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domingo, 15 de marzo de 2026

SUPERHÉROE

Traian Urdea

 

Golpeo la pelota delante de la casa con mi pequeño nieto. Tiene cuatro años y es muy serio en todo lo que hace. Enviamos “voleas” que aterrizan en el tejado.

—¡Más alto, y más alto! —grita decidido.

Como es liviana, él también puede enviarla hasta el alero. Cuando le llega el turno de patear, se concentra, se autoproclama Superman, Spiderman o Batman y, después de dos o tres fallos, golpea la pelota con una fuerza sorprendente para un chiquillo que todavía pronuncia mal las palabras. Junto con ella, de vez en cuando también sale volando su zapatilla, y tengo que traer la escalera del cobertizo para bajarla del techo.

—¡Más alto, más fuerte! —grita él.

Y la pelota desciende desde la cresta de la casa rebotando sobre las tejas con sonidos de xilófono. Es demasiado pequeño para verla y la espera tenso, aguardando que caiga cada vez en un lugar distinto del patio; corre a abrazarla y, sorprendido, estalla en carcajadas.

Hace calor. Es pleno verano. El día anterior fue la fiesta de su cumpleaños. Los globos llenos de helio, atados al suelo de la terraza, se mecen con la brisa como el penacho de una anémona de mar y, entre ellos, aparece mi mujer sacudiendo una camisa en lo alto de la escalera de entrada a la casa.

—¡Tengan cuidado de no tirar una teja del techo! ¿Qué están haciendo ahí?

—Estamos lanzando la maza hasta las nubes —digo yo.

—El martillo de Thor —me corrige Maxi.

Mi mujer, Lili, deja de sacudir; con los brazos caídos, los bordes de la camisa se acomodan sobre los escalones como un telón.

—¡Maximilian! —A ella le gusta pronunciar su nombre completo, y el niño deja de correr y espera atento—. Maximilian —vuelve a gritar, mientras el viento le revuelve el cabello y deja su rostro completamente al descubierto.

—¿Sí?

—¿Sabes lo que es una maza?

Él sonríe, se le ilumina la cara.

—¿No? —dice.

—Explícale al niño para que entienda, querido.

—Luego se lo explico dentro de casa, le mostraré mejor una foto.

No tengo ganas de detenerme en medio de la acción para dar explicaciones eruditas.

—Dijo que quiere ser ingeniero cuando crezca, tiene que saberlo —dice ella.

—¡Oye! —le grito—. Los ingenieros más bien hacen martillos.

—Entonces explícale cómo se fabrican los martillos —insiste ella.

—Es un martillo encantado —me apoya Maxi.

—¿Ves? —digo—. Los martillos encantados los hacen los dioses, no los ingenieros.

—Díselo ahora, por favor.

Frunce el ceño, sacude una vez más la camisa y se dispone a entrar en la casa.

Apenas logro enviar una vez más la pelota al aire cuando aparece la madre del chico.

—Maxi, ¿quieres comer?

—No —responde él con voz apagada.

—Vamos, solo un poquito, por favor.

—Más tarde, ¿sí? —suplica él—. ¡Espera! —agrega.

Y me tira de la manga para quitarme la pelota de los brazos.

Las manos de los niños son extraordinarias. Instrumentos frágiles, suaves, aterciopelados, delicados, pero extraordinariamente fuertes. Y aunque al oír su exclamación “¡Espera!” espero que me empuje, él me tira hacia sí con los dedos aferrados a la manga de mi camisa y me desequilibra; el botón del puño sale volando y se oye cómo cae sobre el suelo de baldosas con un tintineo repetido, como una uña golpeando el borde de una taza de leche.

—¡Es mi turno! —me reprocha.

Con la pelota en brazos, corre demasiado atrás para tomar impulso. Tiene un gesto serio, decidido; vestido con su camiseta de Superman y las zapatillas con el martillo de Thor dibujado en las punteras, parece poseído por superpoderes. Pero al llegar a la línea de tiro se queda sin aliento y la pelota apenas sube hasta el borde del techo y rueda perezosamente hasta el alero.

