Mostrando entradas con la etiqueta Daniel Frini. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Daniel Frini. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de octubre de 2026

FRITZ (Un cuento de hadas)

Daniel Frini

 

¿Conocen La Cumbrecita?

Está bien, ¿por qué iban a conocerla? Es una villa turística –y cito la página web; que, por cierto, muestra unas hermosas fotografías– ubicada en el Valle de Calamuchita, en la vertiente oriental de las Sierras Grandes y a unos mil quinientos metros sobre el nivel del mar. Está enclavada entre los cerros, en un pequeño valle con forma de anfiteatro que le confiere un clima especial. Está ubicada a unos cuarenta kilómetros de Villa General Belgrano (Sí, sí: la misma de la Oktoberfest). Es un pueblo en el que no se permite la circulación de vehículos, no hay bancos y se respira paz a pulmones llenos. Fue poblada por alemanes llegados después de la Guerra, que le dieron un sesgo centroeuropeo a todas las construcciones. Una villa de los Alpes austríacos en plenas sierras de Córdoba.

Allá por fines de los setenta y principios de los ochenta compitió seriamente en mi escala de valores por ser mi lugar en el mundo. Solía pensar que, después de mi muerte y de que me cremaran, me gustaría que el viento llevase mis cenizas para esa tierra que amaba. Hoy ya no. Ahora es demasiado «turística». No es que reniegue de eso que, al fin y al cabo, es una grata manera de ganarse la vida; pero a mí me gustaba aquella de hace más de treinta años, más ignota, más silvestre, más a mi medida.

Acostumbrábamos a pasar allí algunos días de los veranos, en carpa y en plan de mochileros, de este lado del Río del Medio, a metros del puente de madera, entre espinillos y piedras del tamaño de un camión, sin ningún servicio a la vista; pero inmensamente felices. Ahora, en ese lugar hay una oficina de informes y una gran playa de estacionamiento, donde dejar los autos antes de entrar caminando al poblado.

Siempre fue un placer andar por esos añejos bosques de pinos donde era muy probable que no entrase nadie, salvo animales, desde hacía una década. Solíamos ir a caballo hasta el Vallecito del Abedul o hasta el Peñón del Águila e, incluso, nos topamos con un campo nudista camino de las Casas Viejas; en plenos años de fuego, aún antes de la Guerra, cuando solo por decir «culo» en público podías dormir una o dos noches a la sombra.

Hay una excursión que yo disfrutaba especialmente: después de cruzar el puente, se sube a pie por la calle principal, pasando frente a Edelweiss y a la cabaña de Am Hang, hasta la Plaza del Ajedrez. En lugar de continuar por el camino (a izquierda o derecha) se sigue al frente, cruzando el bosque, pasando por el pie del pequeño cerro donde está la Capilla, hasta cerca de la Olla del arroyo Almbach. Desde allí, tomando a la izquierda, corriente arriba, por una vereda de unos cincuenta centímetros de ancho, la montaña a un lado y del otro un barranco de más de diez metros, con el arroyo cristalino al fondo, se llega al pie de la Cascada Grande, después de una hora y media de caminata.

La primera vez que hice ese recorrido fue en un día gris y muy fresco de mediados de otoño, con las nubes bajas, casi una niebla, y la humedad condensándose en las ramas de los pinos. Cerca del final del camino encontré una fina llovizna (a mitades iguales caída desde las nubes y proveniente del golpe del agua contra las piedras de la base de la cascada) que mojaba y resaltaba toda la vegetación del pequeño paisaje, incluso los grandes helechos que acariciaban mi cara al pasar. Las cumbres de las altas paredes de piedra se perdían en las nubes, lo que hacía que pareciesen infinitamente altas. Debo haberme quedado sentado en las piedras, con los pies en el agua fría, más de una hora, acunado por el sonido sordo del agua. Pero no fue esa vez cuando vi lo que quiero contarles.

Toda esta larga introducción es para situarlos en la geografía donde, unos tres o cuatro años más tarde, otro día también de otoño y bien temprano por la mañana (me habían dicho que era el mejor momento para ver las mismas paredes que enmarcan la Cascada, pero ahora doradas con ese primer sol algo lánguido que suele darse en abril), encontré a Fritz.

Debo decirles que este no era –o es, no lo sé– el nombre real; el que, por otra parte, nunca supe. Las cosas ocurrieron de la siguiente manera: a lo largo de la cornisa en que se convierten los últimos cien o doscientos metros de camino, hay innumerables manantiales que salen de la montaña, cruzan la vereda por la que se va caminando y resbalan hasta el cauce de agua, allá abajo. Los hay pequeños, casi gotas, y los hay más copiosos. Algunos son más constantes y otros aparecen y desaparecen según les venga en gana. Uno en particular, mediano, entorpece levemente el paso entre dos piedras, por lo que se debe andar con algo más de cuidado para no resbalar en el verdín que cubre el camino. Estaba cruzando esa vertiente y mirando al suelo para no errar la pisada, mientras me aferraba a alguna rama; cuando algo pasó, casi un fantasma, frente a mis ojos. Crucé y, más afirmado, giré para ver qué me había molestado. No vi nada. Avancé unos diez metros y algo me rozó la mejilla. Esta vez sí. Lo descubrí un poco más arriba de mis ojos, a no más de un metro de distancia, flotando sobre el precipicio.

La forma más sencilla de hacerme entender, es decir que vi un hada. Algo del estilo de la Campanita de Peter Pan, pero de unos treinta centímetros de alto. Sus alas desplegadas medían más o menos tanto como su altura y estaban ajadas, amarillentas y rotas (lo vi más tarde) pero las agitaba vigorosamente para mantenerse en el aire.

