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domingo, 8 de febrero de 2026

DEEP BLUE

Giorgio Sangiorgi

 

Hacía muchos años que no se intentaba una inmersión, con hombres a bordo, en la Fosa de las Marianas. La primera había sido en los años sesenta, y la segunda, una lúcida locura perpetrada por un famoso director de cine, al que luego había seguido otro multimillonario en busca de emociones. Por lo tanto, aún se sabía muy poco sobre las condiciones y los efectos de la biosfera terrestre a esas profundidades imposibles.

Por ese motivo se construyó el Deep Blue, un coloso de las profundidades de veinticinco metros de longitud capaz de transportar hasta ese oscuridad letal a cuatro hombres, de los cuales al menos tres eran científicos especializados en oceanografía y biología marina.

Con ese fin, el batiscafo estaba equipado con instrumental de muestreo científico y cámaras tridimensionales de alta definición, iluminación estratoled y cables de comunicación de penetración fiable que permitían transmisiones a través del casco del sumergible, aprovechando un nuevo sistema capaz de enviar una suerte de onda de radio directamente a través de los líquidos sin ningún tipo de interferencia.

Para hacer más segura la inmersión, los diseñadores del batiscafo habían trabajado intensamente en el perfeccionamiento de las espumas sintácticas estructurales utilizadas en las misiones de los primeros años dos mil, sustancias capaces de soportar enormes fuerzas de compresión a once kilómetros de profundidad.

Los nuevos propulsores de presión balanceada podían adaptarse automáticamente a las distintas condiciones del descenso, mientras que una inteligencia artificial regulaba la presión interna y las mezclas de aire suministrado, eliminando cualquier necesidad de descompresión. Los sistemas de alimentación del submarino estaban constituidos por las más avanzadas baterías autorregenerativas.

Por supuesto, las IA eran capaces de controlar de manera autónoma todos los sistemas de a bordo, incluidas las baterías, los propulsores, el soporte vital, las cámaras 3D y la iluminación interna y externa.

Como en las versiones anteriores, la sección habitada por la tripulación era una especie de esfera independiente del resto del vehículo, compuesta por capas de distintos materiales de alta tecnología, algunos de los cuales aún no han sido divulgados por su uso estrictamente militar; materiales que, en cualquier caso, podían resistir sin dificultad cualquier tipo de presión imaginable, ya que habían sido probados en misiones automáticas que –por decirlo de algún modo– habían “aterrizado” en Júpiter y Saturno.

En el interior, además de los equipos científicos, una serie de pantallas semicirculares conectadas a las cámaras externas daban a la tripulación casi la impresión de encontrarse dentro de una burbuja de vidrio, con una visión perfectamente realista del exterior, algo sumamente útil también para el pilotaje.

A pesar de que se mantuvo el contacto con la tripulación prácticamente hasta el último instante posible, las distintas comisiones no lograron llegar a una explicación unívoca sobre las causas de la desaparición del Deep Blue, y por ello hemos decidido publicar íntegramente las conversaciones entre la nave de apoyo y el doctor Mayer, responsable también de esta misión:

 

Base de superficie: ¿Todo bien, Deep Blue?

Mayer: Todo correcto. Parámetros estándar, estamos operativos para iniciar la misión.

Base de superficie: Entonces, procedan. ¡GO!

Mayer: Recibido.

(Espera. Se oyen las voces de los ocupantes intercambiando la información necesaria para la puesta en marcha del vehículo.)

Base de superficie: ¿Todo bien, Deep Blue?

(Silencio)

Base de superficie: ¿Está todo OK, Deep Blue?

(Silencio)

Mayer: Todo bien. Disculpen el retraso. Aquí las operaciones fueron más complejas que en las simulaciones y no podía distraerme ni un instante. Por ahora todo marcha de maravilla.

(Murmullo satisfecho del personal del centro operativo.)

Base de superficie: Bien. Inicien el descenso y avísennos ante la menor anomalía.

(Silencio durante algunos minutos.)

Mayer: El descenso avanza perfectamente, los valores están dentro de los parámetros y Scott está muy contento con la respuesta del vehículo a los comandos. Vamos bastante rápido; menos mal que la descompresión no es un problema, o ya habríamos explotado.

(Se oye un murmullo en la sala operativa de la nave de apoyo.)

Base de superficie: Deep Blue, el sonar ha detectado algo que se dirige hacia ustedes; parece bastante grande. ¡Más grande que ustedes!

(Silencio)

Base de superficie: ¿Deep Blue…?

(Silencio, luego se oyen voces alegres.)

