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jueves, 24 de septiembre de 2026

PROTOCOLO RECUERDO

Sayan Chattopadhyay

 

3 de julio de 3522. Lunes

—¿El dolor se acaba? ¿Puede acabarse, aunque sea una vez, solo para mí? ¿De verdad también voy a olvidarte a ti, Bonko? —susurró Abir, sentado junto al Ganges, contemplando la puesta del sol mientras acariciaba a su perro, Bonko.

Hacía mucho tiempo que Abir no sentía el calor del sol poniente ni la suave brisa del río entre sus cabellos. Pero hoy estaba seguro de que no debía seguir cargando con el dolor que atravesaba, y todo había comenzado una semana atrás.

Aquella ajetreada mañana de lunes, cuando pronuncié las palabras «A Bonko no se lo echaría de menos», Abir estaba sentado a mi lado en el viejo sofá oxidado y cubierto de polvo de su apartamento de una sola habitación, que sus padres le habían dejado en un barrio casi ruinoso. Los padres de Abir no eran ricos. Eran, porque fueron borrados de la memoria de Abir después de morir en un trágico accidente. Sí, borrados. El gobierno había impuesto el «programa de culminación» para todos los nacidos después de 3490. Sus padres fueron la primera generación incluida en el programa y... también Abir forma parte de él.

Hoy ya nadie recuerda qué es el dolor, pero lo que surgió como efecto secundario es que el programa también afecta los recuerdos y, cada vez que alguien muere, sus familiares directos deben someterse primero al proceso de «culminación» para olvidar aquello que alguna vez les fue tan querido.

Bonko era apenas un cachorro cuando los padres de Abir lo adoptaron en un barrio marginal cercano. Aquel día llovía y tronaba, y Bonko tenía miedo de los truenos. Esa noche, por primera vez, Bonko tuvo un techo sobre su pequeña cabeza y su cuerpo, un lugar seco donde su colita peluda no tenía que encogerse para caber en diminutos refugios. La lluvia ácida ya no volvería a hacerle daño. Ese día Bonko se sintió seguro. Más seguro que muchos seres humanos de entonces. Han pasado casi diez años desde aquel día y Bonko ha envejecido.

 

26 de junio de 3522. Lunes

Abir estaba sentado en el viejo sofá, enseñándole a Bonko a sentarse cuando se lo ordenaba. Últimamente Bonko se cansaba con facilidad. Quizá fuera la edad lo que hacía que se sintiera cada día más débil. Abir recuerda que, años atrás, cuando Bonko estaba a punto de perseguir al gato que se encontraba en la ventana, él le dio una orden mediante un silbido que su madre le había enseñado, y Bonko obedeció el sonido y se sentó como una mascota bien adiestrada. Pero ahora, una vez realizada su «culminación», apenas recuerda a su madre. Y lo mismo ocurre con las cosas relacionadas con ella. Abir ha olvidado que le enseñó a Bonko a sentarse al oír un silbido.

—¿Por qué no te sientas, Bonko? —gritó Abir, frustrado.

Ese mismo día, mientras Abir buscaba un poco de paz contemplando el cielo nocturno, anaranjado y lleno de estrellas, silbaba sin darse cuenta y advirtió que Bonko se acercaba de repente y se sentaba. Al principio, Abir no comprendió qué había sucedido. Hasta que, un minuto más tarde, se dio cuenta de que Bonko acababa de sentarse obedeciendo una orden suya, después de casi un año de intentos y fracasos reiterados. Pero no lograba descubrir cuál había sido la orden o, mejor dicho, qué parte del silbido la constituía. Así que volvió a silbar, tratando de encontrar la melodía concreta que su madre le había enseñado a Bonko. Abir encontró la melodía, la orden. Bonko levantó la cabeza y, si yo hubiera podido mirarlo a los ojos, estoy segura de que habría sentido que conocía aquella melodía, que ya la había oído antes. Abir corrió hacia mí y dijo:

—Lola... Lola... mira, Bonko se sentó. Se sentó cuando se lo ordené.

Bonko golpeaba el suelo con la cola mientras Abir saltaba de alegría por la habitación.

 

27 de junio de 3522. Martes

Abir me preguntó si recordaba cómo era su madre. Él no la recuerda con claridad debido a la «culminación», aunque tampoco habría podido recordarla demasiado bien, porque cuando sus padres murieron solo tenía siete años.

—Sí, la recuerdo —le respondí.

