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viernes, 18 de septiembre de 2026

KARLSSON

Anatoly Belilovsky

 

—¿Dónde está Charlie? —pregunté.

Lynne no levantó la vista de su computadora portátil.

—Creo que está viendo sus estúpidos dibujos animados —dijo.

—Me voy a trabajar —dije—. Turno de noche.

—Adiós —respondió.

Antes solía decir: «Ten cuidado».

 

—Karlsson —dije—. ¿Es el nombre o el apellido?

La luz interior del patrullero se encendía y apagaba sobre su rostro sonriente: rojo, azul, amarillo. Tenía los ojos muy abiertos. Llevaba un mono de trabajo. Sin sombrero.

—Solo Karlsson —dijo el hombre—. Karlsson que vive en el tejado.

De la espalda del mono le colgaba una hélice y llevaba cosido en el frente un gran botón rojo. El botón parecía no pertenecer allí. Daba la impresión de que lo hubiera cosido él mismo.

El botón y también la hélice.

—Eso no es lo que dice su esposa —dije—. Ella afirma que se llama Arthur Quinn.

—No tengo esposa —dijo el hombre—. Vivo en el tejado. Las esposas no viven en los tejados. Si supieran lo maravillosos que son, también vivirían allí. Pero entonces dejarían de ser esposas.

—Usted ya no vive aquí en absoluto —dije—. Ni en el tejado ni debajo. Su esposa tiene una orden de restricción contra usted.

El hombre se encogió de hombros. La hélice sujeta a la espalda del mono subió y bajó; una pala sobresalió por encima de su cabeza y las otras dos se balancearon detrás de los codos.

—Tengo un amigo en la casa —dijo—, y me necesita. Soy su mejor mejor amigo del mundo.

—Y —continué— ella ha formulado ciertas acusaciones...

Su sonrisa desapareció durante un instante y luego regresó.

—Esa es Frekken Bock. No debería creer nada de lo que dice. ¿Sabe lo que dijo una vez?

—¿Qué? —pregunté.

—Dijo... —El hombre hizo una pausa y movió las cejas.

—¿Sí? —dije.

—Dijo que amaba a los niños —susurró.

Tenía los ojos muy abiertos. Los reflejos de la luz interior daban vueltas alrededor de sus pupilas.

—Tendrá que venir conmigo —dije—. A la comisaría.

El hombre asintió.

—¿Podemos ir con luces y sirenas? ¡Sería lo más divertido del mundo! Y esposas... ¿puedo llevar esposas?

Tenía que llevar esposas. Eran las reglas.

—Sí —dije—. Puede llevar esposas.

 

—¿Tú también? —dijo la sargento Smith.

—¿Quiere decir que hay más de uno? —pregunté.

Su risita sonó un poco forzada.

—Estos malditos Karlsson están por todas partes —dijo—. Malditos lunáticos. El tribunal de familia está desbordado.

—¿De dónde salieron todos? —pregunté.

—Búscalo en Google —dijo—. Karl con K, doble S, O, N. Mira en «videos».

Colgó.

Sabía que tenía en su oficina un viejo teléfono de disco. La campanilla de acero seguía sonando después de que ella dejaba caer el auricular en la horquilla. Claro que uno no podía oírla cuando era ella quien le colgaba. Pero verla colgarle a otra persona... eso sí que era algo.

Alguien había hecho un trabajo endemoniadamente bueno doblando al inglés una caricatura rusa de cincuenta años atrás basada en un libro infantil sueco. Karlsson, un tipo amable, gordo y jovial, vive, tal como se anuncia, en un tejado; es el mejor –y único– amigo de Pequeño, su único protector frente a la malvada ama de llaves Frekken Bock. Entra volando por la ventana gracias a una pequeña hélice que lleva en la espalda y que enciende mediante un botón rojo cosido en la parte delantera del mono.

Ah, y funciona con mermelada de frambuesa.

Lo cual, por una curiosa coincidencia, era exactamente el aspecto que tendría uno de mis Karlsson si intentara volar desde el tejado de cualquier cosa más alta que un gallinero.

 

El siguiente Karlsson era corpulento, igual que el de la caricatura.

También era negro.

—Me gusta este juego —dijo—. Es como si estuviera en la cárcel y Frekken Bock me torturara, pero yo soy el mejor, más valiente, más fuerte y moderadamente bien alimentado héroe del mundo, y voy a ganar.

Sonaba exactamente igual que el actor de doblaje que hacía la voz de Karlsson en la caricatura.

Su hélice se había roto cuando cayó del tejado. Por suerte, su esposa y su hija vivían en una casa de una sola planta rodeada por un cantero de flores.

—¡Haz que pague las flores! —gritó una voz desde la casa.

—¿Podemos ir con luces intermitentes y sirenas? —preguntó el Karlsson negro.

—¿Y esposas también? —pregunté.

Se le iluminaron los ojos.

—¿Podemos hacer eso?

—Podemos hacerlo —dije.

 

El miércoles llevé a Charlie a su pediatra. La doctora Li solía tener mucha gente en el consultorio. Esta vez estaban todos afuera. La doctora Li también. Estaba en el tejado. Llevaba un mono con una hélice cosida a la espalda. Y sostenía entre las rodillas un frasco abierto de mermelada de frambuesa. Y una cuchara grande en la mano.

—¡Eh, papá! —gritó Charlie—. ¡Ahora la doctora Li es una Karlsson!

—Esto es despreciable —dijo una mujer cerca de nosotros, aferrando a una niña pequeña—. ¡Necesitamos una pediatra, no una payasa!

—Me gusta más así —dijo la niña—. Mira: tiene una mano en la chimenea y con la otra sostiene la cuchara. ¡Ahora no podrá ponerme una inyección!

