Mostrando entradas con la etiqueta Mihai Cacior. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mihai Cacior. Mostrar todas las entradas

sábado, 17 de octubre de 2026

HASTA LA MÁS AVANZADA JUVENTUD

Mihai Cacior

 

El hombre caminaba despacio por el centro de la pista de baile, con las manos en los bolsillos, como si paseara por un parque.

—De todos modos, ya no existen las relaciones serias —dijo la mujer.

—No estoy de acuerdo —dijo su amiga.

—Solo existe el último encuentro sexual antes de que decidas poner fin a tu vida —continuó ella—. ¡Y yo apenas he empezado!

El hombre se puso a bailar con alguien.

Estaban de moda las prendas luminosas, holgadas, que desafiaban la gravedad. Las mujeres llevaban vestidos largos que flotaban a su alrededor, con motivos luminosos que danzaban al ritmo de la música, y los hombres usaban abrigos hasta los tobillos, de hombros anchos, y sombreros con intrincados diseños geométricos. Solo él se distinguía de los demás. Llevaba una sencilla camisa blanca, pantalones de tela gris y guantes negros. Tenía el cabello corto y no llevaba barba. Ella solo le había visto la cara, pero ya intuía que no tenía ningún tatuaje.

—Sigo creyendo que existen las almas gemelas —continuó su amiga—. Como en los cuentos antiguos. ¡Hasta la más avanzada vejez!

—Querida, la vejez ya no existe.

Terminó su bebida y activó la glándula depuradora. Quería tener la mente despejada. El alcohol desapareció de su sangre. Se sentía como si acabara de despertar de un sueño reparador.

Lo veía en todos los bailes.

No lo perdió de vista mientras se abría paso entre la multitud. Él se movía despacio; su pareja bailaba con energía y llevaba un vestido multicolor hasta el suelo, aunque no lo tocaba: flotaba a su alrededor, al igual que su cabello, lleno de joyas. No hacían buena pareja.

Él la vio acercarse. Le sonrió.

Cuando llegó a su lado, apartó la mano de la cintura de la otra mujer, la estrechó entre las suyas y empezaron un vals lento que no tenía ninguna relación con la música del baile. Los guantes eran tan finos que parecía que no los llevaba. La otra mujer se alejó sin mostrar rencor y, al cabo de unos instantes, encontró otra pareja.

La mujer y el hombre continuaron el vals, sonriéndose. Convirtieron en un juego su resistencia al ritmo de la multitud.

Más tarde, cerca del amanecer, ella pensó que su intuición había sido acertada. Él no tenía ningún tatuaje.

—Ya no existen las relaciones para toda la vida, ¿verdad? —preguntó antes de dormirse, mientras él le acariciaba la espalda.

—¿Mmm? Sí, solo las circunstanciales —añadió él.

Ella despertó primero y se metió en la ducha. Ya pensaba en el próximo baile, en el próximo hombre. Cuando salió, lo encontró vestido. Estaba frente a una cocina con una sartén en la mano.

—¿Quién sigue cocinando para sí mismo? —preguntó.

Él se limitó a sonreírle.

En serio, ¿quién seguía cocinando?, volvió a preguntarse ella, desconcertada. Cuando era tan fácil pedir cualquier exquisitez y recibirla de un dron dondequiera que estuvieras. O ir a un restaurante y cenar mientras contemplabas bailarines que flotaban en el aire, una ópera o una obra de teatro. Cuando todo costaba lo mismo que un vaso de agua, una entrada para un baile o un departamento: nada.

Se sentaron a la mesa de la cocina. Él sirvió una tortilla trenzada y jugo de naranja.

—Está muy bueno —dijo ella.

—No te lo esperabas, ¿verdad? —Él le sonrió—. Es una lástima que ya no hagamos las cosas como antes.

—¿Por ejemplo? Aparte de cocinar.

—Por ejemplo, presentarnos. Me llamo…

—Basta —lo interrumpió ella—. No quiero que nos digamos nuestros nombres. Es que después podrías buscarme.

—¿Y si solo te digo el mío? Así seguiré sin poder encontrarte. ¿O tienes miedo de buscarme tú?

—El miedo es otra de las cosas de las que prescindo. Está pasado de moda, es una antigualla.

Cuando terminó de comer, ella se levantó.

—¿Qué planes tienes para hoy? —preguntó él.

—Son secretos.

