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miércoles, 5 de agosto de 2026

LAS PORTADORAS DE LOS CIELOS SUMERGIDOS

Itzel Alejandra Flores García



La primera vez que vi una ballena volando pensé que estaba muriendo.

Mi abuela Sonia estuvo conmigo desde que mi madre desapareció de pronto. La comida siempre en la mesa, cada cubierto en su lugar y una historia para contar.

Antes del Gran Ascenso, las ballenas habitaban el mar y cantaban bajo el agua para orientarse entre continentes. Sus cantos eran sonoros y nos acercábamos a la orilla para saludarlas.

—Tu mamá y yo nos quedábamos sentadas con los pies en el agua y los ojos atentos, percibiendo la enorme figura gris que se acercaba —me contaba mi abuela—. Era algo que hacíamos en familia desde que tu mami era pequeñita; esperábamos a que tu abuelo regresara de la pesca. Luego lo hicimos solo nosotras dos.

Mi abuela agachaba siempre la mirada cuando llegaba a este punto del relato, pero al verme tan interesada en escucharla, continuaba, intentando evitar que sus ojos se humedecieran.

«Ahhh-ooo-íiaaa-shhh»

—¿Alcanzas a entender? —le pregunté a tu mamá.

—Sí, desde hace tiempo están diciendo lo mismo, pero no sé cómo ayudarlas.

«Ahhh-ooo-íiaaa-shhh»

Días después, el cielo de Puerto Chale se oscureció justo cuando el sol estaba en lo más alto. Era la hora en que todos en el pueblo estábamos bajo techo.

—¡Abuelita!, ¿los temblores pasan pronto, verdad?

—Este no, Arya. Sospecho que hay algo más.

—Mis pies me están doliendo tanto que creo...

No alcancé a terminar la frase.

El suelo vibró con una fuerza desconocida y vimos a todas las ballenas salir del mar. Aquellos cetáceos eclipsaron la tarde cuando, flotando, subieron al cielo hasta perderse de vista.

Yo nunca vi el mar.

Cuando nací, ya solo quedaban salinas interminables y pangas oxidadas enterradas en el desierto, pero las historias de mi abuela lograban que imaginara con detalle cómo fue sucediendo todo aquello de la evaporación que ya se había vuelto inevitable desde el año 2035.

Mi abuela me contó que mi madre era la única persona que podía entender el lenguaje de las ballenas.

Yo tengo pocos recuerdos de ella. La veía desde la ventana de la casa, parada con los ojos fijos en las nubes, como intentando escuchar algo. Yo solo necesitaba sus brazos, esos que nunca sentí alrededor de mí.

—Mami está ocupada. No tardará —me decía mi abuela para que no me sintiera triste.

La miré mientras me decía aquello, pero al volver la vista hacia la ventana ya no la vi ahí; solo la arena seca y caliente estaba ante mis ojos.

El hueco en mi corazón no se ha llenado ni con las razones que mi abuela repetía.

Cuando cumplí dieciséis años encontré una caja de madera escondida debajo de su cama. No la abrí por curiosidad, sino porque buscaba una cobija. La tapa cedió con un crujido y aparecieron cuadernos, mapas amarillentos y fotografías. En una de ellas estaba mi madre. Sonreía mirando hacia arriba. No hacia la cámara, sino hacia algo que flotaba sobre ella.

Al reverso alguien había escrito una fecha y una frase:

“Todavía nos llaman”.

Esa noche no pude dormir.

Esperé a que mi abuela se acostara y revisé los cuadernos. La letra era la de mi madre. Había páginas llenas de símbolos extraños, dibujos de espirales y transcripciones de cantos.

«Ahhh-ooo-íiaaa-shhh»

Una y otra vez.

Al principio pensé que eran simples anotaciones, pero después encontré algo diferente.

“Las ballenas no están huyendo. Están regresando”.

Leí la frase varias veces.

¿Regresando a dónde?

Durante semanas continué leyendo a escondidas. Descubrí que, años antes del Gran Ascenso, muchas personas habían comenzado a escuchar sonidos imposibles. Algunos los confundían con zumbidos eléctricos. Otros con sueños repetidos.