—¡Tonterías! —dijo la mujer—. Tenía todas estas preguntas importantes...

—Querías pedirle que me dijera que los dulces son malos para mí —dijo la niña—. Y los dibujos animados. —De pronto sonrió ampliamente—. ¡Hola, doctora Karlsson-del-tejado! —gritó.

—¡Hola, Daisy! —gritó la doctora Li desde el tejado.

—¡Es la mejor doctora!

—¡Claro que sí! —respondió la doctora Li—. ¡Soy la mejor mejor doctora del mundo!

—¡Realmente necesito su ayuda, doctora Li! —le grité.

—¿Sí? —dijo—. ¿Qué necesita?

—¡Necesito que complete unos formularios! —dije—. ¡Para la escuela!

—Frekken Bock puede hacer eso —dijo la doctora Li—. Está adentro. Está afilando sus agujas. Y sus dientes.

—¿Y el asesoramiento? —dijo la mujer descontenta—. ¡Necesitamos asesoramiento! ¡Y orientación preventiva!

La doctora Li se volvió hacia Charlie.

—Charlie —dijo—, ¿cuánto tardarías en pensar todas y cada una de las estupideces que nunca deberías hacer en toda tu vida?

—No sé —dijo Charlie—. ¿Vivir en el tejado es una de ellas? ¿Y comer mermelada con cuchara?

—Sí —dijo la doctora Li—. ¡Vas muy bien! Díselo todo a Daisy, absolutamente todo, y aconséjale que nunca, nunca, nunca haga ninguna de esas cosas.

—¿Qué clase de asesoramiento es ese? —murmuró la mujer.

La doctora Li la oyó.

—¡El mejor mejor del mundo! —dijo, sonriendo alrededor de una cucharada de mermelada de frambuesa.

—¿Doctora Karlsson? —dijo Charlie—. ¿Y si de verdad necesito ayuda?

La doctora Li cambió de posición y dejó colgar los pies desde el borde del tejado.

—¿Ves este timbre? —dijo.

Charlie asintió.

—Si lo haces sonar una vez —dijo— significa: «No vengas en ninguna circunstancia». ¿Entendido? —Charlie volvió a asentir—. Si lo haces sonar dos veces significa: «Ven inmediatamente», y volaré a rescatarte enseguida. Y si lo haces sonar tres veces...

—¿Sí? —dijo Charlie.

—Si lo haces sonar tres veces significa: «¡Estoy tan feliz de tener al mejor mejor amigo del mundo, Karlsson que vive en el tejado!» —dijo la doctora Li.

Y Charlie corrió a tocar el timbre tres veces, pero primero tuvo que ponerse en fila.

Todos los niños querían hacerlo.

 

—Ridículo —dijo Lynne—. Tenía algunas preocupaciones serias sobre el comportamiento de Charlie que quería hablar con la doctora Li, y ahora no puedo.

Tenía el rostro clavado en la computadora portátil.

—¿Sabes lo que me dijo? Dijo que deseaba que uno de nosotros se convirtiera en Karlsson.

—Tal vez sea eso lo que necesita —dije.

—Adelante, conviértete en Karlsson —dijo—. Hagas lo que hagas, no puedes ser más inútil de lo que ya eres.

—¿Me llamaste aquí para arrestarme? —pregunté.

La sargento Smith negó con la cabeza.

—No. Solo para entregarte una orden de restricción.

—¿Qué alega Lynne? —pregunté.

—No gran cosa —dijo—. Mala influencia.

—Supongo que todavía conservo el trabajo —dije—. ¿También vas a entregarme la demanda de manutención infantil, sargento?

—No es mi trabajo —dijo—. Emily.

—¿Emily quién? —pregunté.

—Yo soy Emily —dijo—. Para mis amigos.

—¿Tus mejores mejores amigos del mundo? —dije.

No sonó bien. No como lo decían los Karlsson. Emily esbozó una media sonrisa: una mitad de la boca se elevó, los dos ojos entornados.

—¿Por qué no te conviertes tú mismo en Karlsson? —dijo—. A Charlie le gustaría.

—¿Por qué no lo haces tú? —pregunté.

—No tengo un tejado —dijo— del que me apetezca caerme.

Entonces empezó a llover, las gotas abriendo caminos por los cristales exteriores cubiertos de polvo; su golpeteo llenaba el silencio como la conversación de otra persona. No era una gran razón para permanecer callados, pero por mutuo acuerdo sirvió como una excusa bastante aceptable.

Me volví hacia el teléfono de Emily.

—Será mejor que llame a Charlie —dije, extendiendo la mano hacia el auricular.

Su mano cayó sobre la mía.

—No te molestes —dijo.

Tenía el rostro muy cerca, los ojos abiertos, pero no abiertos como los ojos de un Karlsson. Miraba más allá de mí, hacia la ventana.

—Mira —susurró.

Me volví, y solo si levantaba el brazo y lo pasaba por encima de los hombros de Emily podía girar lo suficiente para ver hacia donde ella miraba.

Y allí estaba.

Con la hélice girando y dispersando la lluvia, los ojos muy abiertos, una enorme sonrisa, vestido con un mono, flotando justo al otro lado de la ventana de Emily: Charlie. Mi Charlie. Mi Charlie Karlsson.

—Cómo... —susurré.

—Cállate —dijo Emily—. No digas nada.

La mano de Emily, que había impedido que levantara el teléfono, subió por la mía, acarició mi pecho y sostuvo mi rostro.

—Dos timbrazos significan «ven tan rápido como puedas» —dijo—. Abramos la ventana...

—No —dije.

Y levanté el antiguo auricular. Lo golpeé contra la horquilla; la campanilla sonó fuerte y clara cada vez: Una. Dos. Tres veces.

