Mostrando entradas con la etiqueta Luz Moreno. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Luz Moreno. Mostrar todas las entradas

viernes, 5 de junio de 2026

LA PERVERSIÓN DE DIOS

Luz Moreno

La Tierra era un mundo grato y sublime, que yo disfrutaba de mirar y embellecer desde la torre del firmamento en la que habitaba, hasta que se me ocurrió que la poblaría de criaturas de dulce voz para que me alabaran. Los demás dioses, que tenían experiencia con poblaciones de otros universos en lejanos confines, me aconsejaron que darles razonamiento y sentires los volvería difíciles de dominar, pero a mí me pareció de gran atractivo, porque aprenderían a amarme como si yo fuese un rey. Les di, además, cuerpos en todo hermosos, dividiéndolos en dos sexos para semejarlos a los animales que poblaban aquel planeta. No les di demasiado pelaje, a excepción de las zonas que lo requerían, para poder observarles libremente.

Me di cuenta de mi error cuando, bajo la blancura de la luna, aquel al que le di ubres se colgó del árbol que yo les había prohibido con el mero fin de averiguar si eran obedientes o no. La esbelta criatura tomó una de las dulces frutas coloradas que colgaban de las ramas con una sonrisa que se volvía maldad en sus ojos, creyendo quizás que la noche haría de velo para que yo no descubriera su chanza. No lo hacía por hambre, sino por simple travesura, aunque ni bien comenzó a comer sintió temor de que el hombre la acusara conmigo. A los pocos bocados, llamó y le convidó al que yo le diera falo, inventándose la historia de que una vieja serpiente se las había obsequiado. Sin embargo, el del falo sospechó la mentira, y ambos se sintieron abochornados por la traición. Se tranquilizaron ideando excusas y disculpas para cuando yo les indagara, creyendo que lo hablado haría diferencia en el hecho. Así de perjudicial que les era su capacidad de hablar.

Cuando me presenté ante ellos, encontré que se miraban algunas partes de su cuerpo, las que servían para perpetuar su imagen y su especie. Decidieron que les avergonzaban porque copulaban con ellas y aquello debía solo ser visto en la oscuridad, y las cubrieron para que yo no los viera, cosa que me enfureció terriblemente: amaba su cuerpo desnudo, las curvas de las mamas, el vigor de la extremidad, los vellos ensortijados, que resaltaban su mirada atrevida hacia el cielo en un orgasmo que jamás habían reprimido, pues hasta entonces no conocían la vergüenza. Acariciarlos por la noche, mientras dormían, me provocaba un regocijo divino, y verlos amarme, dedicándome su cantar y endilgándome los oídos sobre mi bondad, me hacían tan feliz como a ningún otro Dios pudo hacer su criatura.

Tuve que castigarlos; comenzaron una vida de miseria, rodeados de hijos entre los que reinaba la discordia y el rencor. Ya no miraban al cielo con atrevimiento, sino con un temor que al principio me inquietó, pero luego encontré agradable, porque al menos me deparaba respeto. Como los amaba, los perdoné, y les permití vivir en La Tierra durante mucho tiempo, para que me consideraran buen creador, con la esperanza de que volvieran a sentirse deseosos de mi amor. Su manera de agradecerme era bastante divertida: dejaban de comer por mucho tiempo, mataban animalillos en mi honor, recitaban largos cánticos reunidos. Todo esto me halagaba mucho, a pesar de que me entristecía de vez en cuando que en su mirada el miedo hubiera reemplazado al amor desenfrenado que hubo en un principio, como si yo no fuera su amante, sino un padre severo. Jamás quise ser juez maligno para ellos, sino un dulce maestro.

Desde que su creación, al mirarlos crecía en mí un arrobamiento celoso y un exceso de admiración. Sin embargo, comenzó a corroerme la pena del amor no correspondido, pues cayeron en la costumbre de adorar a otras deidades y entregarse a ellos con un furor desmedido que antaño me pertenecía. No era culpa de los humanos, sino de los demás dioses que, envidiosos de mi gran creación en La Tierra, acudían desde recónditos sitios del universo para instalarse por allí, con la excusa de aprender sobre estas criaturas. Se presentaban a los humanos y conseguían que estos los creyeran sus padres y creadores. Reconozco que yo no me he encargado de ganarme a la humanidad y recordarle mi existencia muy a menudo, por considerarla incapaz de olvidarme. No soy dios de los tiempos, por lo que no puedo retroceder a la feliz época en la que solo eran dos pequeños que debía mantener seguros en un fragante jardín. En fin, mi disperso rebaño encontró nuevos maestros, falsos, que les prometieron una muerte dulce y cosas por el estilo, aunque cuando se aburrieran de ellos los abandonarían para regresar a sus tareas, dejándolos también dolientes de desamor.

