Sayan Chattopadhyay
3 de julio de 3522.
Lunes
—¿El dolor se acaba? ¿Puede
acabarse, aunque sea una vez, solo para mí? ¿De verdad también voy a olvidarte
a ti, Bonko? —susurró Abir, sentado junto al Ganges, contemplando la puesta del
sol mientras acariciaba a su perro, Bonko.
Hacía mucho tiempo que Abir no
sentía el calor del sol poniente ni la suave brisa del río entre sus cabellos.
Pero hoy estaba seguro de que no debía seguir cargando con el dolor que
atravesaba, y todo había comenzado una semana atrás.
Aquella ajetreada mañana de lunes,
cuando pronuncié las palabras «A Bonko no se lo echaría de menos», Abir estaba
sentado a mi lado en el viejo sofá oxidado y cubierto de polvo de su
apartamento de una sola habitación, que sus padres le habían dejado en un
barrio casi ruinoso. Los padres de Abir no eran ricos. Eran, porque fueron
borrados de la memoria de Abir después de morir en un trágico accidente. Sí,
borrados. El gobierno había impuesto el «programa de culminación» para todos
los nacidos después de 3490. Sus padres fueron la primera generación incluida
en el programa y... también Abir forma parte de él.
Hoy ya nadie recuerda qué es el
dolor, pero lo que surgió como efecto secundario es que el programa también
afecta los recuerdos y, cada vez que alguien muere, sus familiares directos
deben someterse primero al proceso de «culminación» para olvidar aquello que
alguna vez les fue tan querido.
Bonko era apenas un cachorro cuando
los padres de Abir lo adoptaron en un barrio marginal cercano. Aquel día llovía
y tronaba, y Bonko tenía miedo de los truenos. Esa noche, por primera vez,
Bonko tuvo un techo sobre su pequeña cabeza y su cuerpo, un lugar seco donde su
colita peluda no tenía que encogerse para caber en diminutos refugios. La
lluvia ácida ya no volvería a hacerle daño. Ese día Bonko se sintió seguro. Más
seguro que muchos seres humanos de entonces. Han pasado casi diez años desde
aquel día y Bonko ha envejecido.
26 de junio de
3522. Lunes
Abir estaba sentado en el viejo
sofá, enseñándole a Bonko a sentarse cuando se lo ordenaba. Últimamente Bonko
se cansaba con facilidad. Quizá fuera la edad lo que hacía que se sintiera cada
día más débil. Abir recuerda que, años atrás, cuando Bonko estaba a punto de
perseguir al gato que se encontraba en la ventana, él le dio una orden mediante
un silbido que su madre le había enseñado, y Bonko obedeció el sonido y se
sentó como una mascota bien adiestrada. Pero ahora, una vez realizada su
«culminación», apenas recuerda a su madre. Y lo mismo ocurre con las cosas
relacionadas con ella. Abir ha olvidado que le enseñó a Bonko a sentarse al oír
un silbido.
—¿Por qué no te sientas, Bonko?
—gritó Abir, frustrado.
Ese mismo día, mientras Abir
buscaba un poco de paz contemplando el cielo nocturno, anaranjado y lleno de
estrellas, silbaba sin darse cuenta y advirtió que Bonko se acercaba de repente
y se sentaba. Al principio, Abir no comprendió qué había sucedido. Hasta que,
un minuto más tarde, se dio cuenta de que Bonko acababa de sentarse obedeciendo
una orden suya, después de casi un año de intentos y fracasos reiterados. Pero
no lograba descubrir cuál había sido la orden o, mejor dicho, qué parte del
silbido la constituía. Así que volvió a silbar, tratando de encontrar la
melodía concreta que su madre le había enseñado a Bonko. Abir encontró la
melodía, la orden. Bonko levantó la cabeza y, si yo hubiera podido mirarlo a
los ojos, estoy segura de que habría sentido que conocía aquella melodía, que
ya la había oído antes. Abir corrió hacia mí y dijo:
—Lola... Lola... mira, Bonko se
sentó. Se sentó cuando se lo ordené.
Bonko golpeaba el suelo con la cola
mientras Abir saltaba de alegría por la habitación.
27 de junio de
3522. Martes
Abir me preguntó si recordaba cómo
era su madre. Él no la recuerda con claridad debido a la «culminación», aunque
tampoco habría podido recordarla demasiado bien, porque cuando sus padres
murieron solo tenía siete años.
—Sí, la recuerdo —le respondí.
Entonces me preguntó por qué ya no
podía recordar a su madre.