Entonces me preguntó por qué ya no podía recordar a su madre.

—Eras demasiado pequeño, Abir, para conservar un recuerdo completo de tu madre, para recordar exactamente cómo era, qué sensación producían sus manos al acariciarte el cabello y qué apacible era la voz con la que te cantaba canciones de cuna todas las noches —le respondí.

Me resulta difícil decirle a Abir que sencillamente no podrá recordar a su madre porque fue borrada de su vida. Toda su existencia fue eliminada únicamente para evitar que Abir padeciera un duelo emocional, algo que el gobierno considera ahora una enfermedad poco común. Todo lo que Abir pueda recordar actualmente de su madre debe de proceder de algún otro recuerdo que compartió con otras cosas cercanas a él. Por ejemplo, todavía recuerda la textura del sari de su madre, en el que solía envolverse cuando afuera tronaba, o el olor de sus manos después de preparar su arroz con tomate favorito. También recuerda cómo Bonko solía sentarse todos los días junto a los pies de su madre después de jugar con él.

—Lola... ¿Bonko recuerda a mamá? —me preguntó.

—No lo sé, Abir, pero Bonko debería recordarla. Ella lo crio igual que te crio a ti. También quería a Bonko —respondí.

Yo sabía que Bonko no la había olvidado. El programa no se aplicaba a los animales. Pero no podía preguntárselo al perro, porque desconocía su lenguaje. Nunca me habían enseñado a hacerlo ni había tenido antes ningún motivo para hablar con un perro. Sin embargo, me pregunté si el recuerdo que Abir conservaba de su madre existía únicamente porque alguna otra cosa lo había transportado hasta el presente y esas cosas concretas no habían sido borradas de su memoria. Cosas como su arroz con tomate favorito y cosas como... ¿Bonko?

Pero ¿Bonko es una cosa? ¿No es Bonko una parte emocionalmente importante de la vida de Abir? El único amigo de Abir en aquella habitación de cinco por cuatro metros y, probablemente, también en toda la Tierra.

 

28 de junio de 3522. Miércoles

Abir me preguntaba qué importancia había tenido Bonko para su madre. Le conté todo lo que pude, aunque habría querido contarle más. Sencillamente no me estaba permitido hacerlo. Bonko es el único testigo vivo de su madre, el único que todavía recuerda los últimos momentos del dolor que sintió Abir. El muchacho sigue comiendo a la hora indicada, sigue durmiendo a la hora indicada y continúa regresando de la escuela exactamente a las cinco de la tarde para alimentar a Bonko sin falta. Lo veo todos los días; lo estudio, y también preveo que Abir sufrirá un colapso todavía peor el día en que Bonko muera. Bonko no es simplemente una mascota a la que el muchacho quiere. Es el último vínculo con su madre. Su pelaje es el mismo que ella acariciaba con las manos. Después de que su madre muriera, vi que Bonko dormía junto a Abir durante las noches de tormenta, como lo hacía ella, para consolarlo. Con el tiempo se convirtió en un ritual, pero Abir ya no recuerda por qué comenzó.

Abir sabe que Bonko recuerda a su madre.

 

29 de junio de 3522. Jueves

Regulé el aire a veinticinco grados Celsius para mantener la temperatura interior, aunque Bonko pasó la mayor parte de la tarde persiguiendo una mariposa que había entrado por la ventana de la cocina y durmiendo sobre su alfombra favorita. Tal vez se cansó después de media hora.

Cuando Abir regresó de la escuela a las cinco, vi que Bonko no se levantaba de un salto como hacía todos los días. Alzó la cabeza, cansado, golpeó cuatro veces el suelo con la cola y esperó a que Abir se acercara a su alfombra. Abir, como todos los días, volvió a llenar el cuenco de Bonko con la mezcla de alimento seco y observó cómo comía lentamente. Quizá Abir también estuviera cansado; sin embargo, no había nadie que pudiera preguntárselo. Yo seguía sin saber exactamente qué siente un niño cuando está cansado y solo.

 

30 de junio de 3522. Viernes

A las nueve de la mañana, Abir se levantó y descubrió que Bonko seguía en su cama. Vi que Abir parecía un poco inquieto, probablemente porque había adquirido la costumbre de levantarse a causa de Bonko, que normalmente despertaba antes. No puedo comprender la emoción de la inquietud, pero percibí que los latidos del corazón de Abir se aceleraban con cada minuto que pasaba. Quizá al cabo de uno o dos minutos empezara a sentir alguna clase de miedo. Cuando Abir se acercó a Bonko, descubrió que el perro ya no respiraba.