Me siento en una silla jadeando y demoro lo más posible traer la escalera, tratando de recuperar un poco el aliento. Él se sienta a mi lado y empieza a balancear las piernas.

—Vamos a acostarnos — dice después de unos minutos—. Estamos cansados.

En el dormitorio comienza una nueva ronda de travesuras: quién se viste más rápido con el pijama, yo con sus pantalones, él con los míos. Quién consigue el mejor lugar en la cama: él en mi sitio, yo en ninguno, porque mi lugar siempre queda ocupado antes de que llegue a tocarlo.

Luego, cuando por fin logro acostarme, deja de saltar en la cama como si fuera un trampolín.

—Vamos —me propone—, te leo un cuento para que puedas dormirte.

Elige de la biblioteca un libro grueso que apenas puede cargar. Cuando lo abre sobre la cama, observo que es un manual de matemáticas especiales. Pasando varias páginas de golpe, empieza a contarme una historia con toda calma, deteniéndose largo rato en la página abierta, recorriendo con el dedo las filas de caracteres y usando palabras que no entiendo. Acentúa las palabras, balanceando la cabeza hacia adelante y hacia atrás, silabeándolas.

—Todos: diez, treinta, setenta —recita.

Y con los ojos muy abiertos hace girar las manos, como si no lograra abarcar con palabras la totalidad de todos esos “todos”.

Intento imaginar la acción a partir de la sucesión de ecuaciones diferenciales.

A la página siguiente del cuento llega pasando una docena de páginas de una vez. Empieza de nuevo a murmurar palabras indescifrables, borrando con el dedo fracciones y logaritmos.

—¿Quieres que te cuente un cuento? —le pregunto haciendo un inútil intento por distraerlo—. Cuando era pequeño me gustaban mucho.

Me escucha con seriedad.

—¡Espera! —dice luego—. Tengo que terminar la historia del superhéroe.

Bien. De todos modos me siento frustrado. Sus cuentos están demasiado tecnologizados y los míos son arcaicos.

Así que cuando pasa el último montón de páginas, lo apuesto todo a la carta de un personaje como los de los cómics: ¡Greuceanu!

—Había una vez, hace mucho tiempo… Había un emperador llamado el Emperador Rojo, algo distraído y atolondrado, muy triste porque, mientras estaba de visita en casa de sus abuelos, unos dragones le habían robado el Sol y la Luna del cielo. Entonces el valiente Greuceanu, al verlo tan triste, y siendo misericordioso por naturaleza, decidió devolverlos al cielo del castillo. Partió con tanta velocidad que el Emperador solo alcanzó a preguntarle esto:

—¿Y qué superpoderes tienes, valiente?

—Tengo un solo poder: ¡nunca me rindo!

Pero Maxi no escucha: gira la cabeza hacia el televisor, atento a lo que ocurre en la pantalla.

—¿No te interesa el cuento?

Con los ojos fijos en la televisión sonríe torcido.

Cuando pronuncio la última palabra, le soplo aire bajo el cuello. Solo se aparta, no dice nada.

—Oye, ¿qué haces?

Le sacudo el hombro, pero él intenta quedarse rígido.

—¿Quieres que te cuente más? ¡Dime! —Con el dedo índice sigo la silueta de su espalda y se sacude gruñendo—. ¿Qué pasa, por qué estás molesto?

Lo agarro por la cintura y finjo morderlo. Empieza a reírse.

—Ese no es un cuento interesante —me dice—. Es aburrido.

—¿No te gustó cómo lo conté?

Se vuelve hacia mí serio, pronunciando las palabras despacio.

—No. ¡Pero no me interesa! Es a-bu-rri-do. —Y mostrando los dientes remata—: ¡Eso es todo!

—Bien, entonces cuéntame tú un cuento.

—No me dejaste terminar. Mi historia no está terminada. Mi superhéroe es diferente.

—Oh, vamos, cuéntala hasta el final. ¿Por qué no me avisaste? Mira, te escucho.

