Valter Cardoso
—¡Mamá! ¡Mamaaaaaá!
María despertó sobresaltada,
todavía con mucho sueño. Miró el reloj y vio que eran poco más de las seis de
la mañana. Los gritos de su hijo, que venían de la habitación contigua, y la
somnolencia, le dificultaban pensar.
«Mi hijo siempre se despierta
tarde. Incluso cuesta sacarlo de la cama antes de las diez de la mañana»,
pensó, mientras se desperezaba y se rascaba la cabeza.
Ante la dificultad para razonar, el
instinto materno actuó más rápido. Se levantó de golpe y, mientras se dirigía a
la habitación del niño, empezó a recordar lo ocurrido la noche anterior.
«Se había golpeado la frente contra
la esquina de la mesa. Le puse un apósito para cerrar el pequeño corte. Pese al
susto, solo un chichón y unas gotas de sangre en su pijama blanco quedarían
como recuerdo al día siguiente. Le di un analgésico para aliviar el dolor, y se
durmió más temprano. Solo después recordé que los golpes en la cabeza son
peligrosos y que debería haberlo mantenido despierto, en observación, durante
un rato. El golpe no fue tan fuerte, pero ninguna precaución es excesiva cuando
se trata de mi único y querido hijo. Apenas dormí pensando en eso. Creo que por
eso tengo tanto sueño».
Al entrar en la habitación,
encontró al niño sentado, acurrucado en un rincón de la cama, con las piernas
recogidas contra el cuerpo y los brazos alrededor de ellas. Lloraba y parecía
muy asustado.
—¡Quiero a mi mamá! ¡Quiero ir a
casa! —gritaba entre lágrimas.
—Tranquilo, Marquitos, estoy aquí.
Déjame ver cómo está tu cabeza.
—¡No! ¡Quiero ir a casa! ¡Quiero a
MI mamá! —gritó todavía más fuerte.
—Todo está bien. Estás en casa. Soy
yo, tu mamá —dijo María con ternura, intentando consolarlo mientras acercaba la
mano a su cabeza.
—¡Tú no eres mi mamá! ¡Esta no es
mi casa! ¡Quiero irme! —sollozó, esquivando su mano.
Asustada por la actitud de su hijo,
la madre encendió la computadora que estaba en la habitación y dijo con
firmeza:
—Juega un rato en la computadora
mientras preparo el desayuno. Después nos arreglamos y vamos al médico, ¿de
acuerdo? —Sin esperar la respuesta del niño, se dirigió a la cocina.
«¿El golpe en la cabeza le habrá
causado algún tipo de amnesia?».
Un rato después, con el desayuno en
una bandeja llena de cosas que al niño le encantaban, la madre volvió a verlo.
Estaba sentado junto a la computadora y señalaba una imagen en la pantalla, en
la que una mujer abrazaba a Marquitos.
—Me llamo Ricardo. Esta es mi mamá.
¡Llévame con ella, por favor! —imploró en voz más baja, entre sollozos.
María dejó la bandeja sobre la
cama, miró la foto y no entendió.
«¿Quién es esta mujer a la que
nunca he visto? ¿Qué hace abrazada a mi hijo? ¿Por qué Marquitos cree que ella
es su madre?».
Pensando que se trataba de una
broma, decidió seguirle el juego.
—Ah, sí, tu mamá. Claro. Déjame ver
si la conozco.
Advirtió que la foto estaba en el
perfil de una red social. El dueño del perfil era su hijo, pero tenía otro
nombre: «Ricardo dos Santos». Todo era distinto: la ropa, el historial, los
amigos. Alguien estaba usando las fotos de su hijo en un perfil falso. De
alguna manera habían insertado perfectamente el rostro de Marquitos en varias
imágenes, de fiestas de cumpleaños e incluso de viajes.
Volvió a mirar al niño que tenía al
lado y sintió que el párpado derecho empezaba a temblarle. La frente, que se
había golpeado contra la mesa, no mostraba ninguna marca. Ni cortes, ni
apósitos, ni chichones, ni hinchazón. Llevaba un pijama azul, completamente
distinto del que había usado para dormir. Ella nunca había visto esa ropa.
—¿Vas a llevarme a casa? Esta es la
casa donde vivo. —El niño le mostraba otra imagen, ahora de una casa, frente a
la cual él y la mujer desconocida estaban jugando.
—¿Me estás diciendo que te llamas
Ricardo, que esta es tu casa y que esta es tu mamá? —preguntó, señalando las
imágenes en la pantalla e intentando disimular el nerviosismo.
