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martes, 20 de enero de 2026

TOC-TOC

Urszula Maciuga

 

I

El motor de la furgoneta tosió dos veces y luego escupió por el escape una bocanada de humo. “Maniek-mudanzas” salió del estacionamiento rugiendo, dejando en la acera un armario de dos puertas, una mesa y un juego de sillas.

Tomek se impulsó hasta un peldaño más alto del trepador. Estaba de buen humor. Había desayunado sándwiches con mantequilla de cacahuate y, como su madre se había ido a trabajar temprano, pudo ver tranquilo un episodio nuevo de Dragon Ball. Las chicas aplaudían su número estrella, una triple voltereta. Vivir, no sobrevivir.

—¿Creen que tenemos uno nuevo? —preguntó Łukasz. Iba driblando una botella de gaseosa. El resto del líquido se había convertido en espuma rosada.

Tomek arrastró los pies sobre la acera para frenar. Miró el montón de muebles. Cada vez se mudaba más gente a su barrio. Apenas habían terminado de pintar el cuarto bloque, y detrás de la tienda de verduras ya estaban levantando otro edificio de trece pisos.

—Vamos a comprobarlo.

No es que le gustara hacer de líder, pero alguien tenía que hacerlo. ¿Łukasz? A veces se le ponía al frente, sí, pero ¿de qué servía? No sabía inventar juegos buenos, así que al final siempre dependía de Tomek.

Dos tipos estaban a punto de levantar el enorme armario, y gritaban con las rodillas flojas.

—¡Uno-dos!

Se abrió la puerta del edificio y salió disparado un chico diminuto, con una camiseta roja, con un número uno estampado en el frente. Los adultos ya subían por las escaleras. El chico les sostuvo la puerta abierta. El armario apenas logró pasar; a ojo de Tomek, faltaban unos centímetros para que se quedara atascado para siempre. ¡Eso sí habría sido un número! Alguna vecina de los pisos de abajo seguro llamaría a los bomberos para que lo destrozaran a hachazos o algo así.

—¿Y qué? —preguntó Wiktoria—. ¿Vas a hacer que lo haga?

Tomek asintió. Era tradición allí. Ya ni recordaba quién la había empezado.

 

II

El sol se filtraba entre las nubes. Las aceras aún brillaban por la lluvia de la mañana, pero en el aire se notaba el presagio de un día sofocante.

Wiktoria miró al nuevo de reojo, sin entusiasmo. Aun así sintió alivio. En el edificio solo vivían dos chicas –ella y Ania–, así que la llegada de otra habría alterado el equilibrio. Menos atención por parte de los chicos. El hecho de que ellas se juntaran con estudiantes de secundaria despertaba una especie de envidia entre sus compañeras de clase.

Los chicos salieron disparados y subieron de un salto los escalones. En vez de darse la mano educadamente, los tres se saludaron chocando los puños.

—Kuba —dijo el nuevo.

—Hola —intervino Wiktoria con voz firme.

No había forma de que ella fuera la primera en extenderle la mano a un chico.

A él se le abrieron los ojos, como si estuviera mirando rarezas de circo.

—¿Son gemelas?

La boca de Wiktoria se torció en una media sonrisa. ¿Cómo lo sabía?

 

III

Todo el mundo lo preguntaba. Ania asintió. Ya se había acostumbrado a la reacción de otros niños y la aceptaba. Mamá repetía que era bueno destacar de la multitud, incluso si eso significaba ser el reflejo perfecto de alguien más. El reflejo de su hermana, nacida unos minutos antes.

—Wiktoria, Ania —respondió Wiktoria con desgano, y eso debió impresionar a Kuba, porque sonrió con amabilidad. ¿Cómo lo hacía?, se preguntó Ania. Tal vez simplemente nació con eso: esa fuerza misteriosa para atraer y la habilidad de impresionar a los demás.

—Antes de dejar que te luzcas con nosotros, tienes que demostrar tu valía.