Mayer: Todo bien, central. Se trata de una ballena jorobada que vino a curiosear. Estamos sorprendidos porque ya estamos casi a novecientos metros de profundidad. No imaginábamos que pudieran descender tanto.

(Silencio)

Mayer: En efecto… Ahora que hemos descendido un poco más, se ha ido y está subiendo. Es difícil decir si existe para ella un límite infranqueable o si simplemente… se cansó de nosotros. Ahora disculpen un pequeño apagón de comunicaciones, debo realizar las mediciones previstas en este punto.

(Las comunicaciones se interrumpen durante diez minutos; ocasionalmente se oyen las voces de los científicos trabajando.)

Base de superficie: ¿Todo bien, Deep Blue? Según nuestros registros ya deberían estar a cinco mil metros de profundidad.

Mayer: Confirmamos, nuestros datos coinciden. Eso significa que los instrumentos funcionan perfectamente incluso a esta profundidad. Disculpen el alivio, pero durante las pruebas nunca habíamos podido bajar tanto.

Base de superficie: Comprensible, Deep Blue; aquí también estamos muy aliviados. Creemos que parte del mérito les corresponde a ustedes: aportaron ideas valiosas durante la fase de diseño.

Mayer: Son muy amables… ¡Eh, un momento!

Base de superficie: ¿Qué sucede, Deep Blue?

Mayer: Todo en orden, ninguna alarma, pero nos hemos visto rodeados por un banco de peces rape. (Se oye una voz indistinta.) Sí, sí, Venet confirma que es sabido que estos peces pueden descender tanto.

SIGUEN ALGUNAS COMUNICACIONES SOBRE LOS PARÁMETROS DEL DESCENSO, QUE RESULTAN NORMALES. EL BATISCAFO ALCANZA LOS DIEZ MIL METROS EN LOS TIEMPOS PREVISTOS.

Base de superficie: ¿Todo bien, Deep Blue? Aquí parece haber un fallo y ya no recibimos los datos de video de las cámaras frontales. Estamos ciegos.

Mayer: Aquí todo funciona con normalidad; tal vez el fallo esté en su instrumentación.

Base de superficie: Probablemente tengan razón, pero en ese caso necesitaremos horas para descubrir la causa. No podremos asistirlos al cien por ciento. ¿Desean interrumpir la misión?

(Se oye un murmullo: la tripulación está deliberando.)

Mayer: Negativo. Negativo. Deseamos continuar. Los mantendremos informados a la antigua usanza y, mientras tanto, grabaremos todo para mostrárselo a nuestro regreso.

(Consulta del personal de la nave de apoyo.)

Base de superficie: De acuerdo, Deep Blue. Tampoco nosotros vemos razones suficientes para cancelar la misión, sobre todo porque en los próximos días se esperan tormentas en esta zona y una suspensión implicaría un retraso muy grave.

Mayer: Nos alivia escucharlo, colegas. Además, lo más difícil ya está hecho. Hemos llegado y solo queda proceder con nuestras observaciones científicas.

DURANTE VARIOS MINUTOS LOS CIENTÍFICOS TRABAJAN SERENAMENTE.

Base de superficie: ¿Cómo avanzan las mediciones, Deep Blue?

Mayer: Excelentemente. Hemos recopilado más datos en estos pocos minutos que todos los que teníamos hasta ahora. Lamentablemente, aquí abajo no hay mucha vida. Encontramos un lipárido cerca de los nueve mil metros, pero no parece que bajen hasta aquí. Sin embargo, hay una variedad de fitoplancton mayor de la esperada. También hemos descubierto una nueva especie que queríamos llamar Venetus lanceolatus (risas), pero nuestro biólogo jefe no está muy de acuerdo.

Base de superficie: Los dejamos con sus mediciones. Avísennos si surgen problemas.

(De nuevo se oyen las voces de los científicos trabajando.)

Mayer: Nave de apoyo, hemos terminado y estamos adelantados respecto al cronograma. Por eso quisiéramos intentar descender aún más para verificar si la biosfera presenta un límite absoluto registrable.

Base de superficie: Permiso concedido, sobre todo porque ya deberían estar casi en el fondo.

Mayer: ¿Cuál es el récord alcanzado?

Base de superficie: La última expedición llegó a 10.194 metros.

Mayer: Entonces quizá batamos el récord.

Base de superficie: Si hay margen para descender, sin duda lo lograrán. Ningún vehículo anterior tenía las características del Deep Blue.

Mayer: Procedemos.

(Durante un tiempo solo se oye el zumbido de los motores maniobrando.)

