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jueves, 22 de enero de 2026

MULTIVERSO

Daniel Frini



 Se denomina Multiverso al grupo de todos los universos y/o dimensiones posibles 

que están relacionados (universos paralelos). 

Se ha sugerido que al viajar al pasado no viajaríamos a nuestro pasado, sino a una copia de éste conteniendo un turista. 

Tendríamos así dos espaciotiempos simultáneos: uno donde aparece un turista y otro donde no.


Todos nos quemaremos juntos cuando nos quememos

No habrá necesidad de pararse y esperar el turno

Cuando llegue la hora de la caída y San Pedro nos llame a todos

Simplemente dejaremos caer nuestros propósitos

y dejaremos de hacer lo que hacíamos.

Tom Lehrer, “We Will All Go Together When We Go”


¿En cuál universo está hoy la realidad?

Conjetura de Zabala-Cismondi


 

Uno – Casa Blanca, Washington

 

El lunes siguiente a su visita a Dallas, en campaña proselitista para los próximos comicios en los que buscaba su reelección, John Fitzgerald Kennedy, trigésimoquinto y último presidente de los Estados Unidos de América, recibió en su despacho del Salón Oval de la Casa Blanca a su Secretario de Defensa, Robert Mc Namara. Éste le mostró las fotografías de la Isla Wrangel, en el Mar de Chuckchi; al norte de Siberia, cerca del Círculo Polar y a sólo unos seiscientos kilómetros de Alaska, tomadas por un avión espía U2 Dragon Lady. En ellas se observaba claramente las instalaciones de lanzamiento de misiles intercontinentales R-16 rusos. Aunque la versión más firme; que recoge, incluso, el informe Thomas, indica que esas fotografías eran un montaje de los servicios estadounidenses, funcionales a grandes capitales petroleros interesados en explotar recursos en poder de los rusos. Éste fue el detonante de la Segunda Crisis de Misiles; y consecuentemente, de la Tercera Guerra Mundial.

No está claro qué pasó a partir de ese momento. Kennedy sostuvo siempre, hasta su ajusticiamiento en Wiesbaden en mil novecientos sesenta y nueve, luego del Juicio a Los Cinco; que no fue él quien dio la orden de fuego. Lo cierto es que el diez de enero de mil novecientos sesenta y cuatro, un misil Polaris, con una ojiva W47, impactó en Aleksandrovskiy Sad, en las afueras de Moscú y obliteró todo lo que se encontraba dentro del anillo del Sadovoye Kol’tso, que rodeaba la ciudad. Al día siguiente, como represalia, la Unión Soviética envió un bombardero estratégico Tupolev TU-95 que dejó caer una bomba Tsar de cincuenta megatones, que estalló a mil quinientos metros de altura sobre Cliffside Park, en el estado de New Jersey. Inmediatamente, desparecieron las poblaciones desde Stony Point hasta Keansburg; y desde Dover hasta Brentwood; incluida toda la ciudad de New York,

En los Laboratorios Militares de Little Cedar, en Sterling Forest, a unos cuarenta kilómetros de distancia de la Zona Cero, había una dotación de unos quince misiles Black Fox en condiciones operativas, con bombas H como carga nuclear; que fueron alcanzados por la lluvia de neutrones de la bomba rusa. El efecto de esta terrible segunda explosión afectó desde el norte de Canadá hasta el sur de México.

Se supone que ese día Kennedy se refugió en las instalaciones antiatómicas de Sheridan, en Wyoming, donde fue detenido en mil novecientos sesenta y siete.

Los generales sobrevivientes en las ciudades de la costa oeste estadounidense ordenaron el ataque masivo. Así, entre ofensivas y contraofensivas atómicas, fueron desapareciendo, una a una, las principales ciudades de los países aliados de ambos lados de la Cortina de Hierro. La falta de controles centrales y la destrucción de las comunicaciones dejaron en libertad a los Señores de la Guerra, para enfrentarse en conflictos personales –salvo uno o dos, todos ellos nucleares– que sumergieron a la civilización entera en una era feudal feroz y sanguinaria; la más terrible de la historia humana.

En mil novecientos sesenta y cuatro éramos unos tres mil millones de habitantes en todo el mundo. Cinco años después quedaban sólo cuatro millones.

 

Dos – Isla Huemul, Río Negro

 

En mil novecientos cuarenta y ocho, Ronald Richter, un físico alemán nacido en la región de los Sudetes checos y que había trabajado para los nazis, convenció al presidente de Argentina, Juan Domingo Perón, de encarar el proyecto de obtención ilimitada de energía a partir de la fusión nuclear

Un año después se anunciaba en la Casa Rosada de Buenos Aires, que "el dieciséis de febrero de mil novecientos cincuenta y uno, en la Planta Piloto de Energía Atómica en la Isla Huemul, de San Carlos de Bariloche, se llevaron a cabo reacciones termonucleares bajo condiciones de control en escala técnica".

Ya se sabe el final de esta historia: en mil novecientos cincuenta y dos, una comisión auditora desenmascaró el engaño de Richter; y a los pocos meses se dio por concluido el Proyecto Huemul.

Lo que no se conoce es que, en realidad, las instalaciones de la isla fueron reacondicionadas a partir de mil novecientos cincuenta y cinco, para servir de base de operaciones al Proyecto Huemul Dos, completamente alejado de los sueños megalómanos de Richter, y orientado al estudio de fenómenos cuánticos. A los pocos meses estaba instalado el primer acelerador de partículas, un primitivo generador de Cockcroft-Walton que, oficialmente, fue llamado Linac Uno, al que todos los involucrados en el proyecto llamaron Liny. Con él se realizaron las primeras pruebas que condujeron al descubrimiento del efecto Lovera; y, por lo tanto, a la conjetura de Zabala-Cismondi.

Cuando los integrantes de la dirección del Proyecto se enteraron del desastre de Little Cedar, entrevieron lo que se avecinaba y cambiaron, en consecuencia, la dirección de las investigaciones. Se decidió que la isla era un lugar lo suficientemente seguro e inofensivo para permitirse pensar en una especie de Arca de Salvación. Confiados en esto, tomaron las medidas necesarias para reunir allí a los más brillantes científicos de todo el mundo, que hubiesen sobrevivido a la debacle de la guerra.

Pronto estuvo claro para todos que la vida en la superficie de la tierra, tal y como se la conocía, tenía los días contados. Las mediciones Geiger mostraban que las nubes radiactivas, lejos de disiparse, crecían. Además, se detectaron grandes cantidades de torio 230, con una vida media de más de ocho mil años. Se debía encontrar la forma de eliminar esta contaminación, o bien arbitrar los medios para esperar los ochocientos siglos hasta que la radiación desapareciese naturalmente.

