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lunes, 18 de mayo de 2026

DURAK

Anatoly Belilovsky

 

—Es peligroso, este hielo —dijo el ruso.

La gran masa congelada se acercaba lentamente, mientras el camarero luchaba por empujar el carrito a través del umbral de la sala de cartas.

—Estoy de acuerdo —dijo el neoyorquino.

Barajó un mazo de cartas con bastante desgano.

—Parece que está a punto de provocarle una hernia a nuestro camarero.

—Yo solo quería suficiente para poner en mi brandy —dijo el texano—. ¿Por qué trajo el bloque entero?

—La White Star Line se enorgullece mucho de su servicio —dijo el camarero.

—En el Titanic no hacen nada en pequeño —dijo el neoyorquino—. Al menos no en primera clase.

El camarero descargó el picahielo con un golpe experto. Fragmentos de hielo cayeron brillando sobre el plato. El camarero los dejó caer dentro del vaso del texano.

—El peligro ahora mismo —dijo el inglés— es que entre un francés. Estaría perfectamente en su derecho de dispararle por este sacrilegio. Hielo en el armagnac…

—Es solo brandy —dijo el texano—. Usted no es francés, ¿verdad, muchacho?

—No, señor —respondió el camarero.

—Tiene un acento raro —dijo el texano—. ¿De dónde es?

—De Transilvania, señor —dijo el camarero.

—Anginas —dijo el ruso—. El frío puede enfermar la garganta y uno muere de anginas. Eso pasó con su George Washington. Murió de anginas.

El ruso hizo una pausa.

—En diciembre. Cuando hace frío.

—Murió por las sangrías —dijo el neoyorquino.

—¿En América usan sangrías? —preguntó el ruso—. En Rusia usamos sanguijuelas. Nadie muere por sanguijuelas. ¿Qué usan en Inglaterra?

—Transilvanos —dijo el inglés.

—¿Qué? —preguntó el ruso.

—¿Desean algo más? —preguntó el camarero.

—No —dijo el ruso—. ¿Transilvanos como sanguijuelas?

—Vampiros —dijo el inglés.

—Ah —dijo el ruso—. Del libro del señor Stoker. Es divertido.

—¿Leyó Drácula? —preguntó el neoyorquino.

—Leo todos los libros ingleses —dijo el ruso—. Sherlock Houses. Capitanes valientes. Máquina de los tiempos.

—¡H. G. Wells! —exclamó el inglés—. ¡Le gusta Wells!

—Leo a Wells —dijo el ruso—. No me gusta Wells.

—Yo tampoco soporto a Wells. Maldito socialista —dijo el texano.

—A mí me gustó bastante La guerra de los mundos —dijo el neoyorquino—. Al final, cuando los invasores mueren de influenza…

—¿Desean que traiga más hielo? —preguntó el camarero.

—Tenemos de sobra —dijo el texano—. Lo que escribió Wells… son puras tonterías. Eso no puede pasar.

—¿Por qué no? —preguntó el inglés.

—Primero que nada, allá en el rancho, si tiene vacas enfermas, las mantiene alejadas de las sanas, pero los pavos y las gallinas estarán perfectamente. La idea de que los marcianos agarren peste bovina cuando las cabras no la agarran… bueno, eso es ridículo.

—Es cierto —dijo el neoyorquino.

—Y en segundo lugar —dijo el texano—, no hay nada en Marte. Si hubiera algo allí, habrían dejado algo visible. Estoy seguro de que el señor Lowell habría visto ciudades, no solo canales, si existieran marcianos como los del libro.

—Ahora no hay nada alrededor del Caspio —dijo el ruso—. Y todos venimos de allí.

—¿Más armagnac, quizás? —sugirió el camarero.

—Tenemos suficiente armagnac —dijo el neoyorquino—. ¿Qué es eso del Caspio?

—Eso es un mar, ¿verdad? —preguntó el texano.

—Creo que se refiere a la hipótesis póntica sobre la urheimat indoeuropea —dijo el inglés.

—¿Le importaría hablar en inglés? —dijo el texano.

