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domingo, 24 de mayo de 2026

BARRIDO Y LIMPIEZA

Hernán Bortondello

 

Fernando López, astronauta y capitán de la pequeña nave exploradora “Gitana”, acababa de regresar a la Tierra dos siglos después de emprender un viaje interplanetario que para él duró solo cinco años. Previendo el desfasaje espacio temporal, había sido preparado para enfrentar distintos escenarios a su regreso. No lo hubiera sorprendido, por ejemplo, un mundo híper tecnológico donde los robots hubieran reemplazado a los humanos y sus limitaciones. Tampoco le habría asombrado encontrar una civilización terrestre autodestruida y los hombres vueltos a la bestialidad. Incluso consideró posibles alternativas utópicas, como descubrir a una humanidad despegada de lo material, seducida por un movimiento neo hippie, entre otras. Sin embargo, ahora la realidad se manifestaba ante él, quitándole el piso bajo los pies. El puerto espacial Jorge Newbery lo recibía con una inexplicable desolación; demasiado pulcro, demasiado familiar. Atónito por la ausencia de personas, comenzó a caminar adentrándose en su entrañable ciudad de Buenos Aires. Mientras deambulaba al azar, su mirada descubrió algo asombroso: la capital estaba exactamente como la recordaba, excepto por un silencio imposible y abrumador, como el de una catedral vacía. Después de caminar durante una hora, angustiado por la soledad irreal que lo rodeaba y la ausencia del bullicio típico de la gran urbe, el inconfundible rasgueo de una escoba lo sobresaltó como si se tratara de un estallido. Cerca de la esquina hacia la que se dirigía, un empleado municipal barría el cordón de la vereda. Ansioso, Fernando, apuró su paso hasta alcanzarlo.

—Buenos días, señor, disculpe… ¿Dónde están todos? —preguntó tratando de que su creciente inquietud no se convierta en pánico.

El hombre, un cincuentón de cara curtida por soles veraniegos y el viento gélido de demasiados inviernos, pareció sobresaltarse ligeramente al ser abordado. Tras alzar la vista, observa a Fernando entre sorprendido y extrañado.

—No sé, jefe. Solo quedamos los necesarios —contestó el hombre con serena resignación y un ligero levantar de hombros.

—¿Cómo que no sabe, amigo? ¿Qué me quiere decir con que solo quedan los necesarios? ¿Los necesarios para qué? —Fernando sintió que le faltaba el aire.

—No lo sé. Un día simplemente no estuvieron más. Sólo quedamos los de mantenimiento: barrenderos, recolectores de basura, bomberos, técnicos y pocos más.

—¡Madre de Dios! Pero… ¿Qué supone que ocurrió? —Fernando rogó por una respuesta, al borde de la náusea.

—Escuche, frente a nuestras casas aparecen packs de supervivencia, y no aparecen si no trabajamos. Quién sabe… Supongo que ellos desean que les cuidemos las instalaciones.

—¿Ellos? ¿A qué se refiere con ellos? —Al borde de la histeria, la voz del astronauta sonó aflautada.

—¿Qué quiere que le conteste, señor? —respondió el barrendero perdiendo la paciencia—. Ellos, algo, o alguno, o algunos… ¡Carajos, no tengo idea! Lo cierto es que se han llevado al grueso de nuestra gente. ¡Millones y millones de nosotros! ¿Entiende? —Hizo la pregunta con los ojos desencajados—. Millones de nosotros… —masculló en voz muy baja, tratando de calmarse. Y luego de una larga pausa, continuó hablando—. Vuelvo a repetirle, muchacho —dijo en un tono más tranquilo y paternal—, estos entes, o como usted quiera llamarlos, distribuyen regularmente lo necesario para que los restantes sobrevivamos; pero nunca los vemos. Saque usted sus propias conclusiones, porque en lo que a mí respecta… —no alcanzó a terminar la frase; la persona que lo había estado interrogando acababa de desaparecer ante sus ojos.

Horrorizado, Fernando solo atinó a persignarse mientras se quedaba mirando reverentemente al espacio que segundos antes ocupaba el barrendero. Finalmente, venciendo su perplejidad, y todavía temblando, empuñó con una mano la escoba y con la otra una pala de mango alto; recogió la basura acumulada y la volcó dentro del carrito de recolección. Luego, con paso lento y reflexivo, continuó su recorrido calle abajo sin volver la vista atrás. Trató de pensar que, luego de barrer las tres cuadras que le restaban, podría volver a su casa y a encontrarse con su familia que lo esperaba para almorzar.


Hernán Ernesto Bortondello nació el 7 de setiembre de 1960 en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, donde actualmente vive. Ha desarrollado su vida laboral en la Informática desde 1975. Le gusta expresarse desde lo artístico: escribe, dibuja y pinta, tanto analógica como digitalmente, le gusta la fotografía de vida silvestre, crea artesanías con material de reciclaje y es fanático del cine y de la lectura desde niño. Ha publicado poesías y cuentos en grupos digitales de literatura como Escritores Independientes; Escritos, insomnio y café; Poetas y escritores del Mundo; etc., y sus relatos han sido publicados en revistas literarias como Sinergia y Cronopio. Trata de perfeccionar sus recursos y herramientas en distintos talleres literarios y, desde hace dos años, ancló en el TALLER 9, del que es un destacado animador.

viernes, 6 de febrero de 2026

LA NAVE

Hernán Bortondello

 

Hacía tanto que viajaba en ella que no recordaba su aspecto exterior ni cuándo se la habían asignado. El habitáculo principal medía aproximadamente cuatro por siete metros. Solo dos pequeños compartimientos se le anexaban: el de sanidad y el de alimentación. En una especie de litera ubicada en la parte posterior, yacía con los ojos abiertos el único tripulante, tratando de hallar una razón valedera para abandonar el lecho. Últimamente no se le ocurría ninguna y únicamente su viejo sentido del deber lo empujaba a levantarse mañana tras mañana. Mas ponerse en pie no era el único problema; también debía escuchar un audio para rememorar qué tareas incluía la rutina diaria. Las tinieblas invadían cada vez más territorios de su memoria.

Pero el olvido no era una consecuencia de los largos años atravesando el tiempo y el espacio. Por el contrario, era su traumático presente el que erosionaba su psique. A la permanencia definitiva en aquel planeta, del que ya nunca remontaría vuelo, se sumaba  la imposibilidad personal de salir a la superficie, respirar su atmósfera, interactuar con la fauna y la flora e intentar vincularse con los habitantes de la civilización nativa. Es que, inexplicablemente, en él se había desarrollado una fobia por todo lo que tenía que ver con ese mundo.

Sin embargo, penetrando en lo más profundo de su mente y espíritu, se podía descubrir la verdadera razón de su decadencia. Una que nada tenía que ver con la soledad y la certeza de que moriría sin ninguna compañía. No, el oculto y fatal motivo radicaba en el hecho de que ya no podría huir de la culpa que lo atormentaba. Sus frecuentes viajes espaciales le habían brindado la ilusión de que la dejaba atrás junto a la convicción de que jamás sería perdonado.

Otra vez el reloj marcó las 15:00, hora de su tierra natal. Levantando los dedos del teclado, suspendió los registros en la bitácora que, dadas las circunstancias, se había convertido en un diario personal. Acopiando fuerzas, se incorporó del asiento frente al pequeño tablero y con paso cansino fue hacia el dispensador de café. Tras servirse una taza, se acercó a la ventana principal, único contacto con el inalcanzable exterior, y jaló el control para retirar la pantalla de protección solar. Ésta, lentamente, se fue plegando hasta ocultarse casi en el techo de lo que ahora no era más que un barco varado. Así, de abajo hacia arriba, volvió a revelarse una tierra ajena. El bombardeo de estímulos visuales siempre lo atontaba un poco al principio, y para asimilarlo bebía un trago muy caliente. Sus ojos demoraban unos segundos en acostumbrarse a la luz de aquella gigantesca estrella y recién entonces podía escrutar el paisaje. Con los años, había aprendido a identificar, y hasta cierto punto comprender, muchos aspectos de él y de la vida que lo habitaba. Pese a ello, ésta última le provocaba un extraño rechazo. En particular, le desagradaba la audacia de unas pequeñas criaturas aladas que caían desde el cielo como flechas. Cubiertas de algo parecido a un pelaje, ora colorido, ora grisáceo, aterrizaban sobre lo que consideraba algún tipo de formaciones botánicas y entre cuyas encrucijadas ramificaciones, cubiertas de un verdor que les era común, las desfachatadas alimañas se cortejaban, hacían el amor o entablaban feroces peleas territoriales. Es cierto que no podían verlo, pero esos ágiles bichos lo sobresaltaban. Detectaba perfidia en sus redondos ojillos cuando se acercaban y golpeteaban con agudos picos el marco exterior del cristal espejado, alimentándose con los insectoides que anidaban en él. Pero, a pesar de la aversión que les tenía a los que bautizara como animalejos, se preocupaba de filmar sus distintas especies y tomar detalladas notas sobre sus hábitos y conductas.