«¡Estoy tan feliz de tener al mejor mejor amigo del mundo, Karlsson que vive en el tejado!»

Y bajo la lluvia, como cientos de pequeños helicópteros, un enjambre de Karlsson se elevó desde los tejados y comenzó a girar alrededor de Charlie, bailando entre las gotas, lanzándose hacia las nubes, zumbando junto a vehículos y edificios, mientras desde la ciudad envuelta en el crepúsculo repicaban campanas de iglesias, timbres, campanillas de viento e incluso bocinas de automóviles: demasiadas para contarlas, pero, si uno prestaba atención, siempre de tres en tres, solo de tres en tres, siempre y únicamente de tres en tres.

Y Emily y yo, abrazados, con los pies apoyados en el suelo, encontramos algo casi tan bueno como volar. Algo que cualquiera puede hacer. Cualquiera. Prueba besar. Prueba reír. Ahora intenta hacer ambas cosas al mismo tiempo.

Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

 

 

 

martes, 25 de agosto de 2026

EL ÚLTIMO HOMBRE EN PIE

Anatoly Belilovsky

 

Mamá murió hoy, o tal vez fue ayer; yo no estaba allí para darme cuenta. Le llevé un frasco de aguardiente casero para el desayuno, como siempre, y su cama estaba vacía. Era imposible que se hubiera marchado caminando si todavía era mamá, después de cómo la habían destrozado en el ataque de los zombis, así que debía de haber muerto y haberse ido a reunir con ellos.

Podría haber sido peor. Yo podría haber sido su desayuno. O sus provisiones de medianoche. Dependiendo de cuándo hubiera muerto.

Qué expresión tan graciosa, provisiones de medianoche. Papá me contó una vez que en la jerga de la Marina se refería a las raciones de la guardia nocturna, refrescos y sándwiches en mitad de la noche, pero yo siempre imaginaba a los marineros royendo ratas ensartadas en pinchos. Servía para echarse unas risas cuando no había muchas otras cosas de las que reírse. No con mamá convirtiendo la pensión de papá en activos líquidos: un aguardiente tan fuerte que bastaba olerlo para dejarte sentado de culo.

Ni con los de Protección de Menores intentando llevarme. Yo no habría podido impedir que se llevaran a mamá si hubieran querido; pero a mí no iba a llevarme nadie. No de mi casa. Si me hubieran sacado de mi dormitorio, de la cocina de mamá, del garaje de papá, de los frijoles y las papas que crecían casi silvestres y las gallinas que correteaban por ahí, de los troncos de liquidámbar de la pila de leña y del bosque de atrás, de los hongos de sombrero viscoso que asomaban entre las hojas muertas y las bolitas que pican en otoño, y de Blackjack y Bear, dos perros amarillos demasiado viejos para cazar y demasiado inteligentes para ladrar... ¿quién sería yo sin todo eso?

Y entonces llegaron los zombis.

No sé de dónde vinieron; mucha gente dice saberlo, y todos cuentan cosas diferentes. Solo sé que prometían la inmortalidad, y yo le dije a mamá que sería estupendo, que papá todavía estaría vivo y que ella nunca moriría, y ella apartó la mirada, se bebió de un trago lo que quedaba de aguardiente en el frasco y se fue tambaleándose a dormir. Yo me quedé despierto, mirando la luna y escuchando a las zarigüeyas revolver el montón de chatarra, y poco después volví a ver a papá. Me había quedado dormido sobre un montón de heno y, en el sueño, corrí hacia él para decirle que pronto regresaría a casa, pero él se limitó a negar con la cabeza, suspiró y dijo:

—Hijo, no creo que la inmortalidad sea retroactiva.

Y desperté con el canto del gallo y el cielo del otro lado del camino empezando apenas a teñirse de rosa, aunque encima de mí seguía negro y lleno de estrellas.

Nunca volví a hablar de la inmortalidad hasta que empezaron a aparecer los zombis.

Son inmortales, esos zombis, y transmiten la infección que te vuelve inmortal... o casi, salvo que recibas un disparo de escopeta en la cabeza o te quemen hasta reducirte a cenizas. Todos parecen jóvenes y hermosos; eso, y que no sienten dolor ni frío, ha hecho que dejen que la ropa se les caiga a pedazos. Los que todavía llevan jirones pegados al cuerpo parecen más desnudos que los que no llevan nada, lo cual, pensándolo bien, supone una tentación mayor que la inmortalidad, y probablemente yo nunca les habría dicho que «no» si ellos aceptaran un «no» como respuesta.

Pero no lo hacen.

Se acercan con una enorme sonrisa y hacen todo lo posible por morderte.

Igual que la gente de Protección de Menores, salvo por lo de morder y por lo de andar sin ropa, pero la sonrisa es la misma, y también eso de no preguntarte si quieres hacer lo que ellos han venido a obligarte a hacer, y la parte en que te dicen que es por tu propio bien.

Llegaron anoche, y mamá me miró a mí, luego los miró a ellos, dio un trago de aguardiente y dijo:

—¡Corre, muchacho!

Y se lanzó contra ellos con una azada que recogió del suelo, donde estaba desde la vez que la había blandido contra la gente de Protección de Menores, y yo corrí hacia el bosque, que todavía conocía mejor que nadie, mientras Blackjack y Bear salían disparados, ladrando, casi en la dirección contraria. Esos sí que son dos perros amarillos muy listos. Volví y encontré a mamá toda mordida y magullada, con fiebre, y la acosté. Guardé un frasco de licor casero por si seguía aquí por la mañana, como mamá, quiero decir, y no como una criatura que camina cuando mamá no está. Vertí el resto del licor en el suelo para cubrir los charcos de la sangre de los zombis, porque eso también es contagioso, supongo, y no quiero pisarlo, levantándome a la medianoche, y convertirme en zombi por accidente.