Salta de la cama, toma de la biblioteca otro libro de matemáticas, arroja sobre la cama los lápices de colores y empieza a dibujar líneas quebradas: primero azul, luego rojo y verde. Tira el lápiz después de usarlo, preocupado por no perder la fluidez del dibujo. De vez en cuando abre el libro al azar, parece consultarlo, corrige una línea con varias letras z superpuestas, suspira y susurra:

—Casi olvidé escribir.

Cuando termina, me muestra la hoja y “lee”, borrando el dibujo con el dedo índice de principio a fin:

—¡Megapascales!

Este pequeño es todo un personaje. De verdad tiene superpoderes: aprendió inglés solo mirando videos en YouTube, donde buscaba soluciones para los rompecabezas de su consola. Así que le aseguro que “megapascales” es una palabra muy hermosa. Es la unidad de medida de la presión.

—¿Y del viento?

—Sí, también del viento. Si sueltas un globo en el patio, la presión del viento lo empujará cada vez más lejos de la casa.

—Pero volverá a casa, ¿no?

—Pues no creo que sepa regresar solo. No es tan listo.

—¿No sabe cómo me llamo?

—Buena idea —digo—. Vamos a soltar un globo, le decimos cuál es tu nombre y volverá a buscarte. ¿Quieres?

—¡Sííí!

Salimos corriendo al patio. Su madre nos oye y grita:

—¡Maxi, ponte los zapatos! ¡No salgas descalzo!

Maxi agarra uno de los globos.

—¡Lo sueltas y volverá volando hacia mí! —dice.

Me da risa.

—Bien —digo—. Vamos a ayudarlo. Tomo el rotulador y escribo tu nombre en él, ¿de acuerdo? —Mientras caligrafío en letras grandes, me mira con tanta inocencia que tengo la impresión de que todo el mundo a nuestro alrededor –los árboles, las flores, el techo de la casa y los demás globos– se le escapa por los ojos directamente al alma. Le digo—: Mira, también escribiré mi número de teléfono; si no se las arregla para volver, puede llamarme y lo ayudo.

—¡Buena idea! Si yo estoy en el jardín de infancia, el globo te llamará a ti y tú le dirás a qué hora llego a casa. ¡No tires el papel! Te dibujé dónde va a llegar el globo, ¿sí?

Suelto el globo, él lo libera. Luego Maxi y yo nos damos la mano como después de un trabajo bien hecho y nos vamos a dormir. Me quedo dormido pensando en su mano frágil aferrada suavemente a la mía.

Dos días después suena el teléfono y responde mi mujer. Dice que un ingeniero de Iași que asegura llamarse Maximilian encontró un globo enganchado en la barandilla de su balcón con mi número de teléfono escrito en él.

—¿Qué día es hoy? —le pregunto.

—Miércoles.

—Los globos llenos de helio no flotan más de tres días y en ningún caso recorren setecientos kilómetros. ¿Entiendes?

—Pensó que alguien intentaba enviarle un mensaje —responde ella con calma—, así que decidió buscar una explicación, eso me dijo.

—Es una broma de la madre del niño —digo—. ¡Es imposible!

—Parecía bastante serio. ¿Por qué crees que alguien querría bromear con esto? Además, está el niño de por medio. ¿Te parece normal?

—Hay un montón de sociópatas en el mundo que solo piensan en sí mismos. Mendigan, roban, mienten, engañan. Lo que sea necesario para sentirse bien con el mínimo esfuerzo o para complacer a alguien a cambio de algo.

—Eres cínico.

—Yo estoy aquí llorando por ese globo, todo desinflado, clavado en el balcón de ese tipo. ¿Estaba pinchado? No lo creo. O tal vez tenga un pitbull en el balcón que se encargó de él; de otro modo habría llegado más allá del círculo polar, clavado en la punta de la tienda de un inuit.

Me mira con los ojos muy abiertos.

—¿De dónde tenía ese hombre tu número de teléfono? —Me pregunta casi en un susurro.

