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martes, 28 de abril de 2026

APRENDIENDO ARTES MARCIALES

Rafael Martínez Liriano

 

No sé exactamente por qué me detuve. Había salido a caminar sin rumbo fijo después de cenar, intentando despejar la cabeza, cuando escuché los gritos al doblar la esquina. Un taxi estaba detenido a mitad de la calle, con la puerta del conductor abierta y las luces aún encendidas. Dos hombres forcejeaban con el chofer, un anciano que trataba de protegerse con los brazos mientras uno de ellos intentaba arrancarle la billetera.

Me quedé paralizado un segundo. Lo razonable habría sido seguir de largo o llamar a la policía. Pero el viejo lanzó un grito seco, de rabia más que de miedo, y algo en ese sonido me empujó hacia adelante.

—¡Eh! —grité, sin saber muy bien qué iba a hacer.

Uno de los ladrones se volvió hacia mí. Encontré en el suelo un trozo de madera –quizá parte de un cajón roto– y lo levanté con ambas manos, más para darme valor que para usarlo. Avancé un par de pasos y volví a gritar. El anciano aprovechó la distracción y empujó con fuerza al hombre que tenía enfrente.

De pronto la escena se volvió confusa: golpes, insultos, pasos apresurados, alguien que abría una ventana y preguntaba qué estaba pasando.

El alboroto atrajo a más personas y los ladrones al verse superados en número optaron por escapar. Teníamos algunos golpes; yo obtuve un ojo morado, pero en general estábamos bien. El anciano me felicitó por haberle hecho frente a esos ladrones, sin saber que la mayor parte del tiempo estuve temblando de miedo, Marcial, así se llamaba, ofreció llevarme al hospital, donde me curaron una herida en el pie y los moretones que me había hecho en la pelea. Cuando salí, Marcial estaba esperando para llevarme a casa. En el camino de regreso conversamos mucho. El anciano era muy simpático y con mucha energía; me contó que esas peleas con ladrones eran algo común para él. Hacía veinte años que era taxista; antes había sido albañil pero tuvo que cambiar de trabajo cuando se lastimó la espalda. Tenía dos hijas que aún vivían con él y su esposa. Me fascinó de una manera especial conversar con aquel anciano.

Al llegar a mi casa lo invité a tomar algo como agradecimiento por haberme ayudado pero él se negó, dijo que su esposa lo esperaba para cenar y que era una cita a la que no podía faltar. Me preguntó si estaba casado y le dije que sí pero que en este momento estaba solo y le expliqué que mi esposa había viajado. Él, amablemente, me invitó a cenar en su casa y ofreció traerme de vuelta sin costo adicional; era lo menos que podía hacer por un compañero de armas. Lo dijo en broma pero a mí me agradó la idea de que de alguna manera me considerara su compañero.

Fuimos a su casa, que quedaba en las afueras de la ciudad, y en el camino siguió contándome cosas de su vida. También quiso saber algo sobre mí y fue entonces que me di cuenta de que tenía poco que contar; había tenido una vida sin demasiados contratiempos en la que prácticamente no me había esforzado por obtener lo que tenía. En ese momento sentí una especie de vacío en mi interior. Una sensación que no sabría cómo definir. 

En casa de Marcial nos recibió su esposa, Marta, una señora de contextura robusta, más alta que Marcial y seguramente más joven. Al bajar del taxi, el anciano saludó a su esposa con un beso y un abrazo. Después me presentó como su nuevo amigo y me invitó a pasar. Me llamó la atención que Marcial no le dijera a mujer que yo estaba invitado a cenar; su esposa tampoco preguntó, como si tener amigos con quiénes compartir la cena fuera algo común para ellos. Ya dentro de la casa, Marcial me presentó como Miguel, un cliente y amigo. La casa de Marcial era pequeña y humilde, acorde con su trabajo, pero estaba bien organizada y limpia. Más que la mía pensé, sintiendo un poco de vergüenza. Durante la cena Marcial y Marta monopolizaron la conversación a petición mía; quería conocer más acerca de mis anfitriones. La cena transcurrió entre historias sobre la juventud de ambos y la manera en que se conocieron: Marcial estaba empezando su oficio como albañil y por casualidad le tocó hacer unas reparaciones en la casa de Marta. Según él fue amor a primera vista, ella por otro lado afirmó que le hizo caso solo porque le dio pena que el pobre se decepcionara después de tanto insistir. Sea como haya sido, el hecho es que llevaban cuarenta años juntos y no parecía que su amor fuera a disminuir por ahora. 

Después de la cena Marcial recogió la mesa y me invitó a ir a la cocina con él, me preguntó que prefería hacer, si lavar los trastes o quitarles el jabón, le respondí que no sabía, que no recordaba la última vez que lo había hecho. Marcial me miró extrañado y me preguntó si no lavaba lo platos después de comer le respondí que esas tareas las hacía mi mujer en su totalidad; de nuevo me miró extrañado y preguntó por qué, me sentí un poco avergonzado con la pregunta y me excusé diciendo que no sabía hacer labores domésticas porque nunca había necesitado aprender. El anciano me miró con una especie de lastima, movió la cabeza de lado a lado y después me dijo que debía arreglar eso, que no podía ir por la vida ignorante de las habilidades básicas que una persona debe tener para poder enfrentar lo que el mundo pueda ofrecerle. 

Las palabras de Marcial me hicieron reflexionar en algo que hasta aquella noche no había prestado atención: era prácticamente un inútil. Era cierto que poseía muchas habilidades intelectuales, sabía varios idiomas y tenía muchos conocimientos de diversos temas pero en lo que se refiere a mi bienestar individual, siempre había dependido de otra persona, primero de mi madre y la servidumbre de la casa y ahora de Alicia, mi esposa. Me di cuenta de que la había cargado con la responsabilidad de llevar el rumbo de nuestro hogar tratándola muchas veces más como una empleada que como esposa. Nunca se me había ocurrido hacer una autocrítica tan profunda y sincera.

Aquella noche le pedí a Marcial y a su esposa que me dejarán convivir con ellos por unos cuantos días para aprender a ser autosuficiente y ser útil no solo en mi casa sino también en el mundo.

