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domingo, 1 de febrero de 2026

EL DILEMA DE JOSH

Meghashri Dalvi

 

Emanuel Josh tenía un don. Podía negociar durante horas, días y semanas sin que un solo mechón de su cabello oscuro se saliera de su sitio.

Sus profundos ojos azules no mostraban emoción alguna, y su mandíbula ancha no se tensaba ni un ápice. Aquellos hombros robustos nunca se encorvaban, el labio inferior jamás temblaba. Las manos siempre permanecían firmes, y las gafas sin montura se mantenían perfectamente equilibradas sobre su nariz afilada.

La otra parte solía quedar intimidada solo por su presencia. Luego llegaba el bajo profundo de su voz precisa, con la que se discutían las ofertas y se sopesaban las consecuencias. Las amenazas se insinuaban con una elegancia exquisita, y las recompensas se ofrecían con una delicadeza casi invisible.

Emanuel Josh nunca perdía. Era el negociador maestro. La elección perfecta para asuntos delicados. Crisis petroleras, secuestros, desastres medioambientales inminentes: el gobierno siempre lo reclamaba para sacar lo máximo y lo mejor de situaciones espinosas.

Por eso recurrieron a él en cuanto pusieron bajo custodia a los dos alienígenas.

Los extraterrestres habían recorrido una enorme distancia interestelar y, evidentemente, contaban con una tecnología sofisticada para lograrlo. Su nave apenas tenía el tamaño suficiente para transportar a los dos. Estaba construida con un material casi mágico, que parecía fino y ligero, pero que al mismo tiempo soportaba sin problemas la dureza del viaje espacial. El potente sistema de propulsión, duradero y eficiente, era sin duda fruto de una tecnología extraordinaria.

Por suerte, otra tecnología igual de asombrosa resolvía el problema del idioma, de modo que las negociaciones pudieron comenzar.

Emanuel Josh presentó su propuesta al primer alienígena.

—Entréguenos los detalles de su expedición y de su tecnología.

—¿Cómo dice? —la voz del alienígena era áspera, pero las palabras se entendían con claridad.

—Comparta su tecnología con nosotros.

—¿Y por qué iba a hacerlo?

No solo había aprendido el idioma humano con rapidez, sino que además había adoptado una actitud desafiante.

—Bien, tiene dos opciones. Guardar silencio y enfrentarse a la muerte. O revelar su conocimiento y quedar en libertad.

—Eso es absurdo. No elijo ninguna. Quiero volver a casa… con información exhaustiva sobre ustedes.

El alienígena estaba sonriendo. O lo equivalente a sonreír, según lo permitiera su anatomía.

Emanuel Josh no sonrió. Se había entrenado para no hacerlo. Una sonrisa admite demasiadas interpretaciones, demasiados matices. No tenía lugar en una negociación.

Ignoró la extraña sonrisa del alienígena.

—También puede regresar a casa. Siempre que coopere y nos lo cuente todo.

—No lo entiendo. ¿Por qué debería elegir alguna de sus opciones? Son opciones muy extrañas. ¿Cómo funciona esto realmente? ¿Qué pasa si no elijo ninguna?

—Mire: si usted y su compañero guardan silencio, ambos permanecerán en nuestra prisión durante un año. Si usted comparte toda la información y el otro guarda silencio, él muere y usted se va a casa, libre e inmediatamente. Por el contrario, si él coopera y usted no, usted muere y él queda en libertad.

—¿Y qué ocurre si ambos compartimos todo lo que sabemos? Nuestra tecnología superior y nuestra computación de punta, súper inteligente.

—Entonces los dejaremos libres, encantados.

—Ajá. Así que si yo guardo silencio y mi colega coopera, muero.

—Exacto.

—Entonces mi beneficio está en cooperar. Si mi colega guarda silencio, yo vuelvo a casa. Si él también coopera, igualmente vuelvo a casa.

—Correcto.

—Pero ¿por qué debería arriesgar la vida de mi compañero? Al fin y al cabo, es mi amigo más cercano.

—Sí. Pero puede que él esté dispuesto a apostar por su vida.

