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miércoles, 10 de junio de 2026

HUÍDA AL EDÉN

Dinko Osmančević

 

Los pequeños y rápidos pasos de Eva dibujaban trayectorias sobre la acera. De su boca salía vaho en aquella fría mañana de primavera. En los bordes de la vereda, vendedores ambulantes exhibían sus mercancías, bien arropados en sus voluminosas chaquetas. Un río de personas fluía por el Bulevar del Zar Lázaro, en Bania Luka. De vez en cuando Eva se detenía, se volvía y buscaba a alguien con la mirada. Su rostro, hermoso aunque ya no joven, estaba tenso; sus grandes ojos reflejaban miedo.

Hasta unas semanas antes, en sus incisivos artículos periodísticos, ella era quien perseguía y daba caza. Al principio ni siquiera sospechó que su persistente trabajo de investigación terminaría sacando a la luz al jefe de una mafia del narcotráfico al que llamaban el Conde, un pez gordo cuyos tentáculos llegaban hasta las más altas esferas del poder.

Que el Conde ansiaba venganza quedó claro el día en que una bala impactó en la flor de la ducha mientras ella se estaba bañando. En lugar de sangre brotando de la cabeza de Eva, fue agua la que salió disparada de la tubería dañada. La mano de alguien había temblado. Ella no confiaba en que la policía pudiera protegerla adecuadamente, así que abandonó su apartamento, apagó el teléfono y fue alojándose en distintos lugares, en casas de amigos y familiares. Se sentía como una tímida gacela perseguida por una manada de hienas.

Eva volvió a detenerse y miró hacia atrás. A unos treinta pasos de distancia, dos hombres con chaquetas de cuero y gafas de sol oscuras se acercaban a ella con rapidez.

—Madre mía —murmuró.

Corrió al otro lado de la calle. Chirriaron los frenos, los neumáticos gemían sobre el asfalto. Las bocinas aumentaron aún más el ruido ya existente, mientras conductores nerviosos gritaban desde sus automóviles. Eva subió de un salto a un autobús urbano que ya estaba cerrando las puertas y saliendo de la parada en dirección al barrio de Starčevica.

Había logrado escaparse de ellos otra vez, si es que eran los sicarios. ¿Hasta cuándo podría seguir huyendo?

Por un instante cerró los ojos y apretó los puños. Por fin había decidido lo que debía hacer.

En la primera parada abandonó el autobús y, poco después, ocultándose junto al escaparate de una boutique, subió a otro que circulaba en dirección contraria. Seguramente entre los taxistas también habría hombres del Conde, por lo que utilizaba únicamente los autobuses urbanos. Cambió varias veces de vehículo hasta convencerse de que nadie la seguía.

Finalmente llegó a la Estación Central de Autobuses. Entró apresuradamente al edificio; le quedaban apenas quince minutos. Se acercó a una ventanilla libre y extendió un billete.

—Un pasaje para Rijeka, en Croacia.

—¿Ida y vuelta? —respondió una voz femenina y chillona desde el otro lado.

—Solo ida.

 

—¡Doctor Josipović... señor! —dijo en voz alta una mujer mayor y corpulenta, envuelta en un chaleco tejido.

Estaba de pie junto a la puerta e intentaba llamar la atención de un atractivo hombre canoso de unos cuarenta años. Él permanecía junto a la ventana de su despacho en el castillo, contemplando el cañón del río Pazinčica.

—Sí, Ana —reaccionó al fin ante los insistentes llamados.

—No oyó los golpes en la puerta, como de costumbre, así que entré —la mujer cerró la puerta tras de sí y se acercó—. Lo busca una señora. Diría que tiene su misma edad. Dice que es periodista y menciona que lo conoce.

—Ah, claro... ¿Cómo se llama?

—Eva, Eva Petrović —leyó en la credencial.

—Oh, por supuesto, fuimos juntos a la escuela, en Bania Luka. Hágala pasar, Ana, por favor.

La mujer sonrió con picardía, se acomodó el chaleco y salió del despacho.

El doctor Josipović se alegró sinceramente cuando, en lugar de su secretaria, apareció en la puerta una atractiva mujer de cabello negro y grandes ojos. La abrazó con firmeza, aunque con suavidad.

—Bienvenida, Eva. Tendrías que haberme avisado. Habría ido a recibirte a Rijeka, igual que la última vez, cuando hicimos aquella entrevista... Uf, han pasado más de cinco años desde entonces.

Los recuerdos de Adam cobraron vida.

Aquella había sido una reunión profesional, una entrevista periodística con una antigua compañera de escuela y amor juvenil. Pero la cena en un restaurante exclusivo, el paseo por las calles de Rijeka y junto al mar fueron convirtiéndose poco a poco en algo mucho más profundo.

Primero, su pequeña mano terminó entre las suyas. Sus miradas chispeaban en la oscuridad y sus labios se encontraron. Fueron al hotel, a la habitación de ella.

Adam estaba completamente dedicado a la ciencia y no creía que aún quedara tanta pasión dentro de él; pensaba que se había extinguido hacía mucho tiempo.

Mientras ella besaba su pecho, él peinaba suavemente su cabello con los dedos. Estaba sentado completamente desnudo en el borde de la cama y ella se encontraba sobre él, en su regazo. Unidos en el juego amoroso. Eva se balanceaba lenta y rítmicamente, arañándole apenas la espalda con las uñas mientras suspiraba de vez en cuando. Él sentía todo el calor del cuerpo esculpido de Eva y de su sexo; ella sentía la fuerza de su miembro, pero también aquel cuerpo que se contraía por el deseo...

—Sí, Adam, el tiempo vuela y deja huellas en nuestro cabello —sonrió la periodista, sacándolo de sus pensamientos—. Entonces apenas estaban construyendo los cimientos de tu instituto y ahora eres un científico reconocido en todo el mundo.

—No sufro por eso, Evita; al menos tú me conoces. Si hubiera buscado fama mundial, habría creado el instituto en cualquier lugar de Occidente y no en Croacia.

—Lo sé, Adam, lo sé. Por eso he venido. Necesito tu ayuda. La necesito de verdad.

Eva bajó la mirada.

—Escucha, Evita. Salgamos a tomar algo. También podríamos comer. Has viajado mucho y seguramente tienes hambre... Además, las viejas paredes del castillo a veces también tienen oídos.

 

La terraza del restaurante, situada al borde del cañón, daba a la sima de Pazin, aquel abismo al mismo tiempo magnífico y aterrador.