En las semanas siguientes Marcial me tomó como su ayudante. Después del trabajo iba con él a su casa a realizar los trabajos más diversos, desde arreglar el patio trasero y delantero de la casa –nunca había usado un pico y una pala; es super agotador– hasta cocinar un guiso. Marta me enseñó a cocinar lo mejor que pudo, aunque debo admitir que soy un alumno muy malo, pero al menos ya no tendría que pedir comida si tengo hambre. Marcial incluso me llevó al gimnasio de un amigo suyo donde estoy aprendiendo a boxear. Marcial dice que uno nunca sabe qué día se va a encontrar con otro par de ladrones; es mejor estar listo aunque no haga falta.

Alicia volvió tres semanas después y yo la recibí con la comida que le gustaba preparada por mí, me aseguré de organizar y limpiar la casa. Quería que mi esposa notara el cambio que había experimentado, quizás era un cambio sutil pero que para mí significaba mucho. Ella se sorprendió por mi nueva faceta de ser humano autosuficiente, aunque si me preguntan, diría que su reacción fue menos efusiva de lo esperado. Supongo que ella pensó que el hecho de que por fin cumpliera con la parte que me correspondía no era algo que mereciera una celebración. La dinámica del hogar cambió en las semanas siguientes, Alicia y yo nos alternamos las tareas y además empezamos a salir más a menudo. Mis salidas a la casa de Marcial se hicieron frecuentes, y así descubrí que no era el único visitante frecuente a aquella casa. Un día me lo encontré hablando con una chica de unos dieciocho años que escapaba de su casa por los maltratos de la madre y apatía del padre. Eso lo supe por Marcial, que le consiguió un pequeño cuarto en una pensión de un amigo. Así conocí a otras personas en desgracia que tenían la suerte de conocer al anciano. Chicos de la calle, exdrogadictos. Todos tenían un lugar en la mesa cuando les hiciera falta. No quise ser solo un observador de aquella situación y decidí ofrecer mi ayuda al viejo taxista en su cruzada. Yo ayudaba con lo que estaba a mi alcance, un poco de comida para alguien que tenía días sin comer, unos cuantos cientos de pesos para pagar las medicinas del hijo de alguien. Todo suma, decía Marcial, feliz de poder ayudar. Yo compartía esa alegría, por primera vez en mi vida sentía que era parte de algo de verdad importante. Era una lastima que mi esposa no compartiera esa alegría. Aunque al principio pareció estar feliz por la nueva manera de ver la vida, lo cierto es que después de un tiempo empecé a notar que estaba apática y distante. Las cosas continuaron iguales hasta que hace unos días la interrogué al respecto. Al principio quiso evadir la conversación con la excusa de que no sucedía nada, que todo era idea mía, pero al final la presioné y terminó revelando que lo que la tenía molesta era está nueva autosuficiencia mía. Esta afirmación me dejó sorprendido. Ella había sido la más perjudicada con mi actitud de descuido, ya que debía cargar sin ayuda con la responsabilidad de mantener nuestro matrimonio funcionando. Pensé que liberarla de aquella carga la haría feliz. Respondió con claridad que, a pesar de que mi antiguo yo era perezoso y casi un inútil, prefería lidiar con él y no conmigo; según ella el yo de antes era fácil de manejar. Estaba tan abstraído en mis asuntos que no tenía tiempo de discutir cualquier decisión que ella tomara. Según manifestó, nuestro matrimonio funcionaba porque uno decidía y el otro acataba, pero ahora esa dinámica se había roto y yo también quería tener poder de decisión. Me confesó que no le agradaba que saliera tanto a la calle, que prefería que estuviera en casa como antes. Además admitió que Marcial no le caía bien, que estaba segura de que era una buena persona pero que eso no era suficiente. Yo escuché en silencio tratando de procesar toda aquella información. Estaba totalmente confundido, había pasado diez años escuchando los reclamos de mi esposa, sobre mi pereza y lo pesado que era para ella tener que lidiar con todo lo relacionado con nuestro matrimonio. Ahora que había admitido mi error y trabajado para ser el hombre ella pedía que fuera, resulta que tampoco es suficiente. Salí a dar una vuelta y dejé a Alicia en casa. Tenía mucho en que pensar y no sabía si encontraría la manera de solucionar este nuevo problema.

Di vueltas por la ciudad sin un rumbo fijo, sin darme cuenta termine frente a la casa de Marcial. Era temprano y supuse que no estaría en casa. De todas formas, entré. Doña Marta me recibió con esa amabilidad maternal de siempre. Me invitó a tomar un café mientras esperaba a su marido ella no tardó en darse cuenta de que algo no estaba bien conmigo. No tenía una relación tan cercana con doña Marta, como la tenía con su esposo pero al final terminé contándole todo el asunto con mi esposa, pensé que una mirada femenina podría ayudarme a encontrar alguna solución, si es que la había.

La señora fue muy amable y comprendió la situación sin que yo tuviera que abundar en detalles.

—Antes de amar a alguien tienes que comprenderlo —dijo la anciana con una sonrisa—. Nosotros, la gente, somos locos —afirmó con autoridad. —Yo no entendía nada, pero permanecía en silencio hasta ver a dónde nos llevaba la conversación—. Tu mujer tenía razón cuando dijo que en las relaciones hay uno que manda y el otro obedece —agregó—. Es un jueguito de tira y afloja para ver quién tiene más fuerza. —Me explicó que en mi matrimonio esa competencia no se dio porque desde el principio me quedé fuera del juego sin siquiera saber qué estaba sucediendo—. Entre Marcial y yo —concluyó—, existe esa competencia; estamos siempre con ese tira y afloja, unas veces yo lo dejo ganar y otras él me deja ganar a mi. En cuarenta años de relación debes aprender a convivir con esa otra persona igual que tú, que tiene sus propios pensamientos.

—¿Qué debo hacer para resolver la situación? —le pregunté—. No puedo desaprender todo lo que aprendí en los últimos meses y volver a ser la persona dependiente que era.

