Rafael Martínez Liriano
A Dora le llamó la atención el movimiento del
dedo meñique de su mano izquierda, un movimiento casi imperceptible. Como un
latido. No es que hubiera perdido el control de su dedo; aún podía moverlo a
voluntad. Podía tomar su taza de café sin problemas y escribir en la
computadora. Sin embargo, cuando su mano estaba en reposo y su cerebro dejaba
libres sus extremidades, el movimiento hacía acto de presencia. Ella culpó al
estrés y no le dio mayor importancia al asunto.
Esa tarde, al salir del trabajo, un extraño sentimiento
empezó a molestarla: un miedo inexplicable se apoderó de ella. Se sentía
observada y perseguida por algo o alguien mientras caminaba por la calle. Miró
disimuladamente alrededor, buscando el origen de su miedo, pero solo encontró
un mar de caras inexpresivas que no le decían nada.
Pensó en vano que aquel sentimiento desaparecería al llegar
a casa, y así fue por unas horas, mientras estuvo en compañía de su madre. No
obstante, cuando le tocó ir a dormir, no pudo evitar mirar por la ventana,
explorando la calle en busca de algo fuera de lo común en alguna esquina o
callejón, pero su búsqueda fue inútil. Luego trató de alejar aquel temor
llenando su mente con asuntos de su vida diaria; todo pensamiento era bueno
para alcanzar el sueño. Al principio le costó, pero lentamente consiguió
relajarse lo suficiente y quedarse dormida. Mas aquella incertidumbre la siguió
hasta su sueño.
Dora se encontró a sí
misma en un lugar desconocido, en compañía de otras chicas, jugando en un
inmenso jardín lleno de bellas flores y grandes árboles. Al lado se alzaba el
vetusto edificio de una mansión que ella tampoco reconocía. Dora, en su sueño,
podía verse a sí misma desde dos perspectivas distintas: por un lado, se veía
jugar en el jardín, feliz y despreocupada; al mismo tiempo, se veía oculta
entre los árboles, observando a su igual. Sin embargo, eso no parecía ser algo
extraño para ella: verse a sí misma en dos lugares a la vez. Mientras la Dora
que jugaba parecía ser feliz en aquel lugar, en la otra se notaba un profundo
resentimiento hacia sí misma, una especie de dolor.
La Dora feliz y juguetona, persiguiendo una mariposa de colores,
se alejó de sus compañeras y fue a parar a un lugar apartado, cosa que
aprovechó su contraparte para acercarse en silencio. Una vez allí, se preparó
para atacar. Dora miraba la escena sin poder hacer nada, mientras sus
sentimientos se dividían entre las dos partes que ahora estaban en conflicto:
por un lado, deseaba proteger a la Dora feliz; pero al mismo tiempo, la invadía
una rabia desmedida y deseos de hacerle daño.
Dora vio cómo su versión resentida tomó por sorpresa a la
otra, la tiró al suelo sin dificultad, la golpeó salvajemente y le arrancó el
dedo meñique de la mano izquierda con los dientes. Su parte feliz aullaba de
dolor, mientras la otra masticaba el dedo y lo tragaba, dejando ver una sonrisa
sádica con los labios ensangrentados. Luego continuó devorando a su víctima
entre gritos de dolor.
Dora despertó aterrorizada en la oscuridad. Miró a todos
lados hasta que la luz de la ventana le ayudó a ubicarse. Respirando profundo,
logró calmar su agitación y se dejó caer en la cama de nuevo. El teléfono
marcaba las tres y media de la mañana; difícilmente podría volver a dormir. Se
quedó mirando al techo, tratando de borrar la sensación que aquel sueño le
había dejado. Todo a su alrededor estaba en silencio, excepto por el sonido de
uno que otro auto a lo lejos. De repente, empezó a escuchar un sonido lejano:
pasos que se acercaban lentamente. El caminante avanzaba lento por la acera de
enfrente. Dora siguió el sonido de los pasos hasta que se detuvo al otro lado
de la calle, justo frente a su casa. Ella esperó hasta escuchar el sonido de
una puerta al abrirse en algún lado, el tintineo de unas llaves. Pero nada
rompía aquel silencio que ahora la perturbaba. Miró de nuevo el teléfono: las
cuatro y diez. Y ningún sonido del caminante. Quienquiera que fuera aquella
persona, ya tenía cuarenta minutos parada frente a su casa. Debía ser un
borracho que se quedó dormido en el farol, se dijo. Pero esta explicación no le
dio el sosiego que necesitaba. Su intranquilidad se enfocó ahora en la
incógnita de aquel caminante: ¿quién era y por qué se había detenido justo
frente a su casa? El silencio le taladraba la cabeza, destrozando su calma. Por
fin, decidió mirar hacia afuera y acabar con aquel tormento. En silencio, se
levantó de la cama y, a gatas, se dirigió a la ventana; esta forma de moverse
le daba seguridad, ya que estaba convencida de que no era vista desde fuera.
Lentamente, se asomó a la ventana hasta poder observar la acera de enfrente.
Debajo de un farol, bajo una luz moribunda, halló al caminante recostado del
poste, con la cabeza baja. Dora miró la figura que permanecía inmóvil, tratando
de encontrar algún detalle que pudiera reconocer. Entonces, la figura levantó
la vista, cruzando su mirada con la suya. Dora dejó salir un grito de espanto
al reconocer al caminante.