Estos seres eran los que con más frecuencia observaba, pero no eran los únicos. Existían, entre otros, unos cuadrúpedos aparentemente más evolucionados, que si bien eran de muy variadas formas, tamaños y pelajes, él deducía que derivaban de un tronco común. Por algún motivo los más pequeños le resultaban especialmente simpáticos. Los de mayor talla, mucho más amenazadores, solían ser acompañados por lo que definía como entidades biológicas miméticas y que, creía, estaban dotadas de un sentido poderoso y desconocido. No podía explicarse de otra manera cómo habían sabido de él, sin siquiera observarlo, y luego imitar a la perfección la forma humana. Le intrigaba sobremanera descubrir cómo lograban inferir la existencia del sexo femenino y masculino, replicando sus diferencias y teniendo especial cuidado en no repetir rostros y conformaciones físicas. Desconocía, también, como eran capaces de determinar los límites de su campo visual, ya que, con seguridad, ellos cambiaban su apariencia original un segundo antes y un segundo después de aparecer ante él. No le cabían dudas de que eran intelectual y socialmente avanzados. Esto le resultaba obvio al analizar sus conductas. Si bien por lo general sólo los veía deambular, de tanto en tanto se detenían y conversaban. Asombrosamente, sus maneras y gestos eran idénticos  a los del homo sapiens. Ergo, se decía, la habilidad de imitación a un nivel tan complejo sólo podía ser desarrollada por una inteligencia muy evolucionada.

Aquella tarde en particular apenas había visto a dos miméticos masculinos. Simulaban ser individuos adultos e iban muy relajados, casi hombro con hombro, hablando de algo  seguramente gracioso dadas sus amplias sonrisas. Después, sólo unos pocos animalejos posándose y levantando vuelo, pero nada más.

Mucho tiempo atrás, se había impuesto un horario de vigilancia y relevamiento que terminaba a las 18:00. Habiendo ya pasado dicha hora, estaba por bajar la pantalla solar y activar la iluminación artificial. Fue en ese momento cuando un mimético femenino apareció de repente frente a él y le dio el susto de su vida. Con las palmas apoyadas contra el grueso vidrio templado, daba la impresión de estar mirándolo. Pero eso es imposible, pensó, ¡esta criatura no puede verme, sólo se refleja a sí misma!, exclamó con voz cascada, como para convencerse.

Aquella entidad imitaba el aspecto de una jovencita de unos dieciséis años, cabello negro muy largo y facciones exquisitas. Entonces, el terror lo paralizó, resultándole imposible hacer otra cosa que no fuera observar aquel rostro. Los ojos de la extraña, negros también, le resultaban muy familiares. Muy, pero muy familiares, atinó a decirse. Cómo si un rayo hubiese iluminado su mente, supo que aquella cara era la que lo había visitado por años en un sueño recurrente, uno que lo torturaba y que inevitablemente lo hacía despertar sudoroso y agitado.

¡Es ella! ¡Dios, es ella!, quiso aullar, pero la angustia le cerró la garganta y sólo pudo exhalar un sonido ahogado e ininteligible como un estertor. Sintiendo un horrible mareo, creyó que la consciencia se le estaba licuando y que empezaba a girar alrededor de la imagen imposible, enmarcándola. Finalmente, luego de un tiempo que no pudo precisar y habiendo alcanzado el clímax de la desesperación, comenzó a invadirlo una especie de relajación fruto del agotamiento nervioso. Los latidos del corazón fueron normalizándosele, y su vista, que se le nublara por el estrés, pudo volver a enfocar gradualmente a la muchacha. Era una locura, pero no tenía dudas: se trataba de Érica, su único amor; la novia que, siendo demasiado joven e inmaduro, abandonara con un bebé en el vientre.

Ahora ella estaba allí y le estaba gritando algo que no podía escuchar, pero su expresión era de súplica y sobre sus mejillas encendidas se deslizaban unas lágrimas que lo hicieron olvidarse de todo: la precaución por una atmósfera desconocida, la fobia incomprensible a lo externo, la soledad falsamente asumida y el temor a la muerte.

¡Érica!, y esta vez sí pudo rugir su nombre mientras se abalanzaba a la compuerta de aire. Atropelladamente, abrió la primera puerta, cruzó la esclusa y, sin pensarlo siquiera, hizo lo mismo con la segunda. En su inconsciencia, no se había puesto el traje protector. Ahora estaba afuera…

—¡Abuelo! ¡Me vas a matar de un susto! ¿Por qué no me contestabas las llamadas? —le recriminó ella, llorando y fuera de sí.

Atontado, como si le hubiesen asestado un golpe en la cabeza, el viejo no supo qué contestar.

—¡Tonto y más tonto! ¡Acá te traigo la vianda! ¿Otra vez te olvidaste de cargar la batería del celular? ¿Acaso no querés alimentarte? ­­—Patricia, angustiada y casi sin aliento, era fiel calco de su abuela Érica.

Agachando la cabeza como un niño en falta, se quitó de la entrada para dejar pasar a su nieta, que como una tromba se dirigió a la cocina.



Hernán Ernesto Bortondello nació el 7 de setiembre de 1960 en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, donde actualmente vive. Ha desarrollado su vida laboral en la Informática desde 1975. Le gusta expresarse desde lo artístico: escribe, dibuja y pinta, tanto analógica como digitalmente, le gusta la fotografía de vida silvestre, crea artesanías con material de reciclaje y es fanático del cine y de la lectura desde niño. Ha publicado poesías y cuentos en grupos digitales de literatura como Escritores Independientes; Escritos, insomnio y café; Poetas y escritores del Mundo; etc., y sus relatos han sido publicados en revistas literarias como Sinergia y Cronopio. Trata de perfeccionar sus recursos y herramientas en distintos talleres literarios y, desde hace dos años, ancló en el TALLER 9, del que es un destacado animador.


 

 

martes, 11 de noviembre de 2025

LO INCONFESABLE

Hernán Bortondello

 

Luis, con sólo doce años, fue quién lo descubrió sentado en su silla de ruedas ante el escritorio. Ariel, su hermano mayor, parecía dormir con la mejilla izquierda descansando sobre los brazos cruzados. Recién al acercársele, descubrió sobresaltado que sus ojos, completamente abiertos, no parpadeaban. Estremeciéndose, sintió que esa mirada congelada lo atravesaba buscando a alguien en la distancia. Supo entonces, con absoluta certeza, que su amado modelo a seguir, su protector y confidente, estaba muerto. Y en el momento que comenzaba a preguntarse por qué, se percató de que delante de aquella querida cabeza, sobre el viejo tablero de roble en el que tres generaciones de Andrades habían estudiado medicina, yacía una jeringa vacía encima de un sobre blanco. El niño entendió con claridad lo que eso significaba. Estirando una mano temblorosa, retiró cuidadosamente la carta por debajo de la aguja asesina. Lleno de congoja, titubeó antes de extraer su contenido: leerlo perfeccionaría lo definitivo. Sin embargo, tomó aliento y lo hizo. A través de una niebla de lágrimas, recorrió las palabras escritas con una caligrafía cuidada; inequívoco símbolo de la firmeza de la decisión. No era una misiva, era una esquela fúnebre, un aviso de defunción impreso por anticipado. Allí, su hermano contaba que su gran amor, Julia, la joven enfermera que les presentara a sus padres dos años atrás, le había confesado haberse enlistado como voluntaria para atender a los heridos en Puerto Argentino y que partiría en dos días. Aquel acto secreto del que había sido excluido, la pronta lejanía física y el peligro mortal que correría la muchacha tras las líneas de combate, consiguieron hacerle perder la cabeza. Desesperado, fuera de sí, no pudo evitar gritarle con furia todo tipo de amargos reproches, y, a ellos, siguieron insultos tan hirientes que la muchacha decidió terminar con el noviazgo.

