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miércoles, 28 de enero de 2026

LA MELODÍA DORADA

Domen Mohorič

 

Vivo en una pequeña aldea al pie de los montes Gorjanci. Con mi padre y mis hermanos habitamos una casita de madera que se construyó en tiempos de mi bisabuelo, pero se conserva tan bien como si estuviera construida en piedra. Nuestra vida no tiene nada de especial y el día a día es duro, aunque nadie pasa hambre. Mi padre trabaja sin descanso y yo, a pesar de mis diez años, lo ayudo cuando hace falta; por lo general me ocupo de que los pequeños no se internen en el bosque ni se acerquen al pozo abandonado, del cual siempre nos han advertido. Mamá ya no está, pero no estamos demasiado tristes. Papá siempre nos anima con historias sobre sus aventuras. Sospecho que nunca ha visto osos dientes de sable, pero la historia es tan apasionada que no nos importa. Me alegro con solo pensar que ella nos cuida desde arriba. Los días se parecen unos a otros como un huevo a otro huevo y los años pasan lentamente. En invierno hace frío; entonces nos reunimos y nos calentamos junto al hogar, esperando la primavera. En primavera juego a con los demás niños, nos perseguimos por los campos y meto los pies en el arroyo. En verano, a veces mi amigo Franc y yo vamos hasta el huerto del alcalde. El viejo es lo bastante despistado como para no notar la desaparición de algunas manzanas. Nuestra aldea no tiene nada que ver con la fantasía de los libros que, en las noches templadas, nos lee la vecina Fani. Es una de las pocas a las que ni siquiera una edición antiquísima de Las mil y una noches logra asustar. Su voz es ronca y profunda, pero evoca mundos mágicos que nos absorben como un remolino en el lago.

Nunca antes había estado lejos de mi casa; lo más lejos que he estado fue cuando mi padre tomó prestada la carreta de un vecino y me llevó a una feria en un pueblo distante, donde pasaríamos todo el día vendiendo la cosecha. Además del bullicio, los olores extraños y el ruido que me invadían las fosas nasales y me mareaban, noté algo raro. Por todas partes se escurrían pequeñas alimañas, ágiles y peludas, rápidas y vigilantes. Gemí y di un salto cuando una de ellas me arañó. No eran ni de lejos tan dóciles como las vaquitas. El caballo del vecino, el animal más huraño del mundo, es un santo comparado con esas sabandijas, como las llamó mi padre mientras me lavaba la herida. Me recorrió un mal presentimiento. ¿Qué eran esos demonios, esos diablos de cuatro patas que se escurrían de manera tan antipática y se permitían de todo? Si soy sincero, no todos eran así. Es verdad que algunos animales estaban sucios de barro, flacos, famélicos y malvados como el diablo. Otros parecían más amables. Algunas personas bien vestidas y regordetas los llevaban atados con correas. A uno incluso mi padre le rascó detrás de las orejas cuando se acercó a olfatear nuestro puesto. Me quedé pasmado. Mi padre nunca me había dado la impresión de ser un valiente que se atreviera a acercarse a esas bestias extrañas. ¿Acaso no había visto cómo una de ellas me había atacado? Como Simbad, que no vacila ante el gigante. Mi padre frunció el ceño un poco ante mi creciente respeto por él, pero no me dejó en la oscuridad por mucho tiempo. Evidentemente, no tenían nada de especial. Simplemente en nuestra aldea no existían.

Una esbelta bestezuela de cuatro patas, con cola larga y pelaje alborotado, se acercó a frotarse contra mis piernas, emitiendo un sonido burbujeante. Con gusto la acaricié y ella se estiró, maullando. Mi padre me dijo que era un gato y que le gustaba comer ratones. Tampoco sabía qué eran los ratones. Le pregunté por qué en nuestra aldea no había gatos ni ratones, ni esos peludos que hacen guau guau. Con gesto agrio se encogió de hombros.

—Tampoco tenemos camellos; no todos los animales están en todas partes. —Esa fue toda la explicación que me dio. Aseguró que algún día lo explicaría, pero que ahora no tenía tiempo. Quería que ahuyentara al gato que se me enredaba entre las piernas—. Solo dará problemas —dijo, y se fue.

