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domingo, 24 de mayo de 2026

EL NIÑO DEL ESPACIO

Meghashri Dalvi

Era famoso incluso antes de nacer.

El frenesí había comenzado cuando se propuso por primera vez aquella idea. Se intensificó cuando sus padres aceptaron. Alcanzó un gran auge cuando se anunció la concepción. Y llegó a su punto máximo cuando nació.

Lo llamaron el Niño del Espacio. El primer niño concebido y nacido en el espacio. El pionero de la Frontera Final. El primero, y el único.

Por supuesto, su madre estaba agotada y exhausta al final de todo aquello. Y su padre absolutamente rendido. Pero no importaba. El experimento había sido un éxito.

Entonces tomó el control todo un ejército de personas. Enfermeras especiales, nutricionistas, psicólogos, maestros y otros especialistas.

Su padre visitaba la estación espacial de vez en cuando. Su madre iba con más frecuencia. Lo observaba con diversión y ocasionalmente lo abrazaba. No le resultaba fácil hacer mucho más delante de las omnipresentes cámaras.

Él siguió creciendo. Ignorante de sus circunstancias extraordinarias. Era un niño sano y de inteligencia sobresaliente. No conocía nada más allá de su cubículo en la estación espacial. Allí jugaba, allí se caía y allí aprendió a caminar.

Cuando cumplió un año, su enfermera lo llevó al cubículo contiguo. Como un regalo especial de cumpleaños. Sus padres atesoraron el día, el Presidente bendijo la ocasión y un puñado de periodistas cuidadosamente seleccionados cubrió el acontecimiento. El mundo celebró el primer año completo del niño especial.

Quedó completamente desconcertado al ver tantas cosas nuevas. Los globos, la torta y, por supuesto, las personas. Tal vez más desconcertado aún por descubrir que existía un lugar fuera de su habitación.

Nadie lo advirtió entonces, pero aquello fue un comienzo. El comienzo de la búsqueda de sí mismo por parte de un niño solitario.

 

Luego fue sometido a un extenso programa educativo. Sus maestros eran los mejores de la Tierra, especialmente preparados para ocuparse de él. Le enseñaron el alfabeto, las palabras y luego las oraciones. Más adelante aprendió algo de ciencias, conocimientos generales y matemáticas. Comprendía con una facilidad extraordinaria todo lo que le enseñaban. Los científicos lo atribuían a su hambre de novedades. Pero solo él sabía que aquello era una manera de combatir su soledad.

Después de algunos años comenzó a surgir cierta inquietud en torno al experimento. En la Tierra, un pequeño grupo manifestaba preocupación por aquel niño brillante y saludable. Por su futuro y su vida. Por su desarrollo y su normalidad. Pero aquellas voces eran débiles, principalmente porque, después de todo, el experimento había resultado exitoso. Él era el perfecto niño del espacio, preparado para una larga vida entre las estrellas.

Poco a poco aprendió todo acerca de ello. Aprendió que era diferente del resto de la humanidad. Incluso diferente de la tripulación de la estación espacial. Ellos habían nacido y crecido en la Tierra. Y con frecuencia se tomaban largas pausas para visitar a sus familias allí. Él era el único que jamás había puesto un pie en la Tierra.

A menudo se encontraba contemplando el gran globo azul suspendido en el espacio. Las nubes blancas arremolinadas y los océanos relucientes. Intentaba imaginar la vida allí abajo. Niños yendo a la escuela en coloridos autobuses escolares, llenos de risas y alboroto. Niños jugando y peleándose para luego ser abrazados por sus padres. Padres contando historias y chistes, compartiendo carcajadas con sus hijos.

Deseaba experimentar todo aquello. Incluso los castigos ocasionales. Deseaba profundamente conocer la vida en la Tierra.

Un día reunió el valor suficiente para preguntárselo a su madre. La pobre mujer se esforzó por mantener un tono estrictamente objetivo. Le explicó la gravedad cero de la estación espacial y la pesada gravedad terrestre. Le describió los lugares abarrotados y la escasa higiene. También se extendió sobre la contaminación y las distintas enfermedades.