Tomek sonó cómico. A Wiktoria se le escapó una risita maliciosa. Ania compartía con su hermana la misma opinión: el rito de iniciación era, sencillamente, una tontería.

Todos probaban la broma de tocar el timbre de los vecinos. Las reglas las habían copiado de los dibujos animados.

—Tienes que elegir una víctima —explicó Tomek—. Pero si te atrapan, no nos conoces. ¿Está claro?

Se pusieron en marcha atravesando los lugares vacíos del estacionamiento. Caminaban con cuidado para no pisar los bordes de las losas. Algunas zonas seguían llenas de agua estancada, a pesar de que el sol –de un color amarillo limón maduro– brillaba con fuerza. Kuba avanzaba seguro; con sus pies pequeños se desenvolvía bien en la telaraña de grietas.

—Nadie me va a ver —aseguró, como si en el lugar de donde venía lo hubiera hecho un millón de veces.

Cruzaron al otro lado de la calle, donde terminaba la acera y empezaba el prado. Lo atravesaban senderos marcados en la hierba, que les llegaba a las rodillas.

—Tenemos una cancha grande —dijo Tomek, señalando con el dedo la masa gris de un edificio que asomaba detrás de los árboles—. En verano nos metemos por un agujero en la cerca y jugamos. Y, en realidad, ahora estamos en tierra de nadie. Mi papá dice que algún día la van a cubrir de cemento y van a construir un supermercado. Ah, y también dice que supuestamente hay serpientes, pero yo nunca he visto ninguna.

A espaldas de Ania sonó un siseo. Se estremeció y chilló cuando algo le hizo cosquillas en la pantorrilla. Detrás de ella y de Wiktoria iba Łukasz, con una varita flexible de sauce en la mano. Volvió a sisear.

—¡Idiota! —gritó Wiktoria.

 

IV

La parte más visible de la secundaria daba al borde del prado; más allá estaba el bosque y otro conjunto de edificios.

Kuba había oído hablar de la remodelación de su nueva escuela. La “renovación” anunciada con tanta pompa se reducía a pintar la fachada de rosa. No había duda de que la visión de septiembre, acercándose sin remedio, empezaría a perseguirlo en sueños. Sobre todo aquella pared repugnante.

Miró hacia la izquierda y la sonrisa se le dibujó sola en la cara.

—¿Y eso es…? —señaló la casa de enfrente.

La habían construido con un estilo antiguo. Las ventanas con remate ovalado, el jardín cubierto de maleza y el yeso marrón que se caía prometían una historia interesante detrás de esos muros.

A Kuba se le aceleró el corazón. Le gustaban esas historias. Siempre escuchaba a escondidas cuando sus padres veían Increíble pero cierto en la sala. A veces, de camino al baño, lograba espiar fragmentos de algún reportaje sobre lugares con aura siniestra.

—¿Eso? —Tomek se encogió de hombros—. Ahí se meten borrachos a beber.

Kuba lo miró incrédulo.

—¿Tienen una casa de terror y ninguna leyenda? ¿Quién la construyó?

—¿Qué casa de terror? —intervino Wiktoria—. Nuestra escuela tiene casi cien años. La fundaron los austriacos, y esa casa…

—¿Austriacos en Polonia? —la interrumpió Łukasz.

Ella le dedicó una sonrisa de desprecio.

—Las particiones, idiota. Las particiones.

Łukasz le lanzó la varita a la cara. Todo indicaba que habría pelea. La chica lo fulminó con la mirada y apretó los puños. Si no fuera por la diadema rosa con flores, Kuba diría que, para estar en sexto, se veía realmente peligrosa.

Se colocó entre ambos.

—¿Y qué pasa con la casa? —preguntó.

Wiktoria retrocedió unos pasos y se encogió de hombros, sin apartar los ojos de Łukasz.

—Nada. Creo que la hicieron en la misma época. O sea, la escuela y la casa. A lo mejor el director vivía ahí.

Kuba silbó.

—¿Una casa embrujada por el director?

—¿No oíste lo que dije de los borrachos? —Tomek metió las manos en los bolsillos de los jeans—. Van ahí y se emborrachan. Eso me dijo mi papá.

