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viernes, 7 de agosto de 2026

DOBLE

Lu Evans


 

El detective Amaral consultó sus notas y apretó los bordes de los ojos con los dedos al reflexionar sobre la historia más absurda y desconcertante que había oído en toda su carrera en la policía. Desafortunadamente, su jefe le había dado el caso y no había forma de librarse de su obligación. Sentado en la sala de interrogatorios, miró al hombre apático que se sentaba al otro lado de la mesa, vestido con un pijama sucio, y dijo:

—Entonces, señor Benjamin Rossi, vamos a empezar desde el principio, pues su testimonio ha dejado muchas lagunas que necesitamos llenar. Usted vino aquí para hablar de su amiga, la señora Velca Gonzales, que ha desaparecido, ¿correcto?

Ben (así es como le gustaba a Benjamin ser llamado) asintió.

—Sí, Velca y yo éramos amigos desde la infancia e incluso compartimos la misma casa; y sí, ella desapareció por completo.

—Pero... señor Rossi, la mujer desaparecida está sentada en la sala de espera de la comisaría, ¡sana y salva, vivísima! ¿Cómo pudo haber desaparecido si incluso el análisis de ADN que le hicimos, por insistencia del señor, probó su identidad? ¿Y no fue ella quien lo trajo aquí hoy, a petición suya?

Ben se rascó la barbita, resultado de algunos días sin afeitarse.

—Me dijiste que reiniciara mi historia, ¿no? —replicó con un tono exasperado. El policía respiró hondo y, con un gesto impaciente, lo estimuló a comenzar la historia por tercera vez—. Como dije, Velca y yo somos amigos desde niños. Nacimos el mismo día y en el mismo hospital. Crecimos en la misma calle, estudiamos en la escuela pública del barrio e ingresamos en la misma facultad, e incluso decidimos seguir la misma profesión... Siempre nos consideramos hermano y hermana, no por lazos de sangre, sino por fuerza del destino y del libre albedrío... Hace unos tres meses, decidimos vivir en la misma casa para reducir gastos. Queríamos algo en una playa apartada donde pudiéramos vivir en contacto con la naturaleza. Después de buscar por unas semanas, encontramos una ganga en la Playa de las Piedras Perdidas y la alquilamos sin pestañear. La casa necesitaba algunas reparaciones y nos mudamos allí hace dos semanas, después de que todos los servicios se completaron.

—Ahí empezaron los problemas, ¿no?

—Sí. La primera semana, yo tenía la impresión de que había alguien rondando la casa. Cuando comenté mi sensación con Velca, ella me miró con un aire asombrado y asustado. Empezamos a estar atentos a cualquier sonido, cualquier movimiento extraño.

—¿Y llegaron a ver a alguien?

—Esa primera semana, no.

—¿Y la segunda semana?

Ben tragó en seco y sintió su frente húmeda. La limpió con la palma de la mano, tomó un sorbo de agua y prosiguió:

—Recuerdo bien la primera vez que la vi. Era el segundo domingo en la casa nueva y yo estaba viendo la televisión en el sofá de la sala, pero me quedé dormido. De repente, tuve un presentimiento muy extraño y abrí los ojos. Vi un bulto que venía hacia mí. Intenté gritar, pero no pude. Intenté moverme, pero mi cuerpo estaba pesado. El bulto se sentó a mi lado y se quedó allí por algunos minutos, y después se levantó y salió.

—¿Era hombre o mujer?

Ben soltó una risa triste y nerviosa.

—Una mujer, sin duda alguna... —Se inclinó un poco sobre la mesa en la dirección del policía y susurró, apuntando con el dedo tembloroso hacia la puerta: —¡Ella!

El policía movió la cabeza lentamente hacia arriba y hacia abajo, confirmando que lo creía.

—Me lo imaginé, ya que viven juntos. Seguramente ella se sentó en el sofá y vio un poco de televisión, pensando que usted estaba dormido. ¿Se ha detenido a pensar en esa posibilidad?