Pese a la ruptura, él creyó que podría remediarlo. Poseyendo estudios médicos avanzados, se enrolaría también como personal sanitario. Una vez en las islas no tardaría en ubicarla; sabía que obtendría su perdón y lograrían reconciliarse. Esperanzado, intentó llevar a cabo su plan, pero el ejército no lo admitió: la invalidez de sus piernas fue el obstáculo fatal, su condena. El texto transmitía fielmente toda la amarga impotencia que ensombrecía su vida. Para Ariel, que la última puerta se le cerrara en sus narices, había sido devastador. Enloqueció imaginando que su ángel, su razón de vivir, no volvería de aquel infierno.  No podría soportarlo, era el fin… Llegó entonces ese domingo fatal, a un mes de que Julia volara a la isla Soledad en un Hércules C-130 y a él se le muriera el corazón.

Las primeras luces de la mañana comenzaban a filtrarse por la ventana del dormitorio cuando se despertó. Sentándose en el borde de la cama fue más consciente que nunca de que ya nada latía en su pecho y que había llegado la hora de oficializarlo. La confesión concluía con una última frase en la que les pedía perdón a su familia y a Dios, explicándoles que no soportaría un día más temiendo recibir la noticia de que la habían asesinado. Luego nada más, sólo un estremecedor punto final.

A nadie extrañó que la tragedia despertara en Luis una apasionada vocación por la psicología, y que doce años más tarde se recibiera como profesional de esa disciplina. El tiempo siguió pasando, como es su costumbre, y al atardecer de un primaveral día del año dos mil trece, el licenciado Luis Andrade aprovechaba una hora muerta para reflexionar sobre uno de sus pacientes más enigmáticos.

Castañeda era un hombre cuya problemática, inicialmente, no le había parecido muy distinta a la de otros que fueron estigmatizados por los horrores de Malvinas. A lo largo de los años, unos cuantos de ellos habían traspasado la puerta de su consultorio buscando ayuda. Aún décadas después de finalizada aquella guerra desigual, el estrés postraumático seguía atormentando a muchos de sus compatriotas, y, aunque al psicólogo lo alentaba una gran vocación, sentía por estos casos un especial compromiso: el conflicto bélico en el remoto archipiélago austral se vinculaba estrechamente al drama que enlutó la vida de sus padres hasta el último instante de sus vidas. Solo él quedaba para mantener encendido el dolor, y ninguna de sus fórmulas profesionales había podido apagarlo.

David Castañeda había luchado como cabo primero en la sangrienta batalla del Monte Longdon, y por su desempeño allí fue condecorado con la medalla “La Nación Argentina al Herido en Combate”. Luego de que finalizaran las hostilidades, tras regresar al continente junto a sus camaradas, decidió retirarse del ejército ante el estupor de quienes cursaran con él la escuela militar. Conocedor de algunos oficios y siendo un tipo muy trabajador, no le faltó trabajo en el ámbito civil. Sin embargo, no duraba mucho en los empleos debido a su mal carácter. Lamentablemente, la secuela más negativa que le dejara la guerra no era la renguera de su pierna izquierda, sino su dificultad para controlar la ira.

Andrade no recordaba cuándo empezó a notar que David era un caso atípico. Quizás, pensó, fuese en aquella sesión, días previos al último año nuevo, en la que unos adolescentes hicieron estallar una bomba de estruendo en la calle. Luis, sobresaltado, dio un respingo en su silla, pero, extrañamente, la única reacción de Castañeda fue la de dirigir una mirada curiosa hacia la ventana. La mayoría de los excombatientes, incluso quienes no sufrían de estrés, hubiesen amagado un cuerpo a tierra como reflejo automático ante lo que bien podrían haber interpretado como la explosión de una granada. También había registrado, que, si bien el ex suboficial relataba los mismos horrores y experiencias vividas por otros soldados, carecía de la inconfundible mirada de los dos mil metros; ese síntoma postraumático caracterizado por una expresión ausente, como si se observara un horizonte más allá de las paredes. Muy por el contrario, la mirada de Castañeda era enfocada, intensa y parecía clavarse en los ojos del psicólogo como si quisiera transmitirle un mensaje que no podía, o no se atrevía, a expresar con palabras. Por un tiempo estos fueron los únicos apuntes destacados en la libreta del médico y, cuando comenzaba a perder las esperanzas de ahondar en su problemática, David empezó a evidenciar un cambio. En las últimas sesiones, Luis había descubierto en el veterano de guerra una apatía que iba in crescendo.  Paralelamente, su paciente le manifestaba que sus episodios de ira se estaban agravando. Tras preguntarle por qué pensaba que le ocurría eso, el paciente dirigió la vista hacia la alfombra bajo sus pies y pareció reflexionar por unos instantes. Luego, irguiéndose en el diván con expresión algo sorprendida, dijo creer que sus arrebatos eran en alguna medida conscientes. Andrade, tenaz como un sabueso, pidió entonces que le intentase explicar por qué buscaría perder el control. La respuesta se hizo esperar; el veterano, con la cabeza gacha otra vez, parecía explorar sus íntimas motivaciones. Finalmente, tras el largo silencio, alzó el rostro y respondió que quizás lo hacía para intentar sentir algo. Ante la mirada interrogativa del terapeuta, el hombre murmuró que cada vez le resultaba más insoportable su propia insensibilidad, revelando que pese a todas las horribles experiencias que le relatara, en realidad no experimentaba que lo hubiesen afectado en lo más mínimo. Sus recuerdos le parecían los de otro, y cada vez le eran más indiferentes. Luis, que tomaba notas del repentino aluvión de información, se dio cuenta que su paciente hablaba tan bajo que casi se tornaba inaudible. Entendiendo el inmenso esfuerzo espiritual que aquella persona había necesitado para penetrar su propio inconsciente, apresuró el fin de la sesión. Luego de despedir a Castañeda con un cálido apretón de manos, cerró la puerta de su consultorio y se dejó caer en el mismo sillón que acababa de ocupar su paciente. Se sentía una bestia; lo había forzado demasiado a enfrentar sus demonios. No volvería a hacer algo así jamás, se prometió.

Una semana después volvían a estar frente a frente. Aún no habían dicho más palabras que las del saludo inicial. Andrade aguardaba en silencio, tratando de no evidenciar ansiedad; no deseaba que su interlocutor se sintiese obligado a hablar antes de estar plenamente dispuesto para hacerlo. Pese a la presunta insensibilidad de la que le hablara en la sesión anterior el ex cabo primero, el psicólogo no pudo dejar de notar que ese día sus ojos transmitían todo lo contrario. Algo ardía en el fondo de ellos y a Luis se le hacía difícil enfrentar aquella mirada: ese fuego lo quemaba también a él. Finalmente, no tuvo más remedio que desviar la vista, simulando que consultaba la hora en su reloj pulsera. Fue entonces cuando reparó en que aquel cincuentón, anclado todavía en sus veinticinco años, estaba apretando tanto el puño derecho que los nudillos mostraban el blanco de los huesos. David Castañeda se dio cuenta que el terapista miraba su mano pero, sin dejar de observarlo, pareció apretarla aún más. Sorprendido, el terapeuta pudo ver filtrase sangre de entre los dedos del hombre. La imagen lo hipnotizó por unos segundos y solo pudo reaccionar cuando las oscuras gotas comenzaron a caer al piso. Abandonando su asiento, como impulsado por un resorte, se sentó al lado de David aferrándole el puño con ambas manos, y, tras gran esfuerzo, logró abrirle la garra. En el medio de la palma ensangrentada había una medalla de plata con el escudo argentino, la cinta celeste y blanca manchada de rojo, y el broche bien hundido en la carne. Castañeda, tapándose los ojos con la otra mano, rompió en un llanto ronco y las palabras brotaron de su boca, atropellándose unas a otras. Quebrado, al fin, dijo que esa condecoración era una burla. Que cuando los ingleses finalmente acabaron con la defensa argentina, el soldado Carlos Méndez y él, ya sin municiones, se habían ocultado entre unas rocas para no ser aniquilados. Que era de madrugada, todo estaba oscuro aún, y por sobre los ayes de dolor de los caídos de ambos bandos, se escuchaban cada vez más cerca conversaciones y órdenes de mando de las tropas inglesas, que avanzaban cuesta arriba para tomar la altura que habían ganado. Esporádicamente, sonaban breves ráfagas de armas automáticas. Que entonces el pibe Méndez entró en pánico. ¡Están rematando a los heridos los hijos de puta!, sollozó con voz ahogada y, loco de terror, lo había empujado a un lado para salir corriendo del escondite... Llegado a ese punto del relato, Castañeda pareció tomar aliento, como juntando fuerzas para lo que iba a decir. Haciendo un evidente acopio de valor, continúo su confesión con un énfasis que rozaba el delirio: ¿Que qué iba a hacer él? Que se espantó también, que no podía permitir que el mocoso delatara la posición, que le había pasado un brazo bajo el cuello para inmovilizarlo al tiempo que le tapaba la boca, y... Aquí Castañeda, agitado, consiguió frenar la verborragia que había escapado después de años de bloqueo mental. Luis aprovechó la pausa y se incorporó para ir hasta el dispensador. Llenó un vaso con agua fría y se apuró a entregárselo al hombre cuya consciencia acababa de hacer erupción. Éste, con su pecho aun subiendo y bajando, intercaló descansos entre trago y trago. Luego, con el vaso aún en la mano, prosiguió con una voz en la que se mezclaban el alivio y el agotamiento extremo. Admitió que su propio miedo a ser asesinado le impidió medir la fuerza con la que apretaba la garganta del conscripto, Desesperado por la falta de oxígeno, el muchacho alcanzó a tomar su bayoneta y apuñalarle varias veces el muslo derecho. Ciego de dolor y aterrorizado por ser descubierto, el cabo primero terminó estrangulando a Méndez. En ese preciso momento percibió el susurro de correajes y apagados ruidos metálicos. El enemigo los había alcanzado. Solo atinó a ocultarse bajo el cuerpo tibio del soldado, haciéndose un ovillo mientras le rogaba a la Virgen María que lo salvara. Escuchó entonces el sordo ruido, como de matraca, de un subfusil abriendo fuego, y los paf paf de las balas impactando en su escudo humano. Creyó a reconocer un sorry, boy, dicho por lo bajo, y, poco después, nada; los invasores los habían dejado atrás. Sin perder tiempo, huyo entre las últimas sombras; justo antes del delator amanecer. 

