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martes, 30 de junio de 2026

CIELO COLOR ÓPALO

Veronika Santo

 

—Buenos días a todos, comencemos con los preparativos —dijo Konstantin recorriéndonos con la mirada. Su cabello era azul y rígido y en determinadas situaciones parecía erizarse.

Tal vez era de mañana, o tal vez no. Porque ¿mañana con respecto a qué? ¿Al planeta Tierra que acabábamos de abandonar o al planeta rojo parduzco que flotaba frente a nosotros y que había sido designado como destino de nuestro viaje? Pero Konstantin parecía estar de buen humor; le gustaba estar en acción y no permitía que detalles como esos lo distrajeran.

Un instante antes habíamos sido expulsados del túnel espaciotemporal y el capitán ya nos había convocado a la sala de reuniones.

Cuando una nave sale de un túnel espaciotemporal, el universo se abre de pronto a su alrededor como si, en una antigua película japonesa, una geisha desplegara de repente su abanico. Las estrellas aparecen como cintas centelleantes, todavía deformadas por la distorsión del tránsito, y luego se transforman en puntos fríos y brillantes, inmóviles en la inmensidad del espacio. Aquí y allá, finas nebulosas se extienden como hebras de humo, difundiendo a su alrededor un resplandor rojizo que pulsa lentamente, como un corazón metafísico.

Todo esto para decir que no es habitual convocar reuniones inmediatamente después de atravesar un túnel espaciotemporal, que es una experiencia extremadamente delicada. Mi sensación personal siempre había sido la de estar sumergido cabeza abajo en un mar negro e infinitamente profundo, algo que ciertamente no ayuda a la concentración. Normalmente se establece un período para recuperar el equilibrio psicofísico, pero esta vez no era posible.

—Delante de nosotros hay una estrella de tipo M, una enana roja cálida —dijo Ema, nuestra científica principal—. La radiación predominante es roja e infrarroja. El período orbital del planeta en el que debemos aterrizar es de sesenta días. La rotación dura veintiocho horas. La flora y la fauna del planeta son compatibles con estas condiciones.

Habíamos dejado atrás un mundo que acababa de salir de una guerra planetaria con una población más que diezmada. Apenas nos quedaban unos pocos cruceros operativos como el nuestro, naves capaces de activar puentes de Einstein-Rosen que abrían atajos a través del espacio.

El gobierno mundial restablecido había llegado a la conclusión de que nos vendría bien la ayuda de alguna otra especie: lo bastante parecida para que pudiéramos entendernos y lo bastante diferente para evitar mezclarnos genéticamente con ella. Debía encontrarse en un nivel de desarrollo inferior, de modo que nos obedeciera y nos ayudara a realizar aquello para lo que ya no quedábamos suficientes personas; sobre todo, reconstruir lo que acabábamos de destruir.

Podíamos trasladarlos a la Tierra mediante un puente espaciotemporal, y nuestra misión consistía precisamente en eso: encontrarlos y llevarlos.

—Todos han recibido los datos completos en sus Ecos digitales —dijo Ema.

Todavía conservábamos nuestras inteligencias artificiales personales, los llamados Ecos digitales, aunque con capacidades reducidas. Ya no confiábamos demasiado en las inteligencias artificiales; no después de los acontecimientos de las últimas guerras. Habían mostrado demasiada independencia y demasiada inclinación a ayudarnos incluso cuando no se lo pedíamos. Seguían allí, pero las habíamos devuelto a un nivel anterior de desarrollo y, de algún modo, las manteníamos bajo vigilancia.

—Como ya saben, las condiciones para la vida de tipo terrestre son favorables. Todos los datos, como ya dijo Ema, están en sus Ecos —añadió el capitán.

Normalmente, todos evitábamos a nuestra querida Ema, algo que en una nave espacial nunca es posible. No era una persona sociable; parecía tener siempre la capacidad de arruinar el ambiente. Sin embargo, era excelente en su trabajo.

La tripulación era reducida y por eso era importante que todos supieran exactamente qué hacer. Que solo fuéramos treinta y siete personas en una misión tan importante decía mucho sobre la situación de nuestro planeta natal.

Ema tenía apenas dos ayudantes científicos, y lo mismo ocurría en las demás especialidades. En otros tiempos habrían enviado varios miles de soldados y algunas unidades de élite a bordo de varios cruceros de combate. Y no habría habido demasiadas discusiones sobre lo que los habitantes de un planeta quisieran o no quisieran. Nunca habíamos sido de pedir permiso. Éramos quienes decidían. Pero la historia no es lineal. Nuestra antigua gloria ya no existía y no debía cegarnos.

—Solo queda decidir quién descenderá —continuó Konstantin.

Todos sabíamos que la decisión ya estaba tomada, pero era necesario mantener al menos una apariencia democrática. Nuestro capitán tenía una larga carrera militar detrás y sabía cómo dirigir una tripulación.

—Veamos, necesitamos tres personas. La Santísima Trinidad ha aparecido en más de una religión a lo largo de la historia humana. Vamos a tratar con humanoides que, por lo que sabemos, se parecen bastante a nosotros en muchos aspectos, aunque, si nada ha cambiado entretanto, se encuentran aproximadamente al nivel de nuestra Edad del Bronce.

—¿Dos diosas y un dios o al revés? —preguntó Maja, la ingeniera principal de la nave. Maja era alta, musculosa; el traje espacial se ajustaba a su cuerpo exactamente donde debía, y por supuesto yo tenía debilidad por ella. A veces, cuando todavía estábamos en la base, compartíamos la cama por las noches, pero desde que habíamos partido se mostraba distante y yo no estaba seguro de cómo me trataría a partir de entonces.

—Lo someteremos a votación —dijo Konstantin—. La propuesta es que vaya yo, como capitán de la nave; Andreas, como médico de a bordo; y Maja, como ingeniera principal. Ema vendrá con nosotros, pero permanecerá en el transbordador. ¿Alguien se opone?

Yo no compartía del todo la idea de llevar una nueva colonia de humanoides a la Tierra, pero no era más que un médico y no tenía influencia alguna sobre las decisiones globales. Todo aquello me olía a importación de mano de obra, a la instauración de algo parecido a una casta o, peor aún, a la esclavitud, y no precisamente al enriquecimiento cultural de una civilización menos desarrollada.

Habíamos revisado antiguos informes y encontrado varios planetas habitados, aunque las razas humanoides eran escasas y solo una cumplía con los parámetros establecidos. Los datos más recientes que teníamos sobre ellos tenían unos doscientos años de antigüedad, pero eso no era un problema: la evolución de los humanoides suele caminar más que correr. Por lo tanto, no podían haber avanzado demasiado.

—¿Se dan cuenta de lo miserable que resulta presentarse ante alguien como un dios? Entrar en los sistemas religiosos ajenos siempre es arriesgado —dijo Ema con amargura.

—Hemos recibido una misión y la cumpliremos —respondió Konstantin con firmeza—. ¿Tienes una idea mejor? ¿La tiene alguien?

Recorrió nuevamente la sala con la mirada. Por supuesto, todos guardaron silencio, aunque quizá algunos sí la tenían.

—No. Nosotros cuatro descenderemos en el transbordador auxiliar dentro de una hora. Durante mi ausencia, Aldo quedará al mando, como establece el protocolo.

Aldo era el primer oficial, un hombre enérgico que siempre estaba dispuesto a ayudar o a cubrir cualquier necesidad.

Ema levantó la vista. Pareció que iba a decir algo, pero finalmente desistió.

Mientras tanto, Maja ya estaba concentrada en una serie de cálculos que su Eco proyectaba en una pantalla holográfica frente a ella. A pesar de su aspecto imponente, era una persona extraordinariamente práctica y eficiente. Y, a diferencia de Ema, rara vez cuestionaba las tareas que le asignaban.

Poco después los cuatro estábamos en el transbordador, descendiendo hacia una órbita baja alrededor del planeta.

Solo había un continente, extendido parcialmente por el hemisferio norte y parcialmente por el sur.

Los datos disponibles procedían de los tiempos anteriores a la guerra. En aquella época, la humanidad había comenzado a utilizar túneles espaciotemporales en busca de nuevas rutas comerciales y, de paso, de alguna posible colonia. Los resultados no habían sido especialmente impresionantes, al menos no los que esperábamos. O tal vez estábamos demasiado ocupados con otros asuntos.

Fuera como fuese, hacía mucho tiempo que habíamos dejado de buscar especies afines, y por eso esta misión representaba una novedad para nuestra época.

Lo que apareció bajo nosotros me impresionó profundamente.

Acabábamos de abandonar el lado nocturno del planeta y entrábamos en la luz rojiza del amanecer. El cielo estaba cubierto por todas las tonalidades imaginables de rosa, naranja y rojo, reflejadas en una danza salvaje sobre las olas del océano.

En la frontera entre la noche y la aurora, el agua era oscura, azul negruzca, casi violeta, semejante a metal fundido bajo un cielo color ópalo.

A medida que la luz aumentaba, el océano adquiría tonos de bronce y finalmente el naranja intenso del fuego. Incluso Konstantin quedó momentáneamente sin palabras ante aquel espectáculo. Para quienes proveníamos de un mundo predominantemente azul y verde, aquel paisaje resultaba casi irreal. A diferencia del océano, el continente parecía una enorme alfombra rojiza y parda, aunque aquí y allá emergían manchas de vegetación verde, como islas dispersas.

—Las plantas han desarrollado pigmentos capaces de absorber mejor las longitudes de onda rojas e infrarrojas —explicó Ema—. Las zonas verdes son lugares donde las condiciones se parecen más a las terrestres o donde la intensidad de la luz es mayor.