Mayer: Base operativa, récord superado. Repito, el récord ha sido superado. Hemos encontrado una derivación de la depresión anterior que desciende aún más. Acabamos de llegar a los 11.000 metros y quizá haya espacio para algunos metros adicionales.

Base de superficie: Confirmamos el dato. Felicitaciones, Deep Blue; avisaremos a Guinness, pero no corran riesgos innecesarios.

(Desde el batiscafo llegan voces agitadas.)

Base de superficie: ¿Qué sucede, Deep Blue? ¿Algún tipo de avería?

Mayer: Negativo, negativo, pero hemos hecho un descubrimiento sorprendente. Al final de la depresión hemos encontrado una enorme hendidura que parece descender aún más. Solicitamos permiso para bajar por ella y realizar mediciones y filmaciones. Tal vez no volvamos a tener una oportunidad así.

Base de superficie: Deep Blue, estamos tan sorprendidos como ustedes. Aquí preguntan qué tan ancha es esa hendidura.

Mayer: Enorme. Podría entrar cómodamente toda la nave de apoyo.

(Consulta en la base operativa.)

Base de superficie: Permiso concedido, Deep Blue. Pero deben descender manteniéndose rigurosamente lo más alejados posible de las paredes de la falla.

Mayer: Naturalmente. Procedemos.

Base de superficie: Muy bien, Deep Blue. Queremos estar informados constantemente.

Mayer: Procedemos.

(Ruido de motores en movimiento.)

Mayer: Ahora nos estamos alineando con el centro de la falla. Esta maravilla se maniobra con gran facilidad, al menos eso parece por la precisión de Scott. … Bien, acabamos de iniciar el descenso; oriento los focos para observar bien la naturaleza de las paredes. … Hmm, por lo que veo estamos atravesando estratos antiquísimos. No observo rastros de sedimentos orgánicos.

Base de superficie: ¿Alguna hipótesis sobre la naturaleza del conducto?

Mayer: Por ahora no sabría decirlo; los bordes parecen extremadamente nítidos. Casi antinaturales. … Un momento…

(Se oyen voces agitadas.)

Base de superficie: ¿Qué sucede, Deep Blue? ¿Hay problemas?

Mayer: Nada por el momento; sin embargo, la naturaleza del conducto está cambiando. Las paredes se vuelven cada vez más lisas.

Base de superficie: ¿Podría tratarse de un fenómeno ligado a la presión?

Mayer: Negativo… Para emitir un juicio prefiero ver cómo son las paredes a mayor profundidad. … Oh, Dios santo. No sé cómo decirlo, pero a medida que avanzamos lo que vemos parece cada vez menos natural. … Sí, no hay duda: a partir de aquí estamos ante una estructura artificial.

(Silencio.)

Base de superficie: ¿Puede repetir, Deep Blue? Aquí no estamos seguros de haber entendido bien.

Mayer: Confirmo, confirmo. Estamos atravesando un pasaje construido por alguien. Descendemos ahora por un conducto perfectamente liso y ovalado. Ningún fenómeno natural conocido puede generar algo así.

(Murmullo del personal de la nave de apoyo.)

Base de superficie: Deep Blue, aquí nos estamos planteando la conveniencia de continuar la misión. Los riesgos parecen aumentar minuto a minuto.

Mayer: ¿No quieren saberlo? Aquí estamos ante el mayor descubrimiento jamás realizado en este planeta. Estamos decididos a llegar hasta el final.

Base de superficie: Tal vez deberían reconsiderarlo. Pensamos que lo más prudente sería ascender y preparar una segunda misión más adecuada.

(Gritos desde el batiscafo.)

Base de superficie: Deep Blue, informe de situación.

Mayer: Ningún problema inmediato, control. Es solo que el túnel ha terminado y hemos emergido en una zona marina desconocida y sin referencias.

Base de superficie: Deep Blue, Deep Blue. Orden de retorno inmediato. Si pierden de vista el conducto, podrían no ser capaces de volver a subir. Confirmen orden de ascenso, por favor.

(Se oye a la tripulación deliberar.)

Mayer: De acuerdo, control. Coincidimos con su evaluación e iniciamos el ascenso.

(El ruido de los motores se vuelve cada vez más intenso.)

Mayer: Control, ahora sí es el caso de decirlo: Houston, tenemos un problema…

Base de superficie: Especifique la naturaleza del problema.

Mayer: Los motores funcionan a plena potencia, pero el vehículo no deja de descender. No entendemos si se trata de una corriente o de una fuerza de otra naturaleza.

(La tripulación vuelve a deliberar; luego cae un silencio profundo.)

Mayer: Control, hemos decidido apagar los motores. Si seguimos forzándolos podríamos dañarlos; con los motores apagados quizá logremos comprender mejor el fenómeno.

