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viernes, 4 de septiembre de 2026

QUÉ SE DIJERON EDIPO Y LA ESFINGE

Daniel Frini

 

Con el rostro pálido, los ojos como tizones y las alas manchadas de sangre, la Esfinge que mora en las afueras de Tebas esparce el terror en los campos que rodean a la ciudad y mata, estrangulando con sus garras, a los que no son capaces de resolver su enigma.

Así murió el príncipe Hemón. Entonces, el rey Creonte, su padre, lanzó una proclama en la que promete la regencia del reino y el matrimonio con su hermana Yocasta a quien dé con la respuesta y se deshaga del monstruo.

Edipo se acerca a Tebas por la vía que lleva a la puerta Homoloida. A quince estadios de la ciudadela, el camino atraviesa una cornisa estrecha; montaña a un lado, despeñadero al otro. Allí la Esfinge lo acecha. Cuando Edipo llega, el monstruo salta desde una piedra y le cierra el paso. Su boca destila veneno. Se mueve de un costado al otro del camino, sin quitar la vista de Edipo. El hombre se paraliza. El corazón se le acelera y comienza a sudar entre temblores de frío. Le hablaron de esta aberración, que juzgó inexistente; y su cerebro busca una salida que lo libre de los zarpazos asesinos. No la hay.

—Salud, caminante —dice la Esfinge, con voz empalagosa—. Yo soy la cruel cantora, la hija de Tifón y Quimera, enviada por Hades para ser la ruina de los tebanos. Si quieres llegar a la polis, antes deberás resolver mi enigma —y muestra sus dientes, mientras gruñe.

—¿Se-seguro? —pregunta el hombre.

—Así fue pactado con el rey Creonte: si alguien es capaz de resolver mi acertijo, me iré para siempre. Pero como nadie lo hará, mataré y comeré a quien falle, y seguiré destruyendo hasta que de Tebas no quede piedra sobre piedra.

A Edipo le tiemblas las piernas y un hilo de orina resbala por su muslo, llega a sus sandalias y humedece la tierra. Traga saliva. Pregunta:

—¿Y-y de q-qué vendría tratando la a-adivinanza?

La Esfinge infla el pecho y dice, con sorna:

—Existe sobre la tierra alguien bípedo y cuadrúpedo, cuya voz es una sola, y a su vez, trípode. Él es el único que cambia la naturaleza de cuantos seres vivos se mueven en la tierra, por el éter y bajo el mar. Pero cuando camina apoyándose en más pies, entonces el vigor de sus miembros es mucho más débil.  Ese es el enigma. ¡Responde!

—Ajá.

—Ajá ¿qué?

—No entiendo…

El Monstruo muestra sus garras y se prepara a atacar. Justó antes de su salto, Edipo grita:

—¡Pare, pare! ¡Dije que no entiendo, no que no lo sabía! Dígalo, otra vez, más despacio. Y no use palabras difíciles.

La Esfinge resopla, y repite:

—Existe sobre la tierra un ser de dos pies y de cuatro pies, que tiene sólo una voz, y es, también, de tres pies. Es el único que cambia su aspecto de cuantos seres se mueven por tierra, aire o mar. Pero, cuando anda apoyado en más pies, entonces la movilidad de sus miembros es mucho más débil.

—Ápalala. Ta difícil. ¿Cuántos pies tiene?

—Dos. Y cuatro. Y tres.

—¿Al mismo tiempo?

—No. No al mismo tiempo.

—Ah. Ahí cambia la cosa. ¿Y tiene una sola voz?

—Efectivamente.

—¿Y cuántas voces, por un suponer, podría tener?

—¡Tiene una sola!

—Pero, ¿qué quiere decir con eso?

—¡Que habla!

—¿Y por qué no dice que habla? ¿La hace difícil a propósito? ¿Y dijo que cambia su aspecto?

—Es el único ser vivo capaz de cambiar su aspecto.

—¿Cómo es eso de que cambia su aspecto?

—¡Que anda en dos, en tres y en cuatro patas! ¡Cambia su aspecto!

—Pero eso ya lo dijo al principio

—¡Si! ¡Ya lo dije!

—Entonces, ¿qué? ¿Es para despistar?

—¡No! ¡Así es el enunciado del enigma!

—¿Lo qué?

—¡El planteo!

—Ah. Y dice que cuando más pies usa, es más débil.

—Si —dice la Esfinge con sequedad—. ¡No! ¡Sus pies son más débiles!

—¿Si o no?

—Bueno. Si. Él también es más débil.

—Póngase de acuerdo con usted mismo ¿o es usted misma? ¿De qué sexo es usted?

—Femenino. Soy una —dice el monstruo, enfatizando la palabra «una»— esfinge.

—Me parecía. Mire que son jodidas las mujeres ¿eh? Yo supe tener una novia en…

—¡Conteste!

—¿Dónde estábamos?

—En determinar si la respuesta al enigma tiene sus pies más débiles o si todo él es más débil.

—Ajá. Tiene sus pies más débiles.

—No. Todo él es más débil.

—¿Ve? Cómo no va a andar usted matando gente, si los confunde. ¿Usted quiere o no que le resuelvan la adivinanza?

—¡Quiero!

—Entonces, sea más clara. Dígame, de nuevo, la adivinanza esa.

—Uf —bufa la Esfinge; y repite, sin tomar aire—. Existe sobre la tierra un ser que tiene dos cuatro y tres pies que tiene sólo una voz y que es el único que cambia su aspecto de cuantos seres se mueven por tierra aire o mar pero cuando anda apoyado en más pies entonces la movilidad de sus miembros es mucho más débil.

—Ajá. Vamos por partes. Uno —dice Edipo, y muestra el dedo índice de la mano derecha, sostenido entre pulgar e índice de la mano izquierda—. Tiene dos, tres y cuatro pies.

—Sí.

—Dos —muestra el dedo mayor de la mano derecha, indicando «dos»—. Tiene una sola voz.

—Sí —vuelve a responder el monstruo, impaciente.

—Tres —Edipo suma el dedo anular—. Cambia su aspecto.

—¡Si!

—Pero esto es lo mismo que decir que tiene dos, tres y cuatro pies ¿no?

—Si.

—Entonces el tres no va —baja un dedo y vuelve a mostrar dos.

—Póngale que no va —contestó la Esfinge, con resignación.

—Tres, entonces. Cuando más pies tiene, es más débil —otra vez tres dedos.

—Si.

—¿Y qué más?

—Nada más. Ya está.

—Uno, dos, tres —Edipo cuenta sus dedos levantados.

—Si.

—Uno —repasa el hombre—, que tiene dos, tres y cuatro patas. Dos, que tiene una voz. Tres…

—¡Basta! —interrumpe la esfinge—¡Conteste de una buena vez!