—La ironía más insoportable, licenciado, fue que más tarde me dieran esta medalla por heridas recibidas en combate… —cerró con amargura el veterano.

Terminada la sesión, David Castañeda se dirigió a la comisaría más cercana y confesó su crimen. Hasta el día de hoy, recibe tratamiento ambulatorio en el Hospital de Salud Mental “Evita” de Villa de Mayo, provincia de Buenos Aires. Pero durante los primeros tiempos, cuando su expaciente debió permanecer internado allí, el licenciado Andrade fue a verlo varias veces, De esas visitas que le hizo, jamás pudo olvidar la primera. En aquella oportunidad, le presentaron a la psiquiatra que atendía a David: la doctora Julia Varela. Al estrecharse las manos, se reconocieron con estupor. A ambos se les inundaron los ojos de lágrimas y de inmediato se estrecharon en un fuerte abrazo que les pareció eterno.

Hernán Ernesto Bortondello nació el 7 de setiembre de 1960 en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, donde actualmente vive. Ha desarrollado su vida laboral en la Informática desde 1975. Le gusta expresarse desde lo artístico: escribe, dibuja y pinta, tanto analógica como digitalmente, le gusta la fotografía de vida silvestre, crea artesanías con material de reciclaje y es fanático del cine y de la lectura desde niño. Ha publicado poesías y cuentos en grupos digitales de literatura como Escritores Independientes; Escritos, insomnio y café; Poetas y escritores del Mundo; etc., y sus  relatos han sido publicados en revistas literarias como Sinergia y Cronopio. Trata de perfeccionar sus recursos y herramientas en distintos talleres literarios y, desde hace dos años, ancló en el TALLER 9, del que es un destacado animador.

sábado, 8 de noviembre de 2025

IMPIEDAD

Hernán Bortondello

 —¡Dame la guita, viejo de mierda! —gritó el muchacho.

—¡No apuntés pibe! ¿Podés bajar el arma, por favor? —suplicó el carnicero.

—¡No bajo un carajo infeliz! ¡No te lo repito viejo, larga la mosca!

—No me hagas esto, mirá... —dijo el hombre atragantándose con saliva— si me llevás todo me arruinás, no me hagas...—no alcanzó a terminar la frase porque ya no tenía cara, se la había borrado el primero de tres balazos que lo empujaron contra la pared. Pesadamente se fue deslizando hasta el piso dejando un rayón de sangre sobre los azulejos blancos.

—¡Pelotudo! ¡Ves lo que ganaste idiota! —aullaba y manoteaba alocadamente el fajo de billetes grasientos que el muerto guardaba en una cajita de metal azul—. ¡Imbécil! ¡Jodé ahora si podés, boludo! —ya no podía gritar y las palabras roncas se le ahogaban entre jadeos, sintiendo que la cabeza le ardía a punto de explotar.

—¡Federico! ¡Dios del Cielo! —aulló una mujer gorda a su derecha, asomando casi enredada en la cortina de cintas plásticas que separaba el negocio de la casa de familia.

Sobresaltado, el mocoso giró como un muñeco eléctrico gatillando histérico, incluso después de vaciar el cargador del revólver Colt 38. La matrona, bañada en sangre, siguió caminando con los ojos desencajados. Uno, dos, tres, cuatro pasos alcanzó a dar y se derrumbó sobre el asesino, que atropellado por semejante humanidad perdió pie y cayó bajo el peso de su víctima.

—¡Ay! ¡Salí de encima, vieja asquerosa! —Fuera de sí, el asaltante pataleaba, empujando con sus flacos brazos el gran bulto tibio que lo asfixiaba. Finalmente, resbalando en la sangre, se incorporó a medias para volver a caer y luego levantarse preso de temblores casi epilépticos. Rebotando sobre sí mismo, sin decidir si huía saltando o corriendo, desapareció por el soleado agujero de la puerta.

Adentro, en la carnicería, el silencio era perfecto, como en un templo. Hasta las moscas zumbonas se habían acallado, posándose sobre lo que había en el piso.

 

—¡Dios, qué horror! ¿Viste lo que pasó en la carnicería de calle Francia? —Las hojas del periódico se estremecían en las cuidadas manos de la esposa del intendente.

—¡Obvio, Adriana! Esas cosas las sé antes que salgan publicadas. No quise contártelo porque es espantoso. ¡Pobre el gordo Toniollo y la señora! Lo que pasa, querida, es que no es fácil impedir esos actos de barbarie. Estos negritos salen hasta debajo de las baldosas y desaparecen en los rancheríos donde viven. Para colmos, cada día hay más armas en la calle. ¿Sabías que los narcos se las regalan a los pibes que trafican? ¡Así qué querés! —dijo él, exagerando el fastidio ya que todo le importaba tres carajos.

—¡Horacio, habrá alguna forma! Esta masacre ocurrió a cuatro cuadras de casa… ¡A cuatro cuadras de donde duermen nuestros hijos! Sabés muy bien que esto no lo podemos tolerar —sentenció clavándole esa mirada fanática que tanto temía su esposo.

­—A ver, mi amor… ¿Dije yo que no hay una forma? —se atajó dramáticamente el político—. Dije que no es fácil, no que no haya una forma. La hay, claro que la hay.

Tendré que hacer algo o me va a enloquecer con este tema, renegó para sus adentros. ¡Me tiene repodrido!

 

—No hagan ruido, pelotudos. Quintana, vos te llevás a los dos agentes. Eso sí, tranquilizálos un poco que son muy pendejos y están cagadísimos. Rodeen los ranchos de ahí enfrente y me cubren el lado izquierdo. Vos, Müller, con Ferrero se quedan acá conmigo con las itakas bien cargaditas. El resto se manda con los patrulleros por la cortadita, entran con el ariete y atropellan metiendo tiro a lo que se mueva. Y a lo que no, también. ¿Entendido?

—¡Sí, comisario! —respondieron a coro los policías, con las miradas inquietas.

—Y cuidado con la casa de Navajita, no vaya a ser que me revienten a quién no tienen que reventar. ¿Me explico?

—¡Sí, comisario! —repitieron.

¿Para qué hace la recomendación el viejo choto? pensó Müller. Todos sabemos que esa basura de Navajita es intocable. De rompe bolas nomás...

—¿Bueno, qué esperan? ¡Ahora, mierda! ¡Y no lo quiero a este herido, entendieron! —estaba furioso, no le gustaba generarse odios en esa barriada.

¡Es mi puto territorio, joder!, se quejó amargamente para sí mismo.