—Tenemos coordenadas para descender cerca de donde estuvo nuestra antigua base de investigación, en una de esas elevaciones verdes. Lo extraño es que la estrella es más antigua que nuestro Sol y, sin embargo, la civilización se encuentra en un nivel inferior de desarrollo.

Todavía orbitábamos el planeta a baja altura.

—¿Quién dijo que todas las civilizaciones deban desarrollarse del mismo modo y al mismo ritmo? —pregunté—. La historia de la Tierra está llena de debates semejantes. Y muchas veces terminaron mal cuando los supuestamente civilizados fueron a civilizar a otros.

Era una de mis cuestiones favoritas.

—Ahora no tenemos tiempo para esas discusiones —intervino Maja con impaciencia.

No era la primera vez que interrumpía una de mis reflexiones en voz alta. Aquel magnífico cuerpo albergaba una mente excesivamente racional.

—Muy bien, bajemos —ordenó Konstantin.

Maja comenzó a introducir los datos necesarios para mantener el transbordador en una órbita estable.

—¿Y qué harán una vez allí abajo? —preguntó Ema.

Konstantin se volvió hacia ella, luego nos miró a Maja y a mí.

—Actuaremos según las circunstancias. ¿Todos entienden en qué nos estamos metiendo? ¿O no?

Esta vez nadie respondió.

—Bien. De acuerdo con nuestro plan inicial de presentarnos como seres superiores, activaremos un puente Einstein-Rosen temporal. El efecto debería ser impresionante. Nuestro descenso puede tener espectadores o no, pero más vale estar preparados para el primer contacto.

Yo conocía el efecto al que se refería para nuestra presentación. No era una mala idea. Una columna vibrante de energía atravesaría la atmósfera como la espada Excalibur y nos conduciría hasta la superficie.

—Lleven sus mochilas con el equipo imprescindible. Sujétenlas bien a la espalda —añadió Konstantin.

Y así descendimos, deslizándonos por un arco de luz que unía nuestro crucero con una de las elevaciones verdes situadas bajo nosotros, atravesando el resplandeciente cielo color ópalo. Visto desde abajo, debía de ser un espectáculo extraordinario.

No sé qué esperaban Konstantin y Maja de aquel descenso digno de admiración, pero yo, lo admito, había imaginado rostros asombrados, exclamaciones, adoradores locales arrojándose al suelo y cosas por el estilo, mientras nosotros tres emergíamos de la luz como dioses de Valhalla o del Olimpo.

Por supuesto, nada de eso ocurrió.

Era aproximadamente el mediodía. Sobre nosotros brillaba un sol rojo en un cielo color durazno, atravesado por reflejos violetas y anaranjados que se transformaban en un púrpura apagado hacia el horizonte.

Abajo se extendía una inmensa selva primigenia de tonos rojizos y pardos que parecía estar ardiendo. La luz teñía todo de rojo, incluso la cima de la colina cubierta de vegetación verde donde nos encontrábamos.

Y también una decena de construcciones modulares situadas justo bajo las copas de los árboles.

Observé con estupor lo que tenía delante.

Por fin comprendí que aquellos módulos eran idénticos a los que se habían utilizado siglos atrás en nuestras estaciones de investigación. Había visto hologramas de las expediciones científicas enviadas por la humanidad a distintos rincones de la galaxia antes de la gran guerra. Había alguien dentro de aquellas estructuras. Hasta nosotros llegaban risas y brindis ruidosos. Se estaba celebrando algo. Nos miramos con incredulidad. Lo último que esperábamos encontrar en aquel planeta era una fiesta de estilo terrestre.

En ese momento, la puerta de uno de los módulos se abrió y un hombre alto y rubio salió tambaleándose al claro.

—¡Eh, eh! —gritó hacia alguien que estaba detrás de él. Llevaba una botella en la mano. Luego se volvió hacia nosotros. Nos observó boquiabierto—. ¡Eh! ¡Eh! —volvió a gritar. Añadió algo casi ininteligible y corrió de nuevo hacia el interior. Un instante después reapareció acompañado por otros dos hombres. Los tres sostenían algún tipo de pistola láser. Era un modelo antiguo, pero seguramente todavía eficaz.

—Algo no está bien —dijo Konstantin frunciendo el ceño mientras su mano descendía hacia el cinturón para sacar una pistola similar, aunque mucho más moderna.

—Espera —dijimos Maja y yo al mismo tiempo.

Entonces la realidad a nuestro alrededor titiló.

Los colores comenzaron a fundirse unos con otros, como si la selva rojiza hubiera crecido de repente y se hubiera derramado sobre el verde de la colina, mezclándose luego con el cielo color ópalo que se extendía sobre nuestras cabezas.

Era como si un pintor invisible hubiera mezclado todos los colores y nos hubiera arrastrado hacia un océano creado exclusivamente para él.

Por un instante tuve la sensación de que aquel mar de colores penetraba en mis ojos y en mis pulmones, como si intentara ahogarme. El miedo apareció y desapareció de inmediato. Un relámpago del familiar arco luminoso dividió aquel océano en dos. Y al instante siguiente estábamos de nuevo en la nave.

—Los traje de regreso porque me pareció urgente —dijo Ema.

Estaba sentada frente a las consolas, completamente concentrada junto a su Eco. En uno de los hologramas podía verse el rostro preocupado de Aldo.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Konstantin.

Todavía tenía la mano sobre la empuñadura de su pistola láser. La retiró lentamente, abrió y cerró los dedos enguantados y finalmente se quitó los guantes.

—Una fluctuación cuántica —dijo Maja antes de que nadie más pudiera hablar.

—Exactamente —asintió Aldo—. Sabemos que puede ocurrir con este tipo de puente espaciotemporal, pero es extremadamente raro. El cuello del canal colapsa y puede provocar desviaciones imprevisibles. Creo que hemos tenido suerte. Han conseguido regresar.

—El error es nuestro. Deberíamos haber tenido en cuenta esa posibilidad. O al menos haber comprendido de inmediato lo que estaba ocurriendo —dijo Ema.

Todos sabíamos que estaba inmersa en uno de sus habituales procesos de feroz autocrítica.

Había sido Maja, y no ella, quien había identificado la fluctuación cuántica.

—Creo que terminamos en el pasado —dije, decidido a cambiar el tema.

Yo también seguía estremecido por lo que podría haber sucedido, pero Konstantin tenía razón: ninguno de nosotros podía haber previsto aquello. Todos me miraron.

—Por favor, no empieces otra vez con tus teorías —dijo Maja levantando la vista.

Hasta entonces había estado realizando cálculos junto a su Eco sin prestarnos atención.

—Mi formación es más amplia que la tuya. Sé algo de historia —respondí con ironía.

Me arrepentí en el acto. Todos estábamos nerviosos.

—Paz —intervino Konstantin de pronto.

Volvía a ser el de siempre. Nos observó uno por uno.

—Estamos en una misión peligrosa y no sabemos si lograremos completarla con éxito. Tendremos que improvisar. Y colaborar.

Se quedó pensativo unos instantes.

—Aquel hombre de abajo dijo algo en intra-lengua, pero no lo entendí. —Se dirigía a mí.

—Así es. Una de las antiguas variantes de la intra-lengua, la que se utilizaba cuando las tripulaciones estaban formadas por personas de distintas nacionalidades y era necesario comunicarse de alguna manera.

Aquello ocurrió antes del establecimiento del gobierno mundial y de la lengua universal, que vino acompañada de la ilusión de que la humanidad había dejado atrás las guerras, la sed de poder y los conflictos.

—Me pareció que dijo algo como: “¿Quién demonioses son estos?”

—¿Cómo es posible? —preguntó Maja, desconcertada—. ¿Quiénes eran esas personas? ¿No se suponía que debíamos presentarnos como dioses ante una civilización de la Edad del Bronce?

—La intra-lengua dejó de utilizarse hace unos doscientos años —respondí—. ¿La misión de investigación?

—Pensé exactamente lo mismo —asintió Konstantin—. Nuestra expedición científica estuvo aquí hace unos doscientos años y la fluctuación cuántica nos arrojó al momento en que todavía permanecían en el planeta.

—Y, afortunadamente, no podemos repetir el fenómeno aunque quisiéramos —intervino Maja—. Ya calculé las probabilidades y les envié los datos a sus Ecos.

Durante unos momentos todos examinamos sus cálculos. Tenía razón. La posibilidad de que algo semejante volviera a ocurrir era tan pequeña que podía ignorarse.

—Entonces... —pregunté.

—Entonces —respondió Konstantin— volveremos a descender. Esta vez, con total seguridad, en nuestro propio tiempo. Y continuaremos exactamente donde nos quedamos.

—¿Otra vez en el papel de dioses? ¿Con efectos luminosos y todo lo demás? —pregunté.

Konstantin guardó silencio unos segundos.

—No. Esta vez sin ningún circo.

Y pocos minutos después nos encontrábamos nuevamente sobre la misma elevación que habíamos abandonado menos de una hora antes. Y otra vez nos quedamos sin palabras. Pero por motivos completamente distintos. Ahora todo era diferente. Nubes multicolores ocultaban parcialmente el sol. Llovía. Las gotas reflejaban la luz y todo parecía teñido de rojo y oro. Pequeños arroyos dorados descendían por una colina casi desnuda, ahora rodeada en parte por gruesos troncos verticales clavados en el suelo. Formaban una especie de empalizada, una pequeña fortaleza, detrás de la cual se alzaban una decena de viviendas dispersas, algunas grandes y otras pequeñas. La lluvia rojo-dorada caía alegremente sobre casas, techos y cercas. O mejor dicho, sobre lo que quedaba de ellas. Las casas estaban dañadas. La empalizada había sido derribada en un sector. Y en varios puntos, pese a la lluvia, todavía se elevaban columnas de humo. Olía a ceniza, a bosque y a carne quemada. La selva roja, bañada por la lluvia, resplandecía bajo la colina verde como si reflejara el propio sol. Todo resultaba hermoso, insensato y peligroso al mismo tiempo.

