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sábado, 21 de febrero de 2026

DORA

Rafael Martínez Liriano


 

A Dora le llamó la atención el movimiento del dedo meñique de su mano izquierda, un movimiento casi imperceptible. Como un latido. No es que hubiera perdido el control de su dedo; aún podía moverlo a voluntad. Podía tomar su taza de café sin problemas y escribir en la computadora. Sin embargo, cuando su mano estaba en reposo y su cerebro dejaba libres sus extremidades, el movimiento hacía acto de presencia. Ella culpó al estrés y no le dio mayor importancia al asunto. 

Esa tarde, al salir del trabajo, un extraño sentimiento empezó a molestarla: un miedo inexplicable se apoderó de ella. Se sentía observada y perseguida por algo o alguien mientras caminaba por la calle. Miró disimuladamente alrededor, buscando el origen de su miedo, pero solo encontró un mar de caras inexpresivas que no le decían nada. 

Pensó en vano que aquel sentimiento desaparecería al llegar a casa, y así fue por unas horas, mientras estuvo en compañía de su madre. No obstante, cuando le tocó ir a dormir, no pudo evitar mirar por la ventana, explorando la calle en busca de algo fuera de lo común en alguna esquina o callejón, pero su búsqueda fue inútil. Luego trató de alejar aquel temor llenando su mente con asuntos de su vida diaria; todo pensamiento era bueno para alcanzar el sueño. Al principio le costó, pero lentamente consiguió relajarse lo suficiente y quedarse dormida. Mas aquella incertidumbre la siguió hasta su sueño. 

 Dora se encontró a sí misma en un lugar desconocido, en compañía de otras chicas, jugando en un inmenso jardín lleno de bellas flores y grandes árboles. Al lado se alzaba el vetusto edificio de una mansión que ella tampoco reconocía. Dora, en su sueño, podía verse a sí misma desde dos perspectivas distintas: por un lado, se veía jugar en el jardín, feliz y despreocupada; al mismo tiempo, se veía oculta entre los árboles, observando a su igual. Sin embargo, eso no parecía ser algo extraño para ella: verse a sí misma en dos lugares a la vez. Mientras la Dora que jugaba parecía ser feliz en aquel lugar, en la otra se notaba un profundo resentimiento hacia sí misma, una especie de dolor. 

La Dora feliz y juguetona, persiguiendo una mariposa de colores, se alejó de sus compañeras y fue a parar a un lugar apartado, cosa que aprovechó su contraparte para acercarse en silencio. Una vez allí, se preparó para atacar. Dora miraba la escena sin poder hacer nada, mientras sus sentimientos se dividían entre las dos partes que ahora estaban en conflicto: por un lado, deseaba proteger a la Dora feliz; pero al mismo tiempo, la invadía una rabia desmedida y deseos de hacerle daño. 

Dora vio cómo su versión resentida tomó por sorpresa a la otra, la tiró al suelo sin dificultad, la golpeó salvajemente y le arrancó el dedo meñique de la mano izquierda con los dientes. Su parte feliz aullaba de dolor, mientras la otra masticaba el dedo y lo tragaba, dejando ver una sonrisa sádica con los labios ensangrentados. Luego continuó devorando a su víctima entre gritos de dolor. 

Dora despertó aterrorizada en la oscuridad. Miró a todos lados hasta que la luz de la ventana le ayudó a ubicarse. Respirando profundo, logró calmar su agitación y se dejó caer en la cama de nuevo. El teléfono marcaba las tres y media de la mañana; difícilmente podría volver a dormir. Se quedó mirando al techo, tratando de borrar la sensación que aquel sueño le había dejado. Todo a su alrededor estaba en silencio, excepto por el sonido de uno que otro auto a lo lejos. De repente, empezó a escuchar un sonido lejano: pasos que se acercaban lentamente. El caminante avanzaba lento por la acera de enfrente. Dora siguió el sonido de los pasos hasta que se detuvo al otro lado de la calle, justo frente a su casa. Ella esperó hasta escuchar el sonido de una puerta al abrirse en algún lado, el tintineo de unas llaves. Pero nada rompía aquel silencio que ahora la perturbaba. Miró de nuevo el teléfono: las cuatro y diez. Y ningún sonido del caminante. Quienquiera que fuera aquella persona, ya tenía cuarenta minutos parada frente a su casa. Debía ser un borracho que se quedó dormido en el farol, se dijo. Pero esta explicación no le dio el sosiego que necesitaba. Su intranquilidad se enfocó ahora en la incógnita de aquel caminante: ¿quién era y por qué se había detenido justo frente a su casa? El silencio le taladraba la cabeza, destrozando su calma. Por fin, decidió mirar hacia afuera y acabar con aquel tormento. En silencio, se levantó de la cama y, a gatas, se dirigió a la ventana; esta forma de moverse le daba seguridad, ya que estaba convencida de que no era vista desde fuera. Lentamente, se asomó a la ventana hasta poder observar la acera de enfrente. Debajo de un farol, bajo una luz moribunda, halló al caminante recostado del poste, con la cabeza baja. Dora miró la figura que permanecía inmóvil, tratando de encontrar algún detalle que pudiera reconocer. Entonces, la figura levantó la vista, cruzando su mirada con la suya. Dora dejó salir un grito de espanto al reconocer al caminante. 

