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sábado, 12 de septiembre de 2026

LA MUJER QUE COMÍA FLORES Y YO

Bob Van Laerhoven

 

—Dime por qué sigues escribiendo esas novelas con múltiples niveles, tristes, estremecedoras y ultranegras —me dijo hace años la Mujer que Comía Flores durante una cena en Bruselas. —Había leído mi novela Regreso a Hiroshima y me había llamado—: Me hiciste llorar leyendo tu libro, así que ahora tienes que invitarme a cenar.

Acepté. La Mujer que Comía Flores y yo nos conocíamos desde hacía mucho tiempo, así que le perdoné que me apretara las clavijas. Y que hubiera leído Regreso a Hiroshima años después de su publicación. Cuando estaba borracha, solía insistir en que una vez habíamos sido amantes. Yo no lo recordaba. Había olvidado tantas cosas, y los detalles que ella mencionaba para demostrar que en el pasado habíamos estado enamorados bien podrían haber sido inventados por un novelista.

Como de costumbre, ella eligió el restaurante; era vegana y le encantaban las flores en el plato. Antes de comerse las de colores intensos, les pedía perdón. Y luego empezó a criticar mi obra literaria.

—Mis novelas no tienen ni de lejos tantos niveles ni son tan tristes, estremecedoras y negras como la política mundial actual —repliqué. Con bastante suficiencia, lo admito, pero la Mujer que Comía Flores provocaba ese efecto en mí. Llevábamos hablando de la situación en Siria desde los aperitivos. Me había preguntado por qué no visitaba el país ahora que el dictador Bashar al-Assad parecía estar perdiendo la guerra civil. Le respondí que me había vuelto demasiado viejo y cobarde para visitar lugares infernales –de acuerdo, admito que utilicé esa expresión– y escribir sobre conflictos interminables.

Negó con la cabeza: qué muchacho tan corto de entendederas era su compañero de mesa. Tsk, tsk, tsk. Y qué cobarde.

—Lo que me interesa son las máscaras y las emociones que hay detrás de ellas en tus libros —dijo después de dar un trago al costoso vino que yo pagaría—. Por ejemplo, ese trágico villano de Regreso a Hiroshima, el deforme jefe yakuza japonés, apodado como un raro demonio japonés... ¿Cómo se llamaba?

—No lo recuerdo. ¿Por qué no lees mi última novela, La larga despedida? Es mejor que esas cosas viejas.

—Vamos, no seas engreído. Dime el nombre de ese demonio japonés. Los demonios me fascinan.

Quise responder «Nabucodonosor», pero gruñí:

—Rokurobei.

Me gustaba aquella mujer. De verdad que sí.

—No sé por qué, pero mientras leía tu libro ese personaje, con toda su desconcertante complejidad, me hizo pensar en Bashar al-Assad.

Había un buen trecho entre el esquizofrénico jefe de la mafia japonesa de Regreso a Hiroshima y Bashar al-Assad. La Mujer que Comía Flores tenía fama de practicar una ardua gimnasia mental.

Me vio fruncir el ceño y añadió:

—¿Nunca te has dado cuenta de que Bashar al-Assad es la viva imagen de esos vampiros de las viejas películas en blanco y negro? —Masticó delicadamente el repollo rallado más rojo que había visto en mi vida.

—¿Y?

—Tu Rokurobei tiene, cito, «colmillos afilados a lima y cuidadosamente engastados con pequeñas gemas» para parecerse más al demonio que supuestamente encarna.

—¿Yo escribí eso? Debía de estar borracho.

—No intentes hacerte el inocente. No te queda bien.

—Deberías convertirte en crítica literaria. Haces las suposiciones más extrañas.

Se sintió halagada y sonrió. Para ser vegana, tenía unos dientes muy afilados.

 

No recuerdo cómo volvimos a hablar de las armas químicas que Bashar al-Assad había utilizado durante años contra su propio pueblo. Realmente estábamos teniendo una cena romántica. La Mujer que Comía Flores trabajaba para Médicos Sin Fronteras; tal vez fuera por eso. Pero sí recuerdo haberle dicho que, últimamente, el gobierno sirio utilizaba bombas de barril, granadas de fósforo, bombas de racimo... En resumen, todo lo que puede mutilar y matar, pero no armas químicas. Hurra.

La Mujer que Comía Flores me miró como si yo fuera un Monstruo del Espacio Exterior.

—¿Dónde y cuándo te convertiste en eso?

—¿En qué?