Con la suficiente lucidez, y no sin serios conflictos, se decidió orientar los escasos recursos a conseguir un ámbito seguro, y a salvo de la devastación donde poder trabajar en las posibles soluciones. Se demostró que ni siquiera en instalaciones subterráneas o, incluso, submarinas estarían a salvo; por lo que casi inmediatamente se pensó en el espacio.

La estación espacial Suyai –esperanza en mapudungun, el idioma mapuche– estuvo lista y funcional en mil novecientos setenta y dos, en órbita lunar. De acuerdo al Plan de Evacuación, se enviaron 400 humanos, 200 machos y 200 hembras, toda la tecnología y la información posible y la más completa dotación genética que se pudo reunir.

Desde entonces, la humanidad vive allí. En la Tierra no queda nadie desde hace mucho tiempo.

 

Tres – Suyai, órbita lunar 100K

 

Trescientos años después, las condiciones no habían hecho más que empeorar. Todos quienes alguna vez habitamos Suyai, padecimos desórdenes alimentarios causados por la dieta insuficiente de unos escasos cultivos hidropónicos, y la poca tolerancia al prolongado uso de alimentos sintéticos. Todos quedamos estériles, debido a la exposición a la radiación gamma de los rayos cósmicos, por lo que nuestra reproducción debió basarse exclusivamente en la clonación, con desarrollo fetal extrauterino. Nuestros músculos se atrofiaron, y ni siquiera pudimos considerarnos humanos completos: a los niños que nacían, y de acuerdo con el Plan, se les amputaban ambas piernas al año de vida, como respuesta a la falta de espacio para vivir –¿para qué se necesitan piernas en gravedad cero?–; en lo que, irónicamente, terminó transformándose en una especie de rito bautismal y de comunión, debido a que estas piernitas se usaban como alimento para la población de la estación. Los problemas psicológicos eran extraordinariamente variados y muy difíciles de resolver, nuestra expectativa de vida era de apenas 32 años, e iba disminuyendo con el paso del tiempo. La tasa de mortalidad por asesinatos ascendía al veintidós por ciento. Y no podíamos darnos el lujo de castigar a los criminales: en general eran, también, excelentes científicos, y muy necesarios.

Nos transformamos en neardenthales del espacio.

El Plan de Evacuación había comenzado a desmadrarse unos ciento cincuenta años antes. En pocas palabras, pecó de optimismo respecto de nuestro comportamiento como civilización residual, según la terminología utilizada. Se suponía que nuestra misión consistía en generar condiciones para volver a la Tierra y rehacer la humanidad. En todo momento buscamos la forma de lograrlo, intentando superar el legado de las bombas sucias. Pero no obtuvimos resultados prácticos. Por otro lado, los cálculos más optimistas decían que en la Estación íbamos a desaparecer antes del siguiente siglo. De una u otra manera, estábamos condenados.

Sin embargo, algunos pocos de nosotros éramos partidarios de un enfoque completamente diferente y ajeno al Plan, que, para ese entonces ya había alcanzado el estatus de religión. Pensábamos que aunque muriésemos, podíamos salvar a la Humanidad. Recordamos los estudios iniciales del Proyecto Huemul Dos, y el efecto Lovera. Nuestra posición era opuesta a la de la mayoría, y nos hicimos rebeldes. Así empezamos, en el espacio y cerca de la Luna, la Cuarta Guerra Mundial.

Finalmente, ganamos. Aunque sólo quedamos catorce.

 

Cuatro – Conjetura

 

En las investigaciones que llevamos a cabo para intentar volver, tropezamos con una serie de ecuaciones que daban respuesta válida a los escenarios previstos por la Conjetura de Zabala-Cismondi.

En mil novecientos sesenta y uno se observó, en los experimentos realizados con Liny, que bajo determinadas condiciones de energía y polaridad de las cavidades resonantes, los haces de partículas parecían estar duplicados. Rápidamente, el doctor Santiago Lovera intuyó que se estaba en presencia de un desfasaje temporal; es decir la coexistencia, en el tiempo presente, del pasado y el futuro de la misma partícula; efecto que se conoce con su nombre. El fenómeno era totalmente inestable e impredecible; y, en apariencia, inofensivo; porque si bien se detectaba la presencia de dos haces, el resultado de las colisiones en la operatividad del acelerador Liny implicaba la injerencia de uno solo de ellos. Gabriel Zabala y Carlos Cismondi, por su parte teorizaron que, en realidad, no se observaba una alteración del tiempo, sino la coexistencia de dos universos; y luego de ese instante de fase, como lo llamaron, cada haz observado dejaba su impronta en su respectiva materialidad. Claro que esto implicaba la existencia de dos Linys, dos Proyectos, dos Tierras. Y entonces, ¿por qué no pensar en infinitos Linys, infinitos Proyectos, infinitas Tierras? Zabala y Cismondi propusieron la coexistencia, en todo momento –e hicieron una clara distinción entre el concepto de momento y el de tiempo– de infinitos universos similares, que llamaron Multiverso. Decían que en Liny transitábamos, sin darnos cuenta, entre dos universos tangenciales: uno en el que existía un solo haz de partículas y otro donde se veía ese haz, y otro igual, visitante. Y postularon que la experiencia perceptible de cada uno de nosotros, que definieron como realidad, se manifestaba en sólo uno de ellos. No avanzaron mucho más, ni llegaron a descifrar el modo en el que fuese posible el pasaje entre universos.

La Guerra iniciada en mil novecientos sesenta y tres acabó con esta línea de investigación.

Desesperados, nosotros quisimos retomarla en Suyai. Los más fundamentalistas pensaban que hacer esto era una blasfemia al Plan. Nos acusaban de sostener un pensamiento primitivo que ellos equiparaban con el paganismo. La que llamamos Cuarta Guerra Mundial fue, en esencia, una guerra religiosa; y nuestro triunfo nos permitió seguir el trabajo en los términos de la Conjetura. Abandonamos la finalidad de la Estación, nos deshicimos de todo el material guardado que no nos sirviese y, por ende, de toda la historia de la civilización; y nos dedicamos de lleno a trabajar en el Multiverso.