 

La madre de Dora la halló en el suelo de su cuarto, inconsciente y agarrando su brazo izquierdo con fuerza. 

 

Dora despertó en el hospital, nerviosa por el susto de la noche anterior, con su madre al lado tratando de calmarla y de saber qué le había sucedido. La chica la miró con tristeza mientras levantaba su brazo izquierdo para que su madre lo viera. 

—Pasa que Carla  está matándome desde adentro —dijo Dora, manteniendo su brazo tembloroso en alto—. Carla está viva dentro de mí y quiere recuperar lo que le quité. 

—¿Tienes alguna enfermedad? —preguntó la madre, asustada. 

—¡Nooo!... No sé... —La pobre chica sacudió su cabeza, confundida—. No estoy muriendo, no físicamente, pero Carla está tomando control de mí cuerpo. Estuvo anoche en mi sueño y después frente a la casa… Tengo miedo, mamá. 

La chica abrazó a su madre buscando protección. 

 —No entiendo lo que dices, mi amor, tu hermana Carla murió al nacer y tú no le quitaste nada. Su muerte se debió a complicaciones de mi embarazo; deja ya de culparte. Si tu hermana estuviera viva se sentiría muy triste al verte así. —La madre de Dora empezó a llorar, incapaz de entender y dar alivio al sufrimiento de su hija. 

 

En los días siguientes, Dora pasó por una infinidad de exámenes y entrevistas con médicos que dieron una variedad de opiniones acerca de su padecimiento. Al final, la enviaron a casa con una montaña de pastillas para tomar. Ella las ingería sabiendo que serían inútiles, pero no quería dar más problemas a su madre. Volvió al trabajo y trató de llevar una vida normal. Sin embargo, aquella sensación de peligro permanecía; su miedo a los espacios abiertos y a la cercanía de las personas se hacía cada vez más insoportable. 

 Una noche tuvo otro sueño, un poco diferente: de nuevo soñó que estaba en el jardín, pero esta vez las chicas que en el anterior sueño jugaban alegres ahora estaban tiradas, inmóviles en la hierba, mientras un anciano con una gran barba y un delantal ensangrentado tomaba a las chicas por los pies y las arrastraba a algún lugar dentro del bosque. Dora sintió miedo de que el anciano hiciera lo mismo con ella, a pesar de que estaba de pie. Entró en la mansión para alejarse del anciano. En la puerta encontró a una mujer vestida de blanco; Dora pensó que la mujer debía ser una enfermera por el color de la ropa. Cuando se acercó a ella para informarle lo que el anciano hacía con las chicas en el patio, vio que la mujer no tenía nariz ni boca, y dos líneas de sangre bajaban por su rostro pálido, manchando el vestido hasta caer al piso. Dora quiso preguntar la razón del llanto, pero decidió no molestarla. De pronto, la mujer la tomó de la mano, llevándola por un pasillo. Ella preguntó a dónde iban.

—Te esperan para tu juicio —dijo la mujer, a pesar de no tener labios. El pasillo terminaba en un par de grandes puertas de metal que se abrieron ante ellas para darles paso a un gran salón. El salón era inmenso, con enormes ventanales que dejaban entrar la luz de la tarde. En un lado, Dora contó seis filas de asientos en donde estaban sentadas unas estatuas de piedra; frente a ellos estaba el estrado de los jueces, tan elevado que ella no podía ver sus rostros. 

—Ella robó —se escuchó en la sala. —Dora buscó a la persona que había hablado, pero no la encontró—. Ella me robó —repitió la voz. De nuevo, Dora buscó el origen de la voz, y esta vez tuvo éxito: al otro lado de la sala, junto a uno de los ventanales, había una cama sin sábanas ni almohadas; en ella yacía el cuerpo de una mujer con el brazo levantado. 

La mujer en la cama tenía el cuerpo desfigurado por terribles heridas. A pesar de ello, Dora reconoció a su otro yo, que en el sueño anterior jugaba feliz hasta que fue atacada por su igual malvada. La chica de la cama no dejaba de acusar a Dora de haberle robado: 

—Ella me robó —repetía—. Me robó todo lo que soy, excepto por mi brazo, que he recuperado. 

Dora quiso defenderse de aquellas acusaciones, aclarar que no había sido ella quien la atacó; pero cuando intentó hablar, se dio cuenta de que su boca había desaparecido. Vio cómo la chica de la cama reía descaradamente. 

—Queda condenada al olvido —dijo una voz que venía de lo alto del estrado. Sin poder defenderse de las acusaciones, Dora intentó escapar de aquel lugar, pero se vio rodeada por las estatuas de piedra que ahora se movían para impedirle escapar. En poco tiempo, fue arropada por un mar de manos que desgarraban su carne y la ahogaban hasta morir. 

 

Dora despertó llena de miedo por el sueño que acababa de tener, y fue peor su angustia cuando trató de quitarse la sábana de encima y notó que no tenía movimiento alguno en el brazo izquierdo. Aquel hallazgo terminó por condenarla a una eterna locura. 

 Aquella mañana, la madre de Dora la halló en el baño, inconsciente por la hemorragia, junto a un charco de sangre y su brazo izquierdo en el lavamanos, aún con espasmos. Dora despertó en los brazos de su madre.

—Ya nada me persigue, mamá —dijo—; por fin puedo dormir tranquila. 

Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y ocho años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9. 