Mi madre afirmaba que eran mensajes. Según sus notas, las ballenas no provenían originalmente de los océanos. Los océanos habían sido apenas una estación.

Una pausa.

Su verdadero hogar estaba mucho más arriba.

Recuerdo haber cerrado el cuaderno y reírme sola. Sonaba absurdo.

Sin embargo, mientras observaba el cielo nocturno comprendí que las historias absurdas son las que sobreviven cuando las explicaciones dejan de funcionar.

A la mañana siguiente enfrenté a mi abuela.

—¿Mi mamá se volvió loca?

La pregunta cayó sobre la mesa como una piedra.

Mi abuela tardó en responder.

—No.

—Entonces ¿por qué escribió todo esto?

Ella suspiró.

—Porque escuchaba cosas que los demás no podíamos escuchar.

—¿Y era verdad?

—No lo sé.

Aquella respuesta me decepcionó más que cualquier mentira.

Los meses pasaron. La salud de mi abuela comenzó a deteriorarse. Caminaba despacio y olvidaba palabras sencillas. A veces me llamaba por el nombre de mi madre.

Una tarde de calor insoportable me pidió que la ayudara a subir a la azotea. Nos sentamos en silencio. El horizonte parecía una sábana blanca extendida hasta el infinito.

—Tu mamá no desapareció —dijo de pronto.

Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.

—¿Qué quieres decir?

—Se fue.

—Es lo mismo.

—No. Desaparecer es no dejar rastro. Ella eligió irse.

La rabia que había guardado durante años despertó de golpe.

—¿Y me dejó?

—Creí que volvería.

No respondí.

El viento levantó pequeñas nubes de sal.

—La noche antes de marcharse me dijo que las ballenas habían encontrado un camino.

—¿Un camino hacia dónde?

Mi abuela señaló el cielo.

No insistí porque pensé que deliraba. Pero unos días después ocurrió algo imposible.

Estaba regresando de la escuela cuando vi una sombra gigantesca desplazarse sobre el desierto. Levanté la vista. Allí estaba. Una ballena. No una imagen. No una nube. Una ballena verdadera.

Su cuerpo cruzaba lentamente el firmamento. Detrás de ella venían otras. Eran enormes. Silenciosas. Majestuosas.

Por primera vez comprendí por qué quienes habían visto el mar hablaban de ellas con reverencia.

Entonces escuché el débil canto. Muy lejano, pero inconfundible.

«Ahhh-ooo-íiaaa-shhh»

El sonido vibró dentro de mi cabeza y por un instante entendí, no con palabras. No exactamente. Entendí una dirección. Una invitación. Un llamado.

Corrí hasta la casa; busqué los cuadernos y revisé cada página. Los símbolos ya no parecían garabatos. Formaban mapas. Coordenadas. Trayectorias. Mi madre había intentado descifrarlos durante años.

Esa noche permanecí despierta observando las estrellas y entonces noté algo.

Las ballenas no viajaban al azar. Seguían rutas precisas entre ciertos puntos luminosos.

Como antiguas navegantes; como si el cielo fuera un océano invisible.

Las seguí durante semanas y fui tomando nota. Hice cálculos y aprendí a reconocer patrones hasta que una madrugada descubrí que todas convergían en una misma región del firmamento. Un espacio oscuro entre las estrellas. Una ausencia. ¿Una puerta?

La idea era ridícula. Pero cada dato parecía confirmarla. Recordé entonces algo que mi abuela solía repetir:

“Hay criaturas que no pertenecen al lugar donde las encontramos”.

Quizá las ballenas habían vivido durante milenios en los mares porque el planeta era capaz de albergarlas. Quizá el agua era una especie de refugio temporal. Y quizá, cuando la Tierra comenzó a secarse, algo las llamó de regreso.

Fue entonces cuando ocurrió. Aquella madrugada el cielo comenzó a vibrar y las nubes se abrieron lentamente, como cortinas húmedas, y apareció la criatura: inmensa, silenciosa, avanzando entre la niebla azulada con una lentitud sagrada.