Logramos demostrar matemáticamente la existencia de los infinitos universos paralelos, como transitar de uno a otro y nos fue posible situar a la realidad tangible y vivencial en sólo uno a la vez, eligiéndolo de acuerdo a nuestra conveniencia. La solución de Agujero Negro de Reissner-Nordstrom, continuada a través de una singularidad espacial evitable para un viajero, describía dos universos asintóticamente planos unidos por una zona de agujero negro, el que debíamos generar.

Demoramos doce años más en desarrollar, proyectar y fabricar la maquinaria necesaria para obtener la singularidad. Para ese entonces, sólo quedábamos cinco.

Resolvimos elegir un escenario posible para cada uno de nosotros (a través de las ecuaciones nos era permitido elegir tiempo y espacio) para intentar revertir el desastre; y marchar hacia uno de ellos. Las probabilidades de obtener algún resultado positivo estaban astronómicamente en nuestra contra, pero todas las demás opciones conducían indefectiblemente a la extinción.

A mi me tocó viajar a los Estados Unidos de América, en mil novecientos sesenta y tres, para matar a John Fitzgerald Kennedy.

Entré a la máquina e inmediatamente me envolvió un torbellino de luces que me destrozó en millones de explosiones pequeñísimas. Todo mi cuerpo adquirió una masa inconmensurable y se transformó en un agujero negro, que se invirtió de este otro lado; en una operación terriblemente dolorosa que no entiendo cómo pude soportar.

 

Cinco – Dallas, Texas

 

Llegué a Texas, en este universo, en octubre de mil novecientos cincuenta y nueve. Debí representar el papel de un hombre perdido y mentalmente desequilibrado, al que internaron en el Centro Médico DeBakey, en Houston; al confundirme con un veterano de guerra. Los tres años siguientes los usé para adaptarme a la vida en la Tierra, en la que nunca había estado. Recuperé mis músculos atrofiados y, no sin grandes dificultades aprendí a respirar este aire y a manejarme con la gravedad.

Según entiendo, mis cuatro compañeros deben haber fracasado, ya que la realidad estuvo donde yo estuve.

Casi un año antes de la gira de Kennedy comencé con los preparativos. Ya conocía los acontecimientos que se producirían, por lo que no me fue difícil armar una estrategia para realizar el atentado. En las elecciones que lo habían llevado a la presidencia, Kennedy había ganado por muy escaso margen en los estados del sur; y en ellos, los sondeos no eran muy favorables para las elecciones que debían realizarse en mil novecientos sesenta y cuatro; por lo que los encargados de la campaña planearon una visita a Texas para el otoño de mil novecientos sesenta y tres.

Sabía que Kennedy visitaría Houston, San Antonio, Fort Worth y Dallas. Estuve en las cuatro ciudades, y decidí matarlo en San Antonio. El plan falló cuando la persona encargada de proveerme el arma fue detenida por los servicios. Entonces, sólo me quedaba una oportunidad. Como plan alternativo, había elegido Dallas.

Todo lo demás es historia en este universo; la que ustedes conocen y pueden encontrar en cualquier libro, a pesar de las teorías conspirativas.

A las once horas y cuarenta minutos del 22 de noviembre el Air Force One de la comitiva presidencial aterrizó en el aeropuerto Lovefield de Dallas. Inmediatamente, la limusina descapotable Lincoln Continental del sesenta y uno salió con rumbo al centro de la ciudad. En ella iban el presidente Kennedy, su esposa Jackie, el gobernador de Texas y su mujer, un agente del servicio secreto y el conductor.

A las doce horas y treinta minutos, la caravana llegó a la Plaza Dealey, giró a la derecha por Houston, luego a la izquierda por la calle Elm. Yo estaba ubicado en Grassy Knoll, a la derecha del paso de la comitiva, tras una empalizada de madera. Pueden verme en la famosa fotografía de Mary Moorman. Mi contacto, un pequeño traficante de Duncanville, también veterano, me había provisto de un rifle italiano calibre seis y medio, modificado y con mira telescópica; con el que pude realizar tres disparos certeros en menos de nueve segundos. El film de Abraham Zapruder registra el momento, aunque yo estaba detrás de él, por lo que no pudo filmarme.

Contra todos los pronósticos, tuve éxito. A las trece horas cuarenta y ocho minutos los doctores confirmaron oficialmente la muerte de Kennedy.

De acuerdo a lo planificado, no importaba que me atrapasen; porque, de todas maneras, mi misión estaba cumplida y la humanidad salvada. Había previsto ingerir una cápsula de cianuro; y aún si no podía hacerlo, no era relevante; porque mi historia sería inverosímil para cualquiera que la escuchara. Pero nadie me buscó.

A pesar de todo, en la confusión de las horas siguientes, y sin proponérmelo, logré evadirme; quizá amparado en mi condición de lisiado al que le faltaban ambas piernas. A nadie se le ocurrió revisar mi silla de ruedas, en la que escondí el arma. 

Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.


sábado, 29 de noviembre de 2025

ECCE SERVUS DEI

                                                                Daniel Frini


Para Alan

 

El interior de la iglesia tenía ese tono amarillo que da el sol de principios de septiembre, a las cinco de la tarde. La última anciana devota dejó el confesonario; y, unos segundos después, el padre Carlos también lo abandonó, cruzó el presbiterio —se detuvo un momento frente al Sagrario, hizo una leve reverencia y se persignó— y entró a la sacristía, a la vez que se quitaba la estola. Le llegó un leve olor a jazmines, que ignoró.

La mujer que lo seguía tocó su hombro con suavidad:

—Padre… —lo llamó.

—¿Si, hija mía? —contestó el sacerdote, girando su torso para mirarla.

—¿Es usted el padre Carlos?

—Así es.

—Le ruego que me disculpe. Necesito su ayuda.

—¿Qué puedo hacer por ti?

—No por mí, padre. Por mi hijo —dijo la mujer, mientras con un gesto de su mirada le indicaba que mirase hacia abajo.

Recién entonces el cura se percató de la presencia del niño, que estaba tomado de la mano de la mujer. Él era la fuente del perfume delicado. Su rostro era el de un chiquito de unos ocho años, y al cura se le antojó demasiado alto para esa edad. Lo estudió de arriba abajo y no pudo contener una expresión de asombro: el niño estaba suspendido a veinte centímetros del piso.

—¡Dios mío! —exclamó.

—¿Se da cuenta?

—Esta... ¡levitando!

—Ajá.

—Pero… ¿qué…? Hay... ¿hay algún truco?

—No padre. No hay trucos ni magia —contestó la madre, levantando la mano con la que sostenía a su hijo, para mostrar que no había ningún mecanismo extraño—. ¿Ve cuál es el problema?

