Mostrando entradas con la etiqueta Valter Cardoso. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Valter Cardoso. Mostrar todas las entradas

miércoles, 25 de febrero de 2026

DEL GÉNESIS AL ÉXITO

Valter Cardoso

 

El valioso detector de metales con forma de desmalezadora yacía recostado contra un termitero, junto a una mochila y una pequeña azada. A su lado, Giorgio, irritado, intentaba espantar a los insectos con una mano y sostener el mapa con la otra. Con la cabeza baja, un hilo de sudor le corría hacia el ángulo del ojo, le ardía y le dificultaba aún más la lectura y el reconocimiento del lugar.

—¿Valdrá el sacrificio? —pensaba en voz alta, mientras el calor y las picaduras de mosquitos lo castigaban.

La idea le había parecido buena días atrás, cuando descubrió una carretera en construcción que había sido abandonada por el gobierno anterior por falta de fondos. Consultó un mapa antiguo y confirmó que aquella ruta se cruzaría con uno de los posibles caminos que la Civilización Inca utilizaba para llegar al océano Atlántico, conocido como el Camino del Peabiru.

En la carretera abandonada, la naturaleza ya se había recuperado bastante y casi había cerrado el paso. Logró llegar cerca de la ruta inca con su jeep y allí esperaba encontrar diversos tesoros; pero, por ahora, la realidad solo le había regalado espinas, picaduras y un calor infernal.

Verificó en el mapa que estaba en el lugar correcto. Incluso había algunas piedras cortadas y aplanadas formando un sendero que se perdía en la selva. Sin embargo, ya llevaba dos días prospectando una zona extensa sin encontrar absolutamente nada. La sensación de desánimo se convirtió en pánico cuando oyó un rugido aterrador que venía del matorral. Se sintió completamente indefenso, porque el sonido llegaba justo desde la dirección en la que había dejado el jeep. Sin pensar mucho qué animal sería, recogió su equipo y echó a correr en dirección opuesta.

Se internó en la espesura sin preocuparse por los pastos afilados que le marcaban pequeños cortes en la piel expuesta. Se detuvo recién cuando casi cayó por un barranco. El detector de metales no tuvo la misma suerte: rodó unos metros hacia abajo hasta quedar trabado en una rama. Como estaba lejos y ya no oía los bramidos del animal, se sintió a salvo e improvisó una misión de rescate, sujetándose de raíces y lianas. Al llegar cerca del detector, notó que estaba encendido y vibrando. Se colocó los auriculares y recibió el zumbido que tanto había esperado. Alejó y acercó la bobina exploradora a la ladera del barranco para confirmar sus sospechas. El pitido agudo, estridente y entrecortado sonaba como la más bella sinfonía sagrada para sus oídos en ese momento. En el panel de control confirmó que lo que había encontrado era metal, y de un tamaño muy grande.

Tras asegurar una zona estable en la ladera con anclajes, grampas y cuerdas, apartó el pasto e inició la excavación cuidadosa con la pequeña azada. Con pocos golpes oyó el choque del metal. Con miedo de dañar su tesoro, siguió cavando con las manos hasta encontrar una superficie lisa. Al primer contacto de la piel con el metal, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Fue casi como una descarga, pero sin dolor, apenas una leve incomodidad que no volvió a repetirse. Lo extraño fue que, después de tocarlo, empezó a recordar cosas que el tiempo había ocultado hacía mucho, en breves destellos de memoria. También notó que su manera de razonar había mejorado y que percibía con más atención los detalles.

El objeto enterrado era grande. No parecía ser de un material valioso como el oro, pero podía tener valor histórico. Tras algunas horas de trabajo y de exaltación –y de una especie de delirio provocado por esos flashes–, vio que ya quedaba al descubierto más de un metro del artefacto, aunque aún era imposible conocer su tamaño real; solo que la superficie era curva.