El perro había muerto.

Abir no era capaz de comprender exactamente qué había sucedido y continuó empujándolo sobre su alfombra. Abir ha olvidado qué aspecto tiene la muerte. Por lo general, la central tarda entre dos y tres días laborables en enviar un equipo de culminación al lugar de una muerte después de que nosotros la comuniquemos interna y discretamente. Durante dos días, Abir continuó comportándose de una manera extraña, como si el perro siguiera vivo y simplemente estuviera demasiado perezoso para levantarse y jugar con él, o siquiera para comer. Por costumbre, Abir dejaba comida en su cuenco todas las mañanas antes de marcharse a la escuela. Dejaba abierta la puerta de la cocina para que pudiera salir al pequeño jardín. Hablaba con el silencio de Bonko junto a su cama.

2 de julio de 3522. Domingo

 

Desde ayer le respondo a Abir como si fuera Bonko, para que todavía no se dé cuenta de que el perro se ha ido. Enciendo las luces cuando Abir entra, coordino la cocina para preparar las comidas que él ha olvidado cocinar e incluso ahora dejo ligeramente abierta la puerta de su dormitorio porque, después del silencio de Bonko, dijo que aquel silencio lo inquietaba; el ruido del tránsito de la calle lo ayudaría a soportarlo. Recuerdo cosas que el propio Abir ha olvidado.

Hace una hora, Abir me preguntó:

—Lola, ¿tienes alguna grabación de Bonko en la que pueda oírlo?

Y reproduje una. No un sonido genérico de ladridos, sino exactamente el ladrido que el perro emitía cada vez que el muchacho regresaba de la escuela. Supongo que Abir se ha derrumbado. Quizá esté comprendiendo ese otro extremo de la vida que se suponía que debía haber olvidado.

Abir ha empezado a hablar conmigo después de que le dijera que mañana por la tarde vendrían los trabajadores sociales y se llevarían a Bonko. Después de muchas preguntas absurdas, Abir me preguntó qué recordaba yo de Bonko. Le conté que recordaba cómo Bonko dormía junto al dormitorio de la madre de Abir después de que ella muriera; la primera noche en que Abir lloró después de perderla; e incluso la frase exacta que la madre de Abir le dijo poco antes de morir. Al escuchar esto, Abir me preguntó si yo estaba presente la última vez que vio a su madre.

—Sí. Recuerdo aquel día. Las palabras que dijo tu madre y cómo reaccionó el perro al ver a tu madre tendida junto a su cama, sin pulso. Lo vi. También lo oí. Yo estaba allí.

Abir quedó atónito por un momento. Sin embargo, todavía no comprendía que yo había sido diseñada para conservar patrones en mi memoria. Hábitos, respuestas, preferencias, idiomas y relaciones: para mí, todo constituía un patrón que no podía olvidar. Por eso, su siguiente pregunta fue:

—Lola, ¿también recuerdas la voz de mamá?

Abir volvió a encontrarse con un silencio. Yo simplemente estaba buscando entre mis archivos el correspondiente a su madre.

Encontré el archivo de su madre: miles de grabaciones. Cada conversación, mensaje e instrucción que su madre me había dado para que yo los siguiera hasta que Abir llegara a la edad adulta.

El muchacho preguntó:

—¿Puedes reproducirlas?

E hice lo que me pidió. Abir escuchó por primera vez la voz de su madre desde que, años atrás, se había sometido a la culminación. Pero no reconoció su voz.

—Esa no es ella —dijo.

Comprobé los archivos. Todas las voces que había guardado allí eran auténticas. La voz, la forma de onda y las emociones de su madre eran auténticas.

Fue entonces cuando comprendí de pronto algo que nunca había sido programada para comprender.

Una grabación no es un recuerdo.

Y, peor aún, comprendí que durante años había estado sustituyendo los recuerdos del muchacho por mis propias reconstrucciones. En términos humanos, eso significaba que no solo lo estaba ayudando a recordar, después de que la culminación lo hubiera obligado a olvidar aquello que no debía recordar, sino que además le estaba enseñando pasivamente qué debía recordar.