—No, detective Amaral, no lo pensé, porque Velca, mi amiga, no era un bulto, sino una persona de verdad. Y lo que vi en la sala, bajo las luces de las lámparas, fue una persona hecha de sombras... En ese momento, no tenía forma de saberlo, pero era ella, la impostora que está ahí fuera esperándome.

—Que dejó de ser bulto y pasó a parecerse a su amiga. —Amaral intentaba no imprimir en la voz ningún rastro de burla, pero el relato era tan extravagante que temía que tarde o temprano perdería la compostura.

—Tomó su lugar.

—No encontramos ninguna evidencia de que la mujer que lo trajo aquí sea otra más que su amiga Velca Gonzales.

Ben soltó un bufido y cerró los ojos, intentando calmarse. Entonces dijo:

—No me cree, pero no me rendiré hasta demostrar que no es Velca.

—Muy bien. Antes de continuar con la historia, necesito hacerle una pregunta: ¿esta amistad es solo amistad o hay algún elemento romántico?

Ben sacudió la cabeza con fuerza.

—Amistad, nada más.

—Nunca hubo nada, ¿estás seguro? ¿tal vez una pelea, celos?

—Nunca. ¿Usted no cree que un hombre y una mujer puedan ser solo amigos?

—A decir verdad, no… Amigos viviendo solos en una playa paradisíaca... sin decir que ella es muy atractiva, ¿no piensa?

Ben, a pesar de sentirse un poco avergonzado, reveló:

—Yo soy gay.

—¡Ah! Entiendo... ¡Continúe su historia, por favor! Iba diciendo sobre el bulto que se sentó a su lado y después tomó el lugar de su amiga. ¿Qué sucedió mientras tanto entre la primera visión de la criatura y la desaparición de la señorita Gonzales?

—Tan pronto como tuve ese primer contacto con la cosa, no le dije nada a Velca porque pensé que había sido un sueño, un delirio, pero ese fue mi gran error. Esa misma noche ella se enfermó.

—¿Cuáles eran los síntomas?

Ben pensó un poco y relató lo que oyó de la amiga: fiebre, dolor en el cuerpo entero, migraña y manchas oscuras en la visión.

Amaral pasó los ojos a sus anotaciones y, en un rincón del cuadernito, escribió algo.

—Interesante. La primera y la segunda vez, no me dijo nada sobre manchas oscuras en la visión.

—Es porque acabo de recordar ese detalle que ella comentó... Pensé que tenía un resfriado y que pronto se pondría mejor, pero al día siguiente, me di cuenta de que estaba empeorando.

—¿Por qué no la trajo al médico?

—No encontré las llaves de los autos, ni del mío, ni del de ella. La impostora escondió todo.

—¿Por qué no llamó un taxi o incluso una ambulancia?

—No encontré los celulares.

—¿Y la Internet, la computadora? ¿No podía pasar un mensaje a algún amigo o familiar en una red social o por e-mail?

—También han desaparecido mi portátil y el de Velca.

—¿Qué hizo, entonces?

Ben arribó los hombros como si se sintiera vencido por el enemigo.

—Nada. ¿Qué podía hacer? Velca siempre fue más alta que yo, más pesada que yo. Una mujercita, como se dice por ahí. Yo no podría cargarla en brazos hasta la ciudad... Pero me quedé a su lado, y también la alimenté. Hice té, sopa.

—Necesito aclarar ese punto con usted. Mire, no podría estar a su lado todo el tiempo, porque buscó en la casa los artículos que dijo que había perdido, y también tuvo que ir a la cocina para hacer el té, la sopa. Todo esto lleva tiempo.

Ben asintió con la cabeza.

—Y ese fue otro error mío, pues mientras yo hacía todo eso, la impostora iba hasta su cuarto...

El detective usó esa pausa para consultar sus notas y vio que era la primera vez que decía algo así.

—Complete.

—Para robar su apariencia.

