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martes, 6 de octubre de 2026

COCHIX

Giorgio Sangiorgi

 

Era de noche cuando Cochix llegó y creía que ya no le quedaba ninguna esperanza.

—¡Pero quién diablos me mandó hacer esto! —exclamó Alberto, dirigiéndose a las estrellas.

Sin embargo, ya sabía la respuesta porque, cuando el jefe de los scouts lo había invitado a aquella excursión «para ver si le gustaba la vida al aire libre», había aceptado con entusiasmo.

Que la vida al aire libre no le iba a gustar era, en realidad, algo previsible, dado que lo que más le gustaba era quedarse en casa frente a la PlayStation. Sin embargo, al aceptar aquella propuesta, su propósito era muy distinto: esperaba encontrar amigos por fin. Personas que lo aceptaran tal como era, sin tratarlo como un excremento de mosca. Para un muchacho de doce años, sin novia y sin amigos, aquello era de suma importancia.

Pero el intento había fracasado y los buenos scouts apenas lo habían soportado desde el principio. Tanto era así que, en cuanto el jefe le pidió a él y a otros tres que fueran a buscar leña al bosque, los otros empezaron a caminar a buen paso, con el evidente propósito de dejarlo atrás.

Él los había seguido a duras penas mientras pudo, pero su peso excesivo, debido a la impresionante cantidad de bocadillos que acostumbraba a engullir durante un día normal, pronto lo había dejado fuera de combate. Así que se había quedado solo en la espesura del bosque y enseguida se había perdido.

Ahora que había caído la noche, estaba realmente furioso y asustado. Nunca había dormido siquiera en una tienda de campaña, mucho menos a la intemperie, en la oscuridad de un bosque. Además, le habían dicho que desde hacía algunos años los lobos habían regresado, procedentes de los países del este. Y con ellos los osos, los jabalíes y quién sabía qué más.

Exhausto, se arrodilló y lloró un poco. ¿Lo estarían buscando? ¡Pero qué vergüenza de mierda!... Mejor morir, pensaba confusamente.

Entonces, una luz lejana le dio un atisbo de esperanza.

Cualquier punto de referencia era mejor que nada, y donde había luz eléctrica seguramente no había fieras.

Tuvo que esforzarse bastante para llegar al lugar deseado, porque estaba más arriba, en una especie de pequeña colina que se elevaba entre los árboles. Mientras subía por la ladera, en parte a cuatro patas, su entusiasmo se iba enfriando.

La luz que vislumbraba en la cima no era lo bastante intensa como para indicar la presencia de un asentamiento humano, un lugar de civilización tecnológica. A lo sumo podía ser el campamento de alguien. No era gran cosa, por tanto, pero seguía siendo un lugar donde podría pedir ayuda.

Estaba casi en el borde de la cima cuando advirtió que aquella luz no era fija, sino que pulsaba de manera extraña. También oía un zumbido.

Antes de hacer el último esfuerzo y llegar hasta aquella incógnita, se detuvo y cerró los ojos, con la esperanza de que aún no hubieran avisado a sus padres de su desaparición. No lograba imaginar cómo podrían reaccionar ante aquella noticia.

Por fin se decidió y llegó a la cima de la colina.

Se despertó al oír el trino de unos pájaros. Evidentemente estaba en una cama, pero el agradable contacto con las sábanas frescas y limpias contrastaba con un dolor sordo que sentía por todo el cuerpo. Recordaba poco de la noche anterior.

Abrió los ojos y descubrió que estaba en su casa, en su habitación.

Su madre entró poco después y le dijo que no se preocupara, porque habían avisado a la escuela de que no asistiría durante unos días. Luego, antes de salir de la habitación, se volvió y dijo:

—Lo hiciste muy bien, cariño, al encontrar el camino tú solo. Pero la próxima vez vuelve al campamento de los scouts; venir directamente a casa fue un esfuerzo excesivo. ¿No te parece…?

No esperó respuesta y salió.

En los días siguientes, Alberto se preguntó qué habría sucedido, cómo había logrado volver a casa, pero no consiguió aclararlo. Con el tiempo olvidó el episodio y siguió obteniendo malas notas en la escuela, dejándose maltratar por sus compañeros y desahogando sus frustraciones al engullir cantidades impresionantes de comida.

Hasta el día en que oyó aquella voz.

—¡Eh, no! ¡Ya basta! Una protesta tajante había resonado en su cabeza. —Así no vamos a llegar a ninguna parte.

—Pero… Pero… ¿Quién es? —dijo Alberto, mirando a su alrededor.

—No estoy a la derecha ni a la izquierda, Alberto; estoy dentro de tu cabeza.

—Ya está —gimoteó el muchacho—, ahora también me he vuelto loco.

—Claro que no, tranquilízate —lo apaciguó la voz—. Soy Cochix y estoy dentro de ti.

—¿Cómo…? —preguntó Alberto, tragando saliva y palpándose el cuerpo como si quisiera comprobar si tenía algún bulto extraño en alguna parte.

—No vas a encontrarme así… —dijo la voz—. Ahora siéntate, porque te debo muchas explicaciones.

Cochix tuvo que esforzarse mucho para hacerle comprender la situación a aquel niño ignorante. Le explicó que era un ser de otro planeta que se había estrellado en la Tierra a causa de una avería en su nave espacial.

El alienígena estaba a punto de morir por culpa de la atmósfera terrestre, que había empezado a infiltrarse en el vehículo, cuando, por suerte, había aparecido Alberto. Entonces Cochix se le había echado encima y, a través de los poros de la piel, se había introducido en su cuerpo para protegerse. Aquello era una antigua herencia de su pueblo, que en tiempos remotos se defendía de ese modo de las formas de vida más peligrosas.

—Debo disculparme —le dijo entonces—. Consideramos inmoral asumir el control completo de un ser superior –aunque en tu caso quizá sea una definición un poco aventurada–, pero no había tiempo que perder.

Finalmente, Cochix había utilizado el cuerpo de Alberto para ocultar la nave y lo había llevado de vuelta a casa. Un ejercicio físico claramente excesivo para el muchacho, que se había desmayado apenas había llegado a la puerta.

—¿Qué vas a hacerme ahora? —preguntó Alberto, una vez que comprendió mejor la situación—. ¿Me comerás el cerebro?

Había motivos para perder la paciencia.

—Claro que no, qué dices —respondió Cochix—. Pero necesito tu ayuda para regresar a casa, y si sigues así, en lugar de ayudarme acabarás muy mal.

—Qué… quieres… decir… —balbuceó Alberto, interpretando la afirmación como una amenaza.

—¡Santa paciencia! Quiero decir que, si no intervengo, nunca tendrás las capacidades necesarias para ayudarme.

—Claro, yo no valgo nada. Y si lo dices tú, que estás dentro de mí, debe de ser verdad.

—No es verdad, Alberto. Pero no conseguirás lo que deseas compadeciéndote de ti mismo y sin esforzarte. ¡Tendremos que trabajar, estudiar y… tendremos que adelgazar!

—¡¿Y eso no son amenazas?!

—No entiendes nada —volvió a impacientarse Cochix—. ¡Pasarán muchos años antes de que todo esté preparado para mi regreso a casa, pero tú no llegarás a verlo!… Si no cambias tu alimentación, morirás en menos de veinte años.

—¿Qué?

—¿Acaso no ves la televisión? ¡Tu madre no mira más que programas en los que les dicen a los gordos cómo adelgazar!

—No, yo no veo esas cosas; cuando estoy en la sala pienso en mis asuntos.

—Y haces mal.

—Pero, en fin, ¿qué quieres de mí?

—Intentaré planteártelo de este modo… Quiero hacer un pacto. Un día, dentro de muchos años, me ayudarás a volver a casa. A cambio, yo te daré… todo lo que deseas.

Alberto se quedó un momento en silencio, con la boca abierta. Por un instante creyó encontrarse dentro del cuento de Aladino.

—¿Harás que consiga también… una novia?

—No debería ser difícil, pero tendrás que hacer lo que te diga.

 

Los que siguieron fueron años intensos para Alberto. Pero no estuvieron exentos de satisfacciones.

