lunes, 2 de febrero de 2026

EL GRAN TRUEQUE

Oscar De Los Ríos

 

Año 2030. Nuuk, Groenlandia.

​La independencia de Groenlandia fue sencilla pero lenta. En cambio, conseguir un nuevo patrocinador —las cuentas no cerraban— duró exactamente lo que tarda un cubito de hielo en derretirse dentro de un vaso de whisky barato. Pero antes de la firma oficial, hubo tres reuniones privadas. Tres visitas de cortesía que sellaron su destino.

​Los primeros en llegar fueron los chinos. Su delegación no aterrizó sobre el hielo azul, se “materializó”. El jet al que nadie oyó ni vio llegar descendió verticalmente sobre el puerto de Nuuk. El embajador Li invitó al Primer Ministro Malik a una ceremonia de té dentro de una cápsula estéril y blanca.

Li sirvió un té que humeaba en código binario.

—Honorable Malik —dijo Li, sin mover los labios; hablaba por un traductor implantado en su garganta—. Dinamarca les da migajas. Nosotros ofrecemos armonía. Si se nos unen, triplicaremos el subsidio de esos europeos pálidos.

—¿Cómo? —preguntó Malik, desconfiado.

—Con eficiencia —sonrió Li—. Nunca volverán a sentir frío. Convertiremos su nieve en vapor productivo. Solo firmen aquí.

​Dos horas después, llegó el general Ivanovich. No hubo té. Hubo un banquete de carne cruda y vodka destilado con isótopos de Chernóbil sobre el capó de un tanque anfibio estacionado ilegalmente en la plaza central.

Ivanovich abrazó a Malik con tanta fuerza que casi le disloca una costilla.

—¡Camarada del Norte! —rugió, con la cara roja por el frío y el alcohol—. Olvida a los chinos y sus juguetes. Rusia ofrece fuerza. Triplicaremos lo que les da Finlandia...

—Dinamarca —corrigió Malik, tosiendo.

—¡Da igual! Noruega, Finlandia, todos son lo mismo. Nosotros les daremos calor nuclear. Energía infinita. Seremos hermanos de sangre y uranio.

A Malik se le cruzaron los ojos inuit, tan chiquitos y negros como carozos de aceitunas.

​Finalmente, llegó Él. El Air Force One, ahora pintado completamente de dorado, aterrizó aplastando accidentalmente el único huerto de tomates de la isla. Donald Trump bajó por la escalerilla lanzando fotos de su propia postulación a "Primer Ministro Supremo" de la isla ante la multitud (que constaba de tres pescadores y un perro).

Llevó a Malik a una carpa con aire acondicionado puesto a la temperatura ambiente y le sirvió una hamburguesa de carne de ballena procesada y regada con whisky.

—Mike, escúchame —dijo Trump, masticando con la boca abierta—. Antes que nada, deberías cambiar tu nombre, Malik suena a perdedor. Me encantan los iglús. Son fantásticos. Pero son pequeños. Conmigo, tendrán el triple. El triple de diversión, el triple de alegría, el triple de todo. Haremos de Groenlandia el estado 52, o 53, perdí la cuenta después de comprar Alberta. Será "Huge".

​Las promesas eran enormes, pero vagas. "El triple", decían todos. Pero nadie sacaba la chequera. Fue gracias a eso que se le ocurrió una idea brillante: haría una subasta. Convocó a los tres al día siguiente para concretar. Nada de "quizás". Quería ver los bienes.

​Se reunieron en El Gran Salón del Pueblo (el gimnasio de la escuela primaria). Afuera, los Tupilaq golpeaban las ventanas, presintiendo el desastre, pero los guardias pensaban que era granizo.

Malik se sentó mirando al público. De frente, a su izquierda, el chino Li con sus implantes bursátiles. A su derecha, el ruso Ivanovich con su abrigo de piel viva. Y en el centro, Donald, revisando su maquillaje naranja en el reflejo de una cuchara.