—Así es también mi vida: un abismo sin fondo. Creía que era fuerte, que nada podía detenerme ni limitarme. Ahora solo siento miedo. Espero que me entiendas después de todo lo que te he contado.

—Por supuesto que te entiendo, Eva. Yo mismo sentí un miedo semejante durante la guerra, en Bania Luka, especialmente en 1995. Al final, sabes muy bien que tuvimos que marcharnos. Y aun así, igual que un río subterráneo, la vida vuelve a emerger de la oscuridad. Yo tenía aquí un tío, el hermano de mi madre. Fue aquí donde nos establecimos y por eso construí aquí el instituto. Invertí todos mis conocimientos y también el dinero que gané por el mundo.

—Tú triunfaste en la vida, Adam. Has creado algo fantástico.

—Pero quedó la nostalgia por la infancia, por mi ciudad y por mi primer amor —dijo él con melancolía.

—Éramos niños, pero todo era sincero. Por eso, y también por lo que ocurrió hace cinco años, me permití buscarte. Buscarte a ti y a tu ayuda.

Los ojos de Eva brillaban.

—Siempre podrás contar conmigo. La verdad es que Pazin es un lugar pequeño. Todos sabrían muy pronto que estás aquí y eso te pondría en peligro. Pero tengo un apartamento en Zagreb; iremos allí. Quédate el tiempo que necesites. Personalmente, me alegraría que te quedaras... para siempre.

Adam tomó su mano con ternura.

—La mafia, Adam. Están conectados como las tripas de un mismo cuerpo. Me temo que también en Zagreb me encontrarían fácilmente. Pero... cuéntame algo sobre tu instituto, por favor.

—Sí, claro... bueno —el hombre pareció confundirse un poco—. El instituto está en Cerovlje, a unos seis kilómetros de Pazin. Allí estudiamos mundos virtuales y la influencia de la realidad virtual sobre especies animales amenazadas. Además, contamos con un pequeño zoológico. Comparamos a los animales que vivían en los mundos virtuales del instituto con los que permanecían en el zoológico. Y puedo afirmar con total responsabilidad que los animales del instituto, es decir, los que viven en cápsulas de realidad virtual, prosperan mejor que los del zoológico.

—¿Quieres decir que los que están en esas cápsulas tienen la sensación de ser libres, de estar en la naturaleza?

—Absolutamente. Corren por las sabanas, vagan por las selvas tropicales y disfrutan de su hábitat natural. Hoy, cuando su mundo natural ha sido prácticamente destruido, este instituto y otros similares pueden desempeñar un papel importante para salvar a esas especies amenazadas.

—¿Se han realizado pruebas con seres humanos? ¿Alguien podría viajar dentro de ese mundo virtual, por ejemplo, a...

—¿Kinshasa? —completó Adam.

—Sí —sonrió Eva.

—Pues mira qué coincidencia, Evita. Hace mucho tiempo, Julio Verne situó una buena parte de la acción de una de sus novelas en Pazin, en el castillo, el Pazinčica, la sima... Y entonces se me ocurrió probar la cápsula de realidad virtual conmigo mismo. Configuré el programa para emprender un viaje virtual al centro de la Tierra, y la sima de Pazin fue mi entrada al mundo subterráneo. Al final de ese viaje fantástico, sobre el que podría escribir una novela, emergí en la cueva de Đalović. Está en Montenegro. En realidad, pasé siete días enteros dentro de la cápsula. Pero, sinceramente, después de apenas unas horas ya estaba completamente inmerso en los mundos virtuales.

Eva lo escuchaba con atención.

—De verdad es maravilloso. Tus investigaciones, tu trabajo... todo eso merece un Premio Nobel. Podría escucharte todo el día. Pero mi trabajo y mis investigaciones solo me han valido una condena de muerte. En realidad, no tengo muchas opciones. O quizá sí, por muy loca que parezca.

 

Un mes después, Eva Petrović fue declarada desaparecida.

Al principio se armó un gran revuelo. Durante días, periodistas de toda Bosnia y Herzegovina protestaron por su desaparición. Con el tiempo, todo se calmó.

Para la mayoría de la población, Eva había sido alcanzada por la ira y la venganza del Conde, y algún día, en algún lugar, aparecería su cadáver.

El Conde echaba espuma por la boca en su maloliente celda de Foča. Sabía que la periodista se le había escapado por muy poco y que ahora permanecía oculta.

¿Y Adam Josipović?

Cada vez pasaba más tiempo en sus mundos virtuales.

Especialmente en uno. 

Dinko Osmančević nació el 24 de julio de 1971 en Banja Luka, Bosnia-Hercegovina. Es aforista y escritor de ciencia ficción. Fue columnista de Nezavisne Novine durante mucho tiempo. Publicó aforismos y otras obras satíricas en todos los diarios de la República Srpska y Serbia, así como en otros periódicos, numerosas revistas y publicaciones literarias ("Književne Novine", Belgrado, "Književni pregled", Belgrado, "Suština poetice", Glušci, "Književno pero", Rijeka, "Nekazano", Bar, "Most", Mostar, "Krajina", Banja Luka, "Nova stvarnost", Banja Luka...), así como en revistas de género de los Balcanes Occidentales y Eslovaquia. Fue premiado en concursos y festivales de humor y sátira. Publicó relatos de ciencia ficción y otros géneros en las revistas "Galaxija", "Orbis", "Terra", "Suština poetice", "Faros", "Grad" (Kruševac), "Nekazano", "Đerdan", "Ilustrovana politika" y en numerosas revistas y portales en línea, así como en una veintena de colecciones antológicas de relatos.

 

sábado, 23 de mayo de 2026

VESNA Y DIVKO

Dinko Osmančević

 

Pronto la noche engulliría la montaña y su aldea, Bojka. Pero los pastores habían perdido una ovejita. Los demás muchachos llevarían el rebaño al pueblo, mientras Divko permanecería en la montaña para buscar a la traviesa Asja. En varias ocasiones anteriores, el muchacho rubio había regresado a Bojka victorioso, con la joven oveja sobre los hombros. Divko apenas contaba quince veranos, pero era digno de su nombre; alto y fuerte, aunque todavía no se había desarrollado por completo, como un capullo que apenas comienza a abrirse.

—Nunca se había alejado tanto —murmuró, y abrió las manos con impotencia.