—Espere. Estoy pensando.

—¡Apure!

—¿No hay tiempo? Algo así como «¡Corre reloj!», o «Tiene cinco minutos a partir de ¡ahora!», o «¡Minuto en el aire!», o un redoble de týmpana…

—No. No hay tiempo.

—Es difícil.

La Esfinge amaga con saltar sobre el hombre.

—¡Epa! —dice Edipo— ¡Tenga mano! ¡Usted dijo que me mataba si respondía mal! ¡Y aún no respondí! ¡Ni bien, ni mal!

El monstruo se detiene, furioso.

—Veamos —dice Edipo—. Que tiene varias patas podría ser un… —piensa, mirando hacia arriba—. No. No creo. Tiene más patas. Y no son débiles. ¿Hay alguna ayudita?

—¡No!

—¿Una pista?

—¡No!

—¿Con qué letra empieza?

—¡No!

—¿«No» es una letra? Mire que no sé leer ni escribir. Oí hablar de la letra Pi, de Gama; pero a No, no la oí nunca. Qué despelote este de los maestros ¿no?

—¿Qué dice? —grita la Esfinge.

—El tema del paro de maestros en Mileto…

—¡No quiera distraerme!

—Yo quería estudiar filosofía con Anaximandro; pero, usted sabe, me crie en Corinto. Y, aunque no lo crea, soy hijo del rey Pólibo y la reina Mérope. Y esto de ser príncipe implica una serie de compromisos, y no tuve tiempo…

—¡Basta!

—Qué problema el de los maestros de Mileto…

—¡Escuche! ¡Concéntrese en el enigma! ¡Su vida está en juego! ¡Responda!

—Otra vez.

—¿Otra vez, qué?

—Que me repita la adivinanza.

—¡No!

—Dele. Sea buena.

—¡No!

—De una manera más simple, porque no le entiendo…

La Esfinge bufa. Parece que va a hablar, y se contiene. Bufa otra vez. Al final, dice:

—¿Cuál es el ser vivo que cuando es pequeño anda a cuatro patas, cuando es adulto anda a dos y cuando es mayor anda a tres?

—¿Y por qué no lo dijo así de entrada?

—¡Responda! ¡Más fácil no se lo puedo hacer!

—¿Con qué nota se aprueba?

—¿Qué?

—¿Qué nota tengo que sacarme para pasar?

—¡Ninguna nota! ¡Acierta y vive, no acierta y muere!

—Deme opciones.

—¡No!

—Dele.

—¡No!

—Qué le cuesta.

—¡No!

—No la va a querer nadie a usted, ¿eh?

—¡Responda!

—¡Multiple choice!

—¡No!

—¿Por qué no? ¿Tres posibilidades? ¿Cuatro?

La Esfinge se contiene. Su ceño se pone rojo de furia. Escarba la tierra con sus garras y pliega sus alas para acelerar un posible ataque. Sopesa la situación. Finalmente, cede.

—Está bien —dice, con cierto desgano—. Alfa, los dioses. Beta, los titanes. Gamma, los semidioses. Delta, los hombres.

—¡Ah, pero espere un cachito! —contesta Edipo— ¡Usted me habla de seres en general! ¡Yo pensé que la adivinanza tenía que ver con un ser único! Qué sé yo: Menipo de Gadara, un suponer. O el perro de Panecio de Abdera. Lindo animal, no sé si oyó hablar de él. Se murió de viejo. Era un ovejero tracio de pelaje largo, marrón oscuro. ¿Sabe que Panecio le silbaba y el perro le entraba las ovejas al corral? De no creer. Una vez…

—¡Basta! ¡Conteste ya!

—O sea, es un genérico ¿no?

—Si.

—No es un animal, o una persona; así, él sólo nomás ¿no?

—No.

—Ahí cambia la cosa. ¿Me repite la adivinanza?

—¡No!

—Al menos, repítame las opciones.

—Alfa los dioses beta los titanes gamma los semidioses delta los hombres.

—¡Eh! ¡Más despacio!

—Alfa, los dioses. Beta, los titanes. Gamma, los semidioses. Delta, los hombres.

—Ajá.

—Ajá ¿qué?

—¿Me pregunta usted a mí? —dice Edipo.

—Sí.

—Pero, ¿no es que las preguntas las hace usted?

—¡Termínela! ¡Y conteste ahora!

—Y, digamos, «la respuesta», ¿podría andar en carro?

—Y… sí…

—¿Y en barco?

—También… —dice la Esfinge, intrigada

—O sea, que puede andar en cuatro, dos y tres patas; en carro y en barco.

—Sí.

—Pero eso no está en el enigma.

—No, no está.

—Debería ponerlo.

—¡Conteste!

—Porque, si no, está incompleto…

—¡Conteste!

—Así, no es una adivinanza. Es sólo un juego de palabras…

—¡Conteste ya!

—¡Bueno! ¡No se sulfure!

—¡Apure!

—A ver. Los dioses, no creo. Son más de volar. Déjeme pensar.

—¡Responda!

—Los titanes son casi como los dioses —Edipo cruza su brazo izquierdo sobre su vientre, apoya en él su codo derecho y se toma el mentón, mientras mira, de reojo, hacia arriba.

—¡Responda ya, o lo mato!

—Estoy entre los semidioses y los hombres…

—¡Decida!

—¿Sabía que el semidiós Cadmo, fundó Tebas?

—¡No me importa!

—Él trajo a Grecia la agricultura, la fundición de metales, ¡el alfabeto!...

—¡No se vaya por las ramas! ¡Conteste!

—Qué gran tipo, Cadmo…

—¡Me saca de las casillas! ¡Responda ya!

—Dicen que cierta vez…

—¡Ah! —gritó la Esfinge.

—Podrían ser los semidioses. Pero también podrían ser los hombres….

—¡Los hombres! ¡Son los hombres!

—¿Cómo?

—¡No lo soporto más! ¡La respuesta es «los hombres»!

—¿Los hombres? ¿Y por qué?

—¡Por que al principio, cuando nacen del vientre de la madre caminan en cuatro patas; en la edad adulta en dos, y cuando son viejos, apoyan su bastón como un tercer pie!

—Ah, mire. ¿Y el carro? ¿Y el barco?

—¡Basta! ¡Usted me vuelve loca! —gritó, otra vez, la Esfinge y, en un movimiento rápido, se arrojó al barranco. Rodó hasta el fondo y quedó sobre las piedras, las alas quebradas, los ojos abiertos y la mirada perdida; el cuello roto.

Edipo se acercó al borde, miró hacia abajo y escupió hacia un costado.

—«Los hombres» era la respuesta. Mirá vos —dijo, y siguió su camino rumbo a la ciudadela de Tebas.