—Nada en particular, entonces. Quédate un rato más. Quiero mostrarte algo.

—Ya me mostraste todo lo que quería. Estuvo bien. No estropeemos el recuerdo.

Se vistió. Antes de salir del departamento, volvió a mirarlo. Lavaba los platos y tarareaba. Él giró la cabeza apenas lo necesario para guiñarle un ojo.

—Hasta la vista —dijo.

—Adiós —lo corrigió ella.

 

El siguiente baile se celebró en otra zona de la ciudad orbital. La gravedad era tan baja que los invitados volaban entre las plataformas con alas de terciopelo o pequeños motores ocultos en el forro de la ropa. Se encontraban entre las ramas de un árbol de cientos de metros de longitud, con hojas de varios metros de ancho, situado en el centro de una cúpula de diamante que dejaba pasar la luz natural de las estrellas.

No tardó en verlo. No se acercó.

Buscó otra pareja. Bailó con un hombre que hablaba demasiado, luego con otro que fumaba demasiado y después con uno que se había puesto demasiado perfume. Se acercaba el amanecer. La multitud empezó a dispersarse. Ella se quedó sola. Volvió a distinguirlo: estaba solo, meciéndose sobre una hoja como en una hamaca, fumando una pipa y mirándola. Lo invitó a bailar.

Había bebido toda la noche y no se había molestado en eliminar el alcohol de la sangre, así que estuvo algo más alocada de lo que habría querido. Bailaron, rieron, se besaron. Mientras ella le acariciaba el cabello, él preguntó:

—¿Con cuántos te has acostado?

—Es una pregunta bastante personal.

—¿Más íntima que decirme tu nombre?

—No, nada es más íntimo. Y, de todos modos, ¿quién lleva la cuenta?

—Tú pareces precisamente de las que llevan la cuenta. De las que valoran cada noche, cada rostro, cada gesto.

Ella asintió con una sonrisa.

—¿Y tú?

—Con pocas.

—Pareces decepcionado.

—Sí, pero por otro motivo.

—¿Ah, sí?

—Uno personal.

—Olvida que pregunté, entonces.

Él la tomó de la mano y ella se dejó llevar. Abandonaron el baile saltando desde la plataforma de la rama gigantesca, salieron del inmenso recinto y dejaron atrás el árbol. Con la mente todavía embotada, no advirtió que no iban a casa de él hasta que se detuvieron ante otra cúpula, de apenas unas decenas de metros de diámetro. Volvían a contemplar el espacio. Veían un gigante gaseoso rodeado de anillos de colores, las estructuras del puerto y puntos luminosos en movimiento: los motores de las naves. El sol se ponía detrás del planeta; la luz crepuscular fue menguando hasta que el astro se ocultó y entonces pudieron ver de verdad el cielo, con todas sus estrellas y nebulosas. Él le tomó la mano y la dirigió hacia un punto del cielo. Hacia una estrella apenas visible.

—De allí venimos. Sol, la estrella de la Tierra. Algún día me gustaría visitarla.

Ella no retiró la mano.

—¿Qué crees que encontrarás allí que no tengamos aquí?

—Algo que todavía no conozco.

A la mañana siguiente, él preparó panqueques y sirvió jugo de granada.

 

Siguió viéndolo en todos los bailes, siempre en contraste con la multitud. La ropa que desafiaba la gravedad había pasado de moda. Durante un tiempo, todos llevaron trajes de formas geométricas, angulosas, hechos de un material espejado, y la multitud se convirtió en un caleidoscopio agotador. Durante otra temporada, la moda fue la desnudez. Después volvieron las prendas coloridas y extravagantes. Ella se adaptaba a cada cambio, aunque nunca conseguía armar un atuendo que impresionara. Solo él permanecía igual.

No volvió a acercarse a él, ni siquiera cuando no encontraba una pareja de su agrado, algo que le sucedía cada vez con mayor frecuencia. Cuando bailaba con alguien nuevo, o simplemente conversaba o le acariciaba el cabello, la sorprendían pensamientos sobre él y volvía a buscarlo con la mirada, hasta encontrarlo bailando con alguna otra mujer o, a veces, con un hombre. Él siempre le devolvía la mirada y le sonreía.

Ella había dejado de usar la glándula depuradora. Daba rienda suelta al alcohol; ya no le importaba sentir cada caricia, cada gesto, saborear cada palabra. Así le resultaba más fácil encontrar pareja. Despertaba con resaca en una cama ajena y regresaba de inmediato a su casa.