Kuba mostró los dientes en una sonrisa.

—¿O sea que nunca has visto a nadie ahí?

—¿Y qué? Busquemos una casa de verdad. Todavía no pasaste la prueba, nuevo.

Tomek hizo una seña a su pandilla y los demás lo siguieron sin discutir.

Qué aburridos.

—¡Pero yo ya elegí mi casa! —gritó Kuba.

Tomek negó con la cabeza. Se dio la vuelta y juntó las manos en forma de megáfono.

—¡No vale! ¡No puedes elegir una casa abandonada!

—¡No dijiste eso!

—¡Lo digo ahora!

Kuba le lanzó otra sonrisa y se acercó a la reja oxidada de aquella ruina.

Detrás de él se oyó la voz excitada de Łukasz:

—Oye, ¿vamos a ver?

Varias suelas se arrastraron sobre el asfalto. Mirando fijo la casa, Kuba no dudó de que las chicas también se habían sumado.

Empujó la reja verde. Forcejeó un rato. Con ayuda de Łukasz lograron moverla. Se abrió un hueco estrecho, lo suficiente para deslizarse.

—Suerte, nuevo —murmuró Łukasz.

Kuba no respondió. Entró al terreno. Las ramas afiladas de zarzamora le arañaron la piel de las pantorrillas. Entre la entrada y la puerta no había mucho espacio, así que enseguida quedó sobre el primer escalón. La madera, hinchada por la humedad, se hundió bajo sus pies.

De cerca, la casa se veía magnífica. Las contraventanas clavadas con tablas evocaban los ojos de un ciego. ¿Qué secretos escondería por dentro? El simple olor a madera podrida arrastraba la imaginación hacia el pasado. El vidrio negro de la puerta estaba agrietado en dos puntos. Parecía devorar la luz.

¿Y si allí se había refugiado una bruja? Por las noches atravesaba el prado en busca de hierbas y, algunas veces al año, salía por la chimenea montada en una escoba rumbo a la montaña Babia. Cuando se mudaban, había encontrado una mención prometedora sobre un caso de desaparición misteriosa en la zona.

Si recordaba bien, los testigos juraban haber visto a una niña acompañada de una mujer con el cabello trenzado de un modo impresionante. La niña llevaba una bolsa de plástico transparente repleta de dulces y parecía contenta de dar un paseo tardío con su abuela.

Había sido la noche del 23 al 24 de junio. Noche de Kupala. Tiempo de aquelarre.

—¡Vamos, toca! —lo apuró Tomek.

La casa no tenía timbre. Claro. Había que golpear. Kuba alzó el puño.

Toc-toc.

Un eco sordo le respondió. Se volvió hacia los demás y alzó los pulgares.

 

V

—¿Qué está haciendo? —preguntó Wiktoria.

No obtuvo respuesta. La puerta se entreabrió apenas y Kuba se deslizó adentro sin decir palabra. Łukasz miraba con la boca abierta. Una mano invisible le apretó la garganta.

—¡Kuba, vuelve! —gritó Ania, agarrando a su hermana de la mano—. ¿Y si le pasa algo? ¿Y si de verdad ahora mismo hay borrachos ahí dentro?

—Vamos por él —decidió Wiktoria—. Dios, qué idiota.

—No… —dijo Tomek—. Esperemos. Nos está tomando el pelo. Quiere que entremos. No nos va a asustar.

Łukasz inhaló hondo.

—¡Kuba, si no sales, estás muerto!

Podían llamarlo idiota porque suspendía los exámenes sorpresa de historia, pero sabía perfectamente que tenían que asegurarse de que al nuevo no le hubiera pasado nada. No se trataba de borrachos ni de mendigos. Una estructura así era peligrosa. Podía hundírsele el piso bajo los pies o caérsele algo encima.

—Mejor vamos por mi papá —pidió Ania.

Łukasz puso los ojos en blanco. Los padres estaban en el trabajo, y el padre de Kuba estaba cargando muebles o yendo a alguna ferretería por unas baldosas que faltaban.