Se había internado profundamente en la montaña y los días se habían vuelto más cortos. Debía regresar enseguida; de lo contrario, la noche lo sorprendería lejos de Bojka. Apretaba con fuerza su maza. Quiso darse la vuelta; apenas un instante lo separaba de tomar la decisión. Y fue entonces cuando una anciana apareció ante Divko. Surgió, pensó él, de la nada. Tenía largos cabellos grises, un rostro demacrado y un abrigo de lana que le llegaba hasta el suelo, con una carga de ramas sobre la espalda. Sus miradas se cruzaron: la de ella era turbia; la del muchacho, asombrada y teñida de temor.

—¿De dónde vienes, mujer?

—Eso mismo quería preguntarte, muchacho. Has llegado frente a mi casa —gimoteó la anciana.

Señaló una cabaña de troncos, a unos cincuenta pasos. Divko se sorprendió de no haber advertido antes el humo que escapaba del techo.

—Soy Divko, hijo de Vukan, de Bojka. Busco una oveja de mi rebaño.

—Las ovejas extraviadas siempre son las más queridas.

—¿Vives sola en la montaña? ¿No temes a las bestias, mujer?

—Los hombres son las peores bestias, muchacho. Llámame Ana. Ayúdame con las ramas y podrás pasar la noche en mi casa. También recibirás un cuenco de sopa caliente; seguro tienes hambre. Ya es tarde para regresar a tu hogar.

El muchacho tomó con facilidad la carga de la anciana. Volver al pueblo a través de la montaña sería demasiado arriesgado de noche.

 

Divko devoraba la sopa sentado a la mesa, en un rincón de la cabaña. Ana se quitó el abrigo y lo colgó de una viga. Se movía de un lado a otro junto al hogar. Iluminado por las llamas, el vestido de Ana se volvió transparente. Debajo se delineaba claramente su desnudez. A pesar de los años, Ana tenía un cuerpo hermoso y bien formado. Divko dejó de comer, pero no pudo dejar de mirarla. Sentía que el deseo lo dominaba como nunca antes. Su virilidad se endureció y temió moverse para que la anciana no lo advirtiera. Al mismo tiempo, imaginaba levantarse, tomarla en brazos y llevarla hasta el lecho de pieles y paja en el otro extremo de la cabaña. Deseaba con todas sus fuerzas arrancarle el vestido, abrirle las piernas y hundir su masculinidad en su sexo hasta derramar su semilla sobre ella.

De pronto, todo se oscureció ante sus ojos. Cerró los párpados apenas un instante. Cuando volvió a ver, Ana estaba de pie frente a él, completamente desnuda. Era joven, de largos cabellos negros y colmillos lobunos descubiertos en una sonrisa feroz. Lo tomó de la mano y lo levantó de la mesa. Lo condujo hacia el lecho. Saltó sobre Divko y rodeó su cintura con las piernas. El muchacho liberó su virilidad y la sujetó por las nalgas. Sintió que su miembro penetraba su ardor. Ana lo sofocaba con besos. Cayeron sobre el lecho. Ella lo aprisionó con su cuerpo y se retorcía sobre él en pleno frenesí. Divko contemplaba los grandes pechos de Ana, que se movían rítmicamente ante sus ojos. El placer creciente comenzó a hacerlo temblar cada vez más, sin control...

 

Antes del amanecer, la partida de hombres de Bojka, con antorchas en las manos, dio fruto. Encontraron a Divko medio desnudo, acurrucado junto a un tronco podrido. Temblaba de fiebre.

 

La muchacha descalza danzaba al son del canto de las abubillas sobre un prado salpicado de flores silvestres. Su vestido de lino y su larga cabellera dorada ondeaban con la brisa. Recolectaba hierbas medicinales y disfrutaba del hermoso día de primavera. Había aprendido herboristería de su madre, y esta de la suya, generación tras generación. Aunque estaba absorta entre hierbas y danzas, advirtió a un muchacho corpulento con una maza en la mano. Se acercaba desde el valle del arroyo murmurante. Ella se detuvo y aguardó al desconocido.

—Saludos, muchacha —le dijo el joven.

—Y a ti, forastero. ¿Vienes de lejos?

—Soy Divko Vukanov, de Bojka.

—He oído hablar de tu aldea. Está del otro lado de la montaña. Es extraño que andes solo, tan lejos de tu hogar y de los tuyos.

—Busco a alguien desde hace siete veranos. Mi maza y yo no tememos a nadie. Pero tú también estás sola. Eres hermosa, muchacha, y alguien podría hacerte daño. Será mejor que regreses a casa.

—Me llamo Vesna y no estoy sola. En ese bosquecillo está mi hermano de juramento, Stribor. Él me protege. Sus flechas alcanzan el corazón de mis enemigos.

—A mí me alcanzó una flecha hace mucho tiempo —Divko bajó la mirada un instante—. Llevo semanas caminando y quisiera descansar unos días. ¿Necesitan un trabajador en tu aldea? Sé hacer de todo. Trabajo por un lecho en un rincón, una corteza de pan y un poco de sopa.

Vesna y su protector, el hermano de juramento Stribor, llevaron a Divko a su aldea. Bjelobrijeg era un poblado ordenado, de hermosas casas de madera, rodeado y protegido por una empalizada de estacas afiladas. El abuelo de Vesna, Vojihna, un anciano alegre de larga barba blanca, vivía en una casa cercana a la entrada sur del pueblo. Ya estaba entrado en años y, como sus hijas se habían casado y su esposa había muerto, vivía solo. Necesitaba ayuda con las abejas, los caballos y el resto de los animales.

Fuerte, hábil y trabajador, Divko ganó fácilmente la simpatía del abuelo de Vesna durante los días siguientes gracias a su esfuerzo y dedicación en la casa. Vojihna tenía cuatro hijas y cada vez veía más en Divko al hijo que nunca había tenido. Pero Divko también había conquistado otra simpatía. Todos los días, Vesna visitaba a Vojihna y a su trabajador. Les llevaba leche fresca y comida, pero también un soplo de frescura y una corona de flores sobre la cabeza. Hablaban de la aldea y del ganado, de las hierbas medicinales, de la montaña y del nacimiento de la vida en primavera. Divko se sentía cómodo y satisfecho en compañía de Vesna. Le agradaban especialmente su sonrisa amplia y sincera y la mirada luminosa de sus ojos azul cielo...

Finalmente el sol se abrió paso entre las nubes. Durante los días anteriores, la lluvia había caído sobre el pueblo sin descanso. Divko reparaba una valla cerca del establo, mientras las abejas zumbaban alrededor de las colmenas. Vesna se acercaba sigilosamente, de puntillas; quería sorprenderlo.

—Te veo —dijo el muchacho sin darse vuelta.

—¡Bah! ¿Cómo pudiste verme? ¿Acaso tienes ojos en la nuca? —se enfadó Vesna.