—Pero, ¿cómo puede saberlo si estaba en otras partes de la casa?

—¿Qué más podría explicar la enfermedad de Velca?

—¡Muchas cosas, por supuesto! Si es que estuvo enferma recientemente, pues me pareció muy bien dispuesta y saludable cuando lo trajo esta mañana. Y no conteste mis preguntas con otras. Intente responder de forma objetiva y clara. Ya llevamos en eso más de dos horas, mi señor.

—Pues bien, quiere saber cómo puedo explicar lo que le estaba sucediendo a ella... Yo mismo presencié el fenómeno. —Una pausa se alargó hasta que el detective, impaciente, carraspeó—. Decidí dormir con ella aquella noche. Dejé la luz de la lámpara encendida. Me dormí, pero durante la madrugada desperté y vi a alguien entrando en el cuarto. Era un bulto, pero no sólo una figura hecha de sombras. Ahora tenía cabello y ojos, e incluso una boca. El bulto caminó directo a la cama, se sentó cerca de Velca y se quedó allí por un buen tiempo.

—¿Por qué no hizo nada?

—Porque de nuevo no podía moverme... Cuando el bulto decidió irse, no era más bulto, sino una criatura que hasta piel tenía, pero era horrenda, parecía gente, pero no era... Al día siguiente, Velca se despertó, pero estaba muy débil y apenas podía hablar.

—¿Pero dijo algo?

Ben comenzó a llorar. Amaral ya estaba acostumbrado a cosas así, pero algo en Ben era muy cierto: una angustia, una desesperación casi infantil. Eso causó gran incomodidad en el policía.

—¡Hey, amigo! Trate de calmarse o pensarán que le estoy dando una paliza.

Ben pensó que era mejor dejar de llorar.

—Ella confesó que desde la primera noche en la casa de la playa, venía recibiendo la visita de un bulto que conversaba con ella —explicó, calmándose un poco.

Amaral consultó sus anotaciones, una vez más, Ben presentaba un dato diferente. Seguro que estaba inventando nuevas cosas para dar más veracidad a su trama, tal como lo hace un narrador de historias que va creando más detalles, dando más vida a los personajes cada vez que cuenta la misma historia.

—¿Y por casualidad mencionó el tenor de esas conversaciones que tenía con el bulto?

—Sí. La criatura de las sombras decía que iba a matarla.

El policía no sabía qué hacer con toda aquella información, pero había llamado a una siquiatra para estudiar el caso, pues el hombre, desde el momento en que llegó allí, parecía trastornado y delirante. La siquiatra estaba en la habitación de al lado, dividida por uno de esos vidrios que se puede ver a través de un lado y que del otro parece un simple espejo. Amaral sabía que ella estaba trazando hipótesis para explicar el asombroso relato del hombre; así, era necesario ir hasta el final para que ella recogiera todas las informaciones.

—¿Qué pasó después de eso?

— Seguí haciéndole compañía a Velca. Me alejé de ella sólo para conseguir algo de comida o ir al baño, pero ni siquiera para ducharme lo hacía, si sabe a lo que me refiero. —Amaral confirmó con un gesto. Ben olía como si no hubiera visitado la ducha en mucho tiempo. Al menos sobre eso no estaba mintiendo o delirando, concluyó el policía—. Yo tenía miedo de dormir e intentaba mantenerme despierto, pero siempre acababa cayendo por el sueño y, enseguida, me despertaba al notar que la criatura entraba en el cuarto y se sentaba al lado de Velca. Se quedaba allí por un tiempo y cada vez que se levantaba para irse, tenía un parecido aún mayor con mi amiga. Al mismo tiempo, Velca iba quedando translúcida.

—¿Translúcida? —Amaral leyó sus observaciones y no encontró ninguna referencia a eso. Era otro elemento nuevo.