Esa noche, en la villa todo pareció estallar. Las frenadas de los coches celulares y las horribles sirenas que parecían gritar en el oído de cada uno. Gritos bestiales, crujidos de puertas destrozadas. Las situaciones dentro de las precarias viviendas se sucedían vertiginosamente:

—¡Negro, rápido! ¡Manoteá los fierros y salgamos cagando que somos boleta! —gritaba uno sin saber que el asunto no era para ellos.

—¡Chicos! ¡Todos debajo de las camas! Y no se muevan, por la Virgen Santísima. —Las madres hacían lo que podían.

—...que estás en los cielos, santificado sea... ­—apuraban una oración todos los demás.

 

Y en una de las raras casitas de ladrillo se desarrollaba un diálogo frenético.

—¡Te van a matar Mencho! ¡Dios mío, vienen a matarte!

—¡No grites, boluda! ¡Vení conmigo, hacéme caso!

—¡No! ¡Tengo miedo! ¡No quiero morir! —aullaba ella.

—¡No grités Lucía! ¡Te digo que dejés de gritar! ¡No grités! —dijo Mencho soltándole un feroz cachetazo que le cerró la boca.

Desmayada por el golpe y con el labio partido, cayó de espaldas sobre la cama desvencijada, con las piernas abiertas y el babydoll rojo mal acomodado, mostrando su pubis desnudo e indefenso. Él saltó en calzoncillos por el ventanuco con su inseparable Colt en mano. Corrió a ciegas por los laberínticos pasillos del ranchaje, flaco y ágil como perro mestizo.

El Gordo Quintana pateó la puertita de chapa y se cubrió a un lado de la abertura. Obedeciendo a la orden de su mirada, los dos novatos se zambulleron adentro disparando sus armas como dementes, locos de miedo. Dos balazos, al menos, recibió la muchacha desmayada. Ya no se iba a despertar nunca más y el babydoll seguía sin taparla.

—¡Mierda! —dijo agitado el Gordo—. ¡Qué desperdicio de pendeja!

Los tres se quedaron mirando a Lucía, pensando que por arrebatados se habían perdido una fiestita.

Parapetados tras la camioneta 4x4 del jefe, Ferrero y Müller, apuntaban por sobre el capot, con los índices crispados sobre los gatillos. Dos pasos atrás, el comisario apuraba un cigarrillo deseando que todo termine.

Esto es como cazar perdices, pensó Müller, recordando sus cacerías en el pueblo gringo donde nació. Ferrero, por su parte, no pensaba en nada. Era un morocho, sólido y casi sin cuello, que entrecerraba los ojos achinados para entrever en la oscuridad. El hijo de puta va a salir disparando como liebre, pero no se me va a escapar, siguió pensando torvamente.

Y la liebre salió nomás. Una sombra delgada corrió descalza como futbolista de potrero, atravesando el callejón en diagonal.

—¡A meter fierro que se escapa, carajo! —gritó Müller mientras el comisario apuntaba con una linterna de alto poder.

Las escopetas estallaron en sendos fogonazos escupiendo muerte. El Mencho Sosa huyó desesperado hacia la esquina opuesta a las llamaradas.

—Si alcanzo la esquina, si alcanzo la esquina... —repetía como un rosario. Y la alcanzó nomás, pero ayudado por varios impactos que le pegaron de lleno en la espalda. La fuerza de choque de los proyectiles lo hicieron volar hacia delante con los brazos abiertos, como un Cristo.  Agonizó con la cara hundida en el barrial de la calle, y mientras moría, tuvo tiempo para pensar algunas cosas más.

¿Por qué me vengo a acordar ahora de los viejos de la carnicería? Fue un día estaba dado vuelta por la falopa… ¡Qué al pedo los cociné! En el barrio se deben estar cagando de risa ahora y dirán. ¡Te tocó, Mencho! ¡Te tocó el turno a vos también! Pero… ¿y este rati que hace? ¡Ah, claro! Me viene a rematar... El idiota va a gastar una bala inútilmente, no sabe que ya estoy muerto y que ahora floto a tres metros de sus lomos. ¡Pero si yo mismo me veo ahí tirado! Ay, Lucía... Qué mala leche, Lucía, qué mala leche... ¡Justo cuando íbamos a estrenar la ropita hot que te había regalado!


Hernán Ernesto Bortondello nació el 7 de setiembre de 1960 en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, donde actualmente vive. Ha desarrollado su vida laboral en la Informática desde 1975. Le gusta expresarse desde lo artístico: escribe, dibuja y pinta, tanto analógica como digitalmente, le gusta la fotografía de vida silvestre, crea artesanías con material de reciclaje y es fanático del cine y de la lectura desde niño. Ha publicado poesías y cuentos en grupos digitales de literatura como Escritores Independientes; Escritos, insomnio y café; Poetas y escritores del Mundo; etc., y sus  relatos han sido publicados en revistas literarias como Sinergia y Cronopio. Trata de perfeccionar sus recursos y herramientas en distintos talleres literarios y, desde hace dos años, ancló en el TALLER 9, del que es un destacado animador.


 

miércoles, 26 de febrero de 2025

ÁFRICA SIN MELENAS


Hernán Bortondello

 


Esa noche, Bimani no pudo acompañarme: había entrado en latencia debido a una actualización de software.  Sin alternativas, tuve que abandonar nuestro módulo base para lo que sería una larga y solitaria ronda de vigilancia.

Me había adentrado por media hora o poco más en la estepa arbustiva cuando empecé a oír que se quebraban algunas ramitas a mis espaldas, seguramente las de acacia que tanto abundan en estas tierras africanas. En un principio, supuse que se trataba de alguna bestia con la que nos habíamos cruzado circunstancialmente, pero esos crujidos parecían acompañarme, y calculé que provenían de unos diez metros atrás.

Después de recorrer un buen trecho, no tuve dudas de que algo grande y bastante pesado me seguía de cerca, y parecía no importarle que lo escuchara. Se me heló la sangre y me maldije por no tener apoyo. Sin embargo, no debía dejar que el terror controlara mi mente: si entraba en pánico, podría ser el fin.

Cada vello de mi piel se erizaba como respuesta instintiva al peligro inminente. Con un esfuerzo sobrehumano, mantuve relajados los músculos para poder usar el arma con eficacia si era atacado. De alguna manera, percibía el cosquilleo interno de la electricidad que recorría mi cuerpo, lista para desencadenar respuestas defensivas.

Fueron muchas las veces que me di vuelta pero, pese a usar casco con visión nocturna, solo pude ver cómo huían los pequeños grupos de cebras, ñus y búfalos que estaban a nuestro cuidado. Era extrañísimo que algo los asustase.  Ya no relacionaban nuestro olor con el peligro, y los predadores naturales de estos herbívoros llevaban medio siglo extintos; en parte por la caza ilegal y mayormente por un virus mutante que se ensañó particularmente con los grandes carnívoros.

No parecía haber cazadores furtivos, pero eran el único motivo que podría haber espantado a los animales; debía cerciorarme. Detuve la marcha, extraje de mi mochila las estacas láser y me apresuré a clavarlas. Inmediatamente activé el perímetro de seguridad: ya nada podría acercarse a mí en un radio de quince metros sin ser quemado.

De pronto me di cuenta de que ya no escuchaba ruidos que me indicaran que el misterioso perseguidor se estuviera acercando. Pensé entre aliviado y divertido que no le convenía atravesar mi cerca invisible. Recordando a los posibles intrusos, desprendí la minicámara dron y la tableta monitor que llevaba adheridas a mi chaleco protector. Tras encender los instrumentos, lancé al aire el ojo volador. De inmediato comencé a recibir imágenes térmicas, pero solo pude detectar algunos búfalos enormes, de los que no temen a nada, ni a nadie. No había infiltrados en la reserva, ni tampoco rastros de algo que pudiera haberme acechado. Me burlé mentalmente por dejar que mi imaginación me volviera paranoico. El frío despiadado de la sabana alcanzó su mínimo y decidí armar mi carpa para guarecerme y descansar unas dos horas. Ya dentro de ella, disfruté una sopa caliente de mi ración de campaña. Mientras levantaba la cuchara para beber otro sorbo, un tremendo rugido me sobresaltó y todo el líquido se volcó sobre el pantalón. Desesperado, me arrojé sobre mi fusil activando el modo aturdidor. Lo que había escuchado, por increíble que pareciera, provenía de un león macho y no sería justamente yo quien matara a un extraordinario superviviente. De un tirón, abrí el cierre de la tienda y me zambullí afuera. Tras rodar varias veces sobre el polvoriento suelo rojo, logré hincar una rodilla en tierra apuntando mi arma hacia donde calculé que estaba el gran gato. Nada, absolutamente nada se veía a través de la mira de visión nocturna. ¡Era demasiado para mí! ¿Había sido acaso el fantasma de un león lo que me había estado acosando? Entonces, un gran chispazo refulgió en la oscuridad. ¡Algo quiere atravesar el perímetro!, exclamé en mi mente. Sin embargo, el visor de mi casco no mostraba ningún ser a la vista. Me negué a enloquecer y activé el modo letal del fusil. Usando vertiginosamente la más pura lógica, deduje que si el láser había sido interferido, no cabía otra posibilidad que allí hubiese realmente algo, aunque fuera invisible... ¡Invisible!, aullé con toda mi furia y empecé a descargar pulso tras pulso electromagnético. Aún estaba disparando cuando comencé a darme cuenta de que a mis espaldas sonaba un aplauso.

