Oscar De Los Ríos
Año
2030. Nuuk, Groenlandia.
La independencia de Groenlandia
fue sencilla pero lenta. En cambio, conseguir un nuevo patrocinador —las
cuentas no cerraban— duró exactamente lo que tarda un cubito de hielo en
derretirse dentro de un vaso de whisky barato. Pero antes de la firma oficial,
hubo tres reuniones privadas. Tres visitas de cortesía que sellaron su destino.
Los primeros en llegar fueron los
chinos. Su delegación no aterrizó sobre el hielo azul, se “materializó”. El jet
al que nadie oyó ni vio llegar descendió verticalmente sobre el puerto de Nuuk.
El embajador Li invitó al Primer Ministro Malik a una ceremonia de té dentro de
una cápsula estéril y blanca.
Li sirvió un té que humeaba en
código binario.
—Honorable Malik —dijo Li, sin
mover los labios; hablaba por un traductor implantado en su garganta—.
Dinamarca les da migajas. Nosotros ofrecemos armonía. Si se nos unen,
triplicaremos el subsidio de esos europeos pálidos.
—¿Cómo? —preguntó Malik,
desconfiado.
—Con eficiencia —sonrió Li—. Nunca
volverán a sentir frío. Convertiremos su nieve en vapor productivo. Solo firmen
aquí.
Dos horas después, llegó el general
Ivanovich. No hubo té. Hubo un banquete de carne cruda y vodka destilado con
isótopos de Chernóbil sobre el capó de un tanque anfibio estacionado
ilegalmente en la plaza central.
Ivanovich abrazó a Malik con tanta
fuerza que casi le disloca una costilla.
—¡Camarada del Norte! —rugió, con
la cara roja por el frío y el alcohol—. Olvida a los chinos y sus juguetes.
Rusia ofrece fuerza. Triplicaremos lo que les da Finlandia...
—Dinamarca —corrigió Malik,
tosiendo.
—¡Da igual! Noruega, Finlandia,
todos son lo mismo. Nosotros les daremos calor nuclear. Energía infinita.
Seremos hermanos de sangre y uranio.
A Malik se le cruzaron los ojos
inuit, tan chiquitos y negros como carozos de aceitunas.
Finalmente, llegó Él. El Air
Force One, ahora pintado completamente de dorado, aterrizó aplastando
accidentalmente el único huerto de tomates de la isla. Donald Trump bajó por la
escalerilla lanzando fotos de su propia postulación a "Primer Ministro
Supremo" de la isla ante la multitud (que constaba de tres pescadores y un
perro).
Llevó a Malik a una carpa con aire
acondicionado puesto a la temperatura ambiente y le sirvió una hamburguesa de
carne de ballena procesada y regada con whisky.
—Mike, escúchame —dijo Trump,
masticando con la boca abierta—. Antes que nada, deberías cambiar tu nombre,
Malik suena a perdedor. Me encantan los iglús. Son fantásticos. Pero son
pequeños. Conmigo, tendrán el triple. El triple de diversión, el triple de
alegría, el triple de todo. Haremos de Groenlandia el estado 52, o 53, perdí la
cuenta después de comprar Alberta. Será "Huge".
Las promesas eran enormes, pero
vagas. "El triple", decían todos. Pero nadie sacaba la chequera. Fue gracias
a eso que se le ocurrió una idea brillante: haría una subasta. Convocó a los
tres al día siguiente para concretar. Nada de "quizás". Quería ver
los bienes.
Se reunieron en El Gran Salón del
Pueblo (el gimnasio de la escuela primaria). Afuera, los Tupilaq golpeaban las
ventanas, presintiendo el desastre, pero los guardias pensaban que era granizo.
Malik se sentó mirando al público. De
frente, a su izquierda, el chino Li con sus implantes bursátiles. A su derecha,
el ruso Ivanovich con su abrigo de piel viva. Y en el centro, Donald, revisando
su maquillaje naranja en el reflejo de una cuchara.