—Esto no me gusta nada —dijo lentamente Konstantin.

—Hay alguien aquí —advirtió Maja señalando los sensores termocinéticos de su traje.

Se oyó un ruido. De una de las casas salió un hombre bajo y ya entrado en años. Llevaba una especie de arma primitiva que mi Eco identificó como arco y flechas. La dejó lentamente en el suelo y levantó las manos mostrando las palmas para indicar que estaba desarmado. La lluvia le pegaba el cabello a la cabeza y una de sus mangas estaba empapada de sangre. Vestía una túnica de tejido basto, pantalones y botas de cuero. Parecía haber estado revolcándose en el barro hasta hacía apenas unos minutos.

Los tres dimos un paso atrás al mismo tiempo. Konstantin levantó una mano indicándole que permaneciera donde estaba. En la otra sostenía una pistola láser. Maja tenía otra igual. Ni siquiera me había dado cuenta de cuándo las habían sacado. La mía seguía en el cinturón.

La situación era extraña, pero no me parecía que estuviéramos en peligro inmediato. El hombre comenzó a hablar. Parpadeaba bajo la lluvia. Levantaba los brazos, gesticulaba, explicaba algo.

Maja recurrió a su Eco, pero tanto Konstantin como yo ya habíamos reconocido aquella lengua. Era la misma variante de la intra-lengua que habíamos escuchado durante nuestro primer descenso. Mientras tanto, otras cabezas comenzaron a asomarse desde la casa de la que había salido el hombre. Poco a poco aparecieron más personas. Figuras desaliñadas y cubiertas de suciedad emergían de refugios improvisados. Se oían susurros, murmullos, exclamaciones contenidas. Hombres y mujeres abandonaban las viviendas de madera o espiaban desde puertas y ventanas medio destruidas. Detrás de los adultos aparecieron varios niños. Los adultos portaban armas. Mi Eco identificó algunos largos bastones como atlatls, antiguos lanzadardos compuestos por una empuñadura, un gancho y una lanza ligera. También había arcos, flechas, cuchillos y espadas. Intra-lengua y armas primitivas. No sabía qué pensar.

Poco a poco cesó el murmullo.

Entonces, uno tras otro, comenzaron a acercarse y a depositar sus armas delante de nosotros. Hablaron todos a la vez. Se interrumpían mutuamente. Intentaban explicarnos algo. En cierto momento, uno de los ancianos rompió a llorar. Una mujer cayó de rodillas.

Ahí estaba, pensé. Por fin alguien se arrodillaba. Era evidente que se encontraban en una situación desesperada.

—He comparado sus rasgos faciales —informó Ema desde la nave—. No pueden ser habitantes autóctonos. Pertenecen a nuestro propio linaje genético. Son, con toda seguridad, descendientes del primer grupo de exploradores con el que se encontraron durante el descenso anterior.

—Y así termina la historia de los humanoides de la Edad del Bronce ante los que debíamos presentarnos como dioses —comenté.

El hombre que nos había hablado primero volvió a tomar la palabra. La lluvia rojo-dorada seguía cayendo. El agua corría por su manga mezclándose con la sangre. Mi Eco traducía fragmentos. Comprendía algunas cosas y otras no. Mi atención estaba dispersa entre los rostros que nos observaban, el color de la lluvia, de las nubes y del cielo. Las gotas parecían por momentos pequeñas chispas de fuego deslizándose por cabellos y rostros.

—Cuando logremos comprender toda la historia, sospecho que no nos gustará demasiado —dijo finalmente Konstantin—. Según lo que han contado hasta ahora, llegaron a ser unas quinientas personas. Ahora quedan apenas cincuenta.

Guardó silencio unos instantes.

—La pregunta es: ¿qué ocurrió con los nativos? ¿Dónde están? ¿Qué hacen? Parece que fueron ellos quienes los atacaron.

Luego se volvió hacia Maja y hacia mí.

—Y creo que ya es hora de que nosotros también digamos algo.

Solo entonces advertí que hasta ese momento nos habíamos limitado a escuchar y observar.

—Primero pongámonos a cubierto de la lluvia. Veo allí una estructura que puede servirnos de refugio. Después intentaremos averiguar qué está ocurriendo.

De repente, el hombre que había estado hablando lanzó un grito. Todo se transformó en caos. Cada uno recuperó su arma y corrió hacia las casas. Varios venablos se clavaron en el suelo a nuestro alrededor. No hubo tiempo para pensar. Corrimos tras el hombre, que se había refugiado en una vivienda. Se colocó junto a una ventana, tomó su arco y tensó una flecha. Un grupo de personas acababa de atravesar la sección destruida de la empalizada. Eran altos, de piel oscura, y sus intenciones resultaban evidentes. Una lluvia de flechas y lanzas comenzó a caer por todas partes.

—¿Los traigo de vuelta a la nave? —escuchamos la voz de Ema.

Jamás estaré completamente seguro de lo que ocurrió después. Pero tampoco olvidaré nunca la magnífica criatura que apareció entonces en la puerta de la casa donde nos refugiábamos. Bajo una sencilla túnica de tela, su piel brillaba como el cobre. Alto, de movimientos fluidos, con largos músculos que parecían danzar bajo la piel a cada paso, realmente daba la impresión de ser una antigua divinidad. Llevaba brazaletes de un metal reluciente en brazos y piernas. Su cabello estaba recogido en lo alto de la cabeza. Sus ojos, grandes y muy separados, eran oscuros, casi violetas. Serenos. Inteligentes. Nos observó con detenimiento y luego dirigió la mirada hacia el capitán. Empuñaba una hoja ancha, más parecida a un sable que a una espada. Konstantin avanzó un par de pasos hacia él y se detuvo. Pensé que sacaría su pistola. Pensé que el hombre cobrizo blandiría su arma. No ocurrió ninguna de las dos cosas. Simplemente permanecieron allí, frente a frente, observándose. ¿Cuántos segundos? ¿Cuántos minutos? No lo sé. Finalmente, el hombre cobrizo se volvió, salió al exterior y levantó una mano. La batalla terminó de inmediato. Las flechas dejaron de caer. Las lanzas dejaron de volar. Todo quedó en silencio. Como si atacantes y defensores obedecieran una voluntad invisible y tranquila.

La magnífica figura se alejó con paso rápido a través del poblado. Y los atacantes desaparecieron con la misma repentina rapidez con la que habían aparecido. La lluvia también cesó.

Konstantin se volvió hacia nosotros. Parpadeó varias veces, como si no pudiera vernos. Luego miró a su alrededor, desconcertado, como si intentara recordar dónde estaba. En la casa donde nos habíamos refugiado encontré una cocina con una mesa y varias sillas. Ahora estaba sentado en una de ellas, examinando, suturando y tratando las heridas que podía. Mientras tanto, Konstantin se había sentado con el hombre que nos había recibido primero y, ayudado por el Eco y por la antigua intra-lengua, intentaba desenredar su historia. El hombre se llamaba Mart'in, una evidente evolución de algún antiguo nombre terrestre. Ahora nos encontrábamos nuevamente a bordo, en órbita alrededor del planeta. Esta vez, los cinco estábamos reunidos: el capitán, Maja, Ema, Aldo y yo. Aldo había sido convocado físicamente a aquella reunión extraordinaria.

—Increíble —dijo, rascándose la cabeza, un gesto habitual cuando estaba confundido—. Los descendientes de una misión científica han sobrevivido durante doscientos años rodeados por una población local menos desarrollada.

—Nosotros aparecimos durante los primeros tiempos de su estancia en el planeta y les dimos una idea de cómo relacionarse con los habitantes locales. Efectos luminosos, pequeños milagros y demás. Lo suficiente para que los nativos los consideraran dioses y les proporcionaran lo que necesitaban. Les gustó. Después de todo, no está nada mal ser un dios, y el planeta parecía prometedor...

—Les gustó, ¿eh? —no pude evitar interrumpir.

—Prolongaron su estancia —continuó Konstantin sin prestar atención a mi comentario—. Luego la situación se les fue de las manos. Sus instrumentos comenzaron a averiarse. Ya no pudieron utilizar el puente espaciotemporal y se convirtieron en una isla perdida en medio del océano. Mientras tanto, en la Tierra, las cosas empezaron a empeorar y la misión fue olvidada. Y ahora me temo que no fue la única. Para sobrevivir comenzaron a retroceder tecnológicamente, mientras la población local avanzaba. Ellos iban hacia atrás; los nativos, hacia adelante. Su relación atravesó distintas etapas. Después de un período inicial de adoración, los habitantes locales empezaron a evitarlos. Digamos que ambas comunidades permanecieron separadas durante mucho tiempo.

—Y luego comenzaron los ataques —añadí—. Probablemente terminaron percibiéndolos como un organismo percibe un virus y trataron de erradicarlos.

—Mart'in dice que los ataques se intensificaron en los últimos años porque su grupo se volvió cada vez más débil. Además, los habitantes locales parecen haber desarrollado técnicas psíquicas que desconocemos. Si no hubiéramos llegado, probablemente los supervivientes habrían desaparecido muy pronto.