—No, pero tengo oídos. No fuiste tan silenciosa.

—¿Y por qué eres tú tan callado y reservado? Escuché en el pueblo que preguntas por una mujer. ¿Es ella quien te atormenta?

Divko se ensombreció y apartó la mirada.

—Fue hace mucho tiempo. La encontré inesperadamente en el bosque, en la montaña. Me convirtió en hombre y me entregó su amor. Ocurrió un milagro y desapareció. Me dejó inquietud y deseo. Desde entonces enloquezco buscándola.

—Sé de quién hablas. Otros también han oído de ella, pero le temen y evitan nombrarla.

—Se llama Ana. ¿Sabes dónde está ahora? —Divko tomó a Vesna de las manos.

—No, pero está en todas partes. Su verdadero nombre es Morana. Y no te dio amor, sino solo deseo. Divko, el amor es cuando te duele aquí. —Vesna le clavó un dedo en el pecho—. El amor duele, pero no es una enfermedad. ¡El deseo sin amor sí lo es!

—¡Mientes! ¡Estás celosa y mientes! —rugió Divko—. Solo he perdido semanas aquí. Mañana al amanecer me marcharé. ¡La buscaré hasta encontrarla!

El muchacho se dio vuelta y se alejó apresuradamente para atender al ganado. Una lágrima resbaló por la mejilla de Vesna.

 

Toda la noche, un mismo sueño giró en la mente de Divko. Ana, hermosa y joven, con los colmillos descubiertos, yacía desnuda acariciándose los pechos, los muslos y el sexo. Chasqueaba la lengua y lo llamaba. Entonces aparecía Vesna, con una corona de flores alrededor del cuello. Sonriente y luminosa, bailaba por el prado...

 

Los gallos anunciaron a Zaria. El muchacho preparó su atado. Un fuerte apretón de manos con Vojihna. El anciano apartó la mirada. Sus ojos estaban rojos e hinchados; a veces los hombres también lloran. Divko tomó su maza y salió resueltamente. Lo recibió la mañana fresca y cubierta de rocío, impregnada del perfume de los tilos.

Paso a paso, Divko llegó hasta las últimas casas de Bjelobrijeg. Estaba seguro de que alguien lo seguía. Unos pasos pequeños avanzaban tras él; intentaban ser silenciosos, pero no lo bastante. No se volvió; solo apresuró el paso hacia la colina y el bosque. De pronto se detuvo y se dio vuelta. Sabía que la vería a ella, a Vesna. El muchacho arrojó la maza y el atado y caminó rápidamente hacia la muchacha, mientras ella corría a su encuentro. Un abrazo firme los unió mientras el sol nacía sobre la montaña.

—¡Aquí, aquí fue donde me dolió! —Divko apoyó su gran mano sobre el pecho.

Vesna secó sus lágrimas; la sonrisa y la alegría habían regresado a su rostro.

Dinko Osmančević nació el 24 de julio de 1971 en Banja Luka, Bosnia-Hercegovina. Es aforista y escritor de ciencia ficción. Fue columnista de Nezavisne Novine durante mucho tiempo. Publicó aforismos y otras obras satíricas en todos los diarios de la República Srpska y Serbia, así como en otros periódicos, numerosas revistas y publicaciones literarias ("Književne Novine", Belgrado, "Književni pregled", Belgrado, "Suština poetice", Glušci, "Književno pero", Rijeka, "Nekazano", Bar, "Most", Mostar, "Krajina", Banja Luka, "Nova stvarnost", Banja Luka...), así como en revistas de género de los Balcanes Occidentales y Eslovaquia. Fue premiado en concursos y festivales de humor y sátira. Publicó relatos de ciencia ficción y otros géneros en las revistas "Galaxija", "Orbis", "Terra", "Suština poetice", "Faros", "Grad" (Kruševac), "Nekazano", "Đerdan", "Ilustrovana politika" y en numerosas revistas y portales en línea, así como en una veintena de colecciones antológicas de relatos.

 

jueves, 30 de abril de 2026

DEL DIARIO DEL ADMINISTRADOR

Dinko Osmančević

 

Su palacio está en una colina, rodeado de extensos y hermosos jardines. Alrededor del palacio y de los jardines hay bosques bien cuidados, en los que aquí y allá se ven restos de antiguos lanzadores taquiónicos mediante los cuales la humanidad, a lo largo de la historia, se aventuró en el espacio en varias oleadas.

Hoy, esos lugares son santuarios para numerosos peregrinos que creen –o desean creer– que aquellos instrumentos, antes de la Gran Oscuridad, elevaban a la humanidad más cerca de los dioses. Más allá de los bosques, a muchos kilómetros en todas direcciones, sobre un terreno igualmente ondulado, se extienden campos y huertos interminables donde prosperan diversas cosechas.

Los jardines del palacio del Administrador están separados del mundo exterior por un alto muro circular que los vuelve misteriosos e inaccesibles. En uno de los jardines, bajo la densa sombra de las vides, está sentado el administrador Bastro, absorto en numerosos documentos esparcidos sobre la mesa. Está trabajando; nadie debe molestarlo, nadie salvo el comandante de la guardia. Sobre todos los papeles yace abierto un diario. El Administrador intenta anotar con la mayor precisión posible las impresiones de su más reciente viaje a Vegápolis, de donde regresó ayer. En la página figura la fecha: un día de agosto del año catorce mil y algo, no desde el nacimiento de Cristo, sino desde el final de la Gran Oscuridad. El Administrador reflexiona largo rato y luego añade apenas una breve y precisa frase, revelando así su formación militar y su espíritu sistemático.

Deja de escribir y vuelve a sumirse en sus pensamientos. Hace siete días cabalgaban hacia Vegápolis. La caravana del Administrador avanzaba por una región semidesértica, al otro lado de la Montaña Rujna, unos cincuenta kilómetros al sur de aquí. Bajo un cielo despejado, el sol de la tarde los castigaba con toda su intensidad, mientras un viento cálido y desagradable les golpeaba el rostro, arrastrando arena fina y dificultando la marcha. Temiendo el ataque de alguna banda que fácilmente podía surgir entre las siempre rebeldes tribus de la región, Bastro apremiaba a la caravana. Maldijo a los jinetes más lentos, amenazó con castigos. Aunque él mismo sabía que su caballo era mucho mejor que los demás, su silla mucho más cómoda, y su ropa también considerablemente más confortable que la tosca indumentaria de sus sirvientes y soldados. Aun así, los reprendía. Hasta la puesta del sol, el camino se convirtió en una agonía que incluso los animales soportaban con dificultad, pero a lo lejos volvió a aparecer el verdor y, tras un tiempo, el cauce del hermoso río Vegrina. Cuando cayó la noche, ante ellos estaban las murallas de Vegápolis, iluminadas por antorchas de guardia en movimiento: la luz de la ciudad.