DURANTE UNOS VEINTE MINUTOS, TANTO EN LA NAVE DE APOYO COMO EN EL BATISCAFO, LOS CIENTÍFICOS BUSCAN UNA SOLUCIÓN SIN ÉXITO. LOS DATOS DE LOS INSTRUMENTOS SON DISCORDANTES Y A MENUDO INCOMPRENSIBLES.

Base de superficie: Deep Blue, informe de situación.

Mayer: ¿Ustedes también reciben los datos de presión?

Base de superficie: Afirmativo, y no son buenos. Si continúa aumentando de este modo, ni siquiera el Deep Blue podrá resistir. Esto no tiene sentido: en nuestro planeta no pueden existir presiones tan elevadas…

Mayer: Y no es solo eso. Nos sentimos como si estuviéramos descendiendo al corazón mismo del vacío cósmico. Hace cada vez más frío, pero no es un frío físico. Es como si el alma se estuviera congelando… Como si estuviéramos bajando al lugar más olvidado de la Tierra.

(En la base operativa se produce un silencio incómodo.)

Mayer: Control, hay una novedad. Nos hemos detenido inexplicablemente. Afuera solo hay oscuridad y estamos suspendidos en la nada líquida.

Base de superficie: Tal vez deberían intentar reiniciar los motores.

Mayer: Desde luego; Scott ya ha iniciado los procedimientos de reinicio.

(Silencio.)

Mayer: Nada que hacer… Los motores zumban en vacío y estamos completamente inmóviles.

Base de superficie: ¿Quiere decir que no hay ningún balanceo ni cabeceo?

Mayer: No es una impresión. Los instrumentos no registran nada. Estamos en un estado de quietud absoluta.

Base de superficie: Eso es literalmente imposible, Deep Blue.

Mayer: ¿Por qué? ¿Les parece que hay algo posible en esta situación? … Un momento, esperen, está ocurriendo algo…

Base de superficie: Informe, Deep Blue, no nos dejen fuera.

Mayer: Estamos simplemente atónitos, control. Vemos luces a lo lejos.

Base de superficie: ¿Podrían ser peces abisales con fotóforos?

Mayer: No podemos descartarlo, aunque estas luces parecen demasiado intensas. De todos modos, pronto lo sabremos: se están acercando.

(Silencio.)

Scott: (A lo lejos) ¡Que me parta un rayo!

Mayer: Control, no lo van a creer: no solo son seres luminosísimos, sino que… ¡son humanoides!

Base de superficie: ¿Ha dicho humanoides? ¿Quiere decir seres alienígenas?

Mayer: Tal vez aún no sea momento de clasificarlos de un modo u otro…

Base de superficie: ¿Tienen motivos para pensar que sean hostiles?

Mayer: Un momento, control… ahora están comunicándose con nosotros.

Base de superficie: ¿Cómo es posible? Entre ustedes y ellos hay barreras insuperables…

Mayer: No se comunican de forma verbal; nos están transmitiendo contenidos directamente.

Base de superficie: ¿Quiere decir que son telepáticos?

Mayer: No sé por qué, pero ese término me parece reductivo. Recibimos un flujo de contenido puro: nociones, imágenes, sensaciones y otras cosas que nunca habíamos experimentado y que no pueden expresarse. Por favor, esperen un momento para asimilarlo y luego intentaré describirlo.

(Largo silencio.)

Base de superficie: Deep Blue, por favor, dígannos algo.

Mayer: Aquí estoy, aquí estoy. Disculpen. Es muchísimo, realmente muchísimo. Intentaré resumirlo. Ellos dicen ser como nosotros, aunque su origen es distinto. Vinieron directamente de la luz, pero nacieron en la oscuridad; nosotros nacimos bajo la luz de los soles, pero provenimos de la oscuridad. Sí, así lo dijeron…

Base de superficie: No resulta muy claro…

Venet: (Interviene) Control, estos seres hablan de cosas reales y de realidades metafísicas como si fueran lo mismo. Para ellos no existe diferencia.

Mayer: (Retoma el micrófono) Exactamente, control. Tendrán que conformarse con las traducciones que logramos hacer. No son hostiles; al contrario, dicen que nos aman profundamente. Afirman que llevan millones de años esperando que la vida de la superficie abandone su camino oscuro para reunirse con ellos, y que finalmente la especie humana ya sería capaz de hacerlo. Sin embargo, en su conjunto, la humanidad no lo desea realmente, porque ama demasiado el camino de violencia y dolor que ha recorrido hasta ahora.