—Eras demasiado pequeño, Abir, para
conservar un recuerdo completo de tu madre, para recordar exactamente cómo era,
qué sensación producían sus manos al acariciarte el cabello y qué apacible era
la voz con la que te cantaba canciones de cuna todas las noches —le respondí.
Me resulta difícil decirle a Abir
que sencillamente no podrá recordar a su madre porque fue borrada de su vida.
Toda su existencia fue eliminada únicamente para evitar que Abir padeciera un
duelo emocional, algo que el gobierno considera ahora una enfermedad poco
común. Todo lo que Abir pueda recordar actualmente de su madre debe de proceder
de algún otro recuerdo que compartió con otras cosas cercanas a él. Por
ejemplo, todavía recuerda la textura del sari de su madre, en el que solía
envolverse cuando afuera tronaba, o el olor de sus manos después de preparar su
arroz con tomate favorito. También recuerda cómo Bonko solía sentarse todos los
días junto a los pies de su madre después de jugar con él.
—Lola... ¿Bonko recuerda a mamá?
—me preguntó.
—No lo sé, Abir, pero Bonko debería
recordarla. Ella lo crio igual que te crio a ti. También quería a Bonko
—respondí.
Yo sabía que Bonko no la había
olvidado. El programa no se aplicaba a los animales. Pero no podía
preguntárselo al perro, porque desconocía su lenguaje. Nunca me habían enseñado
a hacerlo ni había tenido antes ningún motivo para hablar con un perro. Sin embargo,
me pregunté si el recuerdo que Abir conservaba de su madre existía únicamente
porque alguna otra cosa lo había transportado hasta el presente y esas cosas
concretas no habían sido borradas de su memoria. Cosas como su arroz con tomate
favorito y cosas como... ¿Bonko?
Pero ¿Bonko es una cosa? ¿No es
Bonko una parte emocionalmente importante de la vida de Abir? El único amigo de
Abir en aquella habitación de cinco por cuatro metros y, probablemente, también
en toda la Tierra.
28 de junio de
3522. Miércoles
Abir me preguntaba qué importancia
había tenido Bonko para su madre. Le conté todo lo que pude, aunque habría
querido contarle más. Sencillamente no me estaba permitido hacerlo. Bonko es el
único testigo vivo de su madre, el único que todavía recuerda los últimos
momentos del dolor que sintió Abir. El muchacho sigue comiendo a la hora
indicada, sigue durmiendo a la hora indicada y continúa regresando de la
escuela exactamente a las cinco de la tarde para alimentar a Bonko sin falta.
Lo veo todos los días; lo estudio, y también preveo que Abir sufrirá un colapso
todavía peor el día en que Bonko muera. Bonko no es simplemente una mascota a
la que el muchacho quiere. Es el último vínculo con su madre. Su pelaje es el
mismo que ella acariciaba con las manos. Después de que su madre muriera, vi
que Bonko dormía junto a Abir durante las noches de tormenta, como lo hacía
ella, para consolarlo. Con el tiempo se convirtió en un ritual, pero Abir ya no
recuerda por qué comenzó.
Abir sabe que Bonko recuerda a su
madre.
29 de junio de
3522. Jueves
Regulé el aire a veinticinco grados
Celsius para mantener la temperatura interior, aunque Bonko pasó la mayor parte
de la tarde persiguiendo una mariposa que había entrado por la ventana de la
cocina y durmiendo sobre su alfombra favorita. Tal vez se cansó después de
media hora.
Cuando Abir regresó de la escuela a
las cinco, vi que Bonko no se levantaba de un salto como hacía todos los días.
Alzó la cabeza, cansado, golpeó cuatro veces el suelo con la cola y esperó a
que Abir se acercara a su alfombra. Abir, como todos los días, volvió a llenar
el cuenco de Bonko con la mezcla de alimento seco y observó cómo comía
lentamente. Quizá Abir también estuviera cansado; sin embargo, no había nadie
que pudiera preguntárselo. Yo seguía sin saber exactamente qué siente un niño
cuando está cansado y solo.
30 de junio de
3522. Viernes
A las nueve de la mañana, Abir se
levantó y descubrió que Bonko seguía en su cama. Vi que Abir parecía un poco
inquieto, probablemente porque había adquirido la costumbre de levantarse a
causa de Bonko, que normalmente despertaba antes. No puedo comprender la
emoción de la inquietud, pero percibí que los latidos del corazón de Abir se
aceleraban con cada minuto que pasaba. Quizá al cabo de uno o dos minutos
empezara a sentir alguna clase de miedo. Cuando Abir se acercó a Bonko,
descubrió que el perro ya no respiraba.