El administrador Bastro se sobresaltó y salió de sus pensamientos. Anotó en el diario la hora de llegada a la ciudad y la cantidad de mercancía que habían traído ese día. La agradable frescura del jardín y los aromas de las frutas lo llevaron a recordar la primera noche en Vegápolis. Bañado y relajado, mientras una joven esclava lo masajeaba, Bastro yacía entonces entre los cómodos cojines de un salón en su residencia de la ciudad, escuchando el informe del jefe administrativo, llamado Ganda. Este lo informaba sobre la situación en la administración de la ciudad, el comercio y otras novedades de Vegápolis. Lo que más llamó su atención fueron las palabras de Ganda acerca de un nuevo y enigmático predicador al que llamaban el Anciano, que se había instalado en una cercana aldea abandonada. Algunos días después, tras oír constantemente hablar de él, el Administrador decidió visitarlo antes de regresar de Vegápolis. Disfrazado, acompañado del jefe y de varios escoltas, Bastro abandonó la ciudad en secreto.

Mientras cabalgaba sobre una silla dura e incómoda, recordó cuántos problemas había causado a su séquito durante la llegada a Vegápolis. Por suerte, este viaje fue breve.

En el centro de la aldea abandonada, sobre la que se había abatido la noche, había una pequeña plaza. Allí ardía una hoguera. Junto a ella estaba sentado el Anciano, vestido con toscas vestimentas de campesino. El Administrador comprendió que ese nombre, Anciano, significaba literalmente “hombre viejo”. Bajo la larga cabellera canosa, iluminado por el fuego, resplandecía el rostro del enigmático personaje. A su alrededor se encontraban personas de distintas edades y con ropas diversas, acordes a sus respectivas condiciones. La llegada del Administrador desvió por un momento su atención. Rápidamente hicieron lugar a los recién llegados. Bastro se sentó adelante, y sus acompañantes detrás, desde donde tenían mejor vista.

—A usted, amigo, es la primera vez que lo veo en nuestro grupo —dijo el Anciano dirigiéndose a Bastro.

—No había venido antes, señor, pero he oído mucho sobre sus enseñanzas y deseaba escucharlo.

—Aquí la gente no viene solo a escuchar, sino a participar —dijo el Anciano—. Hablamos de todo. Nadie es tan sabio como para no tener que aprender de los demás. Justamente, antes de su llegada, hablábamos de un proverbio que dice: “Sé pobre y sabrás cómo son los demás; sé señor y te conocerás a ti mismo”.

—No sé por qué podría yo aportar algo a ese proverbio —dijo el Administrador, preguntándose si aquel hombre lo había reconocido.

—Tal vez porque, señor, su ropa es pobre, pero sus manos son suaves como las de una muchacha. —Bastro resistió el impulso de mirar sus manos. Tenía la impresión, completamente acertada, de que todos lo observaban a él y a su séquito, intentando descubrir quién era, y eso podía causar problemas. Pero el Anciano añadió con suavidad—. No importa cómo sean sus manos, señor, ni quién es usted ni de dónde viene. Todos los que llegan con el corazón abierto son bienvenidos aquí.

Las conversaciones alrededor del fuego continuaron hasta bien entrada la noche. Bastro recordó las palabras del Anciano: que la lucha contra el mal, dentro del hombre y a su alrededor, es el objetivo final, pero también eterno, uno que nunca puede alcanzarse por completo. Que esa lucha debe librarse, pero no debe convertirse en su contrario, y que el camino hacia su realización es un gran misterio.

El administrador Bastro se consideraba un hombre justo y amante de la justicia. Procuraba definir la justicia según la ley, sin cometer errores deliberados. Ahora se comparaba con ese viejo predicador y con aquellas personas reunidas en círculo alrededor del fuego, en una noche cada vez más fría y ventosa.

—Aquí estamos — dijo Bastro en un momento de silencio—, de algún modo, dando vueltas en círculo… y también sentados en círculo.

El Anciano lo miró y luego sonrió.

—Los círculos son un tema importante para reflexionar, señor. Hace mucho tiempo conocí a un hombre que afirmaba que todo en el mundo se repite y gira en círculos. Los días y las noches, de la mañana a la tarde y a una nueva mañana; los años, de la primavera al invierno y a una nueva primavera; la vida del hombre, del nacimiento a la muerte y a un nuevo nacimiento; y también la vida de las grandes civilizaciones, desde comienzos primitivos hasta su apogeo, su caída y nuevos comienzos. Ese hombre decía que todo tiene su inicio, su mañana o su primavera, pero también su fin, su noche o su invierno, y después de eso un nuevo amanecer o primavera. Solo quien descubra el secreto del universo podrá escapar de este hechizo del ciclo. Ha tocado usted un gran tema, señor.

—¿Eso… significa que después de esta vida volveremos a vivir? —preguntó Bastro con vacilación, temiendo parecer ridículo.

—Si ese hombre tenía razón, entonces sí, pero yo no lo sé —dijo el Anciano—. Somos solo hombres, amigo; algunos misterios siguen siendo inaccesibles para nosotros. Y cuando nuestras opiniones son distintas…

El administrador Bastro volvió a sobresaltarse, inclinado sobre el diario abierto, al salir de esos recuerdos. Por el jardín del palacio se acercaba el comandante de la guardia, llevando delante de sí, sujeto con una cadena, a un esclavo desnudo hasta la cintura, cuyo cuerpo delgado estaba curtido por el sol.

—¿Qué ha sucedido? ¿Por qué me interrumpes? —dijo Bastro, no sin irritación.

El soldado se inclinó. Mientras tanto, el esclavo cayó de rodillas.

—¡Señor! —dijo el comandante de la guardia con voz llena de respeto—. Por culpa de este esclavo se volcó un gran cargamento de miel destinado al cuidado de la piel de la señora. Ese envío lo esperaba desde hacía meses.

—Lo seguirá esperando por algunos meses más —dijo el Administrador—. Cincuenta azotes para este. Y si sobrevive, aprenderá la lección; y servirá de advertencia para los demás.

—Entendido, Administrador —dijo el comandante de la guardia. Retrocedió unos pasos, tiró del esclavo, se volvió y se marchó empujándolo delante de sí.