No tuve corazón para echarlo así sin más. Por primera vez en mi vida desobedecí a mi padre y lo escondí en la cesta, cubriéndolo con paja. Se durmió enseguida. Mi padre no notó que viajábamos a casa con un polizón.

Al principio se enfureció. Luego se dejó caer en una silla y apoyó pensativo la barbilla en la mano. Me dijo que nuestra aldea no era un buen lugar para animales pequeños. Desde que él recordaba, nunca los había habido allí. Si algún perro se extraviaba y llegaba, pronto desaparecía.

—Algo los ahuyenta—, añadió abatido.

Le sirvió un poco de leche en un cuenco y se fue a la casa del vecino. Me entristeció cuando mi padre anunció que se la daría al vecino cuando este fuera a la ciudad. Jugábamos felices con la pequeña criatura y ella nos había tomado cariño, igual que nosotros a ella. Yo estaba decidido a hacer cualquier cosa con tal de que no se fuera.

Mis hermanos y yo dormimos en una cama compartida, demasiado pequeña para todos, por lo que nos apretujamos y nos trepamos unos sobre otros. Aquella noche no hubo peleas. Lojzek y Mihec se metieron cansados bajo la manta gastada y yo también me deslicé debajo. Me quedé dormido enseguida, hasta que algo cayó sobre mi vientre. Era el gatito, que dio unas vueltas sobre mí, me hizo cosquillas, se estiró y se quedó dormido sobre mi pecho. Saqué la mano de debajo de la manta y acaricié el pelaje suave, que ondulaba monótonamente con su respiración. A mí también me venció el sueño y me llevó a unos sueños en los que los niños de la aldea, junto con la gata, ahuyentábamos a un oso al que luego mamá tumbaba de espaldas de un solo golpe.

En mitad de la noche sentí movimiento y el peso desapareció de mi pecho. Mi mano cayó sobre la manta y oí un leve toc en el suelo de madera. Abrí los ojos despacio y en la oscuridad distinguí una pequeña sombra que se alejaba por el pasillo. Dio unas vueltas por la habitación y luego saltó al alféizar y se deslizó por la ventana. El corazón empezó a latirme con fuerza.

—¿Se irá así sin más? —pensé, conmocionado.

Me levanté sin despertar a nadie y caminé de puntas de pie hacia la puerta. Afuera, la gata avanzaba despacio por el sendero, casi aturdida. La alcancé e intenté agarrarla; con desgana me mordió y se zafó de mi mano. ¿De verdad quería irse? La seguí hasta el borde de la aldea, pero, curiosamente, no tomó el camino que conduce a la ciudad. Caminé con ella, observándola. Era distinta. Se balanceaba con ritmo, como si bailara una melodía inaudible. Pasamos más allá de la aldea, hacia la espesura. Temía que se internara en la naturaleza salvaje y se perdiera. Cuando llegamos al viejo pozo, me decidí: la agarraría y la llevaría a casa, aunque me arañara o mordiera. Pero antes de que pudiera hacer nada, trepó al borde del pozo. Durante unos minutos nos quedamos ambos en silencio. Ella miraba, como en trance, la oscuridad del interior. El pozo llevaba abandonado desde siempre; el anillo de piedra se había desmoronado y ahora no era más que un agujero rodeado de escombros cubiertos de maleza. La gata se irguió y… saltó. La oscuridad la engulló. Grité y me lancé hacia adelante, pero ya no estaba. Miré, horrorizado, la profundidad de las sombras. No vi ni oí nada, no percibí nada. Volví a casa impotente. Me metí bajo las sábanas y no pude cerrar los ojos hasta el amanecer.

Por la mañana le conté a mi padre lo ocurrido, pero no me creyó. Según él, lo había soñado; el gato seguramente se había ido a buscarse la vida a algún lugar donde hubiera ratones. Le conté a Franc lo sucedido y llamamos también a Jože, diciendo que íbamos a ver el pozo. Le quitó una cuerda a su padre y ató a ella trozos de madera.

—Para hacer una escalera—, declaró.