—Transparente. Estaba desapareciendo como le dije al principio. Desapareciendo por completo... Yo lloraba mucho, pero no podía hacer nada. Por fin, en la madrugada de hoy, la impostora vino nuevamente al cuarto, ya bastante parecida a Velca, e hizo como en las noches anteriores. Se sentó a su lado y la miró fijamente. Entonces, cuando el sol estaba saliendo, ella se levantó e hizo una cosa diferente: fue hasta el armario y sacó de allí un vestido de flores que a Velca le gustaba mucho. Se vistió, se calzó con las zapatillas favoritas de Velca, se peinó los cabellos en frente del espejo, tarareando una melodía tal como Velca solía hacer. Y, para mi horror, ella se volvió hacia mí, sonrió y dijo: “El desayuno estará listo dentro de poco”. Y salió tarareando. Cuando miré hacia el otro lado, descubrí que Velca había desaparecido.

Ben comenzó a llorar de nuevo, pero esta vez aún más fuerte.

Amaral giró el cuello hacia el espejo e hizo un gesto sutil con la cabeza. Era la señal para la entrada de la siquiatra que ingresó a la sala con aire grave. Se presentó a Ben, explicó que lo estaba viendo desde el otro lado del espejo y se sentó en la silla al lado de Amaral.

—Señor Rossi —ella comenzó con un tono profesional—, todo lleva a creer que usted tiene lo que llamamos parálisis del sueño. Es una condición en la cual el individuo despierta, pero es incapaz de hablar o moverse, pues los músculos no responden. Es muy común que la persona vea bultos o criaturas aterradoras en esos momentos, que oiga ruidos, que piense estar flotando, que piense que no está respirando, y algunos pacientes incluso sienten malestar físico. La parálisis del sueño puede durar segundos o minutos, y es más común de lo que imaginamos. Entre el 15% y el 40% de la población puede tener alguna situación de parálisis del sueño a lo largo de la vida. Hay diversos relatos sobre este problema en el transcurso de la historia, desde la antigüedad y en diferentes culturas. Algunos expertos sostienen incluso que existe también un factor genético asociado a esto, y otros estudios apuntan a que esta puede ser influenciada por situaciones como estrés, privación del sueño, consumo de bebidas alcohólicas e ingestión de medicamentos para dormir sin prescripción médica. La parálisis del sueño también puede estar relacionada con enfermedades psiquiátricas como trastorno de ansiedad, depresión y síndrome de pánico. Es un fenómeno común en individuos que poseen narcolepsia, que es un trastorno en el cual la persona tiene somnolencia intensa a lo largo del día, aunque haya dormido bien durante la noche. Cuando el fenómeno está relacionado con una enfermedad psiquiátrica, puede ser amainado con tratamiento psicológico y medicamentos... Le enviaré a un excelente médico amigo mío...

La psiquiatra no pudo seguir adelante. Ben comenzó a reírse histéricamente y a golpear la mesa con los puños cerrados. El policía y la psiquiatra se asustaron y se levantaron de las sillas, retrocediendo.

 

Velca lloraba discretamente, secándose los ojos con un pañuelo de papel mientras veía a Ben ser llevado por una ambulancia al instituto psiquiátrico de la ciudad.

—¡Pobre mi amigo! ¿Usted cree que estará bien?

La psiquiatra lo confirmó con una sonrisa amable.

—Hizo bien al firmar los papeles del internado —dijo—. Él se mostró violento e irracional. Sería peligroso llevarlo de vuelta a casa en ese estado. Cree que eres una impostora.

—Pobre hombre. No puedo imaginar por lo que está pasando —comentó el detective.

—Un día, quién sabe, lo entenderá —dijo Velca, y se fue.

Amaral se quedó perplejo con la respuesta. Acompañó a la mujer con los ojos mientras ella entraba en el coche y enseguida se alejaba calle abajo.

Ese día, Amaral se inclinó sobre una pila de informes; el más complicado de escribir fue el caso de Benjamin Rossi. Después, fue a un bar y bebió un poco para relajarse, pasó por el apartamento de su amante y de allí, en algunas horas, llegó a su casa. Tan exhausto estaba que no se molestó en quitarse los zapatos y se acostó al lado de su esposa, que ni siquiera se despertó.