Base de superficie: Todo esto es muy edificante, Deep Blue. Pero ¿dicen que pueden ayudarlos?

Mayer: Por el momento, con su ayuda el casco ha vuelto a moverse, pero seguimos descendiendo. Vemos una luminosidad creciente. Sí, la oscuridad está desapareciendo y… deja paso a…

(Silencio.)

Base de superficie: Deep Blue, no nos dejen fuera. ¡Informe! ¡Informe!

Mayer: Oh, señores… No puedo describir lo que estamos viendo. Afuera hay un mundo indescriptible, una belleza incomparable. Nada que la mente humana pueda concebir. Todo, absolutamente todo, está hecho de una materia vibrante, viviente… pero viviente de un modo que hace parecer totalmente muerto y putrefacto todo lo que nosotros conocemos. En comparación con ellos, nosotros parecemos zombis.

Base de superficie: Pero… pero… ¿estos seres no pueden ayudarlos a regresar a casa?

Mayer: No. Nos explicaron que, a riesgo propio, solo los humanos pueden descender aquí; si ellos intentaran salir, destruirían todo a su paso, porque están hechos de la misma energía que crea las estrellas. Una potencia inimaginable.

Base de superficie: Pero ustedes no son como ellos. Ustedes pueden regresar.

Mayer: No. Porque nos estamos transformando; incluso el Deep Blue se está transformando. Cuando cruzamos el límite nos condenamos a muerte, así que, para salvarnos, aceleraron nuestra evolución y nos prepararon para convertirnos en como ellos. Es algo irreversible.

(Silencio.)

Base de superficie: …Leo, lo siento. ¿Podemos hacer algo por ustedes?

Mayer: Ante todo, no se entristezcan. La verdadera razón por la que no podemos regresar es que, después de experimentar cómo es la vida verdadera, libre del maleficio que creó la naturaleza humana, si volviéramos moriríamos de dolor, tormento, angustia y espanto, porque nuestra existencia anterior nos resultaría insoportable. Por favor, digan a nuestras familias que las amamos inmensamente y que tarde o temprano podremos reunirnos con ellas. Cuando ellas mismas estén listas para reencontrarnos, iremos a su encuentro con alegría.

Base de superficie: Francamente, no comprendo.

Mayer: Es más que comprensible. Son cosas que la mente humana no puede comprender realmente. La superan. … Ahora debemos despedirnos; cada vez nos resulta más difícil comunicarnos de este modo. Dentro de poco casi no podremos hacerlo.

Base de superficie: No sé si lamentarme o alegrarme por ustedes. … ¿Puedes decirnos algo más para ayudarnos a entender?

Mayer: Todo lo que piensan, sienten y experimentan es una pura ilusión. Todo su mundo es un maleficio embellecido… Que Dios tenga piedad de ustedes y los ayude a deshacerlo.

Giorgio Sangiorgi nació en Forlì, Italia, el 26 de julio de 1957. Es autor de ciencia ficción y dibujante. Licenciado en Artes, Música y Espectáculos por la Universidad de Bolonia con una tesis sobre el movimiento en las artes gráficas y el cómic, I disegni che vivere, Sangiorgi comenzó a interesarse por la narración a partir del cómic, tema que desarrolló durante algunos años, ganando un premio muy joven en colaboración con Roberto Celano y Paolo Morisi. Su pasión por el cómic lo llevó a publicar el ensayo ZAP! Esegesi del fumetto di fantascienza en 2012. En la década de 1970, comenzó a interesarse por la obra de Sri Aurobindo y a estudiar disciplinas espirituales orientales y occidentales. En 1986, publicó un artículo sobre Aurobindo titulado L'oro in fondo al corpo en la revista Abstracta. Entre sus obras más destacadas pueden citarse las novelas Friaria, 1992; Tempio, 1999; La foresta dei sogni perduti, 2005; Cristalli, 2009; Starcity, 2017; Nothing, 2021, media docena de colecciones de cuentos, obras teatrales y una veintena de novelas gráficas.

lunes, 15 de diciembre de 2025

PALABRAS

Giorgio Sangiorgi

 

Por lo que pude entender a partir de la documentación, Ottunia no había cambiado tanto desde la última vez que estuve allí. A pesar de lo que habíamos hecho, de la terrible herida que le habíamos infligido, su belleza no se había desvanecido como yo había creído.

Intenten imaginar una hermosa costa, donde la forma de los acantilados se une perfectamente al movimiento de las olas, sea cual sea este; o bien un bosque frondoso y fuerte, con toda su potencia salvaje y, sin embargo, ordenado y reconfortante como un jardín inglés. Y todavía más: imaginen un desierto, vasto y seco, que debería ser terriblemente inhóspito y que, en cambio, te resulta acogedor y te hace sentir sereno.