Había mucho en lo que trabajar. Ante todo, en su cuerpo.

Lo primero que hizo Cochix fue modificar los receptores del estómago del muchacho para reducir su constante sensación de hambre. No contento con eso, le provocaba un considerable malestar físico cada vez que se acercaba al refrigerador fuera de las horas de comida.

Un día también le propuso un régimen de actividad física, pero Alberto no quería ni oír hablar de ello.

—Si no haces ejercicio, la dieta no será suficiente —le dijo Cochix, desesperado.

—No me interesa —respondió el muchacho, que seguía vegetando frente al televisor de su habitación.

—Entonces hagamos un pacto.

—¿Qué pacto? —preguntó Alberto, aguzando el oído. Los pactos de Cochix siempre eran muy interesantes.

—¿Conoces Cosmic Sword…?

Era un videojuego que a Alberto le gustaba mucho, pero que le resultaba demasiado difícil porque sus componentes estratégicos eran muy marcados.

—¿Sííí…?

—Te ayudaré a completarlo. Pero cada vez que derrotemos a un jefe, saldrás de casa y te pondrás a correr hasta que te diga que pares.

Poco después estaban frente a la consola, jugando como locos. Si Cochix hubiera podido tomar el control de las manos de Alberto, el asunto se habría resuelto en poco tiempo, pero Alberto no habría experimentado la satisfacción de alcanzar el resultado. Había algo educativo en aquellos juegos de los terrestres y Cochix quería aprovechar ese potencial al máximo. Así que se limitaba a sugerirle al muchacho los movimientos más eficaces y a explicarle en qué consistían.

Poco después, la madre de Alberto lo vio salir de casa dando gritos de alegría y, con mayor sorpresa aún, vio que echaba a correr y desaparecía por el sendero.

Cuando Alberto cumplió quince años, era otra persona. No se podía decir que tuviera un físico atlético, pero estaba bien proporcionado, su tez le daba un aspecto saludable y, en conjunto, se lo podía considerar un muchacho apuesto.

También le iba mucho mejor en la escuela.

Lo primero que Cochix había tenido que hacer era intervenir en su cerebro, porque había zonas en las que las vías neuronales estaban prácticamente atrofiadas, mucho más que la media de los seres de su especie. Si no había sido tonto desde el principio, el escaso uso de sus facultades lo había convertido en uno incluso en el plano físico.

Mientras restablecía aquellas conexiones con paciencia, Cochix hacía todo lo posible para ayudarlo a ampliar su deseo de conocimiento y, muy pronto, Alberto se convirtió en un muchacho curioso al que todo le fascinaba.

Sin embargo, los intereses de estudio de ambos no siempre coincidían, hasta el punto de que a menudo se veía a Alberto sentado a una mesa con varios volúmenes delante… y no siempre era Alberto quien leía las historietas. Aquello contribuyó a difundir la idea de que, en cierto modo, era un muchacho genial.

Le iba bien en la escuela y también destacaba en las actividades deportivas, de modo que Alberto no tardó en tener un buen número de amigos, que lo encontraban simpático y estimulante, y de muchachas, que revoloteaban a su alrededor.

Un día Cochix le dijo:

—Como ves, estoy cumpliendo mi parte del pacto. He hecho realidad todos tus deseos.

—¿Ha llegado el momento? —preguntó Alberto con inquietud.

—No, todavía no —respondió Cochix, y al decirlo comprendió que Alberto estaba más que dispuesto a cumplir el pacto, pero también preocupado porque aquel día sus vidas se separarían.

Una vez terminados los estudios secundarios, Alberto aceptó la propuesta de Cochix de obtener un título en ingeniería en una facultad que abarcaba aquella disciplina en todos sus aspectos, desde la mecánica hasta la electrónica. Era una carrera privada y muy costosa y, para conseguir los fondos, Cochix aceptó, excepcionalmente, ayudarlo a ganar una suma considerable en un casino. Cuando salieron, con los bolsillos llenos de billetes, los responsables del establecimiento le ordenaron que no volviera jamás. Habían comprendido que habían utilizado algún sistema, pero no podían demostrarlo. El sistema era Cochix.

Alberto, tanto con la ayuda del alienígena como gracias a sus nuevas capacidades personales, completó brillantemente sus estudios y, el mismo año en que se graduó, se comprometió con la mujer que sería su esposa.

Con el tiempo, los propósitos de los dos seres simbióticos se habían vuelto prácticamente idénticos y acordaron intentar conseguir un empleo en los laboratorios de investigación de la agencia espacial. Alberto, que gracias a los conocimientos de Cochix estaba un paso por delante de todos los demás, consiguió el puesto y, en pocos años, se convirtió en el director de un ambicioso proyecto destinado a desarrollar un motor capaz de llevar al ser humano a explorar el sistema solar.

Una noche de febrero, el equipo pudo afirmar que había alcanzado el objetivo, así que se organizó una gran fiesta que duró varias horas.

Cuando todos se hubieron marchado –Alberto siempre era el último en abandonar el laboratorio–, Cochix tenía algo que decir:

—Ha llegado el momento.

—¿Por qué has esperado? —preguntó el terrestre—. Creo que ya tenías todo lo que necesitas desde hace al menos un año.

—Al estar contigo, he aprendido a amar este mundo y a tu gente. El motor Albert es mi regalo para ellos.

—Pero seré yo quien reciba todos los honores.

—Y ese es mi último regalo para ti —dijo Cochix, transmitiéndole todo el afecto que podía desde su peculiar posición—. ¿Te apetece pasar una noche agotadora? —preguntó después.

—Mi esposa está en casa de su madre. Ningún problema.

Rápidamente volvieron a poner en marcha algunas de las complejas máquinas del laboratorio y, hacia las cuatro de la madrugada, siguiendo las instrucciones de Cochix, Alberto había construido varios circuitos y otros aparatos cuyo funcionamiento o utilidad no lograba comprender en absoluto.

—Mételo todo en una bolsa —dijo entonces el alienígena—. Tenemos que hacer una excursión al campo… ¿Te gusta la vida al aire libre?

Subieron al automóvil y llegaron a los bosques donde Alberto se había perdido de niño y había conocido a Cochix. Se internaron entre los árboles y, guiado por su amigo, Alberto no tuvo dificultades para encontrar la pequeña colina donde había visto aquella luz. Subió con inquietud, porque no recordaba nada de lo que había visto cuando había llegado a la cima la primera vez. Pero se sintió decepcionado, porque allí arriba no había nada.

—¿Dónde está la nave espacial? —preguntó.

—¿Por qué crees que te sentías como si te hubieran molido a golpes cuando despertaste? La enterré con tu ayuda.

—¡Eso explica esto! —dijo entonces Alberto, sacando de la bolsa una pala plegable.

Trabajaron unos veinte minutos y pronto la pala tocó una superficie metálica. Sin embargo, las sorpresas no habían terminado.

—¡Pero es pequeña! —exclamó Alberto después de desenterrar la nave—. No debe de medir ni un metro. Podría ser una maqueta.

—Querido Alberto —explicó el alienígena—, no habrás creído que soy capaz de permanecer dentro de ti gracias a alguna especie de magia. Lo que sucede es que, comparado contigo, soy realmente muy pequeño.

Una vez pasado el asombro, prevaleció la profesionalidad, y juntos abrieron unos compartimentos y sustituyeron las piezas dañadas. Finalmente, Cochix le dijo:

—Ahora tendrás que trasladarme a la nave; espero que no te dé demasiado asco.

—¿Qué?

—Lo he pensado mucho. Vuestra atmósfera es realmente peligrosa para mí. Y la mejor manera de protegerme durante el traslado es que me expulses por la boca.

—¡Santo cielo! —se lamentó Alberto—. Pero supongo que también ha llegado el momento de despedirnos. Después ya no te oiré dentro de mi cabeza. Y me sentiré muy solo.

—Yo también, Alberto. Yo también.

Era el momento de trasladar a su extraño compañero de vida. Al presionar una pequeña hendidura, Alberto abrió una escotilla circular y luego apoyó sobre ella la boca abierta, haciéndola coincidir perfectamente con la abertura. Se habría dicho que estaba besando un huevo enorme.