—Está bien, entramos —decidió Tomek, y fue el primero en cruzar la reja.

A la luz del sol la casa no parecía peligrosa. En la hierba cantaban los saltamontes, y en los árboles junto a la escuela se alborotaban los zorzales, lo que solo subrayaba lo normal del día. En un día perezoso como aquel no podía pasar nada malo.

Łukasz cerraba la marcha. Se sentía raro, como un rescatista que no tiene idea de qué hacer. Fijó la mirada en la puerta pintada de rojo. Se destacaba con claridad contra la pared sucia.

Oyó un roce. Justo detrás de él. Tomó a Wiktoria del brazo.

—Mira —susurró.

Ella miró hacia atrás y se quedó inmóvil. Al cabo soltó el aire. Łukasz echó un vistazo rápido. Sobre la hierba había trozos de vidrio. Entre ellos estaba sentado un gato negro, quieto, mirando algo oculto en el pasto.

—Seguro está cazando un ratón —dijo Wiktoria con la voz tensa como una cuerda.

Esa explicación le servía. No preguntó nada más. Además, Tomek ya estaba en el primer escalón, sin controlar el temblor de las rodillas. Łukasz lo entendía. El miedo se metía hasta los huesos, aunque no hubiera motivos reales. Brillaba el sol y el aire olía a flores. Era un día cualquiera.

—¡Kuba, sal! —La voz de Tomek sonó como el maullido de un gatito—. ¡Kuba…!

Solo respondió el susurro del viento deslizándose entre los matojos.

Ah, ahora sí veremos. Łukasz esperaba decisiones inteligentes del “líder” y, en general, algo de valor. Aunque, en el fondo, él preferiría estar columpiándose frente al tercer bloque.

 

VI

Los niños aguzaron el oído, esperando pasos o el crujido de las tablas del otro lado; cualquier cosa que los calmara. El silencio, roto solo por sus respiraciones, parecía casi tangible. Había algo más. Desde que cruzaron el terreno, los llenaba la idea de que tras el vidrio negro de la puerta se escondía el rostro de un espectro. Bastaba acercar la nariz para descubrir por qué la casa seguía vacía hasta hoy.

Enseguida mirarían a los ojos del abismo. Pegaron el rostro al vidrio. No vieron nada. Detrás del vidrio sucio acechaba más suciedad. Solo unos haces de luz que se colaban por grietas en las paredes.

—No lo veo —murmuró Tomek, retrocediendo un paso.

Ania, mordiéndose la punta de la trenza, palideció como un fantasma.

—Vamos por mi papá —propuso Łukasz.

—Golpeemos —decidió Tomek.

Sus amigos lo miraron como si fuera un idiota.

—¿Qué? —preguntó—. Fue decisión de él, ¿no?

En realidad, debieron haber abierto la puerta de inmediato y cortar la payasada de Kuba. Eso era lo que debían hacer.

Debían.

—¿Y alguien vio cómo Kuba abrió la puerta?

Guardaron silencio. No lo recordaban. No se habían fijado. Los dedos de Ania se apretaron en el brazo de Tomek; su mirada le suplicaba sensatez y sus labios susurraban: vámonos.

Toc-toc.

Los niños dejaron de respirar. Ya no se miraban entre sí, solo miraban el puño de Łukasz junto a la puerta.

—¿Por qué hiciste eso? —siseó Wiktoria.

Łukasz los miró, no menos sorprendido.

El viento sacudía las ramas de los árboles. Rasparon el techo de la casa. Se oyó un chirrido en alguna parte. Los amigos giraron la cabeza. La reja, cerrándose detrás de ellos, les robó por completo la atención.

No vieron la perilla de la puerta girar lentamente.

 

Fragmento de un artículo del periódico local, 24 de mayo de 2017

A pesar de las protestas de la Asociación de Amigos de la Protección del Patrimonio, no se logró salvar la casa situada en la esquina de las calles del general Władysława Anders y Miodowa. Ni la petición –se reunieron casi 4,000 firmas– ni los plantones de abril retrasaron los trabajos de limpieza del terreno para construir un nuevo tramo de la circunvalación. Esta mañana, el destino del edificio, levantado a comienzos del siglo XIX, quedó sellado por la bola de demolición.