—¿Recuerdas lo que me dijiste hace mucho tiempo? Si estás convencido de que vives en un mundo frío, violento y cínico, contribuyes a hacerlo aún más frío, violento y cínico, aunque en realidad no hagas nada.

—Pensamiento vegano pasado de moda —dije—. Supongo que todavía comes margaritas de postre.

Permítanme ahorrarles su respuesta.

 

Después de regresar a casa una hora más tarde, le escribí un correo electrónico a la Mujer que Comía Flores diciéndole que, para ser vegana, podía tener una lengua extraordinariamente afilada.

Y que no había dejado realmente de preocuparme por el mundo y por la gente.

Solo estaba, entre otras cosas, cansado, viejo, triste, decepcionado, solo y malhumorado.

Aunque tiende a exagerar, escribí, me había hecho comprender que, con los años, mi visión del mundo se había vuelto, en efecto, un poco contaminada, desdeñosa, apagada y fatigada.

Por mencionar solo algunas de las cosas que ella me había dicho en el restaurante.

Después de guardar el mensaje, pero sin enviarlo, pasé una eternidad dando vueltas en la cama. Por la mañana, creí recordar dónde había comenzado mi «repugnante negativismo cínico», como la Mujer que Comía Flores había llamado a mi estado de ánimo: más de treinta años atrás, durante la guerra de Bosnia, en un pasillo lleno de escombros de un hospital de Médicos Sin Fronteras en la sitiada ciudad bosnia de Sarajevo.

Allí, una niña tendida en una camilla, con el rostro destrozado por una bala, me miraba como si yo fuera algún Horror del Espacio Exterior. Aparté la mirada mientras permanecía allí tomando notas en aquel pasillo sucio donde se amontonaban los heridos y los moribundos.

 

Tantos años después, frente a mi computadora portátil, contemplo los enormes y nebulosos ojos de niños sirios conectados a rudimentarios sistemas de soporte vital en hospitales destartalados, luchando por sus vidas.

Nunca supe si la niña con la herida en la cabeza del abarrotado hospital de Sarajevo sobrevivió. Tampoco sé si sobrevivirán los niños sirios de las fotografías que estoy mirando.

Lo que sí sé es que lucho con la misma desconcertante mezcla de emociones que hace tantos años en Bosnia: compasión, vergüenza, ira, culpa. Y debajo de todo eso, una capa oscura y dolorosa que no puedo describir con claridad, pero que se siente más o menos así: Toda mi vida me sentí impotente ante la miseria que el hombre inflige al hombre, y eso me hizo sentir más furioso y culpable con cada año que pasaba. Como resultado, vomité sobre el mundo y llamé novelas a mi vómito.

 

La Mujer que Comía Flores y yo hablamos por Skype hace unas horas. Me invitó a cenar a su casa. Dijo que hacía demasiado tiempo –¿dos años?– que no nos veíamos, que comeríamos margaritas marinadas de postre y que había leído La larga despedida, mi último libro.

Le pregunté si recordaba nuestra cena en Bruselas y le hablé de la niña con el rostro destrozado por una bala en Sarajevo. Llamé a aquel episodio «El comienzo de mi irrevocable descenso hacia la negatividad». Se me ocurrieron algunas metáforas aún más pomposas para asegurarme de que comprendiera que estaba bromeando con ella.

Ella no quiso comprender que estaba bromeando.

Debería haberlo sabido.

—Por fin sé por qué has estado publicando todas esas novelas despiadadas y sombrías, repletas de personajes que sufren un intenso odio hacia sí mismos —dijo desde la pantalla, mirándome de una manera muy peculiar.

—¡Lo hice para convertirme en un escritor yuppie rico y famoso!

—Ajá, ajá, ajá.

—¿Entonces por una ira impotente? ¿Eso te gusta más?

—No —respondió la Mujer que Comía Flores—. Creo que lo hiciste por miedo. Miedo de que las atrocidades que presenciaste durante tus años de viajes por países devastados por la guerra acabaran llevándote al suicidio. Tenías que demostrarte a ti mismo que eras fuerte escribiendo novelas que, en cierto sentido, son aún peores que la realidad.

Las novelas caleidoscópicas del autor belga-flamenco Bob Van Laerhoven combinan la literatura con el suspense y el misterio. Es un escritor galardonado con numerosos premios y de proyección internacional, cuyas obras han sido traducidas y publicadas en doce idiomas, incluidos el ruso, el chino y el amárico (la lengua oficial de Etiopía). Entre 1990 y 2003 trabajó como cronista de viajes en zonas de conflicto y, actualmente, ya septuagenario, se encuentra redactando sus memorias.

 

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