 

Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

 

sábado, 1 de agosto de 2026

PASE EN PROFUNDIDAD

Daniel Frini

 

Mirá, me acuerdo como si fuera ayer. El Defe venía bien ese año. Estábamos para pelear el campeonato. Era, ya te digo… el año once, ¡no!, el doce del imperio de Tiberio César. El procurador de Judea era Poncio Pilato y Herodes era tetrarca de Galilea.

Lindo torneo, el de ese año.

Te puedo, aún hoy, decir de memoria la formación del Defe: con el uno Tomás Dídimo; en la línea de cuatro: Andrés Barioná, Mateo, Santiago el Menor y Simón de Caná; en el mediocampo, los hermanos Santiago y Juan Zebedeo y Bartolomé; y adelante Judas Tadeo, el flaco Jesús y Judas Iscariote. En el banco, estaba Felipe de Betsaida; y el DT era Simón “el Piedra” Barioná ¡Mirá los nombres que te digo!

Aquella tarde no me la olvido más. En ese entonces, la Copa de Judea se disputaba por zonas, y clasificaba a ocho equipos para la segunda ronda. Era un partido por cuartos. El Defe nunca había llegado tan lejos. Si había empate, alargue y penales. Nos tocó jugar contra los filisteos, que también estaban bastante afilados. Todos sospechamos que la mano venía pesada, cuando vimos quién nos tocó como referí: el Colegio de Árbitros del Sanedrín había designado a Caifás, que desde siempre nos tuvo entre ojos.

Nosotros éramos locales, pero como no teníamos cancha propia, el partido se jugó en el campito que está detrás del huerto de Getsemaní; y estaba claro que para los dos era como una final: Defensores de Galilea versus el Olímpico de Filistea.

El partido se jugó el primer día de la semana, después del sabbath; y lo empezamos, más o menos, a la hora nona.

El Piedra había propuesto un esquema bastante defensivo, con línea de cuatro, hasta ver cómo se plantaban los otros, que se nos vinieron encima de entrada. Fue un partido duro, trabado. Me acuerdo que ellos lo tenían a Ilubidi, que jugaba de siete y a un nueve de área, gigante, que se llamaba Goliat, que cabeceaba bárbaro; pero que Mateo, el zaguero derecho nuestro, dominó bastante bien todo el partido, sin mezquinarle pierna. El flaco Jesús le decía a cada rato «Pará un poco, che, que lo vas a lastimar», pero si no hacía así, el grandote se le iba siempre. Una sola vez lo perdió, y fue para que ellos abrieran el marcador.

Decí que nosotros lo teníamos al Flaco. ¡Qué jugador, mamita! Era un diez clásico, un volante ofensivo de aquellos, pero que bien podía jugar de enganche; e, inclusive, bajaba seguido a dar una mano, como un cinco, de tapón ¿viste? Un capo. Te ponía la pelota en el lugar y a la altura que vos le pidieras ¿A la entrada del área chica, en el otro palo del arquero y en el pecho? Ahí te dejaba el balón, aunque él estuviese en el lateral cambiado y al medio de la cancha. Le pegaba bien con las dos, y no era para nada comilón. Hacía muy buena yunta con Judas Iscariote, que era chiquito y rápido, y jugaba de insider.

Además –y esto hay que destacarlo– era un señor con mayúsculas. Nunca un pie de más, nunca un insulto. Él fue el que hizo anular el gol que le marcó a los moabitas ¿te acordás?, porque vio que el rengo Bartolomé estaba adelantado. Un caballero. Respetuoso del juego y de los rivales. Y mirá que le pegaban ¿eh?; pero él nunca, siquiera, un gruñido, nunca teatro, nunca quedarse tirado. En toda su vida le mostraron una sola amarilla, y fue por sacarse la camiseta para festejar un gol. Un abanderado del juego limpio.

Y aunque en ese partido le dieron para que tenga y guarde, se las ingenió para dibujar jugadas por todos lados. A Judas le debe haber puesto no menos de cinco pelotas de gol, claritas, claritas; de esas que solo tenés que empujar. Yo creo que ahí empecé a sospechar. Porque vos podés perder una, dos pelotas; pero ¡cinco! Le pifiaba, le pegaba a la tierra. Un tipo que era capaz de gambetear a diez y al arquero o hacer una emboquillad desde la media luna, no podía hacer esas cosas. Creo que varios olfateamos algo raro. A mí no me lo saca nadie de la cabeza.

Menos mal que a quince del final lo bajaron al Flaco en la entrada del área. Tiro libre y Simón de Caná que le pegó como nunca en su vida, ni antes, ni después. Uno a uno y al alargue, que fue durísimo, pero sin goles.

En los penales, el arquero nuestro, Judas Tadeo, estuvo enorme y tapó el primero y el tercero, pero el portero de ellos detuvo el segundo y el cuarto. El ocho de los filisteos, Abimelec, pateó el último de la serie de cinco y convirtió. Estaban arriba los otros por tres a dos. Le quedó la pelota a Judas Iscariote. Si lo hacía, forzaba a continuar los tiros; si no, perdíamos. Y ese fue el colmo: pateó una pelota mansita, a las manos del arquero. Nadie lo podía creer. ¡El muy turro regaló el partido! Hay quien dijo que le pagaron con unas cuantas monedas de plata. La cosa fue que el Defe nunca más volvió a llegar tan lejos

El campeonato lo ganaron los romanos, en una final contra los saduceos. Ni siquiera el Flaco pudo aspirar al el premio fair-play. Ese año se lo dieron a un tal Barrabás, que jugaba para los zelotes.

Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

sábado, 11 de abril de 2026

NOTICIAS DE LA SAGRADA CIUDAD DE ELELÍN

Daniel Frini

Uno

 

A la sombra de un árbol al que los nativos llaman úten, tan parecido al algarrobo que crece en los valles cercanos al mar Mediterráneo, está tendido el cordobés Francisco de César, capitán del reino de España por voluntad de Carlos Habsburgo. Intenta reponerse de las fiebres que dejan las aguas de esta tierra extraña, mezcla de selva y desierto, imaginada por el diablo, y que tantos y tan buenos soldados se ha llevado.

Apenas hace algo más de un año llegaron a esta parte del mundo que Martinus Hylacomilus ha llamado América, con la expedición de Sebastiano Caboto y construyeron, bajo su mando, el fuerte de Sancti Spiritu, en el lugar donde el río que el capitán general ha llamado Caracará desemboca en aquel otro que los nativos llaman Paraná.