Durante un instante un tanto espeluznante, sintió que algo viscoso se condensaba en su boca y enseguida salía de ella. Alberto sintió un estremecimiento de repulsión mientras dejaba la nave en el suelo. Si hubiera podido quedársela, la especie humana habría dado un salto tecnológico de siglos, pero Alberto ni siquiera lo pensó un instante. Traicionar a un amigo tan querido era sencillamente inconcebible.

Poco después, el pequeño ovni se iluminó y desapareció en el cielo.

Alberto se quedó mirando las estrellas y luego… soltó un estornudo.

Maldición, se estaba resfriando por quedarse allí. Entonces recordó. Durante todos aquellos años nunca había tenido ninguna enfermedad, porque Cochix no podía permitírselo y mantenía su sistema inmunitario en constante alerta.

Pero ahora Cochix ya no estaba, y si permanecía mucho más tiempo inmerso en aquella humedad, acabaría enfermando de verdad. Debía ponerse en camino hacia casa, pero antes de marcharse, Alberto alzó la mirada al cielo y pensó: Gracias, Cochix. Y quién sabe… Ahora que me has mostrado el camino, quizá algún día vaya a visitarte.

Giorgio Sangiorgi nació en Forlì, Italia, el 26 de julio de 1957. Es autor de ciencia ficción y dibujante. Licenciado en Artes, Música y Espectáculos por la Universidad de Bolonia con una tesis sobre el movimiento en las artes gráficas y el cómic, I disegni che vivere, Sangiorgi comenzó a interesarse por la narración a partir del cómic, tema que desarrolló durante algunos años, ganando un premio muy joven en colaboración con Roberto Celano y Paolo Morisi. Su pasión por el cómic lo llevó a publicar el ensayo ZAP! Esegesi del fumetto di fantascienza en 2012. En la década de 1970, comenzó a interesarse por la obra de Sri Aurobindo y a estudiar disciplinas espirituales orientales y occidentales. En 1986, publicó un artículo sobre Aurobindo titulado L'oro in fondo al corpo en la revista Abstracta. Entre sus obras más destacadas pueden citarse las novelas Friaria, 1992; Tempio, 1999; La foresta dei sogni perduti, 2005; Cristalli, 2009; Starcity, 2017; Nothing, 2021, media docena de colecciones de cuentos, obras teatrales y una veintena de novelas gráficas.

 

 

 

 

martes, 23 de junio de 2026

MI PRIMER ROBOT

Giorgio Sangiorgi

 

Mi primer robot era un juguete de hojalata, cuadrado y pintado de verde. Funcionaba con dos pilas alcalinas y, una vez activado, avanzaba hacia mí dando tumbos. Su pecho se iluminaba y quizá –han pasado demasiados años– también tenía un mecanismo de piedra de chispa que lanzaba destellos, un dispositivo muy de moda en los juguetes de aquella época y que hoy haría estremecerse a cualquier bombero.

Aquel juguete era la quintaesencia de todo lo que debería resultar inquietante en una máquina antropomorfa: un gigante verde que avanzaba de forma amenazadora, con ojos inexpresivos y un chisporroteo constante.

Sin embargo, para mí no existía visión más mágica ni más reconfortante.

Después de aquello, durante varias décadas, tuve que conformarme con soñar con los robots: en los libros, en los cómics y más tarde en las películas. ¿Cómo olvidar a Robin Williams diciendo:

—Si me necesita, siempre estaré aquí para usted. Ha sido un honor servirle...

Llegaron otros juguetes inteligentes, pero no quise dejarme tentar por ellos. Como la zorra de la fábula con las uvas, repetía por todas partes:

—¡No compraré un robot hasta que sea capaz de traerme las pantuflas o el mando a distancia!

Pero por entonces ya se estaban realizando experimentos interesantes. Había máquinas capaces de caminar, hablar, tocar el violín o jugar al ajedrez. Sin embargo, ninguna sabía hacer todas esas cosas a la vez. Faltaba potencia de cálculo. Después las cosas se precipitaron.

Se hablaba de numerosos prototipos prometedores y yo intuía que estaba asistiendo al amanecer de una revolución superior incluso a la llegada de las computadoras, una revolución destinada a transformar la sociedad. Hasta el día en que me encontré uno delante de mí. Estaba ya cerca de jubilarme. Era blanco, con articulaciones metálicas. Empujaba un carrito y era evidente que había sustituido a uno de nuestros empleados internos en el reparto de correspondencia.

Caminaba con seguridad. Lo observé atravesar el pasillo. Pasó frente a mí y, de manera instintiva, lo saludé.

—Buenos días.

—Buenos días —respondió con una leve inclinación de cabeza.

Me quedé inmóvil observándolo alejarse. Sonreía mientras una lágrima descendía desde el rabillo de mi ojo derecho. Aquel aparato seguramente le había quitado el trabajo a un ser humano. Pero yo me sentía como si uno de mis sueños más imposibles hubiera tomado forma y se hubiera subido a mi mismo autobús.

Nunca lo olvidaré.

Cuántas cosas he visto desde entonces. Cuánto ha cambiado el mundo. Ahora tengo ciento un años y estoy a punto de morir. Por muchos caprichos del destino, estaría aquí agonizando completamente solo si no fuera porque Walter, mi robot mayordomo, está conmigo. Walter me ha cuidado y atendido fielmente durante los últimos veinte años. Ha sido mi compañero y ahora será mi último testigo.

—¿Siente dolor, señor? —me pregunta Walter, inclinándose hacia mí con preocupación. Lo tranquilizo cerrando los ojos. Ya ni siquiera puedo hablar. Así que Walter recibe mis pensamientos y los almacena para que no se pierdan. Cuando yo muera, Walter también se apagará, aunque conservará intactos mis archivos. Sus sofisticadas circunvoluciones neurotrónicas se quemarán y él no será más que un muñeco inútil. No, no fui yo quien lo ordenó. Fue decisión suya. No consideraba elegante servir a otras personas después de mí. Además, sabe que ahora existen nuevos Walter de modelos más avanzados. Yo no estoy de acuerdo, pero él cree que nadie lo querría ya.

Cuando yo muera, inclinará la cabeza hacia adelante y aquel rostro amable e ingenioso perderá la luz de la conciencia. Permaneceremos juntos, esperando que cada uno sea enviado a su correspondiente destino final. Aunque, en cierto modo, empezamos a parecernos. Yo llevo implantados algunos microchips. Y quizá él tenga en algún lugar un verdadero corazón humano. Tal vez se equivoquen. Quizá lo envíen a él al cementerio y a mí al desguace. Walter ya ha registrado mi vida, mis últimas voluntades, mi dolor por las personas que amé y que ya no están, y mi despedida final para quienes todavía me aprecian y siguen vivos. Y ahora, precisamente ahora que siento cómo la vida me abandona, solo tengo una cosa que decir:

–Gracias, Walter... mi querido compañero... robot.

Giorgio Sangiorgi nació en Forlì, Italia, el 26 de julio de 1957. Es autor de ciencia ficción y dibujante. Licenciado en Artes, Música y Espectáculos por la Universidad de Bolonia con una tesis sobre el movimiento en las artes gráficas y el cómic, I disegni che vivere, Sangiorgi comenzó a interesarse por la narración a partir del cómic, tema que desarrolló durante algunos años, ganando un premio muy joven en colaboración con Roberto Celano y Paolo Morisi. Su pasión por el cómic lo llevó a publicar el ensayo ZAP! Esegesi del fumetto di fantascienza en 2012. En la década de 1970, comenzó a interesarse por la obra de Sri Aurobindo y a estudiar disciplinas espirituales orientales y occidentales. En 1986, publicó un artículo sobre Aurobindo titulado L'oro in fondo al corpo en la revista Abstracta. Entre sus obras más destacadas pueden citarse las novelas Friaria, 1992; Tempio, 1999; La foresta dei sogni perduti, 2005; Cristalli, 2009; Starcity, 2017; Nothing, 2021, media docena de colecciones de cuentos, obras teatrales y una veintena de novelas gráficas.

