jueves, 30 de abril de 2026

DJINN

Mihai Cacior

 

—Aun así, ¿qué clase de nombre es ese? —me preguntó de repente.

—No lo sé, tío. No debería habértelo dicho. Creo que mi madre estaba fumada cuando me hizo el certificado de nacimiento.

—¿Y cómo se llama ella?

—María.

Ilinca asintió como si eso lo explicara todo. Se armó un cigarrillo y se inclinó sobre el manual de psicología. Ya no era el de alemán. Había abandonado Viena después de cuatro intentos fallidos. Estudiaba para el ingreso a la Universidad de Bucarest.

Era una mañana oscura y fresca, bienvenida en un verano sofocante. La rotonda con la estatua de Mihail Kogălniceanu tenía no menos de cuatro cafeterías, y la suya era la más vacía. Por eso tomaba mi café allí. Por eso, pero también porque Ilinca siempre me esperaba con un cappuccino con irish cream.

Empezó a soplar el viento. Ilinca puso el paquete de filtros dentro del manual y lo cerró. Con el cigarrillo entre los labios, hurgó en el bolso hasta sacar una bandana naranja con motivos florales en franjas blancas. Se recogió el pelo alborotado con una mano y con la otra intentó colocarse la bandana. Lo logró al final, pero algunos mechones le colgaban sobre la frente, aunque no parecían molestarle. Justo después empezó a llover. Seguía lloviendo cuando llegamos a casa, al monoambiente con vistas a la Plaza Mihail Kogălniceanu, que no parecía necesariamente más pequeño desde que Ilinca se había mudado conmigo.

 

Cuanto más me negaba a decirle mi nombre de pila, más curiosa se volvía Ilinca. No importaban mis intentos de hablar de cualquier otra cosa.

—Estoy estudiando para el ingreso —me decía—. Quiero ir a psicología, a Viena. ¿Es un nombre húngaro? No es la primera vez que me presento. La tercera es la vencida, ¿no? Entonces es un nombre feo. ¿Boțogan? ¿Bâlbâiașu? ¿No empieza con “b”? Mirá que en una semana vas a tener que buscarte a otra que te haga el café, señor. Tengo el examen, luego auf wiedersehen, Rumanía. ¡No te voy a extrañar! Así que podés decirme el nombre. Tu secreto está a salvo conmigo. ¿Coțoian? No, ¡es Căcan! ¡Căcan Antonescu! Ah, es con “dr”, no con “t”. Bien, señor An-dro-nes-cu. Entonces, ¿ninguna relación con el difunto? Tampoco puedo decir que haya sido una decisión. Es como… quiero estudiar psicología prácticamente desde que nací. Siempre me interesó el campo, bueno, si se le puede llamar campo, pero desde chica me interesaba la gente. Por qué hacen lo que hacen. Por qué no pueden hacer lo que en realidad quieren hacer. Sé que me entiendes. No me veo en ninguna otra facultad. ¿No te llamas Adolf, por casualidad? ¿Dices que no tienes ningún abuelo con carrera militar? ¿O ningún padre? Es una broma, tío, no pongas esa cara. Sabes que a mí me gustan los tipos un poco mayores. O sea, me parece que me entiendo mejor con ellos. Porque con los chicos de mi edad no hay de qué hablar. ¿Es Dudu, no? No me digas que tampoco es con “d”. Dale, dame una pista.

Terminé mi café, le sonreí sin decir nada y tomé el penúltimo cigarrillo del paquete. Ilinca se sonrojó un poco, creo que por lo que había dicho sobre la diferencia de edad entre nosotros, pero siguió recorriendo el alfabeto. Iba por la “m” cuando entró en la cafetería la señora Jilea, la anciana que vivía en el departamento de arriba del mío y era la propietaria del monoambiente donde vivía Ilinca. Quería un espresso doble.

Mientras la atendía, me preguntaba cómo sabía mi apellido. No nos habían presentado, no le había dicho cómo me llamaba. Tal vez lo había averiguado por la señora Jilea, así como yo ya sabía su nombre, también gracias a ella. Yo había entrado en su cafetería una o dos horas antes porque era la más vacía. En realidad, no tenía ningún otro cliente. Había pedido un cappuccino con irish cream, y cuando me preguntó cómo me llamaba, para saber qué escribir en el vaso, le dije que me reconocería igual, y si no, era un riesgo que asumía.