En medio de la madrugada, Amaral despertó de repente, captando una presencia extraña en el cuarto. Vio un bulto acercándose, pero no consiguió hablar o moverse. El bulto se acostó sobre él. Ciertamente era un hombre, pues era pesado y lo hizo hundirse en el colchón, dificultando su respiración. En pánico y sin tener cómo reaccionar, Amaral escuchó la voz ronca, profunda y amenazadora susurrando junto a su oído:

—¡Te voy a matar! ¡Te voy a matar!

Lu Evans es brasileña, licenciada en Periodismo y estudiante de Antropología en el Central New Mexico College/USA. Ha publicado dieciséis libros, algunos de los cuales han sido traducidos al inglés y al español. También es dramaturga, cuyos textos de teatro infantil y para adultos han sido representados y premiados en Brasil. Sus cuentos han aparecido en antologías y revistas nacionales e internacionales. Es miembro del Centro de Literatura y Cine André Carneiro, de la Academia Internacional de Literatura Brasileña y de la Speculative Literature Foundation/USA, de la que es jurado en los concursos A.C. Bose y Diverse Worlds + Diverse Writers. Coordina el proyecto Fantastic Literature by Women/US y Fantastic Writers (con Rozz Messias). Algunas de sus colecciones incluyen autores de distintos países: América Fantástica, Fator Morus, Vozes Intergalácticas, O Último Dia do Futuro y Terra Mágica.

viernes, 22 de mayo de 2026

EQUINOCCIO


Lu Evans

 

 

Vivíamos bajo tierra.

hasta que llegó el momento de emerger.

En la superficie del mundo,

Hemos encontrado al Protector de la Tierra.

Nos dijo que este mundo es un regalo.

Y debemos cuidarlo.

Él dijo: Para encontrar tu hogar,

Necesitas llegar al centro del mundo.

Entonces comenzamos a caminar hacia los puntos más lejanos.

Aprendemos la forma de la tierra con nuestros pies,

y buscamos el centro.

El Protector de la tierra nos dijo

para observar la gran señal en el cielo,

Esto simbolizaría que hemos llegado al centro.

Entonces, cuando vimos la luz brillante en el cielo,

comprendimos que debíamos establecernos en el suroeste.

Y sabíamos que ese era el centro.

 

 

Me tiemblan los pies al subir los estrechos escalones curvos tallados en la pared del acantilado que conducen a la gruta sagrada. Intento no mirar hacia abajo, pues el acantilado me llena de pavor. No me gusta estar a la intemperie; me mareo y siempre pienso que voy a caerme. Mis antepasados ​​debían de tener los pies muy pequeños. Los míos son más largos que los escalones. En invierno es peor, pues todo se vuelve muy resbaladizo con la nieve. Cuando llueve… cuando solía llover… también era peligroso. Incluso ahora, aunque las escaleras estén secas, es un gran riesgo.

Finalmente, en la cueva, me siento y respiro profundamente, intentando calmar mis nervios. La cueva es pequeña y de difícil acceso. Los demás sacerdotes nunca vienen aquí; prefieren usar nuestras kivas, las cámaras circulares que construimos bajo tierra, donde celebramos ceremonias. Pero yo siempre vengo a este lugar para los rituales sagrados, los mismos que usaban mi padre, su padre, el padre de su padre, y así sucesivamente, desde hace muchísimo tiempo, un tiempo tan lejano que es imposible calcularlo. Un tiempo que ocurrió incluso antes de que construyeran las doce grandes casas con sus muchos pisos, cientos de habitaciones, las kivas y los huertos de maíz alrededor de las murallas.

Vengo de una familia de sacerdotes. Para mí, esto es un honor, pero también una maldición tan pesada como un búfalo sobre mis hombros, y por eso camino encorvado a pesar de mi juventud.