—Señores —dijo Malik—. Ayer
prometieron el paraíso. Hoy quiero ver el contrato. ¿Quién da más?
Li se puso de pie, ante la
protesta de Ivanovich, que quería hablar primero. Donald los miró como
diciendo: "Mátense. La última palabra la diré yo".
—Nuestra promesa de "no más
frío" es literal. China ofrece la construcción de la Cúpula de Jade. Un
domo de cristal policromado que cubrirá toda la isla. Calefacción centralizada
a 25 grados constantes. Cultivaremos arroz en los fiordos. La isla entera será
habitable.
Malik dudó. Apenas tenían una
pequeña franja para vivir, el resto de la isla era inhabitable; pero un "tupper
gigante" no sonaba tentador.
Ivanovich golpeó la mesa.
—¡Estupideces! Rusia ofrece
LIBERTAD, en esto somos especialistas. Instalaremos motores atómicos en la
costa sur y, literalmente, remolcaremos Groenlandia hasta el Caribe Ruso
(omitiendo mencionar que se refería al Mar Negro). ¡Tendrán sol de verdad, no lucecitas
chinas de colores!
Malik suspiró. Este ruso loco es
capaz de hacerlo.
Trump se levantó, mirando a todos
con suficiencia.
—Terribles ofertas —dijo—. Muy
tristes. Yo ofrezco alegría, ofrezco “Bienes Raíces Premium”.
A una señal suya, un asistente
desplegó un mapa holográfico.
—Olviden el dinero. Les doy
tierras. Tierras calientes. —Señaló una isla en el mapa—. Les doy... La Habana.
Hubo un silencio.
—¡¿Cuba?! —preguntó Malik
desconcertado.
—La capital. Es vuestra. Música,
tabaco, coches antiguos. La cambiamos pelo a pelo. Ustedes me dan el hielo, yo
les doy la salsa.
El chino Li soltó una risa
metálica.
—Objeción —dijo con voz robótica—.
Estados Unidos ocupa Cuba, pero no la controla. Hay células rebeldes en cada
esquina. Si los inuits se mudan allí, serán vistos como invasores yanquis.
—¡Exacto! —gritó el ruso
Ivanovich—. ¡Los cubanos los usarán para hacer mojitos! En dos semanas, los
inuits serán expulsados al mar en balsas. No tendrán patria. Es una trampa
mortal.
Trump, furioso por ser
interrumpido, se deslizó en el mapa hacia abajo, como si estuviera esquiando.
—¡Vale, vale! Son muy exigentes.
Entonces... ¿Qué les parece esto? —Desplegando su vieja sonrisa de vendedor de
autos usados, señaló Venezuela—. Les doy una franja de 500 kilómetros. Salida
al mar. Petróleo infinito. Arepas. Es un trato increíble.
—Imposible —interrumpió el ruso—.
La "Resistencia Bolivariana" está armada hasta los dientes con
misiles que... bueno, que yo les vendí. Si mueven a su gente a la costa
venezolana, estarán atrapados entre la selva y el mar. Será una masacre.
—China coincide —añadió Li—.
Venezuela es inestable. Perderían su soberanía en un mes. Serían refugiados sin
hogar.
Malik cerró su carpeta.
—Tienen razón —dijo el líder
inuit—. Mis chamanes me dicen que esas tierras están malditas por la guerra. No
aceptamos. Queremos tierras seguras. Tierras americanas de verdad. O no hay trato.
El ojo biónico de Li proyectó un
holograma de fuegos artificiales silenciosos sobre la mesa.
—El declive americano es
estadísticamente irreversible —zumbó el chino, mientras su maletín comenzaba a
imprimir el contrato final—. La Cúpula de Jade es su único destino lógico.
Firme aquí antes de que el estadounidense ofrezca venderles la Luna.
El ruso, por su parte, soltó una
carcajada que hizo vibrar las ventanas. Mientras destapaba una botella de vodka
con los dientes para celebrar la victoria inminente, empujó a Trump con el
hombro, haciéndolo tambalear y caer.