Creo que estaba mirando al vacío con el ceño fruncido cuando volvió y se sentó otra vez a mi lado, porque me preguntó si no me había gustado el cappuccino. Me trajo otro sin que se lo pidiera. También vino con un libro grueso, impreso en fotocopias, cuya portada decía Einführung in die Grundlagen der Psychologie. Ya no me preguntó el nombre. Fumaba y leía. Yo miraba mi propio paquete, el último cigarrillo. No lo fumé. Me quedé con él hasta que tuve que irme a la oficina.

Una semana después, la cafetería estaba cerrada. Ilinca se había ido a Austria para el examen.

Un mes después, Ilinca abría la cafetería a las siete en punto y la cerraba a las cinco de la tarde. Ya no estudiaba. Ya no sonreía. Ya no decía nada. Creo que tampoco fumaba. Dos meses después, cuando volvimos a quedar solos en la cafetería, le dije mi nombre de pila. Sus ojos brillaron. Al día siguiente la vi otra vez fumando, inclinada sobre el manual, en una mesa frente a la cafetería.

Desde entonces pasó un año. Nos saludábamos en el pasillo, porque vivíamos en el mismo piso, pared con pared. Yo en el departamento 16, ella en el 17. A veces me quedaba por la mañana en la cafetería. Algunas veces incluso le cociné. Dentro de un mes, Ilinca iba a presentarse por cuarta vez al ingreso a la facultad de psicología de Viena. Cuanto más se acercaba el examen, más afectuosa se volvía Ilinca. O tal vez solo me lo parecía. No quería que se fuera.

El sol salía y anunciaba un día de calor sofocante. Debían de ser las siete. Me levanté de la cama y fui a la ventana. En la vereda de enfrente la veía a Ilinca, envuelta en una campera granate dos talles más grande, aunque era mayo. Llevaba el pelo recogido bajo una bandana naranja que combinaba con su color. Tenía una tote bag caída del hombro al brazo con el que sostenía el teléfono. Caminaba rápido hacia la cafetería, así que seguro ya eran las siete y algo.

Me dolía la cabeza y me sentía cansado, así que volví a acostarme. Cerré los ojos e intenté recordar el sueño del que me había despertado tan agitado. Soplaba un viento seco que hacía tambalear incluso a los autobuses, tan fuerte era. Nadie caminaba por la calle, por miedo a ser arrastrado. Y una sensación extraña, ¿engaño? ¿melancolía? Era dolorosa y dulce al mismo tiempo. Había perdido algo querido y me alegraba por eso. Luego escuché un golpe. Creo que Ilinca había cerrado de golpe la puerta cuando salió de su monoambiente, y eso me despertó. Ya no pude volver a dormirme.

Me cambié, tomé la mochila con la laptop del trabajo y bajé. Ilinca sacaba las sillas y mesas a la vereda, frente a su cafetería. La ayudé. Luego me senté en la más cercana a la entrada. Ella dejó su tote bag en una silla de la misma mesa. Saqué de su bolsa el paquete de tabaco y el de filtros, armé dos cigarrillos. Ilinca puso sobre la mesa un cappuccino con irish cream en el que había escrito con marcador “Djinn” y un americano. Fumábamos en silencio, solo nosotros dos. Ella sostenía el cigarrillo en la comisura de los labios. Con una mano bebía el americano y hojeaba el manual. Con las puntas de los dedos de la otra giraba el vaso del cappuccino. Yo quería beber mi café, pero no quería interrumpir su ritual.

Ya había fumado tres cigarrillos armados del paquete de Ilinca. Me quedaba solo un sorbo de café. Pronto tenía que irme a la oficina.

—Escucha, ¿alguna vez te dije cómo se llama mi madre? —le pregunté a Ilinca.

Estaba encorvada sobre el manual y jugaba con un mechón que se le escapaba de la bandana y le caía sobre la frente.

—No. ¿Por qué? ¡Espera! No me lo digas. Tengo acá un capítulo sobre Freud —me dijo con una sonrisa ladeada y empezó a buscar en el manual.

—No sé por qué pregunté. Olvídalo. —Se llamaba María. ¿Qué día se lo había dicho? Creo que justo antes de que empezara a llover. ¿O solo había soplado un viento fuerte y seco? Seguí—: Escucha, ¿te pasó alguna vez soñar algo banal, pero tan vívido que después no sabes si lo que recuerdas realmente ocurrió o fue solo un sueño?

Ilinca miró al vacío, frunciendo el ceño, por un momento. Ya no sonreía. Luego levantó un dedo, cerró el manual –estaba en el capítulo de Freud, supongo, no entiendo ni una palabra de alemán–, lo abrió desde el principio y empezó a hojearlo hasta casi el final. Seguía con el dedo levantado y leía.