No era una ballena como las otras. Esta era mucho más grande. Sobre su lomo crecían pequeñas hierbas plateadas y piedras cubiertas de musgo, como si transportara un pedazo olvidado de la Tierra. La observé durante largos minutos sin atreverme a respirar. Sentí que algo antiguo despertaba dentro de mí. Entonces comprendí algo que nadie en las ciudades hubiera querido admitir:

La ballena no estaba buscando un lugar adónde ir. Estaba buscando a alguien capaz de recordarla. Y en ese instante sentí que me observaba. No con ojos. No como lo hacen los animales, sino con una memoria inmensa que parecía atravesar generaciones enteras. Escuché nuevamente el canto, pero esta vez distinguí algo más. Una voz. La voz de mi madre. No palabras exactas. Solo una presencia. Una certeza. Como si ella estuviera del otro lado de una puerta apenas entreabierta.

Semanas después mi abuela murió mientras dormía. La casa quedó demasiado silenciosa. Durante días no supe qué hacer conmigo misma. Paseaba por toda la casa y hurgaba más en los papeles de mi madre hasta que encontré una última carta escondida dentro de uno de los cuadernos. Estaba dirigida a mí. La reconocí enseguida. Era la letra de mi madre.

“Si estás leyendo esto, significa que lograste escuchar. No busques explicaciones perfectas. Yo también las busqué. Solo puedo decirte que las ballenas recuerdan cosas que nosotros olvidamos. Recuerdan caminos. Recuerdan lugares. Y recuerdan a quienes las escuchan. Si alguna vez decides seguirlas, no lo hagas para encontrarme. Hazlo para encontrarte a ti misma”.

Lloré al terminar. No porque hubiera resuelto el misterio, sino porque comprendí que tal vez nunca lo resolvería. Y estaba bien.

Algunas preguntas son demasiado grandes para encerrarlas en una respuesta.

Ahora tengo la edad que tenía mi madre cuando se marchó. Cada noche subo a la azotea. Observo las rutas luminosas que atraviesan el cielo. A veces las ballenas pasan tan alto que parecen montañas flotantes. Otras veces sus sombras cubren la luna y el pueblo entero queda sumergido durante unos segundos en una penumbra extraña, como si alguien cerrara los ojos desde el otro lado del mundo.

Todavía cantan. Todavía llaman. Sin embargo, ya no estoy segura de que estén diciendo lo mismo que escuchó mi madre. Ni siquiera estoy segura de que exista un mensaje.

Con los años he aprendido que entender algo no siempre significa traducirlo.

Hay noches en que el canto desciende tan cerca que las ventanas vibran. Entonces cierro los ojos y creo reconocer una voz. No palabras. Tampoco recuerdos. Más bien una sensación parecida a cuando uno entra en una habitación donde alguien acaba de estar. Una presencia nada más.

Quizá sea mi madre. Quizá sea el deseo de encontrarla. Quizá ambas cosas sean la misma.

Hace unos meses encontré una última anotación escondida entre las páginas de uno de sus cuadernos. Era apenas una línea escrita con prisa:

"No están regresando. Están recordando."

No había ninguna explicación. Ninguna fecha. Ninguna firma.

Desde entonces pienso mucho en esa frase.

Las ballenas continúan atravesando el cielo. Siguen desapareciendo en la misma región oscura entre las estrellas. A veces creo que su número disminuye. Otras veces me parece que son más cada año. No lo sé. Tampoco sé qué ocurrió realmente durante el Gran Ascenso.

Tal vez las ballenas escaparon de un planeta moribundo. Tal vez descubrieron un camino que siempre había estado allí. Tal vez no haya ningún misterio y nosotros solo inventamos historias para soportar las ausencias.

Lo único que sé es esto.

Anoche una de ellas pasó tan cerca que pude distinguir las marcas de su piel iluminadas por la luz de la luna y por un instante vi algo sobre su lomo. La figura era demasiado pequeña para distinguirla con certeza. Pudo haber sido una roca o pudo haber sido un árbol; una ilusión o una mujer observando la Tierra desde las alturas.

Cuando quise verla mejor, la ballena ya se alejaba.

No la seguí. No la llamé. Permanecí inmóvil hasta que desapareció entre las nubes. Luego escuché el canto una vez más y, por primera vez en mi vida, no intenté comprenderlo. Por algún motivo el vacío de mi corazón ya no estaba.