En un momento conseguí hablar a solas con el capitán.

—¿Qué ocurrió mientras estaban allí mirándose? —pregunté rápidamente.

—Me dijo que los recogiera y los llevara a casa —respondió Konstantin.

—¿Eso fue todo?

—No. Se comunican telepáticamente.

—Ah.

De inmediato comprendí por qué había preferido no mencionarlo delante de los demás.

—También dijo que los miembros de la misión nunca llegaron a vincularse con los colores. Sea lo que sea que eso signifique. No estoy seguro de incluirlo en el informe.

Me observó con atención.

—Creo que deberías hacerlo —respondí—. Tal vez nos ayude a ver las cosas de otra manera.

—¿Volvemos a bajar para recoger a los nativos? —preguntó Ema algún tiempo después.

—No —respondió Konstantin con calma.

Todos lo miramos.

—¿Y nuestra misión? —insistió Ema, con un tono cercano a la histeria—. ¿Traer varios miles de nuevos humanoides a la Tierra?

La observé con interés profesional. ¿No había sido precisamente ella quien más había criticado aquella misión? ¿O quizá esperaba algún ascenso que ahora podía verse comprometido?

—No me parece una buena idea —dijo Konstantin recorriéndonos con la mirada—. No creo que la población local se sintiera cómoda entre nosotros. Ni nosotros entre ellos. Dejémoslos seguir su propio camino, sea cual sea. Todos tienen derecho a sus ascensos y a sus caídas. Tanto los individuos como las civilizaciones.

—Me lavo las manos respecto de lo que acabas de decir —declaró Ema, apretando los labios.

—No te preocupes, asumiré toda la responsabilidad —replicó Konstantin.

Luego se volvió hacia el primer oficial.

—Aldo, regresa al puente de mando. Prepara un puente Einstein-Rosen temporal y recoge a todos los supervivientes de la misión para traerlos a bordo.

—Podríamos buscar el registro de las misiones perdidas dispersas por la galaxia e intentar devolverlas a casa —dije en voz alta mientras reflexionaba—. Quizá al final sumen unos cuantos miles de personas. Justo lo que necesitamos.

—Por una vez has dicho algo inteligente —comentó Maja mirándome—. Aunque Ema también tiene razón: la misión ha fracasado.

Era la primera vez, al menos que yo recordara, que ambas coincidían en algo.

—En realidad no ha fracasado —dijo Konstantin—. Era una hipótesis que hemos comprobado sobre el terreno y descartado.

Se encogió de hombros.

—Seguimos adelante.

Lo observé con interés. Aquello suponía un cambio bienvenido en alguien a quien siempre había considerado un hombre capaz únicamente de recibir y dar órdenes. Maja me sonrió. Y empecé a esperar que aquella noche —dondequiera que pudiéramos considerar que estaba la noche— no durmiera solo.

Ema, por supuesto, lo advirtió todo y nos lanzó una mirada de absoluto desprecio.

En resumen, las cosas comenzaban a volver a la normalidad.

Regresamos en el transbordador a nuestro crucero principal, describiendo un arco bajo el cielo color ópalo y el resplandor de aquel sol rojo. Era tan hermoso como inquietante. ¿Quién sabía qué clase de civilización había surgido bajo aquella estrella? Konstantin tenía razón. Ni nosotros éramos adecuados para ellos, ni ellos para nosotros.

—Comencemos de inmediato los preparativos para el regreso —ordenó Konstantin una vez de vuelta en la nave principal.

La tripulación ocupó sus puestos y comenzaron las verificaciones habituales previas al salto. Fui a ver a nuestros invitados para prepararlos para el primer salto espaciotemporal de sus vidas. Ya habían sido bañados, desinfectados, alimentados y vestidos con sencillos monos blancos. Parecían animados. Supongo que algo parecido a los antiguos emigrantes cuando regresaban a la patria de sus antepasados. Todavía no les habíamos contado todo lo que había ocurrido en la Tierra desde que sus ancestros la abandonaron. Primero debían superar el tránsito. Cuando estuviéramos cerca de casa, habría tiempo para lo demás. La nave comenzó a alejarse de la estrella. El rojo se fue apagando hasta convertirse en naranja, como una brasa que muere lentamente en la noche. La geisha cerraba ahora su abanico con elegancia y lentitud. El planeta parecía una oscura semiesfera envuelta por un manto rosado y gris formado por el océano. Y poco a poco se fue hundiendo en el recuerdo. El espacio delante de nosotros vibró. Luego se tensó. Las estrellas se estiraron en largas cintas luminosas que el vacío parecía absorber. La enana roja desapareció primero. Cerré los ojos, pero seguía viendo destellos violetas y blancos lechosos. Tuve la sensación de que algo me transportaba, aunque permanecía inmóvil. Era el reflejo de un universo que se extendía más allá del horizonte de nuestra comprensión. Y por más que lo perforáramos, lo diseccionáramos y lo analizáramos, seguía siendo tan misterioso para nosotros como lo había sido para Adán y Eva. Pensé en nuestra superioridad tecnológica. Ante aquel hombre de la Edad del Bronce se había derretido y desvanecido. Nos había demostrado que, antes de volver a internarnos entre las galaxias, debíamos sacudirnos el peso de nuestros prejuicios heredados.

Y entonces, de pronto, llegó el regreso al espacio normal.

Una explosión de luz blanca y azul, demasiado intensa después del ardiente rojo del sol que habíamos dejado atrás. Las cintas de seda luminosa se enrollaron hasta convertirse nuevamente en pequeños y brillantes ovillos de estrellas. Todos buscamos con la mirada el Sol. Nuestro cálido faro amarillo. Estábamos en casa.

Veronika Santo ha publicado hasta la fecha tres antologías de relatos en Croacia y una en Italia. Sus novelas Fronteras en el viento (Premio Sfera 2017), Una noche en el bosque, Pasos en el sendero" y El reloj veneciano (Premio Sfera 2024) se han publicado en Croacia, mientras que Fronteras en el viento se ha publicado en Serbia. Sus relatos se incluyeron en varias antologías en Croacia, Serbia e Italia, algunas de las cuales han sido premiadas. Su relato "Aguas Profundas" fue uno de los ganadores del concurso literario multilingüe "La Biblioteca di Babele", organizado bajo los auspicios de la Universidad de Turín. La antología S/Confinati, en la que la autora presenta un relato basado en la novela Fronteras en el Viento, se publicó en Italia en 2024 y fue finalista del "Premio Italia" en la categoría de antología de ciencia ficción. Los cuentos "A Eva con amor" y "Siempre es domingo" recibieron el premio "Sfera" en Zagreb, mientras que el cuento "Tres Laures" recibió el premio "Artefacto" de la Asociación "3. zmaj" de Rijeka. El cuento "El jardín de los mascarones" fue premiado por la revista belgradense "Znak Sagite". Es miembro de la Asociación de Escritores Croatas.

 

domingo, 8 de marzo de 2026

UNA NOCHE, EN DICIEMBRE DE 1994

Veronika Santo

 

Zora está acurrucada en el asiento del autobús casi vacío que serpentea a lo largo de la costa adriática. A un lado se extiende el mar azul y profundo del canal de Velebit; al otro se alza la montaña, blanca como un hueso y afilada como los dientes de un dragón. Han salido de Trieste hace varias horas y las luces de Zara ya están cerca. Luces como las de un árbol de Navidad pobre, porque en el norte de Dalmacia hay guerra y la ciudad ha estado rodeada por los enemigos durante demasiado tiempo y nada es ya como antes.

El autobús con el letrero “Dubrovnik line” se hunde como un cuchillo en la niebla tenue que forma una cúpula gris clara, casi invisible, alrededor de la ciudad. Hay de todo en esa niebla: vapor de los bombardeos, partículas de arena de los sacos amontonados delante de las ventanas, la quintaesencia de los muertos y de los heridos en el alma y en el cuerpo, el odio y la esperanza por el pasado y por el futuro.

Zora baja del autobús un poco antes de medianoche. No habría querido tomar uno que llegara de noche, pero el tren desde Roma tuvo retraso y ese era el último que se aventuraba hacia el sur, a lo largo de la costa adriática.

Es demasiado tarde para los autobuses locales, y los taxis hace tiempo que han desaparecido de la ciudad, requisados por los soldados o huyendo de la guerra. La estación está casi desierta, los andenes vacíos, las aceras llenas de colillas de cigarrillos de los soldados. Del único bar iluminado llegan voces masculinas, alteradas por el vino y la cerveza. Una señora anciana baja junto con ella. Zora ve que la esperan con un coche blanco estacionado no lejos de la acera. Mientras intenta decidirse a pedir que la lleven, el coche arranca y ella solo ve el brillo de las gafas del conductor que huye en la oscuridad de la carretera.

Hace frío. Un viento salobre empuja las nubes altas en el cielo y se siente el olor del mar como siempre, como en los tiempos en que la cúpula aún no existía. Eso le da valor. Zora se abrocha la chaqueta, se cuelga la mochila en la espalda, toma la valijita con la mano derecha y comienza a caminar. La noche alrededor es densa y silenciosa. Tiene por delante cuarenta minutos de camino antes de llegar a casa.

—¡Detente! —le ordena alguien, y se da cuenta de que delante de ella hay un puesto de control—. ¿No sabes que hay toque de queda? —pregunta una voz masculina iluminándole el rostro con una linterna.

—He llegado con el autobús desde Trieste —responde Zora señalando el que pasa veloz junto a ellos para continuar su viaje a lo largo de la costa.