Vista desde lo alto, Ottunia no se parece a la Tierra; debido a los gases presentes en la parte alta de la atmósfera, recuerda más bien el agradable entramado de líneas de nuestro planeta Júpiter. Pero es solo una apariencia, como pudimos comprobar cuando la Parvati, nuestra nave espacial, penetró en aquella maravilla y descendió hacia la superficie.

Yo estaba pegado al visor, porque esa era mi tarea durante la delicada fase de aterrizaje; debía comprobar que no hubiera peligros y, en caso de haberlos, avisar inmediatamente al comandante. Una responsabilidad que, por suerte, resultó totalmente inútil.

La Parvati, con sus formas elegantes, planeó con seguridad y durante largo tiempo sobre una selva inmensa. Luego el piloto identificó un valle encantador y, describiendo un arco, una ligera curva, finalmente descendió.

Excitados, nos preparamos para el encuentro con un nuevo planeta realizando los controles pertinentes. Luego, yo y otros miembros de la tripulación pudimos descender a aquel suelo nuevo y extraño.

¿Pero lo era realmente tanto?

Recuerdo que me incliné para observar la composición del prado que tenía bajo los pies. Fue entonces cuando experimenté una extraña sensación que me pareció totalmente nueva. Mientras observaba aquellos tallos, y en particular una graciosa especie de trébol, sentí un escalofrío, un calor interior que –como solo recordé después– había sentido únicamente de niño, cuando me había inclinado por primera vez sobre un prado terrestre y había observado su composición, el entramado de la hierba, los simpáticos insectos que lo habitaban.

Fue entonces cuando llegaron los ottunianos; llegaron en grupo con una actitud que percibí inmediatamente como alegre. Me transmitían con aún más fuerza aquella vibración, aquel sentimiento interior que ahora sé que anima a menudo a los artistas o a las buenas personas cuando escuchan una bella canción. El mismo que atrapó a Marcel Proust cuando recordaba aquella buena magdalena de su infancia.

Una sensación interior que nunca me abandonó cuando estuve en presencia de aquellos seres y que todavía hoy, como un regalo suyo, me alcanza de vez en cuando, brotando desde lo más profundo de mí mismo, según leyes, fines y necesidades que aún me resultan incomprensibles.

Es difícil describir cómo son físicamente los ottunianos; uno de la tripulación dijo que eran el cruce entre un apio y un ángel. Muy delgados, con una cabeza de forma cilíndrica algo alargada, pero con un rostro expresivo y casi similar al nuestro.

Nos miraban fijamente a los ojos como hacen los niños. Giraban a nuestro alrededor y luego, de repente –y esto fue para nosotros motivo de enorme asombro–, alguno de ellos emprendía el vuelo y se elevaba del suelo. El mayor prodigio que he visto jamás y que quizá nunca vuelva a ver.

Durante todo el tiempo que estuvimos con ellos, nunca pudimos entender cómo lo hacían y ahora creo que nunca lo entenderemos.

No nos decían nada; se limitaban a mirar y, de algún modo, a sonreír.

Era evidente que el problema era cómo comunicarse. Nos lo habríamos esperado de antemano, si hubiéramos sabido que íbamos a encontrarnos con ellos.

—Hemos venido en paz —dijo el comandante, y yo sonreí.

Nunca había entendido por qué un ser humano, frente a otra persona que no comparte su misma lengua, intenta igualmente hablarle, quizá pronunciando las palabras con exageración.

La cosa, sí, resulta un poco ridícula, pero tal vez se deba a una especie de desesperación comunicativa. La misma que nos invade cada vez que hablamos de las cosas que amamos con alguien y vemos que en sus ojos no se enciende la misma luz que nos anima, sino que habita en ellos una especie de asombro confuso, como si le estuviéramos hablando en una lengua alienígena.

—Tal vez sea el caso de avisar al cuartel general —me dijo el comandante, y a regañadientes tuve que regresar a la nave para contactar con la Tierra.

—Haga su informe —me dijo una voz, y vi con sorpresa que la persona en cuestión no era un operador de comunicaciones, sino el propio general Scott. Evidentemente había muchas esperanzas depositadas en aquel planeta, esperanzas que yo ya sabía que se verían frustradas.

—Hay una buena noticia y una mala, señor general —dije recurriendo a un viejo juego de palabras.

—No se haga el gracioso, teniente, y dígame de inmediato si el planeta es habitable.