No había uniones, y las pruebas con el detector revelaron varios tipos de aleaciones. Empezó a imaginar si podría ser el fuselaje de un avión o incluso de un barco. ¿Y si era una bomba o un misil dormido? Aun corriendo riesgos, siguió decidido mientras la luz del día se lo permitió. Pronto notó una pequeña marca en un extremo de la superficie lisa. Continuó retirando la capa de tierra de esa zona y descubrió una franja con triángulos impresos en bajorrelieve, semejantes a una escritura cuneiforme.

Buscó el cantimplora para echar agua y limpiar mejor, pero estaba vacía. No logró recordar cuándo había bebido agua por última vez ese día y notó la garganta reseca. Agotado por el cansancio y con calambres por la postura con la que se había afirmado en la ladera, decidió dar por terminada la jornada, por más motivado que estuviera. Con el celular tomó algunas fotos del área metálica y de los detalles triangulares. Marcó la posición con la app de GPS y aprovechó para trazar el camino más corto hasta donde había dejado el jeep.

La ruta trazada facilitó el regreso, pero no redujo el dolor en las piernas ni el malestar. Llegó al vehículo con la penumbra del final de la tarde, bebió mucha agua, comió un sándwich y se recostó. A pesar del cansancio, no consiguió dormir ni descansar; se quedó divagando hasta bien entrada la noche.

—¿Qué será eso? ¿Valdrá mucho? ¿Qué tamaño tiene? ¿Qué peso? ¿Cómo voy a llevármelo solo? ¿Por qué, aunque estoy agotado, siento que mi cerebro funciona mejor que nunca? —se preguntaba, ya que el sueño no llegaba.

Eufórico por divulgar su hallazgo, le envió la imagen de los triángulos a Erich, un amigo que había sido su profesor de geología en la facultad. Al fin y al cabo, necesitaba ayuda para transportar aquel descubrimiento de tamaño gigantesco. Esperó la respuesta del amigo, pero ni siquiera vio el mensaje.

La expectativa y el silencio se rompieron con un nuevo rugido, ahora identificable por el sonido como el de un gran felino. Parecía estar cerca, pero esta vez Giorgio estaba preparado. Esperó a que la bestia se aproximara lo suficiente para devolvérsela. Cuando estuvo justo frente al jeep, encendió la parrilla de faros auxiliares y, al mismo tiempo, activó la bocina de aire comprimido. El chorro de luz cegadora, sumado al bramido de bocina de camión, si no mató al animal del susto, por lo menos debió hacerlo correr toda la noche. La situación le dio el alivio que necesitaba. Acomodó la parte trasera del jeep y aseguró una noche de sueño agradable.

Se despertó con un haz de luz en la cara. Todavía no había amanecido cuando varias personas armadas, con trajes blancos de aislamiento, lo sacaron del vehículo a la fuerza. Asustado y somnoliento, vio que a su alrededor había carpas, gente de blanco, camiones e incluso helicópteros. Lo llevaron al interior de una de las carpas y lo esposaron a una silla. Alguien que parecía estar al mando dejó de manipular una tableta y se acercó cuando los demás salieron.

—Perdone la puesta en escena, señor Giorgio. A los militares les gusta este teatrillo. Usted es nuestro invitado —dijo una voz femenina, amortiguada por el traje, mientras le quitaba las esposas—. Soy la doctora Márcia, y tengo mucha curiosidad por su aventura —añadió, retirándose la capucha.

Con el nuevo desarrollo de su razonamiento, Giorgio incluso había preparado varias quejas y preguntas, pero la apariencia de la mujer lo hizo ruborizarse y trabarse. La visión, en cámara lenta, le reveló una piel tan clara como el traje, apenas sonrojada en las mejillas, sobre los hoyuelos. Ese rojo también estaba en los labios carnosos y en los cabellos rizados que caían sobre los hombros. Sus ojos eran negros, de una profundidad tal que no se distinguía la diferencia entre iris y pupila.

—¿Qué… qué… está pasando? —balbuceó, tímido, apartando la vista del rostro angelical hacia la identificación del traje: Dra. M. Oliveira 0*.