—Muéstreme los documentos —dice el hombre acercándose—. Es peligroso deambular así de noche.

Zora saca los documentos y el muchacho los examina atentamente. Al acercarse, ve que no puede tener más de unos veinte años.

—¿Vive en Melada? —continúa él.

Zora asiente, cambiando el peso de una pierna a la otra. De la boca del muchacho sale vapor a causa del frío. Ella piensa que debería haber llamado a alguien antes de salir de Trieste. Pero al final… ¿a quién? Los padres son demasiado viejos y los hijos demasiado pequeños.

El soldado se vuelve hacia sus compañeros, que proyectan sombras en el borde de la carretera, y regresa con ellos llevándose los documentos de Zora en la mano. Los oye susurrar. Son tres y cada uno lleva una ametralladora al hombro.

—Uno de nosotros la acompañará —le anuncia el muchacho.

Debería sentir alivio. En cambio, se esfuerza por verlos mejor, pero las nubes cubren cada vez más el cielo y la única luz es el cigarrillo encendido de uno de los soldados. De la oscuridad se acerca otro hombre. Tiene el cabello rubio, pero no se distingue su rostro.

—Vamos —dice. Primero se acomoda la ametralladora en el hombro y luego recoge la valijita que Zora había dejado en el suelo.

Se ponen en camino. Zora empieza a pensar si debería preguntarle al menos su nombre y si debería darle las gracias. Tal vez tenían la tarea de acompañar a todos los pasajeros perdidos que llegaban durante la noche a Zara. Pero no pregunta nada, porque le parece que el soldado es de los que no hablan mucho. Su fusil ametrallador pesa sobre sus hombros con el cañón apuntando hacia la acera resquebrajada.

—Debemos ir todo recto hacia abajo y luego tomar la Vía de la XIX División —le informa el soldado después de unos minutos de caminata—. El camino por el centro es demasiado largo y creo que usted ya está cansada.

—De acuerdo. Es el camino más corto. Pasamos junto al cuartel —acepta Zora mirando de reojo el rostro del hombre. Parece un poco menos joven que el soldado que la detuvo en el puesto de control, pero no hay suficiente luz para verlo bien. Las nubes desgarradas y luego amontonadas de nuevo por el viento viajan veloces sobre ellos.

—Ahora ya no queda nadie en el cuartel —dice el soldado.

Caminan de nuevo en silencio. Ella sabe que la naturaleza del hombre es cambiante; mantiene los oídos atentos para percibir su respiración, que podría delatar intenciones puramente masculinas. Un soldado sigue siendo un soldado, decía su abuela; las guerras cambian, pero la naturaleza de los soldados permanece inmutable.

La calle se despliega silencios ante ellos, con las casas oscuras y las ventanas cubiertas para que no se filtre la luz. Ya es una costumbre cubrir las ventanas, aunque los ataques más fuertes contra la ciudad hayan cesado.

Zora conoce bien el camino. Deben seguir recto; después del tercer cruce girarán a la derecha para tomar la calle con los jardines y las casas de su barrio. En una de ellas seguramente la luz seguirá encendida. Ella abrirá el portón que chirría, cruzará el sendero de entrada con la pérgola y estará en casa.

Pero ahora sigue caminando con el soldado que empuña su fusil ametrallador. El aire es frío, enrarecido como si estuvieran en la luna. También la calle frente a ellos es lunar, desierta, con agujeros de granadas que aquí y allá se hunden y se alzan de repente como cráteres. Una o dos veces Zora tropieza, pero él ni siquiera roza su brazo para ayudarla, y eso la tranquiliza.

A la izquierda hay casas con ventanas muertas, un cruce, pero ellos siguen sin girar; pasan delante del edificio del antiguo matadero y luego un largo muro que oculta los edificios –con las máquinas detenidas desde el comienzo de la guerra– de una empresa textil. A la derecha, a la altura del matadero, está el cuartel del ejército nacional yugoslavo. Un ejército que ya no existe como tal. Edificios vacíos, parques abandonados, ventanas con los vidrios rotos que brillan a la luz de una luna esquiva: son los testigos mudos de la batalla que hasta poco antes había rugido entre la ciudad y el ejército que en el pasado tenía la tarea de protegerla.

El soldado ahora camina más despacio. De vez en cuando se detiene y mira con desconfianza hacia los edificios. Zora comprende que algo no va bien. El soldado se detiene de repente.

—Allí hay alguien —le susurra.

—Pero cómo —susurra Zora—, el cuartel está abandonado, se retiraron…

Pero él le hace una señal para que se calle.

Deja la valijita de ella sobre el asfalto y corre rápidamente, silenciosamente, en la oscuridad; ella se queda sola con el corazón y las manos heladas. Esconde las manos en los bolsillos del abrigo; el corazón está desnudo en la noche. Mira con los ojos muy abiertos hacia las ventanas negras para captar algún movimiento sospechoso; por momentos le parece distinguir sombras más claras que se deslizan detrás de los cristales rotos. No sabe si es real o si su inquietud abre la puerta a imágenes fantásticas.

Después de unos minutos que le parecen horas, él regresa, con pasos suaves de lobo.

—Aquel edificio de allí era la lavandería. Debo echar un vistazo alrededor. ¡Malditos! Parece que se han infiltrado otra vez en el cuartel. Es mejor que me espere dentro de la lavandería en lugar de aquí, en la calle —susurra, y le hace señas para que lo siga hacia el edificio bajo y blanco que se alarga siguiendo el muro del cuartel.

Zora se vuelve a mirar alrededor, desesperada. No quiere ir con él, pero no sabe qué hacer. Ahora empieza a tener miedo y ni siquiera sabe de qué: de la calle vacía, de las extrañas presencias en el cuartel o de la profunda oscuridad que se esconde detrás de las ventanas rotas.

Así, sin saber siquiera por qué, sigue al soldado que la precede con sus modos decididos y silenciosos. Al llegar a la entrada de la lavandería, él le hace señas para que se acomode allí dentro y desaparece de nuevo en la oscuridad.

Zora se aprieta en un rincón intentando ver algo, luego comienza a avanzar palpando la pared con la mano. El muro es frío, áspero. Bajo la mano siente la cabeza de un clavo: quizá aquí una vez estuvo colgado un cuadro. Se detiene, en parte porque comprende lo absurdo que es moverse en esa oscuridad desolada, en parte porque oye el ruido de botas sobre el asfalto. Alguien corre. ¿El soldado? ¿Hay alguien más? Alguien blasfema en voz baja. Oye el ruido de ramas que se quiebran y luego algo más… algo más. Disparos. Alguien ha disparado.

El instinto le sugiere esconderse, alejarse de la puerta, ir más hacia el interior, encontrar algún mueble y acurrucarse detrás. En cambio, sin saber siquiera cómo, se encuentra de nuevo sola en la puerta mirando hacia afuera con los ojos muy abiertos.

No se ve nada: solo las siluetas de los edificios abandonados y las copas negras de los árboles. Luego distingue a alguien tendido en el suelo. Zora alarga la mano como si quisiera arrancar el velo negro de la noche para poder ver mejor; luego comienza a caminar con incertidumbre: el miedo ha tejido a su alrededor una espesa telaraña que le impide moverse.

Tendido en el suelo hay un hombre con uniforme. Un soldado con el uniforme del ejército yugoslavo. El rostro no se distingue, pero Zora ve claramente una delgada línea de sangre que corre por el suelo. Su primer pensamiento es que quizá el hombre aún no está muerto y debería ser ayudado. Pero no logra acercarse. Las piernas no la sostienen.

Los suaves pasos de lobo atraviesan el patio y una voz le susurra al oído.

—No debes estar aquí. Están los otros. Ven. Debes esconderte. No te quedes aquí. ¡Muévete!

Y el soldado del nuevo ejército croata se mueve delante de ella hacia la lavandería como para darle el ejemplo. Zora lo sigue automáticamente.

Las nubes en el cielo se desplazan lentamente dejando una abertura sobre el rostro de la luna y sobre el rostro del soldado.

—No te muevas de aquí —repite él señalando otra vez un rincón de la lavandería.

—Pero creo que te he conocido —exclama Zora en voz baja—. ¡Tú eres Ivan! ¡Ivan Mandre!

El rostro de su compañero de escuela está arrugado, los ojos cansados y el cabello rubio ya ralo.

—He cambiado un poco —dice Ivan con amargura—. Pensé que no me reconocerías. Ha pasado mucho tiempo.

—Sí, ha pasado mucho tiempo —repite Zora—. Estaba oscuro, solo por eso no comprendí enseguida quién eras… —Es una mentira, se confiesa a sí misma. Ha envejecido, tan pronto, tanto. En voz alta solo dice—: ¿Y por qué no dijiste nada?

—Ahora entra —la ignora él—. Por favor. Han vuelto. Debo echarlos. Hablaremos después.

Zora entra otra vez en la lavandería abandonada y esta vez se sienta en el suelo frío. En la noche ha aparecido un rostro conocido y se siente menos inquieta. Claro que ese rostro tiene demasiadas arrugas y en los ojos se ven demasiadas heridas. ¿Habrá matado él a aquel hombre de afuera?, se pregunta. Entonces recuerda que hay un muerto a pocos pasos de ella. Pasos… otra vez. Silenciosos, furtivos. Dan vueltas alrededor.

Ella levanta la cabeza que tenía apoyada en las rodillas y escucha. Hay gente corriendo. Rápido. Feroz. Más de uno. Alguien grita. Se oyen disparos otra vez.