—¡Salud para la familia! —digo. Luego admito que lo escribí yo, jugando, junto con Maxi.

—¿Quién te mandó a enviar tu número de teléfono por ahí? ¿Te sorprende que la gente te llame? ¡Dios mío, qué tontería hiciste!

—¿Recuerdas cómo la madre del niño daba vueltas alrededor de nosotros el domingo? —digo—. Oyó lo que le contaba al niño en el dormitorio y ahora se está burlando de nosotros.

Pasan unos minutos y vuelve a sonar el teléfono.

—¡Hola! ¡Soy Maximilian! —declara una voz de adolescente.

—Sí, claro. —Le corto.

Inmediatamente vuelve a sonar. La tercera voz parece la de un anciano; no me atrevo a reprenderlo, solo le cuelgo.

Miro hacia el techo y levanto el puño, como si pudiera ver allí a la madre del niño encaramada.

—¡Eh, señora! ¿Perdiste la cuenta de los que metiste en esta comedia? —grito.

Mi mujer tiene una mente analítica y no se rinde fácilmente. Durante un rato tamborilea con los dedos, luego me quita el teléfono suavemente de la mano, observando cómo reacciono, y se va a la cocina. Habla durante media hora; por el tono de su voz me resulta familiar la forma en que interroga a alguien, preguntando y volviendo a preguntar, hablando a veces con calma, a veces elevando el tono.

De todos modos la conversación me parece inútil y demasiado larga, así que le grito:

—¿Y no nos enviará también unas fotos de su juventud?

Lili aparece en el marco de la puerta con el dedo índice sobre los labios.

—¡Calla un momento!

Al final, el tipo insiste en que nos reunamos con él la semana siguiente. Es ingeniero de sistemas y tiene treinta años. También es rubio, con ojos azules. Su segundo nombre también es Ayan y nació el mismo día y mes que Maximilian, lo cual sería impactante si resultara cierto. Lili está tan entusiasmada con el resultado de su investigación que me da toda la noche una serie de conferencias sobre las leyes del azar.

—No puedo lanzarme de un acantilado —le digo al final—, porque, oh my God, tengo un millón de posibilidades de adelgazar dos kilos.

Y abro una cerveza.

En la televisión anuncian que un meteorito con el peso de un niño de cuatro años había golpeado la Luna con la fuerza de treinta bombas atómicas; la explosión tuvo la luminosidad de una estrella de magnitud cuatro. Bueno, ¿y qué?

 

El primer shock lo tengo cuando nos conocemos y nos estrechamos la mano. Los hombres usan las manos para conocer el mundo del mismo modo que los perros usan el olfato. Nuestra mano es un órgano sensorial con una memoria dedicada a eso. Una memoria afectiva.

Una mano firme inspira confianza, revela una persona abierta, posiblemente sincera, mientras que una mano blanda sugiere un carácter oculto.

Hace tiempo conocí a un muchacho de Iași, joven y apuesto, pero con una cara triste; parecía insomne y temeroso. Me tendió una mano húmeda y blanda. Mantenía los dedos juntos como si intentara transferirte una rana a la palma. Más tarde oí que estaba enfermo. Hablando con él descubrí un personaje tímido y retraído, no uno arrogante como cabría pensar en el caso de quienes ofrecen una mano muerta. Espero que aún viva.

La mano de Maxim, el hombre que se presenta como Maximilian Ayan, es blanda y frágil, igual que la de un niño. Me mira a los ojos, dejándome abarcar su palma por completo, preocupado de que no sea aplastada por un apretón que ya se insinúa demasiado firme en mi rostro.

Recuerdo el apretón de manos después de liberar el globo, cuando Maxi y yo sellamos el envío del mensaje al éter. La sensación es similar y, al observar su rostro, descubro la misma cara luminosa, con ojos pequeños y húmedos y los labios alargados en una sonrisa tranquila que le da un aspecto de felicidad sin fin, de la cual puede repartir a todos sin quedarse sin nada.

El parecido es sorprendente, reforzado por el apretón de manos.

