Marcela Iglesias
—Centenares, tal vez millares
de vidas, se podrían encauzar por el buen camino; multitud de familias se
podrían salvar de la miseria, del vicio, de la corrupción, de la muerte, de los
hospitales para enfermedades venéreas... todo con el dinero de esa mujer. Si
uno la matase y se apoderara de su dinero para destinarlo al bien de la
humanidad, ¿no crees que el crimen, el pequeño crimen, quedaría ampliamente
compensado por los millares de buenas acciones del criminal? A cambio de una
sola vida, miles de seres salvados de la corrupción. Por una sola muerte, cien
vidas. Es una cuestión puramente aritmética.
—Pues,
puramente aritmética no es. ¿Has pensado que con toda la tecnología actual te
pueden capturar icso fapto?
—Hable bien,
por favor. Hable bien. ¿Cuántas veces le he dicho?
—Ay, no te
distraigas. Y no me hables de usted, me pones nervioso. Entendiste perfectamente
lo que quise decir, ¿no es cierto?
—Sí, está
claro. No es cuestión de matar por matar. Pero es que me…
—Sí, yo sé,
te enoja que esa mujer disponga de tanto dinero y no lo use de forma inconsciente.
—Otra vez, una
parte de ese dinero podría servir para culturizarte. ¡Qué manera de hablar, por
Dios!
—Mírenlo,
prospecto de asesino hablando de Dios.
—Y ¿de qué
otra forma se te ocurre qué podríamos llegar a todo ese dinero sin matarla?
—Mal no te
ves, yo creo que podrías enamorarla y…
—¡Estás loco!
—¡Piénsalo!
De lo que he sabido, la vieja ha estado muy sola desde que se le murió el
marido. Y en realidad no es tan vieja. Debe tener unos cuarenta y cinco años.
En su casa tiene picsina, la otra vez la sacaron en un programa de esos
de chismosas que ve mi mamá.
—Picsina,
picsina. ¡Piscina! Además,
¿esa información de qué me serviría a mí?
—Tú eres el
inteligente, dizqué. Piensa para qué te puede servir esa información. Ya
me cansas con tus filosofadas que solo se quedan en planes. Por eso eres
tan amargado. Ahí te dejo el reto. Y me
voy, mi mamá me mandó por empanadas calientes y estas ya se enfriaron. Ahora me
tuestan.
Luciano se despidió,
dejando a Simón pensativo, en la puerta de su pieza. Vivían en una de esas
casas viejas construidas alrededor de un patio. Los dueños la habían remodelado
para convertir cada pieza en un pequeño departamento independiente, que
alquilaban por un módico precio.
Simón había
crecido en una barriada industrial. De niño había sido un estudiante muy
prometedor, curioso e incisivo. Por sus cualidades había conseguido ganarse el
cariño y el respeto de sus maestros. Al graduarse de bachillerato, con los más
altos honores, le habían conseguido una beca en la universidad más prestigiosa
de la ciudad. Dio la mala suerte que su madre falleciera en esa misma época,
teniendo Simón que quedarse al cargo de sus hermanos menores. Simón declinó la
beca pero obtuvo trabajo de conserje en la biblioteca de la universidad. Todo
el conocimiento que ahora tenía Simón lo había obtenido de esos libros. Cada
minuto que sus labores le dejaban libre, los había dedicado a leer. Así habían
pasado ya diez años. Simón estaba cerca de cumplir los treinta. Sus hermanos
habían crecido y como ya no lo necesitaban, se habían alejado de él. Debido a
que había tenido que recurrir muchas veces a la caridad pública para atender las
insuficiencias familiares, se había convertido en un resentido social. Su
situación precaria y múltiples ocupaciones como jefe de familia no le habían
permitido hacer muchas amistades y solo conversaba con Luciano, su joven vecino
que lo desquiciaba con su manera de hablar pero a quién apreciaba porque lo
había visto crecer y quería ofrecerle la oportunidad de aprender que sus
hermanos habían despreciado.
Desde el día
de la última charla con Luciano, no habían vuelto a detenerse a conversar. El
muchacho siempre pasaba apurado o corriendo pero no perdía la ocasión de
hacerle acuerdo del reto que le había puesto. Desde lejos le gritaba “galán” o
“amargado” y Simón le contestaba con el puño alzado.
Mientras
trabajaba, trataba de no recordar la conversación acerca de la mujer adinerada,
pero cualquier cosa lo llevaba a ese pensamiento. Como el día aquel que
ordenando los periódicos, había visto en la portada de la sección social una
foto de la susodicha señora, en la inauguración de un SPA. O cuando al salir a
botar la basura en el depósito universitario, aquel camión de mantenimiento de
piscinas había pasado y el conductor se había dirigido a él para pedirle
indicaciones del campus. O cuando llegó
a visitarlos la antigua directora de la biblioteca y le había dicho que se veía
muy bien ahora de adulto.