No hay tumbas que visitar: papá, perdido en el mar; mamá, encontró la vida eterna. Los predicadores hacían que eso sonara muy bien, cuando todavía había iglesias. Mamá nunca regresó; ninguno regresa. Ninguno intenta morder a los suyos. Supongo que no necesitas alcanzar la inmortalidad a través de tus descendientes cuando puedes conseguirla simplemente no muriendo. ¿Por qué se pasan la eternidad vagando sin rumbo? Supongo que deberían haberles preguntado eso a los extraterrestres antes de subirse al Expreso de la No Muerte.

Los perros regresaron, tal como yo sabía que harían. No me molestaría que ellos vivieran para siempre, pero la infección no funciona así. Yo seguiré aquí mientras pueda, y cuando llegue el momento, me iré. Me pregunto si podré ir al cielo.

El cielo es donde mamá recoge los huevos de debajo de las gallinas y los fríe con cebollas, tocino y tomates, y los pies de papá sobresalen de debajo del viejo Chevy oxidado cuando está de permiso, y Blackjack y Bear pasan volando junto a ti como dos rayas amarillas, entre ladridos y jadeos. El cielo es donde está mi familia. No quiero ir al infierno. El infierno son los otros.

Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

 

 

jueves, 2 de julio de 2026

COMO UNO SOLO

Anatoly Belilovsky

 

Ella permanece de pie sobre el estrado, temblando. El viento de noviembre le quema el rostro, enviando dedos helados que se deslizan por sus mangas, bajan por el cuello y se cuelan bajo la falda. La piel se le eriza con ese contacto y, sin pensar, vuelve la vista hacia el lugar donde vio por última vez a su marido. No está lejos, conversando con Trotski; por encima del hombro de su esposo, los ojos de Trotski se encuentran con los suyos, y aquella mirada reptiliana congela incluso sus escalofríos.

Un largo y gélido segundo después, una banda comienza a tocar a lo lejos.

La Internacional, por supuesto.

Todos vuelven la vista hacia la plaza.

—Sonríe —le susurra el marido al oído.

Ella hace lo que puede: piensa en los veranos en el campo, en cachorros, conejos y cabritos, en el rostro hundido en su tibio pelaje, y siente que sus facciones se relajan.

—Así está mejor —murmura él.

Ella asiente y aparta de su mente otros recuerdos de calor.

La cabeza del desfile se aproxima: soldados con capotes y gorros de piel, los sables desenvainados y en alto; las botas golpean el suelo con un sonido semejante al de una porra quebrando costillas. Un oficial montado los encabeza; su caballo avanza de costado mientras él saluda al estrado.

Por el rabillo del ojo ve a su marido, sin sombrero, devolver el saludo. Su sonrisa se ensancha al recordar una frase del entrenamiento militar:

No saluden, había dicho el sargento instructor, si tienen la cabeza vacía.

Y aquella frase, como una locomotora, arrastra recuerdos que habían permanecido durante mucho tiempo en una vía muerta: la amistad que había desterrado todo miedo del mundo; la camaradería que reducía a la nada la amenaza de las balas y los obuses; el amor que era capaz de dar calor incluso al barro de las trincheras, incluso al invierno báltico. El orgullo de haber sido elegida –de haber merecido confianza– para custodiar al recién nacido Gobierno Provisional de una república recién nacida.

De celebrar hoy, 7 de noviembre según el nuevo calendario, su fracaso, aquel día de octubre del calendario juliano, en cumplir con su deber.

Los soldados envainan los sables; el oficial hace galopar su caballo hacia la estación de tren. Trotski sonríe. Su marido se inclina hacia ella.

—Ya no es un secreto, así que puedo decírtelo —murmura—. Polonia ha concedido el derecho de paso. Estos hombres estarán en Brest-Litovsk al amanecer; dos días después llegarán a la frontera alemana. En Weimar, probablemente dentro de una semana.

El siguiente grupo entra en la plaza desde donde se contempla el desfile: mujeres vestidas con descoloridas faldas, blusas y pañuelos azules de obreras. Deben tener frío: sostienen con las manos desnudas pancartas que proclaman: «¡Viva la Revolución Permanente!» y «¡Gloria al Octubre Rojo!».

La música cambia. Ahora resuena la famosa canción:

«Marchamos con valentía hacia la batalla,

para morir como uno solo por el poder de los sóviets.»

Ella contiene el aliento cuando un rostro en particular se aproxima.

¿Es real, o es su memoria pintando sobre el palimpsesto de la realidad?

Ese rostro pertenece a otro lugar, a otro tiempo, mucho más cercano; ligeramente inclinado, con los ojos desenfocados buscando los suyos, los labios rozando sus labios.

Katya.

Más recuerdos emergen, como los eslabones de una cadena de ancla que ascienden lentamente por el cabrestante desde unas aguas profundas, frías y turbias: el día en que se enfrentaron a un ejército de desertores frente al Palacio de Invierno y se rindieron. La huida de los escuadrones rojos de la muerte; las descargas de fusilería en la distancia, demasiado regulares para provenir de una batalla; olvidar su propio nombre y adoptar el de una muchacha nacida el mismo día que ella y enterrada poco después, tomado de una lápida; huir sola, dejando atrás a Katya.

Recordarse mirando, con hambre, a un hombre que mordía una hogaza de pan. Ser invitada a compartirla. Y quedarse.

El presente vuelve para imponerse.

