin miedo, maravillado ante la visión de aquellas encantadoras criaturitas parecidas a hadas. Se posaron sobre él, ligeras como pompas de jabón, y luego clavaron sus trompas afiladas como agujas en su carne. Tras encontrar venas y arterias, las recién nacidas comenzaron a beber.

Fue indoloro; aun así, Larry sintió que se debilitaba a medida que sus hijos se alimentaban, mientras sus pequeños hocicos inquisitivos le hacían cosquillas en la piel, llenándolo de alegría mientras lo devoraban.

Larry dirigió su mirada moribunda hacia las estrellas.

—Por eso me necesitaban —murmuró. Algunas de las recién nacidas, saciadas, revolotearon entre las frondas, explorando. Cerebros. Inteligencia. Su ADN combinado con el de Schmoo y el de Audrey, entrelazándose en nuevos patrones de supervivencia. Probablemente su cadáver podría mantener a las crías durante mucho tiempo hasta que averiguaran cómo cazar a los parásitos.

¿Por qué? Ya no importaba. Quizá su especie, la de Audrey y la de Schmoo estaban en decadencia, encaminadas inevitablemente a la extinción, y tal vez esta era una forma de salvarlas a todas. ¿Habría más? ¿Una mezcla diferente de criaturas extraterrestres en las otras burbujas en órbita?

—Nosotros somos los elegidos –susurró. Que a Sue y a Rick les fuera bien, claro, pero él, Schmoo y Audrey habían encontrado algo más que la supervivencia: habían encontrado la liberación en un sistema cerrado.

A. L. Sirois es un escritor, ilustrador y editor gráfico estadounidense nacido y criado en Connecticut en la década de 1950. Lector voraz desde la infancia, comenzó a escribir historias a los 8 años. Vendió su primer relato profesional en 1973-1974. A lo largo de cinco décadas, ha publicado abundante narrativa en revistas emblemáticas de ciencia ficción, fantasía y terror como Isaac Asimov’s Science Fiction Magazine, Amazing Stories y Fantastic. Su cuento "In the Conservatory" fue nominado al prestigioso Pushcart Prize. Aunque es reconocido principalmente por la ciencia ficción, su primer libro publicado fue un álbum infantil, Dinosaur Dress Up (1992). Más recientemente ha publicado novelas juveniles como Murder in Mennefer (2024) y trabaja activamente como ghostwriter (escritor fantasma) y editor. Durante más de 50 años fue baterista en bandas de rock y jazz. Actualmente reside en Carolina del Norte junto a su esposa, la novelista Grace Marcus.

 

AL CANTO DEL GALLO