Trump estaba acorralado. El sudor
le corría por las sienes, derritiendo el autobronceador. Estaba perdiendo la
isla más grande del mundo (y su tono naranja) frente a un comunista y un
cíborg. Apoyándose en una mano para levantarse, notó que estaba sobre el mapa
de Estados Unidos. Unas letras pequeñas parecían parpadear en uno de los
estados: Florida.
—¡Miami! —gritó.
Todos se dieron vuelta a mirarlol, desconcertados.
Una sonrisa malévola y desesperada
cruzó su rostro. Mataba dos pájaros de un tiro. También se sacaba de encima a
los malditos hispanos que ya eran más del setenta por ciento de la población.
¿Cuánto pasaría antes de que pidieran la autonomía y fueran un país
independiente?
—Mike, amigo mío... tengo la
solución final. —Trump se inclinó sobre la mesa, con los ojos brillando con la
locura del "Art of the Deal"—. ¿Qué te parece si hacemos un
intercambio de población?
—¿Intercambio? —preguntó Malik. Sus
pequeños ojos se abrieron hasta parecer dos platos insertados en su rostro.
—Tú me das Groenlandia. Yo te
doy... Miami.
—¿Toda la ciudad?
—Llave en mano. Mis votantes de
allí se están quejando del calor. Tu gente se queja del frío. ¡Es la sinergia
perfecta! Los de Miami vendrán aquí a refrescarse. Los inuits irán a South
Beach a... bueno, a lo que sea que hagan. ¿Trato?
Malik miró a sus consejeros.
Miami. La tierra prometida de la televisión. Sin guerras civiles, sin cúpulas
de cristal. Solo sol.
Obnubilado por una visión donde se
veía surfeando en un mar con playas de arena blanca lejos del hielo frío, y sin
leer la letra pequeña (donde Trump se eximía de responsabilidad por huracanes,
inundaciones y plagas de pitones), Malik extendió la mano.
—Trato hecho.
Y estampó su rúbrica junto a la de
Trump, quien se apuró a guardar el contrato en una caja fuerte de titanio.
Los espíritus Tupilaq, que habían
logrado entrar a la reunión, rompieron las ventanas y huyeron aullando hacia el
Polo Norte, temerosos de que los incluyeran en el contrato.
La operación logística se bautizó,
con la típica sutileza americana, como “Operación Hot & Cold”.
Fue el mayor puente aéreo de la
historia. En el cielo del Atlántico, dos flotas de aviones gigantescos se
cruzaron. Hacia el sur, transportes militares cargados con cincuenta y seis mil
inuits envueltos en pieles de foca, soñando con el paraíso tropical que les
vendieron en los folletos. Hacia el norte, jets de lujo y aviones comerciales
repletos de jubilados de Florida, influencers de Instagram y promotores
inmobiliarios, todos vestidos con bermudas, camisas de lino y un exceso de
loción autobronceadora.
Se saludaron por las ventanillas.
Cada uno pensando en el "mal trato" que habían hecho los otros.
Los inuits bajaron del avión con
los abrigos puestos; la temperatura a la sombra era de 42 grados, y la humedad
del 98%. Al pisar la pista del Aeropuerto Internacional, tres ancianos
venerables se desmayaron por golpe de calor antes de poder decir "Tierra".
Venían ensayando un pasito para TikTok; hasta los mayores estaban perdiendo la
identidad.
La adaptación fue rápida, brutal y
grotesca.
Al darse cuenta de que los hoteles
de lujo no tenían electricidad y que al quedar la ciudad vacía era tierra de
nadie, los yanquis de otros estados saquearon hasta el agua de los inodoros.
Los inuits intentaron aplicar su
sabiduría ancestral al entorno urbano. Fue un espectáculo dantesco, que ni los
grandes directores de Hollywood se hubieran atrevido a soñar. Inundaron la avenida
Brickell, con medio metro de agua estancada y caliente, donde se veía a los
cazadores inuits navegando en kayaks y umiaks improvisados, hechos con techos
de descapotables oxidados.