Cinco meses atrás, Francisco partió en expedición y ahora está de regreso con menos de la mitad de los hombres que lo acompañaron. Lo reciben los dos torreones y las casas en ruinas, los almacenes saqueados y quemados, la empalizada caída y los bergantines desfondados y hundidos a medias, a poca distancia de las barrancas que zozobran en el río barroso. De los habitantes de la novísima colonia española han quedado sólo unas pobres osamentas, apenas cubiertas con restos de ropa podridos. Imposible saber de quiénes se trata. No hay noticias de los indios yañás, que tanto ayudaron al nuevo poblado hasta hace unos meses.

En la ensoñación que deja el calor y la enfermedad, el capitán recuerda.

 

 

Dos

 

Son machaconas las noticias que han llegado hasta los españoles acerca de una fabulosa ciudad, toda de oro, plata y piedras preciosas, que está hacia el poniente. Desde las historias del grumete Francisco Fernández, que vivió con los charrúas después que estos matasen al almirante Juan Díaz, hace unos diez años, hasta los muy variados relatos de las muchas naciones indias – yaros, corondas, bartenes, mbeguás, timbúes– con las que se ha tenido contacto. Todos hablan de un rey blanco, de una sierra de plata, de mujeres cautivas, de las grandes riquezas que poseen los habitantes de ese país legendario, y de la excelencia de las tierras regidas por esta ciudad, capaces de cinco cosechas por año y de alimentar rebaños de ganado que se pierden en el horizonte. Ni Caboto ni César son tontos. Saben de ciudades legendarias y de nativos mentirosos; pero también saben del Cusco de Pizarro o el Tenochtitlán de Cortés, y se desvelan con conquistar su propio imperio en las Américas.

El capitán general le encomienda encontrar la ciudad mítica para gloria de Nuestro Señor Jesucristo y del rey Don Carlos Primero de España.

Francisco de César reúne catorce hombres debidamente pertrechados y montados, dos guías indios para que oficien de lenguaraces, cinco arcabuces, dos pasavolantes y una lombarda; medio quintal de pólvora, diez cahíces de trigo, un quintal de bizcochos y una buena provisión de vino y tasajo.

Suben por el Caracará, en jornadas agobiantes, hasta donde éste nace, en la unión de los ríos que les dicen son el Chocancharaua y el Ctalamochita, y guiados por los habitantes de esos parajes, continúan bordeando este último. Algunos nativos les dicen que la ciudad está al norte, otros le señalan el sur. Malogran días y provisiones en enredos inconducentes, pero siempre vuelven al cauce que los salva de perderse de manera definitiva.

El río los lleva hasta las montañas, después de haber recorrido más de doscientas leguas en idas y vueltas por ese laberinto sin paredes, casi tanto como ir desde la bella Lisboa hasta Barcelona. Atraviesan bañados y llanuras calcinadas, soportan lluvias bíblicas, soles a pique y vientos de arena pura que desafilan espadas, hasta que, al cruzar una cañada estrecha se ven rodeados por infieles con aspecto feroz, que los desafían al grito de «¡Kom-chingôn!», que el lenguaraz traduce como «¡muerte a los invasores!». Francisco sabe que puede acabar con ellos en un instante, pero que eso no serviría de nada a su empresa. Decide, pues, capitular. Desmonta de su caballo, arroja sus armas y con las manos en alto se arrodilla delante de ellos. Da resultado. Después, los indios le dirán que se llaman henîa, que viven en cavernas; y le hablarán del cerro Cha-ampa-ki, el más alto, aquel que tiene agua-en-la-cabeza, y desde cuya cumbre puede verse, hacia donde se pone el sol, la ciudad buscada, en la que gobierna el rey blanco Lin-Lin.

En la mañana, los españoles empiezan la caminata hacia la montaña que está, casi azul, a lo lejos. Les lleva cinco días llegar a su pie y tres más ascenderla, atravesando un manto de nubes que, muy pronto, queda debajo de ellos. Encuentran, arriba, la laguna anunciada, pero las nubes no dejan ver el inmenso valle del otro lado, al pie del cerro. Deben hacer noche en la cima.

El día siguiente, Viernes Santo, sin una nube en el cielo, el sol sale a sus espaldas. A esa primera hora, el valle anhelado está todavía a oscuras en la sombra de la sierra; y los españoles esperan con ansias que se ilumine de a poco. Luego, los primeros rayos que sortean la montaña alumbran la maravilla.

 

Tres

 

A lo lejos, brillan las cúpulas de las torres y los techos de las casas, todos de oro y plata. Divisan edificios suntuosos de piedra labrada y templos magníficos. Ven calles brillantes, un inmenso rodeo de ganado que incluye altas ovejas del Perú; y sembradíos que parecen de cebada, centeno y trigo; que se pierden más allá del horizonte, hasta donde no podría llegar un hombre a caballo en varias jornadas. Contemplan las altas murallas y los profundos fosos, los revellines amurallados, las avanzadas fortificadas que protegen el único camino de acceso y el puente levadizo que precede a la entrada, por la que bien pudiera pasar una carabela con todo su velamen desplegado. Nada que hubieran visto antes iguala la opulencia y majestuosidad que se les presenta, que empequeñece cualquier prodigio inca, cualquier maravilla azteca.

Antes de bajar el cerro y emprender el camino a la ciudad, se saben ricos y llenos de gloria, honra y nombradía.

Les lleva otros cinco días acercarse a las murallas.

En el camino, se encuentran con habitantes de la comarca, y pasan entre ellos como si no fuesen vistos. Todos tienen una belleza serena; y los hombres son barbados. Nadie puede distinguir su idioma, ni aún los indios que acompañan a los españoles. Ven ollas, cuchillos y hasta rejas de arado de oro. De oro son, también, los asientos en los que las bellísimas mujeres tejen espléndidas ropas de lana, más fina que la mismísima seda de Sipán. Todos visten faldellines y camisetas, y cubren sus hombros con una manta. Están engalanados con plumas de hermosos colores y colgantes y pulseras de metales preciosos con insertos de turmalinas, zafiros, rubíes, lapislázuli, ágatas y turquesas. Cada uno de ellos parece un rey.

Los españoles no ven armas de mayor tamaño que un puñal y saborean, entonces, la riqueza fácil. Más por curiosidad que por codicia, levantan del suelo dos o tres piedras de oro, del tamaño de una nuez y alguna verde como esmeralda.

Deciden acampar esa noche y atravesar la inmensa puerta, con gran pompa, en las primeras horas del otro día. Satisfechos y sabiéndose seguros, se quedan dormidos. El profundo sueño no respeta ni los turnos de vela.

 

 

Cuatro

 

El capitán Francisco de César recuerda muy bien todos y cada uno de los detalles del sueño. Recuerda la visión de la última llama del fuego que los calentó esa noche antes de cerrar los ojos. Recuerda, con sorpresa, la suavidad del recado que le sirvió de almohada, y el hombre que le habló, y cuyas palabras entendió, aunque no las conociera.

