Mihai Cacior
—Aun así, ¿qué
clase de nombre es ese? —me preguntó de repente.
—No lo sé, tío. No debería
habértelo dicho. Creo que mi madre estaba fumada cuando me hizo el certificado
de nacimiento.
—¿Y cómo se llama ella?
—María.
Ilinca asintió como si eso lo
explicara todo. Se armó un cigarrillo y se inclinó sobre el manual de
psicología. Ya no era el de alemán. Había abandonado Viena después de cuatro
intentos fallidos. Estudiaba para el ingreso a la Universidad de Bucarest.
Era una mañana oscura y fresca,
bienvenida en un verano sofocante. La rotonda con la estatua de Mihail
Kogălniceanu tenía no menos de cuatro cafeterías, y la suya era la más vacía.
Por eso tomaba mi café allí. Por eso, pero también porque Ilinca siempre me
esperaba con un cappuccino con irish cream.
Empezó a soplar el viento. Ilinca
puso el paquete de filtros dentro del manual y lo cerró. Con el cigarrillo
entre los labios, hurgó en el bolso hasta sacar una bandana naranja con motivos
florales en franjas blancas. Se recogió el pelo alborotado con una mano y con
la otra intentó colocarse la bandana. Lo logró al final, pero algunos mechones
le colgaban sobre la frente, aunque no parecían molestarle. Justo después
empezó a llover. Seguía lloviendo cuando llegamos a casa, al monoambiente con
vistas a la Plaza Mihail Kogălniceanu, que no parecía necesariamente más
pequeño desde que Ilinca se había mudado conmigo.
Cuanto más me
negaba a decirle mi nombre de pila, más curiosa se volvía Ilinca. No importaban
mis intentos de hablar de cualquier otra cosa.
—Estoy estudiando para el ingreso
—me decía—. Quiero ir a psicología, a Viena. ¿Es un nombre húngaro? No es la
primera vez que me presento. La tercera es la vencida, ¿no? Entonces es un
nombre feo. ¿Boțogan? ¿Bâlbâiașu? ¿No empieza con “b”? Mirá que en una semana
vas a tener que buscarte a otra que te haga el café, señor. Tengo el examen,
luego auf wiedersehen, Rumanía. ¡No te voy a extrañar! Así que podés
decirme el nombre. Tu secreto está a salvo conmigo. ¿Coțoian? No, ¡es Căcan!
¡Căcan Antonescu! Ah, es con “dr”, no con “t”. Bien, señor An-dro-nes-cu.
Entonces, ¿ninguna relación con el difunto? Tampoco puedo decir que haya sido
una decisión. Es como… quiero estudiar psicología prácticamente desde que nací.
Siempre me interesó el campo, bueno, si se le puede llamar campo, pero desde
chica me interesaba la gente. Por qué hacen lo que hacen. Por qué no pueden
hacer lo que en realidad quieren hacer. Sé que me entiendes. No me veo en
ninguna otra facultad. ¿No te llamas Adolf, por casualidad? ¿Dices que no tienes
ningún abuelo con carrera militar? ¿O ningún padre? Es una broma, tío, no
pongas esa cara. Sabes que a mí me gustan los tipos un poco mayores. O sea, me
parece que me entiendo mejor con ellos. Porque con los chicos de mi edad no hay
de qué hablar. ¿Es Dudu, no? No me digas que tampoco es con “d”. Dale, dame una
pista.
Terminé mi café, le sonreí sin
decir nada y tomé el penúltimo cigarrillo del paquete. Ilinca se sonrojó un
poco, creo que por lo que había dicho sobre la diferencia de edad entre
nosotros, pero siguió recorriendo el alfabeto. Iba por la “m” cuando entró en
la cafetería la señora Jilea, la anciana que vivía en el departamento de arriba
del mío y era la propietaria del monoambiente donde vivía Ilinca. Quería un espresso
doble.
Mientras la atendía, me preguntaba
cómo sabía mi apellido. No nos habían presentado, no le había dicho cómo me
llamaba. Tal vez lo había averiguado por la señora Jilea, así como yo ya sabía
su nombre, también gracias a ella. Yo había entrado en su cafetería una o dos
horas antes porque era la más vacía. En realidad, no tenía ningún otro cliente.
Había pedido un cappuccino con irish cream, y cuando me preguntó cómo me
llamaba, para saber qué escribir en el vaso, le dije que me reconocería igual,
y si no, era un riesgo que asumía.