 

 

 

sábado, 30 de mayo de 2026

FATHER TIME

Giorgio Sangiorgi

 

Mi padre siempre fue un tipo alegre, con la cabeza en las nubes.

Cuando eres una niña eso es muy bonito. Tienes un padre siempre dispuesto a bromear y jugar contigo, casi un compañero de juegos. Pero después creces y comprendes que no todo lo que brilla es oro.

Aunque no podía entenderlas del todo, ciertas tensiones entre mis padres se hicieron evidentes para mí muy pronto; de hecho, solo cuando entré en la pubertad comprendí que estaban relacionadas con problemas económicos.

Cuando era pequeña adoraba entrar en el taller de mi padre. En realidad era un garaje, pero estaba atestado de extraños aparatos con monitores y lucecitas que eran una fiesta para mis ojos ávidos de magia. Sin embargo, aquel taller, a los ojos de mi madre, era al mismo tiempo la fuente de sustento de la familia y la causa de sus penurias.

En efecto, mi padre, aunque a menudo obtenía ingresos extra realizando excelentes reparaciones para amigos y conocidos de los alrededores, se dedicaba sobre todo a ser inventor.

Por desgracia, no era un inventor exitoso.

Sus ingresos, cuando teníamos suerte, apenas alcanzaban para cubrir los gastos corrientes, además de los enormes costos de mantener el taller y fabricar los prototipos de sus creaciones, indispensables también para presentarlas a posibles compradores.

Sin embargo, lo que él creaba difícilmente podía generar grandes ganancias. A menudo entrábamos en el terreno de lo extravagante.

Una de sus ideas más, digamos, “ingeniosas” fue un cesto para papeles diseñado como una verdadera canasta de baloncesto. Una empresa de objetos divertidos lo compró, pero tuvo poco éxito. Lanzar bolas de papel hasta allá arriba parecía divertido, pero los posibles compradores sabían perfectamente que sus probabilidades de encestar eran escasas. Además, para vaciar el cesto hacía falta una escalera.

Un fracaso.

Más tarde intentó vender a los balnearios una especie de cabina que rociaba al bañista con crema solar de manera uniforme. Tampoco tuvo éxito, porque resultaba demasiado costosa en comparación con las ganancias potenciales para el propietario.

Describir el medidor para dedos es realmente difícil. Para indicarle a alguien el tamaño de un objeto pequeño, decimos: “No sé, tendrá este grosor”, y mostramos el pulgar y el índice arqueados marcando una distancia. Bien, si en esos dos dedos colocamos dedales equipados con medidores láser, obtendríamos una medida precisa, al centésimo de milímetro, de aquella medición aproximada.

¿Para qué podía servir un aparato semejante? Nadie lo entendió.

Y qué decir de la bicicleta para pedalear sobre los ríos, de la pasta dental con sabor a whisky, de los tapones para convertir bolígrafos en cubiertos útiles para un refrigerio rápido, del cortador láser de pizza, del aislador de oficina, una especie de campana para colocarse sobre la cabeza y poder concentrarse en oficinas abiertas.

De todos modos, no todo le iba tan mal. Por ejemplo, tuvo mucho éxito una pequeña sartén que servía para hacer huevos duros con forma de cubo. Pero, en conjunto, los ingresos familiares eran escasos, siempre al borde del colapso.

No es que no hubiera intentado otros caminos, pero debido a su naturaleza particular no solo le resultaba muy difícil encontrar trabajo, sino que le era completamente imposible conservarlo durante mucho tiempo. Sus empleadores, aun admitiendo que era hábil y competente, pronto lo consideraban poco confiable y terminaban despidiéndolo.

Resultado: nunca unas vacaciones, rara vez ropa nueva. Yo misma tuve que renunciar a ir a la universidad porque los costos eran imposibles para nosotros.

Así terminé compartiendo la decepción de mi madre hacia aquel hombre jovial. El rechazo de su propia familia acabó pesándole y lo volvió cada vez más triste y deprimido.

Espero sinceramente que eso no fuera lo que lo enfermó, de una enfermedad que se lo llevó demasiado pronto. Sin embargo, fue precisamente entonces cuando hizo algo que nos permitió cambiar nuestras vidas para mejor, en vez de acabar bajo un puente como cualquiera habría imaginado.

Algunos días después del funeral, mientras examinaba su viejo taller para decidir qué hacer con todas aquellas herramientas –pensaba que algunas podrían revenderse–, hice un descubrimiento. Bien visible sobre un tablero que utilizaba para anotar ideas, había una hoja con una gran inscripción en rojo: ¡Revísalo!

Sujetado a aquella nota había un billete de lotería.

En aquel momento mi madre y yo estábamos desesperadas. Los escasos ahorros familiares se agotarían pronto y ninguna de las dos –yo tenía poco más de quince años– tenía idea de cómo encontrar trabajo de inmediato. Ningún pariente podía ayudarnos.

Le di el billete a mi madre y ambas fuimos, rezando, a la agencia de lotería.

Inesperadamente, el billete, comprado hacía poco, tenía un gran premio. Lo suficiente para mantenernos seguras durante muchos años. Muy resentida, mi madre pegó el resguardo que había quedado del billete a una foto de papá que puso en la sala. Sobre aquel resguardo escribió con marcador: “Lo único bueno”.

Con el tiempo, salí adelante, encontré trabajo, me casé y fui, en términos generales, feliz.

Pero la sensación de haber tenido por padre a un hombre fracasado e inútil nunca me abandonó, también porque era un sentimiento que al final me hacía sentir culpable hacia él. Y ese también era un regalo suyo que yo no quería.

Pero todo eso estaba destinado, increíblemente, a cambiar.

Muchos años después de la muerte de mi padre, recorría una solitaria carretera estatal al volante de mi automóvil. La noche anterior había llovido mucho y el asfalto seguía mojado y resbaladizo. En una curva perdí el control y me salí del camino.

Creo que perdí el conocimiento por unos instantes. Cuando me recuperé, advertí con terror que seguía en mi asiento mientras el capó del auto se incendiaba. Me desabroché el cinturón de seguridad, que seguramente me había salvado la vida, y me abalancé sobre la puerta para escapar del fuego, si no de una explosión. Con horror vi que la puerta estaba completamente atascada. Probé con la del pasajero, pero tampoco se abría. Miré hacia atrás: la parte trasera del automóvil estaba medio aplastada, las puertas de atrás inutilizadas.

Mi destino parecía sellado cuando escuché a mi lado un sonido terrible. Alguien había introducido una palanca en la puerta y la había abierto. Dos brazos fuertes me arrastraron afuera y siguieron tirando de mí hasta que estuvimos lejos del vehículo.

La explosión que había temido ocurrió y mi salvador se arrojó sobre mí para protegerme aún más. Finalmente cayó al suelo y permanecimos unos instantes observando aquel incendio, jadeando y aturdidos.

Aunque estaba conmocionada, sentí la necesidad inmediata de agradecer a aquel benefactor y me volví hacia él: era mi padre.

—¡Papá! —grité fuera de mí—. ¿Pero cómo? ¿Qué…?

—No hay tiempo, espera… —dijo, y sacó un teléfono móvil con el que llamó a emergencias.

Durante algunos eternos minutos volvió a abrazarme.

—Escúchame, amor mío —dijo—, no tenemos mucho tiempo antes de que lleguen los servicios de emergencia. Sé que para ti estoy muerto. Pero lo que ves es a mí mismo algunos años atrás. Debes saber que al final inventé algo que realmente valió la pena: una máquina del tiempo.

Teniéndolo a mi lado, no podía hacer otra cosa que creerle. Pero entonces comprendí que yo no había entendido nada.

—Perdóname, perdóname, papá —dije llorando, probablemente también por los demasiados shocks de los últimos minutos.

Él me comprendió enseguida.

—Sé que tú y mamá siempre pensaron que yo era un perdedor —explicó acariciándome—. Sin embargo, solo tenían razón en parte… Verás, incluso este invento extraordinario mío es un fracaso parcial. Sin entrar en detalles inútiles, el proceso que ideé no solo no puede ser repetido por otros, sino que me permite realizar muy pocos viajes en el tiempo antes de volverse inutilizable.

