I
El motor de la furgoneta tosió dos
veces y luego escupió por el escape una bocanada de humo. “Maniek-mudanzas”
salió del estacionamiento rugiendo, dejando en la acera un armario de dos
puertas, una mesa y un juego de sillas.
Tomek se impulsó hasta un peldaño
más alto del trepador. Estaba de buen humor. Había desayunado sándwiches con
mantequilla de cacahuate y, como su madre se había ido a trabajar temprano,
pudo ver tranquilo un episodio nuevo de Dragon Ball. Las chicas aplaudían su
número estrella, una triple voltereta. Vivir, no sobrevivir.
—¿Creen que tenemos uno nuevo?
—preguntó Łukasz. Iba driblando una botella de gaseosa. El resto del líquido se
había convertido en espuma rosada.
Tomek arrastró los pies sobre la
acera para frenar. Miró el montón de muebles. Cada vez se mudaba más gente a su
barrio. Apenas habían terminado de pintar el cuarto bloque, y detrás de la
tienda de verduras ya estaban levantando otro edificio de trece pisos.
—Vamos a comprobarlo.
No es que le gustara hacer de
líder, pero alguien tenía que hacerlo. ¿Łukasz? A veces se le ponía al frente,
sí, pero ¿de qué servía? No sabía inventar juegos buenos, así que al final
siempre dependía de Tomek.
Dos tipos estaban a punto de
levantar el enorme armario, y gritaban con las rodillas flojas.
—¡Uno-dos!
Se abrió la puerta del edificio y
salió disparado un chico diminuto, con una camiseta roja, con un número uno
estampado en el frente. Los adultos ya subían por las escaleras. El chico les
sostuvo la puerta abierta. El armario apenas logró pasar; a ojo de Tomek,
faltaban unos centímetros para que se quedara atascado para siempre. ¡Eso sí
habría sido un número! Alguna vecina de los pisos de abajo seguro llamaría a
los bomberos para que lo destrozaran a hachazos o algo así.
—¿Y qué? —preguntó Wiktoria—. ¿Vas
a hacer que lo haga?
Tomek asintió. Era tradición allí.
Ya ni recordaba quién la había empezado.
II
El sol se filtraba entre las nubes.
Las aceras aún brillaban por la lluvia de la mañana, pero en el aire se notaba
el presagio de un día sofocante.
Wiktoria miró al nuevo de reojo,
sin entusiasmo. Aun así sintió alivio. En el edificio solo vivían dos chicas –ella
y Ania–, así que la llegada de otra habría alterado el equilibrio. Menos
atención por parte de los chicos. El hecho de que ellas se juntaran con
estudiantes de secundaria despertaba una especie de envidia entre sus
compañeras de clase.
Los chicos salieron disparados y
subieron de un salto los escalones. En vez de darse la mano educadamente, los
tres se saludaron chocando los puños.
—Kuba —dijo el nuevo.
—Hola —intervino Wiktoria con voz
firme.
No había forma de que ella fuera la
primera en extenderle la mano a un chico.
A él se le abrieron los ojos, como
si estuviera mirando rarezas de circo.
—¿Son gemelas?
La boca de Wiktoria se torció en
una media sonrisa. ¿Cómo lo sabía?
III
Todo el mundo lo preguntaba. Ania
asintió. Ya se había acostumbrado a la reacción de otros niños y la aceptaba.
Mamá repetía que era bueno destacar de la multitud, incluso si eso significaba
ser el reflejo perfecto de alguien más. El reflejo de su hermana, nacida unos
minutos antes.
—Wiktoria, Ania —respondió Wiktoria
con desgano, y eso debió impresionar a Kuba, porque sonrió con amabilidad.
¿Cómo lo hacía?, se preguntó Ania. Tal vez simplemente nació con eso: esa
fuerza misteriosa para atraer y la habilidad de impresionar a los demás.
—Antes de dejar que te luzcas con
nosotros, tienes que demostrar tu valía.
Tomek sonó cómico. A Wiktoria se le
escapó una risita maliciosa. Ania compartía con su hermana la misma opinión: el
rito de iniciación era, sencillamente, una tontería.