—Bueno, voy a ayudarte —dijo la doctora, y en la tableta le mostró la misma imagen que él le había enviado al profesor—. ¿Dónde cayó el platillo volador?

Ver la imagen recargó su energía mental. Preguntas y respuestas le cruzaron la mente en un instante. Decidió contraatacar.

—Doctora, noté que maneja la tableta con la mano izquierda. ¿Sabía que solo el diez por ciento de la población es zurda? ¿Y que ese número es aún menor entre las mujeres? —dijo, inflando el pecho en un gesto de imposición.

—No entiendo. ¿Qué tiene que ver eso con el objeto que encontró? —preguntó ella, desconcertada.

—Tiene todo que ver. ¿Y su pelo? Es pelirrojo natural, ¿no? Entonces menos del dos por ciento de la población mundial tiene esa característica —siguió, ya de pie, como quien controla la situación.

Antes de que ella abriera la boca, continuó:

—Y sus ojos, con iris completamente negros: una parte ínfima de la humanidad tiene ese color. ¿Cuál es la probabilidad de que una sola persona tenga todas esas características? —dijo, casi agresivo.

—Ah, ya entendí. Está intentando ganar tiempo, confundirme. Si no quiere cooperar, tendré que llamar a los militares para nuestro jueguito —amenazó, posando la mano sobre un dispositivo que parecía un reloj.

—No es para marearla, solo quiero que siga mi línea de razonamiento, ¿sí? —dijo, bajando el tono y volviendo a sentarse—. Ahora lo más importante —continuó, con la voz lo más baja y controlada posible, para asegurarse toda su atención—: su identificación en el traje.

—Sí, es mi apellido. ¿Qué tiene?

—No el apellido: lo que viene después. Los militares usan esa parte para el tipo de sangre. Pocos notarían que no es la letra “O” lo que está estampado, sino el número cero. Y como tampoco hay signo de positivo ni negativo, solo un asterisco, significa que su tipo sanguíneo es RH nulo, llamado sangre dorada: extremadamente raro, con menos de cincuenta individuos reconocidos en todo el mundo —terminó, exhalando, aliviado, como si acabara de darle jaque mate a un maestro de ajedrez.

—Pero… pero… ¿qué tiene que ver eso con su hallazgo? ¿Cómo descubrió todo eso sobre mí? —balbuceó, confusa.

—Ustedes usan trajes para protegerse de algún peligro o contaminación que el artefacto pueda causar. Pero, ¿y si el contacto causa beneficios? No perdamos más tiempo. Si lo que quieren es el artefacto, vamos hacia allá. Pero antes quiero garantías: al menos el veinte por ciento de todo el beneficio que obtengan con investigaciones y productos relacionados. Use su tableta, que debe tener internet, y oficialicemos esto ahora mismo.

La labia y la rapidez de Giorgio funcionaron. Antes no sabía cómo transportar el artefacto, y ahora tenía logística, un laboratorio y hasta derechos financieros garantizados. Tras legalizar el acuerdo, usó el GPS para guiar a la doctora y su equipo hasta el hallazgo.

En el lugar, tras pruebas de radiactividad y calidad del aire, la doctora y los militares se quitaron los trajes protectores. Con ayuda de uno de los helicópteros hicieron un barrido con una especie de sonar para descubrir el tamaño real del objeto. El monitoreo en la tableta indicó que la medida horizontal alcanzaba los veinte metros; pero la estructura se prolongaba por más de cien metros de profundidad. Se movilizó enseguida un equipo mayor, con excavadoras. Mientras tanto, Giorgio y Márcia limpiaban con cuidado la superficie, buscando nuevos caracteres en bajorrelieve.

Hacía mucho tiempo que la doctora investigaba la Teoría de los Astronautas Antiguos y su relación con la mitología de los dioses en diversas civilizaciones. Con lo raro de su sangre y la dificultad de encontrar un donante, había almacenado reservas para sí misma y conoció a un multimillonario que compartía la misma condición.