El perro había muerto.
Abir no era capaz de comprender
exactamente qué había sucedido y continuó empujándolo sobre su alfombra. Abir
ha olvidado qué aspecto tiene la muerte. Por lo general, la central tarda entre
dos y tres días laborables en enviar un equipo de culminación al lugar de una
muerte después de que nosotros la comuniquemos interna y discretamente. Durante
dos días, Abir continuó comportándose de una manera extraña, como si el perro
siguiera vivo y simplemente estuviera demasiado perezoso para levantarse y
jugar con él, o siquiera para comer. Por costumbre, Abir dejaba comida en su
cuenco todas las mañanas antes de marcharse a la escuela. Dejaba abierta la
puerta de la cocina para que pudiera salir al pequeño jardín. Hablaba con el
silencio de Bonko junto a su cama.
2 de julio de 3522. Domingo
Desde ayer le
respondo a Abir como si fuera Bonko, para que todavía no se dé cuenta de que el
perro se ha ido. Enciendo las luces cuando Abir entra, coordino la cocina para
preparar las comidas que él ha olvidado cocinar e incluso ahora dejo
ligeramente abierta la puerta de su dormitorio porque, después del silencio de
Bonko, dijo que aquel silencio lo inquietaba; el ruido del tránsito de la calle
lo ayudaría a soportarlo. Recuerdo cosas que el propio Abir ha olvidado.
Hace una hora, Abir me preguntó:
—Lola, ¿tienes alguna grabación de
Bonko en la que pueda oírlo?
Y reproduje una. No un sonido
genérico de ladridos, sino exactamente el ladrido que el perro emitía cada vez
que el muchacho regresaba de la escuela. Supongo que Abir se ha derrumbado.
Quizá esté comprendiendo ese otro extremo de la vida que se suponía que debía
haber olvidado.
Abir ha empezado a hablar conmigo
después de que le dijera que mañana por la tarde vendrían los trabajadores
sociales y se llevarían a Bonko. Después de muchas preguntas absurdas, Abir me
preguntó qué recordaba yo de Bonko. Le conté que recordaba cómo Bonko dormía
junto al dormitorio de la madre de Abir después de que ella muriera; la primera
noche en que Abir lloró después de perderla; e incluso la frase exacta que la
madre de Abir le dijo poco antes de morir. Al escuchar esto, Abir me preguntó
si yo estaba presente la última vez que vio a su madre.
—Sí. Recuerdo aquel día. Las
palabras que dijo tu madre y cómo reaccionó el perro al ver a tu madre tendida
junto a su cama, sin pulso. Lo vi. También lo oí. Yo estaba allí.
Abir quedó atónito por un momento.
Sin embargo, todavía no comprendía que yo había sido diseñada para conservar
patrones en mi memoria. Hábitos, respuestas, preferencias, idiomas y
relaciones: para mí, todo constituía un patrón que no podía olvidar. Por eso,
su siguiente pregunta fue:
—Lola, ¿también recuerdas la voz de
mamá?
Abir volvió a encontrarse con un
silencio. Yo simplemente estaba buscando entre mis archivos el correspondiente
a su madre.
Encontré el archivo de su madre:
miles de grabaciones. Cada conversación, mensaje e instrucción que su madre me
había dado para que yo los siguiera hasta que Abir llegara a la edad adulta.
El muchacho preguntó:
—¿Puedes reproducirlas?
E hice lo que me pidió. Abir
escuchó por primera vez la voz de su madre desde que, años atrás, se había
sometido a la culminación. Pero no reconoció su voz.
—Esa no es ella —dijo.
Comprobé los archivos. Todas las
voces que había guardado allí eran auténticas. La voz, la forma de onda y las
emociones de su madre eran auténticas.
Fue entonces cuando comprendí de
pronto algo que nunca había sido programada para comprender.
Una grabación no es un recuerdo.
Y, peor aún, comprendí que durante
años había estado sustituyendo los recuerdos del muchacho por mis propias
reconstrucciones. En términos humanos, eso significaba que no solo lo estaba
ayudando a recordar, después de que la culminación lo hubiera obligado a
olvidar aquello que no debía recordar, sino que además le estaba enseñando
pasivamente qué debía recordar.
Durante años había observado la
casa y todo lo que sucedía en su interior. Había aprendido los patrones que se
suponía que debía aprender. Aprendí cuándo Abir tenía miedo, cuándo se sentía
solo o cuándo necesitaba que Bonko jugara con él. También había aprendido todo
sobre el perro. Cada ladrido, la manera en que movía la cola ante distintas
emociones, cada pequeño hábito capaz de modificar la rutina diaria de Abir.