Los ojos de la mujer –¿los de Katya?– siguen fijos al frente; no hay cambio alguno en su expresión, en su postura ni en el ritmo de sus pasos. Rechaza siquiera la idea de preguntar por ella: las órdenes de ejecución contra todas las veteranas supervivientes del Primer Batallón Femenino de Choque de Petrogrado siguen vigentes. Fueron promulgadas, junto con recompensas para quienes las denunciaran, apenas una semana después de la llegada de Trotski al poder.

Una chispa helada le atraviesa la mejilla.

Se enjuga una lágrima; esta se congela y se convierte en un diamante sobre su guante.

Su marido le da unas palmaditas en el hombro.

—Excelente —susurra.

El desfile se prolonga hasta el anochecer. Siguen pasando obreros y campesinos traídos de las aldeas cercanas.

Ya es la oscura noche de noviembre cuando la limusina oficial del Partido se detiene frente a su casa. El chófer hace sonar la bocina; el sirviente abre la puerta.

Entran en un calor que continúa siendo demasiado frío.

—¿Querida? —dice su marido—. El camarada Trotski quedó muy impresionado contigo hoy. Dijo que, de entre todos los presentes, tu alegría por esta celebración trascendental era la más auténtica y palpable.

—¿Se dio cuenta? —pregunta ella, levantando la cabeza.

—El camarada Trotski lo ve todo —responde él.

Y le seca la mejilla.

Un instante después, se seca la suya.


Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

 

 

lunes, 18 de mayo de 2026

DURAK

Anatoly Belilovsky

 

—Es peligroso, este hielo —dijo el ruso.

La gran masa congelada se acercaba lentamente, mientras el camarero luchaba por empujar el carrito a través del umbral de la sala de cartas.

—Estoy de acuerdo —dijo el neoyorquino.

Barajó un mazo de cartas con bastante desgano.

—Parece que está a punto de provocarle una hernia a nuestro camarero.

—Yo solo quería suficiente para poner en mi brandy —dijo el texano—. ¿Por qué trajo el bloque entero?

—La White Star Line se enorgullece mucho de su servicio —dijo el camarero.

—En el Titanic no hacen nada en pequeño —dijo el neoyorquino—. Al menos no en primera clase.

El camarero descargó el picahielo con un golpe experto. Fragmentos de hielo cayeron brillando sobre el plato. El camarero los dejó caer dentro del vaso del texano.

—El peligro ahora mismo —dijo el inglés— es que entre un francés. Estaría perfectamente en su derecho de dispararle por este sacrilegio. Hielo en el armagnac…

—Es solo brandy —dijo el texano—. Usted no es francés, ¿verdad, muchacho?

—No, señor —respondió el camarero.

—Tiene un acento raro —dijo el texano—. ¿De dónde es?

—De Transilvania, señor —dijo el camarero.

—Anginas —dijo el ruso—. El frío puede enfermar la garganta y uno muere de anginas. Eso pasó con su George Washington. Murió de anginas.

El ruso hizo una pausa.

—En diciembre. Cuando hace frío.

—Murió por las sangrías —dijo el neoyorquino.

—¿En América usan sangrías? —preguntó el ruso—. En Rusia usamos sanguijuelas. Nadie muere por sanguijuelas. ¿Qué usan en Inglaterra?

—Transilvanos —dijo el inglés.

—¿Qué? —preguntó el ruso.

—¿Desean algo más? —preguntó el camarero.

—No —dijo el ruso—. ¿Transilvanos como sanguijuelas?

—Vampiros —dijo el inglés.

—Ah —dijo el ruso—. Del libro del señor Stoker. Es divertido.

—¿Leyó Drácula? —preguntó el neoyorquino.

—Leo todos los libros ingleses —dijo el ruso—. Sherlock Houses. Capitanes valientes. Máquina de los tiempos.

—¡H. G. Wells! —exclamó el inglés—. ¡Le gusta Wells!

—Leo a Wells —dijo el ruso—. No me gusta Wells.

—Yo tampoco soporto a Wells. Maldito socialista —dijo el texano.

—A mí me gustó bastante La guerra de los mundos —dijo el neoyorquino—. Al final, cuando los invasores mueren de influenza…

—¿Desean que traiga más hielo? —preguntó el camarero.

—Tenemos de sobra —dijo el texano—. Lo que escribió Wells… son puras tonterías. Eso no puede pasar.

—¿Por qué no? —preguntó el inglés.

—Primero que nada, allá en el rancho, si tiene vacas enfermas, las mantiene alejadas de las sanas, pero los pavos y las gallinas estarán perfectamente. La idea de que los marcianos agarren peste bovina cuando las cabras no la agarran… bueno, eso es ridículo.

—Es cierto —dijo el neoyorquino.

—Y en segundo lugar —dijo el texano—, no hay nada en Marte. Si hubiera algo allí, habrían dejado algo visible. Estoy seguro de que el señor Lowell habría visto ciudades, no solo canales, si existieran marcianos como los del libro.

—Ahora no hay nada alrededor del Caspio —dijo el ruso—. Y todos venimos de allí.

—¿Más armagnac, quizás? —sugirió el camarero.

—Tenemos suficiente armagnac —dijo el neoyorquino—. ¿Qué es eso del Caspio?

—Eso es un mar, ¿verdad? —preguntó el texano.

—Creo que se refiere a la hipótesis póntica sobre la urheimat indoeuropea —dijo el inglés.

—¿Le importaría hablar en inglés? —dijo el texano.

—¿Podría traerles un nuevo mazo de cartas? —preguntó el camarero—. No han terminado su partida de bridge.

—Estoy harto del bridge —dijo el neoyorquino—. Me aburro hasta la muerte. Nunca pasa nada en el Titanic.