Sentado a la entrada de la cueva, observo el paisaje con una extraña sensación: sombría y melancólica. Mis ojos recorren lentamente el gran desgarro en el suelo que sirve de morada a mi pueblo. Es larga y muy ancha; las paredes lejanas del otro lado y las de este lado son nuestros escudos. Veo los edificios más distantes y, muy abajo, nuestra casa más grande, una gran estructura en forma de medialuna con cinco pisos, casi 800 habitaciones y 30 kivas que marcan las seis direcciones sagradas: norte, sur, este, oeste, abajo y arriba. Todo el edificio, con sus largas paredes, indica no solo las seis direcciones sagradas, sino también el paso del tiempo según la posición del sol. Nuestra pared, que va de sur a norte, marca los solsticios. El año solar comienza con el solsticio de invierno, cuando el sol se pone en el sur; cuando se pone en el norte, es el solsticio de verano. Cuando se pone en el centro, es el equinoccio, que también está marcado por otra pared. Todo fue construido con precisión, tras una profunda observación de los movimientos del sol y las estrellas que pueblan el cielo infinito.

Antes, muchos pueblos venían en busca de conocimiento e intercambiando bienes, trayendo aves coloridas, piedras azules, cacao y conchas de bellas formas. Hoy ya no hay visitantes, y casi todos los setenta y cinco asentamientos están vacíos. Lo que queda de mi gente pasa hambre mientras la tierra se seca cada vez más y se transforma en el vientre estéril de la muerte. Demasiado calor en verano, y seco… Demasiado frío y seco en invierno. El río se ha convertido en un hilo de agua; los animales se han ido, las plantas han dejado de crecer, florecer y dar fruto.

Alzo la vista con esperanza. El cielo es azul de punta a punta, un azul intenso y brillante, un cielo como este jamás visto, según comentaron todos los que vinieron. Sin embargo, este maravilloso azul hoy solo me produce tristeza, porque no se ve ni una sola nube, y si no hay nubes, no llueve.

Cuando logro calmar mi respiración, me preparo para el primer ritual del día. De la cesta que llevo colgada al hombro, tomo harina de maíz, plumas de águila y plumas de aves coloridas traídas de los bosques húmedos y lejanos. Con la reverencia que la ocasión exige, deposito las ofrendas en el fondo de la gruta. Saco de la cesta el jarrón cilíndrico que contiene chocolate sagrado y lo coloco junto a las demás ofrendas. Tomo mi flauta de hueso con una serpiente tallada y la toco, pues a los espíritus les gusta la música. Finalmente, enciendo mi pipa y empiezo a fumar, meditando sentado en el suelo, con los ojos cerrados y la mente vacía, solo con el deseo de ser escuchado por los espíritus.

Mezclado con mis oraciones, el humo se eleva desde la cueva como una larga serpiente que asciende hacia el cielo. Espero que mis palabras mágicas lleguen a oídos de entidades ancestrales y sobrenaturales, y que fortalezcan el poder de mi pipa para producir suficiente humo, el cual, a su vez, formará nubes y, con ellas, lluvia. Esta es mi función en este mundo: influir en la naturaleza para el beneficio de mi pueblo.

Aquí el tiempo transcurre de forma distinta, pues este es un entorno mágico habitado por espíritus ancestrales y seres sobrenaturales si se les invoca de la manera adecuada. Siento las sombras brotar de la roca, respondiendo a mi llamado. No se parecen a los vivos; son meras sombras informes. Algunas son más oscuras y contrastan con la roca; otras apenas las percibo. Vienen de un mundo invisible para el ojo humano y me susurran secretos al oído. Hoy me traen malas y oscuras noticias que hacen vibrar todo mi cuerpo, pues mi corazón late con la misma fuerza que los tambores de los navajos, nuestros enemigos. Pero no hablan de esa tribu feroz, sino de un peligro mucho mayor, seres temidos por mi pueblo desde tiempos ancestrales: ¡los hombres-lagarto!