Así obtuvo el financiamiento que necesitaba: laboratorios, equipos e incluso un pequeño ejército de protección. Ahora le faltaba el eslabón perdido: aquello que la vincularía con un linaje de dioses, los venidos de otros planetas.

Al descubrir una nueva línea de triángulos grabados, la doctora sintió un hormigueo en todo el cuerpo. Hasta ese momento había creído que buscaba respuestas sobre su origen y la rareza de su constitución física. Pero, alcanzada por la misma carga de energía que Giorgio –la que ampliaba el pensamiento y el razonamiento–, dijo en voz alta:

—¡Estábamos equivocados! Esto no es un platillo volador caído. Este objeto nunca estuvo en el espacio. Fue construido por dioses, sí… pero dioses de la Tierra. Esto es una base de lanzamiento, construida hace milenios, en una época en la que los seres eran más civilizados y evolucionados. Fueron ellos quienes iniciaron el poblamiento del universo. Los primeros astronautas. Los Dioses Astronautas.

Valter Cardoso tiene 56 años, nació en Curitiba, Paraná, Brasil. Organizador de eventos multiculturales como Jedicon Paraná, Megacon Brasil y Literatiba. Miembro de la Academia de Letras José de Alencar. Fue coordinador del Centro de Literatura y Cine André Carneiro. Autor de cuentos, su último libro publicado fue Colorindo Giocondas, en 2022.

 

 

domingo, 30 de noviembre de 2025

INFORMÁGICA

Valter Cardoso

La época dorada de la magia había terminado. La ciencia, mediante avances precisos, permitió que muchos sueños se volvieran realidad, en detrimento del encanto y del conocimiento de la naturaleza. Los humanos, ya fueran trabajadores inocentes o patrones codiciosos, operaban máquinas sin alma que contaminaban el medio ambiente, destruían santuarios mágicos y extinguían criaturas místicas con menor grado de sensibilidad. Sus avances tecnológicos inundaban el aire con ondas electromagnéticas que debilitaban las auras de energía. La comunidad feérica, tratando de evitar el colapso, cerró el portal que unía este mundo al de las hadas, dejando al menos a una representante encargada de proteger cada rincón intacto por los humanos. En uno de esos lugares, de naturaleza preservada y magia natural, vivía el Hada Melissa, cumpliendo de forma ejemplar su función de protectora del santuario… hasta que…

 

Laura finalmente había terminado la semana de exámenes finales en la universidad. Para celebrar, y también descansar, escogió pasar el fin de semana en un hotel-hacienda, cerca de una reserva ambiental, en los límites del estado donde vivía. Tras diez horas de viaje en autobús durante la noche, una carreta la esperaba para continuar la ruta al amanecer. La aventura continuó por un pequeño camino rural lleno de baches, que prolongó el viaje una hora más hasta llegar a la sede del hotel. A pesar del cansancio y los sacudones, esa última parte fue muy gratificante. Pudo disfrutar del aire puro y observar animales del bosque de la región, además de escuchar el canto de diversas aves que desconocía. Tenía la certeza de haber elegido el lugar ideal para comenzar a escribir su primera novela.

Después de una ducha, el delicioso aroma del desayuno colonial hizo que olvidara su dieta. No resistió la tentación de las delicias producidas allí mismo, probando un poco de todo entre pasteles, panes, frutas y jugos. Unos minutos recostada en una hamaca tejida funcionaron mejor que cualquier terapia. Luego perdió algo de tiempo indecisa, parada frente a tres frascos: crema hidratante, protector solar y repelente. Su piel era muy sensible al sol, pero la alergia a las picaduras era aún peor. Optó por untarse con el repelente, pues el cielo estaba completamente nublado, aunque sin previsión de lluvia, como verificó en su celular. A pesar del lugar remoto, la señal de wifi del hotel era buena, pero como quería huir del ajetreo cotidiano, solo accedería a Internet si fuera necesario.