CUENTO FINALISTA DEL CERTAMEN "ENTRE AMIGOS" 2026

Itzel Alejandra Flores García estudió la licenciatura en Literatura Latinoamericana en la Universidad Iberoamericana y se ha dedicado a la docencia y al fomento de la lectura como actividad principal desde hace 25 años. Estudió la maestría en Historia del Pensamiento en la Universidad Panamericana y ha incursionado en el ámbito editorial en Alfaguara Penguin Random House y en Editorial Soconusco Emergente. Ha publicado algunas ficciones y microficciones en el blog SINERGIA del Taller 9 de escritura creativa dirigido por Sergio Gaut vel Hartman. Es autora del libro de ensayos. La voz que se hace escritura. La palabra. que se hace voz, que recoge lo más importante de sus tesis de licenciatura, publicado por Editorial Soconusco Emergente en 2023.

lunes, 24 de noviembre de 2025

LA MUJER-PLUMA O LA IRONÍA DEL ESPANTAPÁJAROS

Itzel Alejandra Flores García

 

 

Mientras leías línea a línea las palabras del poema de Girondo, la mirabas de reojo estremecerse en su asiento delante de ti y percibiste por un momento que se levantaba del suelo. Eso te hizo pensar que por fin habías encontrado a una mujer-pluma, de esas que saben volar y la deseaste poderosamente. Sabías que ella te escuchaba con atención y te gustaba saber que lo hacía.

Eras un hombre atractivo al que nadie podía resistirse, según lo que te habían dicho tus amigos. Estabas seguro de que ninguna mujer era capaz de elevarse en serio, porque todas eran unas mojigatas al final de cuentas.

Habían pasado ya tres días desde la primera vez que la viste poniendo atención a la clase con sus ojos brillantes y su mirada tranquila. Te había llamado la atención de una manera peculiar y para ti fue fácil acercarse porque tenías una auto confianza forjada en la cotidiana conquista de chicas. Supiste que todo iba fluyendo de la mejor manera durante esos días de taller literario, porque lograron una conexión inigualable. Querías, sin dudarlo, tener una relación con una mujer linda, tierna y posiblemente voladora como ella.

—Vamos, te invito a cenar —le dijiste y aceptó. Era bonita y tenía un cuerpo hermoso. La atracción era poderosa y además se entendían bien.

Vino, pizza, ensalada; otra vez vino, café no, ni postre porque vendría algo más dulce que un pastel.

Una habitación cómoda fue el escenario. No parabas de hablar porque te gustaba mostrar tu ingenio e intelecto y dominar las conversaciones con aquellas divagaciones de cultura que solían darte un buen lugar en la sociedad que frecuentabas.

Ella se acercó y puso sus labios suavemente sobre los tuyos. Con ese delicado beso tu confianza se tambaleó, pero te entregaste al momento. Con los ojos cerrados, recorriste su cara y bajaste hasta su cuello. Sentiste cómo se erizó y la estática generada se convirtió en luminiscencia. Se tendió en la cama y tú te quitaste la ropa poco a poco mientras ella hacía lo mismo. La miraste recostada y ardiente invitándote a ir a su lado. Tus manos recorrieron cada palmo de su piel hasta detenerte en sus pechos redondos. Sus pezones expuestos a tus dedos, se pusieron erectos y duros. Nunca antes habías tenido esa sensación y sabías que ella estaba disfrutando. La acariciaste con fruición y ella te pedía más.

Metiste la lengua en su sexo y su sabor se desparramó por toda tu boca; era un dulzor que nunca antes habías probado. Ella gritaba y temblaba, y orgasmo tras orgasmo se elevaron. Te aferraste a su cuerpo, pero no pudiste seguirla en su elevación y caíste a la cama.

 Ella entonces, aún con el placer en el rostro, te miró desde arriba, pero viste que en un instante, esa mirada se transformó en decepción.

—Lo siento —susurró, y tú creíste entender aquello porque tú también sentías y querías más.

 Desnuda y extremadamente sensual, fue descendiendo hacia ti decidida a que no te soltaras de nuevo. Nunca habías sentido tal excitación antes y tu erección recibió su humedad que se derramó en la tuya.