—¡Bravo, camarada ¡Finalmente tu pequeño cerebro humano dio en la tecla! —escuché, y esa voz era inconfundible...

—¡Bimani! —grité sin comprender nada. Por un instante, no pude distinguirlo, pero lentamente su cuerpo de tungsteno se fue revelando.

—Cuidado, cuidado, cuidado... Por favor, mi querido Andor, baja el cañón de ese artilugio. Tu corral ya le dispensó una buena quemada a mi exoesqueleto —pidió con su tradicional ironía mientras señalaba una mancha oscura a un costado de su tórax.

—Pero... —solo atiné a decir.

—¿Sabes? Mi última actualización incluyó los planos de un minúsculo gran milagro. ¡Un micromecanismo que puede invisibilizar en todos los espectros de onda! —exclamó entusiasta.

—Pero... —repetí estúpidamente.

—Solo tardé quince minutos en fabricarlo utilizando mis nanoherramientas —informó con su tono insoportablemente vanidoso.

—Pedazo de chatarra, eres un... —comencé a gruñir.

—¡Ja, ja, ja! —rio con ganas Bimani—. Disculpa, pero no resistí la tentación ¡Hoy es veintiocho de diciembre! ¡Feliz día, homínido! 


Hernán Ernesto Bortondello, escritor argentino, nació el 7 de setiembre de 1960 en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, donde actualmente vive. Su narrativa, generalmente especulativa, se desarrolla desde una mirada existencial. Cuando escribe poesía, esta es despojada y minimalista, muy influenciada por el arte japonés. Gusta, además, de expresarse a través del dibujo, la pintura y la fotografía. Ha publicado poesías y cuentos en grupos literarios digitales como "Escritores Independientes", "Escritos, Insomnio y Café", "Poetas y Escritores del Mundo, etc., y sus relatos pueden leerse en revistas literarias digitales como "Sinergia", "Cronopio" y "Microficciones y Cuentos".

jueves, 9 de mayo de 2024

EMPATÍA

Hernán Bortondello

 

—¿Sí...? —inquiere adormilada a través del portero eléctrico.

—Señora... ¿Margua o Margaux? Es que no leo bien su nombre en la encomienda —me disculpo y acto seguido me presento como empleado de una empresa de correo.

—Mi apellido es Margaux. ¿Dice que es una encomienda para mí? —interroga con una mezcla de incredulidad y esperanza.

—Sí, señora. ¿Desea bajar al hall para que se la entregue o prefiere que suba? —pregunto con intención pues la torre aquella dejaría enana a la de Babel y la mujer vivía en el piso 150.

—Antes que nada… ¿Podría decirme quién es el remitente? —pide con mal disimulada ansiedad.

—Puedo decírselo, la legislación no prohíbe comunicarlo. Pero sólo figuran las iniciales A. S. —informo con un tono neutro.

­­­—¡Oh, sí! Efectivamente es para mí —exclama entusiasmada, como yo lo esperaba—. La recibirá un encargado de seguridad, el pagará el despacho y me la acercará.

—Imposible, señora. Debe ser entregada rigurosamente en mano del destinatario previa constatación con documentación personal. Pero no debe abonar nada, ya está pago —aclaro con firme amabilidad.

—Okey, entonces pase nomás, el custodio lo acompañará. Buenos días y gracias, señor —dice completamente espabilada.

Estoy ascendiendo ahora por un velocísimo ascensor junto a un africano que parece un mastodonte embutido en un traje negro. Para ser más preciso, un mastodonte bobo al que le inyecté suero hipnótico. Su mirada se pierde en la nada y un delgado hilo de saliva le cae de la comisura de los labios. Con un pañuelo le seco la boca. Lo cortés no quita lo valiente, me digo divertido.

—Me acompañarás hasta el departamento 16 —le digo al atontado tipo cuando el tablero luminoso indica que casi llegábamos—, y luego que veas a la dama volverás de inmediato a tu puesto en planta baja. Allí reaccionarás pero olvidarás haber subido conmigo y todo lo que a mí refiera.  

Ahora estoy presionando el llamador. La anciana abre la puerta y el gorila gira obediente sobre los talones y se encamina de vuelta al ascensor. No doy tiempo a nada, empujo a la periodista hacia adentro colocándole en la frente el caño de la pistola impresa en 3D. Le cierro la boca con una cinta de embalar y arrastrándola de un brazo  la arrojo sobre la cama de su dormitorio. Ella se revuelve y se sienta. Es tan menuda que le quedan colgando los pies. Tiembla como una hoja y sus ojos desorbitados reflejan un terror indescriptible. Debe tener casi ochenta esta vieja. Es tan estúpido matarla, no le debe faltar mucho. Pero un trabajo es un trabajo, me contesto. Y hablando de eso, no debo olvidar seguir los pasos que encargó mi enlace. Guardo la pistola en la cintura. Tomo la encomienda y me arrodillo frente a ella. La miro un rato y ella queda tan petrificada que deja de temblar. Luego con parsimonia desenvuelvo el paquete, dejando ver una caja de cartón de las que se usan en los archivos de oficinas. Tomo la tapa y la coloco a mi derecha sobre el lustrado parquet de madera lustrada. Con lentitud calculada extraigo de entre bollos de papel de embalar una pequeña cajita de acero inoxidable. La abro, observo su interior con teatral interés científico y le dirijo una mirada como de sorprendido. Acto seguido elevo el recipiente con ambas manos presentándoselo a unos treinta centímetros de su rostro. Congelada como está solo atina a inclinar un poco la cabeza hacia adelante para ayudar a su mala vista. Ahora puede verla y su piel adquiere una palidez ligeramente verdosa. Toda la cara parece retorcérsele ante la lengua amputada que descansa entre algodones enrojecidos. Empieza a gritar pero la boca amordazada apenas deja escapar unos gemidos desesperados.

—No te aloques y escuchá, que transmitiré el mensaje que te envía una persona que conocés mucho. ­—Ella no para de emitir lo que ahora parecen gruñidos.

Saco un papel de un bolsillo de mi uniforme de cartero y comienzo a leerle. “Querida Dorothy, lamentablemente desoíste mis reiterados consejos. Respeto tu trayectoria periodística, pero cruzaste la línea. La lengua de la cajita es la de August Sanders, el secretario del senador Garrison. Tu informante. Pero no te angusties, primero fue el tiro en la sien. Ahora me despido, Madame. Espero que en tu próxima reencarnación no seas tan necia.”

—Bueno, Doro, se terminaron las formalidades ­—digo con impaciencia. Mi reloj marca las 16:10 y el conductor no esperará más allá de lo planeado.

Ignoro su expresión de horror y agarrándola de los hombros la pongo de rodillas sobre el piso. El vejestorio ya no tiembla y ha callado. Sabe qué va a pasar y sinceramente no quiero torturarla con la espera. Me coloco a sus espaldas, enrollo con firmeza en las manos dos extremos del pañuelo que usé con el negro y lo paso por sobre su cabellera canosa. Lo ajusto bajo su mentón y con un violento tirón hacia arriba empiezo a ahorcarla con todas mis fuerzas. Un terrible agarrotamiento en mi garganta me estremece, no puedo tragar saliva y los ojos parecen querer salirse de mis cuencas. Se me nubla la vista mientras boqueo desesperada como un pez fuera del agua. Pienso en medio de la conmoción del final que debería haber creído en Dios y no haber rechazado a Noah Miller cuarenta años atrás. Se aflojan mis piernas y caigo sobre mi víctima. Caigo, sobre mí.