Al final, él seguía deseándolo todo.

De regreso en la Tierra, su madre lloró durante días pensando en su pequeño hijo. Llamó impotente a su exmarido, pero él no le dio demasiada importancia.

—Es parte del paquete —intentó justificarse.

Ella reflexionó largamente y luego decidió unirse al grupo que simpatizaba con el Niño del Espacio.

 

Tenía ocho años cuando conoció a otros niños por primera vez. Los jóvenes visitantes de la Tierra llevaban pesados trajes protectores y lo observaban desde cierta distancia. Pero él no lo notó. Descubrió que podía hablar sin parar. Mostrándoles cosas y comportándose como el anfitrión perfecto.

La euforia duró poco tiempo. Los niños regresaron a la Tierra y él volvió a quedarse solo. Ahora dominaba cuatro idiomas, era excelente en matemáticas, experto en resolver acertijos lógicos, músico talentoso y estudiante sobresaliente de historia. Pero seguía siendo un niño muy solitario.

Sin embargo, lo había aceptado. Ahora sabía que su futuro estaba en el espacio. Sería el primero en recorrer el espacio exterior en busca de nuevos mundos y nuevas formas de vida. Sabía que en la Tierra estaban terminando de preparar su nave espacial especial y que su viaje estaba siendo planeado meticulosamente.

También sabía que el momento llegaría pronto. Tal vez en un par de años. Pensaba en la larga vida que tenía por delante. Una vida compartida con máquinas, robots y el oscuro vacío del espacio. Una vida confinada a la nave espacial, con apenas algunos intercambios con la tripulación terrestre. Anhelaba compañía, pero había aceptado que jamás la tendría.

Había oído hablar de las relaciones que las personas tenían en la Tierra. De los primos, vecinos, amigos e incluso enemigos. Del amor, el cuidado y la ira. Del amor tierno entre un hombre y una mujer. Se preguntaba si alguna vez experimentaría algo así. A veces se imaginaba allí con una compañera. Una hermosa muchacha de grandes ojos encantadores y cuerpo delicado. La imaginaba sonriéndole y se descubría sonriéndole también.

¿Por qué? ¿Por qué yo? ¿Por qué cualquiera, en realidad? ¿Por qué este experimento? ¿Por qué ir al espacio? ¿Por qué abandonar las maravillas de la Tierra? ¿Por qué molestarse?

Sabía que nadie le respondería. Las personas de la Tierra eran muy cuidadosas al hablar con él. Lo trataban de manera especial. Como a la realeza. Como a un objeto frágil y costoso. Como a alguien que nunca verían entre ellos. Como a alguien que debía ser protegido. Mantenido lejos de las respuestas perturbadoras.

Así que continuó viviendo como ellos querían. Protegido, mimado, persuadido y profundamente solo.

 

Cuando cumplió doce años, la nave espacial estuvo lista. Las celebraciones en la Tierra fueron casi tan grandes como las que acompañaron su nacimiento. Solo que esta vez él comprendía todo. Todo lo que representaba para la gente de la Tierra. Sus sueños, su fe y sus esperanzas.

Había sido entrenado completamente para hacerse cargo de la nave. Su mente aguda había dominado todos los aspectos técnicos y los procedimientos.

El Presidente acudió a la estación espacial junto con algunos periodistas. Su madre, que ya había aceptado su destino, también subió. Él sonrió y estrechó la mano de todos. Sus ojos se detuvieron un instante más en su madre. Pero luego siguió adelante con firmeza. Ya no esperaba nada de nadie.

Sus valientes hombros ansiaban ahora asumir aquella tarea gigantesca. Preparado para vivir solo y soportar el encierro de la nave espacial, estaba listo para el largo viaje.

Abandonó la estación espacial por primera vez. El único hogar que había conocido. Desde la nueva nave espacial observó la estación en toda su extensión. Parecía tan grande y, sin embargo, tan acogedora. Sabía que no volvería allí. No pudo evitar dejar escapar un pequeño suspiro.