     

 

  

viernes, 14 de noviembre de 2025

ODIO

Rafael Martínez Liriano

 

El monaguillo entró de manera intempestiva a la sacristía trayendo el polvo de la calle en sus pies.

—¡Doña Herminia le manda decir que vaya rápido! —Soltó el chico quedándose sin aliento—. Don Manuel se está muriendo y ella quiere que se confiese antes.

—¿Don Manuel se quiere confesar? —preguntó el padre Fonseca al chico que tomaba un largo sorbo de agua del jarrón—. ¿No será cosa de doña Herminia?

El chico se encogió de hombros por toda respuesta. 

Resignado, el padre tomó el polvoriento camino hacia la casa de don Manuel dando por hecho la inutilidad del viaje. 

En el lujoso recibidor lo esperaba doña Herminia dormitando en una silla mecedora. 

La anciana levantó su nonagenaria humanidad al notar la presencia del sacerdote, con dificultad se puso de pie e hizo una reverencia. El padre dibujó una cruz en el aire y de inmediato fue al grano.

—Juanito me ha dicho que usted quiere que confiese a don Manuel. ¿Está segura? No quiero problemas con don él.

La anciana se dejó caer de nuevo en la silla, luego ordenó al padre que hiciera lo mismo. 

—Hace mucho tiempo que no estoy segura de nada —respondió doña Herminia con la respiración pesada—. Pero veo que al parecer mi hijo se marchará primero que yo de este mundo… y no quiero vivir sabiendo que él está en el infierno. Por eso le pedí que viniera.

—No creo que a don Manuel le importe mucho donde vaya cuando muera. Usted lo sabe.

—A él tal vez no, pero a mí sí me importa —aclaró la anciana—. Además debería importarle a usted también padre, al final mi hijo es otra oveja descarriada esperando un pastor que la devuelva al rebaño. 

 El sacerdote sonrió levemente ante el sarcasmo de la anciana.

—Su hijo no es precisamente una oveja perdida que necesite ser rescatada —respondió el padre con la misma ironía—. Además esto no se trata de lo que usted o yo queramos, hay que ver qué opina su hijo, y conociendo como es no creo que le interese hacer una confesión.

—Él aceptó verlo por petición mía, no es que tenga muchas ganas de discutir.

Con sus reservas el padre aceptó ver al moribundo.

Doña Herminia acompañó al sacerdote hasta la habitación del enfermo que yacía en la cama sin moverse, don Manuel giró la cabeza con dificultad al notar la presencia de su madre y el padre.

—El padre Fonseca ha venido. —La anciana soltó estas palabras y de inmediato abandonó la habitación sin esperar respuesta.

El padre se quedó parado al lado de la cama, sin saber qué hacer a continuación. 

—Siéntese, padre —dijo el enfermo con una voz llena de autoridad a pesar de la evidente agotamiento.

—Su madre me ha dicho que quiere confesarse —dijo el padre con timidez.

—Ella es la que lo desea —aclaró—. A mí me da igual a donde vaya a parar mi alma si es que la tengo. 

—¿No quiere hacerlo entonces?

—No he dicho eso padre, por lo que veo a usted tampoco le agrada mucho la idea de que mi alma se salve y vaya al cielo. —Don Manuel miraba fijamente al padre que esquivaba su mirada—. Preferiría que yo renunciara a cualquier posibilidad de redención, ¿me equivoco?

—Tengo un deber que cumplir y no me toca a mí decidir sobre estas cosas.

—¿Y qué tal si estuviera en sus manos mi salvación, me salvaría padre? —preguntó don Manuel sin ocultar la burla en su pregunta. —El sacerdote se quedó callado—. No se preocupe padre —continuó don Manuel—. No me voy a confesar en busca de salvación, no creo que arrepentirme de lo malo que he hecho vaya a cambiar nada, por supuesto tampoco es que me arrepienta.

—¿Qué haremos entonces? 

—Le contaré una historia, algo que sucedió hace más de cincuenta años en este pueblo, algo tan terrible que la gente lo borró de su memoria, y que explica en parte lo que soy como persona. Usted no la conoce y no tiene por qué. A nadie he narrado lo que ahora escuchará padre, y se lo cuento a usted tal vez con la esperanza de redención, no mía sino de los involucrados. Es la historia de Renata Ramírez. 

—Le escucho.

 

Hace cuarenta y cinco años atrás yo tenía dieciocho años y estaba listo para convertirme en hombre o al menos eso pensaba; tenía las tierras que mi padre me había dado y la mujer con quién quería compartirlas, Renata Ramírez, la más bella del pueblo por mucho, espigada y de una palidez enfermiza que le confería un halo divino para todo aquel que la viera. 

Ella me fue prometida desde los seis años por acuerdo de nuestros padres, la imposición del matrimonio en lo personal no me molestaba, de hecho me agradaba la idea, yo amaba a Renata desde el primer momento en que la vi. Así se lo hice saber años después. Ella sin embargo, respondió con un parco “yo también te quiero”. Más que alegrarme, me dejó confundido la falta de emoción de la respuesta. Era tan reservada para mostrar sus emociones que era difícil saber lo que le pasaba por la cabeza... y por el corazón. Pero a pesar de mis sentimientos por Renata, siempre fuimos amigos, yo estaba convencido de que esa relación de amistad sería suficiente para tener una buena convivencia cuando llegará el momento de vivir juntos como pareja. 

