Miriam Cairo
Siempre
hemos sido una familia muy religiosa. Los domingos son, para nosotros, fiesta
de guardar. Nuestro santo patrono es exigente. La ciudad en que vivimos lleva
su nombre. Mi abuelo, mi padre y mi hermano se llaman como él, al igual que
muchos otros abuelos, padres y hermanos.
Al
santo le gusta navegar. En diciembre la prefectura le prepara una lancha y lo
saca a pasear por el río. Es un gusto ver cómo las damas de la caridad le
preparan un colchón de flores para embellecer el salvavidas de telgopor, porque
el santo no sabe nadar. Cuando sale de la catedral, es acompañado por un
séquito de fieles. A su paso, las calles se estremecen y una vez embarcado, en
lo profundo del río, los peces peregrinan tras la barcaza en una procesión de
escamas.
A
él le gustan todos los gestos de la adoración. Se queda quieto durante horas
mientras las mujeres le limpian el manto entre risitas y bromas de variados
tonos y colores, en tanto los sacristanes le lustran el cayado con ritmo
sostenido, con ademán masculino, con ardor devoto. Los hombres y las mujeres se
turnan para ungirle el yeso dorado del cabello, pulirle las uñas con piedra
pómez, redibujarle las pestañas con finísimos pinceles de pelo de camello y
bañarlo de perfume.
A
las monjas las carcome un leve celo por sentirse postergadas en esas fechas,
cuando a ellas les toca el deslucido día a día con el santo: plumerear telarañas,
hacerle novenas, aguantar su indiferencia cotidiana. Pero la irritación se disipa
por completo ante la euforia de los festejos anuales. El corazón se les sale
del pecho cuando el estruendo de los fuegos de artificio revienta las capas del
aire. El alboroto pirotécnico las aturde hasta mitigar el odio que les promueve
el amor exigente del santo y las gana una alegría viciosa. Aplauden vivamente
el pasar del patrono por el palco oficial. Un orgullo inconfesable las invade
cuando el intendente se pone de pie y su amada esposa, como cada año, arroja a
la imagen bendita una flor blanca condenada a morir pisoteada por el resto de
la comitiva ceremonial. Cada esposa, de cada intendente cumple con el ritual, y
el buen santo le retribuye. La prosperidad chorrea sus bienes en casa del mandatario
municipal y las licitaciones para la venta de estatuas, velas, rosarios,
siempre caen en manos cercanas.
En
medio de la procesión, también las catequistas enloquecen de felicidad al paso
del patrono y agitan banderitas amarillas y blancas. En el frenesí, las monjas
aprovechan a odiar a esas feligresas, que les disputan la preferencia del cura,
cuando las muy mundanas ya han parido hijos y tienen el caracol maltrecho por
los quehaceres previos y posteriores al parto. Pero los curas, hombres al fin,
se dejan revolotear por esas moscardonas alborozadas que mezclan los menesteres
de las sagradas escrituras con las cacerolas, los ruleros, las canciones de
moda y las lujurias sabáticas.
Yo
creo que el cura prefiere a las laicas sólo porque están depiladas. Las monjas
creen que por andar peludas van a borrar de la memoria cristiana el convencimiento
de que fue una mujer la que nos llevó a la perdición.
Pero
el santo que se pavonea por las calles no se preocupa por estas nimiedades
pilosas. Eso sí, si hay algo que lo pone frenético, es el mal sonido de los
parlantes. Más vale que el sonidista haga bien las cosas para no despertar la
ira de este hijo de Dios, pues no sería el primero en pescarse una bronquitis,
un mal de ojo, o una urticaria luego de haber frustrado el sermón zalamero de
las fiestas patronales.
A
tal punto se ha encarnado en el pueblo el recelo del santo, que todos van a
verlo pasar por miedo a que su enojo los convierta en desocupados, víctimas de
alguna maldición divina que bajo la forma neoliberal les cierre las fábricas,
les privatice los servicios o corrompa delegados sindicales, para nombrar sólo
algunas de las desgracias a las que la ira del santo nos ha sometido a lo largo
de estos años, en esta mística ciudad.
Cuando
por fin el patrono llega a la balsa, el agua del río multiplica su barrosa
espuma como si enfureciera. Por los parlantes se cantan los salmos y se repiten
las letanías. El ruido es ensordecedor, braman los motores de los barcos, se
acoplan los micrófonos, se desordenan los vítores al bendito, al intendente de
ocasión, al presidente del presente o del pasado. La multitud que aguarda en la
costa, se deja llevar por la algarabía camaleónica y aplaude enloquecida hasta que
el patrono retorna a la alameda.
Pero
nosotros, mi familia y yo, no nos solazamos en algazaras sino que aprovechamos
para rezar el rosario y quemar incienso. Somos cuidadosos porque los santos son
buenos hasta que dicen basta. A nosotros ya se nos murió un pariente. Los médicos
dijeron por indigestión, pero nosotros sabemos que fue porque no quiso prestar
su lancha.

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