No pude quedarme a escuchar a qué conclusión llegaría a partir de mi pregunta, aunque me hubiera gustado. Me gustaba oírla hablar. A veces nos quedábamos dos horas sin decir una palabra, y de pronto empezaba a explicarme algo. Siempre valía la pena la espera. Otras veces nos quedábamos tres horas en silencio, hasta que yo tenía que irme a la oficina. La saludaba, pero estaba tan absorta en la lectura que no me respondía. Igual valía la pena la espera.

Volví cansado de la oficina. Estaba cocinando un gulash al que le había puesto un ají demasiado picante cuando alguien llamó a la puerta. Abrí. Era Ilinca, la vecina. Tenía las manos detrás de la espalda. Llevaba el pelo recogido con una bandana y una camisa blanca. Rara vez la veía sin la bolsa con el manual de psicología en alemán. Sin él, parecía desnuda.

—Que sepas que el olor llega a toda la escalera. ¿Está bien eso? ¿Tentarnos a todos así?

Luego me mostró una botella de vino tinto con una etiqueta blanca en la que había escrito, con marcador, mi nombre de pila. Miré mejor la etiqueta.

—¿Viñedos Kogălniceanu?

—Me pareció apropiado. Prácticamente es vino casero, ¿no? —Ilinca rio.

—¿Y por qué escribiste mi nombre en ella?

—Por costumbre —dijo con una sonrisa pícara.

—Ni siquiera entiendo por qué lo escribes en el café, sinceramente. Soy tu único cliente.

Ilinca volvió a reír, entró, cerró la puerta detrás de ella y se descalzó.

Realmente había hecho el gulash demasiado picante. Le desabroché la camisa blanca sin apuro. No llevaba sostén. Ilinca me besó el cuello, luego a lo largo del pecho. Me tomó el pene en la boca. Ardía, pero no le dije que se detuviera. Jugó con él y cuando estaba a punto de acabar, se detuvo. Me besó en los labios, luego me susurró el nombre al oído:

—Djinn. Sabés qué es lo que más deseo.

No era una pregunta.

—Lo sé.

Ilinca volvió a rodear el pene con los labios y gimió. Tenía los ojos cerrados. Movió la lengua hasta que terminé. Solo entonces levantó la mirada y me miró a los ojos.

 

Acababa de comprar el monoambiente con vistas a la estatua de Mihail Kogălniceanu. Compartía una pared con la chica que trabajaba en una cafetería de la rotonda. Creo que ella también se había mudado recientemente. Había oído su voz antes de verla. Hablaba en alemán, acentuaba mucho las palabras. A menudo se detenía en medio de una frase y maldecía en rumano. Solo la oía por la noche, cuando yo ya estaba en la cama.

La había visto algunas veces en la escalera antes de ir por primera vez a la cafetería donde trabajaba. Me reconoció y me sonrió. Me tendió la mano:

—Ilinca.

—Andronescu.

Respondí bastante seco, no sé por qué.

—Ah, disculpe —me dijo sin rastro de ironía, y luego se enderezó—. Supongo que tampoco quiere que nos tuteemos.

—No me gusta mi nombre. No me preguntes por qué. Dame un cappuccino con irish cream, por favor.

—Bien, señor vecino, enseguida. ¿Qué le escribo en el vaso?

Le dejé diez lei de propina y me senté en una mesa de la vereda sin responderle. Saqué el paquete de Marlboro Blue; estaba arrugado después de dos semanas en el bolsillo del jean. Me había propuesto que ese fuera mi último paquete. Le quedaban dos cigarrillos. Lo dejé abierto sobre la mesa. No tomé ninguno. Esa mañana el sol quemaba. Soplaba un viento seco que no me refrescaba. No llegué a fumar mis dos últimos cigarrillos, porque el viento me arrebató el paquete. Bebí el café rápido y me fui. Ni siquiera llegué a hablar con la vecina. La cafetería donde trabajaba cerró pocos días después y no volvimos a cruzarnos en el pasillo. Un mes más tarde me encontré con la señora Jilea. Ella era la propietaria del monoambiente 17 con el que compartía pared. Me preguntó si no tenía algún amigo que buscara alquiler. Alguien más serio, me pidió, que no se fuera a los pocos meses.

Mihai Cacior (nacido en 1997 en Rumania) estudió informática y trabaja en ese campo. Ha publicado varias historias de ciencia ficción y ficción realista en diversas revistas rumanas.


 

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