Nuestra vida parecía encaminada hasta que las cosas empezaron a cambiar, mejor dicho, Renata cambió de pronto su forma de ser. Siempre fue una chica tímida pero alegre y de carácter apacible. Sin embargo, de pronto se volvió voluble e irascible, podía estallar de ira por la mínima provocación, cada vez salía menos de su casa y todos los que la conocíamos nos preguntamos qué le sucedía. La respuesta empezó a correr un día como rumor por todo el pueblo, nadie sabe de dónde salió o si tenía algún rastro de verdad, el caso es que todos el mundo comentaba que alguien había visto a Renata y a su padre teniendo sexo en lugar apartado que cambiaba dependiendo de quien contara el chisme.

Por supuesto nadie se atrevía a desmentir o confirmar aquel rumor, todos nos dedicamos a mantener una pose de normalidad, ya que nadie se atrevía a tratar un tema tan escabroso. Todos sonreían en la calle al ver a la familia de Renata y así la vida siguió hasta una mañana en la que la gente del pueblo halló un cartel gigante en medio de la plaza denunciando la conducta depravada de Renata y su padre. En ese momento todo el pueblo se unió para insultar a la familia Ramírez en frente de su casa, solo esperaban que alguien lanzara la primera piedra para desatar su reprobación y odio. 

El padre y los hermanos de Renata salieron armas en mano para callar las voces que los acusaban, pero por suerte la multitud se dispersó y la sangre no llegó al río aquel día. Yo por mi parte traté de hablar con Renata más de una vez pero su padre veía a todos como enemigos y no dejaba entrar a nadie en la casa. Yo estaba desesperado por aclarar aquella situación, quería… necesitaba escuchar de sus labios que todo aquello era mentira y así recuperar la tranquilidad que había perdido. Pero Renata se llevó la verdad con ella esa misma noche, al amanecer la gente del pueblo halló en la plaza la palidez mortuoria y los ojos vacíos inyectados en sangre de Renata que se movía con la brisa como un péndulo macabro. Renata le dio a la gente del pueblo redención de sus pecados con el sacrificio supremo. La mayoría de la gente tomó el suicidio como una confesión. Renata no pudo soportar la culpa, decían algunos. 

Días después, el padre de Renata desapareció sin dejar rastro. Todos en el pueblo dijeron que había huido del rechazo de la gente. Al poco tiempo la gente empezó a quejarse del mal olor y sabor que tenía el agua del pueblo. Cuando el alcalde mandó investigar en el tanque que abastecía de agua al pueblo hallaron el cadáver ya podrido de Ramírez, que no encontró una mejor manera de vengarse que hacer que todos tomáramos sus líquidos internos. Y esa venganza tuvo éxito, ya que mucha gente enfermó debido al espanto de haber tomado agua de cadáver y más de uno acabó muriendo tras exhibir los más diversos síntomas. 

Un año después todos en el pueblo querían dejar atrás el asunto de Renata y su padre, y el resto de la familia se fue del pueblo buscando alejarse de tantos recuerdos dolorosos. 

Por mi parte decidí continuar con mi vida, busqué una nueva pareja y me casé aquel mismo año. Sandra era una chica alegre y anodina en comparación con Renata, una chica del montón que no destacaba en nada. Pero sería una buena esposa o eso esperaba. Los primeros años de matrimonio fueron normales, cada quien cumpliendo su función, ella siendo la esposa abnegada y yo el esposo proveedor con pocas muestras de afecto, pero tampoco de desagrado, todo marchaba como estaba previsto hasta que una noche la escuché hablar con una amiga sobre el incidente de Renata, decían lo triste que había sido y lo arrepentidas que estaban de haber puesto aquel cartel en la plaza. En ese momento algo dentro de mi estalló, una furia terrible recorrió mi cuerpo. Por un rato me quedé paralizado por la revelación, quería matarla por haber hecho algo tan bajo con su amiga y con la mujer que amé. Como pude, salí en silencio de la casa y estuve horas caminando sin rumbo por mis tierras, con la cabeza revuelta por la confusión. Al final tomé la peor decisión, matarla solo me haría otra víctima de toda aquella estúpida historia, iría a la cárcel solo por hacer justicia. 

Desde aquel día la vida de mi esposa sería un infierno y así sería hasta que exhalara su último aliento. Me transformaría en el ser humano más bajo y ruin del que podía ser capaz. Y así fue, padre; desde aquel día en todo el pueblo se conoció la maldad con la que torturé a Sandra. La humillé y maltraté de formas que aún me duelen. Y lo peor de todo es que ella nunca supo el motivo de todo aquel odio. 

Es decir, no lo supo hasta su último día. Ahí, en su lecho de muerte, dónde fue a parar gracias a mí, que Renata tuvo su venganza. Al final le hable de la conversación que escuché años atrás entre ella y su amiga. Ella sonrió y como pudo me confirmó que sí, que había puesto aquel cartel con la ayuda de su amiga, pero que lo hizo por pedido de la misma Renata, que estaba cansada de sufrir los ultrajes de su padre y quería mostrar su verdadera cara ante todo el pueblo, que no sabía de las intenciones de Renata de cometer suicidio, y que solo lamentaba no haber podido hacerme feliz.

El padre Fonseca se quedó en silencio procesando aquella historia.