—¿Podría traerles un nuevo mazo de cartas? —preguntó el camarero—. No han terminado su partida de bridge.

—Estoy harto del bridge —dijo el neoyorquino—. Me aburro hasta la muerte. Nunca pasa nada en el Titanic.

—¿De qué se está quejando? —preguntó el texano—. La comida es perfecta, la orquesta es de primera. Y el servicio…

Hizo un gesto hacia el camarero.

—Habla por sí solo.

—El Titanic —dijo el camarero— recibió el mejor personal cuidadosamente seleccionado de toda la White Star Line, de la cual me enorgullece formar parte. ¿Quizás podría traer queso o sorbete?

—¿Ven a lo que me refiero? —dijo el neoyorquino—. No puedo quejarme de nada aquí. Quiero volver a casa. En Nueva York puedo quejarme. Me pone nervioso no hacerlo. No veo la hora de bajarme de este maldito barco.

—Qué lenguaje —dijo el inglés.

—Lomonósov escribió sobre lenguaje —dijo el ruso—. Dva siempre es dos, tri siempre es tres, kot siempre es gato, en eslavo y germánico y en hindustaní. Todos idiomas parecidos, todos vienen de la estepa. Ahora no hay nada allí.

—Interesante —dijo el inglés—. Creo que entiendo lo que quiere decir.

—Es como juego ruso de cartas —dijo el ruso—. Se llama Durak.

—Durak… ¿No es la palabra rusa para “tonto”? —preguntó el neoyorquino—. Uno la oye mucho caminando por el Lower East Side.

El ruso asintió.

—“Durak” también es el perdedor en el juego.

Desde el rincón de la sala, el camarero observaba con enorme interés.

—¿Cigarros? —preguntó—. ¿Desean que les traiga cigarros?

—Si no le importa, no queremos cigarros —dijo el inglés—. Me gustaría aprender este… Durak.

El ruso tomó las cartas y miró alrededor.

—¿Tengo permiso? —preguntó.

Los otros asintieron.

El ruso repartió rápidamente seis cartas para él y el inglés. Dio vuelta la decimotercera carta; era la jota de diamantes. El resto del mazo lo dejó boca abajo junto a la carta descubierta.

—Esta carta —dijo señalando la jota— nos dice cuál es el triunfo. Los triunfos funcionan igual que en bridge: una carta más alta vence a una más baja, pero solo dentro de su palo, y cualquier triunfo vence a cualquier otra carta excepto a un triunfo más alto. Ahora ataco.

Puso un siete de tréboles boca arriba.

—Creo que entiendo —dijo el inglés.

Lo cubrió con un diez de tréboles.

—Ahora —dijo el ruso— solo puedo continuar atacando con cartas del mismo valor que ya están sobre mesa: dieces y sietes.

Puso un siete de corazones.

—Por supuesto, fue buena idea empezar con carta que tenía en pareja…

El inglés puso un seis de diamantes.

—Ahora sabemos lo que no tiene —comentó el texano—. Si tuviera un corazón más alto que siete, lo habría jugado.

—Exactamente —dijo el ruso—. Y por suerte para mí…

Puso un seis de corazones.

El inglés levantó la vista.

—No tengo corazones y no tengo más diamantes. ¿Y ahora?

—Ahora las recoge. Son sus cartas ahora —dijo el ruso—. Yo me quedo con tres cartas, así que tomo tres del mazo.

Tomó tres cartas.

—Ahora vuelvo a tener seis y, como gané esta mano, ataco otra vez.

Puso una jota de espadas.

El inglés respondió con un as de espadas.

—Ahora puede atacar con una jota o un as, ¿correcto?

—Correcto —dijo el ruso—. Sin embargo, pensé que podría tener reina o rey y entonces continuaría. Pero así como está, terminé. Esto va al descarte.

Colocó las dos cartas sobre la mesa formando una nueva pila y tomó una carta del mazo de reserva.

—Ahora usted ataca.

El inglés empezó con un siete de corazones.

—Recuperando lo mío, ¿no? —dijo el ruso, cubriéndolo con una reina de corazones.