—¿El problema?

—Sí, padre. ¡El chico me anda a una cuarta del suelo!

—Bueno… no estoy seguro de que aquí haya un problema. Creo, más bien, que es… que podría… que podría ser… un… milagro...

—Disculpe mi insistencia: ¿usted es ese Padre Carlos? —inquirió la mujer, poniendo énfasis en la palabra «ese».

—Si entiendo a lo que se refiere, sí. Soy ese Padre Carlos.

—Le ruego que exorcice a mi hijo, padre.

—¿Qué lo… exorcice?

—¡Mi hijo está poseído, padre!

—Pero… —continuó el cura, dubitativo—. No entiendo. ¿Poseído por quién?

—¡Por un ángel, claro!

—¿Por un ángel?

—Por un ángel.

—Por un ángel.

—¡Si, padre! ¡Por un ángel! —respondió la mujer, con fastidio.

— Y… ¿en qué basa su aseveración? —preguntó el cura, recomponiéndose.

—¿Cómo dice?

—¿Cómo sabe que es una posesión?

—Busqué en internet, padre. También lo consulté con la vieja Toribia

—¿La que cura el mal de ojo?

—Esa.

—Pero… el ángel… ¿Cómo poseyó al niño…? —volvió a la carga el sacerdote, desconcertado.

—No sé…

—A diferencia de un demonio… ¡Un ángel necesita de la aceptación del huésped antes de poseerlo!

—¡Y este zanguango se la habrá dado! ¡En el barrio se junta con cada uno!

—Escúcheme. Tal vez, en él se manifiesta algún don del Espíritu. Habría que ver si no es alguna otra cosa antes de decir que está poseído.

—Mire todo lo que quiera, padre.

—Me refiero a que no es tan simple. Hay que hacer varias pruebas. Determinar la verdadera naturaleza de éste…. eh… prodigio; pedir autorización al Señor Obispo, verificar... El hecho de que el niño levite no muestra más que un probable fenómeno místico aislado…

—No me joda, padre. No es un fenómeno aislado. Mire. Nos despertamos a las tres de la mañana, creyendo que nos olvidamos la luz del baño encendida o la heladera abierta; y resulta que es éste, en su cuarto, en éxtasis, jugando a la play, a medio metro del piso, con aureolas de luz en la cabeza y rayos de colores por todo el cuerpo; y tooooda la casa con olor a rosas, a jazmines, a claveles, azahares, violetas, madreselvas, glicinas, ¡hasta olor a manzanas verdes, hay! Y mi marido que es alérgico a las flores. Veinte pañuelos por día me ensucia el Ruben, dale que te dale con el estornudo y los mocos. Hay momentos en que, por el tufo, la casa parece una sala velatoria. ¡O los estigmas! ¡Mírele las manos! ¿Ve las marcas de espinas acá, en la frente? ¡No se imagina el enchastre que me hace con las sábanas! ¡Intente usted sacar una mancha de sangre de la remera blanca del colegio! Y así anda él, por la casa, dejando el reguero; y el Brutus —el rottweiler que tenemos en casa— por detrás, lamiendo el piso y las heridas ¡La de merteolate, gasas y curitas que llevo gastados! ¡O que me dé un susto de muerte cuando se me aparece en la cocina, después de que lo dejé en el colegio; porque resulta que el señorito puede estar en dos lugares a la vez! ¡O que me llame la directora, porque llora sangre y asusta a los compañeritos! ¡O la camioneta! Resulta que a mi marido hace como tres meses que se le rompió el tren delantero de la camioneta mudancera; y la tiene en el galpón, montada sobre tacos de madera. Bueno. El santito éste la sacó, usando una mano, nomás, al medio de la calle. ¡Entre doce la tuvieron que entrar de vuelta! No es un fenómeno aislado, padre. Son varios. Es más: no son fenómenos. Son, lisa y llanamente, ganas de romper las pelotas, padre.

—¡Hija!

—Perdóneme. Esta situación me tiene los nervios de punta.

—No sé, hija mía. Probablemente el Espíritu Santo sólo haya derramado algunos dones sobre él. Un niño es la personificación de la pureza; un alma caritativa que…

—¡Ahora! ¡Ahora es caritativo! Hace unos meses, había que pedirle de rodillas que te pasara la mermelada en el desayuno. Ahora, al primero que ve en la calle le regala la mermelada, la manteca, el pan, el mate cocido, la camisa y el pantalón. Los suyos y los del abuelo; que está que me voy y no me voy, el pobre. Y los calzones del abuelo, también. Los que están secándose en la soga y los que tiene puestos. Y sus juguetes y sus libros, y la mochila del colegio. ¡Pero él no compró nada de lo que da! ¡Y a la hora me está reclamando un par de zapatilla, una mochila, una cartuchera nueva! ¡Y nosotros no somos Roquefeler! ¡Todas las noches trae un zaparrastroso nuevo a cenar ya dormir! ¡Ya nos robaron ocho veces así! ¡Y si vos te negás te hace un sermón tal, que los de San Ambrosio de Siena parecen hechos por un bebé! ¡Y, encima, te los dá en castellano, inglés, francés, alemán, letón, latín, griego y arameo! Así me dijo la maestra, que se ve que sabe de idiomas, porque, gracias a Dios lo podemos mandar a un colegio bilingüe…

—Está bien, hija. Vamos a suponer, por un momento, que tienes razón. ¿Cómo se llama el niño?

—Mauricio.
El sacerdote tomó la cara del niño entre sus manos, y lo miró directo a los ojos durante diez interminables segundos. Y dirigiéndose a la entidad que dominaba al jovencito; dijo, con voz potente:

—¡Dí tu nombre!

—Zedequiel —dijo el ángel, en la voz del niño —. Pero en los Coros Angélicos me dicen Tincho.

 

El Padre Carlos estaba sentado en el sillón de la pequeña sala de la casa familiar. A su frente, en el otro sillón y con una mesa ratona de por medio, estaba Mauricio. Ambos sostenían las miradas, sin pestañear, desde hacía unos minutos.

Un leve movimiento de las cortinas de la ventana que daba a la calle, hizo que se erizaran los pelos de la nuca del sacerdote. Un movimiento del aire, un susurro, una claridad indefinida lo animaron a preguntar:

—Zedequiel ¿estás ahí?

—Aquí estoy —respondió el niño.