No era un gnomo puesto que tenía alas. No era un ángel porque su tamaño era de más o menos un sexto del que imagino deben tener (la de una persona normal, si nos atenemos a las convenciones, y nos olvidamos que en la Bizancio del siglo XV discutían sobre su tamaño y cuántos entraban en la cabeza de un alfiler). No era, según he consultado en tantos libros desde entonces, ni un elfo, ni un troll, ni un duende, y tampoco un querubín.

Siempre supuse que las hadas eran de género femenino. Podían ser pequeñas o grandes, tener o no tener alas, ser buenas o malas; pero mujeres. Incluso lo son en las fotografías –trucadas o no– que tomara Sir Arthur Wright en Cottingley. Ahora bien, lo extraño es que éste hada era un hombre. ¿Cómo lo llamarían ustedes? ¿Hada macho? ¿Hado? A falta de mayores datos, e influenciado por el ambiente germánico que me rodeaba, lo llamé Fritz.

Su cabeza era grande, desproporcionada para su cuerpo y pelada, con sólo algunos mechones canosos y descuidados sobre las orejas sucias. No tenía ninguna prenda que cubriese su torso, era panzón y su pecho tenía manchas de pelo blanco que asemejaban islotes. Su única prenda era un pantalón de una lona que supongo marrón, muy vieja y muy sucia, con las rodillas rotas, las botamangas desflecadas y una más larga que la otra, sin botones en la bragueta, y sostenido en la cintura por una soga atada al frente por un nudo común. Sus brazos no hubieran podido rodear su talle y eran flácidos, sus manos eran grandes aunque de dedos cortos y gruesos, con uñas negras y partidas, que llevaban años sin ser cortadas. Tenía barba y bigote ralos (algo así como alguien que no se afeita desde hace una semana); labios gruesos y pálidos, con lunares oscuros; nariz chata y roja, cejas muy pobladas y ojos grises y apagados que lo hacían muy viejo.

Después me llegó su olor: una mezcla repulsiva de alcohol, transpiración y suciedad de un siglo sin un baño.

En la mano izquierda tenía una lata abollada de cerveza Löwenbräu, celeste y con su leoncito rampante, blanco sobre fondo azul, vacía.

Emitía unos chillidos apagados y continuos que se parecían más a un silbido inconexo que a un lenguaje; y me apuntaba, insistentemente, con la lata de cerveza, extendiendo y contrayendo su brazo en un movimiento que primero me pareció provocador, pero luego entendí:

—¿Querés otra? —le dije, y me respondió con lo único que en esa y todas las veces que nos vimos después se pareció a un fonema con significado, emitido por él de manera consciente, y que yo entendí como un «si»: Un estruendoso, grave y prolongado eructo.

Dándose por comprendido, desapareció entre los árboles en un segundo. En un instante estaba allí, al siguiente no estaba más; y sólo se agitaron dos o tres hojas de un helecho detrás del cual se fue volando.

Desanduve el camino hasta la proveeduría del Rancho Grande, donde compré dos latas de Heineken, la última Löwenbräu que quedaba y un porrón de Budweiser. Volví a la cascada, pero no lo encontré. Dejé las cervezas ocultas debajo de una mata de frutillas silvestres, en la suposición de que estaba observándome, y para evitar que las viese algún transeúnte durante el día. Volví a nuestra carpa, y no dije nada.

A la mañana siguiente, emprendí, de nuevo, el camino a la Cascada, llevando otra provisión, por las dudas. En la mata de frutillas encontré las latas vacías, pero la botella intacta. Bajé los últimos metros hasta la olla que formaba la cascada; y allí lo vi, acostado boca arriba sobre una piedra seca, las alas extendidas y las manos cruzadas sobre el estómago. Me acerqué despacio y escuché, otra vez, su chillido apagado, que esta vez era su ronquido. Quizá algún ruido o tal vez algún sexto sentido lo despertó y se incorporó asustado. Primero me reconoció, y luego vio las latas que llevaba. Se acostó nuevamente y otra vez cerró sus ojos. Parecía estar en paz.

—¿Estás bien? —le pregunté. Un breve eructo, conciso, fue su «si». Luego se quedó en silencio—. Día fresco ¿no? —insistí, tratando de iniciar algún tipo de charla. Nuevo eructo de su parte. En las horas siguientes, le pregunté su nombre, de dónde era, cómo había llegado hasta allí y un sinfín de interrogantes. Nunca pude enterarme de nada; y no es porque no me respondiese, sino porque nunca pude entenderle. Incluso, traté de hacer las preguntas de manera tal que pudiese responderme con su «sí», pero no avanzamos mucho. Doy un ejemplo: le preguntaba «¿naciste en un bosque?», con la idea de que se quedase callado (un «no») o eructase (un «si»), pero parece que cuestiones de ese tipo removían algún viejo recuerdo, y comenzaba a chillar y volar, alborotado, de izquierda a derecha y de arriba abajo. Al cabo de los días, dejé de interesarme por tales cuestiones, le llevaba su cerveza y nos quedábamos sentados quietos, cada uno sumido en sus pensamientos durante una hora o dos. Algunas veces por un excursionista que llegaba, o bien por considerar que el tiempo «de visita» estaba cumplido, levantaba vuelo y se esfumaba tras aquel fresno, la rosa mosqueta o las piedras del costado del camino.

La bebida quedaba siempre bajo la mata de frutillas, y entendí que no le gustaba beber de botellas. Creí, falsamente, que no podría abrirlas por lo cual alguna vez las destapé yo, y las cerré suavemente para que no escapase el gas, pero ni así.