Dentro de la nave espacial observó todo detenidamente. Aquel sería su hogar durante muchísimos años. Por un instante fugaz pensó en las casas terrestres que había visto en fotografías. Luego apartó la idea. No tenía sentido anhelar aquello que no se posee y nunca se poseerá, se dijo a sí mismo.

Realizó todas las comprobaciones. Satisfecho, levantó el pulgar hacia la tripulación terrestre.

Dispararon.

El Niño del Espacio finalmente partió hacia las estrellas. Hacia el lugar al que supuestamente pertenecía. Hacia la inmensa vaciedad del espacio. Confiado, ansioso, curioso y completamente solo.

La doctora Meghashri Dalvi nació en Mumbai, Maharashtra, India. Es asesora en comunicación estratégica y de marketing cuando no escribe ciencia ficción ni imparte clases de gestión. Ha publicado más de 150 relatos de ciencia ficción en maratí y más de 40 en inglés. Sus relatos en inglés han aparecido en numerosas publicaciones y revistas web. Sus relatos forman parte de las antologías Written Tales y The Writer's Notebook. También se han publicado dos recopilaciones de sus relatos.

 

 

viernes, 10 de abril de 2026

MUFARO

Meghashri Dalvi

 

Mufaro se agachó, encorvado, con el sudor goteándole en los ojos. El sol implacable lo aplastaba contra la tierra ardiente. El polvo le llenaba la nariz y la garganta, haciéndolo toser. Le lagrimeaban los ojos mientras miraba a su alrededor. Solo veía el suelo resquebrajado y arbustos espinosos, sin vida. El cielo brillaba rojo, pesado y cruel. A lo lejos, un muro de polvo se alzaba cada vez más alto. Ya había visto tormentas así antes. Eran despiadadas.

Un matorral espeso, que proyectaba una sombra escasa, salvaba a Mufaro del calor y del polvo. En 2150, una sombra así era un lujo. Para niños como Mufaro, cada día era una batalla contra el calor, la sed y el hambre. Recordaba las historias de su abuela sobre cómo, alguna vez, los ríos habían fluido allí, y cómo los bosques verdes ofrecían sombra. Hablaba de peces en los arroyos, de niños chapoteando en agua clara, y de huertos cargados de fruta. Ahora, la lluvia vivía solo en los sueños.

En otras partes del mundo, los desastres asolaban a la gente: tormentas, inundaciones, olas de calor, ciclones. La tierra de Mufaro no había recibido tal violencia, solo esta sequía interminable.

La vida en las ciudades era mejor. Dentro de grandes villas, los poderosos y ricos vivían detrás de muros de aire fresco, con agua que llegaba por tuberías hasta sus cocinas, con comida que olía a especias y mantequilla. Mufaro había visto sus luces brillar en la noche, brillantes como estrellas caídas. Su gente los maldecía y, sin embargo, trabajaba para ellos, haciendo lo necesario para sobrevivir.

Su rutina era simple. Cuando el calor se volvía insoportable, se arrastraba dentro de su choza. Al amanecer, él y su madre caminaban kilómetros para buscar agua en un pozo, a menudo luchando contra vecinos más fuertes. Cada botella era preciosa, cada gota protegida como un tesoro. Y aun así, pese a las dificultades, Mufaro tenía esperanza, porque había descubierto una nueva forma de ganar dinero.

Mufaro se sentó tenso, con los ojos fijos en el parche de tierra desnuda frente a él. Había aprendido a leer sus señales. Primero el leve resplandor, luego la vibración, y después el cuadrado aparecía, delineado en luz plateada. Esperó, inmóvil. Por fin, una malla de brillo se extendió sobre él con un zumbido bajo. De ese cuadrado resplandeciente cayó una criatura blanca como la nieve.

Saltó como un guepardo, la atrapó y la apretó contra su pecho. Una leve descarga recorrió su piel, un cosquilleo suave. Pero no le preocupaba. Las últimas veinticinco veces había sentido lo mismo.

La criatura se retorcía en sus manos, su pelaje suave y fresco. Mufaro le susurró para calmarla y le acarició la cabeza. De ella emanaba una fragancia de hojas húmedas y tierra fresca, recordándole la lluvia, tan rara.