Todos probaban la broma de tocar el
timbre de los vecinos. Las reglas las habían copiado de los dibujos animados.
—Tienes que elegir una víctima
—explicó Tomek—. Pero si te atrapan, no nos conoces. ¿Está claro?
Se pusieron en marcha atravesando
los lugares vacíos del estacionamiento. Caminaban con cuidado para no pisar los
bordes de las losas. Algunas zonas seguían llenas de agua estancada, a pesar de
que el sol –de un color amarillo limón maduro– brillaba con fuerza. Kuba
avanzaba seguro; con sus pies pequeños se desenvolvía bien en la telaraña de
grietas.
—Nadie me va a ver —aseguró, como
si en el lugar de donde venía lo hubiera hecho un millón de veces.
Cruzaron al otro lado de la calle,
donde terminaba la acera y empezaba el prado. Lo atravesaban senderos marcados
en la hierba, que les llegaba a las rodillas.
—Tenemos una cancha grande —dijo
Tomek, señalando con el dedo la masa gris de un edificio que asomaba detrás de
los árboles—. En verano nos metemos por un agujero en la cerca y jugamos. Y, en
realidad, ahora estamos en tierra de nadie. Mi papá dice que algún día la van a
cubrir de cemento y van a construir un supermercado. Ah, y también dice que
supuestamente hay serpientes, pero yo nunca he visto ninguna.
A espaldas de Ania sonó un siseo.
Se estremeció y chilló cuando algo le hizo cosquillas en la pantorrilla. Detrás
de ella y de Wiktoria iba Łukasz, con una varita flexible de sauce en la mano.
Volvió a sisear.
—¡Idiota! —gritó Wiktoria.
IV
La parte más visible de la
secundaria daba al borde del prado; más allá estaba el bosque y otro conjunto
de edificios.
Kuba había oído hablar de la
remodelación de su nueva escuela. La “renovación” anunciada con tanta pompa se
reducía a pintar la fachada de rosa. No había duda de que la visión de
septiembre, acercándose sin remedio, empezaría a perseguirlo en sueños. Sobre
todo aquella pared repugnante.
Miró hacia la izquierda y la
sonrisa se le dibujó sola en la cara.
—¿Y eso es…? —señaló la casa de
enfrente.
La habían construido con un estilo
antiguo. Las ventanas con remate ovalado, el jardín cubierto de maleza y el
yeso marrón que se caía prometían una historia interesante detrás de esos
muros.
A Kuba se le aceleró el corazón. Le
gustaban esas historias. Siempre escuchaba a escondidas cuando sus padres veían
Increíble pero cierto en la sala. A veces, de camino al baño, lograba
espiar fragmentos de algún reportaje sobre lugares con aura siniestra.
—¿Eso? —Tomek se encogió de
hombros—. Ahí se meten borrachos a beber.
Kuba lo miró incrédulo.
—¿Tienen una casa de terror y
ninguna leyenda? ¿Quién la construyó?
—¿Qué casa de terror? —intervino
Wiktoria—. Nuestra escuela tiene casi cien años. La fundaron los austriacos, y
esa casa…
—¿Austriacos en Polonia? —la
interrumpió Łukasz.
Ella le dedicó una sonrisa de
desprecio.
—Las particiones, idiota. Las
particiones.
Łukasz le lanzó la varita a la
cara. Todo indicaba que habría pelea. La chica lo fulminó con la mirada y
apretó los puños. Si no fuera por la diadema rosa con flores, Kuba diría que,
para estar en sexto, se veía realmente peligrosa.
Se colocó entre ambos.
—¿Y qué pasa con la casa?
—preguntó.
Wiktoria retrocedió unos pasos y se
encogió de hombros, sin apartar los ojos de Łukasz.
—Nada. Creo que la hicieron en la
misma época. O sea, la escuela y la casa. A lo mejor el director vivía ahí.
Kuba silbó.
—¿Una casa embrujada por el
director?
—¿No oíste lo que dije de los
borrachos? —Tomek metió las manos en los bolsillos de los jeans—. Van ahí y se
emborrachan. Eso me dijo mi papá.
