Bob Van Laerhoven
—Dime por qué
sigues escribiendo esas novelas con múltiples niveles, tristes, estremecedoras
y ultranegras —me dijo hace años la Mujer que Comía Flores durante una cena en
Bruselas. —Había leído mi novela Regreso a Hiroshima y me había llamado—:
Me hiciste llorar leyendo tu libro, así que ahora tienes que invitarme a cenar.
Acepté. La Mujer que Comía Flores y
yo nos conocíamos desde hacía mucho tiempo, así que le perdoné que me apretara
las clavijas. Y que hubiera leído Regreso a Hiroshima años después de su
publicación. Cuando estaba borracha, solía insistir en que una vez habíamos
sido amantes. Yo no lo recordaba. Había olvidado tantas cosas, y los detalles
que ella mencionaba para demostrar que en el pasado habíamos estado enamorados
bien podrían haber sido inventados por un novelista.
Como de costumbre, ella eligió el
restaurante; era vegana y le encantaban las flores en el plato. Antes de
comerse las de colores intensos, les pedía perdón. Y luego empezó a criticar mi
obra literaria.
—Mis novelas no tienen ni de lejos
tantos niveles ni son tan tristes, estremecedoras y negras como la política
mundial actual —repliqué. Con bastante suficiencia, lo admito, pero la Mujer
que Comía Flores provocaba ese efecto en mí. Llevábamos hablando de la
situación en Siria desde los aperitivos. Me había preguntado por qué no
visitaba el país ahora que el dictador Bashar al-Assad parecía estar perdiendo
la guerra civil. Le respondí que me había vuelto demasiado viejo y cobarde para
visitar lugares infernales –de acuerdo, admito que utilicé esa expresión– y
escribir sobre conflictos interminables.
Negó con la cabeza: qué muchacho
tan corto de entendederas era su compañero de mesa. Tsk, tsk, tsk. Y qué
cobarde.
—Lo que me interesa son las
máscaras y las emociones que hay detrás de ellas en tus libros —dijo después de
dar un trago al costoso vino que yo pagaría—. Por ejemplo, ese trágico villano
de Regreso a Hiroshima, el deforme jefe yakuza japonés, apodado como un
raro demonio japonés... ¿Cómo se llamaba?
—No lo recuerdo. ¿Por qué no lees
mi última novela, La larga despedida? Es mejor que esas cosas viejas.
—Vamos, no seas engreído. Dime el
nombre de ese demonio japonés. Los demonios me fascinan.
Quise responder «Nabucodonosor»,
pero gruñí:
—Rokurobei.
Me gustaba aquella mujer. De verdad
que sí.
—No sé por qué, pero mientras leía
tu libro ese personaje, con toda su desconcertante complejidad, me hizo pensar
en Bashar al-Assad.
Había un buen trecho entre el
esquizofrénico jefe de la mafia japonesa de Regreso a Hiroshima y Bashar
al-Assad. La Mujer que Comía Flores tenía fama de practicar una ardua gimnasia
mental.
Me vio fruncir el ceño y añadió:
—¿Nunca te has dado cuenta de que
Bashar al-Assad es la viva imagen de esos vampiros de las viejas películas en
blanco y negro? —Masticó delicadamente el repollo rallado más rojo que había
visto en mi vida.
—¿Y?
—Tu Rokurobei tiene, cito,
«colmillos afilados a lima y cuidadosamente engastados con pequeñas gemas» para
parecerse más al demonio que supuestamente encarna.
—¿Yo escribí eso? Debía de estar
borracho.
—No intentes hacerte el inocente.
No te queda bien.
—Deberías convertirte en crítica
literaria. Haces las suposiciones más extrañas.
Se sintió halagada y sonrió. Para
ser vegana, tenía unos dientes muy afilados.
No recuerdo cómo
volvimos a hablar de las armas químicas que Bashar al-Assad había utilizado
durante años contra su propio pueblo. Realmente estábamos teniendo una cena
romántica. La Mujer que Comía Flores trabajaba para Médicos Sin Fronteras; tal
vez fuera por eso. Pero sí recuerdo haberle dicho que, últimamente, el gobierno
sirio utilizaba bombas de barril, granadas de fósforo, bombas de racimo... En
resumen, todo lo que puede mutilar y matar, pero no armas químicas. Hurra.
La Mujer que Comía Flores me miró
como si yo fuera un Monstruo del Espacio Exterior.
—¿Dónde y cuándo te convertiste en eso?
—¿En qué?
—¿Recuerdas lo que me dijiste hace
mucho tiempo? Si estás convencido de que vives en un mundo frío, violento y
cínico, contribuyes a hacerlo aún más frío, violento y cínico, aunque en
realidad no hagas nada.