No sé cuanto permanecí desmayado. En el cuello siento un dolor tremendo y me cuesta tragar. Entonces descubro anonadado que llevo puesto el vestido de la vieja y casi grito de espanto al ver mis manos arrugadísimas. Poniéndome de pie, asustado y tambaleante, me asaltan las náuseas al descubrir que estoy parado sobre un par de piernas raquíticas que terminan en piececillos calzados con delicadas sandalias rosa. Corro enloquecido hasta el espejo que cuelga en el living y me enfrento a la viva imagen de la afamada y vetusta Dorothy Odette Margaux. Abofeteo mis mejillas salvajemente para intentar reaccionar, pero es inútil. No lo soporto más y me derrumbo en un pequeño sofá que, gracias a la virgen de los sicarios, no es rosado. Esto es una bizarra locura, pero de ninguna manera estoy loco. Madre mía, estoy tan abatido que soy incapaz de mover un músculo, lamento mientras mi mirada vaga por el amplio pero sobrio espacio. No, definitivamente esto no es un sueño, no, señor. Reparo entonces en un costoso reloj dorado que cuelga en la pared frente a mí. ¡Marca las 15:45! ¿Qué? Observo rápidamente la hora en mi muñeca de momia. Lapidariamente, muestra las 15:44. Junto fuerzas y me levanto dirigiéndome de prisa hasta una ventana desde la que se observa una panorámica de la ciudad. ¡Maldita sea! Allí está la perra torre de la catedral. Un poco más abajo de la cúspide, una gran luna resplandeciendo bajo los rayos del sol, exhibe grandes agujas que decretan fatalmente las 15:45 y las campanas, sentenciosas, repican comunicando que otros quince minutos han desaparecido. ¡El tiempo ha retrocedido de la misma puta manera en que ahora tengo un par de tetas caídas!

Entonces, preso del más absoluto terror, me doy cuenta que en menos de dos minutos, yo, el asesino, volvería a golpear la puerta acompañado por el gigantón de seguridad.


Hernán Ernesto Bortondello nació el 7 de setiembre de 1960 en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, donde actualmente vive. Ha desarrollado su vida laboral en la Informática desde 1975. Le gusta expresarse desde lo artístico: escribe, dibuja y pinta, tanto analógica como digitalmente, le gusta la fotografía de vida silvestre, crea artesanías con material de reciclaje y es fanático del cine y de la lectura desde niño. Ha publicado poesías y cuentos en grupos digitales de literatura como Escritores Independientes; Escritos, insomnio y café; Poetas y escritores del Mundo; etc., y sus  relatos han sido publicados en revistas literarias como Sinergia y Cronopio. Trata de perfeccionar sus recursos y herramientas en distintos talleres literarios y, desde hace dos años, ancló en el TALLER 9, del que es un destacado animador.

 

miércoles, 24 de abril de 2024

CALIDEZ

 Hernán Bortondello


 

Si bien tenía fija mi mirada en la pantalla de la computadora, no la estaba observando, abstraído totalmente en divagaciones que se hacían menos significativas a medida que crecía mi modorra. En ese entonces trabajaba horario corrido en la administración del Country Club “Los Palos”, un complejo que incluía un condominio de lujosas propiedades y una cancha de golf de cuatro estrellas. Eran ya las 14:10, habían transcurrido seis horas de mi jornada laboral y no había almorzado nada. Si no me tomaba un café urgente me adormecería y la gerente podría descubrirme con los ojos cerrados, razón suficiente para que me hiciera la vida insufrible una semana. Fue entonces cuando por el rabillo del ojo izquierdo capté un reflejo a través del ventanal que daba a la soleada playa de estacionamiento. Seguramente había llegado o partido algún automóvil… pero no, ningún nuevo coche había aparecido y ninguno se alejaba. Me quedé observando la explanada de tierra y ripio. Más allá de ella, hacia la izquierda y lindando con la cancha de golf, un ecléctico bosquecito de robles australianos, ibirás pitá y cipreses parecía cobijar y dar reparo a una solitaria cancha de paddle, semioculta a mi vista por el follaje bajo. Pese a ello, alcancé a divisar un objeto brillante sobre su piso de cemento, a mitad del área de juego y muy cerca de la red. Calculé que mediría no menos de cuarenta centímetros. Miré a mí alrededor y noté que milagrosamente estaba solo en la oficina, o casi, pues mis dos compañeros no contaban. Es que cuando hablamos de estar solos en el empleo, y lo sabrán quienes sean o hayan sido empleados, queremos referirnos más precisamente a la ausencia de personas con jerarquía superior. Es decir, sin rodeos, que podemos hacer lo que nos plazca sin que puedan importunarnos.  Y pese a que no tenía ganas de hacer nada, la curiosidad pudo más. Levanté mi trasero de donde se estacionaba más tiempo del que deseaba y abrí la puerta de la oficina, recorrí unos metros y deslizando una mampara vidriada abandoné el Club House. El exterior me sorprendió con una brisa ligeramente fresca, algo muy raro en nuestros diciembres de infierno. La resina de coníferas y grevilleas inundaba el aire con una fragancia que por algún motivo me hacía sentir pleno y algo eufórico. Quizás fue por eso que me invadieron unas ganas locas de evadirme de aquel predio. Si pudiera, pensé, volaría hacia mi hogar para compartir unos mates con mi hermosa esposa y, ¿porqué no?, convencerla de hacer el amor. ¡Qué hermosa idea! Amarnos entre semana y a la hora de la siesta… Suspiré profundamente porque no era capaz de seguir el llamado de la libertad. ¡Qué esclavo me sentía! Mientras tanto había empezado a atravesar el solar que me separaba de aquella cancha olvidada; su red floja y las paredes despintadas denunciaban un deporte que había pasado de moda. Dejé atrás la grava y ni bien mis pies pisaron la hierba de las estribaciones de un fairway me asaltó esa sensación. Es que cuando por cualquier motivo me desplazaba en solitario por el verdor de un campo arbolado –ni hablar si se tratara de un bosque– me sentía una especie de indio mohicano y me encantaba imaginarme así. Ya estaba a unos veinte metros de aquello que había llamado mi atención y era claro ahora que se trataba de una cosa alargada y probablemente metálica. De improviso, sobresaltándome,  se cruzó en mi camino un empleado de maestranza al que conocía bastante. Casualmente lo identificaba entre sus muchos compañeros por poseer tres dotes admirables: el de la inoportunidad extrema; la incomprensible habilidad de manifestarse de la nada, y, por último, su magnífica capacidad de lograr despertar, hasta en el más pacífico, al primitivo asesino que anida en lo profundo de todo varón que se precie.

—¡Hernán! ¿Cómo andamos? —interpeló con la voz fuerte y bien modulada que yo no quería oír ni en sueños.

—Bueno… hasta ahora me iba bastante bien. —Cada vez se me dificultaba más ocultar lo mucho que me fastidiaba su pegajosa compañía. No es que el tipo fuera malo, simplemente era la mar de pesado y parecía faltarle varios tornillos. Es más, creo que en el fondo todos le teníamos afecto por sus locuras aniñadas y falta absoluta de cabeza. Sin embargo, esto no lo hacía ni un segundo más soportable.

—Después voy a pasar por la administración para hacerte algunas consultas sobre mi sueldo. Es que hay algunas cosas que no entiendo en mi última liquidación… —Era capaz de preguntarme sobre asuntos que ya le había explicado mil veces, otras mil veces más.

—Sí, bueno… okey,  pero ni hoy ni mañana. —Siempre difería los encuentros con él hasta el límite—. Ahora estoy súper ocupado con los balances contables… ¡Nos vemos pronto!

—¡Sí, sí, sí! ¡No hay problema! Quedamos de acuerdo para pasado mañana… —Empecé a recriminarme por no haberle dicho de verlo en una semana.

—Bueno, bueno, te espero… ¡Chau!

—¿Sabías que me compré un teléfono celular que emite una haz laser que puede reflejar mi nombre en la pared y que puedo transformarlo en un autito a control remoto?

—Sí… Digo, no, no… ¡Qué bien! ¡Te felicito! ¡Nos vemos! —Me desesperaba la idea de que él también descubriera la llamativa cosa que me había traído hasta allí. ¡Precisamente él!

Esquivándolo, di algunos pasos más en la dirección que seguía, pero algo me decía que el asunto no había terminado. Conocía muy bien el modus operandi de aquel loco.

—¡Ah, olvidé contarte algo, Hernán! —escuché sin sorprenderme a mis espaldas.

—¡Después, después! ¡Estoy apurado ahora! —contesté fastidiado y sin darme vuelta siquiera.