—Señores —dijo Malik—. Ayer prometieron el paraíso. Hoy quiero ver el contrato. ¿Quién da más?

​Li se puso de pie, ante la protesta de Ivanovich, que quería hablar primero. Donald los miró como diciendo: "Mátense. La última palabra la diré yo".

—Nuestra promesa de "no más frío" es literal. China ofrece la construcción de la Cúpula de Jade. Un domo de cristal policromado que cubrirá toda la isla. Calefacción centralizada a 25 grados constantes. Cultivaremos arroz en los fiordos. La isla entera será habitable.

Malik dudó. Apenas tenían una pequeña franja para vivir, el resto de la isla era inhabitable; pero un "tupper gigante" no sonaba tentador.

​Ivanovich golpeó la mesa.

—¡Estupideces! Rusia ofrece LIBERTAD, en esto somos especialistas. Instalaremos motores atómicos en la costa sur y, literalmente, remolcaremos Groenlandia hasta el Caribe Ruso (omitiendo mencionar que se refería al Mar Negro). ¡Tendrán sol de verdad, no lucecitas chinas de colores!

Malik suspiró. Este ruso loco es capaz de hacerlo.

​Trump se levantó, mirando a todos con suficiencia.

—Terribles ofertas —dijo—. Muy tristes. Yo ofrezco alegría, ofrezco “Bienes Raíces Premium”.

A una señal suya, un asistente desplegó un mapa holográfico.

—Olviden el dinero. Les doy tierras. Tierras calientes. —Señaló una isla en el mapa—. Les doy... La Habana.

Hubo un silencio.

—¡¿Cuba?! —preguntó Malik desconcertado.

—La capital. Es vuestra. Música, tabaco, coches antiguos. La cambiamos pelo a pelo. Ustedes me dan el hielo, yo les doy la salsa.

​El chino Li soltó una risa metálica.

—Objeción —dijo con voz robótica—. Estados Unidos ocupa Cuba, pero no la controla. Hay células rebeldes en cada esquina. Si los inuits se mudan allí, serán vistos como invasores yanquis.

—¡Exacto! —gritó el ruso Ivanovich—. ¡Los cubanos los usarán para hacer mojitos! En dos semanas, los inuits serán expulsados al mar en balsas. No tendrán patria. Es una trampa mortal.

​Trump, furioso por ser interrumpido, se deslizó en el mapa hacia abajo, como si estuviera esquiando.

—¡Vale, vale! Son muy exigentes. Entonces... ¿Qué les parece esto? —Desplegando su vieja sonrisa de vendedor de autos usados, señaló Venezuela—. Les doy una franja de 500 kilómetros. Salida al mar. Petróleo infinito. Arepas. Es un trato increíble.

—Imposible —interrumpió el ruso—. La "Resistencia Bolivariana" está armada hasta los dientes con misiles que... bueno, que yo les vendí. Si mueven a su gente a la costa venezolana, estarán atrapados entre la selva y el mar. Será una masacre.

—China coincide —añadió Li—. Venezuela es inestable. Perderían su soberanía en un mes. Serían refugiados sin hogar.

​Malik cerró su carpeta.

—Tienen razón —dijo el líder inuit—. Mis chamanes me dicen que esas tierras están malditas por la guerra. No aceptamos. Queremos tierras seguras. Tierras americanas de verdad. O no hay trato.

El ojo biónico de Li proyectó un holograma de fuegos artificiales silenciosos sobre la mesa.

—El declive americano es estadísticamente irreversible —zumbó el chino, mientras su maletín comenzaba a imprimir el contrato final—. La Cúpula de Jade es su único destino lógico. Firme aquí antes de que el estadounidense ofrezca venderles la Luna.

El ruso, por su parte, soltó una carcajada que hizo vibrar las ventanas. Mientras destapaba una botella de vodka con los dientes para celebrar la victoria inminente, empujó a Trump con el hombro, haciéndolo tambalear y caer.