No puedo hacer nada, piensa Zora. No tiene armas y aunque las tuviera no sabría usarlas. No puedo hacer nada, se repite, solo escuchar. Y escucha. No tanto lo que ocurre afuera, sino lo que ocurre dentro de ella. Escucha el latido del corazón y su respiración. Existen dos mundos, piensa: uno con luces y camas suaves, con sopas perfumadas y café caliente. El otro con oscuridad, con jergones sobre cemento y tierra apisonada, con muertos que hacen guardia delante de una puerta. ¿Quién es el que divide a los habitantes entre esos dos mundos?

De pronto los pasos afuera se aquietan, los disparos cesan. Zora levanta la cabeza. Ahora solo están los crujidos del viejo edificio, de las ramas desnudas de un viejo castaño que se doblan con el viento y… los pasos ligeros que se acercan a la lavandería.

Una silueta negra se recorta con claridad en la puerta.

—Podemos ir —dice el hombre y avanza con seguridad hacia la valijita y la mochila, como si su mirada atravesara la oscuridad—. Te acompaño a casa.

Zora se levanta dolorida. Le parece que no siente las piernas. Mientras tanto intenta ver el rostro del hombre. No sabría decir por qué, pero de pronto ha tenido la fuerte sospecha de que ya no se trata de Ivan. Ese hombre se mueve con la ligereza de una sombra. Allí afuera han matado a Ivan y alguien está jugando con ella un juego misterioso y cruel.

El hombre la precede llevando la valijita; su paso es largo y ella se apresura detrás. En el patio intenta mantener la mirada fija en el portón inclinado que conduce afuera, hacia la calle. No quiere ver la silueta que yace cerca, porque le provoca no solo miedo sino también una alegría secreta; parece la primera señal en el camino que conduce hacia casa.

Vuelven a caminar, lado a lado, por la calle desierta. A la izquierda está el muro que bordea la empresa textil abandonada. A la derecha, poco después del último edificio del cuartel, hay un cruce y comienzan los edificios habitados.

Zora y el soldado caminan bajo la luna fría y ella no logra pensar en otra cosa que en el cuerpo muerto que yace detrás de ellos, en el patio del cuartel abandonado.

—¿Has matado a alguien? —pregunta Zora.

—He matado a muchos —responde el soldado después de un breve silencio.

—Quiero decir ahora. En el cuartel.

—Ahora no he matado a nadie —niega él después de un momento, y ella comprende que no quiere hablar de eso.

Entre las nubes, sobre sus cabezas, se abre una grieta y ella logra verle el rostro. Es Ivan, comprueba con alivio, porque por un momento había pensado que era otro. Luego lo observa mejor. Algo ha cambiado en su rostro: ahora está aún más pálido, más sufrido. Zora está segura de que no le ha dicho la verdad. Ha matado a ese hombre en el patio del cuartel, piensa; por eso le parece cambiado.

—Lo siento —dice Zora, levantando el cuello de la chaqueta al sentir que el viento nocturno se vuelve cada vez más frío.

—¿Por qué deberías sentirlo? Cada uno hace lo que puede. Tú tuviste que ir a Italia; trabajas allí, ¿verdad?

—Desde hace ya dos años —confirma Zora en voz baja.

—Y yo tuve que ir a la guerra. A veces parece que no hay elecciones.

—No lo sé —dice Zora, y se encuentra contándole los últimos dos años de su vida.

Él la escucha en silencio.

Ahora están cerca de las Vrulje, un parque de pinos marítimos que murmuran con el viento, y enseguida, una vez pasado el cruce, Zora puede entrar en la calle que la lleva a casa. Piensa que lo invitará a entrar y que su madre le preparará alguna bebida caliente.

—¿Crees que terminará pronto? —pregunta pensando en todo: la guerra, su trabajo en Italia, la cúpula que está a su alrededor, grandiosa e invisible.

—Dicen que antes del próximo verano debería haber una gran batalla —responde él, comprendiendo lo que ella pregunta—. Luego debería cambiar. Sí, cambiará.

Su paso se vuelve más pesado. Las botas de cuero negro manchadas de barro se detienen en el cruce. Las nubes vuelven a cubrir la luna y sus sombras caen sobre su rostro.

—Desde aquí puedes continuar sola —susurra él, y hay una nota de tristeza en su voz.

—¿Pero no quieres acompañarme hasta casa y tomar algo caliente? —pregunta Zora, mientras se siente, sin saber por qué, como aliviada.

—Debo volver —rechaza él mirando a su alrededor. Luego se vuelve hacia ella—. Han cortado el nogal de tu jardín, el que está detrás de la casa. No estés demasiado triste —dice mientras le entrega la valijita.

Zora recorre su calle bordeada de jardines y casas que conoce. Ve el portón verde que se abre bajo la pérgola ahora sin hojas, y ya se está abriendo la puerta de entrada hacia otro mundo. Un mundo de calor y, al menos parece, seguro. La madre y el padre la esperan, los niños ya duermen. Zora entra en el salón que conoce tan bien: el sofá amarillo, las pesadas cortinas en las ventanas y los estantes llenos de libros.

Sobre la mesita junto a la biblioteca hay, en un jarrón, una rama de abeto negro cortada en el bosque. El padre abre la portezuela de la caldera para añadir un trozo de leña y las bolas doradas, las que quedaron de los tiempos anteriores a la guerra, brillan a la luz del fuego.

—Mañana es Navidad —observa Zora—. Oh, Dios, es Navidad —repite como si lo hubiera descubierto ahora, mientras el padre añade leña al fuego.

Va a la habitación de los niños y acaricia con la mirada su sueño tranquilo.

Luego vuelve a la cocina. Los padres la miran y ella mira sus rostros buscando los cambios que se hayan producido desde el verano. El padre la abraza, la madre le pregunta por el viaje.

—Me acompañó hasta aquí desde la estación Ivan Mandre. ¿Recuerdas, mamá? El que iba conmigo al liceo.

—Imposible —la contradice la madre en voz baja—. Ivan murió hace algunas semanas en la batalla de Eslavonia del Norte. Me encontré con su padre el jueves pasado. Te has equivocado.

—¡Pero qué dices! ¡Estaba conmigo hace apenas diez minutos!

—El señor Mandre logró recuperar el cuerpo. Hicieron el funeral en Zara —precisa la madre, y su voz es dura. Luego se vuelve y va a la cocina.

Zora calla.

También el padre calla; tiene las manos detrás de la espalda, se da vuelta, quisiera poner más leña en el fuego, pero la caldera ya está llena. Zora mira bien la caja de la leña. Son ramas del nogal. La madre en la cocina vierte el té hirviendo en las tazas.

Zora siente cómo su sangre empieza poco a poco a calentarse. Piensa en lo que ocurrió esa noche, en el rostro blanco y sufrido de Ivan, en los disparos en el cuartel.

Luego pregunta:

—¿Todavía hay enfrentamientos con los rezagados aquí en la ciudad?

—Últimamente no —responde el padre—. Todavía hay combates en el norte. Desde el verano nos han dejado en paz. Solo que no hay agua. La traen con cisternas.

—Toma este té —dice la madre—. Caliéntate, caliéntate.

Y sus ojos dicen: sé que has visto algo, pero no nos lo cuentes ahora. Olvida, olvida. Zora comprende. Bebe lentamente la infusión y se calienta las manos alrededor de la taza. La ciudad está llena de muertos. Y ellos no quieren ser olvidados. Viven bajo la cúpula y cuentan sus historias a los vivos. Recuerda que Ivan había nacido el 20 de octubre de 1960. Tenía 34 años, un mes y veinte días de vivo y quince días de muerto. ¿Existe una suma que abarque todos los días, todas las noches de una persona, tanto viva como muerta?

Pasa una noche inquieta entre sueño y vigilia en su dormitorio frío.

Por la mañana se levanta temprano y se asoma al patio trasero. Sí. El gran nogal que había plantado su abuelo ha sido cortado. La tierra roja del jardín está cubierta de escarcha que brilla con la primera luz del día.

Zora mira el tronco gris del nogal recién cortado. Luego recuerda otras cosas que dijo Ivan. Dijo que habría una gran batalla antes del verano y que después todo cambiaría. Se pregunta: ¿cuántas batallas y cuántos cambios más?

Suspira. Esperará el verano y la gran batalla.

Veronika Santo ha publicado hasta la fecha tres antologías de relatos en Croacia y una en Italia. Sus novelas Fronteras en el viento (Premio Sfera 2017), Una noche en el bosque, Pasos en el sendero" y El reloj veneciano (Premio Sfera 2024) se han publicado en Croacia, mientras que Fronteras en el viento se ha publicado en Serbia. Sus relatos se incluyeron en varias antologías en Croacia, Serbia e Italia, algunas de las cuales han sido premiadas. Su relato "Aguas Profundas" fue uno de los ganadores del concurso literario multilingüe "La Biblioteca di Babele", organizado bajo los auspicios de la Universidad de Turín. La antología S/Confinati, en la que la autora presenta un relato basado en la novela Fronteras en el Viento, se publicó en Italia en 2024 y fue finalista del "Premio Italia" en la categoría de antología de ciencia ficción. Los cuentos "A Eva con amor" y "Siempre es domingo" recibieron el premio "Sfera" en Zagreb, mientras que el cuento "Tres Laures" recibió el premio "Artefacto" de la Asociación "3. zmaj" de Rijeka. El cuento "El jardín de los mascarones" fue premiado por la revista belgradense "Znak Sagite". Es miembro de la Asociación de Escritores Croatas.

 

 

viernes, 6 de febrero de 2026

¡ESE ROJO!