—Entonces ¿no volveré a verte? —pregunté todavía conmocionada.

—Tal vez, una vez más, dentro de mucho tiempo… Debo pensar bien mis movimientos para que este descubrimiento sirva al menos para algo útil para ti y para mamá.

—¡La lotería! —exclamé—. Lo planeaste…

—Sí. Cuando comprendí que moriría pronto, viajé al futuro para poder dejarles al menos ese premio poco antes de morir.

Se oyó el sonido de unas sirenas.

—Ya vienen… —dije.

—Es cierto —respondió él—. Pero ahora estás a salvo.

—Me salvaste la vida —observé, comprendiéndolo de pronto.

—Sí. Deberías haber muerto aquí, pero ahora debo remontar el curso del tiempo y descubrir cómo siguen las cosas. Debo entender si todavía me necesitas.

Me besó en la frente y, cuando abrí los ojos, ya no estaba, mientras una ambulancia y un vehículo de la policía de carreteras se detenían un poco más allá.

Desde aquel momento estuve más en paz conmigo misma. Él había regresado desde el pasado, e incluso desde el más allá, para salvarme la vida; ¿qué hija podía decir lo mismo de su padre?

Y además ese no fue su único legado.

Había heredado un poco de su creatividad, aunque no supe aprovecharla hasta que recuperé la confianza en él. Así, con la ayuda de un técnico amigo mío, inventé un accesorio doméstico que patenté y vendí a una empresa conocida. Pedí regalías y eso me aseguró una renta casi constante que más tarde me permitió, entre otras cosas, inscribir a mis dos hijas en la universidad, dándoles lo que mi padre no pudo darme a mí.

Y luego, reflexionando atentamente sobre todo lo que había sucedido en mi vida, comprendí también otra cosa. Sabía cómo gastaría mi padre su último viaje en el tiempo. Sabía en qué circunstancia volvería a verlo.

Por eso, al contrario de todos los demás, yo soy la única persona de este planeta que puede decir con casi absoluta certeza que, cuando llegue la hora de su muerte, no estará sola.


Giorgio Sangiorgi nació en Forlì, Italia, el 26 de julio de 1957. Es autor de ciencia ficción y dibujante. Licenciado en Artes, Música y Espectáculos por la Universidad de Bolonia con una tesis sobre el movimiento en las artes gráficas y el cómic, I disegni che vivere, Sangiorgi comenzó a interesarse por la narración a partir del cómic, tema que desarrolló durante algunos años, ganando un premio muy joven en colaboración con Roberto Celano y Paolo Morisi. Su pasión por el cómic lo llevó a publicar el ensayo ZAP! Esegesi del fumetto di fantascienza en 2012. En la década de 1970, comenzó a interesarse por la obra de Sri Aurobindo y a estudiar disciplinas espirituales orientales y occidentales. En 1986, publicó un artículo sobre Aurobindo titulado L'oro in fondo al corpo en la revista Abstracta. Entre sus obras más destacadas pueden citarse las novelas Friaria, 1992; Tempio, 1999; La foresta dei sogni perduti, 2005; Cristalli, 2009; Starcity, 2017; Nothing, 2021, media docena de colecciones de cuentos, obras teatrales y una veintena de novelas gráficas.

 

 

viernes, 3 de abril de 2026

EL HOMBRE DE LA LIMPIEZA

Giorgio Sangiorgi

 

Paul Vance tenía poco menos de dieciocho años cuando se presentó a una entrevista para el puesto de hombre de la limpieza en una empresa de transportes de Cleveland. Tras un breve tiempo de espera, se encontró frente a dos examinadores: el propietario de la empresa y un administrativo que a veces desempeñaba las funciones de responsable de personal.

Este último, en cierto momento, tuvo la idea de preguntarle qué hacía en su tiempo libre y Paul les dio una respuesta extraña.

—En realidad navego por el espacio, con la ayuda de la imaginación y de un pequeño telescopio que mi madre me regaló cuando era niño.

Los dos se quedaron desconcertados durante unos instantes y luego estallaron en una ruidosa carcajada.

—Entonces —dijo el propietario—, ¿por qué no unes lo útil con lo agradable y vas… a limpiar los retretes del observatorio?

Y los dos volvieron a reír, dándose palmadas en la espalda, encantados con la “simpática” ocurrencia que el jefe había sabido inventar. Sin embargo, cuando se volvieron hacia el candidato, él había desaparecido.

En realidad, su grueso sentido del humor había sido para Paul una especie de revelación y, al cabo de dos semanas, había logrado que lo contrataran como hombre de la limpieza en el Observatorio Astronómico de la ciudad.

Años después, Frank Forbes estaba de visita en aquella institución. Su padre Leopold, un magnate de la prensa, había sido uno de los principales financiadores del Observatorio y, en particular, su donación había permitido la construcción del planetario anexo, que había desempeñado una importante función de estímulo cultural en la ciudad, favoreciendo la divulgación científica.

Una de las principales ocupaciones del hijo de la familia Forbes era ahora visitar las numerosas instituciones sostenidas por la Fundación creada por su padre, para comprobar que los fondos de esta se emplearan correctamente.

Un poco por casualidad se encontró con un grupo escolar que desde hacía algún tiempo acudía regularmente al planetario para realizar trabajos escolares. Un poco en broma, un poco por incomodidad, Frank preguntó a los niños quién creían que era el mayor conocedor de las estrellas que habían encontrado entre aquellas paredes, y los niños, sin vacilar, respondieron que era el señor Vance.

Entonces él preguntó por qué lo consideraban tan sabio en la materia y uno de los niños dijo:

—Porque es el único que siempre responde a nuestras preguntas de manera comprensible.

Intrigado, Frank se volvió hacia su guía, un tal James Spencer, y preguntó:

—¿No podría conocer a este pozo de sabiduría?

Spencer, al responder, pareció un poco incómodo.

—La verdad es que el señor Vance nunca viene antes de las 17 o 17:30…

—Entiendo —dijo Frank—, llega tarde porque siempre está ocupado por la noche en el Observatorio.

—No, no… —respondió James, cada vez más incómodo—. Viene a esa hora porque… las oficinas cierran y él puede hacer la limpieza.

—¿Me está diciendo que se trata del hombre de la limpieza?

—Exactamente…

—¡Pero qué historia es esta!

—En realidad —admitió James—, no puedo ser muy preciso sobre el asunto porque trabajo aquí desde hace poco tiempo. Solo puedo decirle que mis colegas más antiguos tienen mucha estima por ese hombre. Y… —pareció dudar si añadir lo que finalmente se le escapó— a veces le piden consejo.

Cada vez más intrigado, Frank se fue a almorzar, pero regresó hacia la hora de cierre y pidió que le avisaran al señor Vance en cuanto llegara. El hombre, como siempre, fue puntualísimo y, justo después de ponerse su mono de trabajo, algo desconcertado se encontró en un despacho frente a Forbes.

—¿Puede decirme por qué aquí todos, a pesar de su evidente función, lo consideran una especie de decano de la astronomía? —le preguntó este último, después de algunos inevitables y necesarios saludos de cortesía.

El otro lo pensó un momento y luego respondió:

—Quizá… quizá porque soy el único aquí que ha leído casi todos los veinte mil volúmenes de la biblioteca astronómica del edificio.

—Estoy sorprendido. ¿Y cuándo encontró el tiempo para leer todos esos libros?

—Bueno, desde que me contrataron, hace muchos años, hago mi turno de limpieza y luego paso el resto de la noche leyendo.

—¿Y cuándo duerme?

—Bueno, durante el día, como todos los trabajadores nocturnos.

—Mis felicitaciones, estoy impresionado —dijo Frank—. Pero imagino que usted no tiene un título universitario; ¿cómo hizo con las matemáticas? Es un obstáculo difícil para quien quiere entender de astronomía.

—Es verdad, tiene razón —admitió Paul—. Ese período fue duro y tuve que tomar clases con un amigo mío que enseña matemáticas en el instituto. Para las bases… luego las cosas fueron más fáciles. Y, por lo demás… después descubrí que allí arriba, en el observatorio, por la noche, los científicos están deseando charlar con alguien que se interese por su trabajo y que los entienda.