El resplandor adquirió una tonalidad violácea, pareció concentrarse en el poseído y creció hasta tomar un brillo insoportable para el sacerdote, que cubrió sus ojos con la mano, a modo de visera. Un crescendo de trompetas, que parecía venir desde el techo, sirvió de introducción a un coro de voces hermosísimas que entonaban el Veni Creator Spiritus. El volumen de la música aumentó hasta hacer imposible cualquier conversación.

El Padre Carlos se sobresaltó al oír una serie de fuertes golpes de la palma de una mano sobre la persiana de madera de la ventana, que venían desde afuera de la casa. Se escuchó la voz del vecino, gritando:

—¡¿Pueden parar esa música?! ¡Son las dos de la mañana y me tengo que levantar a las cinco para ir a trabajar!

Una a una, las trompetas y las voces celestiales se fueron callando. Un ángel de la fila de los contratenores siguió cantando, concentrado, pero varios «¡shhhhh!» de los demás ángeles del coro lo silenciaron. El vecino volvió a su casa, vociferando enojado, mientras se alejaba:

—¡De no creer! ¡Ya me tiene cansado este chico! ¡Todos los días una nueva! ¡Falta, nada más, que se ponga una iglesia…!

El cura se dirigió al niño:

—Necesito hacerte unas preguntas.

—Adelante —respondió Zedequiel.

El Padre Carlos sacó un pequeño grabador de su bolsillo.

—¿Puedo grabar nuestra conversación?

—No soy quién para autorizarte o no. Ese eres tú. Si decides grabar, está bien. Si decides no hacerlo, también.

El cura presionó el botón play.

—¿Eres el mismo Zedequiel que detuvo la mano de Abraham cuando iba a sacrificar a su hijo?

—He hecho muchas cosas obedeciendo, humildemente, los deseos del Señor Nuestro Dios.

—¿Eres el príncipe de los kyriotites, el cuarto de los siete coros angelicales? —preguntó el cura, con admiración.

—Por favor, ten cuidado. No estoy aquí para ser venerado.

—¡Pero sos un ángel! ¿Cómo no habría de venerarte?

—No te equivoques. La adoración es propia y única de Dios. El mismísimo Juan es reprendido, en el Apocalipsis, por tratar de adorar a un ángel.

—¡Sos uno de los únicos dignos de contemplar el rostro de Nuestro Señor!

—Pero aun así, soy menor que tú. Eres un hombre, la creación más extraordinaria del Señor, quien te hizo a su imagen; y, en su infinita misericordia de Padre, te dotó de libre albedrío: la posibilidad de que elijas creer en él o no. Según nuestra naturaleza, eso nos es imposible.

—Y nosotros estamos encerrados en esta caja de carne y hueso. Ustedes son espíritu puro. En eso son mayores a nosotros.

—El Rabí Dovber describió los sentimientos que experimentaba al decir las plegarias matutinas, diciendo: «Envidio a los ángeles cuando recito la descripción de las alabanzas que le cantan a Dios. Pero cuando leo las alabanzas que entona el hombre, me pregunto '¿Dónde han ido todos los ángeles?'». Nuestro Señor comparte sus palabras. Pero te ruego me perdones. No he sido enviado a discutir contigo.

—¿Decís que tomaste posesión de ese cuerpo porque has sido enviado? ¿No lo decidiste vos solo?

—Te lo dije. No nos es permitido elegir.

—Entonces, ¿viniste con un propósito?

—Sí.

—¿Y cuál es tu misión?

—No tengo la más puta idea.

 

Monseñor miraba, sin ver, el piso de su oficina. El rostro serio mostraba una preocupación indefinida. Sobre su escritorio se encontraban varios libros, apilados y abiertos, con cierto cuidado desorden. Al alcance de su mano estaba el De Coelesti Hyerarchia de Dionysius, el Angelics and the Angelic Realm de Fares, un primer volumen de la Biblia de Arragel, revisada por Paz y Meliá, de 1920; y en una mesa auxiliar, sobre un pequeño atril, una edición romana de 1760 del Grimorium Honorii Magni. En el suelo, apilados uno sobre otro, estaban el Statua Ecclesiæ Latinæ —una copia del 1800—, el Flagellum Dæmonum de Polidorus, el Manuale Exorcistarum de Brognolus; y, por supuesto, el Malleus Maleficarum.

El Padre Carlos mantenía abierta, sobre sus piernas, la edición en español de El Zóhar, comentado por el Rabbí Ashlag. Leía en voz alta, siguiendo los renglones con su dedo índice:

—«…y el Rabí Simeón Ben Yojai continuó explicándoles: “¡Sabed que vuestras almas son inmortales! El alma se marcha tan sólo cuando el Ángel de la Muerte ha tomado posesión del cuerpo…”» No. Es alegórico. Esto tampoco sirve, Su Eminencia.

—Entiendo, Carlos —dijo el obispo. Luego tomó aire con la intención de expresar una idea, pero se contuvo. Unos segundos después continuó hablando —. La exégesis dice que los ángeles son los seres más benevolentes en cuestión de posesión. Buscan personas entregadas a las creencias religiosas, personas de fe, a las cuales pueden exponerse sin temor a ser rechazados. Deben ser personas compasivas, dulces, llenas de amor. Y usted me dice, Carlos, que este niño no tiene nada de especial en ese sentido.

—Al decir de la madre, Su Eminencia, antes de este… de esta… posesión, el niño era la piel de judas.

—Muy gráfico —se sonrió el obispo —. O sea, dudamos de la verdadera naturaleza del fenómeno, entre otras cosas, porque…

—Perdón que lo corrija. No dudo de que el pequeño Mauricio esté poseído. No dejo de preguntarme, por el contrario, si quien lo posee no es un demonio haciéndose pasar por un ángel.

—Y nos quiere jugar una broma.

—Hacernos una cámara oculta…

—¿Ha pasado algo que le haga suponerlo? Éste… espíritu, Carlos, ¿ha dicho algo que vaya en contra de las enseñanzas de Nuestro Señor?

—La verdad es que no, Su Eminencia. He hablado mucho con él y no encontré nada que se aparte de Nuestra Fe. Usted escuchó las grabaciones que hice…

—Así es. Y en ese sentido coincido con usted. Pero no creo que estemos siendo engañados. Un demonio es, por naturaleza, hipócrita, mentiroso y egoísta. A la larga, estos rasgos de su personalidad prevalecerían, dejando al descubierto su mentira. Creo, sí, que este espíritu es quien dice ser: el mismísimo ángel que se presentó ante Abraham: Zedequiel, el justo de Dios, el benevolente.

—El misericordioso, el compasivo.

—El caritativo, el patrono de los que perdonan.