—Tu esposa tendrá que aprender cosas nuevas al igual que tú lo hiciste —me respondió doña Marta con calma—. La gente cambia y los que están a su lado deben aprender a vivir con eso. Será decisión de ella si acepta o no la persona que eres ahora.

Regresé a casa con las ideas más claras listo para conversar con Alicia, sin embargo no fue necesario. Sobre la mesa de la cocina hallé una carta en la que mi esposa se despedía de mí, dando por terminado nuestro matrimonio. Ella argumentaba que nuestra relación había llegado a un punto en que no había manera de reparar lo que estaba dañado. Que mi cambio repentino solo aceleró algo que tenía años gestándose.

Me quedé no sé cuántas horas sentado en la cocina, mirando hacia la nada. La vida que conocí hasta hace unos meses ya no existía. Mi esposa me dejó y lo irónico es que de cierta manera fui el responsable.

Han pasado varios meses y la separación no dolió tanto como yo esperaba. El mundo no dejó de girar y mi vida aunque iba más lenta, tampoco se detuvo. Encontré que mi existencia era más que un matrimonio. Aún estoy aprendiendo y creo que nunca terminaré. Sigo ayudando a Marcial con sus obras de bien, me he vuelto más cercano a la familia, sobre todo a Mariana una de las hijas de Marcial. Heredó la personalidad combativa de su padre y la belleza de la madre por suerte.

—No sabes lo que la vida te traerá. Bueno, malo. Eso nadie lo sabe, solo puedes tratar de prepararte lo mejor posible. —Eso me dijo el anciano un día y estoy completamente de acuerdo.

 

Meses después entendí que aquella noche no aprendí a pelear, sino a perder sin derrumbarme. Perdí a Alicia, sí, pero también dejé atrás al hombre que necesitaba que otros vivieran por él.

Una tarde, al cerrar el portón de la casa de Marcial, me vi reflejado en el vidrio del taxi: tenía las manos ásperas, un corte reciente en el labio y una calma que antes no conocía. Ya no temblaba. No porque el miedo hubiera desaparecido, sino porque había aprendido a caminar con él.

Mariana salió a mi encuentro con una sonrisa burlona y me lanzó los guantes.
—A ver si hoy aguantas más —dijo.

Los até despacio. Esta vez no para demostrar nada, ni para impresionar a nadie. Solo porque podía.

Marcial, desde la puerta, asintió en silencio.

Y entonces lo entendí: en la vida no se trata solo de evitar los golpes, sino de elegir por qué vale la pena recibirlos.


Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y ocho años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9.

martes, 17 de marzo de 2026

LA NIÑA Y LOS FUNERALES

Rafael Martínez Liriano 

 

La primera vez que Mirna vio al extraño, este estaba parado al lado del muchacho que trataba inútilmente de revivir a su hermano menor, que minutos antes había sido empujado por ella al río. La pequeña se quedó paralizada, ignorando los gritos de su madre, con la mirada fija en aquel hombre extraño que la miraba desde lejos. La dejó fascinada con su porte señorial, su seriedad misteriosa y aquel traje púrpura tan llamativo a los ojos de una niña. 

Años después lo vio por segunda vez. El hombre permanecía de pie entre la gente concentrada alrededor del ataúd en el que yacía la madre de Mirna. El sol de primavera brillaba intensamente, desparramando luz por todas partes. Un día perfecto para hacer cosas alegres, no para un funeral, pensó Mirna, fijándose en el contraste entre el cielo brillante y la tierra cubierta de negras figuras cabizbajas y mustias. Mirna recordó de inmediato al hombre que años atrás la había cautivado sin saber por qué. Se dio cuenta de que la fascinación por aquel extraño estaba intacta a pesar de los años. Se preguntaba quién era y por qué parecía estar ligado a ella de alguna manera. Mirna sintió el impulso de acercarse, pero cuando se dio cuenta, el extraño había desaparecido. Se preguntó si alguna vez lo encontraría de nuevo en su camino. 

El tercer encuentro se dio a instancia de Mirna, que creyó haber hallado un patrón recurrente en sus encuentros. Puso a prueba su teoría cerrando el flujo de oxígeno que mantenía con vida a su abuela paralítica. Mirna se paró imperturbable frente a la anciana mientras esta levantaba sus brazos endebles buscando el preciado aire salvador. 

Sus sospechas probaron ser ciertas, y en el funeral de su abuela ahí estaba él, bajo la sombra de un árbol, un poco lejos de la gente, con esa actitud fría y distante. Él la miró por un momento, la saludó moviendo su cabeza y luego desvió su mirada hacia la gente reunida en el funeral. Mirna entendió que entre ella y el extraño se había creado una especie de vínculo. Algo que ella no estaba en posición de entender, al menos por el momento, pero que lograría descifrar sin importar el costo. 

En otro de sus encuentros, Mirna persiguió al extraño hasta el sótano de la funeraria, durante el velatorio de su mejor amiga, a la que vio morir víctima de una sobredosis. Mirna se había quedado inmóvil, en silencio, viendo a su amiga retorcerse de dolor mientras la droga la destruía por dentro, pero esta vez el hombre se desvaneció en el aire al doblar una esquina. Estaba claro que su encuentro solo se daría cuando el extraño lo creyera propicio. Sin embargo, para ella aquellos encuentros adquirieron un significado más profundo, una especie de rito del cual no podía prescindir. Aquel hombre desconocido, parco y silencioso, con su mirada profunda, que solo aparecía cuando la muerte rondaba, estaba unido a ella de una manera que aún no podía comprender. 

Mirna solo podía continuar propiciando sus encuentros sacrificando a sus conocidos, esperando que en uno de esos encuentros el extraño se dignara a dirigirle la palabra y desvelar por fin el misterio que los unía. 