El inglés continuó con un siete de tréboles.

El ruso cubrió con una jota.

—Si hubiera tenido esto en la mano anterior… —dijo—. Pero la acabo de sacar ahora mismo.

Cubrió el siete con una reina de espadas.

—Tengo carta más baja —dijo— pero es bueno limitar opciones del oponente, ¿no? ¿Tiene algo para atacar?

El inglés negó con la cabeza.

—No más sietes, ni jotas, ni reinas.

El ruso reunió las cartas de la mesa.

—Defensa exitosa —dijo mientras las ponía en el descarte—. Ahora necesito tres, pero espero por usted, ya que defendió. Usted tiene…

—Cinco —dijo el inglés—. Entonces tomo una, ¿verdad?

El ruso asintió. El inglés tomó una carta, seguido por el ruso.

—¿Pudín Waldorf? —sugirió el camarero.

—¿Quiere dejar ya de preguntar? —dijo el neoyorquino—. Bien, ¿por dónde íbamos?

—Una carta, hacen seis, y es mi turno de atacar —dijo el inglés—. Hasta ahora parece un gran juego.

—¿En qué es mejor que el bridge? —preguntó el texano.

—Se parece más a una guerra real —dijo el inglés—. Las fuerzas usadas en una batalla siguen allí para la siguiente… aunque no necesariamente del mismo lado. Y supongo que las alianzas no son permanentes, como sí lo son en el bridge.

—Sí, aliados —dijo el ruso—. Más tarde les mostraré Durak con mucha gente, ya verán… se puede cambiar de aliados en mitad de mano.

—Las guerras napoleónicas —dijo el inglés—. O la Guerra de los Treinta Años. O las guerras de los sucesores de Alejandro.

—Tenemos pastel Napoleón —dijo el camarero—. Es muy bueno.

—No queremos pastel —dijo el texano—. Ahora, ¿cuál es el objetivo del juego?

—Es —dijo el ruso— quedarse sin cartas cuando se acaba mazo de reserva.

—Eso es un poco raro —dijo el neoyorquino—. En la vida real, ¿cómo se gana quedándose sin nada?

El ruso sonrió.

—¿Qué idiomas hablamos, además de inglés? Yo hablo ruso, francés y polaco.

—Algo de panyabí, en mi caso —dijo el inglés—. De mis días en el ejército.

—Español —dijo el texano.

—Alemán —dijo el neoyorquino.

—¿Pastel alemán de chocolate? —preguntó el camarero.

—Estoy lleno como un cerdo —dijo el texano—. Ese bistec con hígado picado… Y… ah, sí. ¿Qué tienen en común todos esos idiomas?

—Son lenguas indoeuropeas —dijo el inglés—. Originadas probablemente en las estepas al norte del mar Caspio, en su propio país.

—¿Alguna vez estuvo allí? —preguntó el ruso.

—¿Duraznos en gelatina de Chartreuse? —preguntó el camarero.

El texano negó con la cabeza, muy parecido a un caballo espantando una mosca molesta.

—¿Por qué sigue interrumpiendo? Apenas se puede mantener una conversación con todas estas interrupciones. ¿Qué fue lo último? Ah, sí. No, nunca he estado en su país.

—Créame, señor —continuó el ruso—, ahora no hay nada ni nadie allí.

—Interesante idea —dijo el neoyorquino.

—¿Y qué tiene eso que ver con el señor Wells?

—¿Empezaría juego de Durak atacando con as o triunfo? —preguntó el ruso.

—No —dijo el neoyorquino—. Porque entonces el oponente podría usarlo contra usted más adelante en la partida. Como en…

—Los cipayos tenían nuestros rifles cuando se rebelaron —dijo el inglés.

—Y Washington fue entrenado por los británicos —dijo el neoyorquino—. Y los japoneses pasaron de juncos a acorazados en cuarenta años después de la visita del señor Perry.

—Tenemos excelentes éclairs de chocolate y vainilla —dijo el camarero.