—Sandra en su lecho de muerte me hizo el peor daño que podía hacerme —dijo Manuel con tristeza—. Hubiera preferido que fuera culpable mil veces, que hubiera matado ella misma a Renata, pero no. En vez de eso, al final resulta ser otra víctima en toda esta maldita historia de mentiras y secretos. 

—Cada uno hace lo que cree correcto en su momento —dijo el cura—, usted lo hizo, lo hizo Sandra y Renata también.

—Y así tuve que vivir con las consecuencias de mis acciones todos estos años. 

—Todos debemos hacerlo, es la voluntad de Dios—dijo el padre.

—Quisiera que fuera la voluntad de Dios —dijo Manuel con una sonrisa desanimada en los labios—. Si así fuera entonces yo no tendría responsabilidad en todo esto, ya que todo lo que ha sucedido no sería más que el plan macabro de algún ser caprichoso, pero usted y yo sabemos que al final no hay excusas, todos somos responsables y no hay un infierno para mí ni un cielo para Sandra y Renata.

—Eso no puede usted saberlo hasta que muera —replicó el sacerdote visiblemente alterado.

—Tiene razón padre y ahora quiero que se vaya. Ya dije lo que quería decir. Si quiere tómelo como una confesión y haga lo que debe con esta historia. Solo le pido que no ruegue por mi alma.

—¿Ni siquiera en este momento deja usted esa soberbia?

—No es soberbia padre —respondió tranquilo don Manuel—. Es solo que de existir algo parecido al cielo no quisiera que mi alma vaya a parar al mismo lugar que Sandra y Renata; eso no sería justo. 

Esa noche don Manuel murió mientras dormía. Al día siguiente el padre Fonseca rogó por su alma.


Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y ocho años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9. 


sábado, 8 de noviembre de 2025

LA NOCHE ETERNA

Rafael Martínez Liriano


 

—¿Hasta cuándo estaremos andando sin rumbo? —preguntó Ferreti.

—Hasta que el jefe diga lo contrario —respondió Barone secamente—. ¿Te molesta?

—No me molesta, es solo que… no sé… toda esta lluvia y la ciudad tan muerta en algunos lados y tan viva en otros. 

—¿Te volviste espiritual ahora?

—No es eso, simplemente es como si algo rondara en el ambiente, como si la ciudad supiera algo que sus habitantes no pueden identificar.

—Si te refieres a la chica, no te preocupes. No creo que su padre sea tan tonto, verás como ella estará en casa antes del amanecer. 

  Ferreti se mantuvo en silencio por un rato mientras las calles se sucedían en una secuencia infinita. Ferreti estaba preocupado, estaban cruzando una de las pocas líneas sagradas para la mafia, incluso si tenían éxito. Esto sentaría un muy mal precedente.

—Detente en esa gasolinera, debemos cargar combustible y comprar algo de comer —Barone señaló un gran letrero de neón de color violeta, comida y gas las veinticuatro horas. 

—El tanque está a la mitad —informó Ferreti—. Además, según tú, esto se resolverá pronto.

—Que esto se resuelva rápido no depende de mí, lo sabes bien. ¿Estás bien? —preguntó Barone—; desde hace rato te noto extraño, como si estuvieras molesto. Primero estabas con esa pose poética sobre la ciudad y sus sentimientos, y ahora pareciera que estás inquieto.

—No estoy inquieto, solo quiero que esto termine lo más pronto posible. —Ferreti sí estaba inquieto pero no podía demostrarlo, cualquier muestra de duda podía terminar muy mal para él.

—Pues a mí me parece que estás nervioso, y más vale que estés concentrado en esto… no tengo que recordarte lo que pasará si fallamos.

—¡Estoy bien!, ¿Crees que soy un novato al que puedes amenazar con darme unas palmadas? Al parecer has olvidado quién soy y de lo que soy capaz.

—El que parece haberlo olvidado eres tú, pero ya está bien de tonterías, ve a comprar algo de comer mientras yo pongo gasolina y miro si todo está bien con el paquete.

—No tardo —dijo Ferreti poniendo punto final a la discusión.

 Cuando regresó de la tienda, Ferreti traía dos sándwiches y tres refrescos. 

—¿Qué es eso? —preguntó Barone.

—Me pediste que trajera algo de comer —respondió Ferreti haciéndose el tonto.

—Veo dos sándwiches y tres refrescos. ¿Es que acaso tienes tanta sed? Porque yo no.

—Es para ella —dijo Ferreti en voz baja.

—A eso me refiero cuando digo que estás extraño.

—Solo es un jugo, la chica no ha comido nada desde las tres de la tarde más o menos.

—¿Y qué vas a hacer, le vas a dar a tomar el jugo acá en medio de la gente?

—Podemos dárselo en cualquier lugar apartado, solo será un momento.

—Sabes mejor que yo cuales son las órdenes: mantenernos conduciendo por la ciudad hasta nuevo aviso, solo podemos parar a cargar combustible como ahora. 

—Lo sé —concedió Ferreti que arrojó el vaso de jugo sobrante a basura y después subió al auto sin ocultar su descontento con los argumentos de Barone.

 

Las horas pasaban mientras el auto continuaba con su periplo infinito por las calles de una ciudad cada vez más solitaria, una ciudad que, como un animal gigantesco ignora las tragedias que se gestan en su interior.

