miércoles, 6 de mayo de 2026

UN CUENTO DIVINO

Miriam Cairo

 

Siempre hemos sido una familia muy religiosa. Los domingos son, para nosotros, fiesta de guardar. Nuestro santo patrono es exigente. La ciudad en que vivimos lleva su nombre. Mi abuelo, mi padre y mi hermano se llaman como él, al igual que muchos otros abuelos, padres y hermanos.

Al santo le gusta navegar. En diciembre la prefectura le prepara una lancha y lo saca a pasear por el río. Es un gusto ver cómo las damas de la caridad le preparan un colchón de flores para embellecer el salvavidas de telgopor, porque el santo no sabe nadar. Cuando sale de la catedral, es acompañado por un séquito de fieles. A su paso, las calles se estremecen y una vez embarcado, en lo profundo del río, los peces peregrinan tras la barcaza en una procesión de escamas.

A él le gustan todos los gestos de la adoración. Se queda quieto durante horas mientras las mujeres le limpian el manto entre risitas y bromas de variados tonos y colores, en tanto los sacristanes le lustran el cayado con ritmo sostenido, con ademán masculino, con ardor devoto. Los hombres y las mujeres se turnan para ungirle el yeso dorado del cabello, pulirle las uñas con piedra pómez, redibujarle las pestañas con finísimos pinceles de pelo de camello y bañarlo de perfume.

A las monjas las carcome un leve celo por sentirse postergadas en esas fechas, cuando a ellas les toca el deslucido día a día con el santo: plumerear telarañas, hacerle novenas, aguantar su indiferencia cotidiana. Pero la irritación se disipa por completo ante la euforia de los festejos anuales. El corazón se les sale del pecho cuando el estruendo de los fuegos de artificio revienta las capas del aire. El alboroto pirotécnico las aturde hasta mitigar el odio que les promueve el amor exigente del santo y las gana una alegría viciosa. Aplauden vivamente el pasar del patrono por el palco oficial. Un orgullo inconfesable las invade cuando el intendente se pone de pie y su amada esposa, como cada año, arroja a la imagen bendita una flor blanca condenada a morir pisoteada por el resto de la comitiva ceremonial. Cada esposa, de cada intendente cumple con el ritual, y el buen santo le retribuye. La prosperidad chorrea sus bienes en casa del mandatario municipal y las licitaciones para la venta de estatuas, velas, rosarios, siempre caen en manos cercanas.

En medio de la procesión, también las catequistas enloquecen de felicidad al paso del patrono y agitan banderitas amarillas y blancas. En el frenesí, las monjas aprovechan a odiar a esas feligresas, que les disputan la preferencia del cura, cuando las muy mundanas ya han parido hijos y tienen el caracol maltrecho por los quehaceres previos y posteriores al parto. Pero los curas, hombres al fin, se dejan revolotear por esas moscardonas alborozadas que mezclan los menesteres de las sagradas escrituras con las cacerolas, los ruleros, las canciones de moda y las lujurias sabáticas.

Yo creo que el cura prefiere a las laicas sólo porque están depiladas. Las monjas creen que por andar peludas van a borrar de la memoria cristiana el convencimiento de que fue una mujer la que nos llevó a la perdición.

Pero el santo que se pavonea por las calles no se preocupa por estas nimiedades pilosas. Eso sí, si hay algo que lo pone frenético, es el mal sonido de los parlantes. Más vale que el sonidista haga bien las cosas para no despertar la ira de este hijo de Dios, pues no sería el primero en pescarse una bronquitis, un mal de ojo, o una urticaria luego de haber frustrado el sermón zalamero de las fiestas patronales.

A tal punto se ha encarnado en el pueblo el recelo del santo, que todos van a verlo pasar por miedo a que su enojo los convierta en desocupados, víctimas de alguna maldición divina que bajo la forma neoliberal les cierre las fábricas, les privatice los servicios o corrompa delegados sindicales, para nombrar sólo algunas de las desgracias a las que la ira del santo nos ha sometido a lo largo de estos años, en esta mística ciudad.

Cuando por fin el patrono llega a la balsa, el agua del río multiplica su barrosa espuma como si enfureciera. Por los parlantes se cantan los salmos y se repiten las letanías. El ruido es ensordecedor, braman los motores de los barcos, se acoplan los micrófonos, se desordenan los vítores al bendito, al intendente de ocasión, al presidente del presente o del pasado. La multitud que aguarda en la costa, se deja llevar por la algarabía camaleónica y aplaude enloquecida hasta que el patrono retorna a la alameda.

Pero nosotros, mi familia y yo, no nos solazamos en algazaras sino que aprovechamos para rezar el rosario y quemar incienso. Somos cuidadosos porque los santos son buenos hasta que dicen basta. A nosotros ya se nos murió un pariente. Los médicos dijeron por indigestión, pero nosotros sabemos que fue porque no quiso prestar su lancha.

Miriam Cairo colabora en el diario Página 12 desde el año 2004, en las contratapas del suplemento Rosario 12 publicando microficciones, textos poéticos y narrativos. La Editorial Abrazos, en el año 2006 editó su libro Culonas y en 2016 con la editorial Tierra de Vientos se publicó Sado Poesía, donde una vez más pone de relevancia el poder creador y erotizante de la palabra. Entre sus actividades del ámbito académico ha participado como expositora en diversas jornadas de investigación y sus textos se divulgan en diferentes antologías y blogs del país y Latinoamérica. A su vez, coordina talleres literarios en las ciudades de San Nicolás y Rosario desde el año 2001.


 

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