Los ancianos decían que criaturas así alguna vez habían vagado por todas partes. Como tantos otros animales. Pero, de forma misteriosa, estas criaturas habían empezado a aparecer en esas trampas brillantes. Surgían, titilaban y desaparecían de nuevo. A menos que él fuera lo bastante rápido como para atraparlas y no revelar a otros de dónde venían.

Las más suaves y blancas alcanzaban el precio más alto. Pero también ganaba suficiente con las rayadas o las marrones. Los ricos de la ciudad las codiciaban como mascotas exóticas: dóciles, elegantes, contentas de acurrucarse en los sofás. Afumba-sahib, el comerciante, le pagaba bien por cada una. Y si alguna vez aparecía una criatura blanca como la nieve, Mufaro debía llevarla de inmediato.

Mufaro miró a la criatura a los ojos. Por un momento imaginó llevársela a casa, dejarla dormir a su lado sobre la estera rota, escuchar su suave maullido romper el silencio cuando su madre trabajaba largas horas. Sería como una hermana, pensó. Alguien a quien cuidar, alguien que correspondiera con el suave roce de un pelaje aterciopelado.

Pero entonces pensó en el rostro cansado de su madre, en el techo ardiente que necesitaba reparaciones, en el hambre constante. Con el dinero que esa criatura le daría, podría comprar ropa nueva, no solo descartes del mercado. Podría arreglar el techo, pagar deudas, quizás incluso ahorrar un poco. Necesitaba ganar dinero mientras duraran los cuadrados resplandecientes, ya que podrían desaparecer tan repentinamente como habían aparecido.

Mufaro se quedó de pie, dividido entre el hambre y la esperanza, con la hermosa criatura blanca apretada contra su pecho.

 

Lejos en el tiempo, cien años antes, el profesor Sarvanathan estaba frente a la cámara brillante en un laboratorio de Mysore. Se presionó las sienes con los dedos, tratando de disipar el dolor sordo que ya formaba parte de él.

—¿Otra vez vacío? —preguntó, sin molestarse siquiera en mirar.

—Sí, señor —respondió Ram en voz baja—. No hay nada en la cámara.

El profesor frunció el ceño. Aquello se había convertido en el mayor problema de su carrera. Las leyes de la física, los hilos de la mecánica cuántica, todos los demás resultados coincidían perfectamente, excepto los gatos.

—No lo entiendo —murmuró, caminando de un lado a otro. Sus zapatos duros resonaban con firmeza sobre el suelo del laboratorio.

Al fondo, la cámara de la máquina del tiempo brillaba, con cables que se extendían en todas direcciones. Había sido construida para unir el hoy y el mañana, para saltar cien años en un instante.

Sarvanathan se detuvo.

—Mira, Ram, ¿qué es exactamente lo que estamos haciendo? Enviamos una criatura a la vez a través de esta máquina, hacia el futuro. ¿Correcto?

—Sí, señor —respondió Ram, revisando su portátil—. Hasta ahora catorce ratones, ocho cobayas, diez perros. Todos regresaron perfectamente.

—Exactamente. Incluso los dos chimpancés grandes volvieron sanos y salvos. —Se detuvo, bajando la voz—. Pero los gatos…

Ram asintió con desgana.

—Señor, ya van veinticinco gatos. Veinticinco veces abrimos la cámara, y veinticinco veces estaba vacía. Siempre la programamos a cien años. Así que van a 2150. Tal vez… tal vez el clima allí no les conviene.

—Hmm. Ram, ¿cuánto tiempo permanecieron los gatos en ese futuro? Solo un minuto. Si todos los demás animales lo lograron, ¿por qué no los gatos? Tenemos que mirar más allá del clima. Algo pequeño pero importante se nos está escapando. Piensa en los ratones. Los sedamos antes de enviarlos. Se quedan quietos, no se mueven. Los gatos son distintos. Incluso sin sedación permanecen quietos, apenas se mueven. Y la cámara tiene su campo eléctrico. Nada puede salir de ella.

—Es cierto —admitió Ram.

El profesor suspiró.