Ferreti y Barone deambulaban en silencio. No se habían dirigido la palabra desde la discusión en la gasolinera. A Barone le preocupaba el comportamiento de Ferreti, sabía lo delicada que era la misión encomendada y temía que su compañero ya no tuviera el temple necesario para realizar el trabajo.

—Ferrand debió llamar hace rato —dijo Ferreti mirando su reloj—. Son las 3:09 am.

—Tienes razón, de seguro que el tonto de Almeida se hace el duro.

—¿Crees que se haga el duro aún tratándose de su hija? 

—Con estos jefes mafiosos uno nunca sabe —respondió Barone—. Ellos tienen sus prioridades y no siempre la familia está entre ellas. 

—¿Cómo que no? Si la familia no es una prioridad para ti, ¿entonces qué lo es? 

—Es una pregunta que me es indiferente en este momento, yo, a diferencia de Almeida, no tengo que elegir entre mi imperio mafioso y la vida de mi hija. —Barone respondía con cinismo a una pregunta que le parecía sin sentido.

La conversación fue interrumpida por la melodía genérica del teléfono. 

—Si… —dijo Barone; Ferreti lo miraba en silencio—. Entendido.

Barone cerró la llamada y continuó manejando. 

—¿Era Ferrand al teléfono?

—Si…

—¿¡Qué te dijo, carajo!? —Ferreri estaba fuera de sí, presa de la incertidumbre.

—Almeida no aceptó: le dijo a Ferrand que haga lo que quiera con la chica. Que él sabe cómo hacer más.

—¿Que…? —Ferreti no daba crédito a las palabras de su compañero.

—El hijo de puta de Almeida está usando a su hija como una pieza de ajedrez, puso a Ferrand en una posición comprometida: al negarse a negociar, Ferrand no tendrá otra opción que matar a la chica, ya que si no lo hace quedará como alguien débil ante todos. Pero si la mata entonces le dará a Almeida la excusa para iniciar la guerra en venganza por su hija. Todos apoyarán a un padre que ha perdido a su hija en manos de un desalmado.

—¿Qué haremos con la chica? —preguntó Ferreti con miedo.

—Matarla y desaparecer el cadáver, ¿qué más?

—Estas loco, no podemos hacer eso con esa niña.

—Sí podemos, esas son las órdenes, y no están sujetas a discusión. —Barone tomó un camino que los llevaría fuera de ciudad.

—Vamos al campo de maíz. —Ferreti reconocía la ruta, la habían recorrido muchas veces cuando tenían "basura" de la que deshacerse.

Ferreti se sintió invadido por el desasosiego, su corazón latía con fuerza y sudaba a chorros. Algo dentro suyo le decía que matar aquella chica era llegar demasiado lejos, incluso para un asesino como él. Pero ¿qué hacer? ¿Matar a su compañero para salvarla? Después irse lejos con la chica y esperar que Ferrand los halle y la mate de todos modos, esa pobre chica había tenido la mala suerte de nacer en medio de una familia mafiosa, y ahora debía pagar el precio de ese nacimiento. Era duro de aceptar pero la realidad era esa y no iba a cambiar. Pero… ¿debía ser el final? ¿No había manera de romper aquél veredicto de muerte? 

 

El auto se detuvo en lo profundo de un inmenso mar de maíz a las 3:35 pm, en un claro expresamente creado para enterrar a los elementos no deseados. 

—Vamos —dijo Barone mientras bajaba del auto.

Ferreti lo siguió con el arma oculta aún sin saber que hacer para detener lo que iba a suceder.

—Quiero decirte algo… —dijo Ferreti dubitativo. 

—Dime —respondió Barone, pero el sonido de tres disparos a quemarropa le hicieron callar a Ferreti mientras miraba como la chica de quince años dejaba de ser una persona con toda una vida por delante para ser solo un bulto emanante de sangre y culpas ajenas.

—Sé que tenías dudas con este asunto, así que te evite cualquier problema de indecisión. 

—¡¿Qué hiciste?! 

—Hice lo que nos ordenaron hacer.

—Ella no merecía esto —Ferreti cayó de rodillas fulminado por la visión del cadáver en el maletero del auto.

—No merecía esto, me dices, claro que no merecía esto pero las otras personas que hemos matado antes, tampoco lo merecían y eso no te detuvo. ¿Que tenía esta chica de especial, que merecía vivir más que los demás?

—Tu no entiendes —gesticuló Ferreti.

—Quien no entiende eres tú, ¿crees que por salvar a esta muchacha te ibas a redimir de todos tus pecados anteriores, que todas las personas que has matado de pronto cobrarán vida y regresarán con sus seres queridos? Entiende que hace mucho tiempo hiciste una elección, una de la que no hay marcha atrás. 

Ferreti descargó su pistola encima de Barone, disparó todas las balas, excepto una que guardó para sí. Ferreti puso el caño aún caliente en su boca dispuesto a terminar aquella noche que parecía eterna.

—No vas a escapar de mí tan fácilmente, tu cuerpo y alma son míos por la eternidad. 

Ferreti lanzó un grito de espanto al ver a su compañero de pie con una sonrisa descompuesta. 

Su grito se ahogó en un mar de oscuridad, en medio de una noche eterna.


Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y ocho años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9. 

sábado, 18 de mayo de 2024

ANA

Rafael Martínez Liriano

 

Conocí a Ana una tarde nublada de invierno. Estaba sentado como siempre en un banco del parque viajando con los cronopios de Cortázar. De pronto un ruido seco me hizo volver a la tierra. Frente a mí, una chica embutida en un abrigo negro recogía un libro de entre las piedras del camino. A su lado una niña con una pelota en la mano y la cabeza baja pedía disculpas. La chica sonrió para tranquilizar a la niña que se fue corriendo mientras miraba hacia atrás de vez en cuando. La chica volteó a verme y sonrió como diciendo «niños», después se sentó en el banco evadiéndose de la realidad, igual que yo.

El resto de la tarde, Cortázar solo me sirvió de camuflaje en la operación destinada a  observar a la joven. Estuve una hora y media descubriendo, detallando y clasificando cada gesto de aquella chica de cabello rojo chillón, color extraño, pero a la vez atrayente. El rojo del pelo y el negro de su ropa creaban un contraste interesante. 

Aquella tarde disfruté de su peculiar forma de sentarse para leer: encorvada, con la pierna derecha cruzada sobre la izquierda, el codo derecho sobre la pierna derecha sosteniendo el libro, mientras con la mano izquierda dibujaba semicírculos en el aire como si dirigiera una orquesta invisible. 

En adelante, Ana, sus libros y yo, tuvimos una cita obligada cada martes, jueves y domingo. Me costó un mes y cinco libros descubrir sus horarios de lectura. Ana llegaba siempre puntual a las tres y se sentaba en el banco bajo el roble. Ella y yo llegamos a tener algún tipo de relación. Me daba igual si ella no sabía quién era yo, mi trato con ella iba más allá del simple hecho de conocerla y hasta llegar a enamorarme; para mí era el centro del universo que había descubierto en aquel parque, y sería injusto de mi parte decir que yo lo había creado, no. Ese microcosmos estaba allí desde sabe Dios cuánto tiempo atrás, esperando a que alguien lo descubriera. Era ella y el abrigo negro, el roble anciano que esparcía sus ramas sobre ella como queriendo protegerla y el casi imperceptible movimiento de labios cuando leía, como si elevara una oración para sí misma. Este universo era ella y ese mechón rebelde de cabello que se empecinaba en cubrirle los ojos, impidiéndole leer en paz. Allí estábamos, Ana y yo, su belleza hipnótica, su forma reservada de caminar; habían muchas cosas en ese universo, pero ella no lo sabía.

Llegó el momento en que me vi atrapado en el círculo vicioso de la cobardía, por un lado estaba feliz en este mundo idílico en el que Ana existía y yo la observaba; me sentía bien en mi burbuja de jabón tan bella y reluciente, la cual no me atrevía a tocar. Sabía que no podía seguir en el anonimato, debía dar el siguiente paso. Hablarle, ser algo más que parte del paisaje de aquel parque, pero eso ya de por sí significaba un riesgo. Pasaría a ser alguien para ella, tendría nombre, un rostro, una voz; por lo tanto sería pasible de ser juzgado para bien o para mal. Mi presencia al otro lado del parque podría ser agradable o no. Me sentía parado sobre una mina antipersonal, sabía que no podía estar por siempre en el mismo lugar, pero la idea del movimiento tampoco se veía muy auspiciosa.

Como suele suceder en estos casos, y así ha sido desde que el primer hombre puso un pie sobre la tierra, la mujer debe salvarlo de su propia estupidez y llevarlo de la mano por el camino que él ni siquiera sabía que existía. Un martes cualquiera en el que me hallaba como siempre dentro de mi círculo vicioso, Ana sin previo aviso se acercó, derrumbando mi mundo con su saludo casual:

—Hola, buenas tardes, mi nombre es Ana —dijo, mientras me saludaba con una sonrisa.

—Mucho gusto, Ana —dije tratando de disimular la emoción.

—Seguramente me habrá visto leer en aquel banco. —Ella señaló con el meñique.

—Sí, me he fijado en ti algunas veces, te gusta leer igual que a mí —dije tratando mantener una pose distante.

Ella sonrió mostrando aquellos labios delicados, después jugó con su cabello haciendo espirales con él. Pude notar que estaba nerviosa.

—¿Qué está leyendo? —preguntó mirando el libro que tenía en las manos.

La tregua —respondí—. De Benedetti.

—Ah, una historia triste —dijo ella.

—Pero bonita, un amor que se vive intensamente.

—No sé si tal intensidad se pueda llamar amor, algo tan pasajero que no pudo afrontar la prueba del tiempo. —Ana se explayó en su comentario—. ¿Cómo saber si no fue más que un deseo pasajero que quedó idealizado por obra del azar?

—En este caso el protagonista solo tiene los pocos momentos que vivió con su amada, su amor pudo ser de otro tipo, algo más duradero, más sólido, o tal vez solo hubiera sucumbido al hastío de la rutina; como yo lo veo, el personaje tuvo la suerte de conservar en la memoria ese amor en su más alta pureza. 

—Creo que tienes razón —dijo ella esbozando una sonrisa cómplice.

Desde aquella tarde, Ana y yo nos acercamos más y más. Nuestras tardes transcurrían en medio de charlas interminables, sobre los más diversos temas, literatura, música, cine o simplemente chistes malos que nos hacíamos uno al otro con el conocimiento de su mala calidad. 