—Lo comprendo, en parte… —reflexionó Frank—. Pero hay algo que no entiendo. Usted ya es un hombre culto, ¿por qué sigue aquí haciendo la limpieza?

—¿No es evidente? —respondió el otro con una amplia sonrisa—. Todavía me faltan mil quinientos libros para completar la lectura de toda la biblioteca. Después de eso, estaré listo para jubilarme.

Hubo un instante de silencio en el que se oyó claramente un fuerte suspiro de Frank, y luego este dijo:

—Ah, felicidades. ¿Y qué hará cuando esté jubilado?

El otro lo miró muy contento.

—Sabe, para ese momento hay que organizarse con antelación, si no se quiere sufrir una especie de trauma…

—Cierto, así que usted ya se ha organizado…

—Claro. He solicitado ser guardia nocturno voluntario en la biblioteca de Historia Natural.

Giorgio Sangiorgi nació en Forlì, Italia, el 26 de julio de 1957. Es autor de ciencia ficción y dibujante. Licenciado en Artes, Música y Espectáculos por la Universidad de Bolonia con una tesis sobre el movimiento en las artes gráficas y el cómic, I disegni che vivere, Sangiorgi comenzó a interesarse por la narración a partir del cómic, tema que desarrolló durante algunos años, ganando un premio muy joven en colaboración con Roberto Celano y Paolo Morisi. Su pasión por el cómic lo llevó a publicar el ensayo ZAP! Esegesi del fumetto di fantascienza en 2012. En la década de 1970, comenzó a interesarse por la obra de Sri Aurobindo y a estudiar disciplinas espirituales orientales y occidentales. En 1986, publicó un artículo sobre Aurobindo titulado L'oro in fondo al corpo en la revista Abstracta. Entre sus obras más destacadas pueden citarse las novelas Friaria, 1992; Tempio, 1999; La foresta dei sogni perduti, 2005; Cristalli, 2009; Starcity, 2017; Nothing, 2021, media docena de colecciones de cuentos, obras teatrales y una veintena de novelas gráficas.

 

domingo, 8 de febrero de 2026

DEEP BLUE

Giorgio Sangiorgi

 

Hacía muchos años que no se intentaba una inmersión, con hombres a bordo, en la Fosa de las Marianas. La primera había sido en los años sesenta, y la segunda, una lúcida locura perpetrada por un famoso director de cine, al que luego había seguido otro multimillonario en busca de emociones. Por lo tanto, aún se sabía muy poco sobre las condiciones y los efectos de la biosfera terrestre a esas profundidades imposibles.

Por ese motivo se construyó el Deep Blue, un coloso de las profundidades de veinticinco metros de longitud capaz de transportar hasta ese oscuridad letal a cuatro hombres, de los cuales al menos tres eran científicos especializados en oceanografía y biología marina.

Con ese fin, el batiscafo estaba equipado con instrumental de muestreo científico y cámaras tridimensionales de alta definición, iluminación estratoled y cables de comunicación de penetración fiable que permitían transmisiones a través del casco del sumergible, aprovechando un nuevo sistema capaz de enviar una suerte de onda de radio directamente a través de los líquidos sin ningún tipo de interferencia.

Para hacer más segura la inmersión, los diseñadores del batiscafo habían trabajado intensamente en el perfeccionamiento de las espumas sintácticas estructurales utilizadas en las misiones de los primeros años dos mil, sustancias capaces de soportar enormes fuerzas de compresión a once kilómetros de profundidad.

Los nuevos propulsores de presión balanceada podían adaptarse automáticamente a las distintas condiciones del descenso, mientras que una inteligencia artificial regulaba la presión interna y las mezclas de aire suministrado, eliminando cualquier necesidad de descompresión. Los sistemas de alimentación del submarino estaban constituidos por las más avanzadas baterías autorregenerativas.

Por supuesto, las IA eran capaces de controlar de manera autónoma todos los sistemas de a bordo, incluidas las baterías, los propulsores, el soporte vital, las cámaras 3D y la iluminación interna y externa.

Como en las versiones anteriores, la sección habitada por la tripulación era una especie de esfera independiente del resto del vehículo, compuesta por capas de distintos materiales de alta tecnología, algunos de los cuales aún no han sido divulgados por su uso estrictamente militar; materiales que, en cualquier caso, podían resistir sin dificultad cualquier tipo de presión imaginable, ya que habían sido probados en misiones automáticas que –por decirlo de algún modo– habían “aterrizado” en Júpiter y Saturno.

En el interior, además de los equipos científicos, una serie de pantallas semicirculares conectadas a las cámaras externas daban a la tripulación casi la impresión de encontrarse dentro de una burbuja de vidrio, con una visión perfectamente realista del exterior, algo sumamente útil también para el pilotaje.

A pesar de que se mantuvo el contacto con la tripulación prácticamente hasta el último instante posible, las distintas comisiones no lograron llegar a una explicación unívoca sobre las causas de la desaparición del Deep Blue, y por ello hemos decidido publicar íntegramente las conversaciones entre la nave de apoyo y el doctor Mayer, responsable también de esta misión:

 

Base de superficie: ¿Todo bien, Deep Blue?

Mayer: Todo correcto. Parámetros estándar, estamos operativos para iniciar la misión.

Base de superficie: Entonces, procedan. ¡GO!

Mayer: Recibido.

(Espera. Se oyen las voces de los ocupantes intercambiando la información necesaria para la puesta en marcha del vehículo.)

Base de superficie: ¿Todo bien, Deep Blue?

(Silencio)

Base de superficie: ¿Está todo OK, Deep Blue?

(Silencio)

Mayer: Todo bien. Disculpen el retraso. Aquí las operaciones fueron más complejas que en las simulaciones y no podía distraerme ni un instante. Por ahora todo marcha de maravilla.

(Murmullo satisfecho del personal del centro operativo.)

Base de superficie: Bien. Inicien el descenso y avísennos ante la menor anomalía.

(Silencio durante algunos minutos.)

Mayer: El descenso avanza perfectamente, los valores están dentro de los parámetros y Scott está muy contento con la respuesta del vehículo a los comandos. Vamos bastante rápido; menos mal que la descompresión no es un problema, o ya habríamos explotado.

(Se oye un murmullo en la sala operativa de la nave de apoyo.)

Base de superficie: Deep Blue, el sonar ha detectado algo que se dirige hacia ustedes; parece bastante grande. ¡Más grande que ustedes!

(Silencio)

Base de superficie: ¿Deep Blue…?

(Silencio, luego se oyen voces alegres.)

Mayer: Todo bien, central. Se trata de una ballena jorobada que vino a curiosear. Estamos sorprendidos porque ya estamos casi a novecientos metros de profundidad. No imaginábamos que pudieran descender tanto.

(Silencio)

Mayer: En efecto… Ahora que hemos descendido un poco más, se ha ido y está subiendo. Es difícil decir si existe para ella un límite infranqueable o si simplemente… se cansó de nosotros. Ahora disculpen un pequeño apagón de comunicaciones, debo realizar las mediciones previstas en este punto.

(Las comunicaciones se interrumpen durante diez minutos; ocasionalmente se oyen las voces de los científicos trabajando.)

Base de superficie: ¿Todo bien, Deep Blue? Según nuestros registros ya deberían estar a cinco mil metros de profundidad.

Mayer: Confirmamos, nuestros datos coinciden. Eso significa que los instrumentos funcionan perfectamente incluso a esta profundidad. Disculpen el alivio, pero durante las pruebas nunca habíamos podido bajar tanto.

Base de superficie: Comprensible, Deep Blue; aquí también estamos muy aliviados. Creemos que parte del mérito les corresponde a ustedes: aportaron ideas valiosas durante la fase de diseño.

Mayer: Son muy amables… ¡Eh, un momento!

Base de superficie: ¿Qué sucede, Deep Blue?

Mayer: Todo en orden, ninguna alarma, pero nos hemos visto rodeados por un banco de peces rape. (Se oye una voz indistinta.) Sí, sí, Venet confirma que es sabido que estos peces pueden descender tanto.