Los residentes de las casas unifamiliares de la calle Miodowa respiraron aliviados. Durante años, la casa tuvo mala fama como lugar de juergas nocturnas de jóvenes con problemas.

La Asociación anunció que presentaría una queja. Según su presidenta, “lugares como este deberían estar bajo protección; sobre los hombros de las autoridades municipales recae el deber de asumir responsabilidad y hacer todo lo posible para conservar y restaurar edificios antiguos, no entregarlos como presa a los desarrolladores”. La afirmación hacía referencia al problema de una política urbanística irresponsable con la que el barrio lidia desde fines de los años noventa.

 

Facebook, publicación informativa, julio de 2019

Hace exactamente quince años, cinco adolescentes desaparecieron sin dejar rastro de un barrio periférico. Una operación de búsqueda a gran escala duró cuatro meses. Hoy –en el aniversario de la desaparición de Kuba, Tomek, Łukasz, y de Wiktoria y Ania– compartimos las descripciones de los desaparecidos junto con retratos que muestran cómo podrían verse, si aún viven.

 

Transcripción de mensajes de voz enviados por la aplicación Instagram, noche del 23 al 24 de junio de 2025

Grabación 1

Eh… hola, sí, soy yo otra vez. Te grabo porque, bueno, quiero que el posible psicópata que quizá me esté observando sepa que estoy hablando por teléfono. Así que espero que, en caso de “emergencia”, muevas cielo y tierra para venir a ayudarme. Además está muy resbaloso. No sé, ¿aquí nadie echa sal o qué?

Dios, te digo, este camino hacia tu casa, a oscuras, se hace infinito. Yo, de hecho, iba a la escuela aquí, o sea, a la primaria, y, bueno, recuerdo que… ya sabes, antes todo se veía distinto. Estaba como más vacío. Ahora levantaron un montón de edificios iguales. Parece como si los dueños de las primeras casitas, hmmm, hubieran vendido sus jardincitos, ¿entiendes? Los vendieron y, mira, construyen encima. Pequeñísimo, apretado, ¡por favor!

Dios. Pero te digo, la calle sigue igual de torcida que hace diez años. Oscuro como boca de lobo. Y en las ventanas tampoco se ve ninguna luz.

 

Grabación 2

Bueno, ya estoy en Miodowa. Obvio, oscuro y vacío, porque cómo no. Yo de verdad creo que deberían ponerles farolas aquí. Tienen esas tiendas y farmacias, pero eso da, diría yo, poca luz. O sea, sus letreros de neón. Muy poco, muy poco.

Caray, un gato enorme acaba de pasar. No veo si era negro.

 

Grabación 3

Vale, hay gente. ¡Menos mal! Una pandilla de niños, caray.

Y no sé, es raro. Los niños van vestidos como si fuera verano. O sea, un chiquillo trae una camiseta deportiva, ya sabes, como de educación física, con un uno en el frente.

Me vieron. Caray. Vienen hacia mí. Que no me qui… el teléfono… Ah, vale. Dios, veo a un adulto. Y con ellos hay una… abuela. Ay. Dios.

 

Grabación 4

Oye, aquí está esa casa. No debería estar aquí, creo.

Tengo frío.

Los niños me miran. Esa abuela tiene unas trenzas impresionantes.

Tal vez… tal vez debería tocar la puerta.

Urszula Maciuga es una escritora polaca. Ha recibido premios y distinciones en concursos literarios regionales y nacionales. En 2022, fue nominada al Premio Nobel Estudiantil de Periodismo y Literatura. En 2023, debutó en la antología Wiedźmy (Brujas). Su actividad ha continuado con la publicación de Ujrzą nas takimi en 2025 y con numerosos trabajos en antologías de relatos cortos y revistas electrónicas.

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