Hasta que una noche, en un sótano estrecho y oscuro, con una música que le hacía vibrar todo el cuerpo, lo vio apoyado en un rincón, otra vez vestido de negro. Ni siquiera supo cómo había logrado distinguirlo.

—No parece que te estés divirtiendo —le dijo.

—¿Mmm? ¿Por qué no? —respondió él, mirando el club con hastío—. A veces me gustaría poder ser un ermitaño, ¿sabes?

Ella se apoyó a su lado. Pidió otra bebida y bebió hasta marearse.

—Querías mostrarme algo. ¿Todavía te acuerdas? Después de la primera noche.

—¿Mmm? Ah, sí. Ya no viene al caso —respondió él, y solo entonces la miró a los ojos por primera vez aquella noche—. Pero ven, te mostraré otra cosa.

Le tomó la mano. Como siempre, llevaba guantes.

Recorrieron los pasillos y las plazas de la ciudad, concurridos, llenos de vida y de arte. Subieron a un tren y bajaron en una zona gris y funcional. Allí la gente caminaba con un propósito; nadie llevaba vestidos ni abrigos multicolores. Incluso vieron un grupo de niños. No se oía música. Él la condujo por una serie de pasillos hasta llegar a un restaurante. Era un local amplio, de techo alto, con las mesas separadas y conversaciones tranquilas. Una de las paredes era un ventanal que daba al exterior de la ciudad, al espacio.

Contemplaron un astillero donde se ensamblaban cascos de todos los tamaños, algunos de apenas unas decenas de metros y otros de varios kilómetros. Veían brazos mecánicos y robots que maniobraban las piezas y las soldaban. Entre las estructuras se distinguían pequeñas figuras, como hormigas, con dos brazos y dos piernas.

—¿Esos son seres humanos? —preguntó ella—. ¿Qué pueden hacer que un robot no haga mejor y más rápido?

—Planteas mal la pregunta. ¿Qué puede hacer el trabajo por ellos que no haga por los robots? Darles la satisfacción de una tarea bien hecha.

Siguieron paseando. Él le mostró zonas de la metrópolis orbital en las que ella nunca había pensado: depósitos, fábricas, laboratorios. Por último llegaron a casa de él. Como no había eliminado el alcohol a tiempo, estaba exhausta. Se durmieron abrazados.

A la mañana siguiente, cuando despertó y se vio todavía vestida, aunque cubierta, comprendió que no habían tenido sexo. Nunca le había sucedido algo así. Se asustó. ¿Qué sentido tenía dormir con alguien si no pasaba nada?

Él la esperaba con la mesa puesta, leyendo un libro. Ella comió deprisa, luego lo tomó de la camiseta, lo desvistió y puso las cosas en orden. Como ya era mediodía cuando quedaron satisfechos, se quedó con él. Pasearon hasta el anochecer; él le mostró los invernaderos hidropónicos donde crecían frutas. Por la noche, desnudos bajo el edredón, ella estaba decidida a hacer que aquella noche valiera la pena. Pero seguía cansada de los encuentros de unas horas antes. Decidió que ya no tenía sentido ir a dormir a su propia cama. Se quedó con él.

Por la mañana, mientras se vestían, lo observó plancharse la camisa, acomodársela, calzarse y ponerse los guantes.

—¿Por qué usas guantes?

—Es una costumbre de mis antepasados. Vivían en una teocracia, hace unos milenios. Mostrar las manos era un tabú. Es interesante lo que una sociedad decide considerar importante y cómo se amolda la vida cotidiana a eso. Por ejemplo, como siempre llevaban guantes salvo en familia, el simple acto de cenar se había convertido en algo íntimo, importante, una señal de gran confianza.

—Sigues sin responderme. ¿Por qué los usas tú?

—Estas pequeñas dificultades hacen más interesante la vida, ¿no te parece?

—Mmm. Por cierto, esta noche dormiré en mi casa.

—Muy bien.

—Y voy a ir al baile de los marqueses.

—Que te diviertas. Quizá también pase por allí, pero todavía tengo algunas cosas que hacer.

Aquella noche, en el baile de los marqueses, ella no lo buscó con la mirada. Llevó a casa a un hombre alto de piel suave.