SIGUEN ALGUNAS COMUNICACIONES SOBRE LOS PARÁMETROS DEL DESCENSO, QUE RESULTAN NORMALES. EL BATISCAFO ALCANZA LOS DIEZ MIL METROS EN LOS TIEMPOS PREVISTOS.

Base de superficie: ¿Todo bien, Deep Blue? Aquí parece haber un fallo y ya no recibimos los datos de video de las cámaras frontales. Estamos ciegos.

Mayer: Aquí todo funciona con normalidad; tal vez el fallo esté en su instrumentación.

Base de superficie: Probablemente tengan razón, pero en ese caso necesitaremos horas para descubrir la causa. No podremos asistirlos al cien por ciento. ¿Desean interrumpir la misión?

(Se oye un murmullo: la tripulación está deliberando.)

Mayer: Negativo. Negativo. Deseamos continuar. Los mantendremos informados a la antigua usanza y, mientras tanto, grabaremos todo para mostrárselo a nuestro regreso.

(Consulta del personal de la nave de apoyo.)

Base de superficie: De acuerdo, Deep Blue. Tampoco nosotros vemos razones suficientes para cancelar la misión, sobre todo porque en los próximos días se esperan tormentas en esta zona y una suspensión implicaría un retraso muy grave.

Mayer: Nos alivia escucharlo, colegas. Además, lo más difícil ya está hecho. Hemos llegado y solo queda proceder con nuestras observaciones científicas.

DURANTE VARIOS MINUTOS LOS CIENTÍFICOS TRABAJAN SERENAMENTE.

Base de superficie: ¿Cómo avanzan las mediciones, Deep Blue?

Mayer: Excelentemente. Hemos recopilado más datos en estos pocos minutos que todos los que teníamos hasta ahora. Lamentablemente, aquí abajo no hay mucha vida. Encontramos un lipárido cerca de los nueve mil metros, pero no parece que bajen hasta aquí. Sin embargo, hay una variedad de fitoplancton mayor de la esperada. También hemos descubierto una nueva especie que queríamos llamar Venetus lanceolatus (risas), pero nuestro biólogo jefe no está muy de acuerdo.

Base de superficie: Los dejamos con sus mediciones. Avísennos si surgen problemas.

(De nuevo se oyen las voces de los científicos trabajando.)

Mayer: Nave de apoyo, hemos terminado y estamos adelantados respecto al cronograma. Por eso quisiéramos intentar descender aún más para verificar si la biosfera presenta un límite absoluto registrable.

Base de superficie: Permiso concedido, sobre todo porque ya deberían estar casi en el fondo.

Mayer: ¿Cuál es el récord alcanzado?

Base de superficie: La última expedición llegó a 10.194 metros.

Mayer: Entonces quizá batamos el récord.

Base de superficie: Si hay margen para descender, sin duda lo lograrán. Ningún vehículo anterior tenía las características del Deep Blue.

Mayer: Procedemos.

(Durante un tiempo solo se oye el zumbido de los motores maniobrando.)

Mayer: Base operativa, récord superado. Repito, el récord ha sido superado. Hemos encontrado una derivación de la depresión anterior que desciende aún más. Acabamos de llegar a los 11.000 metros y quizá haya espacio para algunos metros adicionales.

Base de superficie: Confirmamos el dato. Felicitaciones, Deep Blue; avisaremos a Guinness, pero no corran riesgos innecesarios.

(Desde el batiscafo llegan voces agitadas.)

Base de superficie: ¿Qué sucede, Deep Blue? ¿Algún tipo de avería?

Mayer: Negativo, negativo, pero hemos hecho un descubrimiento sorprendente. Al final de la depresión hemos encontrado una enorme hendidura que parece descender aún más. Solicitamos permiso para bajar por ella y realizar mediciones y filmaciones. Tal vez no volvamos a tener una oportunidad así.

Base de superficie: Deep Blue, estamos tan sorprendidos como ustedes. Aquí preguntan qué tan ancha es esa hendidura.

Mayer: Enorme. Podría entrar cómodamente toda la nave de apoyo.

(Consulta en la base operativa.)

Base de superficie: Permiso concedido, Deep Blue. Pero deben descender manteniéndose rigurosamente lo más alejados posible de las paredes de la falla.

Mayer: Naturalmente. Procedemos.

Base de superficie: Muy bien, Deep Blue. Queremos estar informados constantemente.

Mayer: Procedemos.

(Ruido de motores en movimiento.)

Mayer: Ahora nos estamos alineando con el centro de la falla. Esta maravilla se maniobra con gran facilidad, al menos eso parece por la precisión de Scott. … Bien, acabamos de iniciar el descenso; oriento los focos para observar bien la naturaleza de las paredes. … Hmm, por lo que veo estamos atravesando estratos antiquísimos. No observo rastros de sedimentos orgánicos.

Base de superficie: ¿Alguna hipótesis sobre la naturaleza del conducto?

Mayer: Por ahora no sabría decirlo; los bordes parecen extremadamente nítidos. Casi antinaturales. … Un momento…

(Se oyen voces agitadas.)

Base de superficie: ¿Qué sucede, Deep Blue? ¿Hay problemas?

Mayer: Nada por el momento; sin embargo, la naturaleza del conducto está cambiando. Las paredes se vuelven cada vez más lisas.

Base de superficie: ¿Podría tratarse de un fenómeno ligado a la presión?

Mayer: Negativo… Para emitir un juicio prefiero ver cómo son las paredes a mayor profundidad. … Oh, Dios santo. No sé cómo decirlo, pero a medida que avanzamos lo que vemos parece cada vez menos natural. … Sí, no hay duda: a partir de aquí estamos ante una estructura artificial.

(Silencio.)

Base de superficie: ¿Puede repetir, Deep Blue? Aquí no estamos seguros de haber entendido bien.

Mayer: Confirmo, confirmo. Estamos atravesando un pasaje construido por alguien. Descendemos ahora por un conducto perfectamente liso y ovalado. Ningún fenómeno natural conocido puede generar algo así.

(Murmullo del personal de la nave de apoyo.)

Base de superficie: Deep Blue, aquí nos estamos planteando la conveniencia de continuar la misión. Los riesgos parecen aumentar minuto a minuto.

Mayer: ¿No quieren saberlo? Aquí estamos ante el mayor descubrimiento jamás realizado en este planeta. Estamos decididos a llegar hasta el final.

Base de superficie: Tal vez deberían reconsiderarlo. Pensamos que lo más prudente sería ascender y preparar una segunda misión más adecuada.

(Gritos desde el batiscafo.)

Base de superficie: Deep Blue, informe de situación.

Mayer: Ningún problema inmediato, control. Es solo que el túnel ha terminado y hemos emergido en una zona marina desconocida y sin referencias.

Base de superficie: Deep Blue, Deep Blue. Orden de retorno inmediato. Si pierden de vista el conducto, podrían no ser capaces de volver a subir. Confirmen orden de ascenso, por favor.

(Se oye a la tripulación deliberar.)

Mayer: De acuerdo, control. Coincidimos con su evaluación e iniciamos el ascenso.

(El ruido de los motores se vuelve cada vez más intenso.)

Mayer: Control, ahora sí es el caso de decirlo: Houston, tenemos un problema…

Base de superficie: Especifique la naturaleza del problema.

Mayer: Los motores funcionan a plena potencia, pero el vehículo no deja de descender. No entendemos si se trata de una corriente o de una fuerza de otra naturaleza.

(La tripulación vuelve a deliberar; luego cae un silencio profundo.)

Mayer: Control, hemos decidido apagar los motores. Si seguimos forzándolos podríamos dañarlos; con los motores apagados quizá logremos comprender mejor el fenómeno.

DURANTE UNOS VEINTE MINUTOS, TANTO EN LA NAVE DE APOYO COMO EN EL BATISCAFO, LOS CIENTÍFICOS BUSCAN UNA SOLUCIÓN SIN ÉXITO. LOS DATOS DE LOS INSTRUMENTOS SON DISCORDANTES Y A MENUDO INCOMPRENSIBLES.