Mirna se vería con el extraño tres veces más antes de su muerte. En una ocasión lo encontró bajo un poste, un poco alejado de la multitud que trataba de rescatar el cadáver de una chica cuyo auto se había estrellado contra la parte trasera de un camión. Había mucha sangre en la calle; a Mirna le pareció increíble la cantidad de sangre contenida en aquel cuerpo tan pequeño. Meses después lo vio en la escena de un incendio que devoraba una antigua casa cuya estructura estaba en ruinas pero era usada como refugio por mendigos y drogadictos. Mirna pasaba por el lugar y se detuvo con la esperanza oculta de encontrarse con su extraño compañero en aquel juego tan peculiar. Y allí estaba él, sereno, tan cerca de las llamas que parecía que su presencia alimentara aquel infierno. Él la miró impávido, como en otras ocasiones. Ambos permanecieron en silencio, dos figuras inmóviles disfrutando del caos y el sufrimiento. 

 Su último encuentro tuvo lugar años después. Habían pasado mucho tiempo. Mirna tenía treinta y cinco años y una vida más o menos organizada. Tres hijos y un esposo nada espectacular pero que decía amarla configuraban una vida tranquila y sin demasiadas complicaciones, lo que cualquiera llamaría un buen pasar. De vez en cuando los deseos de ver al extraño la perturbaban y sentía el impulso de ahogar a uno de sus hijos con una almohada o dejarlo caer en la piscina. Ella, sin embargo, estaba agradecida por haber dejado atrás aquella obsesión. Se había alejado de los cementerios y las funerarias con la excusa de una debilidad nerviosa que le impedía lidiar con la proximidad de un cadáver. De esta manera quería mantenerse lejos de cualquier situación que pudiera despertar en ella aquel deseo de ver al extraño que solo la visitaba en vísperas de una muerte. Se sentía como un alcohólico que evita todo tipo de celebración, consciente de que no sabe si será capaz de resistir la tentación. Sin embargo, como sucede con las personas castigadas por alguna adicción, la pulsión estuvo ahí sin disiparse, latente, permitiéndole creer a Mirna que era dueña de sus deseos o que los había eliminado de su sistema, cuando solo había conseguido desviar su atención con asuntos familiares y una vida carente de emoción. Pero como sucede con el alcohólico, bastó un hecho fortuito, un suceso en apariencia insignificante, para devolverla al final del camino. 

 Una tarde brillante de verano en la que todo parecía estar en su lugar, con el viento que soplaba entre los árboles parecía aliviar un poco el calor omnipresente en toda la montaña, Mirna y su hijo mayor, Marcelo, fueron los primeros en alcanzar la cima. Dejaron atrás a Martín, su esposo, y a los dos hijos menores. Marcelo quedó maravillado por la vista del bosque de pinos y abetos que se extendía como un tórrido mar de verdor contenido solo por las montañas a lo lejos y el azul del mar que le hacía contraste. Mirna se quedó detrás disfrutando de la vista igual que su hijo. De pronto, y sin aviso, un pensamiento la asaltó: pensó en lo fácil que sería empujar a su hijo por el barranco. El chico no sufriría y el riesgo de sobrevivir era nulo. La caída de más de cincuenta metros hasta el fondo aseguraba una muerte instantánea. Mirna caminó despacio, con las manos levantadas listas para empujar al distraído chico que permanecía absorto por el imponente paisaje. Podría ver al extraño de nuevo, y esta vez no lo dejaría escapar; eso fue lo que pensó Mirna cuando estaba a un paso de su hijo. Sin embargo, al último momento se detuvo. 

 —¿No es imponente esta vista? —dijo Marcelo con voz quebrada por la emoción—. Es lo más hermoso que he visto en mi vida y estás aquí conmigo para compartirlo. Gracias, mamá. 

 Mirna se quedó quieta, con la vista perdida. Después sonrió, como si hubiera encontrado la solución a un acertijo. Marcelo sintió las manos de su madre sobre sus hombros y los labios en su mejilla. Mirna le regaló una sonrisa a su hijo antes de saltar al vacío. 

Pero erró en sus cálculos. No murió al tocar el suelo como pensaba. Tampoco sintió dolor; de hecho, no sentía nada. Solo estaba ahí, con su cara reposando en una roca, mientras veía cómo un gran caudal de sangre se esparcía a su alrededor. Sus sentidos se apagaban como el fuego que agoniza sin leña que lo alimente. Con la vista nublada, el bosque se transformó en una mancha verde sin forma. De aquel mar de verdor vio surgir la figura del extraño. Caminaba hacia ella con lentitud y suavidad, ignorando lo abrupto del terreno. El extraño se detuvo ante ella con su rostro carente de emoción y sus ojos profundos mirándola fijamente. 

 —Por fin vienes a mí —musitó Mirna con su último aliento, sintiendo la consciencia de las cosas disiparse más allá del mundo físico. 

 

El extraño permaneció en silencio junto a ella hasta que dejó de respirar. 

 Justo antes de morir, el extraño la miró y negó con la cabeza. Mirna sintió un estallido dentro de sí y fuera de ella al mismo tiempo, como si aquel mensaje retumbara en cada palmo del universo. Sintió que todo su ser se aglomeraba en torno a un lugar en concreto. Por un momento todo fue caos y confusión. Y cuando aquello terminó, estaba de nuevo detrás de su hijo. Tropezó con una roca y perdió el equilibrio. Instintivamente movió sus brazos tratando de no caer y, sin querer, empujó a su hijo por el acantilado. El chico no gritó ni hizo ruido al caer. Quien lo hizo fue su padre. Gritó desesperado al borde del barranco, padre y madre de rodillas, reprimiendo sus impulsos de saltar tras el adolescente. 

 Meses después, Mirna caminaba lentamente por el pasillo de la muerte. El dolor por la pérdida de su hijo la hizo confesar las muertes de su abuela y su amiga años atrás. Su vida terminaría por fin, y con ella sus obsesiones que, siendo ella una niña, habían tomado la forma de un hombre misterioso, mensajero de la muerte. Mientras los guardias ataban sus manos y pies a la mesa, se sorprendió de no experimentar ninguna emoción importante. Estaba tranquila ante la certeza de la muerte. Miraba a las personas detrás del cristal; muchos de ellos parecían estatuas inmóviles y vacías de angustia o entusiasmo. Entre ellos estaba su esposo. Le dolió verlo ahí, sabiendo que estaba para verla morir. Después de escuchar su confesión, su esposo se había convencido de que la muerte de su hijo no había sido un accidente. Ella esperaba sinceramente que su muerte aliviara un poco su dolor. 