—¡Ya te dije que sí! ¡Por favor,
por favor, por favor, llévame! ¡Quiero ir a mi casa!
—¿Sabes el número de teléfono de tu
casa? —Aunque estaba asustada, intentó mantener la calma.
—5252-4443.
—¿Y cómo se llama tu mamá?
—Ana.
—Ana, claro. Entonces vamos a hacer
lo siguiente. Voy a llamar a tu mamá y después te llevaré a casa. ¿Está bien?
—¡Sí!
—Mientras llamo, come algo. —Señaló
la bandeja sobre la cama.
Antes de llamar, María comprobó que
la casa seguía cerrada por dentro, tal como la había dejado la noche anterior.
Necesitaba mantener la calma y razonar.
«No entiendo qué está pasando. No
tengo a quién recurrir ni en quién confiar. Fue muy difícil conseguir la
autorización para criar sola a mi hijo. Si el juzgado se entera, pueden
quitarme la custodia de Marquitos. Por alguna razón que desconozco, mi hijo
debe de estar en casa de esa mujer, así como el suyo está aquí. Es sencillo: la
llamo, le pido la dirección, le llevo a su hijo y traigo al mío. Después, con
calma, intentaré descubrir qué ocurrió realmente».
En el primer intento se equivocó al
marcar los números. Canceló la llamada. En el segundo y el tercero, el
resultado no fue mejor. Necesitaba tranquilizarse. Bebió agua con azúcar y
después recordó que estaba a dieta. Se puso más nerviosa. Recordó algunas
técnicas de meditación de su época universitaria. Cerró los ojos, contuvo la
respiración, relajó los músculos, movió las manos muy despacio frente al
rostro. Estaba funcionando. Respiró hondo y volvió a intentarlo. El número no
existía. Lo comprobó, lo intentó de nuevo y obtuvo el mismo resultado. Volvió a
ponerse nerviosa, hasta que se le ocurrió una idea mientras iba a hablar otra
vez con el niño.
—Ricardo, ¿sabes cómo se llama la
ciudad donde vives?
—Espera un momento, déjame
recordar.
Sin perder tiempo ante la
vacilación del niño, María accedió a la red social y confirmó sus sospechas.
Vivían en una ciudad de otro estado. Tendría que añadir el código de área para
que el número fuera correcto. Antes de que el niño empezara a hablar, corrió al
teléfono e hizo otro intento.
Una mujer atendió la llamada. Era
Ana. La conversación fue muy entrecortada al principio, con varias acusaciones
de ambas partes. Pero Ana también había pasado por la misma experiencia y
estaba ansiosa por recuperar a Ricardo. El hijo de María dormía, pues Ana le
había dado un analgésico muy fuerte. Ricardo pudo hablar por teléfono con su
madre, para alegría de ambos. Tras intercambiar nombres y direcciones, María
acomodó a Ricardo en el asiento trasero del automóvil y salieron hacia la casa
de Ana.
Durante el viaje, que duró más de
tres horas, María observaba al niño por el espejo retrovisor. No era solo el
aspecto físico. La voz, las expresiones y los gestos daban la impresión de que
se parecían incluso más que dos hermanos gemelos. Pensó también en la infinidad
de preguntas que no le había hecho a Ana por teléfono.
«¿También será soltera y habrá
recurrido a la inseminación artificial? ¿Por qué los niños son idénticos? ¿Cómo
cambiaron de lugar durante la noche?».
Al llegar frente a la casa de Ana,
Ricardo salió corriendo del automóvil y abrazó a su madre, que venía hacia él.
Aunque la escena la emocionó, María vio al otro niño que salía tambaleándose de
la casa de Ana.
—¡Quiero a mi mamá! ¡Quiero ir a
casa! —gritaba entre lágrimas.
María, que apenas había empezado a sonreír, se quedó boquiabierta. El párpado derecho volvió a temblarle mientras observaba con más atención a aquel niño que salía de la casa, con un pijama verde y sin ninguna marca en la frente.
Valter Cardoso tiene 56 años, nació en Curitiba, Paraná, Brasil. Organizador de eventos multiculturales como Jedicon Paraná, Megacon Brasil y Literatiba. Miembro de la Academia de Letras José de Alencar. Fue coordinador del Centro de Literatura y Cine André Carneiro. Autor de cuentos, su último libro publicado fue Colorindo Giocondas, en 2022.