Era muy, muy viejo y casi transparente. Le dijo: «Te fue dado, Francisco, conocer la maravilla; pero no te es permitido pisar sus calles. La ciudad será siempre invisible para los que no la habitan y puede que los hombres la atraviesen sin darse cuenta. En ella no hay enfermedad ni dolor; no existen pesares ni tristezas. Hoy la ciudad será una, mañana otra, y serán dos, y serán tres; pero tu gente, los que te seguirán y los que vendrán después de tu gente no podrán, siquiera, imaginarla. La ciudad irá al sur, al norte, a los confines donde mora el sol o se quedará en este valle; siempre protegiendo a los suyos de la malicia, el terror, la codicia y la muerte. No volverás a soñarla».

 

Cinco

 

Alto el sol, y como saliendo de una resaca, los españoles abren los ojos y ya no hay nada. Ni torres, ni edificios, ni templos, ni foso, ni muralla, ni ganado, ni campos labrados. No hay gentes, ni oro, ni plata.

Desconcertados, caminan diez y veinte veces por donde debieran estar las calles con adoquines dorados y donde ayer estaban trabajando las hermosas mujeres. Solo encuentran pequeños montes aislados de talas, molles y espinillos. No pueden creerlo y demoran el retorno esperando que la ciudad vuelva. Saben a ciencia cierta que estuvo allí, porque lo atestiguan los guijarros de oro y las esmeraldas que levantaran del riquísimo suelo, que ahora les ofrece sólo piedras de granito y caliza. Ya no hay riqueza ni gloria para ninguno de ellos.

Desalentados, tres días más tarde emprenden el regreso a Sancti Spiritu.

 

Seis

 

El capitán Francisco de César está tendido bajo un úten, intentando reponerse de las fiebres que dejan las aguas de esta tierra extraña. Apenas pueda, él y los seis hombres que volvieron, irán camino al Perú y contarán la historia de la fantástica ciudad.

Vendrán miles a buscarla, desde el Cusco al estrecho que Magallanes atravesó hace pocos años, y desde el mar Atlántico hasta la Capitanía de Chile, pero la ciudad ya no estará; y los buscadores volverán a sus tierras; derrotados, los de mayor ventura; los de menor, quedarán, para siempre, en los valles y ríos innombrados.

El capitán, aunque no sepa cómo lo sabe, morirá en esta tierra a la orilla izquierda del río Cauca, cerca de la mar Caribe. No le importa. Es más, lo anhela; porque él sí la vio y tiene el secreto deseo de morir, y que le permitan, por fin, entrar a la muy querida ciudad de Elelín.

Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

martes, 3 de marzo de 2026

DONDE HABITAN LAS ALMAS DE LOS MUERTOS

Daniel Frini

 

 ¿Lograremos exterminar los indios?

 Por los salvajes de América

siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar.

 Su exterminio es providencial y útil, sublime y grande.

Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño,

 que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado.

 

Domingo Faustino Sarmiento,

Presidente de la República Argentina entre 1868 y 1874

 

Temprano en la mañana, Teneri jugaba en la tierra guadalosa y santa del Aguará. Detrás de él, bajo un toldo —un techo de pieles, carandilla y cardón, que cerraba el espacio entre dos talas— su madre colgaba las pertenencias usadas durante la noche, mientras amamantaba al último de sus hijos.

Al oriente, el cielo era triste y una neblina desdibujaba al inmenso Impenetrable.

Los toldos dispersos trazaban un gran círculo alrededor de un claro muy amplio; bajo urundays, algarrobos y quebrachos; entre chañares y ucles.

Sobre una loma baja, en el centro del descampado, un rancho hacía de templo en el que habitaban Kasogonagá, el dueño de las tormentas; el Jesús que había llegado con los franciscanos y Pedro, karashe de los kom de la Reducción.

Al pie de la loma, un espacio abierto servía de pista en la que los mayores habían pasado la noche bailándole al trueno, para  que trajera a los dioses de nuevo a la Tierra y les devolviera la vida a los indios mal muertos por los blancos.

Eran más de mil y los había, también, de otros parajes, algunos mocovíes e, incluso, criollos correntinos y santiagueños. Estaban allí para rogar que Tata Dios llevase a buen término la huelga de los dueños de la Tierra.

 

La l’toxoyeq hablaba en komleq; no en la castilla. Su voz apenas se oía. No tenía edad y parecía sin carne entre su piel y los huesos. Estaba sentada en un viejo sillón forrado con cueros, bajo las ramas de un quebracho, y rodeada por el grupo de antropólogos. La tarde caía. Hacía frío y una gran fogata desdibujaba las sombras del día y pintaba carmines en las caras de todos. La vieja agitaba su mano afirmando sus dichos. Las cámaras grababan, mientras el lenguaraz traducía:

«…todo el Gualamba era nuestro. El monte era nuestra casa y nos daba la miel de las meliponas; la carne de pecaríes y guazunchos, los cueros de la iguana, la madera de los árboles, y las medicinas para nuestros males.

Cuando vino el hombre blanco nos hizo la guerra. Mucho peleamos, pero los naroqshe ocuparon las tierras y mucho nos mataron.»

 

Con el alba, hombres y mujeres volvieron a sus toldos después de una noche de rezos y bailes. Las voces se apagaron de a poco. A Teneri le pareció escuchar el ruido de un motor. No le dio importancia y siguió jugando. Sin embargo, el motor volvió a sonar más cercano. Las visitas de vehículos no eran raras, pero siempre eran un acontecimiento; y el monte las avisaba algunas leguas antes.

El sonido era distinto. Parecía venir del norte, desaparecía, y luego sonaba del lado del sol. Teneri se incorporó y levantó su cabeza, tratando de adivinar el rumbo. Algunos adultos hicieron lo mismo.

—¡Allá! —gritó alguien —¡Avión viene!

 

«Los kom nunca tuvimos policía ni jueces. Los blancos trajeron jueces, policías, soldados y abogados. Nos fueron a buscar al monte y dijeron que ahora eran de ellos las tierras que siempre habían sido nuestras, y que teníamos que irnos a las Reducciones.  Nos llevaron a pie durante muchos días, arriados como vacas. Si uno se cansaba, un soldado sacaba el sable y le cortaba los garrones. Y ahí quedaba uno nomás, vivo y desgarronado en medio del monte. Las osamentas deben de estar ahí, todavía».

 

El biplano llegó desde el sur. Pasó rápido y bajo, realizó un giro muy amplio y enfiló otra vez hacia el campamento haciendo un saludo con sus alas. Niños y adultos respondieron agitando sus manos.