Base de superficie: Deep Blue, informe de situación.

Mayer: ¿Ustedes también reciben los datos de presión?

Base de superficie: Afirmativo, y no son buenos. Si continúa aumentando de este modo, ni siquiera el Deep Blue podrá resistir. Esto no tiene sentido: en nuestro planeta no pueden existir presiones tan elevadas…

Mayer: Y no es solo eso. Nos sentimos como si estuviéramos descendiendo al corazón mismo del vacío cósmico. Hace cada vez más frío, pero no es un frío físico. Es como si el alma se estuviera congelando… Como si estuviéramos bajando al lugar más olvidado de la Tierra.

(En la base operativa se produce un silencio incómodo.)

Mayer: Control, hay una novedad. Nos hemos detenido inexplicablemente. Afuera solo hay oscuridad y estamos suspendidos en la nada líquida.

Base de superficie: Tal vez deberían intentar reiniciar los motores.

Mayer: Desde luego; Scott ya ha iniciado los procedimientos de reinicio.

(Silencio.)

Mayer: Nada que hacer… Los motores zumban en vacío y estamos completamente inmóviles.

Base de superficie: ¿Quiere decir que no hay ningún balanceo ni cabeceo?

Mayer: No es una impresión. Los instrumentos no registran nada. Estamos en un estado de quietud absoluta.

Base de superficie: Eso es literalmente imposible, Deep Blue.

Mayer: ¿Por qué? ¿Les parece que hay algo posible en esta situación? … Un momento, esperen, está ocurriendo algo…

Base de superficie: Informe, Deep Blue, no nos dejen fuera.

Mayer: Estamos simplemente atónitos, control. Vemos luces a lo lejos.

Base de superficie: ¿Podrían ser peces abisales con fotóforos?

Mayer: No podemos descartarlo, aunque estas luces parecen demasiado intensas. De todos modos, pronto lo sabremos: se están acercando.

(Silencio.)

Scott: (A lo lejos) ¡Que me parta un rayo!

Mayer: Control, no lo van a creer: no solo son seres luminosísimos, sino que… ¡son humanoides!

Base de superficie: ¿Ha dicho humanoides? ¿Quiere decir seres alienígenas?

Mayer: Tal vez aún no sea momento de clasificarlos de un modo u otro…

Base de superficie: ¿Tienen motivos para pensar que sean hostiles?

Mayer: Un momento, control… ahora están comunicándose con nosotros.

Base de superficie: ¿Cómo es posible? Entre ustedes y ellos hay barreras insuperables…

Mayer: No se comunican de forma verbal; nos están transmitiendo contenidos directamente.

Base de superficie: ¿Quiere decir que son telepáticos?

Mayer: No sé por qué, pero ese término me parece reductivo. Recibimos un flujo de contenido puro: nociones, imágenes, sensaciones y otras cosas que nunca habíamos experimentado y que no pueden expresarse. Por favor, esperen un momento para asimilarlo y luego intentaré describirlo.

(Largo silencio.)

Base de superficie: Deep Blue, por favor, dígannos algo.

Mayer: Aquí estoy, aquí estoy. Disculpen. Es muchísimo, realmente muchísimo. Intentaré resumirlo. Ellos dicen ser como nosotros, aunque su origen es distinto. Vinieron directamente de la luz, pero nacieron en la oscuridad; nosotros nacimos bajo la luz de los soles, pero provenimos de la oscuridad. Sí, así lo dijeron…

Base de superficie: No resulta muy claro…

Venet: (Interviene) Control, estos seres hablan de cosas reales y de realidades metafísicas como si fueran lo mismo. Para ellos no existe diferencia.

Mayer: (Retoma el micrófono) Exactamente, control. Tendrán que conformarse con las traducciones que logramos hacer. No son hostiles; al contrario, dicen que nos aman profundamente. Afirman que llevan millones de años esperando que la vida de la superficie abandone su camino oscuro para reunirse con ellos, y que finalmente la especie humana ya sería capaz de hacerlo. Sin embargo, en su conjunto, la humanidad no lo desea realmente, porque ama demasiado el camino de violencia y dolor que ha recorrido hasta ahora.

Base de superficie: Todo esto es muy edificante, Deep Blue. Pero ¿dicen que pueden ayudarlos?

Mayer: Por el momento, con su ayuda el casco ha vuelto a moverse, pero seguimos descendiendo. Vemos una luminosidad creciente. Sí, la oscuridad está desapareciendo y… deja paso a…

(Silencio.)

Base de superficie: Deep Blue, no nos dejen fuera. ¡Informe! ¡Informe!

Mayer: Oh, señores… No puedo describir lo que estamos viendo. Afuera hay un mundo indescriptible, una belleza incomparable. Nada que la mente humana pueda concebir. Todo, absolutamente todo, está hecho de una materia vibrante, viviente… pero viviente de un modo que hace parecer totalmente muerto y putrefacto todo lo que nosotros conocemos. En comparación con ellos, nosotros parecemos zombis.

Base de superficie: Pero… pero… ¿estos seres no pueden ayudarlos a regresar a casa?

Mayer: No. Nos explicaron que, a riesgo propio, solo los humanos pueden descender aquí; si ellos intentaran salir, destruirían todo a su paso, porque están hechos de la misma energía que crea las estrellas. Una potencia inimaginable.

Base de superficie: Pero ustedes no son como ellos. Ustedes pueden regresar.

Mayer: No. Porque nos estamos transformando; incluso el Deep Blue se está transformando. Cuando cruzamos el límite nos condenamos a muerte, así que, para salvarnos, aceleraron nuestra evolución y nos prepararon para convertirnos en como ellos. Es algo irreversible.

(Silencio.)

Base de superficie: …Leo, lo siento. ¿Podemos hacer algo por ustedes?

Mayer: Ante todo, no se entristezcan. La verdadera razón por la que no podemos regresar es que, después de experimentar cómo es la vida verdadera, libre del maleficio que creó la naturaleza humana, si volviéramos moriríamos de dolor, tormento, angustia y espanto, porque nuestra existencia anterior nos resultaría insoportable. Por favor, digan a nuestras familias que las amamos inmensamente y que tarde o temprano podremos reunirnos con ellas. Cuando ellas mismas estén listas para reencontrarnos, iremos a su encuentro con alegría.

Base de superficie: Francamente, no comprendo.

Mayer: Es más que comprensible. Son cosas que la mente humana no puede comprender realmente. La superan. … Ahora debemos despedirnos; cada vez nos resulta más difícil comunicarnos de este modo. Dentro de poco casi no podremos hacerlo.

Base de superficie: No sé si lamentarme o alegrarme por ustedes. … ¿Puedes decirnos algo más para ayudarnos a entender?

Mayer: Todo lo que piensan, sienten y experimentan es una pura ilusión. Todo su mundo es un maleficio embellecido… Que Dios tenga piedad de ustedes y los ayude a deshacerlo.

Giorgio Sangiorgi nació en Forlì, Italia, el 26 de julio de 1957. Es autor de ciencia ficción y dibujante. Licenciado en Artes, Música y Espectáculos por la Universidad de Bolonia con una tesis sobre el movimiento en las artes gráficas y el cómic, I disegni che vivere, Sangiorgi comenzó a interesarse por la narración a partir del cómic, tema que desarrolló durante algunos años, ganando un premio muy joven en colaboración con Roberto Celano y Paolo Morisi. Su pasión por el cómic lo llevó a publicar el ensayo ZAP! Esegesi del fumetto di fantascienza en 2012. En la década de 1970, comenzó a interesarse por la obra de Sri Aurobindo y a estudiar disciplinas espirituales orientales y occidentales. En 1986, publicó un artículo sobre Aurobindo titulado L'oro in fondo al corpo en la revista Abstracta. Entre sus obras más destacadas pueden citarse las novelas Friaria, 1992; Tempio, 1999; La foresta dei sogni perduti, 2005; Cristalli, 2009; Starcity, 2017; Nothing, 2021, media docena de colecciones de cuentos, obras teatrales y una veintena de novelas gráficas.

DON RAMON EN LA ISLA