¿Quién era? Nunca lo supe. ¿Por qué hombre? Tampoco. Supongo que las hadas, aun siendo personajes de fábulas y cuentos que viven muchos años, deben reproducirse de alguna manera y no me parece extraño que lo hagan de la manera tradicional. ¿Por qué su aspecto y su afición a la cerveza? Con los años elaboré una teoría:

Creo que es posible que Fritz fuera una víctima más de la Segunda Guerra; que fuese separado de su familia, que ellos estén ahora muertos y que su bosque haya desaparecido. Creo probable que en los últimos días, a punto de caer Alemania, los aliados o los rusos bombardearan sus árboles y él haya logrado escapar hasta llegar a la ciudad, esconderse, muerto de miedo con tanto ruido a muerte, en las cajas o maletas de algún soldado nazi que preparó más escrupulosamente su huida hacia estas tierras. Entonces, Fritz resultaría un polizón involuntario que, una vez arribado a las sierras de Córdoba (que, se sabe, nunca fueron invadidas por hadas), se habría encontrado solo, incapaz de entender dónde estaba y de hablar, ni siquiera, un poquito de alemán o español, condenado a vivir en un bosque extraño; que fue primero de molles, sauces y espinillos; y luego se fue poblando de abetos, pinos, robles, nogales y castaños; escapando de cuises y zorrinos, protegiéndose de la nieve en alguna vizcachera, y salvándose con su vuelo del ataque de los pumas.

Lo imaginé lleno de melancolía por un hogar y una familia desaparecidos bajo el horror de las bombas. Traté de entender la soledad y el miedo, que luego se transformó en tedio y más tarde en hastío. Las noches largas de frio del invierno deben haber completado el proceso, llevándolo a la bebida.

De manera inocente, lo consideré mi secreto y no lo comenté con nadie. Pero cierta vez, el viejo Hans, desde su eterna mesa del Bar Suizo, me vio pasar camino a la Cascada con mi cargamento de cervezas. Se sonrió y me guiño un ojo. No sé si todos estaban complotados o solo algunos conocían a Fritz. Nunca, en tantos años, nadie en el pueblo me dio otra señal; y a veces pienso que el viejo Hans se dirigió a alguien que en ese momento puede haber pasado detrás de mí.

Ese verano nos vimos con Fritz todos los días. Al siguiente, lo vi cuando faltaban cuatro días para irme. Creo que recién entonces me reconoció y permitió que me le acercase. El siguiente año lo vi a diario, pero apareció una señal nueva y alarmante: un carraspeo esporádico que una o dos veces se transformó en tos. Me fui sin despedirme de él, cuando papá vino a buscarme porque la abuela estaba enferma. Nunca más lo vi.

Las vacaciones próximas ya no lo encontré. Le llevé cerveza durante tres o cuatro días, pero las latas aparecieron intactas. Busqué señales en las rocas o en los troncos, pero no vi nada. Nunca me animé a preguntar por él a nadie del pueblo, temeroso de romper algún hechizo. Sin embargo, estoy escribiendo esto para acallar algún viejo fantasma de culpa por imaginarlo solo en los bosques que rodean a la cascada, pero tengo la secreta certeza de que ahora voy a romper este papel y quemarlo, antes de que lleguen mis hijos de la escuela.  


Daniel Frini Nació en Berrotarán, Córdoba, Argentina; en 1963. Es Ingeniero, escritor, antólogo, prologuista, artista visual y Magister Internacional en Literatura y Narración Creativa por la Universidad de Salamanca. Ha publicado en varias revistas virtuales y en papel, en blogs y en antologías de Argentina, España, México, Colombia, Chile, Perú y, además, ha sido traducido y publicado en Italia, Portugal, Brasil, Francia, Estados Unidos, Gran Bretaña, Uzbekistán, Bélgica y Hungría. Publicó «Poemas de Adriana» (2017), «Manual de autoayuda para fantasmas» (2015), «El Diluvio Universal y otros efectos especiales» (2016), «Nueve hombres que murieron en Borneo» (2018), «La vida sexual de las arañas pollito» (2019) y «Después de las mil noches y una noche» (2026). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009, Madrid / México D. F.); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009, Buenos Aires, Argentina), Premio  ‘El Dinosaurio’ (2010, Colombia), el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017 (España), el 1er Premio del III Concurso de Microrrelato Ilustrado Universidad de Jaén (2019, España), el 1er Premio en el Primer Concurso Internacional de Minificción IER/UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México, 2020) y Finalista del Concurso «Cuento Breve “Martín Fierro”» (San Martín, Argentina, 2024). En la actualidad es presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) San Martín.

 

viernes, 4 de septiembre de 2026

QUÉ SE DIJERON EDIPO Y LA ESFINGE

Daniel Frini

 

Con el rostro pálido, los ojos como tizones y las alas manchadas de sangre, la Esfinge que mora en las afueras de Tebas esparce el terror en los campos que rodean a la ciudad y mata, estrangulando con sus garras, a los que no son capaces de resolver su enigma.

Así murió el príncipe Hemón. Entonces, el rey Creonte, su padre, lanzó una proclama en la que promete la regencia del reino y el matrimonio con su hermana Yocasta a quien dé con la respuesta y se deshaga del monstruo.

Edipo se acerca a Tebas por la vía que lleva a la puerta Homoloida. A quince estadios de la ciudadela, el camino atraviesa una cornisa estrecha; montaña a un lado, despeñadero al otro. Allí la Esfinge lo acecha. Cuando Edipo llega, el monstruo salta desde una piedra y le cierra el paso. Su boca destila veneno. Se mueve de un costado al otro del camino, sin quitar la vista de Edipo. El hombre se paraliza. El corazón se le acelera y comienza a sudar entre temblores de frío. Le hablaron de esta aberración, que juzgó inexistente; y su cerebro busca una salida que lo libre de los zarpazos asesinos. No la hay.