El avión volvió por tercera vez. Desde tierra vieron que el segundo tripulante traía, ahora, algo en sus manos; y lo arrojó al pasar sobre los toldos.

Las bombas incendiarias estallaron en el monte y el fuego comenzó a devorarlo todo.

Desde las carpas, niños, mujeres, hombres y ancianos, algunos en llamas, corrieron al descampado uniéndose al espanto de los otros. Entonces, comenzó la metralla.

 

«Nos trajeron a vivir acá. Hicieron leyes que nos obligaban a quedarnos encerrados en la Reducción, como en un corral. Nomás nos venían a buscar para ir al algodón, a hachar el quebracho o a cuidar vacas de los gringos. Después nos traían de vuelta. En el mientras tanto, nuestros hijos se quedaban acá, separados de nosotros.

De no ser para eso, de la Reducción no nos dejaban salir. Si alguno se salía, lo consideraban fugado y le aplicaban la ley de vagancia. Lo mismo al que agarraban mariscando en el monte. Cada tanto se veía un kom ahorcado de los quebrachos, con las orejas cortadas, porque lo acusaban, como ser, de robar una vaca. Me recuerdo que el comisario de Quitilipi ordenó que le cortaran un pie a un indio que cruzó un campo recién sembrado». 

 

En la hora siguiente, policías y estancieros que habían rodeado el campamento durante la madrugada, dispararon sus Mausers y Winches. El avión siguió sobrevolando, mientras el acompañante tiraba sobre los que huían hacia el monte.

Cuando se acabaron las municiones, el comisario ordenó a degüello; sin perdonar, por las dudas, ni a muertos ni a heridos. Algunos indios trataron de oponerse con sus machetes; pero era un gesto inútil contra una tropa embotada de caña paraguaya, la promesa de una paga suculenta por cada par de orejas, y un asado para toda la milicada, al terminar la jornada.

—¡Entréguense y les perdonamos la vida! —gritaba el comisario.

Los pocos sobrevivientes, aterrorizados, se rindieron.

Los sentaron y los ataron con alambres de púas. A Pedro y a algunos líderes de otras comunidades, aún vivos y delante de los demás, los caparon a machetazos y los empalaron.

 

«Nos decían vagos, ladrones, borrachos y sucios. En el juzgado de paz había un cepo que siempre tenía manchas de sangre, gastado, liso y brilloso de tanto indio castigado. El Juez decía que servía para ablandar y para advertir al indio de que debía dejar su independencia y su dignidad en la puerta, porque en el juzgado tenía que obedecer y callar.

Una vez el comisario vino a la Reducción. Buscaba a un indio que había carneado un animal de un estanciero. Lo ataron a un algarrobo y lo castigaron cincuenta veces con un teyuruguay de cuero crudo. Después, el comisario dijo «¡Estírenlo bien con los maniadores! ¡Ni aunque grite no le aflojen, vamos a ver al malo!». Más tarde se lo llevaron y lo tuvieron como dos meses en un calabozo de vara y media de largo por una de ancho, sin darle ni cobija para descansar del castigo. Yo nunca pensé atar a un árbol a una persona blanca, por muy malo que el haya sido con nosotros.»

 

Después, las tropas degollaron a los prisioneros. Con furia, desencajados. Festejaban cuando las embarazadas, los niños que ni siquiera caminaban y los ancianos centenarios trataban de tomar aire, con las gargantas abiertas.  A todos les cortaron las orejas; testículos y penes a los hombres, y los pechos a las mujeres. El comisario se llevó estos trofeos para exhibirlos en Quitilipi, en muestra de su guapeza.

A treinta huelguistas  los obligaron a tirar los cuerpos, algunos con vida, en el pozo de agua de la Reducción. Cuando se llenó, les hicieron cavar tres fosas grandes y tirar más cuerpos. Al final, ni siquiera esto fue suficiente. Entonces, los obligaron a amontonar cadáveres en varias piras y rociarlos con kerosén. Luego de degollar a éstos treinta y tirarlos en las piras, los policías las encendieron. Los ancianos dicen que los fuegos se vieron durante varios días.

 

«Nos dejaban cultivar alguito de algodón. Muy poco nos pagaban por eso y por el trabajo en el obraje.  Y no nos daban plata, sólo mercadería para la olla donde todos comían. Vivíamos muchos en poco lugar. La vinchuca ya daba vueltas por nuestros toldos. Cuando llovía, ni comida nos traían. Éramos esclavos de la lluvia y a veces de sed moríamos.

Una vez, el gobernador Centeno mandó a decir que nos iban a pagar menos todavía. Pedro y los ancianos se le quejaron, pero él nunca hizo nada. Nuestros hombres querían dejar la Reducción y volver al monte, o irse a otras provincias donde pagaban más, pero prohibieron que salgamos de ahí, como no fuera para ir a los obrajes de los criollos».

 

Algunos se internaron en el monte, desesperados. Corrían, se caían y se arrastraban entre cadáveres y estampidos de las armas. Estuvieron huyendo durante días, sin comer y sin agua. Tres meses estuvieron cazándolos. A los que encontraban, los trataban igual que a los de la Reducción; pero a las jóvenes, ahora con más tiempo, las violaban todos los integrantes de las partidas de caza, las degollaban luego y las dejaban para alimento de los carroñeros.

A unos cuarenta niños pequeños, vivos de milagro, los entregaron a los colonos, como mitaí, para trabajar en sus campos a cambio de comida y alguna ropa.

Sólo unos diez de los mil, lograron cruzar el cerco y perderse entre los habitantes de otras Reducciones, obligándose a olvidar para sobrevivir en tierras que ya no les eran propias.

 

«Entonces, empezó la huelga del veinticuatro. Estuvimos muchos días sin ir a trabajar. Los gringos se quejaron al gobernador, y nos acusaban de que les quemábamos los sembrados, robábamos hacienda y carneábamos los animales. Mucho nos amenazaron, pero Pedro decía que la Serpiente Arcoíris nos protegería de las armas de los naroshque, si bailábamos con él.

Toda la noche bailamos, pero al otro día el gobernador Centeno nos mandó la muerte.»

 

En medio de la matanza, Teneri apeló al silencio. Una bala de Mauser le reventó la pierna cuando empezaron a tirar. Se mordió los labios para no llorar cuando su madre, aún con su otro niño en brazos, logró tomarlo de los pelos y arrastrarlo unos cien metros monte adentro, en medio de la balacera. Las espinas le marcaron toda la piel. A él, a su madre y a su hermano los mató el hombre que disparaba desde el avión.

Hace dos o tres años, un arado que horadaba la tierra, ahora dedicada a la soja, dejó su cráneo al descubierto. Nadie se dio cuenta.

Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

martes, 17 de febrero de 2026

SONATA PARA UN MUNDO NUEVO

Daniel Frini

 

La nave se deshizo al cruzar un campo de asteroides mientras viajaba a un treinta y tres por ciento de la velocidad de la luz. Antes, cuando la AI tuvo la certeza de que la desintegración era inevitable, ordenó a los automatismos que activaran las cápsulas de seguridad. Algunas se atomizaron, como la nave. Otras, pusieron dirección al planeta.

Cruzaron el límite de Kármán a una velocidad muy superior a la de seguridad, y no resistieron la fricción ni el calor consecuente. Se desguazaron en la atmósfera, en millones de pedazos. La mayoría de ellos no llegó a la superficie. Todas las cápsulas, menos una.

Sin embargo, su aterrizaje fue violento e incontrolado. El reactor se partió y, en milisegundos, un pulso en forma de radiaciones ionizantes y neutrónicas mató a quienes la ocupaban. A todos, menos a él.

Los gases neuronales lo sacaron del sueño de la animación suspendida. El caos, el ruido de las alarmas –infinitas–, el humo y el olor penetrante y ácido lo aturdieron. Necesitó varios minutos para sobreponerse y entender qué había pasado. El gusto metálico en su boca le indicó la rotura del reactor. Una mirada a su alrededor, le mostró que todos estaban muertos, y que ni siquiera habían dejado sus nichos. Una lectura rápida de los escáneres le mostró que no había nadie –ni nada– de su mundo, con vida, en una esfera de cuatro años luz de radio, centrada en su posición. Es decir, la nave había muerto. Y estaba solo.

Su situación le resultó clara, y esa comprensión lo golpeó, dejándolo sin aire. Los años de preparación, su entereza y su sangre fría le impidieron gritar. Gimió. Un nudo inconcebible le impedía tragar. Intentó llorar, pero las lágrimas se negaron: era el último habitante de su mundo.

No lo habían logrado.

 

Todos vieron aproximarse el apocalipsis, las señales fueron claras durante mucho tiempo, los cambios no podían presagiar nada distinto. Pero, por alguna razón inexplicable, quienes estaban en posición de encontrar e implementar una solución, no solo fueron incapaces de hacer algo por detener la debacle, mientras esto fue posible: tampoco lo intentaron. Peor aún, negaron el problema. Así pasaron años, décadas, siglos.

Mucho tiempo después, cuando todo estaba perdido, algunos gobernantes aventuraron explicaciones que, en realidad, no convencieron a nadie y, por supuesto, no aportaron nada que mostrase un mínimo resquicio para avistar un remedio. No quedaba otra cosa que salvar las sobras. Y la memoria. Pero tampoco aquí fueron capaces de consensuar una solución, y se perdieron los últimos e invaluables momentos de la civilización.

Al menos, ellos, su grupo, lo intentaron.

La idea no era, para nada, original. Construir diez naves a las que subirían todo lo que pudieran salvar de su mundo. Diez arcas. Diez backups.

Pero, ¿qué salvar? Esto implicó un cúmulo interminable de selecciones al azar, sin planificación ni proyecto; apenas con una vaga idea, un propósito indefinido, más centrado en las ganas de ganarle a la muerte que a un propósito concreto. Para ellos estaba claro que ya no había tiempo para otra cosa. ¿Qué dejar? ¿Qué llevar? ¿Qué condenar, no a la muerte, sino al olvido?

Tanta riqueza, vida, especies, historia, recuerdos. Tanta cultura. Un millón de años de cultura.

Además, ¿adónde ir? Decidieron que cada una de las diez naves viajaría a un planeta distante de los millones que, en miles de años, habían encontrado girando alrededor de estrellas lejanas; aquellos más cercanos al Planeta Madre ya habían sido visitados y resultaron ser inhabitables. Allí aparecía otra de las tantas y tan importantes cuestiones imposibles de contestar ahora: ¿por qué no se había preparado alguno de estos mundos para una eventualidad aún mucho menor que la de la extinción de la vida en el Planeta Madre? Tenían tecnología para hacer habitable otro mundo. ¿Entonces?

No había otra opción más que buscar en las estrellas alejadas; y apostar, porque no había forma de saber si lo que había ocurrido antes –la imposibilidad de encontrar un planeta capaz de ser habitado–, podía, con solo mirar desde los observatorios en órbita, revertirse. Era una apuesta de muerte.

Se comenzó por seleccionar mundos de entre los más estudiados en el pasado, y se descartaron aquellos que presentaron alguna duda. Se estudió otros que reemplazaran a los rechazados, en un proceso recurrente que arrojó, al fin, diez posibles objetivos; el más cercano, a unos mil doscientos años luz, y se los repartieron. A su nave se le asignó un pequeño mundo azul, a mitad de camino entre el centro y el borde de la galaxia, sujeto gravitacionalmente a una estrella pequeña –una enana blanca de tipo G–, a unos dos mil quinientos años luz de distancia. Para cuando llegasen, si llegaban, haría muchísimo tiempo que su mundo se habría transformado en inhabitable y, probablemente, habría desaparecido.

Preguntarse si podrían llegar no era vano. No sabían tan solo si podían alejarse del Planeta Madre. La única manera de llevar tamaña carga, era en naves con motores de  radiosótopos de positrones, pero de un tamaño tal que resultaban cinco veces más grandes que las más grandes jamás construidas. De esta manera, sería posible viajar a no más de  un cuarenta por ciento de la velocidad de la luz. Eso era lo máximo a lo que aspirar. Era necesario fabricarlas en el espacio, fuera del sistema, y cargarlas en un gran número de viajes, con naves convencionales de motores helicoidales.

Así se hizo.

Cuando las diez naves estuvieron cargadas y dispuestas, los tripulantes entraron en animación suspendida y la IA se hizo cargo de la ignición.

Él fue el designado para demorar su sueño y supervisar el comienzo del viaje. Aunque no podía ver las otras naves, sí detectó en los sensores, con horror, la inusual carga de antimateria que no podía significar más que la destrucción de, al menos, seis de las otras naves. También pudo ver, en las pantallas, cómo las tres restantes, giraron alocadas y comenzaron a caer hacia el centro del sistema, hacia la estrella. Su nave fue la única en sobrevivir y comenzó su viaje hacia el planeta asignado, lejano en espacio y en tiempo.

No quedaba otra cosa por hacer. Allá fueron.

 

Él era ingeniero y doctor en física nuclear, contaba con Grado III en experiencia de manejo de reactores de la clase W –uno de los únicos tres técnicos capaces de esto en su mundo– y era experto en armas de hidrógeno. Es más: él, como toda la tripulación, había sido mutado genéticamente para resistir 6500 rads de radiación ionizante. Sobreviviría a la exposición a los protones y partículas alfa de alta energía del espacio durante el larguísimo viaje; y a cualquier accidente. Y eso había ocurrido.