Lili le ofrece un té que él bebe mirándonos después de cada sorbo por encima de la taza. Al principio mantiene los ojos casi cerrados, luego parece evaluarnos de una manera profesional.

—Aprecio mucho que me hayan recibido en su casa. Son buenas personas, igual que Maxi.

Mientras habla, sus cejas se levantan de forma extraña sin alargarle el rostro, como si estuvieran montadas en un decorado y alguien las manejara desde atrás con un hilo.

—¡Qué cejas tan hermosas tiene! —exclama mi mujer, mirándolo con admiración—. ¡Y el cabello color del maíz!

—¿Han oído hablar de la teoría de los seis grados de separación? —pregunta—. Al participar en un proyecto de redes sociales tuve la oportunidad de probarla. Me propuse enviar un mensaje a cualquier persona desconocida del mundo usando como máximo cinco intermediarios, de los cuales solo uno es conocido mío. Hoy en día no es difícil: el mundo es pequeño, hay muchas redes sociales y los resultados no son difíciles de prever.

—El mundo está construido con clichés —añado yo.

—¡Exactamente! Se puede imaginar un juego global en el que los jugadores sean todos los habitantes del planeta. No es difícil. Vivimos en un mundo de redes sociales. Podrías descubrir muy fácilmente dónde vive una persona a la que no ves desde hace mucho tiempo. Pero ¿pueden encontrarse las personas del futuro con las del pasado? Esa sería la verdadera demostración de que la teoría de las redes humanas es válida.

Mientras habla de la longitud del camino entre dos nodos de comunicación y de los grados de separación, sostiene el teléfono en la mano y desplaza el dedo pulgar por la pantalla.

—Mira —dice mi mujer con los ojos húmedos y una expresión de veneración— qué sincero es. Vio que nosotros también somos así. Mi corazón lo reconoce, no envejeció conmigo.

—Pues sí, si mi corazón dice que sí, sí; si dice que no, no —El hombre habla con voz apagada, inclinado sobre el teléfono—. Digo exactamente lo que pienso, lo que siento, lo que me surge. Creí que ustedes también eran así, que no se burlarían de mí.

Se endereza.

—Quizá, a veces…

Sonríe.

—No lo sé.

Empieza una conversación con alguien en la pantalla en inglés. Parece un juego erótico lleno de dulzuras y tonterías infantiles, pero forzado. Más que intentar conquistarla, parece estar interpretando un papel. Introduce una serie de emoticones, luego mira sorprendido a Maxi, que también está presente.

—No debería comentar más desde el teléfono. Parece que tengo retraso. Es absurdo.

—Adelante —le digo—. No nos molesta. Habla con quien tengas que hablar.

—No… mejor me detengo. No es nada urgente. A mi exnovia le gustaba drogarse. Le gustaba drogar a su gato y le habría gustado drogarme a mí también.

—¡Genial! —exclamo.

—No sabe odiar, no sabe juzgar. Es puro amor y ama todo lo que encuentra. De vez en cuando nos comunicamos.

Lo dice con un tono suave y relajado, pero golpeando rítmicamente el suelo con los pies.

—Yo vi cómo estabas escribiendo ahí —dice Lili con afecto—. Pero ¿qué tiene de malo que te ame? Deberías alegrarte. Todas las personas quieren ser amadas. Dale una oportunidad. Intenta mirar dentro de tu alma; seguro que escondiste allí tus sentimientos. El amor no puedes perderlo.

—¡Pero no me interesa! Es a-bu-rri-do. Solo intento ayudarla. —Y mostrando los dientes remata—. ¡Eso es todo!

Mi mujer frunce el ceño. Las pupilas se le dilatan de sorpresa. Con una mueca en la comisura de los labios, respira hondo y presenta a Maxi con un tono distinto.

—¡Miren! ¡Él es nuestro héroe! ¡Él lo trajo hasta nosotros! ¡Es un verdadero superhéroe!

