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lunes, 17 de agosto de 2026

EL SABOR DEL PROGRESO

Antonio Amodio

 

—¿Quiere un sorbo, un sorbo-un-sor-bo-bo-boh?

Aquella voz de mujer, de timbre andrógino pero de intención categórica, estrió de oro y carmín las tinieblas de Takeshi. Palabras de satén le susurraban en la cabeza y, a intervalos, destellaban algunos detalles, muy pocos: apenas el perfil de una tibia tatuada, dos labios, las uñas de ella rozando una copa de champán manchada con lápiz labial de camelias. «¿Qué es?», le había preguntado mientras, depravado, ya se la imaginaba con las muñecas atadas a la espalda, ceñida en un kinbaku perfecto. «Haruhana», había respondido ella, feliz de revelárselo y luciendo una sonrisa blancoatómica. «Solo lo cosechan en Ōshima». Las copas se entrechocaron. «Por su victoria, querido, y que el Frente nos conduzca hacia el futuro. ¡Kanpai!».

Un brindis. Había bastado para que las quimioluminiscencias de los iris Zeiss-Canon de la desconocida se desdibujaran ante sus ojos. Vapor y bruma, lengua entumecida, un regusto a tierra y guindas; después, el golpe. «Es el fin», había pensado entonces, pero no. Parálisis. Lo querían vivo.

Dos chasquidos.

—Todo suyo.

Tres hombres.

A espaldas de la muchacha, los pasos amortiguados de gente que no tenía prisa. Seguramente habían contratado profesionales: tayikos, quizá neosiberianos. Los mejores. Entretanto, decenas de ojos contemplaban la escena, pero en el vestíbulo no se oía ni un murmullo. No, era preferible ocuparse de los propios asuntos y charlar sobre el último panel de control de Hamlet. «Me contaron que avisará a Recursos Humanos de tu empresa si no te presentas a trabajar, ¿puedes creerlo?».

El salón. Historietas de ejecutivos. Minuetos de flashes y risas. El Guilty Opheliac de Tito-M. entretenía a los invitados. Bocas llenas de canapés. Migas sobre las alfombras, manchas en la platería.

—Buen viaje, Namura-san —le deseaba la mujer.

Él boqueaba tan cerca de ella que sentía su aliento floral cosquilleándole las fosas nasales. Ya no conservaba ninguna percepción de sí mismo, ni de la carne ni de los huesos; era tan solo moco y sangre. Pero ahora –como la sangre que brota de una vena cortada– su conciencia fluía lentamente fuera del sopor, arrastrando consigo los despojos de un cuerpo embotado.

Takeshi abrió los ojos. La gala benéfica había desaparecido.

Entre lonas de plástico y mechones de acero encontró un mundo al revés. Por todas partes colgaban estalactitas de hormigón. Ectoplasmas de diésel y neón cuajaban el olvido como si fuera leche; desde el océano chillaban los petreles y, como de costumbre, el expreso Kabuki-Petrovič bramaba sobre el monorraíl, transportando a los cuellinegros hasta sus cubículos para que durmieran un poco antes de afrontar otro turno asesino en las fábricas Krabro.

Namura reconoció el lugar: una obra en construcción. Lo habían arrastrado hasta la depuradora de Minatokuchi, símbolo de su lucha política, una empresa que salvaría a miles de desempleados gracias a la creación de nuevos puestos de trabajo y a un plan radical de subsidios públicos. Sin embargo, con aquel gesto, sus secuestradores le estaban ordenando: «Obedece… o te enterraremos dentro de tu propio sueño».

Una afrenta vergonzosa. Él nunca había perdido en su vida. Debía ganar, siempre, ya se tratara de una partida de Rēzoglaz! o, con mayor urgencia, de las elecciones para la Superintendencia del Directorio Único Metropolitano. En Zarya Prospekt todos lo consideraban el Mesías: su esposa, sus parientes, sus compañeros del Frente Ashita, pero sobre todo los posledniye de uñas sucias de grasa, que ya lo aclamaban como el nuevo shōgun del proletariado. «Romperá el Acuerdo Daiyō», confiaban los oprimidos de los Sub-Nul’. «Nos salvará de la miseria». Asfixiados por las cenizas del Oltre-Ves, donde parpadeaba un holo-Sol casi descargado, los padres deliraban con la revolución, convencidos de que, mientras Namura arengara a multitudes de andrajosos, el futuro no los absorbería de la Historia con una pajita.

Entretanto, a las madres no les quedaba más que acunar contra el pecho a aquellos hijos esqueléticos, destetados con piorrea y alimentos liofilizados Yojimbo. Incapaces ya de amamantarlos o de pagar un pediatra, sí eran hábiles para crear mitos en los que un líder valiente parecía destinado a la eternidad, como las estatuas del último Kim: colosos que, a las puertas de una P’yŏngyang convertida en felpudo radiactivo, todavía aguardaban el Sol del Porvenir.

Pero Takeshi Namura, el Timonel del Mañana, hoy colgaba de los tobillos. Su propia orina, goteando desde la corbata de seda auténtica, le mojaba los labios y se mezclaba con el regusto de los filetes de narval que poco antes habían deleitado a los invitados de la gala. Sabor a fracaso.

«Ecce homo», habrían dicho en otros tiempos, cuando los dioses caminaban entre los hombres.

 

Konbanwa, Namura-san —dijo de pronto una voz a sus espaldas—. Lo encuentro peor de lo previsto.

El individuo tenía el mismo andar tranquilo que los sicarios que lo habían llevado hasta allí, a aquellos suburbios de noches artificiales y aire muerto.

—¿Puede hablar?

—Ten… —Takeshi jadeó—. Tengo sed.