Kuba mostró los dientes en una
sonrisa.
—¿O sea que nunca has visto a nadie
ahí?
—¿Y qué? Busquemos una casa de
verdad. Todavía no pasaste la prueba, nuevo.
Tomek hizo una seña a su pandilla y
los demás lo siguieron sin discutir.
Qué aburridos.
—¡Pero yo ya elegí mi casa! —gritó
Kuba.
Tomek negó con la cabeza. Se dio la
vuelta y juntó las manos en forma de megáfono.
—¡No vale! ¡No puedes elegir una
casa abandonada!
—¡No dijiste eso!
—¡Lo digo ahora!
Kuba le lanzó otra sonrisa y se
acercó a la reja oxidada de aquella ruina.
Detrás de él se oyó la voz excitada
de Łukasz:
—Oye, ¿vamos a ver?
Varias suelas se arrastraron sobre
el asfalto. Mirando fijo la casa, Kuba no dudó de que las chicas también se
habían sumado.
Empujó la reja verde. Forcejeó un
rato. Con ayuda de Łukasz lograron moverla. Se abrió un hueco estrecho, lo
suficiente para deslizarse.
—Suerte, nuevo —murmuró Łukasz.
Kuba no respondió. Entró al
terreno. Las ramas afiladas de zarzamora le arañaron la piel de las
pantorrillas. Entre la entrada y la puerta no había mucho espacio, así que
enseguida quedó sobre el primer escalón. La madera, hinchada por la humedad, se
hundió bajo sus pies.
De cerca, la casa se veía
magnífica. Las contraventanas clavadas con tablas evocaban los ojos de un
ciego. ¿Qué secretos escondería por dentro? El simple olor a madera podrida
arrastraba la imaginación hacia el pasado. El vidrio negro de la puerta estaba
agrietado en dos puntos. Parecía devorar la luz.
¿Y si allí se había refugiado una
bruja? Por las noches atravesaba el prado en busca de hierbas y, algunas veces
al año, salía por la chimenea montada en una escoba rumbo a la montaña Babia.
Cuando se mudaban, había encontrado una mención prometedora sobre un caso de
desaparición misteriosa en la zona.
Si recordaba bien, los testigos
juraban haber visto a una niña acompañada de una mujer con el cabello trenzado de
un modo impresionante. La niña llevaba una bolsa de plástico transparente
repleta de dulces y parecía contenta de dar un paseo tardío con su abuela.
Había sido la noche del 23 al 24 de
junio. Noche de Kupala. Tiempo de aquelarre.
—¡Vamos, toca! —lo apuró Tomek.
La casa no tenía timbre. Claro.
Había que golpear. Kuba alzó el puño.
Toc-toc.
Un eco sordo le respondió. Se
volvió hacia los demás y alzó los pulgares.
V
—¿Qué está haciendo? —preguntó
Wiktoria.
No obtuvo respuesta. La puerta se
entreabrió apenas y Kuba se deslizó adentro sin decir palabra. Łukasz miraba
con la boca abierta. Una mano invisible le apretó la garganta.
—¡Kuba, vuelve! —gritó Ania,
agarrando a su hermana de la mano—. ¿Y si le pasa algo? ¿Y si de verdad ahora
mismo hay borrachos ahí dentro?
—Vamos por él —decidió Wiktoria—.
Dios, qué idiota.
—No… —dijo Tomek—. Esperemos. Nos
está tomando el pelo. Quiere que entremos. No nos va a asustar.
Łukasz inhaló hondo.
—¡Kuba, si no sales, estás muerto!
Podían llamarlo idiota porque
suspendía los exámenes sorpresa de historia, pero sabía perfectamente que
tenían que asegurarse de que al nuevo no le hubiera pasado nada. No se trataba
de borrachos ni de mendigos. Una estructura así era peligrosa. Podía hundírsele
el piso bajo los pies o caérsele algo encima.
—Mejor vamos por mi papá —pidió
Ania.
Łukasz puso los ojos en blanco. Los
padres estaban en el trabajo, y el padre de Kuba estaba cargando muebles o
yendo a alguna ferretería por unas baldosas que faltaban.