Maxi mantiene las manos juntas entre las rodillas. Con una sonrisa melancólica en el rostro, sentado e inclinado hacia adelante, ríe. No ríe a carcajadas. Su risa es como agua que está a punto de desbordarse, como un llanto silencioso sin sollozos, y él la mantiene encerrada allí. Por culpa de esa risa que quiere salir, tiene los ojos llenos de lágrimas.

—Ajá —dice el señor Maxim—. Entonces yo soy tú y tú eres yo. ¡Encaja perfectamente! Pero no entiendo cómo me encontraste, si llevo meses esperando encontrarte y tú lo lograste tan fácilmente.

—Lo calculé en los libros de mi abuela —dice Maxi con voz ahogada.

—Yo vi que hacía algo con mis manuales de matemáticas de la universidad, pero no entendí qué estaba haciendo.

—Mi mujer estudió informática y este pequeño nació matemático —digo—. Está entrando en su quinto año de vida académica.

—Es un superhéroe —dice Maxim—. ¡Es mi superhéroe! Él logró encontrarme mientras yo no consigo contactar con ninguno de todos los demás.

Con los ojos muy abiertos gira las manos en el aire, como si no pudiera abarcar con palabras la totalidad de esos “todos”.

—¿Has oído hablar de la teoría de los seis apretones de manos? —le pregunta.

El niño sonríe, se le ilumina el rostro.

—¿No? —dice.

—Supongamos que quiero conocerte y encontrarme contigo. Solo sé cómo te llamas y cuál es tu aspecto. Si envías la foto de una persona desconocida a través de una cadena de seis amigos o conocidos, tu mensaje llegará a esa persona. Pero si me tomo una foto y comienzo la búsqueda… ¿me encontraré a mí mismo? ¿Existen otros yo?

—¿Existen? —dice Maxi, levantando las cejas.

—Eso es. No lo sé. Tal vez sea una coincidencia. No pueden existir al mismo tiempo dos personas con edades distintas. Y si nos encontramos viniendo de universos diferentes y de tiempos distintos, ¿nos daremos cuenta? Todo ocurre en nuestra mente. Puede ser un sueño que no puedes distinguir de la realidad.

—¿Tú ahora estás soñando? —pregunta Maxi, separando las sílabas con el movimiento de la cabeza.

El señor Maxim estalla en carcajadas y agita la mano.

—Si supiera cómo hiciste el cálculo, quizá lo entendería.

—Él logró incluso más —intervengo—. Aquella noche mi teléfono no dejó de sonar. Un montón de individuos se creían Maximilian; fui víctima de un delirio mesiánico.

Entonces aparece mi mujer colocando algo sobre la mesa.

—Vamos, léelo otra vez para el señor Maxim —dice—. Te traje aquí el libro de matemáticas.

—¿Qué debo leer? —se confunde el niño.

—La historia del superhéroe, como me la leíste a mí —digo—. Vamos, puedes hacerlo, no la habrás olvidado.

Entonces el señor Maxim se sienta junto al niño, abre el libro y empieza a leer él. Recorre con el dedo las filas de caracteres, produciendo sonidos que representan los símbolos y letras impresos, pero de forma mezclada e incomprensible. Acentúa el tono, silabeando palabras y balanceando la cabeza. A veces entona, luego alza la voz y la modula.

Maxi entra en el juego y balbucea junto a él las palabras incomprensibles; sus voces se superponen, desplegándose grandiosas o arrastradas, sincronizando pausas y cadencias, una cristalina y la otra profunda, en una coreografía compleja.

Luego los dos recitan juntos.

—Todos: diez, treinta, setenta.

Con los ojos muy abiertos giran las manos en el aire y se detienen.

—En cambio no le gustan los poemas infantiles ni los cuentos —digo—. Pero sabe contar, sumar y restar. Hace cálculos bastante complicados. ¡Pero leer no sabe!

—Qué extraño se ha vuelto todo —dice Lili—. Vamos, hazles una foto.

La segunda revelación me llega cuando los dos se acercan para entrar en el encuadre. Maxi con su chándal y sus calcetines azules con rojo; el señor Maxim con vaqueros y camiseta de manga corta.