—Sí, señor general, el planeta es habitable y muy agradable. Ideal para nuevos asentamientos. Por desgracia, imagino que esta oportunidad será vetada por las comisiones éticas, porque aquí hemos encontrado una especie claramente sintiente. Lo siento, general, sé cuánto el mando y el gobierno terrestre están apostando por la colonización.

—Teniente, no se apene. No es una mala noticia la que me está dando. Sin lugar a duda, han hecho el mayor descubrimiento de la historia de la humanidad: la primera vez que encontramos una especie inteligente durante nuestras exploraciones. ¡Eso bien vale un planeta!... Intenten descubrir todo lo que puedan.

—Sí, señor general, informaremos lo antes posible.

En cierto sentido mentí, al menos desde un punto de vista personal. Ya no me sentía allí solo para realizar estudios distanciados y objetivos sobre aquel lugar y aquella gente pacífica. Ya estaba implicado y, de hecho, en los días siguientes intenté estar el mayor tiempo posible con aquellos seres que me calentaban el corazón. Eso era lo único que me importaba.

Fueron días maravillosos. Ellos nos rondaban curiosos, aunque toda comunicación entre nuestras dos especies parecía imposible. En cierto momento recuerdo que el comandante se dirigió a nuestro lingüista.

—Es absolutamente imprescindible que encuentre una forma de comunicarse con estas criaturas —le dijo—. Al fin y al cabo, usted es el especialista.

—Desde luego —respondió él—, hablarles de morfemas y lexemas no será de gran ayuda… Pero quizá podamos intentarlo a la antigua usanza…

Se alejó, tomó una piedra del suelo y se acercó a uno de los indígenas que parecía de los más curiosos hacia nosotros. Lo miró, mostrándole la piedra, y dijo pronunciando despacio.

—Piedra. Piedra. Piedra.

Luego se acercó a un árbol y lo llamó por el nombre que nosotros usamos.

—Árbol. Árbol. Árbol.

Siguió así durante un tiempo, sin obtener aparentemente resultados.

Lo dejé ocupado en esas tareas y traté de seguir a algunos grupos de indígenas para descubrir cómo era su vida cotidiana. Nunca logré verlos alimentarse. No sé de qué se nutrían, pero al final, casi llevado y acompañado por ellos, llegué a una especie de aldea cuyas viviendas estaban formadas por las propias plantas; como si estas se hubieran adaptado a las necesidades y deseos de aquel pueblo y hubieran cambiado su conformación para ellos. Sus casas, en resumen, eran casas vivientes. ¿Tal vez eran esas casas las que les proporcionaban el alimento?

Me senté en medio de ellos. Todos se parecían entre sí; casi no lograba distinguir a uno de otro. Seguían girando a mi alrededor, me observaban. Algunos volaban sobre mi cabeza. Parecían mariposas.

Fue entonces cuando noté –no sé cómo se me había escapado hasta ese momento– que eran luminosos. Pero no diría que se tratara de una especie de bioluminiscencia, como ocurre con ciertas criaturas de nuestro planeta; era una luz cálida que me parecía de origen espiritual.

Debo decir que perdí la noción del tiempo y sentí que mi mente se vaciaba. Experimentaba una serenidad que jamás había sentido en mi vida y aquel calor interior me acompañaba constantemente. Como si hubiera regresado a una casa olvidada.

Más tarde, hablando con los otros miembros de la tripulación, comprendí que solo unos pocos de nosotros éramos capaces de percibir ese escalofrío del alma. Que hay personas que en toda su vida no lo experimentarán jamás. No es que sean malas… Es que, quizá, son individuos totalmente centrados en otras partes de su ser.

En cierto momento, mis compañeros vinieron a buscarme. Me habían dado por desaparecido.

Me disculpé con el comandante y regresé a la nave, pero debo decir que cada minuto que pasaba lejos de los ottunianos me parecía un minuto perdido. Me había sentido así quizá solo cuando, de joven, me había enamorado. Eso es, sí, estaba verdaderamente enamorado de aquellas criaturas. Me hacían sentir bien.

En las semanas siguientes, nuestro lingüista hizo progresos con uno de ellos, al que llamamos Dubé. Aquel individuo parecía muy interesado en el lenguaje de los terrestres y comenzó a pronunciar algunas palabras, aunque siempre con dificultad.

—Piiieeedraaa. Saaasssooo…

Muy pronto, el lingüista consiguió enseñarle frases más complejas. Por ejemplo, imitando acciones y describiéndolas con una frase sencilla, vinculada a las palabras que nuestro alienígena parecía haber identificado:

—Pongo… la piedra… sobre la hierba…

—Piiieeedraaa… Hiiieeerrbaaa… —repetía Dubé.