Esta vez, llegaron unidos al cielo raso, pero todo quedó en blanco después de eso; perdiste el conocimiento al no poder resistir aquel intenso placer.

—Lo siento —te dijo, y tú abriste los ojos al oír su voz. Veías borroso y casi no recordabas qué había pasado; no supiste si había sido un sueño. Paulatinamente todo se puso en orden en tu cabeza y en la media luz en la que te encontrabas te notaste aún desnudo, frío y mojado. ¿Era la humedad del acto sexual?

Sentiste un dolor agudo en el vientre y no te pudiste incorporar. La miraste y viste que tenía un cuchillo en la mano.

—No es posible que haya sucedido otra vez. De verdad que tú habías logrado que ese oscuro lado de mi corazón se llenara de luminiscencia. La elevación que estábamos logrando me hizo creer que recuperaría la razón, pero no fue así. Lo siento, ay, ¡cómo lo siento! Y es que en esto soy irreductible. No perdono, bajo ningún pretexto, que siendo mi amante no sepas volar.

Te quedaste ahí sin que tu soberbia te pudiera salvar.

Itzel Alejandra Flores García estudió la licenciatura en Literatura Latinoamericana en la Universidad Iberoamericana y se ha dedicado a la docencia y al fomento de la lectura como actividad principal desde hace 25años. Estudió la maestría en Historia del Pensamiento en la Universidad Panamericana y ha incursionado en el ámbito editorial en Alfaguara Penguin Random House y en Editorial Soconusco Emergente. Ha publicado algunas ficciones y microficciones en el blog SINERGIA del Taller 9 de escritura creativa dirigido por Sergio Gaut vel Hartman. Es autora del libro de ensayos. La voz que se hace escritura. La palabra. que se hace voz, que recoge lo más importante de sus tesis de licenciatura, publicado por Editorial Soconusco Emergente en 2023.




 

domingo, 23 de febrero de 2025

EL TERRIBLE FRAGOR DEL GALOPE


 Itzel Alejandra Flores García


Los caballos pacían junto al río con calma e indiferencia. Sus colas se balanceaban mientras los dientes machacaban el pasto con parsimonia; no se dieron cuenta del paso de los jinetes y nada más sintieron que su lomo se ocupaba con el peso de los cuerpos y el ruido de las voces y los gritos llenos de odio. Se dolieron al contacto de los fuetes y espuelas; avanzaron en un ritmo lleno de ímpetu, y obedecieron el compás de los que los cabalgaban.

A su paso, hubo llamaradas y caras aterrorizadas que no habían visto jamás, sin saber nunca que los que los miraban habían maldecido el terrible fragor del galope de esos caballos que iban a venir.

En sus memorias solo habitaba la imagen de los pastizales serenos; habrían querido regresar, darse vuelta y volver a beber el agua que remojaría sus lengua y gargantas. Sentían sed, y no podían vencer a su destino, tal como aquellos que solo habían podido decir: “ahí vienen los caballos”, antes de morir.


Itzel Alejandra Flores García estudió la licenciatura en Literatura Latinoamericana en la Universidad Iberoamericana y se ha dedicado a la docencia y al fomento de la lectura como actividad principal desde hace 25años. Estudió la maestría en Historia del Pensamiento en la Universidad Panamericana y ha incursionado en el ámbito editorial en Alfaguara Penguin Random House y en Editorial Soconusco Emergente. Ha publicado algunas ficciones y microficciones en el blog SINERGIA del Taller 9 de escritura creativa dirigido por Sergio Gaut vel Hartman. Es autora del libro de ensayos. La voz que se hace escritura. La palabra. que se hace voz, que recoge lo más importante de sus tesis de licenciatura, publicado por Editorial Soconusco Emergente en 2023.

domingo, 21 de abril de 2024

LA CRÓNICA DE LOS FRATRICIDAS

  Itzel Alejandra Flores García



Tenía un deber que no había podido terminar después de una búsqueda de varios días, así que decidió no indagar más en la web. La información no resultaba distinta a lo que decía el profesorado. Los documentos que encontraba no tenían para él una particularidad que le resultara interesante, misteriosa o inspiradora. El tiempo estaba a punto de llegar a su límite y su preocupación se hizo notar en la casa familiar.