Veronika Santo

¡Ese rojo!

Nunca en mi vida había visto un color así, el color del fuego, el color del corazón. Tenía exactamente nueve años el día en que mi padre me llevó a esta excursión, poco después de la muerte de mi madre.

Antes de entrar en la Casa de los Misterios, antes de ahogarme en ese mar de rojo que me marcaría para toda la vida, mi padre y yo caminamos durante horas por Pompeya.

Me explicó que hacía mucho tiempo la ciudad había sido cubierta por la ceniza de un volcán, que un polvo gris había sepultado casas, personas, animales y plantas.

Tan fascinado como estaba, me sentía también incómodo. Giraba confundido hacia uno y otro lado en aquella ciudad muerta de muros blancos que, en un instante, cuando menos lo esperaba, había sido cubierta de ceniza. De vez en cuando miraba en dirección al volcán que se alzaba sobre la ciudad. Era comienzos del cuarto mes, la primavera era inusualmente fría y las laderas del Vesubio todavía estaban cubiertas de nieve. Pensaba que la ciudad misma era prueba de que no se podía confiar en el volcán. Esperaba ver en cualquier momento lenguas rojas de lava derritiendo la nieve y precipitándose hacia nosotros.

Parecía que yo era el único que albergaba esas sospechas. Increíblemente, la gente a nuestro alrededor paseaba, levantaba los teléfonos móviles para fotografiar el Vesubio y luego le daba la espalda con total calma.

Le contaré a la clase que vi un volcán de verdad, les diré que de repente la cima empezó a humear y que el fuego tiñó el cielo. Volví a mirarlo a escondidas. No pasaba nada, lo cual no significaba que no pudiera pasar. Había que vigilarlo. Incluso podía añadir que vi un dragón. En realidad, era perfectamente posible que de la lava del cráter salieran también dragones.

—Sucede —dijo papá—. La vida sigue, sigue, y de repente, cuando menos lo esperas, se detiene.

Su voz era amarga, melancólica. Si hasta entonces me sentía incómodo, ahora sentí cómo se me encogía el estómago. Sabía que pensaba en mamá, aunque intentábamos no hablar más de ella. Mamá estaba muerta y había que olvidarlo. Él lo repetía constantemente, pero entonces ¿por qué me había traído justo aquí, a una ciudad tumba sobre la cual aún se cernía impune su asesino?

Y entonces…

—Vivieron y se fueron —continuó con el mismo tono—. Cuando personas y cosas desaparecen en el tiempo no hay que olvidarlas, pero tampoco aferrarse demasiado a su recuerdo.

¡Eres tú el que no me deja olvidar, tú, tú!, quise gritar, pero como siempre en esas ocasiones, no dije nada.

De repente su voz se me volvió insoportable. Igual que la atención obsesiva que me dispensaba. Desde que murió mamá vigilaba cada uno de mis movimientos. Llamaba a la escuela para asegurarse a qué hora terminaba la última clase, y ante el menor signo de enfermedad me arrastraba en pánico de médico en médico. Empecé a odiar a mi padre y quizás aquí, en Pompeya, más que nunca. Me sentía atrapado, quería huir: de que mamá ya no estuviera, huir de él, pero aún más de mí mismo. Daba vueltas casi en pánico, buscando algo, algo.

Qué exactamente, no lo sabía.

Y de repente ese “algo” apareció. Como si la ciudad hubiera respondido a mis llamados de auxilio.

A la Casa de los Misterios se entraba por una veranda desde la cual se podía ver casi todo el golfo de Nápoles. El mar chispeaba, brillaba, inspiraba reverencia; así que nos detuvimos unos instantes para contemplarlo, por fin en silencio, mientras yo rezaba en mi interior para que al menos por un rato me dejara en paz. Apenas nos alejamos de la terraza, volvió a bombardearme con explicaciones, esta vez sobre la disposición de las habitaciones de la Casa de los Misterios. Podría haberme interesado, pero incluso eso me resultaba excesivo.

Atravesamos cuatro salas que conducían al peristilo con dieciséis columnas (las conté obstinadamente, porque no quería prestar más atención a mi padre).

Y entonces, de pronto, nos encontramos frente a los muros pintados de aquella casa. Creo que al principio ni siquiera entendí lo que representaban. Lo que me atrajo fue el color, ese rojo increíblemente profundo en el que me ahogué, que me envolvió como si quisiera protegerme, como si quisiera devolverme al mundo. Solo después de unos momentos mi mirada se detuvo en una de las pinturas murales.

—Deja eso —respondió mi padre con cierta incomodidad—, esa manera de pintar pertenece al pasado.

Yo era solo un niño y creo que ese rojo pompeyano, el color del fondo sobre el cual la joven vestida de amarillo me miraba, respondió a mi llamado interno de auxilio. Cómo, no lo sé. Solo sé que me quedé inmóvil, hechizado, con la boca entreabierta, mirando lo que tenía delante.

La joven estaba sentada en una silla blanca, quizá de piedra, y una mujer a su lado le peinaba el cabello. Un niño desnudo con alas sostenía un espejo. Tenía cuerpo de niño, pero rostro de adulto. La imagen estaba algo dañada por el tiempo o tal vez inacabada.

Mi padre, por supuesto, notó mi mirada y dijo que se trataba de Puto, el dios del amor: entre los pueblos paganos no había ángeles. Esta vez sí lo escuché. Quería saber quién era Puto, pero parecía que él no sabía más. Justo cuando por fin quería aprender algo, no supo responderme.

Agucé el oído. Desde el patio llegaba la voz de un guía que explicaba a un grupo de visitantes la técnica pictórica de la encáustica. Entendí por lo que decía que gracias a ella los colores de aquellos muros habían permanecido casi intactos durante los últimos dos mil años.

—Yo también pintaré así cuando sea grande —dije en voz alta sin apartar la vista de la pintura.

Recuerdo que después de bastante tiempo me volví hacia la puerta abierta que daba al patio. Allí había sombra, allí luz veraniega; el sol se reflejaba en las columnas de mármol del patio interior. Había algo en esa luz que separaba aquel mundo de este, y aunque era solo un niño, ya sabía dónde estaba mi lugar.

Mi lugar estaba junto a ese rojo.

Más tarde busqué la palabra encáustica en la enciclopedia: era de origen griego y significaba “poner al fuego”. El pigmento se derretía en cera caliente, la pintura se aplicaba con herramientas especiales sobre la superficie y luego se calentaba para unificar el dibujo. Se requería gran habilidad para manejar fuego, cera y colores, y se consideraba que quedaban muy pocas personas que conocieran la técnica exacta.

Pronto comprendí que en realidad ya no la conocía nadie. Sí, había quienes se presentaban como expertos, pero no utilizaban las herramientas correctas, no conocían los pigmentos antiguos ni sabían elegir la cera adecuada.

Desde entonces, todos los días agregué algo a mi conocimiento de la encáustica, aunque, no sé por qué, nunca hablé de ello con mi padre. Dediqué mucho tiempo al rojo y supe que no era un color sino un pigmento, producido a partir del polvo triturado del mineral cinabrio.

Un día –yo ya tenía dieciséis años– me sorprendió frente a una tabla de madera en la que practicaba la aplicación de colores con mis entonces primitivos instrumentos.

—¿Por qué? —preguntó mirando lo que hacía. El dolor en su voz me hirió, me enfureció.

—¿Por qué te molesta? —le respondí desafiante.

—Porque tienes que vivir en el tiempo que te tocó —contestó.

Pero eres tú el que nunca lo logró, quise decirle. Lo que me llevaba a la ira era presentir que él relacionaba mi interés por la encáustica con el deseo de revivir el pasado; tal vez incluso pensaba que era un intento inconsciente de revivir a mi madre. Proyectaba sus errores en mí, los veía en mí.

¿Cómo podía explicarle ese rojo que se había vuelto la linfa de mi vida? Que el tiempo es fluido como el pigmento que se derrite en la cera al fuego, y que yo quiero, quiero fluir con él. Que era él, y no yo, quien cavaba constantemente en el pasado. Y que, maldita sea, ya era hora de que me dejara en paz.

A los diecisiete años tuve mi primera relación sexual. Se llamaba Irena, era bajita, algo rellenita y tenía unos pechos bonitos. Recuerdo que sudé mucho. Para ella también era la primera vez y quería que fuera cuidadoso. Yo tenía prisa, quería saber lo antes posible cómo era; además, ella era cálida, blanda y, en general, no creo que haya salido muy bien. Pero en el momento en que eyaculé, mal y apresuradamente, ante mis ojos apareció por un instante ese rojo profundo que yo, torpe y a mi manera, intentaba alcanzar en el lienzo.

No era exactamente lo mismo. Quizá era más pálido, quizá diferente, ¿peor, mejor?

Empecé a cambiar de chicas, experimentando, buscando. No tenía prisa: ningún verdadero artista puede permitirse ese lujo. La prisa es superficialidad e incomprensión. Quería explorar bien el mundo de los cuerpos femeninos suaves, su geometría, curvas y sombras. El arrebato que sabía liberarme y lanzarme a la órbita, hacia el rojo.

Nunca me enamoré; no podía ni lo pretendía. Como ya dije, mi trato con las chicas era una búsqueda del camino hacia el rojo. ¿Podían llevarme allí o no?

No podía ocultarle las chicas a mi padre; me miraba con desconfianza, pero no decía nada. Probablemente pensaba que yo era sexualmente inquieto, y nada más. Al mismo tiempo pintaba, en secreto. Como antes, cuidaba que mi padre no descubriera lo que realmente hacía. Me satisfacía de algún modo que no supiera a qué me dedicaba, qué quería, qué buscaba.