—Salud, caminante —dice la Esfinge, con voz empalagosa—. Yo soy la cruel cantora, la hija de Tifón y Quimera, enviada por Hades para ser la ruina de los tebanos. Si quieres llegar a la polis, antes deberás resolver mi enigma —y muestra sus dientes, mientras gruñe.

—¿Se-seguro? —pregunta el hombre.

—Así fue pactado con el rey Creonte: si alguien es capaz de resolver mi acertijo, me iré para siempre. Pero como nadie lo hará, mataré y comeré a quien falle, y seguiré destruyendo hasta que de Tebas no quede piedra sobre piedra.

A Edipo le tiemblas las piernas y un hilo de orina resbala por su muslo, llega a sus sandalias y humedece la tierra. Traga saliva. Pregunta:

—¿Y-y de q-qué vendría tratando la a-adivinanza?

La Esfinge infla el pecho y dice, con sorna:

—Existe sobre la tierra alguien bípedo y cuadrúpedo, cuya voz es una sola, y a su vez, trípode. Él es el único que cambia la naturaleza de cuantos seres vivos se mueven en la tierra, por el éter y bajo el mar. Pero cuando camina apoyándose en más pies, entonces el vigor de sus miembros es mucho más débil.  Ese es el enigma. ¡Responde!

—Ajá.

—Ajá ¿qué?

—No entiendo…

El Monstruo muestra sus garras y se prepara a atacar. Justó antes de su salto, Edipo grita:

—¡Pare, pare! ¡Dije que no entiendo, no que no lo sabía! Dígalo, otra vez, más despacio. Y no use palabras difíciles.

La Esfinge resopla, y repite:

—Existe sobre la tierra un ser de dos pies y de cuatro pies, que tiene sólo una voz, y es, también, de tres pies. Es el único que cambia su aspecto de cuantos seres se mueven por tierra, aire o mar. Pero, cuando anda apoyado en más pies, entonces la movilidad de sus miembros es mucho más débil.

—Ápalala. Ta difícil. ¿Cuántos pies tiene?

—Dos. Y cuatro. Y tres.

—¿Al mismo tiempo?

—No. No al mismo tiempo.

—Ah. Ahí cambia la cosa. ¿Y tiene una sola voz?

—Efectivamente.

—¿Y cuántas voces, por un suponer, podría tener?

—¡Tiene una sola!

—Pero, ¿qué quiere decir con eso?

—¡Que habla!

—¿Y por qué no dice que habla? ¿La hace difícil a propósito? ¿Y dijo que cambia su aspecto?

—Es el único ser vivo capaz de cambiar su aspecto.

—¿Cómo es eso de que cambia su aspecto?

—¡Que anda en dos, en tres y en cuatro patas! ¡Cambia su aspecto!

—Pero eso ya lo dijo al principio

—¡Si! ¡Ya lo dije!

—Entonces, ¿qué? ¿Es para despistar?

—¡No! ¡Así es el enunciado del enigma!

—¿Lo qué?

—¡El planteo!

—Ah. Y dice que cuando más pies usa, es más débil.

—Si —dice la Esfinge con sequedad—. ¡No! ¡Sus pies son más débiles!

—¿Si o no?

—Bueno. Si. Él también es más débil.

—Póngase de acuerdo con usted mismo ¿o es usted misma? ¿De qué sexo es usted?

—Femenino. Soy una —dice el monstruo, enfatizando la palabra «una»— esfinge.

—Me parecía. Mire que son jodidas las mujeres ¿eh? Yo supe tener una novia en…

—¡Conteste!

—¿Dónde estábamos?

—En determinar si la respuesta al enigma tiene sus pies más débiles o si todo él es más débil.

—Ajá. Tiene sus pies más débiles.

—No. Todo él es más débil.

—¿Ve? Cómo no va a andar usted matando gente, si los confunde. ¿Usted quiere o no que le resuelvan la adivinanza?

—¡Quiero!

—Entonces, sea más clara. Dígame, de nuevo, la adivinanza esa.

—Uf —bufa la Esfinge; y repite, sin tomar aire—. Existe sobre la tierra un ser que tiene dos cuatro y tres pies que tiene sólo una voz y que es el único que cambia su aspecto de cuantos seres se mueven por tierra aire o mar pero cuando anda apoyado en más pies entonces la movilidad de sus miembros es mucho más débil.

—Ajá. Vamos por partes. Uno —dice Edipo, y muestra el dedo índice de la mano derecha, sostenido entre pulgar e índice de la mano izquierda—. Tiene dos, tres y cuatro pies.

—Sí.

—Dos —muestra el dedo mayor de la mano derecha, indicando «dos»—. Tiene una sola voz.

—Sí —vuelve a responder el monstruo, impaciente.

—Tres —Edipo suma el dedo anular—. Cambia su aspecto.

—¡Si!

—Pero esto es lo mismo que decir que tiene dos, tres y cuatro pies ¿no?

—Si.

—Entonces el tres no va —baja un dedo y vuelve a mostrar dos.

—Póngale que no va —contestó la Esfinge, con resignación.

—Tres, entonces. Cuando más pies tiene, es más débil —otra vez tres dedos.

—Si.

—¿Y qué más?

—Nada más. Ya está.

—Uno, dos, tres —Edipo cuenta sus dedos levantados.

—Si.

—Uno —repasa el hombre—, que tiene dos, tres y cuatro patas. Dos, que tiene una voz. Tres…

—¡Basta! —interrumpe la esfinge—¡Conteste de una buena vez!

—Espere. Estoy pensando.

—¡Apure!