―Conozco el lugar exacto al que puedes acudir para encontrar lo que buscas ―dijo doña Esperanza, su nana, desde la puerta de su habitación―. Hay un libro singular en la biblioteca del municipio. Anda y ve a internarte entre sus páginas y lograrás saber eso que quieres.

Él confiaba en su nana porque era una mujer amable, generosa, pero sobre todo, sagaz. Desde que era muy pequeño siempre lo aconsejó a no conformarse con lo que escuchaba de otros; le instó a que supiera cómo pensar por sí mismo, a llegar hasta donde nadie lo haría con facilidad; le enseñaba qué leer, cómo entender, y el arte de interpretar aquello que leía para formarse un criterio inteligente y fundado, así que sin pensarlo mucho, puso pie en el camino y se dirigió a la biblioteca, la cual estaba justo a la vuelta de su casa.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había ido allá. Antes pasaba horas y horas tendido en las alfombras o en los sillones de lectores sumergido en las páginas escritas por magos y artífices de las palabras. Su cabeza se había llenado de historias que jamás podría olvidar; nunca lo haría, a pesar de que ahora se la vivía en los videos inmediatos y fugaces del móvil, mismos que tenían al segundero en su nombre propio, haciendo pasar las horas sin sentir.

“¿La culpa fue de los tlaxcaltecas?”, esa era la pregunta que detonaría su investigación, así que se dirigió al pasillo adecuado, que, por supuesto conocía y como no había nadie más que él ahí, se sintió a sus anchas para hacer la pesquisa.

Llegó al estante alfabéticamente correcto y jaló el cordel de la repisa exacta; cayó un cuaderno de pasta verde botella, “qué raro que sea así de transparente la tapa”, pensó. Se alcanzaba a leer el título manuscrito: Crónica de los fratricidas. “¿Un cuaderno en el área de Historia de Mesoamérica?”, se preguntó extrañado. Lo desempolvó con prisa y se abrió en la página 59 como si tuviera una marca previa. Las fechas ya no se alcanzaban a ver con claridad porque la humedad las había borrado. Había páginas con hoyos, otras más en blanco y las letras estaban muy borrosas. Pasó sus dedos por el papel, acercó el cuaderno a su nariz y aspiró el aroma. Sus ojos se nublaron y se tambaleó y luego cayó dentro de las páginas amarillentas, apolilladas, llenas de confesiones. Cayó y cayó en un torbellino de frases, secuencias temporales y descripciones que no amortiguaron el golpe.

El acontecimiento que lo recibió al fondo de la página fue el que narraba la llegada de los guerreros comisionados, quienes hicieron su aparición en el momento justo en que él se recuperaba del porrazo. Se puso en pie sacudiéndose los pantalones y, para no ser visto, se escondió detrás de una columna que estaba a su lado.

“¿Dónde me encuentro?”, se preguntó aturdido mientras los renglones de la página sucedían.

 

―Es inaudito que ese pobre ingenuo quiera detener nuestro plan. En verdad no se ha dado cuenta de que lograr que el monarca de Tlaxcala les señale la mejor ruta para llegar a Cholula sin ser divisados, puede ser el inicio de la consecución de un objetivo central para nuestro reino.

―Llevamos tanto tiempo bajo este yugo que ya no se puede tolerar. Tantas doncellas y tantas persecuciones floridas.

―Además, hemos constatado que la alianza es lo único que nos salvaría de este nuevo enemigo. Estos extranjeros son muy poderosos porque traen consigo artefactos de fuego. Nuestros guerreros opusieron resistencia y, al intentar combatirlos, los extraños barbados abatieron la vanguardia que había sido enviada por Xicohtencatl.

―Nos vamos a arrepentir. Estos extranjeros no son hermanos.

―¿Cómo se te ocurre decir esto? No son hermanos, pero los que sí lo son, nos oprimen. No merecen nuestra lealtad.

Él, que escuchaba estos diálogos, creyó que entendía, pero se dio cuenta de que no podía asegurar si eso que pasaba estaba en su mente, en sus sueños o en la realidad. De pronto, una voz urgente se escuchó desde afuera.