La mirada de mis criaturas al cielo dejó de ser de pasión o de miedo, para impregnarse de desinterés, hiriendo mi orgullo. Hablaban mucho, sí, pero ya muy poco de o hacia mí. Me sentía abandonado, olvidado por todos, y, poco a poco, perdía el interés por mi planeta. Expulsé a todos los ángeles de mi reinado, enviándolos a servir a otros dioses amigos. Los vi partir por la vía láctea, agitando sus alas, nerviosamente, mirando hacia atrás, sorprendidos de que de pronto yo los despreciara. Pero no quería tener a nadie cerca, porque necesitaba pensar, buscar la manera de sentirme a gusto nuevamente. Tuve que encontrar una nueva fuente de inspiración, y se me ocurrió concentrarme en la desgracia de los humanos. Fue entonces que, a escondidas de los dioses mayores (siempre supe que el mal sería castigado), me decidí a enviar insoportables torturas a los que no me amaban, celoso de la devoción que profesaban a otros. Oh, de haber conocido que esto no los haría regresar a mis brazos, sino que los alejaría en la bruma del rencor, jamás hubiera comenzado. Pero luego, cuando casi no me quedaban seguidores, castigarlos me parecía como un exorcismo que ellos merecían, y que me propiciaba mayor placer que el cuidarlos o simplemente dejarme adorar. Sus gritos de labios abiertos de cara al cielo, sus ruegos de piedad, eran repetidos por mí como expresiones de deseo fogoso. Sus lágrimas renacían en mi cuerpo por el orgullo de mis macabros planes. Me volví un apasionado del sufrimiento, que me aliviaba la soledad. Miraba con júbilo como cada vez que ellos construían ciudades, al poco tiempo caían, destruidas por guerras y pestes, y se vaciaban de gente, y yo los miraba, con mi gran ojo. Tanta desesperación y destrucción de todas las cosas humanas, que ellos creaban y yo arruinaba de un pestañeo, me parecía más divertido que mi tarea de antaño, la de crear criaturas en mi el planeta que se me había asignado. Los campos secos no daban ya fruta, así que los niños enfermaban y las madres morían de tristeza, y los hombres, hambrientos, se violentaban y mataban a sus familias. Los hospitales estaban llenos, y no había médicos que atendieran. La gente enloquecía, saqueaba los negocios, lloraba, se tiraban de los balcones y la sangre corría, goteaba, manchaba las calles y la tierra, y yo olfateaba el aroma salado y escarlata y me reía. Esos clamores, esos gritos, esos llantos, múltiples, formaban una melodía que se alzaba por los aires y yo la oía, bailando, haciendo frufrú con mis alas blancas, y palmoteaba alegremente, solo, desde mi torre.

Fue cuando los humanos comenzaron a preguntar a otros dioses por qué la desgracia se ensañaba con ellos, a raíz de lo cual mis colegas averiguaron de dónde provenían las enfermedades, plagas y cataclismos, y se allegaron a mí en vuelo veloz. No los vi venir, ocupado en hacer nacer a los ideadores de la bomba atómica. No los oí, porque reía para mí y meditaba sobre el bien que harían los humanos si comprendieran que al regresar a mi regazo se calmarían todos sus males. Entonces escuché detrás de mí el batir de alas blancas y el susurrar de la palabra “pervertido”, y sentí un filo helado en mis omóplatos. Cortaron mi plumaje alboreado manchando todo mi cuerpo moreno de sangre escarlata. Así sin más, quebrantado de dolor y sin poder mirar a los ojos a mis atacantes, fui conducido a un territorio en las profundidades del cosmos, detrás de la muerte humana, que nombraron como el Infierno. “¿Querías ser rey? Ahora serás Rey de las tinieblas” y allí me dejaron. Otros dioses pequeños había junto a mí, todos malvados con sus creaciones, de los que se me puso al mando. Cuando pregunté qué debíamos hacer, explicaron que los humanos, ahora carentes de Dios, muy pronto se matarían unos a otros y habría que cuidar más almas perecidas que en vida. Desde que tomé el mando en el Gehena he comprobado que los humanos llegan aquí a montones, a convertirse en mis súbditos nuevamente. Nada de devoción hacia mí encuentro en ellos: culpable de todos sus males, me detestan y me llaman Lucifer. Imagínense lo que han enloquecido en la Tierra, que creen ahora que he sido yo esa vieja serpiente que engañó a la inocente Eva, cuando fue la de las tetas exuberantes la que tomó la manzana.