—Tienen excelentes acorazados en la marina japonesa —dijo el ruso—. Yo los vi. En Tsushima.

Sacudió la cabeza.

—El Pacífico no es un buen lugar para estar en bote salvavidas. Un bote salvavidas nunca es un buen lugar para estar.

—Entonces es improbable que los marcianos atacaran con armamento demasiado avanzado —dijo el inglés—. Rayos calóricos o algo parecido.

—No si son inteligentes —dijo el neoyorquino—. Ahora bien, si tomamos el libro del señor Stoker…

—¡Vampiros marcianos! —exclamó el inglés—. ¡Los muertos vivientes de otro mundo!

—Me alegra que alguien esté encontrándole sentido a todo esto —dijo el texano—. ¿Le importaría explicarlo?

—Descartemos, digamos, la fantasiosa idea de que quien es mordido se convierte en vampiro —dijo el inglés—. Conservemos la larga expectativa de vida y las peculiares necesidades alimenticias. Y consideremos la curiosa inmunidad del vampiro al espejo y al daguerrotipo. Tenemos entonces una raza de seres invisibles –o simplemente muy pequeños– capaces de proyectar su apariencia y su voz directamente en nuestra mente mediante poder mesmerista, y de levitar gracias a algún otro medio científico. Podrían haber caminado entre nosotros desde antes de la época de Vlad Tepes. Desde antes de Gilgamesh, de hecho. Y nosotros jamás lo habríamos sabido.

—¿Helado? —preguntó el camarero—. Vainilla francesa…

—El frío enferma, produce anginas o tuberculosis —dijo el ruso, frotándose la garganta—. Marte es como la tundra siberiana: frío, vacío, mal clima. Buen lugar del cual huir. Leí sobre José de Acosta, él pensaba que indios escaparon a América desde Siberia. No queda nada en la tundra. No queda nada en Marte.

—Supongo que eso significa que uno de nosotros podría ser un vampiro marciano —dijo el texano—. ¿No es así, muchacho?

Agregó esto último haciendo un gesto al camarero.

—La White Star Line jamás permitiría —dijo el camarero— que una persona de carácter dudoso abordara uno de sus barcos.

Lentamente, casi imperceptiblemente, retrocedió alejándose de la mesa.

—Fácil averiguarlo —dijo el neoyorquino.

Sacó una cigarrera pulida.

—Aquí estoy yo —dijo, sentándose cerca del ruso— y aquí está usted. Dos reflejos.

Luego le entregó la cigarrera al texano.

—Y aquí estamos nosotros dos —dijo el texano inclinándose hacia el inglés—. ¡Camarero! Venga aquí, muchacho. Le toca a usted.

—En un momento, señor —dijo el camarero desde la puerta.

—Vuelva aquí. Quiero ver su cara en el espejo —gritó el texano—. ¿Adónde va, muchacho?

—A un asunto de suma importancia, señor —dijo el camarero—. Debo traer más hielo.

Y se apresuró a salir.

—Todavía hay un bloque entero sobre la mesa —dijo el neoyorquino—. ¿Qué piensa traer, un iceberg?

Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

 

sábado, 4 de abril de 2026

PESADILLAS DE HALÓGENOS

Anatoly Belilovsky

 

Lo primero que te dicen es que nadie ha regresado todavía. Eso, en sí mismo, no resulta sorprendente, pero por la forma en que lo dice el oficial de reclutamiento, parece que no esperan que nadie regrese, jamás. Oigo inspiraciones contenidas a mi alrededor, pero no hay sensación de movimiento. La habitación está completamente a oscuras; si me voy ahora, nadie verá mi vergüenza. Nadie salvo yo.

Esa noche sueño con el flúor.

El flúor ha matado, o intentado matar, a todos los químicos que trataron de aislarlo. El agua arde en flúor. También el asbesto. Los súper ácidos fluorados disuelven la parafina, el vidrio, el platino. Las quemaduras por flúor son insidiosas: tardan horas en manifestarse y, además, son muy difíciles de tratar.