―¡Son espíritus malignos y no respetarán nada! Si les ayudamos a acabar con los tlatoanis estaremos perdidos también. ¡Entiendan! ―gritó finalmente la voz cuyo sonido se fue desvaneciendo como si alguien lo estuviera borrando, difuminando.

Él, que estaba detrás de la columna sintió de pronto que algo lo arrastraba hacia arriba. Fum, fum, fum, las páginas corrieron como si un ventarrón hubiera entrado en aquel pasillo de la biblioteca del municipio.

De nuevo se encontró con la libreta de pasta verde botella en las manos. Había estado en búsqueda de esa historia por varias semanas. “¿La culpa fue de ellos?”, se preguntaba, “eso han dicho siempre”.

Se dirigió a la sala de lectura y volvió a abrir las hojas de papel con mucho cuidado, era muy raro, estaban en español actual, tendrían menos de cien años de haber sido escritas. Era imposible que fuera una crónica como la de Sahagún. El nombre del autor estaba disuelto por el tiempo. Todo eso lo fascinó y, dispuesto a la experiencia, leyó.

En aquel salón del consejo se llevó a cabo la alianza fratricida. Los guerreros comisionados estaban frente a Cortés. En una gran ceremonia se acordó la estrategia y se firmó un acuerdo de fuero para el pueblo sometido. No pude hacer nada. Me llevaron al lugar de los prisioneros. Sabía cuál sería mi fin. En las próximas guerras floridas me entregarían para que no volviera a intentar entrometerme. Yo vine buscando las pistas, la carne, la piel, las voces, pero al final sabía cómo terminaba esa historia, y sería mi propio final. Sin embargo, te dejo aquí esta crónica para que al buscar respuestas no te pierdas en el eterno ciclo de la Historia. Estás en peligro, si eres un lector atento. Puedes retirarte ahora para no volver a caer. Ya has escuchado mi voz. Detente aquí.

Parecía que las palabras estuvieran dirigidas a él, así lo percibía. Su emoción lo hizo leer más y más. Quería saber si lo que decía ahí era cierto. Si había un peligro real.

Continuó con la lectura y de nuevo un remolino alucinante lo jaló hacia el vórtice de la página 70.

―El ingenuo entrometido estará en el lugar de los prisioneros. Lo están llevando ya ―él escuchó a uno decir, y sin ser visto se encaminó detrás del detenido. Lo vio de lejos y le pareció extraño que sus ropas fueran diferentes, eran mucho más parecidas a las suyas. Iba con tiento siguiendo a la comitiva hasta que dejaron a aquel, de la voz urgente, solo, en una cámara alejada de las otras.

―¿Quién eres tú? ―preguntó él con curiosidad.

―Soy exactamente alguien como tú ―dijo el de la voz urgente―. Esperanza, mi mujer, lo logró al fin. No puedes negar que estabas advertido.

Él sintió un hueco en el estómago. Esperanza le había enseñado bien; era un lector experto y sus inferencias eran acertadas siempre.

―Yo escribí la crónica de los fratricidas. Te toca a ti continuarla y lo harás muy bien. Un gran lector puede ser un buen escritor también. La culpa fue de los tlaxcaltecas, de eso ya no puedes dudar.

Él, se quedó sin habla entendiendo que se quedaría en la cámara, mientras el de la voz urgente había conseguido salir de las páginas vivas que había escrito, dejándolo a él en su lugar, listo para el desenlace.

 

Itzel Alejandra Flores García estudió la licenciatura en Literatura Latinoamericana en la Universidad Iberoamericana y se ha dedicado a la docencia y al fomento de la lectura como actividad principal desde hace 25años. Estudió la maestría en Historia del Pensamiento en la Universidad Panamericana y ha incursionado en el ámbito editorial en Alfaguara Penguin Random House y en Editorial Soconusco Emergente. Ha publicado algunas ficciones y microficciones en el blog SINERGIA del Taller 9 de escritura creativa dirigido por Sergio Gaut vel Hartman. Es autora del libro de ensayos. La voz que se hace escritura. La palabra. que se hace voz, que recoge lo más importante de sus tesis de licenciatura, publicado por Editorial Soconusco Emergente en 2023.

INCIDENTE EN FLANDES