Antonio Amodio
—¿Quiere un
sorbo, un sorbo-un-sor-bo-bo-boh?
Aquella voz de mujer, de timbre
andrógino pero de intención categórica, estrió de oro y carmín las tinieblas de
Takeshi. Palabras de satén le susurraban en la cabeza y, a intervalos,
destellaban algunos detalles, muy pocos: apenas el perfil de una tibia tatuada,
dos labios, las uñas de ella rozando una copa de champán manchada con lápiz
labial de camelias. «¿Qué es?», le había preguntado mientras, depravado, ya se
la imaginaba con las muñecas atadas a la espalda, ceñida en un kinbaku
perfecto. «Haruhana», había respondido ella, feliz de revelárselo y luciendo
una sonrisa blancoatómica. «Solo lo cosechan en Ōshima». Las copas se
entrechocaron. «Por su victoria, querido, y que el Frente nos conduzca hacia el
futuro. ¡Kanpai!».
Un brindis. Había bastado para que
las quimioluminiscencias de los iris Zeiss-Canon de la desconocida se
desdibujaran ante sus ojos. Vapor y bruma, lengua entumecida, un regusto a
tierra y guindas; después, el golpe. «Es el fin», había pensado entonces, pero
no. Parálisis. Lo querían vivo.
Dos chasquidos.
—Todo suyo.
Tres hombres.
A espaldas de la muchacha, los
pasos amortiguados de gente que no tenía prisa. Seguramente habían contratado
profesionales: tayikos, quizá neosiberianos. Los mejores. Entretanto, decenas
de ojos contemplaban la escena, pero en el vestíbulo no se oía ni un murmullo.
No, era preferible ocuparse de los propios asuntos y charlar sobre el último
panel de control de Hamlet. «Me contaron que avisará a Recursos Humanos de tu
empresa si no te presentas a trabajar, ¿puedes creerlo?».
El salón. Historietas de
ejecutivos. Minuetos de flashes y risas. El Guilty Opheliac de Tito-M.
entretenía a los invitados. Bocas llenas de canapés. Migas sobre las alfombras,
manchas en la platería.
—Buen viaje, Namura-san —le deseaba
la mujer.
Él boqueaba tan cerca de ella que
sentía su aliento floral cosquilleándole las fosas nasales. Ya no conservaba
ninguna percepción de sí mismo, ni de la carne ni de los huesos; era tan solo
moco y sangre. Pero ahora –como la sangre que brota de una vena cortada– su
conciencia fluía lentamente fuera del sopor, arrastrando consigo los despojos
de un cuerpo embotado.
Takeshi abrió los ojos. La gala
benéfica había desaparecido.
Entre lonas de plástico y mechones
de acero encontró un mundo al revés. Por todas partes colgaban estalactitas de
hormigón. Ectoplasmas de diésel y neón cuajaban el olvido como si fuera leche;
desde el océano chillaban los petreles y, como de costumbre, el expreso
Kabuki-Petrovič bramaba sobre el monorraíl, transportando a los cuellinegros
hasta sus cubículos para que durmieran un poco antes de afrontar otro turno
asesino en las fábricas Krabro.
Namura reconoció el lugar: una obra
en construcción. Lo habían arrastrado hasta la depuradora de Minatokuchi,
símbolo de su lucha política, una empresa que salvaría a miles de desempleados
gracias a la creación de nuevos puestos de trabajo y a un plan radical de
subsidios públicos. Sin embargo, con aquel gesto, sus secuestradores le estaban
ordenando: «Obedece… o te enterraremos dentro de tu propio sueño».
Una afrenta vergonzosa. Él nunca
había perdido en su vida. Debía ganar, siempre, ya se tratara de una partida de
Rēzoglaz! o, con mayor urgencia, de las elecciones para la
Superintendencia del Directorio Único Metropolitano. En Zarya Prospekt
todos lo consideraban el Mesías: su esposa, sus parientes, sus compañeros del
Frente Ashita, pero sobre todo los posledniye de uñas sucias de grasa, que ya
lo aclamaban como el nuevo shōgun del proletariado. «Romperá el Acuerdo Daiyō»,
confiaban los oprimidos de los Sub-Nul’. «Nos salvará de la miseria».
Asfixiados por las cenizas del Oltre-Ves, donde parpadeaba un holo-Sol
casi descargado, los padres deliraban con la revolución, convencidos de que,
mientras Namura arengara a multitudes de andrajosos, el futuro no los
absorbería de la Historia con una pajita.
Entretanto, a las madres no les
quedaba más que acunar contra el pecho a aquellos hijos esqueléticos,
destetados con piorrea y alimentos liofilizados Yojimbo. Incapaces ya de
amamantarlos o de pagar un pediatra, sí eran hábiles para crear mitos en los
que un líder valiente parecía destinado a la eternidad, como las estatuas del
último Kim: colosos que, a las puertas de una P’yŏngyang convertida en felpudo
radiactivo, todavía aguardaban el Sol del Porvenir.
Pero Takeshi Namura, el Timonel del
Mañana, hoy colgaba de los tobillos. Su propia orina, goteando desde la corbata
de seda auténtica, le mojaba los labios y se mezclaba con el regusto de los
filetes de narval que poco antes habían deleitado a los invitados de la gala.
Sabor a fracaso.
«Ecce homo», habrían dicho en otros
tiempos, cuando los dioses caminaban entre los hombres.