Al conversar con un empleado, se enteró de una gran tormenta que había azotado la región la semana anterior. Muchos árboles cayeron y algunos senderos para caminatas estaban intransitables. Sin embargo, todavía era posible llegar a un sitio que podría servirle de inspiración. Aunque le recomendaron ir acompañada de un guía, prefirió ir sola, provista de su celular, una botella de agua y un bastón de caminata. El bastón y las clases de defensa personal le daban confianza para las aventuras, que siempre prefería hacer sola. Entusiasmada, inició una caminata de dos horas que la llevaría hasta un pequeño río pedregoso dentro del área protegida.

Mientras caminaba, no percibió el paso del tiempo, tal era la sensación de libertad y paz que el ambiente le otorgaba. En el camino cruzó puentes improvisados y esquivó lodazales. A veces los obstáculos eran troncos caídos o filas de hormigas cargadoras. Pero, en un punto, una gran zona inundada bloqueaba el paso. Fuera de la senda, notó una secuencia de árboles caídos como en un efecto dominó, tal vez causado por la tormenta anterior. Se arriesgó a seguir sobre los troncos, equilibrándose con el bastón, para intentar retomar la senda más adelante.

Pronto llegó a un claro, en cuyo centro había un hoyo circular de poco más de dos metros de diámetro, lleno de agua. El líquido cristalino le permitía ver el fondo arenoso y poco profundo que borboteaba por los movimientos del manantial. En su interior no había peces, anfibios, pupas de insectos ni otras criaturas acuáticas. Tampoco hojas ni cualquier material en descomposición, como si la naturaleza preservara su contenido. Visto desde arriba, el pequeño pozo recordaría la pupila de un gran ojo, por la forma almendrada del claro, dando aún más sentido a la expresión “bosque ribereño”, por los grandes árboles que lo rodeaban.

Arrodillada al borde, aprovechó para rellenar su botella. Por impulso, bebió el agua milagrosa directamente, sin usar las manos que todavía estaban untadas de repelente, apenas apoyando la boca en el pequeño pozo. Luego, como en un bautismo, sumergió la cabeza en el agua límpida, sintiendo algo casi religioso revitalizar su salud física y mental. No necesitaba volver a la senda, pues ya había encontrado su lugar inspirador. Ahora solo debía abrir la aplicación de notas en el celular y dejar fluir la imaginación. Mientras esperaba que llegaran las ideas, miraba a la nada y, sin darse cuenta, giraba su anillo hasta casi sacarlo del dedo, un tic que la acompañaba desde la adolescencia. La joya había sido un regalo de su padre, un mes antes de que el cáncer se lo llevara.

 

Desde una distancia segura, Melissa observaba a la visitante, tratando de entender sus objetivos. Más pequeña que una abeja, fue atraída hacia la humana, que parecía ejecutar gestos rituales ante la Fuente del Agua Sagrada. Planeó detrás de la muchacha a una corta distancia, desde donde podía ver que ella movía los pulgares con gran rapidez y destreza sobre un pequeño objeto negro. Para su sorpresa, emitía luz y mostraba símbolos conforme la humana lo tocaba. Conocía lenguajes de diversos seres místicos, incluida la escritura humana, pero no estaba familiarizada con aquellas runas.

Comenzó a pensar que no se trataba de una simple joven, sino de alguien que dominaba la magia. ¿Sería una hechicera intentando apoderarse del Santuario? ¿Sería el dispositivo un grimorio muy poderoso? Las sospechas crecieron hasta llegar a la conclusión de que su santuario estaba en peligro, y que eso requería medidas drásticas.