—El jefe de los Hasmallim, el príncipe del Coro de las Dominaciones.

—El ángel de la libertad, uno de los portadores del Estandarte de Dios en la batalla.

—Uno de los nueve Regentes del Cielo, uno de los siete autorizados a estar en la Divina Presencia.

—Ahora —dijo el obispo, interrumpiendo la enumeración —, mi interrogante es: ¿por qué razón la mamá quiere que su hijo sea exorcizado de tamaña posesión? No veo mal que…

—Porque no lo aguantan, Su Eminencia. Un ángel puede ser tremendamente insoportable.

 

—Hágalo, Carlos —dijo el obispo.

—Pero… Su Eminencia… yo no… el Ritual… no contempla… ángeles… está hecho para… exorcizar demonios… ¿Cómo hago…?

—Ah, no sé. Usted es el exorcista. Ese no es problema mío.

 

El sol se estaba ocultando. En el patio de la casa estaban Mauricio —sentado en una silla baja, a un metro y medio de la mesa, las piernas juntas, las manos apoyadas sobre las rodillas, la espalda muy recta, la cabeza en alto y la mirada fija—; el padre Carlos, dos ayudantes de físico imponente que actuaban de monaguillos —nunca se sabe con qué fuerza se deberá contener a un poseído—, los familiares más cercanos del niño, la vieja Toribia y tres o cuatro comadres de luto riguroso, mantilla y rosario enrollado en las manos. Por sobre las medianeras que daban a las casas vecinas asomaban, temerosas, las cabezas de una treintena de curiosos. En el barrio se sabía, desde hacía unos días, que esa era la hora indicada para el comienzo del Rito.

La mesa de hormigón del patio estaba cubierta con un mantel blanquísimo; y sobre él, dispuestos con prolijidad, el acetre con agua bendita y el aspersorio, la crismera con los santos óleos, dos navetas: una con sal y la otra con cenizas, cuatro cirios en sus candelabros, una Biblia, dispuesta sobre un pequeño almohadón; un crucifijo sencillo, con una medalla de San Benito insertada en el cruce del stipes y el patibulum, y el Rituale Romanum.

El sacerdote vestía un traje negro, alzacuellos y una larga estola morada. El silencio era total.

Uno de los ayudantes encendió los cirios. El padre Carlos se paró frente a la mesa, de espaldas al niño. Bajó la cabeza, cerró los ojos y oró en silencio. Bendijo a los elementos que estaba a punto de usar, haciendo sobre ellos la señal de la cruz. En un pequeño cáliz mezcló agua bendita, un poco de sal y cenizas, agitó el recipiente y se alejó para verter el contenido en cada uno de los cuatro puntos cardinales, sobre el perímetro de un círculo de unos tres metros de diámetro, centrado en el pequeño Mauricio.

Dejó el cáliz sobre el altar improvisado, giró para quedar de frente al poseído e hizo un pequeño silencio. Luego, con voz fuerte y clara, dijo:

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo —mientras acompañaba sus palabras haciendo la Señal de la Cruz con la mano derecha.

Todos los presentes, incluidos los curiosos y el mismo Mauricio, respondieron

—Amén.

Siguieron la presentación, las letanías y la liturgia de la Palabra. El niño acompañó la ceremonia como los demás, poniéndose de pie cuando fue necesario y respondiendo al diálogo de las oraciones.

Después, el padre Carlos tomó el aspersorio, lo introdujo en el acetre y esparció agua bendita sobre el poseído, recitando una oración en voz baja. Mauricio pareció iluminarse donde lo tocó cada una de las gotas de agua y sonrió como si fuese alcanzado por una paz extrema.

Doña Toribia se adelantó un paso y dijo:

—Oiga, padre…

El sacerdote giró hacia donde estaba y la reprendió con una mirada severa. Luego, dejó el aspersorio, tomo la cruz y la presentó al niño. Éste, en un movimiento brusco, que sorprendió a todos y puso en alerta a los monaguillos, tomó las manos del padre Carlos y se llevó el crucifijo a los labios, besándolo de manera apasionada.

—Escuche, padre…—volvió a la carga doña Toribia.

El cura la ignoró. Receloso y no sin temor, dejó la cruz y pasando su estola por sobre los hombros del niño, puso sus manos sobre la cabeza de Mauricio, mientras recitaba:

—El poder de Cristo Salvador te libere…

En la zona de contacto entre las manos y la cabeza del niño se encendió un resplandor azulado que comenzó a abrasar las manos del sacerdote, quien las retiró asustado, mientras las agitaba vigorosamente y se las soplaba para mitigar el ardor.

—Padre…—insistió doña Toribia.

El cura la miró, increpándola, y le dijo:

—Cállese, por favor.

Después, tomó la crismera del altar; mojó el dedo pulgar de su mano derecha en el aceite y ungió con él a Mauricio:

—Con estos Santos Óleos…

Mientras dibujaba la cruz, en la frente del niño apareció una leyenda en latín y en letras como de fuego: Ecce servus Dei. «He aquí el esclavo de Dios». Otra vez retiró, rápido y asustado, su mano del contacto con el poseído.

—Padre Carlos…—dijo Doña Toribia

El sacerdote puso sus manos sobre los hombros del niño, acercó su cara a unos veinte centímetros, oró diciendo:

—Que la virtud del Espíritu Santo Creador aleje a quien te domina, con el toque del soplo de los cristianos, como de una llama que lo quemase.

Después, sopló sobre la cabeza de Mauricio, cuyo cabello pareció encenderse como si se tratara de brasas.

Ante la pequeña conmoción, uno de los ayudantes tomó el agua bendita y la arrojó sobre la cabeza del pequeño. Se oyó un siseo de carbón al apagarse.

—Padre…—otra vez doña Toribia.

Visiblemente molesto y con la sensación de que el exorcismo se le iba de las manos, el cura contestó

—¡Cállese, le dije!

Tomó el Rituale del altar, con la mano izquierda, abriéndolo donde estaba marcado y apoyó la cruz sobre el libro; para dar comienzo a la oración de exorcismo. Con voz fuerte y clara dijo:

—Levántese Dios y sean dispersados sus enemigos…

Mauricio se estremeció.

—Oiga… —dijo doña Toribia.

—Huyan de su presencia los que le odian.

Una claridad que contrastaba con la luz escasa de la lamparita que alumbraba el patio y la tenue llama de las velas, comenzó a surgir de la piel del niño.

—Señor, pelea contra los que me atacan. Combate a los que luchan contra mí.

—Escuche, padre…

—Sufran una derrota y queden avergonzados los que me persiguen a muerte.