El alienígena reflexionó un momento y luego declaró:

—No quiero cooperar.

—¿Está seguro? ¿Y si él coopera? En ese caso, usted morirá.

—Es cierto. Pero asumiré ese riesgo.

Emanuel Josh no podía creerlo. El alienígena había elegido la opción equivocada. ¿Cómo era posible? Cuando él negociaba, siempre elegían la opción correcta. Siempre cooperaban. Era la única opción infalible. Nadie había elegido jamás otra alternativa.

¿O acaso el alienígena se había comunicado con el otro antes de decidir? ¿Cerebro a cerebro? ¿Podían hacerlo? ¿Cómo, con tanto ruido de por medio? ¿O disponían de canales individuales?

Josh ordenó instalar detectores de radiación electromagnética alrededor de los alienígenas y vigiló de cerca cualquier posible emisión de ondas.

No detectó nada.

Con renovada confianza, se acercó al segundo alienígena. Pero su mundo se vino abajo cuando este también eligió guardar silencio.

¿Cómo podía perder Josh? ¿Cómo? Si los alienígenas no se comunicaban entre sí, ¿cómo habían tomado esa decisión? ¿Cómo?

El gobierno no estaba nada satisfecho. Emanuel Josh había fracasado por primera vez. Y esa primera vez había llegado en el peor momento posible. ¿Cómo podían los humanos dejar marchar a los alienígenas sin que entregaran su tecnología? Incluso aunque permanecieran un año encarcelados, no hablarían.

—Podemos hacer lo que queramos —suplicó Josh—. Al fin y al cabo, les dimos una oportunidad justa y no la aprovecharon.

—No sirve de nada. Ahora debemos cumplir nuestra palabra —respondieron con firmeza el presidente y los representantes del pueblo.

Tras un año de silencio en prisión, cuando los alienígenas se despidieron de los terrícolas agitando las manos y sonriendo, pidieron expresamente ver a Josh.

Emanuel Josh había sido un hombre desolado durante todo aquel año. Había pasado noches en vela buscando la causa del desastre. Si no se comunicaron, ¿cómo tomaron esa decisión ambos? Horas incontables frente a los detectores y montones de gráficos analíticos dibujados a mano no le habían servido de nada.

A regañadientes, se presentó ante los alienígenas.

El primero lo saludó con aquella sonrisa extraña.

—Hola. Jugó al dilema del prisionero manteniéndonos separados, ¿verdad? Estrategia pura, equilibrio de Nash y todo eso. ¿No es así?

Josh permaneció inmóvil.

—Pero observe: del mismo modo que la geometría euclidiana no funciona en todas partes del universo, la teoría de juegos tampoco. ¿Cómo iba a hacerlo? Está basada en el comportamiento humano… y nosotros no somos humanos.

El otro alienígena estalló en carcajadas.

—De hecho, nuestros cerebros sí se comunican entre sí. Directamente. Nunca hablamos. La caja de voz solo se activó para usted.

Josh no podía creerlo. Por primera vez, sus ojos lo traicionaron.

—Entonces, ¿cómo es que los detectores electromagnéticos no captaron nuestras ondas cerebrales?

El alienígena dio en el clavo.

—Verá, ustedes los humanos solo pueden ver tres dimensiones. Pueden imaginar algunas más. Pero en realidad existen muchas más. Muchísimas más. Y transmitimos nuestras ondas cerebrales a través de esas dimensiones superiores.

Ambos alienígenas rieron en la cara de Josh.

—No voy a detenerme en explicar los detalles ni la tecnología de esta comunicación. Se lo dejo a usted. Pero recuerde esto la próxima vez que intente negociar con otros alienígenas.


La doctora Meghashri Dalvi nació en Mumbai, Maharashtra, India. Es asesora en comunicación estratégica y de marketing cuando no escribe ciencia ficción ni imparte clases de gestión. Ha publicado más de 150 relatos de ciencia ficción en maratí y más de 40 en inglés. Sus relatos en inglés han aparecido en numerosas publicaciones y revistas web. Sus relatos forman parte de las antologías Written Tales y The Writer's Notebook. También se han publicado dos recopilaciones de sus relatos.

 

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