Una mujer vestida con un uniforme de enfermera perforó su brazo hasta encontrar la vena. A Mirna le pareció detectar una sonrisa en el rostro de la mujer a pesar de que esta llevaba parte de la cara tapada por una mascarilla, como las que se usan en los hospitales. Un hombre joven con actitud calmada manipuló una consola y un líquido empezó a circular desde tres cilindros pegados a la pared hasta una manguera conectada al brazo de Mirna. Según le dijeron, uno de los líquidos contenía un sedante y los otros dos un potente veneno que lentamente paralizaría su sistema nervioso hasta que su corazón y pulmones dejaran de funcionar. Así la muerte llegaría de forma tranquila y sin dolor. Nunca antes la frase «dormir el sueño eterno» había adquirido tanto sentido, se dijo Mirna al tiempo que su vista y sus facultades se nublaban. 

Mirna recorrió la habitación buscando algo desesperadamente, y lo halló detrás del hombre de la consola. El extraño estaba ahí, mirándola como siempre, pero esta vez, a diferencia de otras ocasiones, caminó hacia ella hasta ponerse a su lado. Mirna lo miró con los ojos llenos de lágrimas. El extraño se inclinó y le susurró algo al oído. 

Todos los presentes vieron cómo la condenada sonreía mientras lloraba y moría apaciblemente.

Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y ocho años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9.

sábado, 21 de febrero de 2026

DORA

Rafael Martínez Liriano


 

A Dora le llamó la atención el movimiento del dedo meñique de su mano izquierda, un movimiento casi imperceptible. Como un latido. No es que hubiera perdido el control de su dedo; aún podía moverlo a voluntad. Podía tomar su taza de café sin problemas y escribir en la computadora. Sin embargo, cuando su mano estaba en reposo y su cerebro dejaba libres sus extremidades, el movimiento hacía acto de presencia. Ella culpó al estrés y no le dio mayor importancia al asunto. 

Esa tarde, al salir del trabajo, un extraño sentimiento empezó a molestarla: un miedo inexplicable se apoderó de ella. Se sentía observada y perseguida por algo o alguien mientras caminaba por la calle. Miró disimuladamente alrededor, buscando el origen de su miedo, pero solo encontró un mar de caras inexpresivas que no le decían nada. 

Pensó en vano que aquel sentimiento desaparecería al llegar a casa, y así fue por unas horas, mientras estuvo en compañía de su madre. No obstante, cuando le tocó ir a dormir, no pudo evitar mirar por la ventana, explorando la calle en busca de algo fuera de lo común en alguna esquina o callejón, pero su búsqueda fue inútil. Luego trató de alejar aquel temor llenando su mente con asuntos de su vida diaria; todo pensamiento era bueno para alcanzar el sueño. Al principio le costó, pero lentamente consiguió relajarse lo suficiente y quedarse dormida. Mas aquella incertidumbre la siguió hasta su sueño. 

 Dora se encontró a sí misma en un lugar desconocido, en compañía de otras chicas, jugando en un inmenso jardín lleno de bellas flores y grandes árboles. Al lado se alzaba el vetusto edificio de una mansión que ella tampoco reconocía. Dora, en su sueño, podía verse a sí misma desde dos perspectivas distintas: por un lado, se veía jugar en el jardín, feliz y despreocupada; al mismo tiempo, se veía oculta entre los árboles, observando a su igual. Sin embargo, eso no parecía ser algo extraño para ella: verse a sí misma en dos lugares a la vez. Mientras la Dora que jugaba parecía ser feliz en aquel lugar, en la otra se notaba un profundo resentimiento hacia sí misma, una especie de dolor. 

La Dora feliz y juguetona, persiguiendo una mariposa de colores, se alejó de sus compañeras y fue a parar a un lugar apartado, cosa que aprovechó su contraparte para acercarse en silencio. Una vez allí, se preparó para atacar. Dora miraba la escena sin poder hacer nada, mientras sus sentimientos se dividían entre las dos partes que ahora estaban en conflicto: por un lado, deseaba proteger a la Dora feliz; pero al mismo tiempo, la invadía una rabia desmedida y deseos de hacerle daño. 

Dora vio cómo su versión resentida tomó por sorpresa a la otra, la tiró al suelo sin dificultad, la golpeó salvajemente y le arrancó el dedo meñique de la mano izquierda con los dientes. Su parte feliz aullaba de dolor, mientras la otra masticaba el dedo y lo tragaba, dejando ver una sonrisa sádica con los labios ensangrentados. Luego continuó devorando a su víctima entre gritos de dolor. 

Dora despertó aterrorizada en la oscuridad. Miró a todos lados hasta que la luz de la ventana le ayudó a ubicarse. Respirando profundo, logró calmar su agitación y se dejó caer en la cama de nuevo. El teléfono marcaba las tres y media de la mañana; difícilmente podría volver a dormir. Se quedó mirando al techo, tratando de borrar la sensación que aquel sueño le había dejado. Todo a su alrededor estaba en silencio, excepto por el sonido de uno que otro auto a lo lejos. De repente, empezó a escuchar un sonido lejano: pasos que se acercaban lentamente. El caminante avanzaba lento por la acera de enfrente. Dora siguió el sonido de los pasos hasta que se detuvo al otro lado de la calle, justo frente a su casa. Ella esperó hasta escuchar el sonido de una puerta al abrirse en algún lado, el tintineo de unas llaves. Pero nada rompía aquel silencio que ahora la perturbaba. Miró de nuevo el teléfono: las cuatro y diez. Y ningún sonido del caminante. Quienquiera que fuera aquella persona, ya tenía cuarenta minutos parada frente a su casa. Debía ser un borracho que se quedó dormido en el farol, se dijo. Pero esta explicación no le dio el sosiego que necesitaba. Su intranquilidad se enfocó ahora en la incógnita de aquel caminante: ¿quién era y por qué se había detenido justo frente a su casa? El silencio le taladraba la cabeza, destrozando su calma. Por fin, decidió mirar hacia afuera y acabar con aquel tormento. En silencio, se levantó de la cama y, a gatas, se dirigió a la ventana; esta forma de moverse le daba seguridad, ya que estaba convencida de que no era vista desde fuera. Lentamente, se asomó a la ventana hasta poder observar la acera de enfrente. Debajo de un farol, bajo una luz moribunda, halló al caminante recostado del poste, con la cabeza baja. Dora miró la figura que permanecía inmóvil, tratando de encontrar algún detalle que pudiera reconocer. Entonces, la figura levantó la vista, cruzando su mirada con la suya. Dora dejó salir un grito de espanto al reconocer al caminante. 