—Recuerda, cuando diseñamos la máquina, estaba pensada para permitir que seres vivos cruzaran a otro tiempo. La teoría cuántica, las armonías gravitacionales, todas las ecuaciones complejas fueron verificadas cien veces. Pero tal vez la experiencia en sí es distinta para cada especie. Los gatos podrían tener alguna estructura física o mental que los haga demasiado sensibles. Quizá por eso no pueden regresar. Pero si no regresan, ¿cómo podemos saberlo?

Se aferró a la lógica que le había ganado respeto entre los científicos.

—Si tan solo pudiéramos recuperar uno, podríamos averiguar qué ocurre. ¡En cambio, simplemente desaparecen! —Sarvanathan se quitó las gafas y volvió a caminar.

Ram frunció el ceño.

—Extraño, sin duda, señor.

—¿Qué tienen de especial los gatos? Hemos probado con los del laboratorio, con gatos prestados del laboratorio de Chennai, incluso con gatos callejeros. Siempre el mismo resultado. ¡La cámara permanece vacía! Las ecuaciones no dan ninguna pista. La física cuántica es misteriosa, más allá de la comprensión humana total. Pero debemos descubrirlo.

Levantó la cabeza. Las luces brillantes del laboratorio hacían que la cámara pareciera inquietante, como si guardara secretos demasiado profundos para nombrarlos.

—¿Comenzamos la siguiente prueba, señor? —preguntó Ram.

—Espera. Revisemos los registros una vez más.

Ram le mostró las notas.

—Hm. Los pesos varían, por supuesto —murmuró el profesor—. Y también sus edades. Entre tres y siete años.

—¿Eso importa, señor?

—No debería. Pero quién sabe. También probamos con persas, siameses, un Bombay, incluso uno birmano. Si hemos pasado por alto alguna raza, tendremos que conseguirla ahora.

La decepción oscureció el rostro del profesor. Los gatos desaparecidos se burlaban de su sueño de demostrar que el viaje en el tiempo era real. Empujar el conocimiento humano más allá de sus límites: quería hacer historia. Con el mundo temiendo una catástrofe climática, ¿quién apoyaría pruebas de viaje temporal si los gatos seguían desapareciendo?

—Quizá. Quién sabe. Sin suficientes datos, no podemos sacar conclusiones. Tal vez necesitemos dos mil, incluso tres mil gatos antes de que el patrón se revele. Hasta entonces no podemos publicar, no podemos obtener financiación, no podemos probar con humanos. El trabajo terminará aquí.

Forzó su voz a recuperar su tono habitual.

—Así que, Ram, revisa los registros otra vez. Si el color es un factor, anótalo. La mitad de los gatos eran blancos, pero también tuvimos marrones y negros. No debería importar, pero no podemos ignorar nada.

—Sí, señor. Pero aún nos queda uno. El vigésimo sexto gato. ¿La usamos?

—Muy bien. Regístralo.

Ram escribió.

—Hembra, persa. Edad: tres años. Color: blanco nieve. Peso registrado.

Sarvanathan apoyó la mano en la puerta de la cámara. ¿Regresará esta? La pregunta resonaba en su mente.

 

En un mundo, un niño buscaba sobrevivir. En el otro, un hombre buscaba la verdad. Ninguno sabía que sus respuestas se encontraban a través de la misma fractura en el tiempo. El profesor Sarvanathan miraba el vacío: otra vez, el gato había desaparecido. Mufaro caminaba hacia la ciudad, con un gato persa blanco en sus brazos.

La doctora Meghashri Dalvi nació en Mumbai, Maharashtra, India. Es asesora en comunicación estratégica y de marketing cuando no escribe ciencia ficción ni imparte clases de gestión. Ha publicado más de 150 relatos de ciencia ficción en maratí y más de 40 en inglés. Sus relatos en inglés han aparecido en numerosas publicaciones y revistas web. Sus relatos forman parte de las antologías Written Tales y The Writer's Notebook. También se han publicado dos recopilaciones de sus relatos.