Aún no lograba obtener el color deseado. Sabía volar hacia la órbita, pero no alcanzarla. Poco a poco se me hizo claro que mi vida erótica no me llevaría muy lejos en la búsqueda del rojo pompeyano. Con las chicas estaba bien, pero no era suficiente. En cuanto a la pintura, tenía intuición, pero no técnica.

Además, ¿qué eran todas esas chicas comparadas con aquella de vestido amarillo que había visto en el fresco de Pompeya? Ese era el problema: ella era una diosa; estas eran solo chicas de carne y hueso. Poco a poco me fui saturando de sus cuerpos rosados y redondeados que pasaban por mi cama.

Yo buscaba otra cosa. Si hubiera tenido que expresar con palabras qué era exactamente esa otra cosa, no habría sabido decirlo. El rojo pompeyano: ese era el objetivo de mi búsqueda. ¿Adónde debía conducirme ese rojo pompeyano? Si de verdad lograba obtenerlo, ¿qué consecuencias tendría para mi vida? No tenía respuestas a esas preguntas, pero sí tenía deseo. El guante del desafío arrojado a los dioses. Sacaba a la luz algo que debía haber quedado olvidado. En lo más profundo sabía que en el momento en que lo consiguiera, algo sucedería. Solo que no sabía qué.

Tras terminar la escuela secundaria de artes plásticas, le pedí a mi padre que completara mis finanzas para ir a Nueva York y ampliar horizontes con visitas a los museos de allí. Omití decirle que en realidad iba al Museo Metropolitano a ver la única vasija antigua del mundo en la que estaban descritas con precisión las herramientas utilizadas en la encáustica. La vasija no estaba expuesta al público porque figuraba en la lista de obras en litigio por su restitución al país de origen. Por un momento pensé que mi viaje había sido en vano y pedí ayuda a uno de mis profesores. Recuerdo que olvidé la diferencia horaria y lo llamé a las cuatro de la madrugada de nuestro horario. En lugar de mandarme al demonio, a la mañana siguiente llamó a nuestro cónsul en Nueva York, presentándome como uno de sus mejores alumnos.

Logré obtener un permiso especial para ver la vasija.

Pasaron varios años hasta que conseguí fabricar las herramientas, obtener y perfeccionar los pigmentos. Aprendí que la cera pura debía fundirse primero en el mar y que incluso el gran Leonardo da Vinci fracasó en su intento de pintar con color, fuego, cera y mar. El fresco que representaba la batalla de Anghiari se le derritió ante los ojos.

Mientras tanto terminé también la Academia de Bellas Artes y me mudé lejos de mi padre.

Por fin logré escapar de su atención excesiva, aunque no de sus miedos. Todavía solía llamarme a cualquier hora del día o de la noche para preguntarme si había comido, si tenía suficiente dinero, si veía a alguien en ese momento. Después de todas aquellas chicas con las que había salido años atrás, desde hacía un tiempo prefería estar solo.

Todos esos años me enseñaron a esperar, a tener paciencia. Probablemente porque ahora estaba tan cerca del objetivo.

Parecía que lo tenía todo: por fin podía empezar a pintar de verdad con la técnica de la encáustica. Y hacía tiempo que sabía qué: una copia de la imagen que alguna vez, para mi noveno cumpleaños, había visto en Pompeya. Fondo rojo y tres figuras: la joven, la mujer que le peinaba el cabello y Puto, el dios alado del amor, con rostro de adulto y cuerpo de niño.

¿Pero quién observaba todo eso? Tenía que haber alguien más. Sonreí: ¿quién pintaba?

Me estremecí ante esa idea, pero ¿acaso después de tantos años no tenía derecho a la audacia? La pintura pompeyana estaba algo dañada; yo haría otra igual, pero nueva, fresca, como en el momento en que fue creada.

Fijé el día y la hora en que me sentaría a comenzar el cuadro. Habían pasado exactamente quince años desde que estuve en Pompeya con mi padre.

La noche anterior casi no dormí de la excitación; me había preparado para esto desde mi noveno cumpleaños. Me removía inquieto; en realidad hubiera querido saltar de la cama y empezar a pintar de inmediato, pero no quería arruinar lo que había planeado durante años.

A la mañana siguiente me duché, me lavé el cabello, me puse la mejor camisa de mi guardarropa. También me preparé un café fuerte. Las manos me temblaban un poco, pero sabía que eso cesaría en cuanto me sentara y empezara a pintar. Nunca había tenido problemas de concentración.

Di un sorbo al café caliente. Estaba bueno, amargo.

Encendí el pequeño hornillo a gas en el que calentaría los colores, la cera y las herramientas. Desde tiempos primigenios el fuego crea y destruye: ¿sería ahora mi amigo o mi enemigo?

Mis movimientos eran precisos, medidos.

Afuera era un cálido día de primavera. Recordé que ese mismo día, quince años atrás, el Vesubio tenía una corona de nieve y yo pensaba que en cualquier momento podría empezar a escupir fuego. Todo empieza y termina con el fuego, pensé.

Mezclé los colores, suspiré y comencé a trabajar sobre la base.

El tiempo pasó y ni siquiera noté cuándo cayó la noche. Al día siguiente ocurrió lo mismo, en una especie de fiebre, en un semisueño del que solo emergía la imagen. En algún momento de la tarde sonó el teléfono.

—No contestas desde hace días —dijo mi padre con voz triste—. ¿Está todo bien?

No podía permitirle que ahora lo arruinara todo. Ahora que por fin lo lograría, lo sentía; ahora que por fin tocaría ese rojo.

Le dije que no se preocupara, que estaba trabajando en un cuadro y que había perdido la noción del tiempo.

Volví ansioso al fuego y a los colores. La imagen que surgía no era una copia: era esa imagen. ¡Era ese rojo!

Pensé que había logrado devolver al mundo la técnica de pintar con fuego; pensé que era el único pintor en el mundo que había dominado la antigua técnica utilizada por egipcios, griegos y romanos.

Había vencido al tiempo, vencido al olvido, entrado en la propia trama del mundo.

En un momento miré por la ventana: el sol primaveral debilitaba la llama de gas y luego la fortalecía de nuevo, como si la incitara. Creo que ya estaba muy cansado, porque de pronto me pareció que la pared frente a mí era roja. Como si estuviera cayendo en algo cálido, algo intensamente rojo. ¿No era eso lo único que siempre había deseado? Solo que de repente tuve miedo.

La silla bajo mí se volvió fría, como de piedra. Me acomodé mejor, la toqué con la mano, miré: era solo una silla de cocina común. Pasé la mano con pánico por mis ojos.

Cuando la retiré, la joven estaba frente a mí: su cabello castaño caía suavemente sobre el hombro que la mujer de vestido púrpura a su lado acomodaba. Mi diosa me sonreía, claro, porque yo era quien la había pintado. La miré con incredulidad y luego me volví hacia la base en la que trabajaba. Mi mano se detuvo: ¿había dibujado todo eso yo? No había duda: me había convertido en un verdadero maestro; dentro de unos dos mil años la gente se maravillaría ante esta pintura.

Solo un par de movimientos más y el cuadro estaría terminado; podría darme vuelta e irme. ¿Pero dónde?

De repente, en la calle se oyó un murmullo que iba creciendo lentamente, como una marea amenazante. La joven, asustada, se puso de pie de un salto; su vestido amarillo ondeó, el cabello se le desparramó sobre los hombros.

Luego un grito, luego otro, el ruido de pasos, gente que huía por la calle. A la mujer a su lado se le cayó el peine de la mano.

Yo permanecí inmóvil, la mano aún detenida a mitad del gesto. Sabía lo que estaba ocurriendo allá afuera, en las blancas laderas del volcán.

Ni siquiera el pequeño Puto se movía; solo me miraba fijamente. Seguía sosteniendo el espejo plateado y parecía alguien que lo sabe todo. En el espejo se sucedían imágenes; más que verlas, las intuía. Sabía que a través del espejo fluía toda mi vida. Y que pronto me hundiría de verdad en ese rojo: era el final que había anhelado desde mis nueve años.

Creí haberle robado al mundo antiguo la técnica de la pintura, pero en lugar de eso, fue él quien me tomó a mí.

Veronika Santo ha publicado hasta la fecha tres antologías de relatos en Croacia y una en Italia. Sus novelas Fronteras en el viento (Premio Sfera 2017), Una noche en el bosquePasos en el sendero" y El reloj veneciano (Premio Sfera 2024) se han publicado en Croacia, mientras que Fronteras en el viento se ha publicado en Serbia. Sus relatos se incluyeron en varias antologías en Croacia, Serbia e Italia, algunas de las cuales han sido premiadas. Su relato "Aguas Profundas" fue uno de los ganadores del concurso literario multilingüe "La Biblioteca di Babele", organizado bajo los auspicios de la Universidad de Turín. La antología S/Confinati, en la que la autora presenta un relato basado en la novela Fronteras en el Viento, se publicó en Italia en 2024 y fue finalista del "Premio Italia" en la categoría de antología de ciencia ficción. Los cuentos "A Eva con amor" y "Siempre es domingo" recibieron el premio "Sfera" en Zagreb, mientras que el cuento "Tres Laures" recibió el premio "Artefacto" de la Asociación "3. zmaj" de Rijeka. El cuento "El jardín de los mascarones" fue premiado por la revista belgradense "Znak Sagite". Es miembro de la Asociación de Escritores Croatas.

 

TESTIMONIOS DE UN ÉXODO