 

La madre de Dora la halló en el suelo de su cuarto, inconsciente y agarrando su brazo izquierdo con fuerza. 

 

Dora despertó en el hospital, nerviosa por el susto de la noche anterior, con su madre al lado tratando de calmarla y de saber qué le había sucedido. La chica la miró con tristeza mientras levantaba su brazo izquierdo para que su madre lo viera. 

—Pasa que Carla  está matándome desde adentro —dijo Dora, manteniendo su brazo tembloroso en alto—. Carla está viva dentro de mí y quiere recuperar lo que le quité. 

—¿Tienes alguna enfermedad? —preguntó la madre, asustada. 

—¡Nooo!... No sé... —La pobre chica sacudió su cabeza, confundida—. No estoy muriendo, no físicamente, pero Carla está tomando control de mí cuerpo. Estuvo anoche en mi sueño y después frente a la casa… Tengo miedo, mamá. 

La chica abrazó a su madre buscando protección. 

 —No entiendo lo que dices, mi amor, tu hermana Carla murió al nacer y tú no le quitaste nada. Su muerte se debió a complicaciones de mi embarazo; deja ya de culparte. Si tu hermana estuviera viva se sentiría muy triste al verte así. —La madre de Dora empezó a llorar, incapaz de entender y dar alivio al sufrimiento de su hija. 

 

En los días siguientes, Dora pasó por una infinidad de exámenes y entrevistas con médicos que dieron una variedad de opiniones acerca de su padecimiento. Al final, la enviaron a casa con una montaña de pastillas para tomar. Ella las ingería sabiendo que serían inútiles, pero no quería dar más problemas a su madre. Volvió al trabajo y trató de llevar una vida normal. Sin embargo, aquella sensación de peligro permanecía; su miedo a los espacios abiertos y a la cercanía de las personas se hacía cada vez más insoportable. 

 Una noche tuvo otro sueño, un poco diferente: de nuevo soñó que estaba en el jardín, pero esta vez las chicas que en el anterior sueño jugaban alegres ahora estaban tiradas, inmóviles en la hierba, mientras un anciano con una gran barba y un delantal ensangrentado tomaba a las chicas por los pies y las arrastraba a algún lugar dentro del bosque. Dora sintió miedo de que el anciano hiciera lo mismo con ella, a pesar de que estaba de pie. Entró en la mansión para alejarse del anciano. En la puerta encontró a una mujer vestida de blanco; Dora pensó que la mujer debía ser una enfermera por el color de la ropa. Cuando se acercó a ella para informarle lo que el anciano hacía con las chicas en el patio, vio que la mujer no tenía nariz ni boca, y dos líneas de sangre bajaban por su rostro pálido, manchando el vestido hasta caer al piso. Dora quiso preguntar la razón del llanto, pero decidió no molestarla. De pronto, la mujer la tomó de la mano, llevándola por un pasillo. Ella preguntó a dónde iban.

—Te esperan para tu juicio —dijo la mujer, a pesar de no tener labios. El pasillo terminaba en un par de grandes puertas de metal que se abrieron ante ellas para darles paso a un gran salón. El salón era inmenso, con enormes ventanales que dejaban entrar la luz de la tarde. En un lado, Dora contó seis filas de asientos en donde estaban sentadas unas estatuas de piedra; frente a ellos estaba el estrado de los jueces, tan elevado que ella no podía ver sus rostros. 

—Ella robó —se escuchó en la sala. —Dora buscó a la persona que había hablado, pero no la encontró—. Ella me robó —repitió la voz. De nuevo, Dora buscó el origen de la voz, y esta vez tuvo éxito: al otro lado de la sala, junto a uno de los ventanales, había una cama sin sábanas ni almohadas; en ella yacía el cuerpo de una mujer con el brazo levantado. 

La mujer en la cama tenía el cuerpo desfigurado por terribles heridas. A pesar de ello, Dora reconoció a su otro yo, que en el sueño anterior jugaba feliz hasta que fue atacada por su igual malvada. La chica de la cama no dejaba de acusar a Dora de haberle robado: 

—Ella me robó —repetía—. Me robó todo lo que soy, excepto por mi brazo, que he recuperado. 

Dora quiso defenderse de aquellas acusaciones, aclarar que no había sido ella quien la atacó; pero cuando intentó hablar, se dio cuenta de que su boca había desaparecido. Vio cómo la chica de la cama reía descaradamente. 

—Queda condenada al olvido —dijo una voz que venía de lo alto del estrado. Sin poder defenderse de las acusaciones, Dora intentó escapar de aquel lugar, pero se vio rodeada por las estatuas de piedra que ahora se movían para impedirle escapar. En poco tiempo, fue arropada por un mar de manos que desgarraban su carne y la ahogaban hasta morir. 

 

Dora despertó llena de miedo por el sueño que acababa de tener, y fue peor su angustia cuando trató de quitarse la sábana de encima y notó que no tenía movimiento alguno en el brazo izquierdo. Aquel hallazgo terminó por condenarla a una eterna locura. 

 Aquella mañana, la madre de Dora la halló en el baño, inconsciente por la hemorragia, junto a un charco de sangre y su brazo izquierdo en el lavamanos, aún con espasmos. Dora despertó en los brazos de su madre.

—Ya nada me persigue, mamá —dijo—; por fin puedo dormir tranquila. 


Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y ocho años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9.

     

 

  

viernes, 14 de noviembre de 2025

ODIO

Rafael Martínez Liriano

 

El monaguillo entró de manera intempestiva a la sacristía trayendo el polvo de la calle en sus pies.