Mi mujer me toma la mano.

—¡Qué bien se ven juntos! ¡Y qué bonito han leído!

—¿Cómo sabes lo que dijeron? —le pregunto—. No entendiste nada.

—Me gusta cómo suena.

Cuando me dispongo a accionar el disparador de la cámara, veo en el encuadre el estampado de la camiseta y corro a la caja donde guardo todo tipo de “locuras” producidas por el pequeño.

El dibujo que Maxi garabateó aquel domingo y que yo conservo como recuerdo es idéntico al diseño de la camiseta del visitante.

—Es una canción —dice el señor Maxim, intrigado por mi reacción—. Él canta las ecuaciones matemáticas. No necesita entenderlas; siente su música. Es algo instintivo, igual que el arte se manifiesta instintivamente en algunos niños sin que conozcan las teorías que lo explican.

Le muestro el dibujo y parece no reconocer la similitud.

—¡Sorprendente! ¿Hizo esto mientras leía? ¡Lo dibujó en colores! Es un espectáculo de música y magia.

Me doy cuenta de que no reconoce el dibujo. Repite demasiado ciertas frases y, al mirarlo con más atención, puedo percibirlo tanto a los diez años como a los setenta. Habla como suelo hablar conmigo mismo: doy vueltas alrededor de un tema y luego la imaginación intenta complacerme inventando historias por las que me dejo dominar. Un artefacto del estado de semiconsciencia.

Podría imaginar una impresora 3D que lo construye con materiales biodegradables, incluso comestibles. ¿Por qué querrías soñar personajes hechos de materiales resistentes? Podría incluso comérmelo, amistosamente, como a una naranja, para despertarme tranquilo.

Podría imaginar cualquier cosa, pero lo importante sería otra cosa.

—Mira —digo—: en algún lugar del subconsciente siento que estoy entre el sueño y la realidad. No te preguntaré nada ni te pediré nada. Y no diré más palabras que las necesarias hasta quedarme sin aire en el pecho; luego puedes desaparecer. —Abrazo a Maxi y le acaricio el cabello. Un cordón púrpura arde en el borde de sus párpados, rodeando los ojos inundados de lágrimas. Pero no de llanto—. No me interesa quién eres. ¡Los niños son los verdaderos héroes! Los encontramos cada día aprendiendo a vivir en este mundo en el que nacieron y que consideramos nuestro, de los adultos. Los obligamos a aprender nuestra lengua, nuestras costumbres y a copiar nuestros defectos. Puedes ser él u otro. Puedes venir de otro tiempo o de otro universo. No espero una historia llena de éxito ni una anodina, sin resonancia. Solo una normal, sobre esa parte de la humanidad que no puedes destruir, que con cada nuevo nacimiento vuelve a encender la esperanza de que serán mejores que nosotros.

 

Me despierto y su mano frágil está suavemente aferrada a la mía. Hace calor. Es pleno verano. Unos mechones húmedos se le han pegado a la frente y, mientras los aparto con la punta de los dedos, se relaja lentamente, luego me echa una pierna encima y hunde la mejilla en el hueco de mi cuello. ¿Qué hora será? ¿Cuánto habré dormido? ¿Habrá logrado el globo llegar a algún lugar? ¿Alguien me llamará?

Traian Urdea nació en 1963. Reside en Timișoara, Rumania. Es Licenciado en Tecnología de la Construcción de Maquinaria y Finanzas Bancarias. Miembro del círculo H.G. Wells Timișoara desde 1982. Escritor de literatura fantástica y de ciencia ficción. Debutó en la revista Paradox n.º 9/1983 con el relato «Nivelul Alb». A lo largo de los años, ha publicado numerosos relatos en las revistas especializadas Paradox y Helion. El relato «Incursiune în cotidian» se publicó en el número 12/1987 de la revista Paradox y fue premiado en la Eurocon 1987 de Montpellier.

LOS PELIGROS DE BONAPARTE