El Administrador quedó solo, en silencio. Permaneció callado un tiempo, intentando calmarse y recuperar la concentración. Luego tomó la pluma y continuó escribiendo sus recuerdos de Vegápolis.

Dinko Osmančević nació el 24 de julio de 1971 en Banja Luka, Bosnia-Hercegovina. Es aforista y escritor de ciencia ficción. Fue columnista de Nezavisne Novine durante mucho tiempo. Publicó aforismos y otras obras satíricas en todos los diarios de la República Srpska y Serbia, así como en otros periódicos, numerosas revistas y publicaciones literarias ("Književne Novine", Belgrado, "Književni pregled", Belgrado, "Suština poetice", Glušci, "Književno pero", Rijeka, "Nekazano", Bar, "Most", Mostar, "Krajina", Banja Luka, "Nova stvarnost", Banja Luka...), así como en revistas de género de los Balcanes Occidentales y Eslovaquia. Fue premiado en concursos y festivales de humor y sátira. Publicó relatos de ciencia ficción y otros géneros en las revistas "Galaxija", "Orbis", "Terra", "Suština poetice", "Faros", "Grad" (Kruševac), "Nekazano", "Đerdan", "Ilustrovana politika" y en numerosas revistas y portales en línea, así como en una veintena de colecciones antológicas de relatos.

lunes, 22 de diciembre de 2025

EL HOMBRE ESTELAR

Dinko Osmančević



 

Una melodía potente sacudía el pabellón deportivo abarrotado. Una masa de unas diez mil almas se balanceaba al ritmo feroz de la orquesta sobre el escenario. Luces multicolores y psicodélicas danzaban alrededor de los músicos y luego se volcaban sobre el público en trance durante los solos de guitarra.

El Hombre Estelar, un cantante rubio de poco más de treinta años, interpretaba su canción más famosa. Con una expresión dolorida en el rostro, vestido con un ajustado mono azul marino que realzaba su perfecta figura masculina, con los brazos y las piernas ligeramente separados, permanecía de pie al borde del escenario.

Cantaba sobre su Liria natal, un planeta de una galaxia lejana, y sobre la libertad y el amor absolutos de los que gozaban sus habitantes. En Liria no había naciones ni tribus, no existían lenguas diferentes. Todos tenían el corazón puro y eran uno solo, pero al mismo tiempo cada cual era distinto, especial, libre y dueño de sí mismo. Entonces, desde la parte más oscura del universo, surgió el mal del odio. Infectó y dominó a las personas y destruyó Liria. Antes de que el planeta colapsara por completo, una pequeña lanzadera se elevó hacia el cielo y emprendió un viaje cósmico hacia una galaxia distante y un pequeño sol periférico. Transportaba a un niño, el futuro Hombre Estelar. Su misión era dar a conocer a los habitantes de la Tierra el triste final de Liria y advertirles, antes de que fuera demasiado tarde, de que estaban recorriendo el mismo camino de odio y destrucción…

El Hombre Estelar terminó la canción con lágrimas en los ojos. Guardó silencio y recorrió el escenario mientras la orquesta tocaba suavemente. Al cabo de unos minutos, incluso el público se calmó. Sin aliento, dio unos sorbos a una cerveza de un vaso apoyado sobre el piano y volvió a acercarse a la multitud:

—Intentamos conseguir el estadio. Nos dijeron que todavía es temporada deportiva y que no quieren arruinar el césped del campo. Allí habríamos sido tres veces más. Pero no lograrán silenciarnos. Nuestro mensaje de hermandad y amor entre las personas, de la libertad que queremos y por la que luchamos, no puede quedar encerrado entre las paredes de este ni de ningún otro recinto. ¡Ya se está extendiendo en todas las direcciones del mundo! Y nuestra única arma es nuestra música, nuestras canciones. ¡Y nuestro mayor aliado es la verdad y ustedes! ¡Todos ustedes, a quienes amo muuuucho!

El público volvió a estallar en aplausos. La música subió de intensidad. Apenas se oía al Hombre Estelar por los altavoces:

—¡Saludemos a todos los que aún están fuera, en las entradas del pabellón!

—¡SÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍ…!

 

El Hombre Estelar abrió la puerta de su suite en el Hotel Bosna de Banja Luka. Aferrada con fuerza bajo su brazo, sujetándose a sus músculos tensos, iba una diminuta muchacha con un vestido blanco de breteles, muy corto. En su expresión se advertía cierto temor, aunque ocultaba sus sentimientos detrás de frecuentes sonrisas.

—El concierto fue simplemente guau. No recuerdo nada parecido, nada tan poderoso —dijo la chica, mirando alrededor con curiosidad.

El Hombre Estelar la sentó en un sillón y sirvió champán en dos copas sobre la mesa baja.

—Sí… mmm… Marina, ¿así dijiste que te llamabas?

Marina asintió y dio unos sorbos.

—¿Por qué una chica tan hermosa vende entradas en la taquilla del pabellón?

—Bueno, es mi trabajo, me pagan bastante bien…

Quiso decir algo más, pero sintió sus manos sobre los hombros y sus besos en el cuello. La copa se le escapó de la mano y cayó al suelo. El Hombre Estelar la tomó suavemente de la mano y la condujo al dormitorio. Mientras la acariciaba y la desvestía, el hombre percibía toda la inquietud de Marina; su cuerpo temblaba, respiraba cada vez más hondo. Besaba sus pequeños pechos y la acariciaba por la espalda y las nalgas. Él también se desnudó. Se tendieron en la cama, y la joven suspiró en voz alta cuando sintió al Hombre Estelar entre sus piernas.

—Estrella… ¿me amas? —susurró.

—Yo… yo los amo a todos —respondió él.

La chica le rodeó la cintura con las piernas y hundió las manos en su larga cabellera.

Mucho más tarde, ella dormía sobre su pecho, respirando ruidosamente.

—Cariño, solo no ronques —dijo él más que todo para sí mismo.

Y agotado por todo, se fue quedando dormido…

 

Zvjezdan Satarić abrió los ojos. Se había despertado. Tomó su teléfono inteligente de la mesa de luz y miró la hora: casi las ocho y media. Apartó con cuidado la mano de Dragana de encima de él y la colocó sobre su vientre. Dragana seguía dormida. Habían tenido otra noche intensa. Se levantó aturdido y fue arrastrando los pies hasta el baño. Una ducha fría lo despertaría.