Mis sueños de flúor son de fuego: de incendios en plataformas de lanzamiento como el del Apollo 1, de explosiones en pleno vuelo como la del Challenger, o de fallos en el escudo térmico como el del Columbia; fuego eléctrico, fallos del escudo térmico, acercarse demasiado al Sol.

En este sueño camino descalzo sobre metal fundido en ebullición.

El dolor onírico es una sensación lejana, pero la visión de la carne derritiéndose de los huesos me fascina. En el sueño conozco el nombre de cada hueso que veo y los nombro en voz alta antes de que también se desintegren, uno por uno, mientras me hundo cada vez más. La lógica del sueño me dice que no estoy muerto hasta que mis ojos descienden al fuego líquido, y cuando lo hacen, el sueño me permite morir y así despertar.

Me ducho con el agua tan fría como puedo soportar y espero lo máximo posible antes de vestirme para presentarme al desayuno.

El segundo día te meten en la cabina simulada de un caza y te dejan allí, solo, otra vez en completa oscuridad. La cabina se abre de golpe si haces un ruido más fuerte que un susurro o si empujas algo con demasiada fuerza. El parabrisas está a centímetros de tu nariz, las escotillas laterales rozan tus hombros, el techo lo bastante cerca como para revolverte el cabello cuando giras la cabeza. Si perciben tu miedo, te sacan y te envían de vuelta a casa.

Te permiten dormir; incluso te lo recomiendan. Esto es una prueba de nervios, no de resistencia. Eso vendrá después. Durante la primera hora oigo a otros sollozar, pedir ayuda; luego queda el silencio. No dormí bien la noche anterior, así que me quedo dormido a intervalos, de forma irregular, y sueño con cloro.

El cloro fue el primer halógeno descubierto, y sigue siendo el más abundante y el más fácil de aislar. Durante la Primera Guerra Mundial se utilizó como gas venenoso. Provocaba edema pulmonar.

Las pesadillas de cloro son de asfixia: fallo del traje en una actividad extra vehicular, despresurización de la cabina como en la Soyuz 11, quedarse sin oxígeno almacenado. En esta, me arrastro por un túnel, tratando de escapar de algo que no puedo ver. Sé que es horrible; tan horrible que, a medida que el túnel se estrecha y respirar se vuelve más difícil a cada segundo, sigo avanzando hasta que…

Despierto en mi litera, me incorporo y me entrego al éxtasis de respirar.

El tercer día somos considerablemente menos en la sala. Las sillas plegables han sido reemplazadas por tumbonas; sonidos de lluvia y de oleaje emanan de altavoces ocultos. Nos dan problemas matemáticos para resolver. Los instructores caminan suavemente entre nosotros. Anotan los nombres de quienes se quedan dormidos.

El bromo es menos común que el cloro y menos reactivo. Como sal de bromuro, en otro tiempo se utilizó como sedante.

La pesadilla de bromo es de rendición: de observar cómo se aproximan los misiles de los alienígenas, de tener el control de los sistemas de defensa puntual y pensar: ¿para qué molestarse? ¿Para qué posponer lo inevitable? Todos mueren. Ahora es tan buen momento como cualquier otro.

Cuando ya es demasiado tarde para cambiar de opinión, oigo la voz de mi madre detrás de mí. Me está llamando a cenar. Me vuelvo y veo la casa en la que crecí, a mis padres, a mi hermana, a mi mejor amigo, a los dos chicos que me gustaban en la escuela secundaria. Extiendo la mano hacia el panel de control sabiendo que nunca activaré las contramedidas a tiempo, y despierto.

Los cinco que seguimos aquí estamos desnudos en una habitación.

La puerta está cerrada con cinco cerraduras de combinación, cada una etiquetada con nuestros nombres y preguntas personales: el cumpleaños de la abuela, los últimos cuatro dígitos de tu identificación global, el resultado del último partido de baloncesto que jugaste en la secundaria. La respuesta abre esa cerradura.

Dos instructores tienen mangueras contra incendios a plena presión. La única manera de que cada uno abra su propia cerradura es que todos los demás formen un escudo humano entre él y las mangueras.