Hizo falta casi un mes para que pudiera realizar progresos significativos, quizá uno de los meses más hermosos de mi vida. Él hablaba con Dubé y yo permanecía en la aldea, estudiando la vida serena y casi incomprensible de los ottunianos.

Estudiar es una palabra excesiva. Estaba sin memoria, como si los pesos y las heridas de toda una vida me abandonaran.

Fue con gran sorpresa que un día, al regresar a la nave, vi al lingüista rodeado de algunos ottunianos. Dubé —ya había aprendido a reconocerlo— estaba de pie.

—Entoooncesss… —preguntaba—: ¿usteeedeesss caaambiiiaaannn laaass cooosaaass usaaanddooo estaa cooosaa plaaanaa?

—Se llama dinero —respondía mi colega.

No sé por qué sentí un escalofrío, pero de otra naturaleza: era un escalofrío de horror. Algo me estaba advirtiendo de la tragedia inminente.

Al cabo de un tiempo, los ottunianos hablaban todos, pero no solo con nosotros. También lo hacían entre ellos y con cada vez mayor seguridad. Aquello parecía intrigarlos mucho, como si les diera una nueva conciencia. Y, sin embargo, no estaba seguro de que eso fuera bueno para ellos.

Yo mismo me oscurecí, perdí aquel encanto interior, la paz que había alcanzado.

Qué fácil es volver al propio camino oscuro.

En cierto momento, los ottunianos cambiaron radicalmente. Sí, discutían con nosotros, se exaltaban, incluso habían empezado a leer nuestros libros, a escuchar nuestras historias. Y por eso mismo, porque me parecía algo hermoso, tardé un poco en comprender la magnitud del cambio, algo que un día me golpeó en el estómago como una patada.

Los ottunianos ya no brillaban… y ya no volaban.

Les pregunté por qué habían dejado de volar y me miraron sorprendidos, como si estuviera diciendo tonterías:

—No se puede volar —me dijeron—. Existe la fuerza de la gravedad.

Y al decirlo mostraban incluso una cierta altivez que estoy seguro les había sido completamente ajena antes.

Mientras tanto, los ottunianos se volvían cada día más apagados y tristes. Me parecía una catástrofe, pero era el único que lo veía. Y ni siquiera yo había comprendido del todo sus proporciones. Hasta el día en que, no solo yo, sino también ellos, lo entendieron.

Al llegar a la aldea, escuché lamentos desesperados. Algo que habría sido absolutamente imposible solo unas semanas antes.

—¿Qué sucede? —pregunté, llegando hasta ellos corriendo.

Uno se volvió. Era Dubé. Me miró con los ojos llenos de odio –otra terrible novedad– y me gritó:

—¡¿Qué nos han hecho?! Nos han… corrompido… con sus… palabras.

—¿Pero qué dices? —pregunté—. No te entiendo.

—Mira tú mismo —dijo Dubé señalando a uno de ellos tendido en el suelo—. ¡Mira! ¡Arvé está MUERTO!

—No, no, es terrible —dije, instintivamente, a la defensiva—. Lo siento enormemente, pero puedo asegurar que nosotros no tenemos nada que ver. La vida es así. A veces… la gente… muere…

Pero él negó con la cabeza.

—Eres tú quien no entiende —me respondió—. Antes de que ustedes llegaran a nuestro mundo… nunca había muerto nadie.

 

Giorgio Sangiorgi nació en Forlì, Italia, el 26 de julio de 1957. Es autor de ciencia ficción y dibujante. Licenciado en Artes, Música y Espectáculos por la Universidad de Bolonia con una tesis sobre el movimiento en las artes gráficas y el cómic, I disegni che vivere, Sangiorgi comenzó a interesarse por la narración a partir del cómic, tema que desarrolló durante algunos años, ganando un premio muy joven en colaboración con Roberto Celano y Paolo Morisi. Su pasión por el cómic lo llevó a publicar el ensayo ZAP! Esegesi del fumetto di fantascienza en 2012. En la década de 1970, comenzó a interesarse por la obra de Sri Aurobindo y a estudiar disciplinas espirituales orientales y occidentales. En 1986, publicó un artículo sobre Aurobindo titulado L'oro in fondo al corpo en la revista Abstracta. Entre sus obras más destacadas pueden citarse las novelas Friaria, 1992; Tempio, 1999; La foresta dei sogni perduti, 2005; Cristalli, 2009; Starcity, 2017; Nothing, 2021, media docena de colecciones de cuentos, obras teatrales y una veintena de novelas gráficas.

 

 

  

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