—¿No hay tiempo? Algo así como «¡Corre reloj!», o «Tiene cinco minutos a partir de ¡ahora!», o «¡Minuto en el aire!», o un redoble de týmpana…

—No. No hay tiempo.

—Es difícil.

La Esfinge amaga con saltar sobre el hombre.

—¡Epa! —dice Edipo— ¡Tenga mano! ¡Usted dijo que me mataba si respondía mal! ¡Y aún no respondí! ¡Ni bien, ni mal!

El monstruo se detiene, furioso.

—Veamos —dice Edipo—. Que tiene varias patas podría ser un… —piensa, mirando hacia arriba—. No. No creo. Tiene más patas. Y no son débiles. ¿Hay alguna ayudita?

—¡No!

—¿Una pista?

—¡No!

—¿Con qué letra empieza?

—¡No!

—¿«No» es una letra? Mire que no sé leer ni escribir. Oí hablar de la letra Pi, de Gama; pero a No, no la oí nunca. Qué despelote este de los maestros ¿no?

—¿Qué dice? —grita la Esfinge.

—El tema del paro de maestros en Mileto…

—¡No quiera distraerme!

—Yo quería estudiar filosofía con Anaximandro; pero, usted sabe, me crie en Corinto. Y, aunque no lo crea, soy hijo del rey Pólibo y la reina Mérope. Y esto de ser príncipe implica una serie de compromisos, y no tuve tiempo…

—¡Basta!

—Qué problema el de los maestros de Mileto…

—¡Escuche! ¡Concéntrese en el enigma! ¡Su vida está en juego! ¡Responda!

—Otra vez.

—¿Otra vez, qué?

—Que me repita la adivinanza.

—¡No!

—Dele. Sea buena.

—¡No!

—De una manera más simple, porque no le entiendo…

La Esfinge bufa. Parece que va a hablar, y se contiene. Bufa otra vez. Al final, dice:

—¿Cuál es el ser vivo que cuando es pequeño anda a cuatro patas, cuando es adulto anda a dos y cuando es mayor anda a tres?

—¿Y por qué no lo dijo así de entrada?

—¡Responda! ¡Más fácil no se lo puedo hacer!

—¿Con qué nota se aprueba?

—¿Qué?

—¿Qué nota tengo que sacarme para pasar?

—¡Ninguna nota! ¡Acierta y vive, no acierta y muere!

—Deme opciones.

—¡No!

—Dele.

—¡No!

—Qué le cuesta.

—¡No!

—No la va a querer nadie a usted, ¿eh?

—¡Responda!

—¡Multiple choice!

—¡No!

—¿Por qué no? ¿Tres posibilidades? ¿Cuatro?

La Esfinge se contiene. Su ceño se pone rojo de furia. Escarba la tierra con sus garras y pliega sus alas para acelerar un posible ataque. Sopesa la situación. Finalmente, cede.

—Está bien —dice, con cierto desgano—. Alfa, los dioses. Beta, los titanes. Gamma, los semidioses. Delta, los hombres.

—¡Ah, pero espere un cachito! —contesta Edipo— ¡Usted me habla de seres en general! ¡Yo pensé que la adivinanza tenía que ver con un ser único! Qué sé yo: Menipo de Gadara, un suponer. O el perro de Panecio de Abdera. Lindo animal, no sé si oyó hablar de él. Se murió de viejo. Era un ovejero tracio de pelaje largo, marrón oscuro. ¿Sabe que Panecio le silbaba y el perro le entraba las ovejas al corral? De no creer. Una vez…

—¡Basta! ¡Conteste ya!

—O sea, es un genérico ¿no?

—Si.

—No es un animal, o una persona; así, él sólo nomás ¿no?

—No.

—Ahí cambia la cosa. ¿Me repite la adivinanza?

—¡No!

—Al menos, repítame las opciones.

—Alfa los dioses beta los titanes gamma los semidioses delta los hombres.

—¡Eh! ¡Más despacio!

—Alfa, los dioses. Beta, los titanes. Gamma, los semidioses. Delta, los hombres.

—Ajá.

—Ajá ¿qué?

—¿Me pregunta usted a mí? —dice Edipo.

—Sí.

—Pero, ¿no es que las preguntas las hace usted?

—¡Termínela! ¡Y conteste ahora!

—Y, digamos, «la respuesta», ¿podría andar en carro?

—Y… sí…

—¿Y en barco?

—También… —dice la Esfinge, intrigada

—O sea, que puede andar en cuatro, dos y tres patas; en carro y en barco.

—Sí.

—Pero eso no está en el enigma.

—No, no está.

—Debería ponerlo.

—¡Conteste!

—Porque, si no, está incompleto…

—¡Conteste!

—Así, no es una adivinanza. Es sólo un juego de palabras…

—¡Conteste ya!

—¡Bueno! ¡No se sulfure!

—¡Apure!

—A ver. Los dioses, no creo. Son más de volar. Déjeme pensar.

—¡Responda!

—Los titanes son casi como los dioses —Edipo cruza su brazo izquierdo sobre su vientre, apoya en él su codo derecho y se toma el mentón, mientras mira, de reojo, hacia arriba.

—¡Responda ya, o lo mato!

—Estoy entre los semidioses y los hombres…

—¡Decida!

—¿Sabía que el semidiós Cadmo, fundó Tebas?

—¡No me importa!

—Él trajo a Grecia la agricultura, la fundición de metales, ¡el alfabeto!...

—¡No se vaya por las ramas! ¡Conteste!

—Qué gran tipo, Cadmo…

—¡Me saca de las casillas! ¡Responda ya!

—Dicen que cierta vez…

—¡Ah! —gritó la Esfinge.

—Podrían ser los semidioses. Pero también podrían ser los hombres….