—Está bien, entramos —decidió
Tomek, y fue el primero en cruzar la reja.
A la luz del sol la casa no parecía
peligrosa. En la hierba cantaban los saltamontes, y en los árboles junto a la
escuela se alborotaban los zorzales, lo que solo subrayaba lo normal del día.
En un día perezoso como aquel no podía pasar nada malo.
Łukasz cerraba la marcha. Se sentía
raro, como un rescatista que no tiene idea de qué hacer. Fijó la mirada en la
puerta pintada de rojo. Se destacaba con claridad contra la pared sucia.
Oyó un roce. Justo detrás de él.
Tomó a Wiktoria del brazo.
—Mira —susurró.
Ella miró hacia atrás y se quedó
inmóvil. Al cabo soltó el aire. Łukasz echó un vistazo rápido. Sobre la hierba
había trozos de vidrio. Entre ellos estaba sentado un gato negro, quieto,
mirando algo oculto en el pasto.
—Seguro está cazando un ratón —dijo
Wiktoria con la voz tensa como una cuerda.
Esa explicación le servía. No
preguntó nada más. Además, Tomek ya estaba en el primer escalón, sin controlar
el temblor de las rodillas. Łukasz lo entendía. El miedo se metía hasta los
huesos, aunque no hubiera motivos reales. Brillaba el sol y el aire olía a
flores. Era un día cualquiera.
—¡Kuba, sal! —La voz de Tomek sonó
como el maullido de un gatito—. ¡Kuba…!
Solo respondió el susurro del
viento deslizándose entre los matojos.
Ah, ahora sí veremos. Łukasz
esperaba decisiones inteligentes del “líder” y, en general, algo de valor.
Aunque, en el fondo, él preferiría estar columpiándose frente al tercer bloque.
VI
Los niños aguzaron el oído,
esperando pasos o el crujido de las tablas del otro lado; cualquier cosa que
los calmara. El silencio, roto solo por sus respiraciones, parecía casi
tangible. Había algo más. Desde que cruzaron el terreno, los llenaba la idea de
que tras el vidrio negro de la puerta se escondía el rostro de un espectro.
Bastaba acercar la nariz para descubrir por qué la casa seguía vacía hasta hoy.
Enseguida mirarían a los ojos del
abismo. Pegaron el rostro al vidrio. No vieron nada. Detrás del vidrio sucio
acechaba más suciedad. Solo unos haces de luz que se colaban por grietas en las
paredes.
—No lo veo —murmuró Tomek,
retrocediendo un paso.
Ania, mordiéndose la punta de la
trenza, palideció como un fantasma.
—Vamos por mi papá —propuso Łukasz.
—Golpeemos —decidió Tomek.
Sus amigos lo miraron como si fuera
un idiota.
—¿Qué? —preguntó—. Fue decisión de
él, ¿no?
En realidad, debieron haber abierto
la puerta de inmediato y cortar la payasada de Kuba. Eso era lo que debían
hacer.
Debían.
—¿Y alguien vio cómo Kuba abrió la
puerta?
Guardaron silencio. No lo
recordaban. No se habían fijado. Los dedos de Ania se apretaron en el brazo de
Tomek; su mirada le suplicaba sensatez y sus labios susurraban: vámonos.
Toc-toc.
Los niños dejaron de respirar. Ya
no se miraban entre sí, solo miraban el puño de Łukasz junto a la puerta.
—¿Por qué hiciste eso? —siseó
Wiktoria.
Łukasz los miró, no menos
sorprendido.
El viento sacudía las ramas de los
árboles. Rasparon el techo de la casa. Se oyó un chirrido en alguna parte. Los
amigos giraron la cabeza. La reja, cerrándose detrás de ellos, les robó por
completo la atención.
No vieron la perilla de la puerta
girar lentamente.