—Padre, un segundito…

Las letras en la frente del niño se tornaron de un blanco similar al del metal muy caliente. Un intensísimo olor a flores inundó el patio.

—Yo te ordeno, ángel del Señor, que dejes el cuerpo de este hijo de Dios…

Un viento cálido comenzó a soplar sobre los presentes. Se escuchó un murmullo profundo que parecía venir desde el cielo. Mauricio comenzó a levitar sobre la silla, con los ojos cerrados, las manos abiertas en cruz y una expresión de completo éxtasis en su rostro. Todos cayeron de rodillas.

—¡Vete de este cuerpo!

—¡Padre!

—¡Libera esta alma para que pueda amar libremente a su Creador!

Todo pareció temblar con un sonido muy grave, como un mantra recitado por millones de voces. Desde el cuerpo del niño salían rayos de luz que dibujaban arabescos, envolvían y enceguecían a todos. Las manos de las comadres dibujaban cruces a toda velocidad, mientras se santiguaban una vez tras otra.

—¡Escúcheme, padre! —gritó doña Toribia.

—¡Qué mierda quiere! —dijo el sacerdote.

—¡Si el Mauricio se lo pide, el ángel se va solo, sin que usted haga toda esta pantomima!

El cura pareció dudar, pero entendió la validez del razonamiento de la curandera. Se acercó, de nuevo, a medio metro de la cara del niño.

—¡Mauricio! —le gritó —¡Decile al ángel que se vaya!

Nada. El cuerpo del poseído parecía arder.

—¡Mauricio! —insistió el padre Carlos —¡Mauricio!

Notó un pequeño destello de duda en los ojos.

—¡Tenés que decirle al ángel que te deje!

Si bien la duda persistía, no notó comprensión.

—¡Decile que te deje!¡Tenés que decirle que te deje!

—Ze… de…—balbuceó el niño.

—¡Que se vaya!

—Ze… de… quiel —se escuchó, tímida, la voz de Mauricio —de… ja… me… por… favor.

Estalló un trueno y una explosión de luz. Un rayo potentísimo y muy blanco salió de la boca del niño e impactó en la del padre Carlos. Mauricio cayó sobre la silla en la que había estado sentado, ya sin signos de posesión. Las letras habían desaparecido de su frente. El padre Carlos voló unos metros hacia atrás y cayó de espaldas en el piso, desmayado.

El niño miró hacia todos lados, sin entender; como recién salido de un sueño. Se llevó un dedo a la nariz para sacarse un moco. Vio al cura.

—¿Qué hace el coso ese tirado en el suelo?

 

El padre Carlos vivió los tres años siguientes en olor de santidad. Fue un hombre piadoso y caritativo. Los episodios en los que aparecían estigmas en su cuerpo adquirieron cierta fama en la zona. Se conocen dos episodios de levitación en público. El primero ocurrió un domingo, en Misa, durante la Oración: entró en un trance místico y comenzó a elevarse. Subió hasta que su casulla se enganchó en la mano del Cristo que presidía el Altar. Su cuerpo giró hasta quedar patas arriba, levitando cerca del techo y como si el mismísimo Crucificado lo retuviese entre nosotros. Los feligreses apilaron, a toda velocidad y en silencio, camperas, sacos y bufandas, y las cajas de ropa que trajeron, de urgencia, de la vecina Casa de Cáritas; para amortiguar una posible caída desde unos ocho metros, si salía de su éxtasis. En esa oportunidad no hubo problemas y bajó, unos minutos después y sin salir de su trance, para seguir con la Misa como si nada hubiese pasado. La segunda vez ocurrió en el atrio de la Iglesia, una mañana de octubre, mientras conversaba con algunos fieles. Comenzó a elevarse, más liviano que una hoja. Algún gracioso lo sopló desde atrás, sólo por hacer una broma. No hubo Cristo que lo retuviese ni techo que limitase su ascenso. Siguió elevándose y se perdió, para siempre, en el cielo limpio de Villa Ballester.

 Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

 

martes, 25 de noviembre de 2025

ACACIO, BIBLIOTECARIO, INVENTOR DE LA NADA (El décimo signo)

Daniel Frini

 


El silencio domina la tarde calurosa en el monasterio eutiquiano de Deir Mar Takla, a orillas del Éufrates, en un día del año que siglos más tarde será conocido como setecientos cuarenta después del natalicio de Jesús el Cristo.

Acacio es un hombre inteligente y lector ávido de los antiguos textos griegos y árabes que enriquecen la biblioteca a su cargo, lo que le ha conferido un merecido prestigio de hombre sabio y santo.

Pasó los últimos meses abstraído en una idea apasionante, sugerida por los libros, que lo sobresalta y emociona. Hace semanas que duerme poco y nada, descuida las oraciones, apenas come y se muestra distraído y ausente. Solo esta mañana compartió su razonamiento con los otros diez monjes, mientras comían unos mendrugos de pan ácimo, y agitó la atmósfera tranquila y centenaria de los claustros ganados a la roca. La respuesta, tal como lo esperaba, ha sido de duda, en el mejor de los casos, y de escándalo en la mayoría. Solo el abad se mantuvo callado y meditando las palabras del bibliotecario.

Ahora, en el tiempo quieto que sigue al mediodía, Acacio decide que una buena manera de ordenar sus pensamientos es ponerlos por escrito.

Está en su kalbbia y, por el ventanuco abierto en la piedra, mira sin ver el horizonte árido, más allá del río. En un gesto mecánico, con su mano, limpia el palimpsesto sobre el que va a trabajar. Hunde el kálamos en el recipiente con tinta—hecha por el hermano especiero con leño de espino, nuez de agalla, piedra negra, miel, vino y vitriolo azul—, escurre el sobrante y lo dirige a la superficie, detiene su mano en el aire durante un segundo, dudando, y finalmente escribe:

 

«¿Por qué, mi Señor y Dios, me es dado hacerme esta pregunta? ¿Es el Gran Enemigo quien quiere hacerme pecar dudando de Tu Sabiduría? ¿Me he dejado ganar por la soberbia? Si has querido que algunos conocimientos permanezcan vedados a los hombres, ¿por qué encuentro que mi reflexión no es equivocada?

He conocido el ingenio sutilísimo que poseen los sabios de la India, con el que superan a los demás pueblos en aritmética y geometría, el mismo que heredaron los infieles muslimes: un valioso método de calcular, que sobrepasa toda imaginación, de manera tal que parece cosa de magos o demonios; y que manifiestan mediante nueve signos, con los que pueden indicar cualquier grado de magnitud, desde Tu Unicidad hasta la cantidad total de días de la Eternidad».