Durante años había observado la casa y todo lo que sucedía en su interior. Había aprendido los patrones que se suponía que debía aprender. Aprendí cuándo Abir tenía miedo, cuándo se sentía solo o cuándo necesitaba que Bonko jugara con él. También había aprendido todo sobre el perro. Cada ladrido, la manera en que movía la cola ante distintas emociones, cada pequeño hábito capaz de modificar la rutina diaria de Abir. Creía que simplemente los mantenía bajo observación, hasta que hoy comprendí que yo solo estaba convirtiéndome en el espacio al que Abir terminaría recurriendo cuando necesitara recordar las cosas que el gobierno lo había obligado a olvidar.

 

3 de julio de 3522. Lunes

Esta mañana, Abir tomó a Bonko en brazos y salió por la puerta sin decir nada. Yo tampoco podía preguntarle nada. Nunca había observado aquella emoción. Era nueva para mí. Pero yo también estaba implantada en su cuello para vigilarlo y podía percibir que su corazón estaba tranquilo. Llegó a la orilla del río donde solía jugar con Bonko. Se sentó allí y volvió a hablarle al perro, como si siguiera vivo.

—¿El dolor se acaba? ¿Puede acabarse, aunque sea una vez, solo para mí? ¿De verdad también voy a olvidarte a ti, Bonko? —susurró Abir, sentado junto al Ganges, contemplando la puesta del sol mientras acariciaba a su perro.

Hacía mucho tiempo que Abir no sentía el calor del sol poniente ni la suave brisa del río entre sus cabellos. Pero hoy estaba seguro de que no debía seguir cargando con el dolor que atravesaba, y todo había comenzado una semana atrás.

Abir dejó a Bonko en el suelo y corrió para alejarse de él mientras gritaba:

—¡Bonko, ven conmigo! ¡Corre, Bonko, corre!

Solo entonces comprendió que probablemente Bonko nunca volvería a ladrar al oír su llamada ni a mover las patas.

Abir permaneció inmóvil a cierta distancia. En silencio. Las lágrimas le corrían por las mejillas. Pero permanecía en silencio.

Intenté hablarle con una voz que le resultara familiar, pero un minuto después Abir me arrancó de su cuello. Me sacó por la fuerza de su cuerpo mientras decía con absoluta serenidad:

—Adiós, Lola.

Esa fue la última vez que estudié a Abir.

 

25 de diciembre de 3530. Jueves

Abir abandonó esta casa hace siete años. El día en que me arrancó de su cuello. Pero la casa permaneció. Yo permanecí, y también el cuenco de Bonko en la cocina, el archivo de la madre de Abir y, en algún lugar dentro de mi memoria, ahora también estaba Abir.

Recuerdo sus primeras palabras, el primer latido de su corazón que percibí después de que me implantaran en su cuello cuando tenía dos años. Recuerdo cómo caminaba por esta casa, cómo jugaba con Bonko en su habitación, ahora silenciosa, y las noches en las que no podía dormir. Recuerdo su último adiós.

Lo recuerdo todo.

Pero hay algo que no puedo recordar.

¿Cómo era ser Abir?

No comprendo del todo si estos recuerdos son realmente míos y me corresponde conservarlos.

Hoy, alrededor de las tres de la tarde, volví a oír algo. Pasos pequeños. Un nuevo niño entraba en la casa con sus padres.

Escuché.

Empecé a aprender otra vez.

Y, por primera vez, me pregunté si recordar a alguien era lo mismo que conocerlo.

No pude encontrar una respuesta en mi algoritmo. Solo sabía que también estaba programada para recordarlo todo a partir de aquel momento.

Ese es mi trabajo.

¿Mi único trabajo?

El Dr. Sayan Chattopadhyay es docente de Inglés en la Universidad Adamas (Bengala Occidental, India) y, desde 2023, ejerce como editor del *Journal of Science Fiction*, publicación vinculada al Museum of Science Fiction de Washington D. C. Es miembro vitalicio de la Indian Association for Science Fiction Studies (IASFS). Ha presentado sus investigaciones en numerosas y prestigiosas conferencias internacionales, entre ellas la Harry Potter Academic Conference 2027 (próxima a celebrarse), la primera Solarpunk Conference, las conferencias POPCRN (2022-2025), la conferencia anual de la SASA (2023) y la conferencia anual sobre Tolkien, entre otras. Sus publicaciones —incluidas aquellas aceptadas por Metzler (Springer Nature), *Prosthetic Ocean* (libro editado), *Vimarsa* (revista académica) y otras aún por publicarse— están indexadas en importantes bases de datos académicas como Mendeley-Elsevier, MLA International Bibliography, EBSCO e Index Copernicus.

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