Rafael Martínez Liriano
No
sé exactamente por qué me detuve. Había salido a caminar sin rumbo fijo después
de cenar, intentando despejar la cabeza, cuando escuché los gritos al doblar la
esquina. Un taxi estaba detenido a mitad de la calle, con la puerta del
conductor abierta y las luces aún encendidas. Dos hombres forcejeaban con el
chofer, un anciano que trataba de protegerse con los brazos mientras uno de
ellos intentaba arrancarle la billetera.
Me quedé paralizado un segundo. Lo
razonable habría sido seguir de largo o llamar a la policía. Pero el viejo
lanzó un grito seco, de rabia más que de miedo, y algo en ese sonido me empujó
hacia adelante.
—¡Eh! —grité, sin saber muy bien
qué iba a hacer.
Uno de los ladrones se volvió hacia
mí. Encontré en el suelo un trozo de madera –quizá parte de un cajón roto– y lo
levanté con ambas manos, más para darme valor que para usarlo. Avancé un par de
pasos y volví a gritar. El anciano aprovechó la distracción y empujó con fuerza
al hombre que tenía enfrente.
De pronto la escena se volvió
confusa: golpes, insultos, pasos apresurados, alguien que abría una ventana y
preguntaba qué estaba pasando.
El alboroto atrajo a más personas y
los ladrones al verse superados en número optaron por escapar. Teníamos algunos
golpes; yo obtuve un ojo morado, pero en general estábamos bien. El anciano me
felicitó por haberle hecho frente a esos ladrones, sin saber que la mayor parte
del tiempo estuve temblando de miedo, Marcial, así se llamaba, ofreció llevarme
al hospital, donde me curaron una herida en el pie y los moretones que me había
hecho en la pelea. Cuando salí, Marcial estaba esperando para llevarme a casa.
En el camino de regreso conversamos mucho. El anciano era muy simpático y con
mucha energía; me contó que esas peleas con ladrones eran algo común para él.
Hacía veinte años que era taxista; antes había sido albañil pero tuvo que
cambiar de trabajo cuando se lastimó la espalda. Tenía dos hijas que aún vivían
con él y su esposa. Me fascinó de una manera especial conversar con aquel
anciano.
Al llegar a mi casa lo invité a
tomar algo como agradecimiento por haberme ayudado pero él se negó, dijo que su
esposa lo esperaba para cenar y que era una cita a la que no podía faltar. Me
preguntó si estaba casado y le dije que sí pero que en este momento estaba solo
y le expliqué que mi esposa había viajado. Él, amablemente, me invitó a cenar
en su casa y ofreció traerme de vuelta sin costo adicional; era lo menos que
podía hacer por un compañero de armas. Lo dijo en broma pero a mí me agradó la
idea de que de alguna manera me considerara su compañero.
Fuimos a su casa, que quedaba en
las afueras de la ciudad, y en el camino siguió contándome cosas de su vida. También
quiso saber algo sobre mí y fue entonces que me di cuenta de que tenía poco que
contar; había tenido una vida sin demasiados contratiempos en la que
prácticamente no me había esforzado por obtener lo que tenía. En ese momento
sentí una especie de vacío en mi interior. Una sensación que no sabría cómo
definir.
En casa de Marcial nos recibió su
esposa, Marta, una señora de contextura robusta, más alta que Marcial y
seguramente más joven. Al bajar del taxi, el anciano saludó a su esposa con un
beso y un abrazo. Después me presentó como su nuevo amigo y me invitó a pasar.
Me llamó la atención que Marcial no le dijera a mujer que yo estaba invitado a
cenar; su esposa tampoco preguntó, como si tener amigos con quiénes compartir
la cena fuera algo común para ellos. Ya dentro de la casa, Marcial me presentó
como Miguel, un cliente y amigo. La casa de Marcial era pequeña y humilde,
acorde con su trabajo, pero estaba bien organizada y limpia. Más que la mía
pensé, sintiendo un poco de vergüenza. Durante la cena Marcial y Marta
monopolizaron la conversación a petición mía; quería conocer más acerca de mis
anfitriones. La cena transcurrió entre historias sobre la juventud de ambos y
la manera en que se conocieron: Marcial estaba empezando su oficio como albañil
y por casualidad le tocó hacer unas reparaciones en la casa de Marta. Según él
fue amor a primera vista, ella por otro lado afirmó que le hizo caso solo
porque le dio pena que el pobre se decepcionara después de tanto insistir. Sea
como haya sido, el hecho es que llevaban cuarenta años juntos y no parecía que
su amor fuera a disminuir por ahora.
Después de la cena Marcial recogió
la mesa y me invitó a ir a la cocina con él, me preguntó que prefería hacer, si
lavar los trastes o quitarles el jabón, le respondí que no sabía, que no
recordaba la última vez que lo había hecho. Marcial me miró extrañado y me
preguntó si no lavaba lo platos después de comer le respondí que esas tareas
las hacía mi mujer en su totalidad; de nuevo me miró extrañado y preguntó por
qué, me sentí un poco avergonzado con la pregunta y me excusé diciendo que no
sabía hacer labores domésticas porque nunca había necesitado aprender. El
anciano me miró con una especie de lastima, movió la cabeza de lado a lado y
después me dijo que debía arreglar eso, que no podía ir por la vida ignorante
de las habilidades básicas que una persona debe tener para poder enfrentar lo
que el mundo pueda ofrecerle.