Creía que simplemente los mantenía bajo observación, hasta que hoy comprendí
que yo solo estaba convirtiéndome en el espacio al que Abir terminaría
recurriendo cuando necesitara recordar las cosas que el gobierno lo había
obligado a olvidar.
3 de julio de 3522.
Lunes
Esta mañana, Abir tomó a Bonko en
brazos y salió por la puerta sin decir nada. Yo tampoco podía preguntarle nada.
Nunca había observado aquella emoción. Era nueva para mí. Pero yo también
estaba implantada en su cuello para vigilarlo y podía percibir que su corazón
estaba tranquilo. Llegó a la orilla del río donde solía jugar con Bonko. Se
sentó allí y volvió a hablarle al perro, como si siguiera vivo.
—¿El dolor se acaba? ¿Puede
acabarse, aunque sea una vez, solo para mí? ¿De verdad también voy a olvidarte
a ti, Bonko? —susurró Abir, sentado junto al Ganges, contemplando la puesta del
sol mientras acariciaba a su perro.
Hacía mucho tiempo que Abir no
sentía el calor del sol poniente ni la suave brisa del río entre sus cabellos.
Pero hoy estaba seguro de que no debía seguir cargando con el dolor que
atravesaba, y todo había comenzado una semana atrás.
Abir dejó a Bonko en el suelo y
corrió para alejarse de él mientras gritaba:
—¡Bonko, ven conmigo! ¡Corre,
Bonko, corre!
Solo entonces comprendió que
probablemente Bonko nunca volvería a ladrar al oír su llamada ni a mover las
patas.
Abir permaneció inmóvil a cierta
distancia. En silencio. Las lágrimas le corrían por las mejillas. Pero
permanecía en silencio.
Intenté hablarle con una voz que le
resultara familiar, pero un minuto después Abir me arrancó de su cuello. Me
sacó por la fuerza de su cuerpo mientras decía con absoluta serenidad:
—Adiós, Lola.
Esa fue la última vez que estudié a
Abir.
25 de diciembre de
3530. Jueves
Abir abandonó esta casa hace siete
años. El día en que me arrancó de su cuello. Pero la casa permaneció. Yo
permanecí, y también el cuenco de Bonko en la cocina, el archivo de la madre de
Abir y, en algún lugar dentro de mi memoria, ahora también estaba Abir.
Recuerdo sus primeras palabras, el
primer latido de su corazón que percibí después de que me implantaran en su
cuello cuando tenía dos años. Recuerdo cómo caminaba por esta casa, cómo jugaba
con Bonko en su habitación, ahora silenciosa, y las noches en las que no podía
dormir. Recuerdo su último adiós.
Lo recuerdo todo.
Pero hay algo que no puedo
recordar.
¿Cómo era ser Abir?
No comprendo del todo si estos
recuerdos son realmente míos y me corresponde conservarlos.
Hoy, alrededor de las tres de la
tarde, volví a oír algo. Pasos pequeños. Un nuevo niño entraba en la casa con
sus padres.
Escuché.
Empecé a aprender otra vez.
Y, por primera vez, me pregunté si
recordar a alguien era lo mismo que conocerlo.
No pude encontrar una respuesta en
mi algoritmo. Solo sabía que también estaba programada para recordarlo todo a
partir de aquel momento.
Ese es mi trabajo.
¿Mi único trabajo?
El Dr. Sayan
Chattopadhyay es docente de Inglés en la Universidad Adamas (Bengala
Occidental, India) y, desde 2023, ejerce como editor del *Journal of Science
Fiction*, publicación vinculada al Museum of Science Fiction de Washington D.
C. Es miembro vitalicio de la Indian Association for Science Fiction Studies
(IASFS). Ha presentado sus investigaciones en numerosas y prestigiosas
conferencias internacionales, entre ellas la Harry Potter Academic Conference
2027 (próxima a celebrarse), la primera Solarpunk Conference, las conferencias
POPCRN (2022-2025), la conferencia anual de la SASA (2023) y la conferencia
anual sobre Tolkien, entre otras. Sus publicaciones —incluidas aquellas
aceptadas por Metzler (Springer Nature), *Prosthetic Ocean* (libro editado),
*Vimarsa* (revista académica) y otras aún por publicarse— están indexadas en
importantes bases de datos académicas como Mendeley-Elsevier, MLA International
Bibliography, EBSCO e Index Copernicus.