Siguió viéndolo de vez en cuando en los bailes. A veces ella encontraba a otra persona y él también; otras, se acercaba a él. Advirtió que cada vez que lo buscaba, él dejaba a su pareja de baile para estar con ella.

Pasaban cada vez más días juntos. Se perdían cada vez más bailes. Ella había dejado de estar al tanto de las modas.

Él le mostró lo que había querido enseñarle aquella primera mañana. La condujo a una habitación de su departamento que ella no conocía: un taller de carpintería. En otra había una sala acogedora, un piano, cuadros en las paredes y muebles de madera hechos por él. Le explicó que había creado aquella sala para tener un lugar donde reunir a sus amigos más queridos.

—Creo que todavía necesitamos lugares así, que no estén construidos con precisión matemática para agradar al mayor número posible de personas; un lugar donde podamos ser nosotros mismos.

Le habló de un amigo pianista que lo visitaba a menudo.

—Incluso me dijo que le gusta más tocar aquí que en cualquier sala de conciertos.

—¿Y toca bien?

—Mejor que nadie. De hecho, va a tocar en el baile de esta noche. ¿Quieres que vayamos?

—¿Cómo, juntos?

—Sí, ¿por qué no?

—Pero… ¿qué ropa está de moda ahora?

—¿Crees que lo sé? —respondió él, riendo.

Él se puso un saco negro y ella un vestido azul ceñido. Los demás iban envueltos en prendas que recordaban las dunas de un desierto. A ella le gustó la música.

 

Como pasaba más tiempo en casa de él que en la suya, decidió dejar libre su departamento. Cuando sintiera la necesidad de una pareja nueva, algo que ocurría cada vez menos, le resultaría igual de fácil conseguir una habitación por una noche o ir a casa de su pareja de aquella velada. Y cada vez que iba sola a un baile, aunque él siempre decía que de todos modos tenía trabajo, que no saldría y que la esperaba al día siguiente, ella deseaba que él también encontrara a alguien nuevo para esa noche.

Pasaron así varios años juntos, hasta una tarde en que ella leía en la sala y él trabajaba en la habitación contigua. A través de las dos puertas altas de madera y vidrio, hechas por él, lo veía trabajar en una silla. Llevaba guantes ásperos, manchados de pintura y cubiertos de aserrín. A ella le gustaba aquel silencio atravesado por los sonidos del trabajo, de los clavos al entrar, de la madera al cortarse. Le gustaba el olor de la madera. Él dejó la sierra sobre la mesa, se sacudió el aserrín y bebió un vaso de agua. Se quitó los guantes de trabajo y, al ver sus manos desnudas, aunque las había visto y sentido tantas veces durante tantas noches, ella experimentó una excitación más intensa que cuando había visto por primera vez a un hombre desnudo en su cama.

Él se puso los guantes de entrecasa, los finos, y hablaron un rato de la novela que ella estaba leyendo, tomada de su biblioteca. Cocinaron juntos y comieron. Después él le dijo:

—Vámonos.

—¿Adónde?

—Hacia Sol. Hacia la Tierra.

Ella quedó asombrada ante la propuesta, ante su seriedad. Cerró el libro sin fijarse en qué página había quedado.

—¿Dejar todo lo que has hecho aquí? —preguntó, mirando hacia el taller.

—Lo encontraremos todo igual, aunque regresemos dentro de cien años.

Ella sintió un miedo como nunca había experimentado en su vida, pero también un entusiasmo de la misma intensidad. Asintió.

Partieron hacia Sol en un arca interestelar. El viaje duró varias décadas, pero no las sintieron, porque pasaron todos aquellos años sumidos en un sueño sin sueños. Pisaron el planeta natal de la humanidad y recorrieron cada rincón de cada continente. Visitaron ciudades cuya historia se remontaba a decenas de miles de años. Después abandonaron el sistema de Sol, pero no regresaron a casa: se dirigieron hacia otras estrellas, hacia otras tierras, nuevas para ambos.

 

Llevaban ciento once años viviendo juntos: decenas de miles de noches durmiendo abrazados, otras tantas mañanas perezosas, tardes entregadas a los paseos, veladas en las que preparaban la cena. Él había cumplido trescientos treinta años; ella, ciento cincuenta y cinco. Tenían exactamente el mismo aspecto que la noche en que habían bailado por primera vez.