—¡Los hombres! ¡Son los hombres!

—¿Cómo?

—¡No lo soporto más! ¡La respuesta es «los hombres»!

—¿Los hombres? ¿Y por qué?

—¡Por que al principio, cuando nacen del vientre de la madre caminan en cuatro patas; en la edad adulta en dos, y cuando son viejos, apoyan su bastón como un tercer pie!

—Ah, mire. ¿Y el carro? ¿Y el barco?

—¡Basta! ¡Usted me vuelve loca! —gritó, otra vez, la Esfinge y, en un movimiento rápido, se arrojó al barranco. Rodó hasta el fondo y quedó sobre las piedras, las alas quebradas, los ojos abiertos y la mirada perdida; el cuello roto.

Edipo se acercó al borde, miró hacia abajo y escupió hacia un costado.

—«Los hombres» era la respuesta. Mirá vos —dijo, y siguió su camino rumbo a la ciudadela de Tebas.

 

Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

 

sábado, 1 de agosto de 2026

PASE EN PROFUNDIDAD

Daniel Frini

 

Mirá, me acuerdo como si fuera ayer. El Defe venía bien ese año. Estábamos para pelear el campeonato. Era, ya te digo… el año once, ¡no!, el doce del imperio de Tiberio César. El procurador de Judea era Poncio Pilato y Herodes era tetrarca de Galilea.

Lindo torneo, el de ese año.

Te puedo, aún hoy, decir de memoria la formación del Defe: con el uno Tomás Dídimo; en la línea de cuatro: Andrés Barioná, Mateo, Santiago el Menor y Simón de Caná; en el mediocampo, los hermanos Santiago y Juan Zebedeo y Bartolomé; y adelante Judas Tadeo, el flaco Jesús y Judas Iscariote. En el banco, estaba Felipe de Betsaida; y el DT era Simón “el Piedra” Barioná ¡Mirá los nombres que te digo!

Aquella tarde no me la olvido más. En ese entonces, la Copa de Judea se disputaba por zonas, y clasificaba a ocho equipos para la segunda ronda. Era un partido por cuartos. El Defe nunca había llegado tan lejos. Si había empate, alargue y penales. Nos tocó jugar contra los filisteos, que también estaban bastante afilados. Todos sospechamos que la mano venía pesada, cuando vimos quién nos tocó como referí: el Colegio de Árbitros del Sanedrín había designado a Caifás, que desde siempre nos tuvo entre ojos.

Nosotros éramos locales, pero como no teníamos cancha propia, el partido se jugó en el campito que está detrás del huerto de Getsemaní; y estaba claro que para los dos era como una final: Defensores de Galilea versus el Olímpico de Filistea.

El partido se jugó el primer día de la semana, después del sabbath; y lo empezamos, más o menos, a la hora nona.

El Piedra había propuesto un esquema bastante defensivo, con línea de cuatro, hasta ver cómo se plantaban los otros, que se nos vinieron encima de entrada. Fue un partido duro, trabado. Me acuerdo que ellos lo tenían a Ilubidi, que jugaba de siete y a un nueve de área, gigante, que se llamaba Goliat, que cabeceaba bárbaro; pero que Mateo, el zaguero derecho nuestro, dominó bastante bien todo el partido, sin mezquinarle pierna. El flaco Jesús le decía a cada rato «Pará un poco, che, que lo vas a lastimar», pero si no hacía así, el grandote se le iba siempre. Una sola vez lo perdió, y fue para que ellos abrieran el marcador.

Decí que nosotros lo teníamos al Flaco. ¡Qué jugador, mamita! Era un diez clásico, un volante ofensivo de aquellos, pero que bien podía jugar de enganche; e, inclusive, bajaba seguido a dar una mano, como un cinco, de tapón ¿viste? Un capo. Te ponía la pelota en el lugar y a la altura que vos le pidieras ¿A la entrada del área chica, en el otro palo del arquero y en el pecho? Ahí te dejaba el balón, aunque él estuviese en el lateral cambiado y al medio de la cancha. Le pegaba bien con las dos, y no era para nada comilón. Hacía muy buena yunta con Judas Iscariote, que era chiquito y rápido, y jugaba de insider.

Además –y esto hay que destacarlo– era un señor con mayúsculas. Nunca un pie de más, nunca un insulto. Él fue el que hizo anular el gol que le marcó a los moabitas ¿te acordás?, porque vio que el rengo Bartolomé estaba adelantado. Un caballero. Respetuoso del juego y de los rivales. Y mirá que le pegaban ¿eh?; pero él nunca, siquiera, un gruñido, nunca teatro, nunca quedarse tirado. En toda su vida le mostraron una sola amarilla, y fue por sacarse la camiseta para festejar un gol. Un abanderado del juego limpio.

Y aunque en ese partido le dieron para que tenga y guarde, se las ingenió para dibujar jugadas por todos lados. A Judas le debe haber puesto no menos de cinco pelotas de gol, claritas, claritas; de esas que solo tenés que empujar. Yo creo que ahí empecé a sospechar. Porque vos podés perder una, dos pelotas; pero ¡cinco! Le pifiaba, le pegaba a la tierra. Un tipo que era capaz de gambetear a diez y al arquero o hacer una emboquillad desde la media luna, no podía hacer esas cosas. Creo que varios olfateamos algo raro. A mí no me lo saca nadie de la cabeza.

Menos mal que a quince del final lo bajaron al Flaco en la entrada del área. Tiro libre y Simón de Caná que le pegó como nunca en su vida, ni antes, ni después. Uno a uno y al alargue, que fue durísimo, pero sin goles.