Terminamos en dos minutos exactos.

El yodo es un sólido, además del halógeno estable más pesado. El organismo retiene el yodo en la glándula tiroides, donde se utiliza en la síntesis de hormonas tiroideas. Los estudios con radionúclidos han demostrado que el yodo permanece en el cuerpo durante años.

El yodo, a temperatura ambiente, es un sólido de color negro violáceo, volátil y cristalino.

La pesadilla de yodo es la de ella precipitándose a través de la oscuridad del espacio más allá de la órbita de Marte, con las células solares degradadas, fracturadas o mal orientadas, el cesio frío e inútil sin energía para el propulsor de efecto Hall.

No sé cómo son las pesadillas de astato. No existen isótopos estables de astato; todos se desintegran con vidas medias del orden de horas como máximo, y en su mayoría de segundos a minutos. Las pesadillas de astato me despiertan, sudoroso, del sueño, permanecen brevemente y se disipan con la luz de la mañana.

Algunos isótopos de astato sufren desintegración alfa. La partícula alfa es el núcleo del helio, un gas noble. Los gases nobles también incluyen neón, argón, xenón, criptón y radón.

Los gases nobles son conocidos por su reticencia a formar moléculas. Todas las pesadillas de gases nobles son iguales.

Todas tratan sobre la soledad.

Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

domingo, 15 de marzo de 2026

LOS PELIGROS DE BONAPARTE

Anatoly Belilovsky

 

18 de agosto de 1812

Queridísima Josefina,

Smolensk es calurosa, polvorienta y opresiva. La oposición rusa fue leve; el grueso de su ejército se retiró en cuanto vio a los ulanos del príncipe Poniatowski clavar las espuelas en sus monturas. Hubo alguna escaramuza sin importancia en las murallas de la ciudad, y el cuerpo de Murat entró tras la Legión del Vístula sin haber olido apenas el humo.

La ciudad, por supuesto, está quemada, y hay poca comida. Encontramos un caldero de sémola en un rincón intacto de uno de los edificios; un poco insípida, pero moderadamente comestible.

A lo lejos, en el campamento de la retaguardia rusa, los soldados del príncipe Bagration están cantando algo que a mi oído suena claramente compuesto por hombres que comen sémola rusa todo el día. Es insípido y ligeramente nauseabundo, pero a su manera melódico, y ¿cómo podría volver a estremecerme ante una pieza musical después de haber oído el rebuzno de los camellos egipcios?

¡Adelante, y… l’audace! Toujours l’audace!

Napoleón

 

7 de septiembre de 1812

Aquí, en Borodinó, los rusos están atrincherados y bien equipados; sus canciones suenan bastante peor con orquestación completa que cantadas a capella.

El pobre Caulaincourt cayó fulminado por una apoplejía casi de inmediato, y varios de mis oficiales se pusieron verdosos alrededor de las branquias; pero entonces nuestros hombres dispararon su primera salva de mosquetes, que ahogó la música de la manera más satisfactoria, y luego recargaron sus mosquetes con una rapidez que jamás había visto ni creído posible.

Lo atribuiré a su sensibilidad musical más refinada… o quizá a la olfativa, pues el componente sulfuroso del humo de la pólvora proporcionó un eficaz analgésico contra el olor de la sémola que emanaba de los reductos rusos.

Me dicen que todas esas canciones están escritas por un hombre llamado Ilya Krivoy. He ordenado que lo capturen y lo fusilen.

A la guerre comme à la guerre!

 

14 de septiembre de 1812

Llegamos a Moscú al anochecer.

La única oposición significativa provino de una boda campesina que salió de una iglesia en Borisovka, un pueblo justo a las afueras de la ciudad: estas abominables canciones, acompañadas de acordeón y balalaika, parecen alcanzar exactamente el tono necesario para poner los dientes franceses de punta; las secuencias de notas repetidas ad nauseam recordaban a ser cortado por la mitad con una sierra de dos mangos, eternamente.