Y esta última
observación lo estaba obsesionando. ¿De verdad era un hombre atractivo? ¿Su
aspecto físico le podría ayudar a conquistar a la mentada señora? Él no tenía
nada de experiencia. Se había dedicado a sus hermanos en cuerpo y alma. Algo
tenía que cambiar si quería aceptar el reto que le habían puesto. Decidió hacer
los cambios, tomara el tiempo que tomase.
Aprovechando
su trabajo, comenzó a frecuentar la sección de cuidado personal. Aprendió a
cortarse el cabello, se hizo tratamientos faciales, trabajó en su musculatura y
mejoró su aspecto en general. La transformación externa, fue llevando
lentamente a una transformación interna. Llegó a los libros de superación
personal. Cayó en la cuenta de que el dinero que destinaba a sus hermanos,
ahora lo podía destinar a sí mismo y empezó a comer mejor. Aprovechando los
servicios dentales para el personal universitario, que no había utilizado nunca
porque se sentía injusto utilizando algo para él que no le podía dar a sus
hermanos, se hizo componer la dentadura que tenía muy maltratada por los años
de penurias. Ya no le daba vergüenza sonreír.
El cambio no
pasó desapercibido por las personas que rodeaban a Simón. Las bibliotecarias
jóvenes, que antes lo rehuían, conversaban con él. Los profesores lo saludaban
con respeto. Los estudiantes le sonreían.
Esa
transformación no fue tan evidente para sus vecinos, pues en la casa seguía
siendo taciturno y malhumorado. Hasta ese día que Luciano pasó con su hermana
mayor, mientras el limpiaba la entrada de su pieza.
—Hey! Simón,
¡‘tas fachito! —comentó un emocionado Luciano.
—No cambias,
no cambias, ¿qué es eso de ‘tas fachito?
—Tú tampoco,
¡amargado!
—¿Qué es esa
forma de dirigirte al vecino, Luciano —lo reprendió la hermana—. Disculpe
vecino, a veces el muchacho es muy impertinente.
—No se
preocupe vecina, ya estoy acostumbrado a sus bromas.
Y luego de
decir eso, sonrió. A la hermana de Luciano le pareció que toda la casa se había
iluminado.
Para Luciano
no pasó desapercibido el rubor en la cara de su hermana y al entrar a su pieza
le dijo que no se fijara en él porque era buena gente pero tenía ideas locas.
Cada tarde,
la hermana de Luciano, salía recoger la ropa tendida esperando volver a
encontrarse con Simón. Cada tarde, Simón barría el patio comunal esperando
encontrarse con la hermana de Luciano. Solo se sonreían, pero para Simón era
más que suficiente.
Una tarde,
pasados un par de meses, Simón regresaba en el transporte público hacia su
vivienda luego de una jornada corta en la biblioteca. Los habían dejado salir
antes porque al día siguiente era festivo. Al llegar a la estación, reparó que
por la otra puerta se había bajado la hermana de Luciano cargando un gran bulto
de compras. Apurado se acercó a socorrerla, evitando un desparramado accidente.
—Vecina,
permítame, le ayudo.
—Ay, muchas
gracias, esto está pesado. ¡Qué gusto verlo! ¿Siempre regresa a esta hora?
Porque no lo había visto antes por aquí.
—No, suelo
llegar más tarde. Hoy nos dieron la tarde libre porque mañana es asueto.
—Ay, vecino,
usted es tan culto. Me llama la atención la forma en que habla. ¿Usted cree que
yo podría llegar a ser así de culta?
—Es muy fácil,
vecina. Solo tiene que leer. Si quiere yo le puedo conseguir libros de la
biblioteca. Los empleados tenemos código y nos permiten sacar los libros como
si fuéramos estudiantes universitarios.
—¿Usted haría
eso por mí? Yo no soy muy buena
estudiando, pero seguro que si me ayuda, puedo aprender bastante.
Simón sintió
que se le derretía el corazón. Había encontrado lo que esperó toda su vida: encontrar
con quien compartir su pasión por el conocimiento.
—Claro que sí,
vecina. Usted dígame con qué empezamos y yo con gusto se lo traigo.
—Ya no me
diga vecina, me llamo Beatriz.
—Mucho gusto,
Beatriz. Yo me llamo Simón.
—Mucho gusto,
Simón.
Cerraron la
conversación con un apretón de manos, Simón dejó las compras en la puerta de la
pieza de Beatriz y Luciano y se retiró esperanzado a su propia habitación.
Ilusionado,
Simón buscaba en la biblioteca los mejores libros para estudiar los temas que
Beatriz le solicitaba y luego, en la tarde, se reunían en el patio de la
vecindad a estudiar. A la vista de todos, porque Simón, habiendo leído el
Manual de Carreño para aprender modales, no quería que su vecina fuera juzgada
por la comunidad.