La madre de Dora la halló en el suelo de su
cuarto, inconsciente y agarrando su brazo izquierdo con fuerza.
Dora despertó en el
hospital, nerviosa por el susto de la noche anterior, con su madre al lado
tratando de calmarla y de saber qué le había sucedido. La chica la miró con
tristeza mientras levantaba su brazo izquierdo para que su madre lo viera.
—Pasa que Carla está matándome desde adentro
—dijo Dora, manteniendo su brazo tembloroso en alto—. Carla está viva dentro de
mí y quiere recuperar lo que le quité.
—¿Tienes alguna enfermedad? —preguntó la madre,
asustada.
—¡Nooo!... No sé... —La pobre chica sacudió su cabeza,
confundida—. No estoy muriendo, no físicamente, pero Carla está tomando control
de mí cuerpo. Estuvo
anoche en mi sueño y después frente a la casa… Tengo miedo, mamá.
La chica abrazó a su madre buscando protección.
—No entiendo lo que
dices, mi amor, tu hermana Carla murió al nacer y tú no le quitaste nada. Su
muerte se debió a complicaciones de mi embarazo; deja ya de culparte. Si tu
hermana estuviera viva se sentiría muy triste al verte así. —La madre de Dora
empezó a llorar, incapaz de entender y dar alivio al sufrimiento de su hija.
En los días siguientes, Dora pasó por una infinidad de
exámenes y entrevistas con médicos que dieron una variedad de opiniones acerca
de su padecimiento. Al final, la enviaron a casa con una montaña de pastillas
para tomar. Ella las ingería sabiendo que serían inútiles, pero no quería dar
más problemas a su madre. Volvió al trabajo y trató de llevar una vida normal.
Sin embargo, aquella sensación de peligro permanecía; su miedo a los espacios
abiertos y a la cercanía de las personas se hacía cada vez más insoportable.
Una
noche tuvo otro sueño, un poco diferente: de nuevo soñó que estaba en el jardín,
pero esta vez las chicas que en el anterior sueño jugaban alegres ahora estaban
tiradas, inmóviles en la hierba, mientras un anciano con una gran barba y un
delantal ensangrentado tomaba a las chicas por los pies y las arrastraba a
algún lugar dentro del bosque. Dora sintió miedo de que el anciano hiciera lo
mismo con ella, a pesar de que estaba de pie. Entró en la mansión para alejarse
del anciano. En la puerta encontró a una mujer vestida de blanco; Dora pensó
que la mujer debía ser una enfermera por el color de la ropa. Cuando se acercó
a ella para informarle lo que el anciano hacía con las chicas en el patio, vio
que la mujer no tenía nariz ni boca, y dos líneas de sangre bajaban por su
rostro pálido, manchando el vestido hasta caer al piso. Dora quiso preguntar la
razón del llanto, pero decidió no molestarla. De pronto, la mujer la tomó de la
mano, llevándola por un pasillo. Ella preguntó a dónde iban.
—Te
esperan para tu juicio —dijo la mujer, a pesar de no tener labios. El pasillo
terminaba en un par de grandes puertas de metal que se abrieron ante ellas para
darles paso a un gran salón. El salón era inmenso, con enormes ventanales que
dejaban entrar la luz de la tarde. En un lado, Dora contó seis filas de
asientos en donde estaban sentadas unas estatuas de piedra; frente a ellos
estaba el estrado de los jueces, tan elevado que ella no podía ver sus rostros.
—Ella robó —se escuchó en la sala. —Dora
buscó a la persona que había hablado, pero no la encontró—. Ella me robó
—repitió la voz. De nuevo, Dora buscó el origen de la voz, y esta vez tuvo
éxito: al otro lado de la sala, junto a uno de los ventanales, había una cama
sin sábanas ni almohadas; en ella yacía el cuerpo de una mujer con el brazo
levantado.
La mujer en la cama tenía el cuerpo desfigurado
por terribles heridas. A pesar de ello, Dora reconoció a su otro yo, que en el
sueño anterior jugaba feliz hasta que fue atacada por su igual malvada. La
chica de la cama no dejaba de acusar a Dora de haberle robado:
—Ella me robó —repetía—. Me robó todo lo que
soy, excepto por mi brazo, que he recuperado.
Dora quiso defenderse de aquellas acusaciones,
aclarar que no había sido ella quien la atacó; pero cuando intentó hablar, se
dio cuenta de que su boca había desaparecido. Vio cómo la chica de la cama reía
descaradamente.
—Queda condenada al olvido —dijo una voz que
venía de lo alto del estrado. Sin poder defenderse de las acusaciones, Dora
intentó escapar de aquel lugar, pero se vio rodeada por las estatuas de piedra
que ahora se movían para impedirle escapar. En poco tiempo, fue arropada por un
mar de manos que desgarraban su carne y la ahogaban hasta morir.
Dora despertó llena de miedo por el sueño que
acababa de tener, y fue peor su angustia cuando trató de quitarse la sábana de
encima y notó que no tenía movimiento alguno en el brazo izquierdo. Aquel
hallazgo terminó por condenarla a una eterna locura.
Aquella mañana, la madre
de Dora la halló en el baño, inconsciente por la hemorragia, junto a un charco
de sangre y su brazo izquierdo en el lavamanos, aún con espasmos. Dora despertó
en los brazos de su madre.
—Ya
nada me persigue, mamá —dijo—; por fin puedo dormir tranquila.
Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y ocho años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9.