Ella cerró el libro. Él estaba acostado a su lado, con la mirada perdida, quitándose los guantes y volviendo a ponérselos. Ella le tomó la mano. Estaban en una habitación de hotel de un mundo acuático; desde el dormitorio veían arrecifes de coral.

—Podríamos visitar también Sirio, ver los anillos de Upsala —le dijo. Él seguía con la mirada perdida—. Podríamos visitar los bosques de Mitobirion.

Él negó suavemente con la cabeza.

—Sé que ya lo hablamos —continuó ella— y dijimos lo que dijimos, pero aun así podríamos…

Él la miró a los ojos y preguntó:

—¿Has cambiado de opinión? ¿De verdad quieres un hijo o solo quieres darme un propósito en la vida? Lo único que quiero es volver a casa.

Abandonaron el mundo acuático. Se embarcaron en un arca interestelar. El viaje duró varias décadas.

Regresaron al departamento que habían dejado un siglo atrás. Las sartenes tenían las mismas manchas; el suelo del taller estaba cubierto de aserrín; sobre el piano de la sala había una caja de clavos y un martillo, aunque el departamento que encontraron se hallaba en otro barrio de la metrópolis orbital. Él tomó una silla que se parecía a la que había hecho un siglo antes, la olió, acarició con la mano desnuda el respaldo barnizado. La arrojó al suelo, rompió una pata y observó las fibras de la madera.

El departamento era una imitación del original. El suelo no crujía, el piano no estaba desafinado, la madera no se había hinchado ni enmohecido. Él tomó la caja de clavos y la arrojó contra la puerta. Agarró el martillo y golpeó el piano con todas sus fuerzas, le rompió las patas, destrozó las teclas. Cayó de rodillas, exhausto. Ella lo miró a los ojos enrojecidos y no los reconoció.

 

Los seres humanos ya no envejecen. Nacen, crecen, atraviesan una adolescencia tan tumultuosa como en cualquier época de la historia de la humanidad, se convierten en adultos jóvenes y así permanecen. Sin embargo, siguen acumulando experiencias, vivencias, expectativas. Llega un momento inevitable, después de cien años o de mil, en que la mente, hecha para una vida de mecha corta, que venía con fecha de vencimiento, incluso ahora, con todos los milagros médicos que han desterrado la vejez y la enfermedad, se llena de vivencias hasta el límite. Sucede cuando las personas han visto todo lo que había por ver, han sentido todo lo que había por sentir, se han reído de todo lo gracioso y han llorado por todo lo triste. Llega un momento en que la vida corporal ya no tiene nada nuevo que ofrecer.

Ese momento llegó primero para él y, finalmente, para ella. Cada día se había convertido en una representación teatral bien ensayada; ya no había nada que los alegrara ni los entristeciera. Habían hecho todo lo que alguna vez habían deseado hacer y decidieron que ya no tenía sentido intentar lo que todavía no habían intentado.

Él eligió una muerte sencilla; se resignó a pasar a la nada.

Ella eligió transferir su mente al paraíso digital, donde todo era posible, donde las personas podían convertirse en algo más que simples seres humanos.

Se acostaron juntos por última vez, estrechamente abrazados, ahuyentando el sueño cuanto podían, prolongando el tiempo. Con los labios pegados a su oído, ella le susurró su nombre, nunca pronunciado durante el siglo que habían pasado juntos. Él hizo lo mismo. Se despidieron. Se durmieron: él, en una quietud sin fin; ella, en un sueño del que despertaría en otro lugar, transformada para siempre.

Mihai Cacior (nacido en 1997 en Rumania) es un escritor de ficción especulativa y ciencia ficción. Se graduó en la Facultad de Automática y Computación de la Universidad Politécnica de Bucarest, combinando su actividad profesional en el ámbito tecnológico con la creación literaria. Ha publicado narrativa corta en reconocidos espacios culturales y revistas literarias de su país, como la plataforma Ficțiunea y los circuitos de literatura fantástica y de anticipación vinculados al club Helion.

 

 

jueves, 30 de abril de 2026

DJINN

Mihai Cacior

 

—Aun así, ¿qué clase de nombre es ese? —me preguntó de repente.

—No lo sé, tío. No debería habértelo dicho. Creo que mi madre estaba fumada cuando me hizo el certificado de nacimiento.

—¿Y cómo se llama ella?

—María.