—Konbanwa,
Namura-san —dijo de pronto una voz a sus espaldas—. Lo encuentro peor de lo
previsto.
El individuo tenía el mismo andar
tranquilo que los sicarios que lo habían llevado hasta allí, a aquellos
suburbios de noches artificiales y aire muerto.
—¿Puede hablar?
—Ten… —Takeshi jadeó—. Tengo sed.
—Sequedad bucal. Un efecto
secundario de la Noxovalgina, me temo. Quizá la dosis que le administramos
tuviera una concentración excesiva. En ese caso, acepte mis más sinceras
disculpas.
—¿P-por qué estoy aquí?
—Por varias razones —afirmó el
desconocido sin inmutarse—. La primera es que usted se equivocó por completo de
profesión.
El individuo rondaba los treinta
años, tenía un ligero acento sármata y vestía a la moda de los jóvenes
depredadores del Metacentro: delineador negro y traje cruzado a rayas
Riefen-style.
—Debería saber que, en política,
basta con hacer promesas; no es necesario cumplirlas.
—Yo no vendo humo. Dije que la
construiría y…
—Y enseguida levantaron los
andamios, por supuesto. Por supuesto —se anticipó el otro—. Lo cual nos conduce
directamente al segundo problema. Verá, a mis superiores no les gustan nada sus
métodos, Namura-san. Les hacen temer, a ellos y a toda nuestra mano de obra –equivocadamente–,
que después de un siglo el Socialismo pueda regresar aquí.
—El Directorio y los ciudadanos
d-deben… —balbuceó Namura—. Deben s-servir a la sociedad, no a ustedes.
—¿A nosotros?
—Sí, a ustedes… —insistió Takeshi—.
Al Capital.
—El Capital… —El otro se rio en su
cara—. Namura-san, quizá hasta ahora haya estado demasiado ocupado jugando al
señor Il’ič para darse cuenta, pero permítame ponerlo al corriente: Zarya
sirve al Capital, no al contrario.
—Su… tiempo se ha terminado.
—Takeshi tosió sangre—. Nunca detendrán el progreso.
—Una consideración sensata, sí, y
precisamente por eso hemos pensado hacernos cargo de su audaz proyecto
urbanístico. La Superintendencia ya ha dado su consentimiento —reveló el
joven—. Sin embargo, la necesidad nos ha obligado a introducir algunas modificaciones.
Estoy seguro de que lo comprenderá: es por nuestro bien.
—¿Cómo? ¿Q-qué quiere decir?
—La depuradora será reconvertida en
una central limoeléctrica. La compañía pagará los gastos.
—No pueden. No p-pueden hacerlo.
—¿Y por qué no? ¿Qué le quita eso a
usted? Los pobres de los Sub-Nul’ conseguirán igualmente sus puestos de
trabajo.
Entonces Namura gritó hasta
vaciarse los pulmones, pese a estar exhausto y sediento, con la garganta
revestida de papel de lija.
—¡Porque es mi proyecto, mío! —Mientras
gritaba, intentó sin éxito liberarse del gancho del que colgaba—. ¡Este es mi
legado! ¡No tienen ningún derecho a…!
—Lo lamentamos, créame. Sabemos que
algunos morirán por las emanaciones de las aguas residuales, pero a nosotros
nos gustan así las cloacas de Zarya Prospekt —afirmó el muchacho—. No
necesitamos depuradoras.
—La c-comunidad las necesita, yatsu.
—Da, camarada, pero si desde hace
ochenta años somos líderes del mercado es por algo, y ese algo es nuestro
ingrediente secreto. En Investigación y Desarrollo lo llaman Stachybotrys
cloacale. ¿Sabe qué es?
—No…
—Un microorganismo. O, mejor dicho,
un moho. Se adhiere a las paredes de los desagües que desembocan en el mar, y
solo lo hace cuando el nivel de residuos biológicos —o de cieno, si lo
prefiere— permanece constante. Si disminuyera el nivel del lodo, las esporas
que utilizamos perderían su alimento y nosotros perderíamos miles de millones
en facturación. ¿Comprende?
—Es una… una locura. ¿Cuántos
m-morirán por esto?
—Dios, qué melodramático —se burló
el petimetre—. Llevamos mucho tiempo manipulando las micotoxinas; son estables.
No matarán a nadie. El Stachybotrys solo provoca en el consumidor una
dependencia convenientemente prolongada y sostenible —precisó—. Tanto como el Shibari
y la nicotina… Pero usted ya lo sabe.
Namura empezó a gritar. Proclamó a
los cuatro vientos quién era, pidió ayuda, auxilio o, sencillamente, que algún
alma avisara de inmediato a la policía. No se encendió una sola luz en los
cubículos. De este a oeste, una rutina cainita asfixiaba los instintos de los Sub-Nul’
y, con ellos, el impulso hacia la verdadera humanidad.
—Vamos, vamos, conserve una pizca
de dignidad o me saldrá sin gas. Así arruina el sabor.
—¿Q-qué sabor? —boqueó Takeshi.
—El suyo, Namura-san. El suyo. Ya
hemos segmentado los objetivos públicos. Los millennials nostálgicos de los
soviets y los zoomers antisistema son perfectos. Imagine ahora los
anuncios. ¿Los ve? ¿Ve los comerciales? Yo sí. Koka-Kholat Akaslava:
treinta deng’yen de revolución. Oh, sí. Aquí está: el sabor del
progreso.