Doscientos soldados y tres oficiales enfermaron, pero se espera que se recuperen en unas semanas, y en cuanto nuestros cañones alcanzaron la posición, una docena de disparos de metralla eliminaron esta molestia.

He anunciado una recompensa de diez rublos por la captura de Krivoy, vivo o muerto. Tengo la intención de ejecutarlo públicamente.

Ellos tienen sus canciones y yo tengo mis ánimas lisas; veremos cuál tiene más bang de son franc.

 

15 de septiembre de 1812

Comienza el incendio de Moscú.

Capturamos a unos cuatrocientos incendiarios, todos los cuales cantaban mientras prendían fuego a la ciudad. Todos afirmaron actuar bajo órdenes.

Los hice fusilar a todos y enterrarlos en un bosque. Que sus amigos anden vagando, buscándolos, à la recherche de tombes perdues.

 

18 de octubre de 1812

Parece que todos los rusos que quedan en Moscú están comiendo sémola y cantando canciones.

¿No les queda ya humanidad?

He elevado la recompensa por Krivoy a veinte rublos muerto o cien rublos vivo; hoy en día un rublo compra o bien tres toneladas de sémola, o media gallina.

Paso mucho tiempo planeando una muerte apropiada para este Krivoy, suponiendo que compre la versión más cara de él.

También ordené ejecuciones sumarias en el acto para cualquiera que sea sorprendido cantando, copiando partituras o en posesión de una balalaika, pour décourager les autres.

 

20 de noviembre de 1812

He expulsado de Moscú a todos los rusos que quedaban; parecía la única forma, aparte de fusilarlos a todos, de detener esas vocalizaciones exasperantes, cada melodía como un garrote que se aprieta alrededor de las partes innombrables de uno.

Confisqué toda su comida, por supuesto, excepto la abominable sémola; ellos protestan, et j’agite mes parties intimes à leurs tantes.

 

21 de noviembre de 1812

¡QUEL HORREUR!

¡Por la noche, Moscú está llena de lobos!

¡Lobos aullando!

¡Lobos aullando las canciones de Krivoy en armonía a cuatro voces!

¡Huyan!

¡Sauve qui peut!


Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

  

lunes, 16 de febrero de 2026

PRESENTES DE LOS MAGOS

Anatoly Belilovsky

 

Gregor Samsa, una mañana, despertó de sueños inquietos para descubrirse transformado en una cucaracha gigante. La metamorfosis lo asustó de un modo casual y momentáneo, como podría serlo despertar en una habitación de hotel desconocida, como la oscuridad en la que había despertado. Flexionó sus miembros; su crisálida se fracturó con chasquidos, y la luz del sol matinal inundó sus ojos compuestos. Intentó parpadear, pero, aunque no lograba sentir los párpados cerrarse, sus ojos se ajustaron a la luz mucho más rápido de lo que los antiguos habrían podido; en un instante, toda la habitación quedó enfocada con nitidez.

No necesitó inclinar la cabeza para ver cada fragmento de quitina caer girando hasta el suelo, brillando bajo la luz del sol. Vio cada grano de polvo en los rayos inclinados, cada flor en el papel tapiz, cada arruga en su cama.

La puerta se abrió. La hija de Samsa asomó la cabeza en el cuarto.

—¡Hola, papá! —gritó, y desapareció.

Él oyó con claridad sus pasos, y nuevas armonías en su timbre. Intentó memorizar su rostro tal como lo veía ahora, y su voz.

Luego registró olores: el aroma familiar de su esposa antes que cualquier otro; después, el olor del café oscuro y fuerte, cargado de azúcar, que emanaba de la cocina. Hubo un tintineo, pasos más lentos y pesados; la puerta crujió y se abrió por completo.

La esposa de Samsa cruzó la puerta con el café, sosteniendo con ambas manos un cuenco medio lleno. Lo llevó lentamente y lo depositó frente a él, en el suelo; luego se sentó en la cama. Por un momento, Samsa orientó la parte más densa de sus ojos hacia ella. Vio nuevas arrugas, ojos enrojecidos, lágrimas secas. Giró y sumergió su probóscide en el café, sacándolo de foco, pero no de vista.