Ilinca asintió como si eso lo explicara todo. Se armó un cigarrillo y se inclinó sobre el manual de psicología. Ya no era el de alemán. Había abandonado Viena después de cuatro intentos fallidos. Estudiaba para el ingreso a la Universidad de Bucarest.

Era una mañana oscura y fresca, bienvenida en un verano sofocante. La rotonda con la estatua de Mihail Kogălniceanu tenía no menos de cuatro cafeterías, y la suya era la más vacía. Por eso tomaba mi café allí. Por eso, pero también porque Ilinca siempre me esperaba con un cappuccino con irish cream.

Empezó a soplar el viento. Ilinca puso el paquete de filtros dentro del manual y lo cerró. Con el cigarrillo entre los labios, hurgó en el bolso hasta sacar una bandana naranja con motivos florales en franjas blancas. Se recogió el pelo alborotado con una mano y con la otra intentó colocarse la bandana. Lo logró al final, pero algunos mechones le colgaban sobre la frente, aunque no parecían molestarle. Justo después empezó a llover. Seguía lloviendo cuando llegamos a casa, al monoambiente con vistas a la Plaza Mihail Kogălniceanu, que no parecía necesariamente más pequeño desde que Ilinca se había mudado conmigo.

 

Cuanto más me negaba a decirle mi nombre de pila, más curiosa se volvía Ilinca. No importaban mis intentos de hablar de cualquier otra cosa.

—Estoy estudiando para el ingreso —me decía—. Quiero ir a psicología, a Viena. ¿Es un nombre húngaro? No es la primera vez que me presento. La tercera es la vencida, ¿no? Entonces es un nombre feo. ¿Boțogan? ¿Bâlbâiașu? ¿No empieza con “b”? Mirá que en una semana vas a tener que buscarte a otra que te haga el café, señor. Tengo el examen, luego auf wiedersehen, Rumanía. ¡No te voy a extrañar! Así que podés decirme el nombre. Tu secreto está a salvo conmigo. ¿Coțoian? No, ¡es Căcan! ¡Căcan Antonescu! Ah, es con “dr”, no con “t”. Bien, señor An-dro-nes-cu. Entonces, ¿ninguna relación con el difunto? Tampoco puedo decir que haya sido una decisión. Es como… quiero estudiar psicología prácticamente desde que nací. Siempre me interesó el campo, bueno, si se le puede llamar campo, pero desde chica me interesaba la gente. Por qué hacen lo que hacen. Por qué no pueden hacer lo que en realidad quieren hacer. Sé que me entiendes. No me veo en ninguna otra facultad. ¿No te llamas Adolf, por casualidad? ¿Dices que no tienes ningún abuelo con carrera militar? ¿O ningún padre? Es una broma, tío, no pongas esa cara. Sabes que a mí me gustan los tipos un poco mayores. O sea, me parece que me entiendo mejor con ellos. Porque con los chicos de mi edad no hay de qué hablar. ¿Es Dudu, no? No me digas que tampoco es con “d”. Dale, dame una pista.

Terminé mi café, le sonreí sin decir nada y tomé el penúltimo cigarrillo del paquete. Ilinca se sonrojó un poco, creo que por lo que había dicho sobre la diferencia de edad entre nosotros, pero siguió recorriendo el alfabeto. Iba por la “m” cuando entró en la cafetería la señora Jilea, la anciana que vivía en el departamento de arriba del mío y era la propietaria del monoambiente donde vivía Ilinca. Quería un espresso doble.

Mientras la atendía, me preguntaba cómo sabía mi apellido. No nos habían presentado, no le había dicho cómo me llamaba. Tal vez lo había averiguado por la señora Jilea, así como yo ya sabía su nombre, también gracias a ella. Yo había entrado en su cafetería una o dos horas antes porque era la más vacía. En realidad, no tenía ningún otro cliente. Había pedido un cappuccino con irish cream, y cuando me preguntó cómo me llamaba, para saber qué escribir en el vaso, le dije que me reconocería igual, y si no, era un riesgo que asumía.

Creo que estaba mirando al vacío con el ceño fruncido cuando volvió y se sentó otra vez a mi lado, porque me preguntó si no me había gustado el cappuccino. Me trajo otro sin que se lo pidiera. También vino con un libro grueso, impreso en fotocopias, cuya portada decía Einführung in die Grundlagen der Psychologie. Ya no me preguntó el nombre. Fumaba y leía. Yo miraba mi propio paquete, el último cigarrillo. No lo fumé. Me quedé con él hasta que tuve que irme a la oficina.