Las palabras de Marcial me hicieron
reflexionar en algo que hasta aquella noche no había prestado atención: era
prácticamente un inútil. Era cierto que poseía muchas habilidades
intelectuales, sabía varios idiomas y tenía muchos conocimientos de diversos
temas pero en lo que se refiere a mi bienestar individual, siempre había
dependido de otra persona, primero de mi madre y la servidumbre de la casa y
ahora de Alicia, mi esposa. Me di cuenta de que la había cargado con la
responsabilidad de llevar el rumbo de nuestro hogar tratándola muchas veces más
como una empleada que como esposa. Nunca se me había ocurrido hacer una
autocrítica tan profunda y sincera.
Aquella noche le pedí a Marcial y a
su esposa que me dejarán convivir con ellos por unos cuantos días para aprender
a ser autosuficiente y ser útil no solo en mi casa sino también en el mundo.
En las semanas siguientes Marcial
me tomó como su ayudante. Después del trabajo iba con él a su casa a realizar
los trabajos más diversos, desde arreglar el patio trasero y delantero de la
casa –nunca había usado un pico y una pala; es super agotador– hasta cocinar un
guiso. Marta me enseñó a cocinar lo mejor que pudo, aunque debo admitir que soy
un alumno muy malo, pero al menos ya no tendría que pedir comida si tengo
hambre. Marcial incluso me llevó al gimnasio de un amigo suyo donde estoy
aprendiendo a boxear. Marcial dice que uno nunca sabe qué día se va a encontrar
con otro par de ladrones; es mejor estar listo aunque no haga falta.
Alicia volvió tres semanas después
y yo la recibí con la comida que le gustaba preparada por mí, me aseguré de
organizar y limpiar la casa. Quería que mi esposa notara el cambio que había experimentado,
quizás era un cambio sutil pero que para mí significaba mucho. Ella se
sorprendió por mi nueva faceta de ser humano autosuficiente, aunque si me
preguntan, diría que su reacción fue menos efusiva de lo esperado. Supongo que
ella pensó que el hecho de que por fin cumpliera con la parte que me
correspondía no era algo que mereciera una celebración. La dinámica del hogar
cambió en las semanas siguientes, Alicia y yo nos alternamos las tareas y
además empezamos a salir más a menudo. Mis salidas a la casa de Marcial se
hicieron frecuentes, y así descubrí que no era el único visitante frecuente a
aquella casa. Un día me lo encontré hablando con una chica de unos dieciocho
años que escapaba de su casa por los maltratos de la madre y apatía del padre.
Eso lo supe por Marcial, que le consiguió un pequeño cuarto en una pensión de
un amigo. Así conocí a otras personas en desgracia que tenían la suerte de
conocer al anciano. Chicos de la calle, exdrogadictos. Todos tenían un lugar en
la mesa cuando les hiciera falta. No quise ser solo un observador de aquella
situación y decidí ofrecer mi ayuda al viejo taxista en su cruzada. Yo ayudaba
con lo que estaba a mi alcance, un poco de comida para alguien que tenía días
sin comer, unos cuantos cientos de pesos para pagar las medicinas del hijo de
alguien. Todo suma, decía Marcial, feliz de poder ayudar. Yo compartía esa
alegría, por primera vez en mi vida sentía que era parte de algo de verdad
importante. Era una lastima que mi esposa no compartiera esa alegría. Aunque al
principio pareció estar feliz por la nueva manera de ver la vida, lo cierto es
que después de un tiempo empecé a notar que estaba apática y distante. Las
cosas continuaron iguales hasta que hace unos días la interrogué al respecto.
Al principio quiso evadir la conversación con la excusa de que no sucedía nada,
que todo era idea mía, pero al final la presioné y terminó revelando que lo que
la tenía molesta era está nueva autosuficiencia mía. Esta afirmación me dejó
sorprendido. Ella había sido la más perjudicada con mi actitud de descuido, ya
que debía cargar sin ayuda con la responsabilidad de mantener nuestro
matrimonio funcionando. Pensé que liberarla de aquella carga la haría feliz. Respondió
con claridad que, a pesar de que mi antiguo yo era perezoso y casi un inútil,
prefería lidiar con él y no conmigo; según ella el yo de antes era fácil de
manejar. Estaba tan abstraído en mis asuntos que no tenía tiempo de discutir
cualquier decisión que ella tomara. Según manifestó, nuestro matrimonio
funcionaba porque uno decidía y el otro acataba, pero ahora esa dinámica se
había roto y yo también quería tener poder de decisión. Me confesó que no le
agradaba que saliera tanto a la calle, que prefería que estuviera en casa como
antes. Además admitió que Marcial no le caía bien, que estaba segura de que era
una buena persona pero que eso no era suficiente. Yo escuché en silencio
tratando de procesar toda aquella información. Estaba totalmente confundido,
había pasado diez años escuchando los reclamos de mi esposa, sobre mi pereza y
lo pesado que era para ella tener que lidiar con todo lo relacionado con
nuestro matrimonio. Ahora que había admitido mi error y trabajado para ser el
hombre ella pedía que fuera, resulta que tampoco es suficiente. Salí a dar una
vuelta y dejé a Alicia en casa. Tenía mucho en que pensar y no sabía si
encontraría la manera de solucionar este nuevo problema.