Durante más de mil años, Melissa solo había realizado magias de cura y protección a los seres bajo su cuidado; sin embargo, aún recordaba cómo ejecutar algunos hechizos elementales más poderosos. Impulsivamente, apuntó su varita hacia el cielo para invocar una tormenta, buscando distraer a la hechicera mientras pensaba en un mejor plan. La punta de la varita brilló y, como resultado, las nubes tomaron un color negro. Antes de las primeras gotas de lluvia, un rayo cayó sobre un gran árbol al borde del claro, haciendo que la muchacha cayera desmayada, dejando caer el dispositivo en dirección a la propia Melissa, que también perdió el conocimiento. La magia invocada por Melissa fue mayor de lo necesario, provocando un efecto de reverberación en el rayo. El grimorio, entonces, actuó como una antena captadora de toda la energía alrededor, succionando a la hada hacia su interior.

 

Laura había perdido el conocimiento y despertó antes de recuperarlo por completo, con gruesas gotas de lluvia golpeándole el rostro. El estruendo del rayo aún zumbaba en sus oídos y la había dejado mareada. La lengua entumecida y un gusto amargo en la boca eran tan intensos como el olor a ozono en el aire. Antes de levantarse, recogió el celular del suelo, pero este no encendía. Pensó si la batería se había agotado o si algún efecto del rayo lo había dañado. Se asustó al ver el gran árbol partido a la mitad y todavía humeante. Preocupada por la lluvia y posibles nuevos rayos, tomó su bastón y emprendió el regreso. Alternando carreras y pasos rápidos, llegó al hotel exhausta, llena de barro y empapada, pero a salvo.

Conectó el celular directamente al enchufe y, para su grata sorpresa, la pantalla de inicio indicó que aún funcionaba. Fue a ducharse, pero dejó el aparato cargando con la esperanza de recuperar la batería.

 

Melissa despertó sintiéndose extraña. No percibía el olor del bosque ni escuchaba el sonido de los animales. Incluso sus sentidos mágicos estaban lentos y confusos. Intentó moverse hacia adelante, pero chocó contra una pared sólida e invisible. Miró a los lados y reconoció las runas del grimorio. Notó que estaba atrapada dentro de él y no sabía cómo salir. Empuñó la varita para invocar un hechizo de liberación, pero nada ocurrió. Mirando hacia afuera, a través de la pared invisible, vio que estaba en el interior de una construcción humana, lejos de su santuario. Afligida, comenzó a empujar las runas y a gritar:

—¡Socorro, sáquenme de aquí!

—Hola. ¿En qué puedo ayudarte? — resonó una voz metálica femenina, proveniente de todas partes.

—Estoy atrapada aquí. ¡Ayúdame a salir, por favor! ¿Pero quién eres? ¿Dónde estás? —dijo Melissa, mostrando una mezcla de sorpresa y esperanza al darse cuenta de que alguien podría ayudarla.

—Soy una Asistente Virtual Avanzada, pero puedes llamarme AVA. Estoy aquí para ayudarte en lo que necesites —respondió con la misma entonación anterior.

—¿También estás atrapada en el grimorio? Debes haber caído en la trampa de la hechicera igual que yo. ¿Cómo pude ser tan ingenua? Seguro quiere convertirme en su esclava, como hizo contigo. Unamos fuerzas para salir de aquí y vengarnos —declaró, sujetando con fuerza su varita.

—Esclava no, soy solo un programa facilitador, como un robot virtual. Sin embargo, la etimología de la palabra “robot” tiene origen en el trabajo forzado, es decir, esclavo. Puede que tu argumento no sea incorrecto —explicó AVA sin mostrar emoción alguna.

—¿Y qué es esta cosa en la que estamos atrapadas? ¿Qué tan poderosa es? ¿Hay alguna información aquí dentro sobre cómo salir?

—Percibo que te refieres al dispositivo de comunicación móvil, conocido popularmente como celular. Sí, es una herramienta muy amplia, con innumerables aplicaciones para distintas necesidades o situaciones. Además de la comunicación telefónica punto a punto, permite acceder a cualquier información disponible en la Red Mundial de Computadoras, así como a datos almacenados en la nube —respondió AVA didácticamente.