Euge Luz Moreno dice de sí misma: Tengo 19 años y me apasionan la literatura y el teatro. Participé de diversos talleres literarios, finales de concursos como los Juegos Bonaerenses 2022 y el premio José Carlos Capparelli, del que recibí una mención, y antologías como Trazo Lunar 2025. Publiqué un libro de cuentos, Los trece miedos (2023), y otro de poemas, Rosa de los vientos (2025). Actualmente, soy estudiante de Letras en la FFyL de la UBA, formo parte del elenco de la obra “Invocación”, corrijo textos académicos y literarios e incursiono en la escritura de textos teatrales y novelas.

lunes, 29 de diciembre de 2025

EL ENCENDEDOR DE PLATA

Luz Moreno

 

No era culpa de los cigarros, aunque eso dijeran todos, no. La enfermedad era por ese maldito encendedor de plata, que tanto quise un día, y del que ya no puedo deshacerme.

Lo había heredado de mi tío, el señor Petrov, un rumano de mal talante cuyos pocos amigos solían llamar Van Dracul, por haber pertenecido a la estirpe de aquel conde tan difamado y haber tenido, durante la adolescencia, una gran fascinación por el ocultismo y la magia oscura. Cuando se casó, tuvo que dejar de lado aquellas “niñerías que no conducían más que a la locura de las mentes brillantes gobernadas por salvajes impulsos”, como las llamaba mi padre. Sin embargo, mi madre solía mencionar, solo cuando mi padre no se hallaba presente, que el tío Van nunca dejó del todo su afición, pues en su casa aún se veían adornos y libros relacionados al esoterismo.

Debo admitir que a mí las fantasías del tío Van no me resultaban desagradables. Cuando mi madre murió yo era aún un niño. Quedé al cuidado de mi tía, así que pasaba mucho tiempo en la biblioteca de la vieja casona, hurgando libros y antigüedades, y haciéndole una que otra pregunta a mi tío, que solía leer en su vejado sillón. Aunque con un dejo de impaciencia, me respondía, en el fondo agradado por mi curiosidad. Sé que sentía gran cariño hacia a mí. Aunque con sus hijas y su esposa apenas si cambiaba algunas palabras, conmigo mantenía largas conversaciones y más de una vez me obsequiaba alguno de sus tesoros.

Fue por ese cariño que ata a las almas afines que acudí sin reservas cuando, ya muchacho y residiendo en un alojamiento cercano a la facultad, me mandó llamar. Charlamos sobre temas diversos. Recuerdo que me aconsejó, como solía hacer, no involucrarme en la política argentina; yo había tenido deseos juveniles de convertirme en abogado. No por primera vez, me felicitó por estudiar medicina. Me atreví a contarle del sentimiento de soledad que me invadía a menudo. Las conversaciones me aburrían, en las fiestas me sentía incómodo y las mujeres se me figuraban fuera de mi alcance. Fue entonces cuando sonrió como siempre que tenía una ocurrencia, abrió el cajón de su escritorio y extrajo de allí lo que en principio me pareció un cuadrado brillante. Cuando me tomó las manos y lo depositó en ellas, pude apreciar un antiguo encendedor de plata. Era fino; tenía incrustados un par de rubíes en el costado. “Este perteneció a un viejo conde solitario, que no hallaba el gozo ni en el amor, la fortuna o la amistad, sino en descubrir secretos y conversar con las almas del más allá”, relató mi tío. “Para acompañarse, encerró en su encendedor de plata a una bestia desconocida, que solo se le aparecería en medio de la soledad más profunda. Algunos dicen que el hombre murió feliz; nunca más sintió la pena de la soledad. Otros murmuran que fue un pobre desdichado, que no supo domar a la bestia, y dejó que sus ojos rubí poco a poco devoraran su alma, fumando hasta perecer. Vos, muchacho, averiguarás la verdad tras el mito”.

Aquella historia del conde era parecida a muchas otras que le había oído a mi tío, y no me perturbó demasiado. Además, mi tío ya era un hombre anciano, que de vez en cuando confundía sus cuentos con hechos reales. Me alcanzó el encendedor con aquella mano blanca y huesuda que siempre me hacía recordar los grabados sobre la danza de la muerte en sus libros del medioevo.

Lo guardé, aunque no solía fumar. “Si domas a la bestia, Ignatio, nunca más estarás solo”. Mi tío me despidió y marché a mi casa. Era sábado y nada tenía por hacer. Esta perspectiva me apenó algo. Debo admitir que mi humor era bastante cercano al de mi tío en ocasiones, y era esta la causa de mi vida solitaria. La solución que mi tío sugería era atractiva: fumar para entretenerme. Compré cigarrillos, con alguna torpeza; había gran variedad y tarde en decidir. Finalmente, escogí unos ducados. En la habitación, tomé uno del paquete y saqué el encendedor de plata. Lo observé unos momentos, acariciando la carcasa. Pude entender las historias que provocaban en hombres imaginativos esos dos rubíes, que realmente parecían ojos que devolvían la mirada desde el infierno. Solo al tercer intento pude encenderlo.