 

Un carraspeo lo detiene. Acacio gira la cabeza y se encuentra con la figura diminuta y encorvada del abad que se recorta en la puerta baja de la kalbbia.

—Bendiciones, hermano bibliotecario.

—Bendiciones, hermano abad

Acacio baja la cabeza en señal de sumisión y, aunque sabe porqué su superior está allí, pregunta con cortesía:

—¿A qué debo el honor de tu visita?

―Seré franco y directo, hermano. El Señor me ha dado la gracia inmerecida de una inteligencia que me permite apreciar el trabajo de los eruditos, como es el caso de los hombres del Panyab o de Bendosabora; o el tuyo propio, querido hermano. Me gratifico y sorprendo con la grandeza de Dios que ha negado Su Persona a los infieles, y sin embargo los ha iluminado para que con nueve trazos convenientemente ubicados resuelvan lo que ha sido un esfuerzo extraordinario para los latinos y nuestros padres griegos. Y está bien que así sea: nueve lunas necesita la madre para traer un niño a la vida, Parménides dice que el nueve es el número de las cosas absolutas, Porfirio dice, en sus Enneádes: «he tenido la alegría de hallar el producto del número perfecto, por el nueve»; nueve son las órdenes de los angeles, hay nueve clases de demonios y nueve piedras preciosas; nueve puertas permitían el acceso al kodesh ha-kodashim del Templo de Jerusalén; tres mundos hay –cielo, tierra e infierno– y en cada uno de ellos hay una tríada; por ello el nueve es el número que cierra el tercer ciclo a partir de la unidad, y con ello, la creación. Pero no entiendo, querido hermano, tu empecinamiento en decir que a los sabios que nos precedieron se les ha pasado algo por alto…

—Hermano abad, en mis meditaciones me he encontrado con cierta anomalía que es la raíz de mi desasosiego. Los Padres latinos enseñan que el Hijo de Dios volvió de entre los muertos al tercer día, y así lo aceptamos. Es nuestra fe que entregó su alma a la Misericordia del Hacedor el día viernes, que contamos como el primero; transcurrió el sábado, que es el segundo día, y resucitó para la Gloria del Padre y nuestra salvación eterna, el domingo, que contamos como el tercero. Sin embargo, tal forma de contar los días jamás me resultó clara y he dado con otra, que no hallo errónea: Jesús el Cristo murió a la hora nona del viernes. Y las horas transcurridas hasta la cuarta vigilia del domingo, cuando María de Magdala descubre el sepulcro vacío, hacen apenas un día y fracción; y no tres días como nos han enseñado nuestros Padres y profesamos en nuestro Símbolo de Fe, cuando decimos «Padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras». Ahora, hagamos el mismo razonamiento contando al revés: partiendo de la última vigilia del domingo hasta la última vigilia del sábado, contamos un día; pero la cantidad de horas desde la última vigilia del sábado a la hora nona del viernes, no hacen un día. Esto quiere decir –y esta es la clave de mi agonía– que hubo un tiempo en que no hubo días. Los nueve signos de la India no contemplan este dilema ¿es necesario un signo nuevo?

—Ni los hindúes, ni los muslimes mencionan nada acerca de este acertijo.

—Es verdad. Y solo en Ptolomeo, en el sexto tomo de su Hè Megalè Syntaxis, he encontrado un símbolo al final de una cantidad para indicar un centenar; y no puedo saber si él llegó a la misma conclusión a la que he arribado, pues nada aclara sobre el tema, y si así fuera, su notación no ha sido utilizada otra vez.

—Pero Acacio, hermano; si tal signo existiese, debería ser un signo ideado por el maligno y contrario a la Voluntad del Señor.

—Eso me inquieta, hermano abad. Tal signo representa la ausencia de cantidad. Cuando deseo adicionar a cualquier cifra la ausencia de cantidad, el resultado es la misma cifra; en cambio, cuando intento usar la tabla de Pitágoras para hacer el producto, agregando a ella el signo de la ausencia; transformo cualquier cantidad en nada. Aún cuando repetí innumerables veces esta conducta no encuentro equivocación en mi razonamiento…

—¿Te das cuenta, hermano, de lo que propones? De existir tal signo, Acacio, sería arquetipo de la ausencia y paradigma de la nada. Tendríamos a mano el Poder del Señor para destruir mundos mediante un simple signo.

—Lo he visto. Y me asusta este descubrimiento. Ruego porque la Sabiduría de Dios me guíe y me indique el camino. ¿Qué debo hacer? ¿Dar a conocer mi descubrimiento a los sabios para que ellos también conozcan Su Poder y nos acerquemos a Él? ¿Debo ocultar lo que me ha sido permitido vislumbrar?

El Abad respeta la erudición de Acacio y lo admira; y no puede más que asombrarse de la lógica del razonamiento del santo. Él ha recorrido todo el Oriente defendiendo la doctrina de Eutiques en disputas cristológicas desde Nicea hasta Antioquía. Es un hombre capaz y sabe reconocer el poder inmenso que ha descubierto Acacio en el décimo signo. Y esto lo asusta más que los daimones, diábolos y espíritus impuros a los que ha vencido; más que Asmodai, Choronzon o Jaldabaoth.

Acacio, que aún no ha soltado el kálamos, baja su cabeza y cierra los ojos.

El abad, veterano de mil batallas contra el Indigno, se mueve rápido. Toma el instrumento de caña de la mano del monje y lo clava, con todas sus fuerzas, en la garganta del bibliotecario que no alcanza, siquiera, a sorprenderse. Minutos después, Acacio muere.

El Abad sabe que el peligro está aún latente: él mismo ha visto el fruto del Árbol del Conocimiento que le fue prohibido al Padre Adán y desea olvidar con toda la fuerza de su viejo corazón, pero entiende que no podrá hacerlo. Sabe, también, que en el futuro podría ser engañado por el Oscuro y persuadido a revelar el misterio. Entonces, toma el recipiente de tinta y bebe el contenido de un trago. Se acuesta en el suelo caliente del pequeño cuarto. Reza en voz inaudible pidiendo perdón. El calor de la tarde que se alarga hacia la noche lo adormece. Recuerda la melodía de una vieja canción que le cantaba su madre; y, aunque se empeña, no consigue recordar la letra. Luego, los venenos de la tinta apagan todo para él también.

Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle  (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

 

 

EN CASA AJENA (OCHO)