 

domingo, 1 de febrero de 2026

EL DILEMA DE JOSH

Meghashri Dalvi

 

Emanuel Josh tenía un don. Podía negociar durante horas, días y semanas sin que un solo mechón de su cabello oscuro se saliera de su sitio.

Sus profundos ojos azules no mostraban emoción alguna, y su mandíbula ancha no se tensaba ni un ápice. Aquellos hombros robustos nunca se encorvaban, el labio inferior jamás temblaba. Las manos siempre permanecían firmes, y las gafas sin montura se mantenían perfectamente equilibradas sobre su nariz afilada.

La otra parte solía quedar intimidada solo por su presencia. Luego llegaba el bajo profundo de su voz precisa, con la que se discutían las ofertas y se sopesaban las consecuencias. Las amenazas se insinuaban con una elegancia exquisita, y las recompensas se ofrecían con una delicadeza casi invisible.

Emanuel Josh nunca perdía. Era el negociador maestro. La elección perfecta para asuntos delicados. Crisis petroleras, secuestros, desastres medioambientales inminentes: el gobierno siempre lo reclamaba para sacar lo máximo y lo mejor de situaciones espinosas.

Por eso recurrieron a él en cuanto pusieron bajo custodia a los dos alienígenas.

Los extraterrestres habían recorrido una enorme distancia interestelar y, evidentemente, contaban con una tecnología sofisticada para lograrlo. Su nave apenas tenía el tamaño suficiente para transportar a los dos. Estaba construida con un material casi mágico, que parecía fino y ligero, pero que al mismo tiempo soportaba sin problemas la dureza del viaje espacial. El potente sistema de propulsión, duradero y eficiente, era sin duda fruto de una tecnología extraordinaria.

Por suerte, otra tecnología igual de asombrosa resolvía el problema del idioma, de modo que las negociaciones pudieron comenzar.

Emanuel Josh presentó su propuesta al primer alienígena.

—Entréguenos los detalles de su expedición y de su tecnología.

—¿Cómo dice? —la voz del alienígena era áspera, pero las palabras se entendían con claridad.

—Comparta su tecnología con nosotros.

—¿Y por qué iba a hacerlo?

No solo había aprendido el idioma humano con rapidez, sino que además había adoptado una actitud desafiante.

—Bien, tiene dos opciones. Guardar silencio y enfrentarse a la muerte. O revelar su conocimiento y quedar en libertad.

—Eso es absurdo. No elijo ninguna. Quiero volver a casa… con información exhaustiva sobre ustedes.

El alienígena estaba sonriendo. O lo equivalente a sonreír, según lo permitiera su anatomía.

Emanuel Josh no sonrió. Se había entrenado para no hacerlo. Una sonrisa admite demasiadas interpretaciones, demasiados matices. No tenía lugar en una negociación.

Ignoró la extraña sonrisa del alienígena.

—También puede regresar a casa. Siempre que coopere y nos lo cuente todo.

—No lo entiendo. ¿Por qué debería elegir alguna de sus opciones? Son opciones muy extrañas. ¿Cómo funciona esto realmente? ¿Qué pasa si no elijo ninguna?

—Mire: si usted y su compañero guardan silencio, ambos permanecerán en nuestra prisión durante un año. Si usted comparte toda la información y el otro guarda silencio, él muere y usted se va a casa, libre e inmediatamente. Por el contrario, si él coopera y usted no, usted muere y él queda en libertad.

—¿Y qué ocurre si ambos compartimos todo lo que sabemos? Nuestra tecnología superior y nuestra computación de punta, súper inteligente.

—Entonces los dejaremos libres, encantados.

—Ajá. Así que si yo guardo silencio y mi colega coopera, muero.

—Exacto.

—Entonces mi beneficio está en cooperar. Si mi colega guarda silencio, yo vuelvo a casa. Si él también coopera, igualmente vuelvo a casa.

—Correcto.

—Pero ¿por qué debería arriesgar la vida de mi compañero? Al fin y al cabo, es mi amigo más cercano.

—Sí. Pero puede que él esté dispuesto a apostar por su vida.

El alienígena reflexionó un momento y luego declaró:

—No quiero cooperar.