—¡Qalupalik! —gritaban,
confundiendo a los caimanes con monstruos marinos mitológicos.
Intentaban arponear a los reptiles
usando palos de golf afilados que encontraron en los clubes abandonados. Pero
la carne de caimán era dura y sabía a neumático.
Lo peor no era el hambre, sino el
sancochado. Los inuits, biológicamente adaptados al frío extremo, empezaron a
cocerse en sus propios jugos. Sus cuerpos no sabían sudar lo suficiente. Se
refugiaban en los congeladores de los supermercados Walmart saqueados,
durmiendo hacinados sobre bolsas de guisantes descongelados, rezando a dioses
de hielo que no podían oírlos en esa latitud.
El Primer Ministro Malik, sentado
en la terraza del ático de una torre de lujo, miraba el horizonte distorsionado
por el vapor, mientras se abanicaba con el contrato firmado.
—Al menos hay sol —susurró, antes
de deshidratarse y convertirse en la primera momia inuit del trópico.
Si en Miami la tragedia era
húmeda, en Groenlandia era cristalina como el hielo.
Los "Miamenses"
aterrizaron esperando un resort de esquí con servicio de habitaciones. Lo que
encontraron fue una oscuridad eterna y un viento que les cortaba la delicada
piel tratada con cremas humectantes.
—¿Dónde está el buffet? —preguntó
una señora con el pelo teñido y demasiada laca, justo antes de que su cabello
se congelara y se partiera en mil pedazos como cristal.
El horror fue estético y
funcional.
El bótox, tan popular entre la
población de Miami, reaccionó mal al frío polar. A los diez minutos de estar a
la intemperie, las caras de miles de personas se congelaron en una mueca de
sorpresa permanente. Parecían un ejército de maniquíes de cera abandonados en
la nieve.
Intentaron construir refugios
contra el frío, pero solo contaban con la inútil nieve, que únicamente servía
para hacer muñecos. Los iglús eran cosas de películas. Lo único real que
conocían eran las maletas Louis Vuitton y pilas de dinero en efectivo, con las
que hicieron refugios muy cool.
Encendieron hogueras quemando
millones de dólares, bonos del tesoro y acciones de Apple. Se acurrucaban
alrededor del fuego, intentando calentarse con la combustión de su propia
riqueza, pero el papel moneda ardía demasiado rápido.
Un grupo de influencers
intentó transmitir en vivo la aurora boreal.
—¡Hola, chicos, unboxing del
Polo Norte! —gritó un joven. Se quedó así, frizado, con el teléfono en la mano
y la sonrisa congelada, convertido en una escultura de hielo moderna que los
osos polares olfatearon con curiosidad y luego ignoraron por falta de valor
nutricional.
En Washington D.C., la cosa venía
distinta. Donald Trump salió al balcón de la Casa Blanca. Los fuegos
artificiales iluminaban el cielo. Había ganado la reelección con el 99% de los
votos.
Se ajustó la corbata roja y se
acercó al micrófono.
—¡Amada América! ¡Lo logramos! Me
decían: "Donald, no se puede arreglar el problema de inmigración". No
solo lo hicimos, sino que, además, agregamos una nueva estrella a nuestra bandera.
—Al decir esto recordó su mano apoyada sobre el Estado de Florida. Fue una señal.
Indudablemente Dios estaba de su lado.
La multitud aplaudía fervorosa.
Pero nadie mencionó a los muertos. Nadie mencionó el genocidio por
incompetencia climática. Solo veían el mapa. Estados Unidos era ahora más
grande. Las generaciones perdidas se reponen de manera natural.
Trump esbozó una sonrisa naranja y
triunfal.
En Groenlandia, un espíritu Tupilaq
se paseaba entre las estatuas de hielo de los turistas, robándoles los relojes
Rolex de las muñecas congeladas, preguntándose qué hora sería en el infierno.
Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

Excelente!
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