El pozo no era profundo. Tiré una piedra y al instante oí el eco. Franc, Jože y yo descendimos a la oscuridad. Aterricé con los pies en algo húmedo y resbaladizo; los escombros crujieron bajo mis suelas. El sol brillaba desde arriba y permitía ver, pero no había rastro de nuestro gatito. Palpábamos alrededor cuando Jože señaló que en un rincón distante se escondía un agujero. Era lo bastante grande para un niño y conducía a la negrura. Con pasos lentos y cuidadosos atravesé la abertura, que continuaba en un túnel sombrío. Francel avanzó más rápido que yo, arrastrando los pies y rozando la pared con la mano para ser el primero en descubrir el secreto.

—¿Adónde lleva? —se preguntó Jože.

Seguimos así durante unos minutos sobre el suelo pedregoso y afilado. Mis ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y podía distinguir los contornos del pasadizo. Miré la pared fría en la que descansaba mi mano. De pronto algo me cosquilleó en los oídos. Oí un pulso furtivo, en un ritmo extraño. Quise llamar a mis amigos, pero la melodía era tan tenue y aguda que se perdió cuando giré la cabeza hacia el fondo del túnel. ¿Lo habría imaginado? Había algo en el aire; sentía vibraciones indefinibles, pero todo era tan silencioso que no estaba seguro.

Francel y Jože ya estaban mucho más adelante. Les grité. Me respondieron que fuera. Ante ellos el pasadizo se ensanchaba. En la oscuridad solo distinguía sus siluetas. De pronto, la silueta más lejana quedó cubierta por la sombra y se borró en la negrura confusa de la cueva. Un grito mortal resonó por el pasadizo y me sacudió las entrañas. Reconocí la voz de Francel. La sangre me ardió primero y luego se me heló. Jože también empezó a gritar y vi que caía al suelo. No sabía qué estaba pasando y solo pude quedarme clavado en el sitio. Me despertó un chasquido áspero y los gritos de Jože se transformaron al instante en un aullido lloroso. De inmediato al aullido humano se unió también el silbido de antes, constante, que anulaba cualquier otro sonido y me llenaba la cabeza. Me invadió un mareo que me arrancó de la parálisis. Huí. Aunque no del todo. Una fuerza de atracción, pese al llanto que se apagaba, me arrastraba hacia el origen de aquel sonido cada vez más embriagador. Pero el miedo fue más fuerte y pronto ya estaba cerca de la abertura del pozo cuando oí que algo golpeaba el suelo de la cueva detrás de mí. Y otra vez. Y otra. Golpes resbaladizos sobre el suelo mojado. Se acercaba cada vez más. Me lancé por el agujero y me aferré rápido a la cuerda. Empecé a trepar. Mientras tanto, algo se abrió paso por la abertura y desde arriba del pozo se derrumbó una cascada de piedras. Cuando asomé por el borde, miré atrás de reojo, algo que no debería haber hecho. Una serpiente enroscada, redonda como el tronco de una vaca, pero corta, con una cola apenas tres veces más larga que su tosco hocico. Negra como el carbón y con ojos que, al sol, brillaban dorados como girasoles. Me desplomé fuera del pozo sobre los escombros, respirando hondo. El monstruo no me siguió. El miedo me dejó vacío. Cerré los ojos y perdí el sentido.

Ya era anochecer cuando me encontró mi padre.

—¿Dónde te habías metido? —me preguntó, preocupado. —Aturdido, miré el cielo del atardecer teñido de rojo—. ¿Has visto a Francel? —insistió mi padre—. Su madre lo está buscando.

Di un salto y miré dentro del pozo. No había nada. Pero la escalera seguía allí. Le expliqué atropelladamente lo sucedido. Me miró como si fuera el mayor de los tontos.

—No seas ridículo. Te habrás dado un susto. ¡Y cómo no, si duermes sobre piedras!

Me arrastró a casa. Quería que le dijera adónde había ido Francel, pero cuanto más le hablaba de la cueva y gigantesca serpiente, más negaba con la cabeza.

—Espero que no se haya perdido en el bosque —dijo, y me mandó a la cama.

Creí que no podría dormir, pero me equivoqué. Me sumergí en las nubes del sueño.