Trump estaba acorralado. El sudor le corría por las sienes, derritiendo el autobronceador. Estaba perdiendo la isla más grande del mundo (y su tono naranja) frente a un comunista y un cíborg. Apoyándose en una mano para levantarse, notó que estaba sobre el mapa de Estados Unidos. Unas letras pequeñas parecían parpadear en uno de los estados: Florida.

—¡Miami! —gritó.

Todos se dieron vuelta a mirarlol, desconcertados.

Una sonrisa malévola y desesperada cruzó su rostro. Mataba dos pájaros de un tiro. También se sacaba de encima a los malditos hispanos que ya eran más del setenta por ciento de la población. ¿Cuánto pasaría antes de que pidieran la autonomía y fueran un país independiente?

​—Mike, amigo mío... tengo la solución final. —Trump se inclinó sobre la mesa, con los ojos brillando con la locura del "Art of the Deal"—. ¿Qué te parece si hacemos un intercambio de población?

—¿Intercambio? —preguntó Malik. Sus pequeños ojos se abrieron hasta parecer dos platos insertados en su rostro.

—Tú me das Groenlandia. Yo te doy... Miami.

—¿Toda la ciudad?

—Llave en mano. Mis votantes de allí se están quejando del calor. Tu gente se queja del frío. ¡Es la sinergia perfecta! Los de Miami vendrán aquí a refrescarse. Los inuits irán a South Beach a... bueno, a lo que sea que hagan. ¿Trato?

​Malik miró a sus consejeros. Miami. La tierra prometida de la televisión. Sin guerras civiles, sin cúpulas de cristal. Solo sol.

Obnubilado por una visión donde se veía surfeando en un mar con playas de arena blanca lejos del hielo frío, y sin leer la letra pequeña (donde Trump se eximía de responsabilidad por huracanes, inundaciones y plagas de pitones), Malik extendió la mano.

—Trato hecho.

Y estampó su rúbrica junto a la de Trump, quien se apuró a guardar el contrato en una caja fuerte de titanio.

Los espíritus Tupilaq, que habían logrado entrar a la reunión, rompieron las ventanas y huyeron aullando hacia el Polo Norte, temerosos de que los incluyeran en el contrato.

​La operación logística se bautizó, con la típica sutileza americana, como “Operación Hot & Cold”.

Fue el mayor puente aéreo de la historia. En el cielo del Atlántico, dos flotas de aviones gigantescos se cruzaron. Hacia el sur, transportes militares cargados con cincuenta y seis mil inuits envueltos en pieles de foca, soñando con el paraíso tropical que les vendieron en los folletos. Hacia el norte, jets de lujo y aviones comerciales repletos de jubilados de Florida, influencers de Instagram y promotores inmobiliarios, todos vestidos con bermudas, camisas de lino y un exceso de loción autobronceadora.

Se saludaron por las ventanillas. Cada uno pensando en el "mal trato" que habían hecho los otros.

​Los inuits bajaron del avión con los abrigos puestos; la temperatura a la sombra era de 42 grados, y la humedad del 98%. Al pisar la pista del Aeropuerto Internacional, tres ancianos venerables se desmayaron por golpe de calor antes de poder decir "Tierra". Venían ensayando un pasito para TikTok; hasta los mayores estaban perdiendo la identidad.

La adaptación fue rápida, brutal y grotesca.

Al darse cuenta de que los hoteles de lujo no tenían electricidad y que al quedar la ciudad vacía era tierra de nadie, los yanquis de otros estados saquearon hasta el agua de los inodoros.

​Los inuits intentaron aplicar su sabiduría ancestral al entorno urbano. Fue un espectáculo dantesco, que ni los grandes directores de Hollywood se hubieran atrevido a soñar. Inundaron la avenida Brickell, con medio metro de agua estancada y caliente, donde se veía a los cazadores inuits navegando en kayaks y umiaks improvisados, hechos con techos de descapotables oxidados.