Creo que estaba mirando al vacío
con el ceño fruncido cuando volvió y se sentó otra vez a mi lado, porque me
preguntó si no me había gustado el cappuccino. Me trajo otro sin que se
lo pidiera. También vino con un libro grueso, impreso en fotocopias, cuya
portada decía Einführung in die Grundlagen der Psychologie. Ya no me
preguntó el nombre. Fumaba y leía. Yo miraba mi propio paquete, el último
cigarrillo. No lo fumé. Me quedé con él hasta que tuve que irme a la oficina.
Una semana después, la cafetería
estaba cerrada. Ilinca se había ido a Austria para el examen.
Un mes después, Ilinca abría la
cafetería a las siete en punto y la cerraba a las cinco de la tarde. Ya no
estudiaba. Ya no sonreía. Ya no decía nada. Creo que tampoco fumaba. Dos meses
después, cuando volvimos a quedar solos en la cafetería, le dije mi nombre de
pila. Sus ojos brillaron. Al día siguiente la vi otra vez fumando, inclinada
sobre el manual, en una mesa frente a la cafetería.
Desde entonces pasó un año. Nos
saludábamos en el pasillo, porque vivíamos en el mismo piso, pared con pared.
Yo en el departamento 16, ella en el 17. A veces me quedaba por la mañana en la
cafetería. Algunas veces incluso le cociné. Dentro de un mes, Ilinca iba a
presentarse por cuarta vez al ingreso a la facultad de psicología de Viena.
Cuanto más se acercaba el examen, más afectuosa se volvía Ilinca. O tal vez
solo me lo parecía. No quería que se fuera.
El sol salía y anunciaba un día de
calor sofocante. Debían de ser las siete. Me levanté de la cama y fui a la
ventana. En la vereda de enfrente la veía a Ilinca, envuelta en una campera
granate dos talles más grande, aunque era mayo. Llevaba el pelo recogido bajo
una bandana naranja que combinaba con su color. Tenía una tote bag caída
del hombro al brazo con el que sostenía el teléfono. Caminaba rápido hacia la
cafetería, así que seguro ya eran las siete y algo.
Me dolía la cabeza y me sentía
cansado, así que volví a acostarme. Cerré los ojos e intenté recordar el sueño
del que me había despertado tan agitado. Soplaba un viento seco que hacía
tambalear incluso a los autobuses, tan fuerte era. Nadie caminaba por la calle,
por miedo a ser arrastrado. Y una sensación extraña, ¿engaño? ¿melancolía? Era
dolorosa y dulce al mismo tiempo. Había perdido algo querido y me alegraba por
eso. Luego escuché un golpe. Creo que Ilinca había cerrado de golpe la puerta
cuando salió de su monoambiente, y eso me despertó. Ya no pude volver a
dormirme.
Me cambié, tomé la mochila con la
laptop del trabajo y bajé. Ilinca sacaba las sillas y mesas a la vereda, frente
a su cafetería. La ayudé. Luego me senté en la más cercana a la entrada. Ella
dejó su tote bag en una silla de la misma mesa. Saqué de su bolsa el
paquete de tabaco y el de filtros, armé dos cigarrillos. Ilinca puso sobre la
mesa un cappuccino con irish cream en el que había escrito con
marcador “Djinn” y un americano. Fumábamos en silencio, solo nosotros dos. Ella
sostenía el cigarrillo en la comisura de los labios. Con una mano bebía el
americano y hojeaba el manual. Con las puntas de los dedos de la otra giraba el
vaso del cappuccino. Yo quería beber mi café, pero no quería interrumpir
su ritual.
Ya había fumado tres cigarrillos
armados del paquete de Ilinca. Me quedaba solo un sorbo de café. Pronto tenía
que irme a la oficina.
—Escucha, ¿alguna vez te dije cómo
se llama mi madre? —le pregunté a Ilinca.
Estaba encorvada sobre el manual y
jugaba con un mechón que se le escapaba de la bandana y le caía sobre la
frente.
—No. ¿Por qué? ¡Espera! No me lo
digas. Tengo acá un capítulo sobre Freud —me dijo con una sonrisa ladeada y
empezó a buscar en el manual.
—No sé por qué pregunté. Olvídalo. —Se
llamaba María. ¿Qué día se lo había dicho? Creo que justo antes de que empezara
a llover. ¿O solo había soplado un viento fuerte y seco? Seguí—: Escucha, ¿te
pasó alguna vez soñar algo banal, pero tan vívido que después no sabes si lo
que recuerdas realmente ocurrió o fue solo un sueño?