—Sé que no puedes hablar —dijo ella. Miró hacia abajo, se alisó el cabello hacia atrás y volvió a mirarlo—. Hablaré por los dos. Tú dirás: “Es solo por un mes, ya lo sabes”. —Ella aspiró por la nariz—. Y yo pensaré: un mes entero. Imaginaré los tubos, los túneles y los peligros, y tú me dirás que ahora eres un profesional altamente entrenado y… —Intentó acariciar su caparazón; sus manos temblaban, y por un momento sus dedos tamborilearon sobre el tórax inflexible. La mano retrocedió—. Es la idea de que estés bajo tierra —dijo ella—. Y, sinceramente, de que no estés aquí. Ojalá no tuvieras que hacer esto. Siempre te preocupaste por mí cuando volaba, y yo siempre decía que soy la mejor piloto en el cielo. Siempre estaba atenta a todo, siempre sabía lo que todos hacían. —Apretó los labios—. Excepto tú. —Sus manos vagaron como si buscaran algo familiar: instrumentos, controles de propulsión, empuñaduras; cualquier cosa—. ¿Por qué no…? Oh, demonios, sé por qué no me lo dijiste. Querías terminar de pagar la casa antes de diciembre, para que yo no tuviera que tomar el vuelo a Saturno. Yo tampoco te dije que renuncié. Quería que fuera una sorpresa, que nunca más volviéramos a estar separados tanto tiempo. Y tú hiciste lo mismo. A los dos nos encantan las sorpresas. ¿Recuerdas cómo te propuse matrimonio?

Gregor lo recordó. Un suborbital fletado a París. Veinte minutos de trayecto balístico deberían haber sido tiempo suficiente, pensó ella: propondría, él aceptaría, y luego harían el amor en gravedad cero. Excepto por los diecinueve minutos y tres cuartos de náuseas espaciales de él. Finalmente lo lograron en la Suite Real del Hotel George V, pero él nunca se libró de la sensación de que ella se había decepcionado. Deberías verlos sin peso, había dicho ella con pesar, palpándose los pechos mientras se vestía a la mañana siguiente.

—Y tú me dirás que este cuerpo es prácticamente indestructible, que ni siquiera necesita respirar o comer —continuó ella, con la voz quebrada—, y que la remuneración por el mantenimiento del reactor es excelente. —Se detuvo para enjugar una lágrima—. Mejor que cualquier trabajo de oficina que yo pudiera conseguir. No es fácil encontrar trabajo para una exespacial con una familia que alimentar —concluyó en un susurro.

Debería haber dicho algo, pensó Samsa, anoche. Debería haberla besado.

Un golpe en la puerta. La esposa de Samsa sonrió.

—La criaste bien. Siempre llamar primero cuando tus padres están juntos en el dormitorio. —Se levantó—. Sé lo que dirías si pudieras —dijo ella—. Dirías que me amas y que haces esto por nosotros. Y yo diría que también te amo. Y que te extrañaré. Mucho. No pensaré en nada más todo el tiempo.

Sí que lo harás, pensó Samsa. Pensarás en volar de un modo en que nunca pensaste antes, del mismo modo que yo nunca pensé en el aire hasta que dejé de respirar.

Se dirigió a la cocina con la marcha insípida de una espacial, pero, aunque siempre había sido torpe bajo la gravedad, por primera vez Samsa pensó en un dicho largamente olvidado: “…como si caminara sobre hojas tan afiladas que la sangre inevitablemente acabaría brotando”.

Se detuvo en la entrada con una mano en el marco de la puerta y se volvió para mirarlo. Él podía verla perfectamente sin mover la cabeza, pero parecía correcto levantarla. Ella volvió a flotar hacia el foco total: piel porosa, mejillas flácidas; pero también podía verla entera. Era tan hermosa.

—Me alegra que hayamos tenido esta conversación —dijo ella, esbozando una sonrisa—. Que tengas un buen día de trabajo, querido.

Samsa asintió. Era lo mínimo que podía hacer. Y lo máximo.

Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

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