—¡Qalupalik! —gritaban, confundiendo a los caimanes con monstruos marinos mitológicos.

Intentaban arponear a los reptiles usando palos de golf afilados que encontraron en los clubes abandonados. Pero la carne de caimán era dura y sabía a neumático.

Lo peor no era el hambre, sino el sancochado. Los inuits, biológicamente adaptados al frío extremo, empezaron a cocerse en sus propios jugos. Sus cuerpos no sabían sudar lo suficiente. Se refugiaban en los congeladores de los supermercados Walmart saqueados, durmiendo hacinados sobre bolsas de guisantes descongelados, rezando a dioses de hielo que no podían oírlos en esa latitud.

​El Primer Ministro Malik, sentado en la terraza del ático de una torre de lujo, miraba el horizonte distorsionado por el vapor, mientras se abanicaba con el contrato firmado.

—Al menos hay sol —susurró, antes de deshidratarse y convertirse en la primera momia inuit del trópico.

​Si en Miami la tragedia era húmeda, en Groenlandia era cristalina como el hielo.

Los "Miamenses" aterrizaron esperando un resort de esquí con servicio de habitaciones. Lo que encontraron fue una oscuridad eterna y un viento que les cortaba la delicada piel tratada con cremas humectantes.

—¿Dónde está el buffet? —preguntó una señora con el pelo teñido y demasiada laca, justo antes de que su cabello se congelara y se partiera en mil pedazos como cristal.

​El horror fue estético y funcional.

El bótox, tan popular entre la población de Miami, reaccionó mal al frío polar. A los diez minutos de estar a la intemperie, las caras de miles de personas se congelaron en una mueca de sorpresa permanente. Parecían un ejército de maniquíes de cera abandonados en la nieve.

Intentaron construir refugios contra el frío, pero solo contaban con la inútil nieve, que únicamente servía para hacer muñecos. Los iglús eran cosas de películas. Lo único real que conocían eran las maletas Louis Vuitton y pilas de dinero en efectivo, con las que hicieron refugios muy cool.

Encendieron hogueras quemando millones de dólares, bonos del tesoro y acciones de Apple. Se acurrucaban alrededor del fuego, intentando calentarse con la combustión de su propia riqueza, pero el papel moneda ardía demasiado rápido.

Un grupo de influencers intentó transmitir en vivo la aurora boreal.

—¡Hola, chicos, unboxing del Polo Norte! —gritó un joven. Se quedó así, frizado, con el teléfono en la mano y la sonrisa congelada, convertido en una escultura de hielo moderna que los osos polares olfatearon con curiosidad y luego ignoraron por falta de valor nutricional.

​En Washington D.C., la cosa venía distinta. Donald Trump salió al balcón de la Casa Blanca. Los fuegos artificiales iluminaban el cielo. Había ganado la reelección con el 99% de los votos.

Se ajustó la corbata roja y se acercó al micrófono.

—¡Amada América! ¡Lo logramos! Me decían: "Donald, no se puede arreglar el problema de inmigración". No solo lo hicimos, sino que, además, agregamos una nueva estrella a nuestra bandera. —Al decir esto recordó su mano apoyada sobre el Estado de Florida. Fue una señal. Indudablemente Dios estaba de su lado.

​La multitud aplaudía fervorosa. Pero nadie mencionó a los muertos. Nadie mencionó el genocidio por incompetencia climática. Solo veían el mapa. Estados Unidos era ahora más grande. Las generaciones perdidas se reponen de manera natural.

Trump esbozó una sonrisa naranja y triunfal.

En Groenlandia, un espíritu Tupilaq se paseaba entre las estatuas de hielo de los turistas, robándoles los relojes Rolex de las muñecas congeladas, preguntándose qué hora sería en el infierno.

Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

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