Un mes después Ana me dejó ir a su casa con el pretexto de ver un ejemplar de Rayuela de primera edición. Ana vivía sola en una casa un poco grande para una sola persona, cuando le pregunté dijo que era herencia de sus padres, que estaba muy apegada a los recuerdos, ya estaba acostumbrada a la casa y sus mañas. Prefería no cambiarla por un apartamento más pequeño.

Esa noche hicimos el amor sobre la alfombra de su biblioteca.

Con el pelo rojizo bañando su cuerpo pálido, y su piel casi transparente que se que se hacía rosada a medida que el placer la invadía. Todo aquello componía una imagen surrealista. Aquel cuerpo que se retorcía y gemía bajo el peso del mío, sus piernas largas que como ríos fluían lejos uno del otro, pero que al final va a morir al mismo mar espumoso, Ana era perfección hecha placer, su cuerpo frágil como una flor se hacía un vendaval de furia cuando arremetía su sexo, sus gemidos alienaban mi cordura, llevándome al derroche de mis fuerzas, el vaivén continuo de mi cuerpo buscaba la ruptura de lo físico, buscaba el placer inalcanzable, buscaba tocar una estrella. Sus gemidos continuaron hasta que el mundo explotó dentro nuestro; de pronto todo fue humedad espontánea sobre la alfombra, al final solo quedaron miradas perdidas en la nada, y un palpitar de corazones acelerados. Ana gritó, y su rostro pálido se pintó con el color del orgasmo, mientras la calma reclamaba su espacio. Un «te amo» difuso salió de sus labios, y su voz sin aliento fue como un susurro, yo solo traje su cuerpo lánguido y extenuado sobre el mío, no dije nada, me dormí arropado con su calor, su piel salada por el sudor y sus labios junto a mi boca.

Desperté con el cansancio de la faena y la satisfacción de la felicidad encontrada, la suavidad de la alfombra no me dejaba levantar, no quería abandonar aquella tibia sensación de bienestar que me abrazaba. Con dificultad me levanté y pude ver a Ana sentada en un sillón, desnuda todavía, con sus largas piernas cruzadas de la manera más sugerente, con el cabello bañando su pecho y una taza de té en sus manos, la imaginé como una pintura de estilo gótico como una reina vampiresa sentada en su trono, siendo adorada por todas las criaturas de la oscuridad.

—Preparé una taza de té para ti —dijo señalando con el dedo meñique la mesa a su lado.

Tomé la taza y me senté junto a ella. Ahora me imaginé la pintura de nosotros ahí sentados desnudos tomando té, mirándonos en silencio.

—Te amo —dijo ella con la voz quebrada—. Estos días han sido maravillosos. 

—Te amo —dije yo con el convencimiento que da la libertad encontrada, de verdad amaba a aquella mujer de carácter melancólico, que callaba ante un halago, pero que llevaba una tormenta de sensualidad en su interior.

—Me has dado el momento más feliz de mi vida… estar contigo fue como estar en un sueño de esos que despiertas y no recuerdas todos los detalles, pero te deja esa sensación de felicidad.

Me acerqué a ella y la tomé en mis brazos, la besé, ella me besó tímidamente. Sentir su cuerpo suave junto al mío hizo palpitar mi corazón, el roce con su cuerpo despertó de nuevo la pasión en mí. Mi sexo palpitaba anhelante en busca del suyo. Sus brazos me apartaron de su lado. Confundido la miré buscando una respuesta.

—No podemos hacerlo de nuevo —dijo—. Hemos hecho el amor de forma perfecta. De forma irrepetible. Cualquier cosa que hagamos a partir de ahora será solo una pálida caricatura de lo que sentimos la primera vez. Y será así porque será un camino que ya hemos recorrido, yo conozco tu cuerpo y tú el mío. 

De pronto la voz de Ana empezó a escucharse lejana, su figura se hizo borrosa.

—¿Te acuerdas de los protagonistas de La tregua de Benedetti? —preguntó Ana—. Sentimos pena por él protagonista que pierde a su amada quedándose solo con su recuerdo. La primera vez que leí el libro pensé en lo cruel que había sido el autor al hacer pasar a su personaje por aquel terrible dolor de haber encontrado el amor, solo para que después este le fuera arrebatado por el azar. Después entendí que al contrario, el autor le había dado un regalo invaluable al protagonista, le había dado un recuerdo perfecto de Avellaneda. En su memoria ella sería siempre perfecta, joven y alegre, lejos del tiempo y la rutina que acaba por matar el amor más puro. 

Quise objetar su teoría, pero el aire me faltaba, ya no podía respirar. Ya sin fuerzas me derrumbé sobre la alfombra.

—Por eso no podemos hacer el amor de nuevo —continuó hablando inclinada sobre mí, con su pelo rojizo le cubría el rostro—. Quiero guardar este momento perfecto en la memoria, también quiero recordar tu rostro hermoso, joven y perfecto, como es ahora, si dejo que el tiempo pase sobre ti, envejecerás y tu perfección será solo un recuerdo. No quiero tener que compartir tu vida con nada ni nadie.

—El té —dije con mi último aliento. 

Ana sonrió mientras la oscuridad me envolvía. Días después, Ana volvió a leer en su banco del parque. Yo mientras, la sigo observando.


Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y seis años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9. 

FATA MORGANA