—¡Okey, okey, okey! Pasado mañana te lo cuento, porque…

—¡Bárbaro, bárbaro, nos vemos! —y lo dejé groseramente con la palabra en la boca. No había otra manera con Sergio, me obligaba a despacharlo de manera muy hija de puta, y como siempre, yo me quedaba con un desagradable cargo de consciencia. De todas maneras la culpa no me impidió –otra vez, como siempre– cerciorarme de que se hubiese alejado lo suficiente y que no existía el mínimo riesgo de que volviera al ataque. No quería que nadie me molestara en aquel momento.

Me detuve a dos pasos de la puerta de alambre por la que se accedía a la cancha. Era inconfundible lo que se encontraba sobre su pavimento verde. Inconfundible y para nada posible.

No es fácil describir la sorpresa de entonces. Fue como si me dieran un inesperado baño de agua helada. Sí, como eso fue. Me recorrió un escalofrío de la cabeza a los pies, y en ese orden. Con mi corazón latiendo demasiado rápido y una ansiedad que crecía segundo a segundo, ingresé al pequeño court y me acuclillé a escaso medio metro de aquello. Aunque mis ojos y mi consciencia me dijeran que lo que estaba tendido allí era una mano con la palma hacia abajo, unida a un antebrazo que surgía del mismísimo suelo y que todo parecía de algún tipo de metal, eso no quería decir que mi mente lo estuviera aceptando. Máxime cuando sus dedos –que eran cinco– se extendían y contraían como si rascaran agónicamente el asfalto, produciendo una especie de susurro apagado que enfatizaba el tétrico espectáculo.

—¡Mierda! —dije, sin reparar que lo decía en voz alta, totalmente maravillado. ¿Y ahora?, pensé vertiginosamente. ¿Cómo me llevo esto? Había decidido sin dudar que fuera lo que fuese me lo quedaría, por el simple y dudoso derecho que suelen arrogarse los descubridores de cualquier cosa. He soñado con aventuras y hallazgos fantásticos casi desde que tengo uso de razón, me dije, justificándome nervioso, así que nadie puede decir que no merezco este misterioso premio.  Lamentablemente, una segunda voz interior sentenció con amargo desaliento: Ni lo pienses, es imposible. Con gran tristeza entendí que ciertamente lo era. ¿Extraería la misteriosa mano cavando un cráter alrededor? ¿A la vista de golfistas, residentes del condominio y empleados? Con espanto, imaginé a Sergio llamando a todos a los gritos para que vinieran a ver, y eso fue suficiente; debía resignarme y abandonar mi delirante idea. Pero, claro, yo no sabía que el Destino iba a decidir por mí y que las cosas se iban a poner más locas aún. Por empezar, los dedos de acero –o lo que fueran–lograron lo que al parecer estaban intentando: cerrarse en un puño apretado. Luego los movimientos se detuvieron. Inquieto, giré la cabeza sobre un hombro y luego sobre el otro. No había moros en la costa, pero no faltaría mucho para que comenzara un partido de golf y el lugar se pondría fatalmente concurrido. Preocupado, y cuando me volvía para observar ese miembro inverosímil, un gran fogonazo verde, como el de un relámpago, se produjo justo donde el antebrazo metálico se unía al piso. Fue tal mi sobresalto que me eché hacia atrás instintivamente, y como estaba en cuclillas, caí sobre mis nalgas con las piernas abiertas de par en par. La extremidad se había desprendido y rodado a un lado, quedando ahora la palma hacia arriba con los dedos abiertos, como si mendigara. Atontado, me dí cuenta que alguien me estaba llamando. Era mi gerente, Norma. Me ruboricé como un chiquilín, y aunque ella se encontraba tan lejos que no distinguía sus rasgos, la imaginé de mal talante. ¡Qué diablos estabas haciendo allá en la canchita de paddle!, la imaginé diciendo, como si la escuchara. Sin siquiera pensarlo tomé el objeto de un manotazo y lo coloqué a mis espaldas, entre el cinto del pantalón y mi camisa. Si alguien me hubiese visto desde atrás habría pensado, anonadado, que la mano de alguien saludaba desde mis fondillos. Tracé rápidamente un plan mientras me dirigía con paso apresurado hacia los umbrales del club house, donde con los brazos en jarra esperaba la malhumorada mujer.

—¡Qué diablos estabas haciendo allá en la canchita de paddle! —fue lo primero que dijo, con el ceño fruncido. Sonreí. Pero salvé la situación con fluidez. Argumenté que el presidente del club me había pedido que lo acompañara hasta allí. Le dije que él quería indicarme las fotografías que debía tomar del estado deplorable de las instalaciones para incluirlas en la revista mensual del country –yo era  responsable de su diseño y edición– ya que deseaba promocionar las prontas reparaciones y volver a impulsar el juego de la paleta. Luego de la explicación, caballerosa y convenientemente, cedí el paso a la dama y la seguí a la oficina. Disimuladamente no le dí la espalda y logré escurrirme en mi box de trabajo. Presuroso, introduje en mi mochila urbana el portento que cargaba en mi cintura. No lo podía creer, me había transformado en el personaje de uno de esos relatos de ciencia ficción que tanto me apasionaban en la adolescencia. Algo en mi pecho latía desbocadamente, como una batucada en el sambódromo de Río.

 

Al fin, el reloj indicaba que habían transcurrido las dos horas que me restaban trabajar después del hallazgo de aquel día inolvidable. Obviamente no pude concentrarme en ninguna de mis tareas pendientes y me limité a hacer ruido con el teclado de mi computadora para fingir actividad.  Perdí la cuenta de las tazas de café que tragué, más que bebí, tratando de apurar esos ciento veinte malditos minutos. Luego de despedirme de los compañeros, y antes de dirigirme a la salida del predio, hice una escala en la cancha de paddle. Para mi asombro, no existía ningún agujero en el piso de cemento, ningún rastro de que algo hubiese salido de allí. Mientras cavilaba en cómo podía ser posible aquello, me percaté que estaba ya casi llegando a la portería principal. No había tenido en cuenta que los guardias de seguridad que vigilaban las entradas y salidas solían revisar al azar los bolsos de los empleados. Ya no tenía tiempo de nada, solo recé para que no estuviera de turno el mal nacido de Gutiérrez, porque él disfrutaba importunando con las requisas.

—Buenas, Hanglin… Ábrame la mochila, por favor. —Y unos ojitos chiquitos, de cerdo taimado, se clavaron en mí brillando con necia satisfacción.

¡Perra suerte! Es Gutiérrez nomás, estoy frito, pensé. Tragando saliva abrí el cierre relámpago para mostrarle lo que llevaba dentro. Ya estaba por ensayar alguna peregrina explicación cuando milagrosamente sonó el teléfono dentro de la garita. El tipo no alcanzó a revisar, giró sobre los talones y fue a atender la llamada. Me quedé allí plantado y sudando frío. Pero tuve suerte, lo había llamado su novia. Durante un rato tuve que escucharlo rebuscando palabras melosas en su limitado vocabulario. Finalmente, cuando su mirada reparó en mí, hizo un gesto con la mano habilitándome a pasar. ¡Gracias a Dios!, me dije, mientras dejaba atrás al aristocrático “Los Palos”, repleto de ricachones y de miserias de pueblo chico.

 

Ha pasado el tiempo y aún sigo tratando de comunicarme con aquella cosa, celosamente oculta en un
rincón del humilde taller, atestado por mil trastos para proyectos que nunca se concretarán.

Sé que llegará el día en que esa mano me transmita algo más que la indescriptible calidez que me entrega cada noche, cuando la estrecho para que no se sienta tan sola.

 


Hernán Ernesto Bortondello nació el 7 de setiembre de 1960 en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, donde actualmente vive. Ha desarrollado su vida laboral en la Informática desde 1975. Le gusta expresarse desde lo artístico: escribe, dibuja y pinta, tanto analógica como digitalmente, le gusta la fotografía de vida silvestre, crea artesanías con material de reciclaje y es fanático del cine y de la lectura desde niño. Ha publicado poesías y cuentos en grupos digitales de literatura como Escritores Independientes; Escritos, insomnio y café; Poetas y escritores del Mundo; etc., y sus  relatos han sido publicados en revistas literarias como Sinergia y Cronopio. Trata de perfeccionar sus recursos y herramientas en distintos talleres literarios y, desde hace dos años, ancló en el TALLER 9, del que es un destacado animador.

 

EL BESO DE LA DRÍADA