—¡Doña Herminia le manda decir que vaya rápido! —Soltó el chico quedándose sin aliento—. Don Manuel se está muriendo y ella quiere que se confiese antes.

—¿Don Manuel se quiere confesar? —preguntó el padre Fonseca al chico que tomaba un largo sorbo de agua del jarrón—. ¿No será cosa de doña Herminia?

El chico se encogió de hombros por toda respuesta. 

Resignado, el padre tomó el polvoriento camino hacia la casa de don Manuel dando por hecho la inutilidad del viaje. 

En el lujoso recibidor lo esperaba doña Herminia dormitando en una silla mecedora. 

La anciana levantó su nonagenaria humanidad al notar la presencia del sacerdote, con dificultad se puso de pie e hizo una reverencia. El padre dibujó una cruz en el aire y de inmediato fue al grano.

—Juanito me ha dicho que usted quiere que confiese a don Manuel. ¿Está segura? No quiero problemas con don él.

La anciana se dejó caer de nuevo en la silla, luego ordenó al padre que hiciera lo mismo. 

—Hace mucho tiempo que no estoy segura de nada —respondió doña Herminia con la respiración pesada—. Pero veo que al parecer mi hijo se marchará primero que yo de este mundo… y no quiero vivir sabiendo que él está en el infierno. Por eso le pedí que viniera.

—No creo que a don Manuel le importe mucho donde vaya cuando muera. Usted lo sabe.

—A él tal vez no, pero a mí sí me importa —aclaró la anciana—. Además debería importarle a usted también padre, al final mi hijo es otra oveja descarriada esperando un pastor que la devuelva al rebaño. 

 El sacerdote sonrió levemente ante el sarcasmo de la anciana.

—Su hijo no es precisamente una oveja perdida que necesite ser rescatada —respondió el padre con la misma ironía—. Además esto no se trata de lo que usted o yo queramos, hay que ver qué opina su hijo, y conociendo como es no creo que le interese hacer una confesión.

—Él aceptó verlo por petición mía, no es que tenga muchas ganas de discutir.

Con sus reservas el padre aceptó ver al moribundo.

Doña Herminia acompañó al sacerdote hasta la habitación del enfermo que yacía en la cama sin moverse, don Manuel giró la cabeza con dificultad al notar la presencia de su madre y el padre.

—El padre Fonseca ha venido. —La anciana soltó estas palabras y de inmediato abandonó la habitación sin esperar respuesta.

El padre se quedó parado al lado de la cama, sin saber qué hacer a continuación. 

—Siéntese, padre —dijo el enfermo con una voz llena de autoridad a pesar de la evidente agotamiento.

—Su madre me ha dicho que quiere confesarse —dijo el padre con timidez.

—Ella es la que lo desea —aclaró—. A mí me da igual a donde vaya a parar mi alma si es que la tengo. 

—¿No quiere hacerlo entonces?

—No he dicho eso padre, por lo que veo a usted tampoco le agrada mucho la idea de que mi alma se salve y vaya al cielo. —Don Manuel miraba fijamente al padre que esquivaba su mirada—. Preferiría que yo renunciara a cualquier posibilidad de redención, ¿me equivoco?

—Tengo un deber que cumplir y no me toca a mí decidir sobre estas cosas.

—¿Y qué tal si estuviera en sus manos mi salvación, me salvaría padre? —preguntó don Manuel sin ocultar la burla en su pregunta. —El sacerdote se quedó callado—. No se preocupe padre —continuó don Manuel—. No me voy a confesar en busca de salvación, no creo que arrepentirme de lo malo que he hecho vaya a cambiar nada, por supuesto tampoco es que me arrepienta.

—¿Qué haremos entonces? 

—Le contaré una historia, algo que sucedió hace más de cincuenta años en este pueblo, algo tan terrible que la gente lo borró de su memoria, y que explica en parte lo que soy como persona. Usted no la conoce y no tiene por qué. A nadie he narrado lo que ahora escuchará padre, y se lo cuento a usted tal vez con la esperanza de redención, no mía sino de los involucrados. Es la historia de Renata Ramírez. 

—Le escucho.

 

Hace cuarenta y cinco años atrás yo tenía dieciocho años y estaba listo para convertirme en hombre o al menos eso pensaba; tenía las tierras que mi padre me había dado y la mujer con quién quería compartirlas, Renata Ramírez, la más bella del pueblo por mucho, espigada y de una palidez enfermiza que le confería un halo divino para todo aquel que la viera. 

Ella me fue prometida desde los seis años por acuerdo de nuestros padres, la imposición del matrimonio en lo personal no me molestaba, de hecho me agradaba la idea, yo amaba a Renata desde el primer momento en que la vi. Así se lo hice saber años después. Ella sin embargo, respondió con un parco “yo también te quiero”. Más que alegrarme, me dejó confundido la falta de emoción de la respuesta. Era tan reservada para mostrar sus emociones que era difícil saber lo que le pasaba por la cabeza... y por el corazón. Pero a pesar de mis sentimientos por Renata, siempre fuimos amigos, yo estaba convencido de que esa relación de amistad sería suficiente para tener una buena convivencia cuando llegará el momento de vivir juntos como pareja. 

Nuestra vida parecía encaminada hasta que las cosas empezaron a cambiar, mejor dicho, Renata cambió de pronto su forma de ser. Siempre fue una chica tímida pero alegre y de carácter apacible. Sin embargo, de pronto se volvió voluble e irascible, podía estallar de ira por la mínima provocación, cada vez salía menos de su casa y todos los que la conocíamos nos preguntamos qué le sucedía. La respuesta empezó a correr un día como rumor por todo el pueblo, nadie sabe de dónde salió o si tenía algún rastro de verdad, el caso es que todos el mundo comentaba que alguien había visto a Renata y a su padre teniendo sexo en lugar apartado que cambiaba dependiendo de quien contara el chisme.