Por la ventana abierta del salón entraban el aire fresco, el canto de los pájaros y el murmullo y las risas de los niños del jardín de infancia cercano. Nada de eso le molestaba; al contrario, le resultaba agradable. Tras su rutina matinal, se sentó a la mesa y tecleó con destreza en su portátil. Se ató la melena rubia en una coleta para que no le cayera sobre el rostro y bebió café negro de una taza grande, intercalando alguna calada de su cigarrillo.

Dragana entró en la habitación vestida solo con la camisa a cuadros de Zvjezdan.

—Cariño, que Dios me perdone, pero parece como si algo te llamara incluso en sueños. Llevamos dos meses juntos y cada mañana, en cuanto abres los ojos, te lanzas a ese ordenador.

—Por la mañana el cerebro está más descansado.

—Lo sé, pero…

—Mejor prepáranos otro café y algo para comer.

Dragana se encogió de hombros de manera teatral, se acercó, besó ruidosamente a Zvjezdan en la mejilla y se fue.

—Hoy tengo demasiadas obligaciones —se dijo Zvjezdan, dando el último sorbo al café.

 

Zvjezdan aparcó su todoterreno con destreza, girando el volante con una sola mano. Con la otra sostenía su teléfono inteligente, protegiéndose del sol rosado del atardecer de finales de primavera.

—Escucha, Jasmina, he estado a mil todo el día. Sí, sí, recibí tus mensajes. Todo salió perfecto. Tengo solo esta conferencia de prensa y estaré en tu casa alrededor de las nueve. Dragana está en un desfile de moda y no volverá antes de medianoche.

Guardó el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta y tomó una carpeta y unos papeles del asiento del acompañante. Frente al coche lo esperaba un hombre mayor con un anodino traje azul.

—Señor Satarić, entraremos por la puerta lateral y en un par de minutos estaremos en la sala.

—De acuerdo, claro, disculpe el enorme retraso.

Entraron apresuradamente en el edificio. Las suelas de sus zapatos resonaban contra el suelo. Zvjezdan se acomodaba el cabello distraídamente y hojeaba la carpeta.

Al entrar en la sala, los recibió el murmullo de los periodistas. La multitud se agitó. Los flashes de las cámaras relampagueaban. Satarić se sentó a la mesa, dominada por un “ramo” de micrófonos multicolores. El anfitrión del traje azul levantó las manos para pedir silencio y se dirigió a los presentes:

—Estimados colegas, les ruego atención. El señor Satarić ha tenido hoy un día excepcionalmente exitoso. Tras varios días de conversaciones y negociaciones entre nuestro autor y su actual editorial, Banjalučka Besjeda, en las instalaciones del Ministerio de Cultura se ha firmado un contrato con uno de los mayores editores europeos, London Book. London Book representará a nuestro autor en los mercados de Europa, Estados Unidos y Australia.

Un aplauso estalló en la sala. Zvjezdan se levantó, se llevó la mano al corazón y se inclinó levemente ante los periodistas. Se trataba de un negocio serio, de tiradas enormes, en un mercado gigantesco, y afectaba a las dos primeras novelas de la trilogía del Hombre Estelar, así como a la última, aún en proceso. Pronto tomó la palabra el propio autor:

—Empezamos modestamente, como una novela por entregas en Nezavisne novine, pero cuando la tirada del periódico se disparó, comprendimos nuestro valor. La crítica pronto se pasó a nuestro lado. Ahora ya podemos hablar de una irrupción en el mercado mundial, y además por la puerta grande.

—Señor Satarić, Aida Mašović, Oslobođenje. ¿No se parece demasiado su Hombre Estelar al Stardust de Bowie?

—Si aceptamos que todas las mejores historias ya fueron contadas hace tiempo y todas las mejores canciones ya fueron cantadas, entonces ciertamente hay similitudes, pero no puedo estar del todo de acuerdo con su afirmación. Que los lectores juzguen por sí mismos —respondió Satarić, mientras observaba de manera bastante evidente a la periodista de larga melena y vaqueros ajustados.

—¿Es acaso su alter ego? —insistió Aida.

—O yo el suyo —añadió el escritor, indicando con la mano que pasaran a la siguiente pregunta.

—¿Tiene problemas con la Iglesia y las comunidades religiosas debido a sus posturas sobre la libertad sexual y otras libertades? ¿Y por las protestas y la lucha contra el encasillamiento de las personas? —preguntó un reportero huesudo del Canal Plus.

—No defiendo ninguna postura en la novela ni proclamo ninguna verdad absoluta. Pero todos somos conscientes de que todas las sociedades a lo largo de la historia, especialmente las nuestras, las balcánicas, han sido sociedades de falta de libertad o, en el mejor de los casos, de libertad limitada. Mi héroe no es Jesús, sino un joven, con todas sus virtudes y defectos, que busca una libertad mayor, incluso total. En esa búsqueda experimenta con muchas cosas. El público, creo, ha reconocido su grito, su clamor. Y sí, algunas personas de organizaciones religiosas e incluso ciertos políticos me han criticado, pero que cada cual haga su trabajo; yo no me meto en el suyo.

La conversación pronto derivó hacia otros temas. A los periodistas les interesaban los honorarios totales y los bonos acordados con la editorial londinense y si estábamos ante el primer bestseller mundial surgido de esta región. Zvjezdan esquivaba con habilidad las respuestas directas, aunque él mismo creía firmemente en la fama mundial de sus novelas.

La conferencia terminó poco después. Los periodistas se apresuraron a entregar sus artículos y reportajes. Zvjezdan permanecía en la sala casi vacía, hablando por teléfono. La única compañía que tenía era la periodista de larga melena y vaqueros ajustados.

—Hola, Jasmina, escucha, no puedo ir esta noche. Esta… Dragana va a volver antes del desfile. Sí, ¡antes! Hablamos en los próximos días. Vamos, te beso.

Tras una larga velada, pero antes de medianoche, Zvjezdan Satarić estaba en su habitación, en su cama, dejándose llevar lentamente por el sueño…

 

El Hombre Estelar abrió los ojos. Miró el reloj: casi era mediodía. Estaba solo y desnudo en la cama. Sobre la mesa de luz, junto a su cabeza, había una nota de Marina, escrita con letra grande y torpe. Había tenido que irse al amanecer; su madre estaba terriblemente preocupada. Le había dejado su número de teléfono y le pedía que la llamara cuando pudiera.

—¿Cuándo voy a llamarte, preciosa, si hoy sigo viaje? —dijo, y arrugó el papel.