—Pensamiento vegano pasado de moda
—dije—. Supongo que todavía comes margaritas de postre.
Permítanme ahorrarles su respuesta.
Después de regresar
a casa una hora más tarde, le escribí un correo electrónico a la Mujer que
Comía Flores diciéndole que, para ser vegana, podía tener una lengua
extraordinariamente afilada.
Y que no había dejado realmente
de preocuparme por el mundo y por la gente.
Solo estaba, entre otras cosas,
cansado, viejo, triste, decepcionado, solo y malhumorado.
Aunque tiende a exagerar, escribí,
me había hecho comprender que, con los años, mi visión del mundo se había
vuelto, en efecto, un poco contaminada, desdeñosa, apagada y fatigada.
Por mencionar solo algunas de las
cosas que ella me había dicho en el restaurante.
Después de guardar el mensaje, pero
sin enviarlo, pasé una eternidad dando vueltas en la cama. Por la mañana, creí
recordar dónde había comenzado mi «repugnante negativismo cínico», como la
Mujer que Comía Flores había llamado a mi estado de ánimo: más de treinta años
atrás, durante la guerra de Bosnia, en un pasillo lleno de escombros de un
hospital de Médicos Sin Fronteras en la sitiada ciudad bosnia de
Sarajevo.
Allí, una niña tendida en una
camilla, con el rostro destrozado por una bala, me miraba como si yo fuera
algún Horror del Espacio Exterior. Aparté la mirada mientras permanecía allí
tomando notas en aquel pasillo sucio donde se amontonaban los heridos y los
moribundos.
Tantos años
después, frente a mi computadora portátil, contemplo los enormes y nebulosos
ojos de niños sirios conectados a rudimentarios sistemas de soporte vital en
hospitales destartalados, luchando por sus vidas.
Nunca supe si la niña con la herida
en la cabeza del abarrotado hospital de Sarajevo sobrevivió. Tampoco sé si
sobrevivirán los niños sirios de las fotografías que estoy mirando.
Lo que sí sé es que lucho con la
misma desconcertante mezcla de emociones que hace tantos años en Bosnia:
compasión, vergüenza, ira, culpa. Y debajo de todo eso, una capa oscura y
dolorosa que no puedo describir con claridad, pero que se siente más o menos
así: Toda mi vida me sentí impotente ante la miseria que el hombre inflige
al hombre, y eso me hizo sentir más furioso y culpable con cada año que pasaba.
Como resultado, vomité sobre el mundo y llamé novelas a mi vómito.
La Mujer que Comía
Flores y yo hablamos por Skype hace unas horas. Me invitó a cenar a su casa.
Dijo que hacía demasiado tiempo –¿dos años?– que no nos veíamos, que comeríamos
margaritas marinadas de postre y que había leído La larga despedida, mi
último libro.
Le pregunté si recordaba nuestra
cena en Bruselas y le hablé de la niña con el rostro destrozado por una bala en
Sarajevo. Llamé a aquel episodio «El comienzo de mi irrevocable descenso hacia
la negatividad». Se me ocurrieron algunas metáforas aún más pomposas para
asegurarme de que comprendiera que estaba bromeando con ella.
Ella no quiso comprender que
estaba bromeando.
Debería haberlo sabido.
—Por fin sé por qué has estado
publicando todas esas novelas despiadadas y sombrías, repletas de personajes
que sufren un intenso odio hacia sí mismos —dijo desde la pantalla, mirándome
de una manera muy peculiar.
—¡Lo hice para convertirme en un
escritor yuppie rico y famoso!
—Ajá, ajá, ajá.
—¿Entonces por una ira impotente?
¿Eso te gusta más?
—No —respondió la Mujer que Comía Flores—. Creo que lo hiciste por miedo. Miedo de que las atrocidades que presenciaste durante tus años de viajes por países devastados por la guerra acabaran llevándote al suicidio. Tenías que demostrarte a ti mismo que eras fuerte escribiendo novelas que, en cierto sentido, son aún peores que la realidad.
Las novelas caleidoscópicas del autor belga-flamenco Bob Van Laerhoven
combinan la literatura con el suspense y el misterio. Es un escritor
galardonado con numerosos premios y de proyección internacional, cuyas obras
han sido traducidas y publicadas en doce idiomas, incluidos el ruso, el chino y
el amárico (la lengua oficial de Etiopía). Entre 1990 y 2003 trabajó como
cronista de viajes en zonas de conflicto y, actualmente, ya septuagenario, se
encuentra redactando sus memorias.
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