En los penales, el arquero nuestro, Judas Tadeo, estuvo enorme y tapó el primero y el tercero, pero el portero de ellos detuvo el segundo y el cuarto. El ocho de los filisteos, Abimelec, pateó el último de la serie de cinco y convirtió. Estaban arriba los otros por tres a dos. Le quedó la pelota a Judas Iscariote. Si lo hacía, forzaba a continuar los tiros; si no, perdíamos. Y ese fue el colmo: pateó una pelota mansita, a las manos del arquero. Nadie lo podía creer. ¡El muy turro regaló el partido! Hay quien dijo que le pagaron con unas cuantas monedas de plata. La cosa fue que el Defe nunca más volvió a llegar tan lejos

El campeonato lo ganaron los romanos, en una final contra los saduceos. Ni siquiera el Flaco pudo aspirar al el premio fair-play. Ese año se lo dieron a un tal Barrabás, que jugaba para los zelotes.

Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

sábado, 11 de abril de 2026

NOTICIAS DE LA SAGRADA CIUDAD DE ELELÍN

Daniel Frini

Uno

 

A la sombra de un árbol al que los nativos llaman úten, tan parecido al algarrobo que crece en los valles cercanos al mar Mediterráneo, está tendido el cordobés Francisco de César, capitán del reino de España por voluntad de Carlos Habsburgo. Intenta reponerse de las fiebres que dejan las aguas de esta tierra extraña, mezcla de selva y desierto, imaginada por el diablo, y que tantos y tan buenos soldados se ha llevado.

Apenas hace algo más de un año llegaron a esta parte del mundo que Martinus Hylacomilus ha llamado América, con la expedición de Sebastiano Caboto y construyeron, bajo su mando, el fuerte de Sancti Spiritu, en el lugar donde el río que el capitán general ha llamado Caracará desemboca en aquel otro que los nativos llaman Paraná.

Cinco meses atrás, Francisco partió en expedición y ahora está de regreso con menos de la mitad de los hombres que lo acompañaron. Lo reciben los dos torreones y las casas en ruinas, los almacenes saqueados y quemados, la empalizada caída y los bergantines desfondados y hundidos a medias, a poca distancia de las barrancas que zozobran en el río barroso. De los habitantes de la novísima colonia española han quedado sólo unas pobres osamentas, apenas cubiertas con restos de ropa podridos. Imposible saber de quiénes se trata. No hay noticias de los indios yañás, que tanto ayudaron al nuevo poblado hasta hace unos meses.

En la ensoñación que deja el calor y la enfermedad, el capitán recuerda.

 

 

Dos

 

Son machaconas las noticias que han llegado hasta los españoles acerca de una fabulosa ciudad, toda de oro, plata y piedras preciosas, que está hacia el poniente. Desde las historias del grumete Francisco Fernández, que vivió con los charrúas después que estos matasen al almirante Juan Díaz, hace unos diez años, hasta los muy variados relatos de las muchas naciones indias – yaros, corondas, bartenes, mbeguás, timbúes– con las que se ha tenido contacto. Todos hablan de un rey blanco, de una sierra de plata, de mujeres cautivas, de las grandes riquezas que poseen los habitantes de ese país legendario, y de la excelencia de las tierras regidas por esta ciudad, capaces de cinco cosechas por año y de alimentar rebaños de ganado que se pierden en el horizonte. Ni Caboto ni César son tontos. Saben de ciudades legendarias y de nativos mentirosos; pero también saben del Cusco de Pizarro o el Tenochtitlán de Cortés, y se desvelan con conquistar su propio imperio en las Américas.

El capitán general le encomienda encontrar la ciudad mítica para gloria de Nuestro Señor Jesucristo y del rey Don Carlos Primero de España.

Francisco de César reúne catorce hombres debidamente pertrechados y montados, dos guías indios para que oficien de lenguaraces, cinco arcabuces, dos pasavolantes y una lombarda; medio quintal de pólvora, diez cahíces de trigo, un quintal de bizcochos y una buena provisión de vino y tasajo.

Suben por el Caracará, en jornadas agobiantes, hasta donde éste nace, en la unión de los ríos que les dicen son el Chocancharaua y el Ctalamochita, y guiados por los habitantes de esos parajes, continúan bordeando este último. Algunos nativos les dicen que la ciudad está al norte, otros le señalan el sur. Malogran días y provisiones en enredos inconducentes, pero siempre vuelven al cauce que los salva de perderse de manera definitiva.

El río los lleva hasta las montañas, después de haber recorrido más de doscientas leguas en idas y vueltas por ese laberinto sin paredes, casi tanto como ir desde la bella Lisboa hasta Barcelona. Atraviesan bañados y llanuras calcinadas, soportan lluvias bíblicas, soles a pique y vientos de arena pura que desafilan espadas, hasta que, al cruzar una cañada estrecha se ven rodeados por infieles con aspecto feroz, que los desafían al grito de «¡Kom-chingôn!», que el lenguaraz traduce como «¡muerte a los invasores!». Francisco sabe que puede acabar con ellos en un instante, pero que eso no serviría de nada a su empresa. Decide, pues, capitular. Desmonta de su caballo, arroja sus armas y con las manos en alto se arrodilla delante de ellos. Da resultado. Después, los indios le dirán que se llaman henîa, que viven en cavernas; y le hablarán del cerro Cha-ampa-ki, el más alto, aquel que tiene agua-en-la-cabeza, y desde cuya cumbre puede verse, hacia donde se pone el sol, la ciudad buscada, en la que gobierna el rey blanco Lin-Lin.

En la mañana, los españoles empiezan la caminata hacia la montaña que está, casi azul, a lo lejos. Les lleva cinco días llegar a su pie y tres más ascenderla, atravesando un manto de nubes que, muy pronto, queda debajo de ellos. Encuentran, arriba, la laguna anunciada, pero las nubes no dejan ver el inmenso valle del otro lado, al pie del cerro. Deben hacer noche en la cima.