Por supuesto nadie se atrevía a desmentir o confirmar aquel rumor, todos nos dedicamos a mantener una pose de normalidad, ya que nadie se atrevía a tratar un tema tan escabroso. Todos sonreían en la calle al ver a la familia de Renata y así la vida siguió hasta una mañana en la que la gente del pueblo halló un cartel gigante en medio de la plaza denunciando la conducta depravada de Renata y su padre. En ese momento todo el pueblo se unió para insultar a la familia Ramírez en frente de su casa, solo esperaban que alguien lanzara la primera piedra para desatar su reprobación y odio. 

El padre y los hermanos de Renata salieron armas en mano para callar las voces que los acusaban, pero por suerte la multitud se dispersó y la sangre no llegó al río aquel día. Yo por mi parte traté de hablar con Renata más de una vez pero su padre veía a todos como enemigos y no dejaba entrar a nadie en la casa. Yo estaba desesperado por aclarar aquella situación, quería… necesitaba escuchar de sus labios que todo aquello era mentira y así recuperar la tranquilidad que había perdido. Pero Renata se llevó la verdad con ella esa misma noche, al amanecer la gente del pueblo halló en la plaza la palidez mortuoria y los ojos vacíos inyectados en sangre de Renata que se movía con la brisa como un péndulo macabro. Renata le dio a la gente del pueblo redención de sus pecados con el sacrificio supremo. La mayoría de la gente tomó el suicidio como una confesión. Renata no pudo soportar la culpa, decían algunos. 

Días después, el padre de Renata desapareció sin dejar rastro. Todos en el pueblo dijeron que había huido del rechazo de la gente. Al poco tiempo la gente empezó a quejarse del mal olor y sabor que tenía el agua del pueblo. Cuando el alcalde mandó investigar en el tanque que abastecía de agua al pueblo hallaron el cadáver ya podrido de Ramírez, que no encontró una mejor manera de vengarse que hacer que todos tomáramos sus líquidos internos. Y esa venganza tuvo éxito, ya que mucha gente enfermó debido al espanto de haber tomado agua de cadáver y más de uno acabó muriendo tras exhibir los más diversos síntomas. 

Un año después todos en el pueblo querían dejar atrás el asunto de Renata y su padre, y el resto de la familia se fue del pueblo buscando alejarse de tantos recuerdos dolorosos. 

Por mi parte decidí continuar con mi vida, busqué una nueva pareja y me casé aquel mismo año. Sandra era una chica alegre y anodina en comparación con Renata, una chica del montón que no destacaba en nada. Pero sería una buena esposa o eso esperaba. Los primeros años de matrimonio fueron normales, cada quien cumpliendo su función, ella siendo la esposa abnegada y yo el esposo proveedor con pocas muestras de afecto, pero tampoco de desagrado, todo marchaba como estaba previsto hasta que una noche la escuché hablar con una amiga sobre el incidente de Renata, decían lo triste que había sido y lo arrepentidas que estaban de haber puesto aquel cartel en la plaza. En ese momento algo dentro de mi estalló, una furia terrible recorrió mi cuerpo. Por un rato me quedé paralizado por la revelación, quería matarla por haber hecho algo tan bajo con su amiga y con la mujer que amé. Como pude, salí en silencio de la casa y estuve horas caminando sin rumbo por mis tierras, con la cabeza revuelta por la confusión. Al final tomé la peor decisión, matarla solo me haría otra víctima de toda aquella estúpida historia, iría a la cárcel solo por hacer justicia. 

Desde aquel día la vida de mi esposa sería un infierno y así sería hasta que exhalara su último aliento. Me transformaría en el ser humano más bajo y ruin del que podía ser capaz. Y así fue, padre; desde aquel día en todo el pueblo se conoció la maldad con la que torturé a Sandra. La humillé y maltraté de formas que aún me duelen. Y lo peor de todo es que ella nunca supo el motivo de todo aquel odio. 

Es decir, no lo supo hasta su último día. Ahí, en su lecho de muerte, dónde fue a parar gracias a mí, que Renata tuvo su venganza. Al final le hable de la conversación que escuché años atrás entre ella y su amiga. Ella sonrió y como pudo me confirmó que sí, que había puesto aquel cartel con la ayuda de su amiga, pero que lo hizo por pedido de la misma Renata, que estaba cansada de sufrir los ultrajes de su padre y quería mostrar su verdadera cara ante todo el pueblo, que no sabía de las intenciones de Renata de cometer suicidio, y que solo lamentaba no haber podido hacerme feliz.

El padre Fonseca se quedó en silencio procesando aquella historia.

—Sandra en su lecho de muerte me hizo el peor daño que podía hacerme —dijo Manuel con tristeza—. Hubiera preferido que fuera culpable mil veces, que hubiera matado ella misma a Renata, pero no. En vez de eso, al final resulta ser otra víctima en toda esta maldita historia de mentiras y secretos. 

—Cada uno hace lo que cree correcto en su momento —dijo el cura—, usted lo hizo, lo hizo Sandra y Renata también.

—Y así tuve que vivir con las consecuencias de mis acciones todos estos años. 

—Todos debemos hacerlo, es la voluntad de Dios—dijo el padre.

—Quisiera que fuera la voluntad de Dios —dijo Manuel con una sonrisa desanimada en los labios—. Si así fuera entonces yo no tendría responsabilidad en todo esto, ya que todo lo que ha sucedido no sería más que el plan macabro de algún ser caprichoso, pero usted y yo sabemos que al final no hay excusas, todos somos responsables y no hay un infierno para mí ni un cielo para Sandra y Renata.

—Eso no puede usted saberlo hasta que muera —replicó el sacerdote visiblemente alterado.

—Tiene razón padre y ahora quiero que se vaya. Ya dije lo que quería decir. Si quiere tómelo como una confesión y haga lo que debe con esta historia. Solo le pido que no ruegue por mi alma.

—¿Ni siquiera en este momento deja usted esa soberbia?

—No es soberbia padre —respondió tranquilo don Manuel—. Es solo que de existir algo parecido al cielo no quisiera que mi alma vaya a parar al mismo lugar que Sandra y Renata; eso no sería justo. 

Esa noche don Manuel murió mientras dormía. Al día siguiente el padre Fonseca rogó por su alma.


Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y ocho años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9. 


JULIA DREAM