Fragmento de un
artículo del periódico local, 24 de mayo de 2017
A pesar de las protestas de la
Asociación de Amigos de la Protección del Patrimonio, no se logró salvar la
casa situada en la esquina de las calles del general Władysława
Anders y Miodowa. Ni la petición –se reunieron casi 4,000 firmas– ni los
plantones de abril retrasaron los trabajos de limpieza del terreno para
construir un nuevo tramo de la circunvalación. Esta mañana, el destino del
edificio, levantado a comienzos del siglo XIX, quedó sellado por la bola de
demolición.
Los residentes de las casas
unifamiliares de la calle Miodowa respiraron aliviados. Durante años, la casa
tuvo mala fama como lugar de juergas nocturnas de jóvenes con problemas.
La Asociación anunció que
presentaría una queja. Según su presidenta, “lugares como este deberían estar
bajo protección; sobre los hombros de las autoridades municipales recae el
deber de asumir responsabilidad y hacer todo lo posible para conservar y restaurar
edificios antiguos, no entregarlos como presa a los desarrolladores”. La
afirmación hacía referencia al problema de una política urbanística
irresponsable con la que el barrio lidia desde fines de los años noventa.
Facebook,
publicación informativa, julio de 2019
Hace exactamente quince años, cinco
adolescentes desaparecieron sin dejar rastro de un barrio periférico. Una
operación de búsqueda a gran escala duró cuatro meses. Hoy –en el aniversario
de la desaparición de Kuba, Tomek, Łukasz, y de Wiktoria y Ania– compartimos
las descripciones de los desaparecidos junto con retratos que muestran cómo
podrían verse, si aún viven.
Transcripción de
mensajes de voz enviados por la aplicación Instagram, noche del 23 al 24 de
junio de 2025
Grabación 1
Eh… hola, sí, soy yo otra vez. Te
grabo porque, bueno, quiero que el posible psicópata que quizá me esté
observando sepa que estoy hablando por teléfono. Así que espero que, en caso de
“emergencia”, muevas cielo y tierra para venir a ayudarme. Además está muy resbaloso.
No sé, ¿aquí nadie echa sal o qué?
Dios, te digo, este camino hacia tu
casa, a oscuras, se hace infinito. Yo, de hecho, iba a la escuela aquí, o sea,
a la primaria, y, bueno, recuerdo que… ya sabes, antes todo se veía distinto.
Estaba como más vacío. Ahora levantaron un montón de edificios iguales. Parece
como si los dueños de las primeras casitas, hmmm, hubieran vendido sus
jardincitos, ¿entiendes? Los vendieron y, mira, construyen encima. Pequeñísimo,
apretado, ¡por favor!
Dios. Pero te digo, la calle sigue
igual de torcida que hace diez años. Oscuro como boca de lobo. Y en las
ventanas tampoco se ve ninguna luz.
Grabación 2
Bueno, ya estoy en Miodowa. Obvio,
oscuro y vacío, porque cómo no. Yo de verdad creo que deberían ponerles farolas
aquí. Tienen esas tiendas y farmacias, pero eso da, diría yo, poca luz. O sea,
sus letreros de neón. Muy poco, muy poco.
Caray, un gato enorme acaba de
pasar. No veo si era negro.
Grabación 3
Vale, hay gente. ¡Menos mal! Una
pandilla de niños, caray.
Y no sé, es raro. Los niños van
vestidos como si fuera verano. O sea, un chiquillo trae una camiseta deportiva,
ya sabes, como de educación física, con un uno en el frente.
Me vieron. Caray. Vienen hacia mí.
Que no me qui… el teléfono… Ah, vale. Dios, veo a un adulto. Y con ellos hay
una… abuela. Ay. Dios.
Grabación 4
Oye, aquí está esa casa. No debería
estar aquí, creo.
Tengo frío.
Los niños me miran. Esa abuela
tiene unas trenzas impresionantes.
Tal vez… tal vez debería tocar la
puerta.
Urszula Maciuga es una escritora polaca. Ha recibido premios y distinciones en concursos literarios regionales y nacionales. En 2022, fue nominada al Premio Nobel Estudiantil de Periodismo y Literatura. En 2023, debutó en la antología Wiedźmy (Brujas). Su actividad ha continuado con la publicación de Ujrzą nas takimi en 2025 y con numerosos trabajos en antologías de relatos cortos y revistas electrónicas.