—¿De qué se está quejando? —preguntó el texano—. La comida es perfecta, la orquesta es de primera. Y el servicio…

Hizo un gesto hacia el camarero.

—Habla por sí solo.

—El Titanic —dijo el camarero— recibió el mejor personal cuidadosamente seleccionado de toda la White Star Line, de la cual me enorgullece formar parte. ¿Quizás podría traer queso o sorbete?

—¿Ven a lo que me refiero? —dijo el neoyorquino—. No puedo quejarme de nada aquí. Quiero volver a casa. En Nueva York puedo quejarme. Me pone nervioso no hacerlo. No veo la hora de bajarme de este maldito barco.

—Qué lenguaje —dijo el inglés.

—Lomonósov escribió sobre lenguaje —dijo el ruso—. Dva siempre es dos, tri siempre es tres, kot siempre es gato, en eslavo y germánico y en hindustaní. Todos idiomas parecidos, todos vienen de la estepa. Ahora no hay nada allí.

—Interesante —dijo el inglés—. Creo que entiendo lo que quiere decir.

—Es como juego ruso de cartas —dijo el ruso—. Se llama Durak.

—Durak… ¿No es la palabra rusa para “tonto”? —preguntó el neoyorquino—. Uno la oye mucho caminando por el Lower East Side.

El ruso asintió.

—“Durak” también es el perdedor en el juego.

Desde el rincón de la sala, el camarero observaba con enorme interés.

—¿Cigarros? —preguntó—. ¿Desean que les traiga cigarros?

—Si no le importa, no queremos cigarros —dijo el inglés—. Me gustaría aprender este… Durak.

El ruso tomó las cartas y miró alrededor.

—¿Tengo permiso? —preguntó.

Los otros asintieron.

El ruso repartió rápidamente seis cartas para él y el inglés. Dio vuelta la decimotercera carta; era la jota de diamantes. El resto del mazo lo dejó boca abajo junto a la carta descubierta.

—Esta carta —dijo señalando la jota— nos dice cuál es el triunfo. Los triunfos funcionan igual que en bridge: una carta más alta vence a una más baja, pero solo dentro de su palo, y cualquier triunfo vence a cualquier otra carta excepto a un triunfo más alto. Ahora ataco.

Puso un siete de tréboles boca arriba.

—Creo que entiendo —dijo el inglés.

Lo cubrió con un diez de tréboles.

—Ahora —dijo el ruso— solo puedo continuar atacando con cartas del mismo valor que ya están sobre mesa: dieces y sietes.

Puso un siete de corazones.

—Por supuesto, fue buena idea empezar con carta que tenía en pareja…

El inglés puso un seis de diamantes.

—Ahora sabemos lo que no tiene —comentó el texano—. Si tuviera un corazón más alto que siete, lo habría jugado.

—Exactamente —dijo el ruso—. Y por suerte para mí…

Puso un seis de corazones.

El inglés levantó la vista.

—No tengo corazones y no tengo más diamantes. ¿Y ahora?

—Ahora las recoge. Son sus cartas ahora —dijo el ruso—. Yo me quedo con tres cartas, así que tomo tres del mazo.

Tomó tres cartas.

—Ahora vuelvo a tener seis y, como gané esta mano, ataco otra vez.

Puso una jota de espadas.

El inglés respondió con un as de espadas.

—Ahora puede atacar con una jota o un as, ¿correcto?

—Correcto —dijo el ruso—. Sin embargo, pensé que podría tener reina o rey y entonces continuaría. Pero así como está, terminé. Esto va al descarte.

Colocó las dos cartas sobre la mesa formando una nueva pila y tomó una carta del mazo de reserva.

—Ahora usted ataca.

El inglés empezó con un siete de corazones.

—Recuperando lo mío, ¿no? —dijo el ruso, cubriéndolo con una reina de corazones.

El inglés continuó con un siete de tréboles.

El ruso cubrió con una jota.

—Si hubiera tenido esto en la mano anterior… —dijo—. Pero la acabo de sacar ahora mismo.

Cubrió el siete con una reina de espadas.

—Tengo carta más baja —dijo— pero es bueno limitar opciones del oponente, ¿no? ¿Tiene algo para atacar?

El inglés negó con la cabeza.

—No más sietes, ni jotas, ni reinas.

El ruso reunió las cartas de la mesa.

—Defensa exitosa —dijo mientras las ponía en el descarte—. Ahora necesito tres, pero espero por usted, ya que defendió. Usted tiene…

—Cinco —dijo el inglés—. Entonces tomo una, ¿verdad?

El ruso asintió. El inglés tomó una carta, seguido por el ruso.

—¿Pudín Waldorf? —sugirió el camarero.

—¿Quiere dejar ya de preguntar? —dijo el neoyorquino—. Bien, ¿por dónde íbamos?

—Una carta, hacen seis, y es mi turno de atacar —dijo el inglés—. Hasta ahora parece un gran juego.

—¿En qué es mejor que el bridge? —preguntó el texano.

—Se parece más a una guerra real —dijo el inglés—. Las fuerzas usadas en una batalla siguen allí para la siguiente… aunque no necesariamente del mismo lado. Y supongo que las alianzas no son permanentes, como sí lo son en el bridge.

—Sí, aliados —dijo el ruso—. Más tarde les mostraré Durak con mucha gente, ya verán… se puede cambiar de aliados en mitad de mano.

—Las guerras napoleónicas —dijo el inglés—. O la Guerra de los Treinta Años. O las guerras de los sucesores de Alejandro.

—Tenemos pastel Napoleón —dijo el camarero—. Es muy bueno.

—No queremos pastel —dijo el texano—. Ahora, ¿cuál es el objetivo del juego?

—Es —dijo el ruso— quedarse sin cartas cuando se acaba mazo de reserva.