—Sequedad bucal. Un efecto secundario de la Noxovalgina, me temo. Quizá la dosis que le administramos tuviera una concentración excesiva. En ese caso, acepte mis más sinceras disculpas.

—¿P-por qué estoy aquí?

—Por varias razones —afirmó el desconocido sin inmutarse—. La primera es que usted se equivocó por completo de profesión.

El individuo rondaba los treinta años, tenía un ligero acento sármata y vestía a la moda de los jóvenes depredadores del Metacentro: delineador negro y traje cruzado a rayas Riefen-style.

—Debería saber que, en política, basta con hacer promesas; no es necesario cumplirlas.

—Yo no vendo humo. Dije que la construiría y…

—Y enseguida levantaron los andamios, por supuesto. Por supuesto —se anticipó el otro—. Lo cual nos conduce directamente al segundo problema. Verá, a mis superiores no les gustan nada sus métodos, Namura-san. Les hacen temer, a ellos y a toda nuestra mano de obra –equivocadamente–, que después de un siglo el Socialismo pueda regresar aquí.

—El Directorio y los ciudadanos d-deben… —balbuceó Namura—. Deben s-servir a la sociedad, no a ustedes.

—¿A nosotros?

—Sí, a ustedes… —insistió Takeshi—. Al Capital.

—El Capital… —El otro se rio en su cara—. Namura-san, quizá hasta ahora haya estado demasiado ocupado jugando al señor Il’ič para darse cuenta, pero permítame ponerlo al corriente: Zarya sirve al Capital, no al contrario.

—Su… tiempo se ha terminado. —Takeshi tosió sangre—. Nunca detendrán el progreso.

—Una consideración sensata, sí, y precisamente por eso hemos pensado hacernos cargo de su audaz proyecto urbanístico. La Superintendencia ya ha dado su consentimiento —reveló el joven—. Sin embargo, la necesidad nos ha obligado a introducir algunas modificaciones. Estoy seguro de que lo comprenderá: es por nuestro bien.

—¿Cómo? ¿Q-qué quiere decir?

—La depuradora será reconvertida en una central limoeléctrica. La compañía pagará los gastos.

—No pueden. No p-pueden hacerlo.

—¿Y por qué no? ¿Qué le quita eso a usted? Los pobres de los Sub-Nul’ conseguirán igualmente sus puestos de trabajo.

Entonces Namura gritó hasta vaciarse los pulmones, pese a estar exhausto y sediento, con la garganta revestida de papel de lija.

—¡Porque es mi proyecto, mío! —Mientras gritaba, intentó sin éxito liberarse del gancho del que colgaba—. ¡Este es mi legado! ¡No tienen ningún derecho a…!

—Lo lamentamos, créame. Sabemos que algunos morirán por las emanaciones de las aguas residuales, pero a nosotros nos gustan así las cloacas de Zarya Prospekt —afirmó el muchacho—. No necesitamos depuradoras.

—La c-comunidad las necesita, yatsu.

—Da, camarada, pero si desde hace ochenta años somos líderes del mercado es por algo, y ese algo es nuestro ingrediente secreto. En Investigación y Desarrollo lo llaman Stachybotrys cloacale. ¿Sabe qué es?

—No…

—Un microorganismo. O, mejor dicho, un moho. Se adhiere a las paredes de los desagües que desembocan en el mar, y solo lo hace cuando el nivel de residuos biológicos —o de cieno, si lo prefiere— permanece constante. Si disminuyera el nivel del lodo, las esporas que utilizamos perderían su alimento y nosotros perderíamos miles de millones en facturación. ¿Comprende?

—Es una… una locura. ¿Cuántos m-morirán por esto?

—Dios, qué melodramático —se burló el petimetre—. Llevamos mucho tiempo manipulando las micotoxinas; son estables. No matarán a nadie. El Stachybotrys solo provoca en el consumidor una dependencia convenientemente prolongada y sostenible —precisó—. Tanto como el Shibari y la nicotina… Pero usted ya lo sabe.

Namura empezó a gritar. Proclamó a los cuatro vientos quién era, pidió ayuda, auxilio o, sencillamente, que algún alma avisara de inmediato a la policía. No se encendió una sola luz en los cubículos. De este a oeste, una rutina cainita asfixiaba los instintos de los Sub-Nul’ y, con ellos, el impulso hacia la verdadera humanidad.

—Vamos, vamos, conserve una pizca de dignidad o me saldrá sin gas. Así arruina el sabor.

—¿Q-qué sabor? —boqueó Takeshi.

—El suyo, Namura-san. El suyo. Ya hemos segmentado los objetivos públicos. Los millennials nostálgicos de los soviets y los zoomers antisistema son perfectos. Imagine ahora los anuncios. ¿Los ve? ¿Ve los comerciales? Yo sí. Koka-Kholat Akaslava: treinta deng’yen de revolución. Oh, sí. Aquí está: el sabor del progreso.

Antonio Amodio nació en Foggia el 10 de noviembre de 1992. Se graduó en la Universidad de Bolonia con una licenciatura en Historia del Cine Norteamericano (2016) y en Comunicación Pública y Corporativa (2018). Actualmente trabaja como programador multimedia y editor de textos en RAI Cultura. Ha escrito numerosos relatos, algunos publicados tanto de forma independiente como en antologías, y ha aparecido en revistas como Colla, Bomarscé, Narrandom, GELO, Metatron, Malgrado le Mosche, Quarta Corda y Calvario. Escribe desde 2010 y vive y trabaja en Roma desde 2019. Entre sus relatos y novelas cortas se incluyen: «Lontano, lontanissimo» (2023), «Amygdala/Split» (2024), «Vicoli ciechi» (2024), «Fedora» (2024), «It’s dangerous to go alone. Take this!» (2025), «Laassemblea non è finita» (2026).

EL REGRESO DEL LÍDER