Una semana después, la cafetería estaba cerrada. Ilinca se había ido a Austria para el examen.

Un mes después, Ilinca abría la cafetería a las siete en punto y la cerraba a las cinco de la tarde. Ya no estudiaba. Ya no sonreía. Ya no decía nada. Creo que tampoco fumaba. Dos meses después, cuando volvimos a quedar solos en la cafetería, le dije mi nombre de pila. Sus ojos brillaron. Al día siguiente la vi otra vez fumando, inclinada sobre el manual, en una mesa frente a la cafetería.

Desde entonces pasó un año. Nos saludábamos en el pasillo, porque vivíamos en el mismo piso, pared con pared. Yo en el departamento 16, ella en el 17. A veces me quedaba por la mañana en la cafetería. Algunas veces incluso le cociné. Dentro de un mes, Ilinca iba a presentarse por cuarta vez al ingreso a la facultad de psicología de Viena. Cuanto más se acercaba el examen, más afectuosa se volvía Ilinca. O tal vez solo me lo parecía. No quería que se fuera.

El sol salía y anunciaba un día de calor sofocante. Debían de ser las siete. Me levanté de la cama y fui a la ventana. En la vereda de enfrente la veía a Ilinca, envuelta en una campera granate dos talles más grande, aunque era mayo. Llevaba el pelo recogido bajo una bandana naranja que combinaba con su color. Tenía una tote bag caída del hombro al brazo con el que sostenía el teléfono. Caminaba rápido hacia la cafetería, así que seguro ya eran las siete y algo.

Me dolía la cabeza y me sentía cansado, así que volví a acostarme. Cerré los ojos e intenté recordar el sueño del que me había despertado tan agitado. Soplaba un viento seco que hacía tambalear incluso a los autobuses, tan fuerte era. Nadie caminaba por la calle, por miedo a ser arrastrado. Y una sensación extraña, ¿engaño? ¿melancolía? Era dolorosa y dulce al mismo tiempo. Había perdido algo querido y me alegraba por eso. Luego escuché un golpe. Creo que Ilinca había cerrado de golpe la puerta cuando salió de su monoambiente, y eso me despertó. Ya no pude volver a dormirme.

Me cambié, tomé la mochila con la laptop del trabajo y bajé. Ilinca sacaba las sillas y mesas a la vereda, frente a su cafetería. La ayudé. Luego me senté en la más cercana a la entrada. Ella dejó su tote bag en una silla de la misma mesa. Saqué de su bolsa el paquete de tabaco y el de filtros, armé dos cigarrillos. Ilinca puso sobre la mesa un cappuccino con irish cream en el que había escrito con marcador “Djinn” y un americano. Fumábamos en silencio, solo nosotros dos. Ella sostenía el cigarrillo en la comisura de los labios. Con una mano bebía el americano y hojeaba el manual. Con las puntas de los dedos de la otra giraba el vaso del cappuccino. Yo quería beber mi café, pero no quería interrumpir su ritual.

Ya había fumado tres cigarrillos armados del paquete de Ilinca. Me quedaba solo un sorbo de café. Pronto tenía que irme a la oficina.

—Escucha, ¿alguna vez te dije cómo se llama mi madre? —le pregunté a Ilinca.

Estaba encorvada sobre el manual y jugaba con un mechón que se le escapaba de la bandana y le caía sobre la frente.

—No. ¿Por qué? ¡Espera! No me lo digas. Tengo acá un capítulo sobre Freud —me dijo con una sonrisa ladeada y empezó a buscar en el manual.

—No sé por qué pregunté. Olvídalo. —Se llamaba María. ¿Qué día se lo había dicho? Creo que justo antes de que empezara a llover. ¿O solo había soplado un viento fuerte y seco? Seguí—: Escucha, ¿te pasó alguna vez soñar algo banal, pero tan vívido que después no sabes si lo que recuerdas realmente ocurrió o fue solo un sueño?

Ilinca miró al vacío, frunciendo el ceño, por un momento. Ya no sonreía. Luego levantó un dedo, cerró el manual –estaba en el capítulo de Freud, supongo, no entiendo ni una palabra de alemán–, lo abrió desde el principio y empezó a hojearlo hasta casi el final. Seguía con el dedo levantado y leía.