«¡Revisión!». Una voz proveniente de alguna parte de su cerebro lo devolvió a la realidad. Su templanza y su madurez mental lograron que se sobrepusiese al miedo. Reaccionó como su entrenamiento dictaba. De manera automática, verificó su estado y la existencia o no de heridas. Estaba en condiciones físicas aceptables. Controló su equipo, su exoesqueleto y sus armas. Todo bien. Verificó su comunicación con la cápsula de seguridad. Bien. Encendió los comandos de supervivencia. Funcionaban. Al menos, las baterías no habían perdido la carga. ¿Estado del reactor? Fugas de radioisótopos. Él resistiría.

¿Dónde estaba? Tecleó los comandos en la computadora. La pantalla se ilumino. Era el planeta correcto. ¿Y la estrella? No hacía mucho se había ocultado tras el horizonte. Estaba en el lado oscuro. Tocó, en la pantalla, el botón virtual «Comprobación y exploración». Era un mundo habitado. Y con un grado de civilización Tipo 0, pero a cien o doscientos años de alcanzar el Tipo 1. Hizo una mueca de disgusto; que, muy pronto, cambió por un gesto de esperanza. Quizá los nativos pudiesen ayudarlo.

 

Lo inundó un optimismo que era impensado hacía, apenas, segundos. Si lograba comunicarse con ellos, podría hablarles de su mundo.

No había nada orgánico para salvar, salvo su propio cuerpo. Pero, aun cuando esto era mejor que nada, él era sólo una minúscula muestra de la diversidad que alguna vez había conocido, aunque los discos rígidos que estaban en la cápsula contenían un back up de toda la información de la nave; de manera básica, una bitácora con todo el conocimiento de su civilización. Y, quizá, el grado de desarrollo de la ingeniería genética de los nativos podría reproducir el genoma de, aunque sea, una parte de las especies de su mundo; y, por supuesto, guardar y conocer toda su cultura.

Ahora, fue su esperanza la que lo golpeó. Su idioma no se perdería. Los idiomas de su mundo no se perderían. La música, el arte, la literatura, la geografía, los paisajes –los hermosos y queridos atardeceres de su sol–, las selvas, los desiertos, los hielos, la nieve, el mar, las arenas de las playas, las ciudades, la tecnología, las plantas, los animales. La historia, su historia, la historia de su civilización; los excelentes logros de culturas antiguas, los poemas grabados en tablillas de barro y las inmensas bibliotecas de pergaminos. Y, por supuesto, las guerras, las muertes, las plagas, la destrucción, la sobreexplotación, los asesinatos y genocidios, la esclavitud y la maldad. Y el ocaso –estúpido, idiota, y enajenado– de su mundo.

—Ellos podrían usar nuestra experiencia y evitar lo que nos destruyó a nosotros —se sorprendió hablando en voz alta, entusiasmado—. No solo podré conservar la memoria de mi civilización. ¡Lo que tengo para ofrecerles puede salvar su propio mundo!

Por supuesto –lo sabía–, los nativos tergiversarían la información, la utilizarían con parcialidad, se ocultarían material sensible unos a otros. Conocerían sus armas y su increíble poder. Se sorprenderían con la posibilidad de dominar el espaciotiempo, de viajar a las estrellas vecinas; de curar todas las enfermedades, y se disputarían el conocimiento; pero allí estaría él para prevenirlos y evitar estas desagradables situaciones.

Se convenció, por fin, de lo que era evidente. Los nativos iban a reconstruir el mundo perdido, su cultura y su gente. Pero, mucho más importante que eso, él iba a salvarlos de su propia aniquilación,

 

¿Era posible comunicarse con ellos, con los nativos?

En la pantalla, pulsó el botón virtual que indicaba «Información. Comunicación y lenguaje». La computadora indicó que escaneaba señales. La barra de estado avanzaba con lentitud exasperante. Luego, leyó en la pantalla: Información insuficiente para determinar el número de especies existentes. Estimación: 9x106 especies distintas. Arqueó los ojos en un gesto de sorpresa. Una especie dominante identificada. Cantidad estimada de individuos de esta especie en el planeta: 7x109. Proximidad de individuos de esta especie: Cuatro individuos, a dos mil metros. Características de los individuos: detectan radiación electromagnética por ojos, 380 a 750 nanómetros, muy reducida en el lado oscuro del planeta; detectan ondas de presión por oídos, 20 hertz a 20 kilohertz; detectan productos químicos por lengua y nariz; detectan temperatura y presión a través de cubierta externa. No detectan campos magnéticos. No detectan radioactividad. Identificación de conceptos matemáticos: sistemas predominantes, base diez, base dos y base sesenta; conocimiento de cero e infinito, conocimiento de números primos, conocimiento de números irracionales e imaginarios; conocimiento de números e, pi y phi. Identificación de conceptos físicos: conocimiento de la constante de Planck; conocimiento de la constante de gravitación; Conocimiento de la permitividad eléctrica en el vacío; conocimiento de la permeabilidad magnética en el vacío. Identificación de conceptos químicos: conocimiento de capa de valencia. Identificación de concepto de lenguaje en individuos: repetición de sonidos, identificada; ratio de entropía, calculado. Nivel de posibilidad de comunicación: bueno. Información de cod/decod descargada a dispositivo móvil. Información topográfica descargada a dispositivo móvil. Información de entorno descargada a dispositivo móvil.

«Cuánto por enseñarles», se dijo. Ubicó la vivienda de los nativos. No se detectaban problemas en el camino. Revisó, otra vez, su equipo. Emprendió la marcha. La más grande marcha. La que le daría sentido a su epopeya. La que salvaría la memoria de su mundo. La que salvaría a este nuevo mundo de sí mismo.

 

Se sorprendió con el tamaño de la vivienda. Los nativos debían ser enormes. Consultó con su dispositivo móvil. Presionó «Fisonomía» en la pantalla. Allí estaba la información. Si. Había dos que tenían unas cincuenta y cinco veces su tamaño. Los otros dos, eran unas treinta y siete veces más grandes.

La adrenalina lo inundaba. Ese era el momento. Entró a la vivienda.

 

La mujer se levantó para llevar los platos a la pileta de la cocina. La cena había estado bien. Su marido estaba satisfecho y le guiñó un ojo. A los niños les encantaba el pollo al horno.

Dio dos pasos y miró al piso.

—¡Puta madre! —dijo, y dio un fuerte pisotón que resonó en el comedor.

—¿Qué pasó? —la interrogó su esposo.

—Nada. Una cucaracha —contestó ella.

Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

 

INCIDENTE EN FLANDES