—Eso es un poco raro —dijo el neoyorquino—. En la vida real, ¿cómo se gana quedándose sin nada?

El ruso sonrió.

—¿Qué idiomas hablamos, además de inglés? Yo hablo ruso, francés y polaco.

—Algo de panyabí, en mi caso —dijo el inglés—. De mis días en el ejército.

—Español —dijo el texano.

—Alemán —dijo el neoyorquino.

—¿Pastel alemán de chocolate? —preguntó el camarero.

—Estoy lleno como un cerdo —dijo el texano—. Ese bistec con hígado picado… Y… ah, sí. ¿Qué tienen en común todos esos idiomas?

—Son lenguas indoeuropeas —dijo el inglés—. Originadas probablemente en las estepas al norte del mar Caspio, en su propio país.

—¿Alguna vez estuvo allí? —preguntó el ruso.

—¿Duraznos en gelatina de Chartreuse? —preguntó el camarero.

El texano negó con la cabeza, muy parecido a un caballo espantando una mosca molesta.

—¿Por qué sigue interrumpiendo? Apenas se puede mantener una conversación con todas estas interrupciones. ¿Qué fue lo último? Ah, sí. No, nunca he estado en su país.

—Créame, señor —continuó el ruso—, ahora no hay nada ni nadie allí.

—Interesante idea —dijo el neoyorquino.

—¿Y qué tiene eso que ver con el señor Wells?

—¿Empezaría juego de Durak atacando con as o triunfo? —preguntó el ruso.

—No —dijo el neoyorquino—. Porque entonces el oponente podría usarlo contra usted más adelante en la partida. Como en…

—Los cipayos tenían nuestros rifles cuando se rebelaron —dijo el inglés.

—Y Washington fue entrenado por los británicos —dijo el neoyorquino—. Y los japoneses pasaron de juncos a acorazados en cuarenta años después de la visita del señor Perry.

—Tenemos excelentes éclairs de chocolate y vainilla —dijo el camarero.

—Tienen excelentes acorazados en la marina japonesa —dijo el ruso—. Yo los vi. En Tsushima.

Sacudió la cabeza.

—El Pacífico no es un buen lugar para estar en bote salvavidas. Un bote salvavidas nunca es un buen lugar para estar.

—Entonces es improbable que los marcianos atacaran con armamento demasiado avanzado —dijo el inglés—. Rayos calóricos o algo parecido.

—No si son inteligentes —dijo el neoyorquino—. Ahora bien, si tomamos el libro del señor Stoker…

—¡Vampiros marcianos! —exclamó el inglés—. ¡Los muertos vivientes de otro mundo!

—Me alegra que alguien esté encontrándole sentido a todo esto —dijo el texano—. ¿Le importaría explicarlo?

—Descartemos, digamos, la fantasiosa idea de que quien es mordido se convierte en vampiro —dijo el inglés—. Conservemos la larga expectativa de vida y las peculiares necesidades alimenticias. Y consideremos la curiosa inmunidad del vampiro al espejo y al daguerrotipo. Tenemos entonces una raza de seres invisibles –o simplemente muy pequeños– capaces de proyectar su apariencia y su voz directamente en nuestra mente mediante poder mesmerista, y de levitar gracias a algún otro medio científico. Podrían haber caminado entre nosotros desde antes de la época de Vlad Tepes. Desde antes de Gilgamesh, de hecho. Y nosotros jamás lo habríamos sabido.

—¿Helado? —preguntó el camarero—. Vainilla francesa…

—El frío enferma, produce anginas o tuberculosis —dijo el ruso, frotándose la garganta—. Marte es como la tundra siberiana: frío, vacío, mal clima. Buen lugar del cual huir. Leí sobre José de Acosta, él pensaba que indios escaparon a América desde Siberia. No queda nada en la tundra. No queda nada en Marte.

—Supongo que eso significa que uno de nosotros podría ser un vampiro marciano —dijo el texano—. ¿No es así, muchacho?

Agregó esto último haciendo un gesto al camarero.

—La White Star Line jamás permitiría —dijo el camarero— que una persona de carácter dudoso abordara uno de sus barcos.

Lentamente, casi imperceptiblemente, retrocedió alejándose de la mesa.

—Fácil averiguarlo —dijo el neoyorquino.

Sacó una cigarrera pulida.

—Aquí estoy yo —dijo, sentándose cerca del ruso— y aquí está usted. Dos reflejos.

Luego le entregó la cigarrera al texano.

—Y aquí estamos nosotros dos —dijo el texano inclinándose hacia el inglés—. ¡Camarero! Venga aquí, muchacho. Le toca a usted.

—En un momento, señor —dijo el camarero desde la puerta.

—Vuelva aquí. Quiero ver su cara en el espejo —gritó el texano—. ¿Adónde va, muchacho?

—A un asunto de suma importancia, señor —dijo el camarero—. Debo traer más hielo.

Y se apresuró a salir.

—Todavía hay un bloque entero sobre la mesa —dijo el neoyorquino—. ¿Qué piensa traer, un iceberg?

Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

 

sábado, 4 de abril de 2026

PESADILLAS DE HALÓGENOS

Anatoly Belilovsky

 

Lo primero que te dicen es que nadie ha regresado todavía. Eso, en sí mismo, no resulta sorprendente, pero por la forma en que lo dice el oficial de reclutamiento, parece que no esperan que nadie regrese, jamás. Oigo inspiraciones contenidas a mi alrededor, pero no hay sensación de movimiento. La habitación está completamente a oscuras; si me voy ahora, nadie verá mi vergüenza. Nadie salvo yo.

Esa noche sueño con el flúor.