En el sueño desperté a medias. El aire estaba impregnado de la melodía de la cueva. Ahora era nítida y completamente clara. Tan dulce y embriagadora que en la boca me revoloteaba un sabor a miel y casi podía sentir la nata dulce en la punta de la lengua. Las manos y los pies me ardían de calor como nunca. Ni bajo las mantas más gruesas me había sentido nunca tan agradablemente abrigado. Atravesé una bruma de espuma dulce y una cálida brisa veraniega me despeinó el cabello. Ante mí se reveló una tierra de luz. Me metí un dedo en la boca y lo chupé. Sabía a la mejor ternera. En el aire flotaban aromas de todas las delicias. A lo lejos brillaba un arcoíris. Bailaba invitador, como una promesa de los mayores placeres. Fui tras él. De otras brumas llegaban también otros niños. Allí estaba Micka la de Pisker, y Martin de la taberna. Detrás de mí avanzaban Lojzek y Mihec. Todos lucían las sonrisas más radiantes. La melodía crecía cada vez más fuerte y se volvía cada vez más dulce. Me recordaba las canciones que mamá me cantaba antaño. Nunca mi corazón había estado tan lleno de alegría. Por el sendero de ámbar llegamos al origen del arcoíris. Brotaban de un agujero en el que se mezclaban miel y azúcar; flotaba dentro el potaje más fragante y los aromas de las morcillas se expandían hacia afuera. Del centro asomaba una preciosa serpiente amarilla como el sol, que entonaba una canción maravillosa. Mamá la acariciaba, vestida de blanco, coronada como una emperatriz, y sus cabellos castaños estaban esparcidos a su alrededor, exactamente como los recuerdo. A su lado también estaban Franc y Jože. Comían dulces y reían. Así que allí estaban. Los muy atrevidos, cómo habían llegado antes que yo. Todos los niños trepamos al borde del agujero y saltamos hacia la serpiente dorada.

Domen Mohorič, nació en 1992 en Eslovenia. Es sociólogo, historiador y filósofo de formación. Escribe y publica relatos cortos de ficción especulativa, que abarcan desde el terror, la historia alternativa, la ciencia ficción y la fantasía, hasta una mezcla de todos ellos. Publica relatos en revistas literarias eslovenas como Novi zvonLiteraturaMonstrum ObscurumSupernova y en los portales Znanstvena fantastika y Vrabec anarhist. Fue incluido en la antología eslovena Ficción Especulativa, publicada en esloveno e inglés.

 

jueves, 25 de diciembre de 2025

LA ARCILLA DEL MAESTRO MERCHART

Domen Mohorič

 

Un viejo proverbio dice que la pluma es más poderosa que la espada. Alguien, ignorante de la metáfora o simplemente irónico, podría objetar afirmando que un lápiz, al fin y al cabo, jamás ha partido a nadie en dos. Sin embargo, quien dice eso no comprende cuán profundamente puede cortar una palabra. La pluma quizá no sea capaz de atravesar la piel, pero llega más lejos que el corazón, donde se detiene la espada. Hiende el espíritu humano y lo empuja a una desgracia que ni la pérdida de miembros podría igualar. Yo mismo fui testigo de las consecuencias de palabras peligrosas, y ello me lleva a pensar que tal vez habría sido más piadoso que su dueño hubiese blandido una hoja y cortado el cuello de su víctima. Porque la tragedia fue aún mayor porque la hoja dejó tras de sí felicidad, mientras que la agudeza de la lengua sumió a su desprevenido destinatario en la desesperación.

Han pasado ya varios años desde que fui testigo de los acontecimientos en torno al maestro Merchart. Por entonces aceptaba cualquier trabajo que se me cruzara. Tal como se reveló, mi título en Historia de la Estética era tan inútil como me había asegurado mi padre cuando partí hacia la ciudad. Me llegó de oídas que el estimado artista Merchart buscaba un nuevo ayudante, pues una y otra vez despedía al anterior en arrebatos de ira. Unas veces los acusaba de incompetencia; otras, en efecto, lo eran; y en ocasiones los arrojaba por el umbral por razones completamente triviales. Esta vez, según se decía, el ayudante había intentado seducir a su hija, lo que le valió una vasija en la cabeza, una ceja partida y una patada en el trasero.