Di vueltas por la ciudad sin un
rumbo fijo, sin darme cuenta termine frente a la casa de Marcial. Era temprano
y supuse que no estaría en casa. De todas formas, entré. Doña Marta me recibió
con esa amabilidad maternal de siempre. Me invitó a tomar un café mientras
esperaba a su marido ella no tardó en darse cuenta de que algo no estaba bien
conmigo. No tenía una relación tan cercana con doña Marta, como la tenía con su
esposo pero al final terminé contándole todo el asunto con mi esposa, pensé que
una mirada femenina podría ayudarme a encontrar alguna solución, si es que la
había.
La señora fue muy amable y
comprendió la situación sin que yo tuviera que abundar en detalles.
—Antes de amar a alguien tienes que
comprenderlo —dijo la anciana con una sonrisa—. Nosotros, la gente, somos locos
—afirmó con autoridad. —Yo no entendía nada, pero permanecía en silencio hasta
ver a dónde nos llevaba la conversación—. Tu mujer tenía razón cuando dijo que
en las relaciones hay uno que manda y el otro obedece —agregó—. Es un jueguito
de tira y afloja para ver quién tiene más fuerza. —Me explicó que en mi
matrimonio esa competencia no se dio porque desde el principio me quedé fuera
del juego sin siquiera saber qué estaba sucediendo—. Entre Marcial y yo —concluyó—,
existe esa competencia; estamos siempre con ese tira y afloja, unas veces yo lo
dejo ganar y otras él me deja ganar a mi. En cuarenta años de relación debes
aprender a convivir con esa otra persona igual que tú, que tiene sus propios
pensamientos.
—¿Qué debo hacer para resolver la
situación? —le pregunté—. No puedo desaprender todo lo que aprendí en los
últimos meses y volver a ser la persona dependiente que era.
—Tu esposa tendrá que aprender
cosas nuevas al igual que tú lo hiciste —me respondió doña Marta con calma—. La
gente cambia y los que están a su lado deben aprender a vivir con eso. Será
decisión de ella si acepta o no la persona que eres ahora.
Regresé a casa con las ideas más
claras listo para conversar con Alicia, sin embargo no fue necesario. Sobre la
mesa de la cocina hallé una carta en la que mi esposa se despedía de mí, dando
por terminado nuestro matrimonio. Ella argumentaba que nuestra relación había
llegado a un punto en que no había manera de reparar lo que estaba dañado. Que
mi cambio repentino solo aceleró algo que tenía años gestándose.
Me quedé no sé cuántas horas
sentado en la cocina, mirando hacia la nada. La vida que conocí hasta hace unos
meses ya no existía. Mi esposa me dejó y lo irónico es que de cierta manera fui
el responsable.
Han pasado varios meses y la
separación no dolió tanto como yo esperaba. El mundo no dejó de girar y mi vida
aunque iba más lenta, tampoco se detuvo. Encontré que mi existencia era más que
un matrimonio. Aún estoy aprendiendo y creo que nunca terminaré. Sigo ayudando
a Marcial con sus obras de bien, me he vuelto más cercano a la familia, sobre
todo a Mariana una de las hijas de Marcial. Heredó la personalidad combativa de
su padre y la belleza de la madre por suerte.
—No sabes lo que la vida te traerá.
Bueno, malo. Eso nadie lo sabe, solo puedes tratar de prepararte lo mejor
posible. —Eso me dijo el anciano un día y estoy completamente de acuerdo.
Meses después entendí que aquella noche no aprendí a
pelear, sino a perder sin derrumbarme. Perdí a Alicia, sí, pero también dejé
atrás al hombre que necesitaba que otros vivieran por él.
Una tarde, al cerrar el portón
de la casa de Marcial, me vi reflejado en el vidrio del taxi: tenía las manos
ásperas, un corte reciente en el labio y una calma que antes no conocía. Ya no
temblaba. No porque el miedo hubiera desaparecido, sino porque había aprendido
a caminar con él.
Mariana salió a mi encuentro
con una sonrisa burlona y me lanzó los guantes.
—A ver si hoy aguantas más —dijo.
Los até despacio. Esta vez no
para demostrar nada, ni para impresionar a nadie. Solo porque podía.
Marcial, desde la puerta,
asintió en silencio.
Y entonces lo entendí: en la vida no se trata solo de evitar los golpes, sino de elegir por qué vale la pena recibirlos.