Luciano
estaba molesto y ya no se acercaba a Simón. Se sentía preocupado porque todavía
tenía miedo de sus ideas locas y creía que su hermana corría cierto peligro.
Sin embargo, viendo el cambio en Beatriz y su ilusión por aprender y progresar,
se armó de valor para hablar con Simón.
—¿Qué
intenciones tienes con mi hermana? ¿Todo tu cambio no fue debido a que querías
conquistar a la ricachona para hacerte dueño de su pasta y luego
eliminarla?
—No niego que
esa idea loca me tentó por un rato, pero luego de haber trabajado en mí pude darme
cuenta de que estaba equivocado. Sigo pensando que es una injusticia que solo
ciertas personas tengan acceso a la riqueza monetaria, pero conocí una riqueza
mayor: poder compartir el conocimiento. Y eso, gracias a tu hermana. En
realidad, gracias a ti. Si no me hubieras puesto ese reto hace un año, todo
esto que estoy viviendo ahora sería imposible. Ahora me doy cuenta de que con mi
amargura y resentimiento alejé a mis hermanos, incluso a ti.
—No te creo. ¿Y
lo que hablabas del crimen y matarla y no sé qué? Eres un piscópata.
—Psicópata, Luciano, psicópata.
—Ya te vas a
distraer otra vez. ¡Las intenciones con mi hermana te estoy diciendo!
—¡Las
mejores! He averiguado y en la universidad me permiten acceder a un descuento
por ser empleado, para mí y para mi esposa.
—¿Quién es tu
esposa? ¿Mi hermana es tu moza?
—Luciano, te
estoy diciendo que me quiero casar con tu hermana.
—Ah,
explícate pues. Luego dices que el que habla mal soy yo.
Luego de
soltar una sonora carcajada, Simón pasó un brazo atrás de la espalda de Luciano
y lentamente le fue contando los planes que tenía para pedir la mano de su
hermana.
Simón habló con
tanta convicción que Luciano, por primera vez desde que lo conocía, se quedó
callado. Caminaban por el patio, y aunque la tarde caía, una luz suave parecía
acompañarlos. Al llegar a la puerta de la pieza de Luciano, este se detuvo.
—Entonces… ¿ya no
quieres hacerte rico de golpe? —preguntó en voz baja, como si temiera despertar
al Simón de antes.
Simón sonrió, pero
esta vez sin burla ni amargura.
—Luciano… al
principio pensé que necesitaba dinero para corregir las injusticias del mundo,
o para corregirme a mí mismo. Pero ahora me doy cuenta de que lo que necesitaba
era una oportunidad. No para robar, ni para enamorar a nadie por interés. Una
oportunidad de ser visto… de ser alguien distinto a lo que la vida me hizo
creer que era.
Luciano lo miró
con desconfianza, aunque ya no tan firme como antes.
—¿Y entonces para
qué necesitabas toda esa plata?
—Para nada
—respondió Simón, encogiéndose de hombros—. El loco plan solo sirvió para darme
el empujón que necesitaba. Querías que conquistara a la ricachona y terminaste
haciéndome conquistarme a mí mismo. Y gracias a eso, encontré algo que ni sabía
que buscaba.
En ese momento, la
puerta se abrió. Beatriz, con un cuaderno en la mano y un lápiz detrás de la
oreja, se quedó sorprendida al verlos.
—Ay, Simón, justo
iba a buscarlo —dijo—. ¿Le parece si hoy seguimos con lo de los adjetivos
calificativos? Tengo unas dudas que no pude resolver…
—Claro, Beatriz
—respondió Simón, y la mirada que intercambiaron no dejó espacio para dudas.
Luciano observó la
escena con el ceño fruncido. Luego chasqueó la lengua, derrotado.
—Bueno… —dijo—. Si
al final la única vieja rica que terminaste enamorando… es la riqueza de la
lectura.
Simón soltó una
carcajada sincera, y hasta Beatriz rio sin entender del todo el chiste.
Luciano los señaló
con el dedo, amenazante, aunque solo en apariencia:
—Pero eso sí: si
lastimas a mi hermana, ahí sí que vas a ver lo que es un crimen aritmético.
Simón, todavía
riendo, levantó las manos.
—Ni en mil vidas
cometería ese error.
Y mientras los
tres entraban al pequeño cuarto para continuar la lección, Simón sintió que por
fin, después de años de oscuridad, su vida comenzaba a encauzarse.
No por un asesinato que nunca ocurriría, sino gracias a un plan que, aunque
había empezado loco, lo había llevado –inesperadamente– al único destino que
siempre había deseado: un futuro posible.
Marcela Iglesias nació en San Salvador el 12 de marzo de 1972. Por causa de la guerra civil desatada en su país emigró a Ecuador, donde reside desde 1988. Profesora de matemáticas desde los 13 años, siempre tuvo el deseo de escribir. Ahora se considera una escritora en construcción.