No pude quedarme a escuchar a qué conclusión llegaría a partir de mi pregunta, aunque me hubiera gustado. Me gustaba oírla hablar. A veces nos quedábamos dos horas sin decir una palabra, y de pronto empezaba a explicarme algo. Siempre valía la pena la espera. Otras veces nos quedábamos tres horas en silencio, hasta que yo tenía que irme a la oficina. La saludaba, pero estaba tan absorta en la lectura que no me respondía. Igual valía la pena la espera.

Volví cansado de la oficina. Estaba cocinando un gulash al que le había puesto un ají demasiado picante cuando alguien llamó a la puerta. Abrí. Era Ilinca, la vecina. Tenía las manos detrás de la espalda. Llevaba el pelo recogido con una bandana y una camisa blanca. Rara vez la veía sin la bolsa con el manual de psicología en alemán. Sin él, parecía desnuda.

—Que sepas que el olor llega a toda la escalera. ¿Está bien eso? ¿Tentarnos a todos así?

Luego me mostró una botella de vino tinto con una etiqueta blanca en la que había escrito, con marcador, mi nombre de pila. Miré mejor la etiqueta.

—¿Viñedos Kogălniceanu?

—Me pareció apropiado. Prácticamente es vino casero, ¿no? —Ilinca rio.

—¿Y por qué escribiste mi nombre en ella?

—Por costumbre —dijo con una sonrisa pícara.

—Ni siquiera entiendo por qué lo escribes en el café, sinceramente. Soy tu único cliente.

Ilinca volvió a reír, entró, cerró la puerta detrás de ella y se descalzó.

Realmente había hecho el gulash demasiado picante. Le desabroché la camisa blanca sin apuro. No llevaba sostén. Ilinca me besó el cuello, luego a lo largo del pecho. Me tomó el pene en la boca. Ardía, pero no le dije que se detuviera. Jugó con él y cuando estaba a punto de acabar, se detuvo. Me besó en los labios, luego me susurró el nombre al oído:

—Djinn. Sabés qué es lo que más deseo.

No era una pregunta.

—Lo sé.

Ilinca volvió a rodear el pene con los labios y gimió. Tenía los ojos cerrados. Movió la lengua hasta que terminé. Solo entonces levantó la mirada y me miró a los ojos.

 

Acababa de comprar el monoambiente con vistas a la estatua de Mihail Kogălniceanu. Compartía una pared con la chica que trabajaba en una cafetería de la rotonda. Creo que ella también se había mudado recientemente. Había oído su voz antes de verla. Hablaba en alemán, acentuaba mucho las palabras. A menudo se detenía en medio de una frase y maldecía en rumano. Solo la oía por la noche, cuando yo ya estaba en la cama.

La había visto algunas veces en la escalera antes de ir por primera vez a la cafetería donde trabajaba. Me reconoció y me sonrió. Me tendió la mano:

—Ilinca.

—Andronescu.

Respondí bastante seco, no sé por qué.

—Ah, disculpe —me dijo sin rastro de ironía, y luego se enderezó—. Supongo que tampoco quiere que nos tuteemos.

—No me gusta mi nombre. No me preguntes por qué. Dame un cappuccino con irish cream, por favor.

—Bien, señor vecino, enseguida. ¿Qué le escribo en el vaso?

Le dejé diez lei de propina y me senté en una mesa de la vereda sin responderle. Saqué el paquete de Marlboro Blue; estaba arrugado después de dos semanas en el bolsillo del jean. Me había propuesto que ese fuera mi último paquete. Le quedaban dos cigarrillos. Lo dejé abierto sobre la mesa. No tomé ninguno. Esa mañana el sol quemaba. Soplaba un viento seco que no me refrescaba. No llegué a fumar mis dos últimos cigarrillos, porque el viento me arrebató el paquete. Bebí el café rápido y me fui. Ni siquiera llegué a hablar con la vecina. La cafetería donde trabajaba cerró pocos días después y no volvimos a cruzarnos en el pasillo. Un mes más tarde me encontré con la señora Jilea. Ella era la propietaria del monoambiente 17 con el que compartía pared. Me preguntó si no tenía algún amigo que buscara alquiler. Alguien más serio, me pidió, que no se fuera a los pocos meses.

Mihai Cacior (nacido en 1997 en Rumania) estudió informática y trabaja en ese campo. Ha publicado varias historias de ciencia ficción y ficción realista en diversas revistas rumanas.


 

SU ÁRABE