Desde el primer momento en que lo conocí pude percibir la violencia de su carácter. Y no me refiero solo a su impacto en los demás. Claro que todos se volvían a mirarlo cuando caminaba por la calle. ¿Cómo no hacerlo? Era tan alto que sobresalía una cabeza y media por encima de cualquier multitud, ancho de hombros como un carnero y con una melena que cualquier vikingo habría envidiado. Asimismo, cualquiera enmudecía cuando el maestro alzaba la voz. Pero su verdadera fuerza provenía del pathos con el que creaba sus obras. Trabajaba principalmente con arcilla y, con sus manos robustas, lograba composiciones tan imponentes que incluso las piezas más pequeñas dominaban el espacio.

Para él realicé sobre todo tareas secundarias de las que no quería ocuparse: desde la adquisición de materiales hasta la correspondencia con compradores potenciales y ciertos trabajos físicos, ya que, pese a su tamaño y aparente vigor, se enfermaba con frecuencia. Era su hombre para todo. Al final, incluso tuve que hacer de ayo de su hija, a quien protegía como a la niña de sus ojos. Según supe por los vecinos, ella era lo único que le quedaba de su esposa, a la que también había amado profundamente y que había desaparecido en circunstancias inexplicables poco después del nacimiento de la niña. Desde entonces, Merchart se había dedicado casi obsesivamente a su hija.

La joven rondaba ya la veintena tardía, pero se comportaba en gran medida como una adolescente consentida. Tenía a su padre enrollado en el dedo, y creo que buena parte de su dinero –que no era poco– acababa en su bolsillo, del que pronto desaparecía quién sabe adónde. Mi relación con el maestro Merchart fue siempre impecable pero, de haber terminado como con todos sus demás ayudantes, jamás habría tenido ocasión de saberlo.

Aquella semana fatídica estaba negociando en nombre del maestro con una empresa que deseaba preparar, en colaboración, una presentación monumental como el mundo jamás había visto. Al menos así lo afirmaban en su propuesta. Según su representante, la compañía había patentado un “análisis frecuencial de la memoria de la arcilla”. Su dispositivo supuestamente era capaz de mapear los patrones moleculares profundos de la arcilla, que luego decodificaban como ondas sonoras del tiempo en que esta se endurecía y atrapaba las vibraciones en su interior. No habían encontrado un valor comercial concreto para esa tecnología. Por supuesto, interesaba a los filólogos, que casi alcanzaban el éxtasis al escuchar las charlas de los griegos de hace miles de años, extraídas de vasijas antiguas. Pero para grabaciones era demasiado poco práctica. Así que decidieron recuperar al menos parte de la inversión y propusieron al maestro Merchart una exposición multimedia titulada Cuando la arcilla del maestro habla.

Merchart desestimó la propuesta con un gesto de la mano.

—Haz aquello por lo que te pagan y no me molestes —dijo.

Luego volvió a su trabajo. Bajo sus manos crecía una escultura de arcilla, una especie de flor con un rostro masculino. El rostro era feo y deformado, pero me resultaba inquietantemente parecido al mío. No quise seguir mirándolo, así que me encogí de hombros y di el visto bueno al evento. Pensé que el maestro se enfurecería al ver que reproducíamos ante todos sus gruñidos durante el trabajo, pero si lo seguía importunando me echaría en el acto, en lugar de después de la exposición. Y, al fin y al cabo, incluso eso habría sido mejor.

Llegó el gran día y en la galería central de la ciudad se reunieron todas las obras del maestro, traídas del almacén y obtenidas a fuerza de ruegos de galerías y colecciones privadas. El maestro parecía un oso al que alguien había metido, por alguna razón incomprensible, dentro de una chaqueta. Frente al público de notables y invitados selectos se sentía como un pez fuera del agua, y creo que incluso un oso se habría comportado con menos torpeza. A su lado estaba su hija, con una elegancia tan falsa como la estola de piel sintética de zorro que llevaba alrededor del cuello. Vestía un traje refinado que seguramente costaba más que mi coche. Charlaba animadamente con los invitados y disfrutaba de la atención que atraía su padre. El maestro, en cambio, probablemente habría preferido hundirse en la tierra antes que seguir allí.