Quiso tirarlo a la papelera del baño, pero se detuvo en el último instante. Se rascó los testículos y volvió atrás. Sacó una bolsa del armario y de ella extrajo un cuaderno grande. En él solía escribir canciones cuando le venía la inspiración. También había algunos dibujos de su ciudad, en Liria. Encontró una página en blanco, anotó el número de Marina y escribió en grandes letras de imprenta técnica: Marina — la que me ama.

 

El Hombre Estelar bajó las escaleras hasta la planta baja del hotel. Vestía de manera sencilla: vaqueros, zapatillas y camiseta. Lo acompañaban tres guardaespaldas leales y bien pagados, vestidos de negro. Había más de ellos en la planta baja y en el patio. Allí lo esperaban también el director del hotel, un hombre calvo y de cuello grueso, y algunos de sus empleados. Al Hombre Estelar le llamó la atención una mujer atractiva de unos cincuenta años, con un botón de más desabrochado en la blusa y un maquillaje exagerado.

—Señor Estelar, ha sido un honor extraordinario que usted y todo su equipo se hayan alojado en nuestro hotel. Esperamos que se lleven un buen recuerdo —dijo el director.

—Lo hemos pasado muy bien, querido amigo —respondió el Hombre Estelar, estrechándole la mano con fuerza.

—Sus nombres quedarán escritos con letras de oro en nuestros libros —añadió la mujer, notando la mueca de dolor del director.

—Ahora, como diría el viejo y buen mayor Krieger, no quiero que estén escritos, ¡quiero que estén tachados! —bromeó el Hombre Estelar.

—No diga eso, Estelar, ustedes están escritos también en nuestros corazones —dijo la mujer, llevándose la mano al pecho, y sus pechos parecían a punto de saltar fuera de la blusa.

—Permítanos acompañarlo hasta el Banski Dvor, donde tiene la conferencia de prensa —dijo el director, señalando las puertas giratorias.

El Hombre Estelar lanzó una mirada automática hacia la salida. Junto a la puerta, en el exterior, se encontraba un hombre joven, el portero, con la mano derecha en el bolsillo exterior del abrigo. El rostro del Hombre Estelar cambió y se crispó. Pensó, estaba casi seguro, que lo había reconocido. Era el mismo hombre, el vigilante del aparcamiento del pabellón Borik. La noche anterior había reaccionado de forma agresiva cuando él y su comitiva aparcaron en la zona destinada al personal técnico, lejos del estacionamiento VIP. En ese momento no le había parecido tan extraño, pero ahora…

—No, no vamos a caminar; bajaremos al sótano por el coche e iremos en él a la conferencia.

—Pero el Banski Dvor está al otro lado de la calle…

—No, gracias. Adiós —fue tajante el Hombre Estelar.

Con sus acompañantes, se lanzó al ascensor que acababa de llegar.

 

El Hombre Estelar estaba de pie junto a la ventana de su suite, en el octavo piso del Hotel Placa, en Sarajevo. Ante él se extendía una vista magnífica de la ciudad iluminada y palpitante. Miles de luces en los edificios y miles de vehículos en los bulevares y las calles. También llegaban las voces del almuédano desde los minaretes de numerosas mezquitas, llamando a la oración nocturna.

Pero el Hombre Estelar estaba inquieto. Ese mismo día, justo después de la conferencia en Banja Luka, se habían dirigido al aeropuerto de Mahovljani. Tenían programado un vuelo chárter a Sarajevo. Ya se aproximaban al nudo de Laktaši por la autopista cuando desde el aeropuerto les informaron de que habían descubierto por casualidad un fallo casi increíble, pero muy grave, en la electrónica de la aeronave. En lugar de desviarse hacia el aeropuerto, el Hombre Estelar ordenó continuar por carretera hacia Prnjavor y luego hacia Doboj y Sarajevo…

Se apartó de la ventana y encendió la luz de la suite. No estaba solo; lo acompañaba su mánager Jusuf, apodado Juske, su mano derecha.

—Escucha, viejo, no tienes motivo para tanta preocupación y paranoia. Todos debemos ser cautos; basta con que te estés convirtiendo en una estrella mundial. Además, tenemos a nuestros muchachos bien preparados. Preguntaré a mis contactos en la policía quién es ese tipo y qué pasó con el fallo del avión —dijo Juske, corpulento, recostado en el sillón.

—Quieren silenciarme, matarme. ¡Me han amenazado!

—Vamos, eres el mejor producto de exportación de este país. Estás en las listas de éxitos mundiales.

—¡Me odian! Políticos, imanes, curas y todo tipo de ladrones. Saben que cuando las ovejas abren los ojos ya no necesitan pastores. ¡Les estorbo mucho!

—Estelar, también superaremos Sarajevo. En Zagreb estás a salvo, y en Belgrado triplicaremos la seguridad. Luego huimos de estos malditos Balcanes y seguimos adelante: Viena, París, ¡el mundo!

Juske quedó satisfecho de haberlo calmado al menos un poco. Pero más que sus palabras, al Hombre Estelar lo tranquilizaron el champán y el polvo blanco. Finalmente se quedó solo en la suite, mirando fijamente el televisor, vacío. Y poco a poco se fue quedando dormido…

 

Zvjezdan Satarić abrió los ojos. A su lado, en la cama, dormía Dragana, con una mano metida dentro de sus calzoncillos. Eran las siete de la mañana y se había despertado. O quizá solo estaba empezando a soñar de nuevo. Hacía tiempo que ni él mismo lo sabía. Pero sí sabía que su sueño continuaría, y eso era lo que ahora lo inquietaba profundamente.

Dinko Osmančević nació el 24 de julio de 1971 en Banja Luka, Bosnia-Hercegovina. Es aforista y escritor de ciencia ficción. Fue columnista de Nezavisne Novine durante mucho tiempo. Publicó aforismos y otras obras satíricas en todos los diarios de la República Srpska y Serbia, así como en otros periódicos, numerosas revistas y publicaciones literarias ("Književne Novine", Belgrado, "Književni pregled", Belgrado, "Suština poetice", Glušci, "Književno pero", Rijeka, "Nekazano", Bar, "Most", Mostar, "Krajina", Banja Luka, "Nova stvarnost", Banja Luka...), así como en revistas de género de los Balcanes Occidentales y Eslovaquia. Fue premiado en concursos y festivales de humor y sátira. Publicó relatos de ciencia ficción y otros géneros en las revistas "Galaxija", "Orbis", "Terra", "Suština poetice", "Faros", "Grad" (Kruševac), "Nekazano", "Đerdan", "Ilustrovana politika" y en numerosas revistas y portales en línea, así como en una veintena de colecciones antológicas de relatos.

 

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