Domenico Gallo
Conozco a Rachel
Plastercaster en su elegante loft, en el último piso de un viejo edificio
industrial de Nueva York.
—Esta era la sede de una empresa
que fue asaltada durante las grandes huelgas del 19. Los obreros derrotaron a
la milicia privada, los Pinkerton, creo, y entraron aquí durante una reunión
del consejo de administración. Fue una auténtica carnicería. —Rachel me invita
a sentarme en el archipiélago de sofás que ocupa el enorme espacio en el que
nos encontramos—. Tengo cuarenta y siete años —continúa, riendo, mientras se
sirve un vaso de vodka—. ¿No tenías curiosidad por saberlo?
—No sé si habría tenido el valor de
preguntarlo —respondo, un poco intimidado por encontrarme frente a una de las groupies
más famosas de la historia del rock. Mientras tanto, trago un sorbo demasiado
generoso del licor que tengo en la mano.
—¿Dónde escribes? —me pregunta
Rachel con alegría. Evidentemente el nombre de la revista que le repetí por
teléfono no se le quedó grabado.
Le paso un ejemplar. A pesar de los
años sigue siendo una mujer atractiva, rubia, alta, con dos ojos azules
cansados y acuosos.
—Pulp. Un bonito nombre —me
dice amablemente mientras hojea la revista con rapidez—. ¿Tiene algo que ver
con Tarantino? Yo lo conocí en una fiesta horrible allá por Orlando.
—Digamos que nos gustaba su
recuperación de la cultura popular. —Rachel me observa con aburrimiento y
sonríe—. ¿Cómo empezaste tu carrera de groupie? —pregunto de pronto,
dando comienzo a la entrevista.
—Por casualidad —ríe y lanza Pulp
sobre el cojín de un sofá—. Estaba en Chicago, en un concierto de Alice Cooper,
y me puse a esperar al grupo fuera de los camerinos. Había un gentío gritando y
empujando. Recuerdo que un gordo sudado se me pegó y no dejaba de meterme las
manos entre los muslos. Entonces se abrió la puerta y un gorila nos preguntó, a
mí y a un par de chicas que estábamos allí delante, si queríamos entrar.
Naturalmente dije que sí. —Rachel vuelve a reír, mostrando una fila de dientes
excepcionalmente blancos—. En diez minutos me encontré en una orgía.
—Háblame de Alice Cooper…
—Y quién lo vio… Aquellos eran solo
los técnicos del grupo, pero me quedé con ellos, moviéndome de concierto en
concierto, hasta que conocí a Cynthia. Fue en Buffalo, estaba detrás de Eric
Clapton…
—¿Ya había empezado con los moldes?
—Claro, aunque no tenía muchos. No
se le daba muy bien…
Rachel se levanta y me invita a
seguirla.
—Ven, te muestro mi colección.
Me precede hasta un pequeño
estudio. Detrás de dos puertas de cristal, los moldes están dispuestos con
orden impecable, blancos o grises, como una colección de soldaditos o de
relojes. Me acerco para leer las plaquitas colocadas con precisión delante de cada
objeto.
—Eric Burdon, Ricky Fataar, Pete
Townshend, Sterling Morrison, Mascara Snake, Noel Redding, Carl Palmer, Jimi
Hendrix, Neil Young, Frank Zappa…
—También él —exclamo sorprendido al
observar el molde del pene que reposa junto a decenas de otros—. Pensaba que
Zappa…
—También Zappa, naturalmente.
Rachel abre la vitrina y empuña el
trofeo con las manos. Produce una impresión particular ver a esta mujer
sosteniendo una copia en yeso del pene de Frank Zappa.
—Cynthia no lo logró, pero yo fui
más insistente.
Vuelve a reír, feliz por el regreso
de aquellos recuerdos.
—¿Cómo lo hacían? —pregunto un poco
incómodo.
—Al principio seguía a Cynthia
Plastercaster, que fue quien tuvo la idea de los moldes. Abordábamos sin falsos
pudores a las estrellas del rock; Cynthia preparaba el molde mientras otra del
grupo, a menudo yo, nos encargábamos del pene de la víctima…
Rachel empuña el pene de Frank
Zappa y se lo acerca a los labios.
—En fin, lo tomaba en la boca hasta
que estaba lo suficientemente duro para el molde, luego Cynthia lo colocaba en
una forma llena de alginato, un polvo usado para moldes dentales. Y listo.
Rachel me pone el molde de Zappa en
la mano para sacar otro de la vitrina.
—Jimi Hendrix me volvía loca —dice
poniéndome delante el pene de mi guitarrista favorito—. Estaba tan excitado que
eyaculó dentro del molde…
—¿Y cuándo dejaron de hacerlo?
—Nunca.
Me sonríe mientras vuelve a guardar
las reliquias.
—Me buscaron para hacer un molde de
Kurt Cobain, pero la era del rock había terminado, al menos para mí.
Rachel abre una caja metálica.
—Sigo con otros sujetos que me
interesan: performers, periodistas, algún recordista de atletismo, amigos,
entrevistadores…
Se vuelve hacia mí y vuelve a reír.
Rachel cruza la habitación
lentamente hasta el equipo de música. Comienzan los acordes de “New Age”, una
vieja canción de los Velvet. La veo de espaldas mientras manipula una mesita,
luego oigo el ruido de un grifo abierto. Rachel se desabrocha la camisa y la
arroja sobre una silla de mimbre. Los pechos son pequeños, con las areolas
oscuras. Un pequeño tatuaje azul, casi indistinguible, de forma indefinida.
—Siéntate aquí, Pulp.
Me hundo en un sofá mientras Rachel
me quita los jeans.
—No eres como Zappa… ya estás casi
listo.
Cerca de ella, en el suelo, hay un
recipiente que contiene una pasta repugnante.
La música continúa mientras Rachel
me lame el glande y me masturba con delicadeza.
—Bien, ahora te hago el molde.
—¿Y si se pone…?
Las palabras no me salen con
facilidad.
—No te preocupes, soy una vieja plastercaster.
Rachel se quita los jeans y toma
uno de sus penes de la vitrina. Se tumba a mi lado y me lo ofrece. Sin
pensarlo, la penetro.
—¿De quién era este? —pregunto
mientras voy y vengo y mi pene está prisionero del molde.
Rachel me besa.
—De uno de Afterhours —confiesa
suspirando—. Pero no te diré de cuál.
Domenico Gallo (Génova, 10 de julio
de 1959) es un escritor y traductor italiano. Ha ganado el Premio Italia en
tres ocasiones. Dirige la colección Fantascienza e Società para Mimesis
Edizioni y es uno de los aficionados más activos a la ciencia ficción italiana.
En 1979, lanzó Crash, una publicación underground dedicada a la crítica
de ciencia ficción (dos números). Posteriormente, junto con Bruno Valle, editó
Intercom, el fanzine italiano de mayor trayectoria en la historia de la ciencia
ficción (149 números), que posteriormente se convirtió en una revista digital.
En la década de 1970, militó en Un'Ambigua Utopia, el colectivo marxista de
estudios sobre lo imaginario.