Ilinca miró al vacío, frunciendo el
ceño, por un momento. Ya no sonreía. Luego levantó un dedo, cerró el manual –estaba
en el capítulo de Freud, supongo, no entiendo ni una palabra de alemán–, lo
abrió desde el principio y empezó a hojearlo hasta casi el final. Seguía con el
dedo levantado y leía.
No pude quedarme a escuchar a qué
conclusión llegaría a partir de mi pregunta, aunque me hubiera gustado. Me
gustaba oírla hablar. A veces nos quedábamos dos horas sin decir una palabra, y
de pronto empezaba a explicarme algo. Siempre valía la pena la espera. Otras
veces nos quedábamos tres horas en silencio, hasta que yo tenía que irme a la
oficina. La saludaba, pero estaba tan absorta en la lectura que no me
respondía. Igual valía la pena la espera.
Volví cansado de la oficina. Estaba
cocinando un gulash al que le había puesto un ají demasiado picante
cuando alguien llamó a la puerta. Abrí. Era Ilinca, la vecina. Tenía las manos
detrás de la espalda. Llevaba el pelo recogido con una bandana y una camisa
blanca. Rara vez la veía sin la bolsa con el manual de psicología en alemán.
Sin él, parecía desnuda.
—Que sepas que el olor llega a toda
la escalera. ¿Está bien eso? ¿Tentarnos a todos así?
Luego me mostró una botella de vino
tinto con una etiqueta blanca en la que había escrito, con marcador, mi nombre
de pila. Miré mejor la etiqueta.
—¿Viñedos Kogălniceanu?
—Me pareció apropiado.
Prácticamente es vino casero, ¿no? —Ilinca rio.
—¿Y por qué escribiste mi nombre en
ella?
—Por costumbre —dijo con una
sonrisa pícara.
—Ni siquiera entiendo por qué lo
escribes en el café, sinceramente. Soy tu único cliente.
Ilinca volvió a reír, entró, cerró
la puerta detrás de ella y se descalzó.
Realmente había hecho el gulash
demasiado picante. Le desabroché la camisa blanca sin apuro. No llevaba sostén.
Ilinca me besó el cuello, luego a lo largo del pecho. Me tomó el pene en la
boca. Ardía, pero no le dije que se detuviera. Jugó con él y cuando estaba a
punto de acabar, se detuvo. Me besó en los labios, luego me susurró el nombre
al oído:
—Djinn. Sabés qué es lo que más
deseo.
No era una pregunta.
—Lo sé.
Ilinca volvió a rodear el pene con
los labios y gimió. Tenía los ojos cerrados. Movió la lengua hasta que terminé.
Solo entonces levantó la mirada y me miró a los ojos.
Acababa de comprar
el monoambiente con vistas a la estatua de Mihail Kogălniceanu. Compartía una
pared con la chica que trabajaba en una cafetería de la rotonda. Creo que ella
también se había mudado recientemente. Había oído su voz antes de verla.
Hablaba en alemán, acentuaba mucho las palabras. A menudo se detenía en medio
de una frase y maldecía en rumano. Solo la oía por la noche, cuando yo ya
estaba en la cama.
La había visto algunas veces en la
escalera antes de ir por primera vez a la cafetería donde trabajaba. Me
reconoció y me sonrió. Me tendió la mano:
—Ilinca.
—Andronescu.
Respondí bastante seco, no sé por
qué.
—Ah, disculpe —me dijo sin rastro
de ironía, y luego se enderezó—. Supongo que tampoco quiere que nos tuteemos.
—No me gusta mi nombre. No me
preguntes por qué. Dame un cappuccino con irish cream, por favor.
—Bien, señor vecino, enseguida.
¿Qué le escribo en el vaso?
Le dejé diez lei de propina y me
senté en una mesa de la vereda sin responderle. Saqué el paquete de Marlboro Blue;
estaba arrugado después de dos semanas en el bolsillo del jean. Me había
propuesto que ese fuera mi último paquete. Le quedaban dos cigarrillos. Lo dejé
abierto sobre la mesa. No tomé ninguno. Esa mañana el sol quemaba. Soplaba un
viento seco que no me refrescaba. No llegué a fumar mis dos últimos
cigarrillos, porque el viento me arrebató el paquete. Bebí el café rápido y me
fui. Ni siquiera llegué a hablar con la vecina. La cafetería donde trabajaba
cerró pocos días después y no volvimos a cruzarnos en el pasillo. Un mes más
tarde me encontré con la señora Jilea. Ella era la propietaria del monoambiente
17 con el que compartía pared. Me preguntó si no tenía algún amigo que buscara
alquiler. Alguien más serio, me pidió, que no se fuera a los pocos meses.

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