—¿Está seguro? ¿Y si él coopera? En ese caso, usted morirá.

—Es cierto. Pero asumiré ese riesgo.

Emanuel Josh no podía creerlo. El alienígena había elegido la opción equivocada. ¿Cómo era posible? Cuando él negociaba, siempre elegían la opción correcta. Siempre cooperaban. Era la única opción infalible. Nadie había elegido jamás otra alternativa.

¿O acaso el alienígena se había comunicado con el otro antes de decidir? ¿Cerebro a cerebro? ¿Podían hacerlo? ¿Cómo, con tanto ruido de por medio? ¿O disponían de canales individuales?

Josh ordenó instalar detectores de radiación electromagnética alrededor de los alienígenas y vigiló de cerca cualquier posible emisión de ondas.

No detectó nada.

Con renovada confianza, se acercó al segundo alienígena. Pero su mundo se vino abajo cuando este también eligió guardar silencio.

¿Cómo podía perder Josh? ¿Cómo? Si los alienígenas no se comunicaban entre sí, ¿cómo habían tomado esa decisión? ¿Cómo?

El gobierno no estaba nada satisfecho. Emanuel Josh había fracasado por primera vez. Y esa primera vez había llegado en el peor momento posible. ¿Cómo podían los humanos dejar marchar a los alienígenas sin que entregaran su tecnología? Incluso aunque permanecieran un año encarcelados, no hablarían.

—Podemos hacer lo que queramos —suplicó Josh—. Al fin y al cabo, les dimos una oportunidad justa y no la aprovecharon.

—No sirve de nada. Ahora debemos cumplir nuestra palabra —respondieron con firmeza el presidente y los representantes del pueblo.

Tras un año de silencio en prisión, cuando los alienígenas se despidieron de los terrícolas agitando las manos y sonriendo, pidieron expresamente ver a Josh.

Emanuel Josh había sido un hombre desolado durante todo aquel año. Había pasado noches en vela buscando la causa del desastre. Si no se comunicaron, ¿cómo tomaron esa decisión ambos? Horas incontables frente a los detectores y montones de gráficos analíticos dibujados a mano no le habían servido de nada.

A regañadientes, se presentó ante los alienígenas.

El primero lo saludó con aquella sonrisa extraña.

—Hola. Jugó al dilema del prisionero manteniéndonos separados, ¿verdad? Estrategia pura, equilibrio de Nash y todo eso. ¿No es así?

Josh permaneció inmóvil.

—Pero observe: del mismo modo que la geometría euclidiana no funciona en todas partes del universo, la teoría de juegos tampoco. ¿Cómo iba a hacerlo? Está basada en el comportamiento humano… y nosotros no somos humanos.

El otro alienígena estalló en carcajadas.

—De hecho, nuestros cerebros sí se comunican entre sí. Directamente. Nunca hablamos. La caja de voz solo se activó para usted.

Josh no podía creerlo. Por primera vez, sus ojos lo traicionaron.

—Entonces, ¿cómo es que los detectores electromagnéticos no captaron nuestras ondas cerebrales?

El alienígena dio en el clavo.

—Verá, ustedes los humanos solo pueden ver tres dimensiones. Pueden imaginar algunas más. Pero en realidad existen muchas más. Muchísimas más. Y transmitimos nuestras ondas cerebrales a través de esas dimensiones superiores.

Ambos alienígenas rieron en la cara de Josh.

—No voy a detenerme en explicar los detalles ni la tecnología de esta comunicación. Se lo dejo a usted. Pero recuerde esto la próxima vez que intente negociar con otros alienígenas.

La doctora Meghashri Dalvi nació en Mumbai, Maharashtra, India. Es asesora en comunicación estratégica y de marketing cuando no escribe ciencia ficción ni imparte clases de gestión. Ha publicado más de 150 relatos de ciencia ficción en maratí y más de 40 en inglés. Sus relatos en inglés han aparecido en numerosas publicaciones y revistas web. Sus relatos forman parte de las antologías Written Tales y The Writer's Notebook. También se han publicado dos recopilaciones de sus relatos.

 

EL HAMBRE