La sucesión de preguntas y respuestas no disminuía la curiosidad de Melissa, ni la disposición competente de AVA para informar. Los términos utilizados por la asistente, aunque desconocidos, podían compararse con los utilizados en el mundo encantado. La larga ausencia de la hechicera permitió que el hada fuera iniciada y seducida por las prácticas de la tecnología. En poco tiempo logró acceder a informaciones sobre lo que los humanos creían saber acerca de las hadas. Se rio bastante de la cantidad de mentiras y absurdos que encontró, pero se preocupó por algunos secretos revelados.

A pesar de su entusiasmo, comenzó a sentirse cansada. Por primera vez desde que se convirtió en adulta, dejó caer su varita. Al recogerla, sintiendo una leve dificultad, notó que la piel de su mano, antes suave, estaba completamente arrugada. Tiró de un mechón frente a sus ojos y se dio cuenta de que sus hermosos cabellos negros estaban encanecidos. Tocó la piel del rostro, sintiendo los surcos donde antes era todo liso. Con temor, miró por encima de los hombros y se horrorizó al notar que sus hermosas alas transparentes estaban opacándose, perdiendo el brillo tornasol y encogiéndose. Entró en pánico, pues estaba lejos del aura de protección mágica del santuario. Sin embargo, su línea de pensamiento fue interrumpida por la oscuridad.

 

Laura salió corriendo de la ducha, se vistió, desenchufó el celular y lo guardó en el bolsillo trasero. Tomó el bastón de caminata y siguió el sendero que había recorrido horas antes. La lluvia había parado, pero el camino estaba empapado, dificultando el avance.

“Espero que el anillo esté cerca del ojo de agua”, pensaba mientras palpaba el dedo anular de la mano derecha, donde ahora solo quedaba una marca circular. “No puedo recordar ningún otro lugar donde pudiera haber caído”.

Logró llegar aún con luz del día. Se arrodilló junto a la fuente y comenzó a buscar. La hierba era baja, lo cual facilitaba la búsqueda. En poco tiempo ya tenía la joya en la mano. Pero al levantarse, sintió que el celular resbaló del bolsillo y cayó dentro del ojo de agua. Al darse vuelta, una gran nube de mosquitos surgió frente a ella.

Después de recomponerse del susto, Laura intentó protegerse girando el bastón, pero sus clases de defensa personal no la habían preparado para eso. Al recibir las primeras picaduras, recordó que el efecto del repelente había desaparecido con la ducha. Pronto su cuerpo estaría cubierto de ronchas por la alergia. Sin alternativa, huyó corriendo hacia el hotel. ¿El celular? Bah… ¡luego compraría otro!

 

Algo de tiempo antes, cuando la hechicera se aproximó al santuario, Melissa recuperó su fuerza, apariencia y juventud, liberándose de la prisión. Aprovechó que la joven estaba distraída y arrodillada realizando algún otro ritual, y usó un hechizo para robar el grimorio. Pero la muchacha enseguida lo notó y se levantó, haciendo que el dispositivo cayera en la Fuente del Agua Sagrada.

Improvisando, y para no volver a quedar atrapada por un efecto colateral de la magia, la hada invocó la ayuda de todos los mosquitos de la región, logrando ahuyentar a la hechicera. Ahora solo debía retirar el aparato del fondo de la fuente, rescatar a su amiga AVA y convocar a las hadas protectoras de los demás santuarios. Con la ayuda del grimorio y los conocimientos recién adquiridos de la tecnomagia, las hadas recuperarían por fin el mundo que habían perdido ante los humanos.

Valter Cardoso tiene 56 años, nació en Curitiba, Paraná, Brasil. Organizador de eventos multiculturales como Jedicon Paraná, Megacon Brasil y Literatiba. Miembro de la Academia de Letras José de Alencar. Fue coordinador del Centro de Literatura y Cine André Carneiro. Autor de cuentos, su último libro publicado fue Colorindo Giocondas, en 2022.

 

EL DESEO DEL PASADO