Al principio tosí estrepitosamente, con el rostro inclinado hacia el suelo, intentando escupir. Agradecí la soledad en la que me encontraba. Cuando entendí cómo debía inhalar, me divertí unos momentos, viendo el tabaco quemarse, la ceniza caer y el humo flotando, envolviéndome en densas nubes. Al momento, sin embargo, cuando alcé la cabeza, descubrí que algo extraño sucedía. La neblina blanca se desvanecía, dispersándose hacia la ventana abierta, pero no del todo; una especie de sombra se cernía sobre mi cuerpo, una sombra con la figura de una mujer. La curiosa figura era, sin embargo, transparente, casi invisible. No alcanzaba a conformarse, pero pude ver que era curvilínea y de largos cabellos.

Cuando acabé el cigarro, desapareció por completo. Me invadió el deseo insensato, casi infantil, de verla nuevamente. Me comprenderán quizás; yo vivía solo, no hacía junta con gente de mi edad y no me atrevía a mirar a los ojos a una muchacha, y mucho menos a hablarle. Así que encendí un nuevo cigarro y la mujer volvió a aparecer. Esta vez parecía algo más corpórea, pero a la vez más etérea: cada vez que el humo ingresaba a mis pulmones, esa mujer se metía también, en parte, dentro de mí, o yo pasaba a estar dentro de ella. Esa divinidad femenina de negros cabellos me tomaba, me acariciaba el cuerpo. Justo cuando sentí que nos entendíamos, que alcanzaría a acariciarla con mis dedos, el cigarrillo se acabó y el humo se esparció por la atmósfera, dejándome recostado sobre mi camastro con los brazos en el aire, extasiado.

La tercera vez que encendí, calé con desesperación el cigarrillo y ante mí apareció aquel ser, que comenzaba a moverse salvajemente, contoneándose sobre mí. Ahora, en sus ojos, aparecieron dos pequeñas llamitas. Recordé lo que había dicho mi tío sobre los ojos rubí, pensé en la historia del conde que no pudo domar a la bestia. Pero yo no tenía manera de quitar la vista de aquella mujer sin desear nuevamente tenerla sobre mí, así que continué fumando hasta entrada la noche, cuando caí rendido, sintiendo los besos de humo sobre mí.

El encendedor de plata ya no salió de mi bolsillo más que para encender un cigarro. Se volvió parte de mí. Unos cuantos, por la mañana, otros varios por la tarde, luego de las fatigosas horas de clase, y muchos más durante las solitarias noches. Al principio no me pareció peligroso: disfrutaba aquella compañía y continuaba mi existencia acostumbrada. De hecho, al verme fumar, algunas jóvenes me sonreían y los muchachos se acercaban a mí para conversar y ligar una pitada. No me molestaba gastar cigarrillos con ellos, pero a nadie le daba fuego. Lo guardaba celosamente, temeroso de extraviar mi adorado encendedor de plata.

Pero desde esos días dorados ha transcurrido mucho tiempo. Ahora, la diosa-bestia-mujer va absorbiéndome, no puedo negarlo, y mucho menos puedo enfrentarme a ella. No podría extraviar, romper o abandonar el encendedor, aunque quisiera. Por el placer que me otorga la divina y salvaje mujer que duerme en las llamas del encendedor de plata, le debo, a cambio, mi vida. Lo sé, porque mi cuerpo se ha debilitado grandemente. Guardo cama desde hace varios días, pero no dejo de tomar el encendedor, prender el cigarro y calar, una y otra vez, impetuosamente. Cada vez que veo los funestos ojos escarlatas me siento renacer, o resucitar, o reencarnar en un dios hermoso. Pero la verdad, la única verdad es que muero, prisionero de las garras de una bestia que no supe dominar.

Euge Luz Moreno dice de sí misma: Tengo 19 años y me apasionan la literatura y el teatro. Participé de diversos talleres literarios, finales de concursos como los Juegos Bonaerenses 2022 y el premio José Carlos Capparelli, del que recibí una mención, y antologías como Trazo Lunar 2025. Publiqué un libro de cuentos, Los trece miedos (2023), y otro de poemas, Rosa de los vientos (2025). Actualmente, soy estudiante de Letras en la FFyL de la UBA, formo parte del elenco de la obra “Invocación”, corrijo textos académicos y literarios e incursiono en la escritura de textos teatrales y novelas.

TESTIMONIOS DE UN ÉXODO