El día siguiente, Viernes Santo, sin una nube en el cielo, el sol sale a sus espaldas. A esa primera hora, el valle anhelado está todavía a oscuras en la sombra de la sierra; y los españoles esperan con ansias que se ilumine de a poco. Luego, los primeros rayos que sortean la montaña alumbran la maravilla.

 

Tres

 

A lo lejos, brillan las cúpulas de las torres y los techos de las casas, todos de oro y plata. Divisan edificios suntuosos de piedra labrada y templos magníficos. Ven calles brillantes, un inmenso rodeo de ganado que incluye altas ovejas del Perú; y sembradíos que parecen de cebada, centeno y trigo; que se pierden más allá del horizonte, hasta donde no podría llegar un hombre a caballo en varias jornadas. Contemplan las altas murallas y los profundos fosos, los revellines amurallados, las avanzadas fortificadas que protegen el único camino de acceso y el puente levadizo que precede a la entrada, por la que bien pudiera pasar una carabela con todo su velamen desplegado. Nada que hubieran visto antes iguala la opulencia y majestuosidad que se les presenta, que empequeñece cualquier prodigio inca, cualquier maravilla azteca.

Antes de bajar el cerro y emprender el camino a la ciudad, se saben ricos y llenos de gloria, honra y nombradía.

Les lleva otros cinco días acercarse a las murallas.

En el camino, se encuentran con habitantes de la comarca, y pasan entre ellos como si no fuesen vistos. Todos tienen una belleza serena; y los hombres son barbados. Nadie puede distinguir su idioma, ni aún los indios que acompañan a los españoles. Ven ollas, cuchillos y hasta rejas de arado de oro. De oro son, también, los asientos en los que las bellísimas mujeres tejen espléndidas ropas de lana, más fina que la mismísima seda de Sipán. Todos visten faldellines y camisetas, y cubren sus hombros con una manta. Están engalanados con plumas de hermosos colores y colgantes y pulseras de metales preciosos con insertos de turmalinas, zafiros, rubíes, lapislázuli, ágatas y turquesas. Cada uno de ellos parece un rey.

Los españoles no ven armas de mayor tamaño que un puñal y saborean, entonces, la riqueza fácil. Más por curiosidad que por codicia, levantan del suelo dos o tres piedras de oro, del tamaño de una nuez y alguna verde como esmeralda.

Deciden acampar esa noche y atravesar la inmensa puerta, con gran pompa, en las primeras horas del otro día. Satisfechos y sabiéndose seguros, se quedan dormidos. El profundo sueño no respeta ni los turnos de vela.

 

 

Cuatro

 

El capitán Francisco de César recuerda muy bien todos y cada uno de los detalles del sueño. Recuerda la visión de la última llama del fuego que los calentó esa noche antes de cerrar los ojos. Recuerda, con sorpresa, la suavidad del recado que le sirvió de almohada, y el hombre que le habló, y cuyas palabras entendió, aunque no las conociera.

Era muy, muy viejo y casi transparente. Le dijo: «Te fue dado, Francisco, conocer la maravilla; pero no te es permitido pisar sus calles. La ciudad será siempre invisible para los que no la habitan y puede que los hombres la atraviesen sin darse cuenta. En ella no hay enfermedad ni dolor; no existen pesares ni tristezas. Hoy la ciudad será una, mañana otra, y serán dos, y serán tres; pero tu gente, los que te seguirán y los que vendrán después de tu gente no podrán, siquiera, imaginarla. La ciudad irá al sur, al norte, a los confines donde mora el sol o se quedará en este valle; siempre protegiendo a los suyos de la malicia, el terror, la codicia y la muerte. No volverás a soñarla».

 

Cinco

 

Alto el sol, y como saliendo de una resaca, los españoles abren los ojos y ya no hay nada. Ni torres, ni edificios, ni templos, ni foso, ni muralla, ni ganado, ni campos labrados. No hay gentes, ni oro, ni plata.

Desconcertados, caminan diez y veinte veces por donde debieran estar las calles con adoquines dorados y donde ayer estaban trabajando las hermosas mujeres. Solo encuentran pequeños montes aislados de talas, molles y espinillos. No pueden creerlo y demoran el retorno esperando que la ciudad vuelva. Saben a ciencia cierta que estuvo allí, porque lo atestiguan los guijarros de oro y las esmeraldas que levantaran del riquísimo suelo, que ahora les ofrece sólo piedras de granito y caliza. Ya no hay riqueza ni gloria para ninguno de ellos.

Desalentados, tres días más tarde emprenden el regreso a Sancti Spiritu.

 

Seis

 

El capitán Francisco de César está tendido bajo un úten, intentando reponerse de las fiebres que dejan las aguas de esta tierra extraña. Apenas pueda, él y los seis hombres que volvieron, irán camino al Perú y contarán la historia de la fantástica ciudad.

Vendrán miles a buscarla, desde el Cusco al estrecho que Magallanes atravesó hace pocos años, y desde el mar Atlántico hasta la Capitanía de Chile, pero la ciudad ya no estará; y los buscadores volverán a sus tierras; derrotados, los de mayor ventura; los de menor, quedarán, para siempre, en los valles y ríos innombrados.

El capitán, aunque no sepa cómo lo sabe, morirá en esta tierra a la orilla izquierda del río Cauca, cerca de la mar Caribe. No le importa. Es más, lo anhela; porque él sí la vio y tiene el secreto deseo de morir, y que le permitan, por fin, entrar a la muy querida ciudad de Elelín.

Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

EL mePHONE