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viernes, 17 de abril de 2026

LA SOCIEDAD DE LA ARENA ETERNA

Rik De Lavaletta

 

La arena yacía bañada en el intenso resplandor de las antorchas. La arena era áspera, polvorienta y seca. Las gradas estaban llenas de espectadores con túnicas y togas, todos con los rostros ocultos tras máscaras de antiguos emperadores romanos. Algunos sostenían uvas, otros aplaudían con entusiasmo mientras esclavos transportaban bandejas con vino y trozos de carne. Las risas, el bullicio, el olor a fuego y a frutas dulces… Esto no era un set de filmación. Esto no era un espectáculo. Era un juego espectacular, una recreación de la antigua Roma en todo su esplendor.

Daan se encontraba junto a los demás, frente a la gran puerta de madera. Era un hombre solo, soltero, recientemente despedido. Durante mucho tiempo, su vida había sido una rutina, una sucesión de noches solitarias y días sin rumbo. Cuando recibió la misteriosa invitación para esta exclusiva recreación romana, no dudó ni un instante. Quería escapar de la monotonía, vivir una aventura, pertenecer a algo por una vez. El folleto, la invitación… sería el espectáculo del año. Por fin ocurriría algo en su insípida existencia.

La tensión era intensa. La puerta se abrió de golpe. Daan dio un paso al frente. Sus sandalias rasparon el polvo del suelo. Sintió las miradas penetrantes del público, sus máscaras inexpresivas, sus ojos brillantes de expectación. Nervioso, aferró la espada de plástico, casi real, que colgaba a su lado. Se sentía ligera. Por fin desempeñaba un papel protagónico. No en la vida real, pero esto era casi igual de bueno. Sintió cómo la adrenalina recorría su cuerpo. Su vida gris era interrumpida por un juego fantástico.

Detrás de él oyó de pronto un sollozo ahogado. Se volvió. Un hombre, una mujer y un niño, todos con túnicas como la suya. Pero sus rostros estaban pálidos, sus cuerpos temblaban. ¿No eran actores? Su corazón comenzó a latir con más fuerza.

Un cuerno resonó en la arena. Estalló el júbilo.

¡Morituri te salutant!

Daan tragó saliva. Los que van a morir te saludan. ¿Morir?

Una segunda puerta se abrió con un crujido. Primero hubo silencio. Luego, el sonido de metal arrastrándose sobre piedra. Un gruñido profundo y tembloroso. Los espectadores se inclinaron hacia adelante. Sus máscaras brillaban a la luz de las antorchas.

La bestia salió. Un león. Su pelaje relucía bajo el fuego, sus músculos ondulaban bajo la piel. Sus ojos estaban fijos en ellos, penetrantes, su cola se agitaba de un lado a otro con amenaza. Abrió y cerró la boca, un hilo espeso de saliva goteó sobre la arena.

Daan sintió cómo sus músculos se tensaban. La espada de plástico en su mano era inútil.

El niño fue el primero en correr. Todo ocurrió en un instante. El león se movió más rápido de lo que Daan habría creído posible. Un salto, una garra que se hundía en la espalda del niño, el grito desgarrador que resonó por toda la arena.

El público rugió de placer.

El niño cayó al suelo, pateando, arañando. Pero era inútil. El león le abrió el pecho como si nada. Daan quiso apartar la mirada. Pero no pudo. La sangre salpicó la arena. El niño se movió aún un momento, sus dedos arañaron débilmente la tierra, como si todavía intentara huir. Entonces su garganta fue perforada.

El público estaba fuera de sí.

Cada persona en el público había pagado doce mil quinientos euros para presenciar aquello. Quince mil espectadores, todos enloquecidos por la excitación. Algunos habían ahorrado durante meses, otros eran tan ricos que habrían pagado diez veces más por verlo. Todos iban cubiertos con máscaras; ninguna expresión facial era visible, ninguna emoción afloraba, salvo el brillo en sus ojos.

Las máscaras eran imponentes. Ocultaban el alma de quien eras. Solo importaba lo que contemplabas. Era un momento de poder puro y caos absoluto. Ningún rostro era visible, ninguna identidad se mostraba. Solo se veían los deseos del instinto animal indomable: el deseo de entretenimiento, de muerte, de sangre.

Los espectadores se pusieron de pie, sus manos aplaudían rápida y ruidosamente, la arena vibraba con el sonido. Algunos rostros, ocultos tras las máscaras, seguramente sonreían. Otros no gastaban su dinero por un simple juego; para ellos no era entretenimiento, sino un ritual, una manifestación de algo más profundo, de un ansia de poder que no podían ejercer en su vida cotidiana.

Daan respiraba con dificultad. Pensó en escapar. Pero ¿hacia dónde?

Entonces surgió la idea. Un pensamiento terrible, repugnante. Si el león se saciaba… si tenía suficiente… Su mirada se deslizó hacia la mujer a su lado. Era joven, su rostro deformado por el pánico. Su respiración era rápida, entrecortada. Si la empujaba al suelo…

Durante una fracción de segundo, aquello cruzó por su mente. Sintió cómo le subía la náusea. Dios, ¿qué estaba pensando? Una oleada de repulsión lo invadió. Era horrible. Pero… pero si no lo hacía, si no hacía nada… Apretó los puños. No. No podía. No podía…

Un nuevo gruñido llenó la arena. Daan se quedó rígido. Por la puerta abierta salieron otros tres leones. Jadeó.

El público gritaba, fuera de sí. Se levantaban, aplaudían, sus cuerpos se movían con excitación.

Y entonces, desde lo alto, se hizo el silencio.

Daan alzó la vista hacia los asientos elevados de la tribuna. Allí, bajo las antorchas, estaba el emperador, envuelto en un atuendo majestuoso. Su máscara era la más ricamente cubierta de oro, sus ojos inmóviles. Su mano se alzó y, en un gesto lento, bajó el pulgar.

El símbolo de la condena, la señal de que el festín de la muerte alcanzaba su punto culminante.

El público vitoreó aún más fuerte, como bestias que miraban a su amo a los ojos.

Daan sintió que sus piernas flaqueaban, que la respiración se le detenía. El emperador había hablado. Iba a morir. Igual que el niño. Igual que los demás. Y nadie lo echaría jamás de menos…

Rik de Lavaletta es un escritor neerlandés que vive y trabaja en Tailandia. Escribe principalmente ficción con un estilo crudo y directo, con un fuerte énfasis en la atmósfera y las relaciones humanas. Su obra se sitúa a menudo en la frontera entre la realidad y la imaginación, explorando temas actuales y tensiones existenciales.

 

TERCERA EXPEDICIÓN A ILIROS IV