Yo me apoyaba en la barandilla del piso superior, adonde me habían enviado porque, según la hija, no tenía lugar junto al invitado principal. Comenzó el acto central y la gente tomó asiento. El maestro y su hija se sentaron en la primera fila, junto al alcalde y a una constelación de influyentes y ricos. Se apagaron las luces y la sala quedó a oscuras. Un foco iluminó el escenario. Introdujeron el dispositivo sobre un carro: parecía un gran cubo blanco y luminoso, en cuyo interior había sensores que analizaban los patrones de la arcilla. El curador, con las manos enguantadas, llevó una de las obras de Merchart. Era una de la serie de flores en las que había trabajado últimamente. Solo que, a diferencia de la escultura con mi rostro, esta tenía un rostro bellísimo, claramente inspirado en su hija.

Los sensores comenzaron a zumbar y captaron todas las fluctuaciones del aire.

Extrajeron palabras.

—Bien, escuchemos al maestro Merchart en su trabajo —dijo el curador.

No sabía qué esperaban ellos, pero yo obtuve exactamente lo que esperaba.

—¡Pedazo de imbécil! —rugió la voz del maestro—. Te dije loza fina, no caolín, idiota. ¿Quieres que te los meta en la boca para que los distingas de una vez…?

La voz se apagó.

—Bueno… bueno… —dijo el curador, tartamudeando—, sin duda necesitamos emociones fuertes en el trabajo, ¿no es así? —El público asintió, desconcertado—. Sigamos adelante —dijo, en un intento de apresurar el trámite.

Como si fuera a ser distinto, pensé. Pero lo fue. Trajeron una nueva obra, más antigua, de la época anterior a que el maestro se convirtiera en una sensación cultural.

—Esta obra fue creada hace veintisiete años.

Era un puño artísticamente elaborado que apretaba un corazón del que brotaba roca magmática. No sé cómo la había hecho, pero demostraba por qué a Merchart lo llamaban maestro. La colocaron en el dispositivo y volvió a oírse el sonido. Pero esta vez no era la voz del maestro, sino las voces desconocidas de una mujer y un hombre.

—¿Cuándo, cuándo, amor mío? —dijo la mujer.

—Tengo que saldar algunas cuentas más y luego nos iremos —respondió el hombre.

—Ni siquiera ahora sería lo bastante pronto. Ya no puedo más. No puedo —la voz de la mujer se quebró en llanto—. ¿Es que no entiendes que no soporto ni un segundo más con ese loco? No es más que un psicópata cruel. Nada más y nada menos.

—¿Y el niño? —en la voz del hombre se deslizó la inseguridad.

—Es tuyo, pero no quiero que él jamás venga tras de mí…

El silencio cayó sobre la sala. Alguien rugió abajo y las sillas, con las personas sobre ellas, salieron volando cuando una figura enorme se abrió paso a empujones hacia la salida.

La última vez que vi al maestro Merchart fue algunos meses después de aquel suceso. No era más que la sombra del antiguo coloso que con su sola presencia podía intimidar a cualquiera. Estaba aplastado por el pasado, y aquel mensaje lo había envejecido varias décadas. Como si la palabra, atrapada en la arcilla, le hubiera cercenado algo vital. Quizá por eso las cosas sin boca no hablan: porque no saben morderse la lengua y dejar que el pasado permanezca donde debe, sin que, como un fantasma, persiga al presente.

Domen Mohorič, nació en 1992 en Eslovenia. Es sociólogo, historiador y filósofo de formación. Escribe y publica relatos cortos de ficción especulativa, que abarcan desde el terror, la historia alternativa, la ciencia ficción y la fantasía, hasta una mezcla de todos ellos. Publica relatos en revistas literarias eslovenas como Novi zvon, Literatura, Monstrum Obscurum, Supernova y en los portales Znanstvena fantastika y Vrabec anarhist. Fue incluido en la antología eslovena Ficción Especulativa, publicada en esloveno e inglés.

 

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