El flúor ha matado, o intentado matar, a todos los químicos que trataron de aislarlo. El agua arde en flúor. También el asbesto. Los súper ácidos fluorados disuelven la parafina, el vidrio, el platino. Las quemaduras por flúor son insidiosas: tardan horas en manifestarse y, además, son muy difíciles de tratar.

Mis sueños de flúor son de fuego: de incendios en plataformas de lanzamiento como el del Apollo 1, de explosiones en pleno vuelo como la del Challenger, o de fallos en el escudo térmico como el del Columbia; fuego eléctrico, fallos del escudo térmico, acercarse demasiado al Sol.

En este sueño camino descalzo sobre metal fundido en ebullición.

El dolor onírico es una sensación lejana, pero la visión de la carne derritiéndose de los huesos me fascina. En el sueño conozco el nombre de cada hueso que veo y los nombro en voz alta antes de que también se desintegren, uno por uno, mientras me hundo cada vez más. La lógica del sueño me dice que no estoy muerto hasta que mis ojos descienden al fuego líquido, y cuando lo hacen, el sueño me permite morir y así despertar.

Me ducho con el agua tan fría como puedo soportar y espero lo máximo posible antes de vestirme para presentarme al desayuno.

El segundo día te meten en la cabina simulada de un caza y te dejan allí, solo, otra vez en completa oscuridad. La cabina se abre de golpe si haces un ruido más fuerte que un susurro o si empujas algo con demasiada fuerza. El parabrisas está a centímetros de tu nariz, las escotillas laterales rozan tus hombros, el techo lo bastante cerca como para revolverte el cabello cuando giras la cabeza. Si perciben tu miedo, te sacan y te envían de vuelta a casa.

Te permiten dormir; incluso te lo recomiendan. Esto es una prueba de nervios, no de resistencia. Eso vendrá después. Durante la primera hora oigo a otros sollozar, pedir ayuda; luego queda el silencio. No dormí bien la noche anterior, así que me quedo dormido a intervalos, de forma irregular, y sueño con cloro.

El cloro fue el primer halógeno descubierto, y sigue siendo el más abundante y el más fácil de aislar. Durante la Primera Guerra Mundial se utilizó como gas venenoso. Provocaba edema pulmonar.

Las pesadillas de cloro son de asfixia: fallo del traje en una actividad extra vehicular, despresurización de la cabina como en la Soyuz 11, quedarse sin oxígeno almacenado. En esta, me arrastro por un túnel, tratando de escapar de algo que no puedo ver. Sé que es horrible; tan horrible que, a medida que el túnel se estrecha y respirar se vuelve más difícil a cada segundo, sigo avanzando hasta que…

Despierto en mi litera, me incorporo y me entrego al éxtasis de respirar.

El tercer día somos considerablemente menos en la sala. Las sillas plegables han sido reemplazadas por tumbonas; sonidos de lluvia y de oleaje emanan de altavoces ocultos. Nos dan problemas matemáticos para resolver. Los instructores caminan suavemente entre nosotros. Anotan los nombres de quienes se quedan dormidos.

El bromo es menos común que el cloro y menos reactivo. Como sal de bromuro, en otro tiempo se utilizó como sedante.

La pesadilla de bromo es de rendición: de observar cómo se aproximan los misiles de los alienígenas, de tener el control de los sistemas de defensa puntual y pensar: ¿para qué molestarse? ¿Para qué posponer lo inevitable? Todos mueren. Ahora es tan buen momento como cualquier otro.

Cuando ya es demasiado tarde para cambiar de opinión, oigo la voz de mi madre detrás de mí. Me está llamando a cenar. Me vuelvo y veo la casa en la que crecí, a mis padres, a mi hermana, a mi mejor amigo, a los dos chicos que me gustaban en la escuela secundaria. Extiendo la mano hacia el panel de control sabiendo que nunca activaré las contramedidas a tiempo, y despierto.

Los cinco que seguimos aquí estamos desnudos en una habitación.

La puerta está cerrada con cinco cerraduras de combinación, cada una etiquetada con nuestros nombres y preguntas personales: el cumpleaños de la abuela, los últimos cuatro dígitos de tu identificación global, el resultado del último partido de baloncesto que jugaste en la secundaria. La respuesta abre esa cerradura.

Dos instructores tienen mangueras contra incendios a plena presión. La única manera de que cada uno abra su propia cerradura es que todos los demás formen un escudo humano entre él y las mangueras.

Terminamos en dos minutos exactos.

El yodo es un sólido, además del halógeno estable más pesado. El organismo retiene el yodo en la glándula tiroides, donde se utiliza en la síntesis de hormonas tiroideas. Los estudios con radionúclidos han demostrado que el yodo permanece en el cuerpo durante años.

El yodo, a temperatura ambiente, es un sólido de color negro violáceo, volátil y cristalino.

La pesadilla de yodo es la de ella precipitándose a través de la oscuridad del espacio más allá de la órbita de Marte, con las células solares degradadas, fracturadas o mal orientadas, el cesio frío e inútil sin energía para el propulsor de efecto Hall.

No sé cómo son las pesadillas de astato. No existen isótopos estables de astato; todos se desintegran con vidas medias del orden de horas como máximo, y en su mayoría de segundos a minutos. Las pesadillas de astato me despiertan, sudoroso, del sueño, permanecen brevemente y se disipan con la luz de la mañana.

Algunos isótopos de astato sufren desintegración alfa. La partícula alfa es el núcleo del helio, un gas noble. Los gases nobles también incluyen neón, argón, xenón, criptón y radón.

Los gases nobles son conocidos por su reticencia a formar moléculas. Todas las pesadillas de gases nobles son iguales.

Todas tratan sobre la soledad.

Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

LA MEMORIA DEL CUERPO