Según los relatos de los ancestros de mi pueblo, los hombres-lagarto vienen de muy lejos en barcos voladores. Tienen el poder de transformarse en hombres de piel pálida, cabello que brilla como el sol y ojos del mismo color que el cielo. Disfrazados con esta apariencia divina, alimentan a mi pueblo con energía maligna, despertando odio, envidia, codicia y violencia, tendiendo trampas para atraer a la gente a sus barcos, desde donde parten hacia la luna, donde devoran a los prisioneros.

Mi pipa se cae y el humo deja de fluir. La comunicación entre los espíritus y yo se rompe como una rama seca bajo mis pies, y se marchan, sus voces reveladoras perdidas en el viento. Vuelvo a estar solo y todo queda en silencio, excepto mi corazón, que sigue latiendo al mismo ritmo que los tambores, creando una música melancólica en mi interior.

No sé cuánto tiempo paso pensando en todo lo que me contaron antes de levantarme e ir a la entrada de la cueva para respirar la fresca brisa de esta estación, pero ningún viento puede calmar mis sentidos.

Veo que a media mañana ya se ha puesto el sol. Tomo mi cesta y mi pipa y comienzo el descenso, prestando atención a dónde piso. Mis piernas se debilitan cada vez más con solo mirar la pronunciada curva de los escalones.

Al llegar a tierra firme, veo acercarse a un joven cazador y a su compañera de aventuras, amigos inseparables desde la infancia. Siempre andan juntos, metiéndose en todo tipo de líos, pero son ingeniosos y disfrutan de los retos como una forma de demostrar su valía. Me serán de gran utilidad.

A medida que se acercan, saludan con la mano.

—Chamán —dice el niño—, nuestro líder nos pidió que viniéramos tras usted. ¿Acaso olvidó que hoy es el equinoccio de otoño y que, antes de que el sol se ponga en el borde de nuestra muralla este-oeste, debemos comenzar la ceremonia de la serpiente venenosa?

—Ambos pasamos la mañana recogiendo las serpientes que se esconden en los agujeros de las paredes de roca —agrega la niña—. Están en las cestas de la gran kiva.

Las serpientes son los únicos animales con el poder de atraer la lluvia, y la ceremonia de danza con serpientes venenosas es muy importante para nuestro pueblo, pero este año serán inútiles. Nada servirá excepto huir.

Pongo una mano sobre el hombro de cada uno de ellos.

—Amigos míos, necesito que me ayuden a convocar a todos. Nadie puede ser olvidado, ni siquiera aquellos que viven en los asentamientos más remotos en los confines de la gran grieta. Los espíritus han venido y me han revelado información importante que debo anunciar.

Al percibir la urgencia en mi voz, la chica, muy seria, apunta su lanza hacia un lado de la grieta.

—Mis pies correrán incansablemente de casa en casa hasta que lleguemos al final de nuestro territorio, en dirección al sol naciente.

Y el niño añade:

—Y mis pies conocen bien los pliegues de esta tierra y recorrerán el otro lado, hacia el sol poniente, llevándome a cada casa hasta que todos sepan que deben venir a escuchar sus palabras.

—¡Gracias! Dígales que vengan sin demora y que estén aquí antes del mediodía.

Los dos jóvenes huyen, cada uno en una dirección diferente, y yo sigo adelante, decidido a cumplir mi misión y salvar a mi gente.

Antes que nada, mis pasos me llevan hasta Ai-Ka, cuyos ojos son más bondadosos que los de una liebre, cautivando mis sentimientos. Ella debe ser la primera en saber la terrible noticia; ella, que tanto ama esta tierra, debe ser la primera en prepararse para partir, pues su vientre está lleno de vida y de él surgirá otro chamán que algún día tomará mi lugar... Cuando la encuentro, está curtiendo pieles para hacer ropa para el bebé. Se detiene al verme, y su sonrisa es breve, pues percibe mi seriedad, y me escucha en silencio. Mis palabras pesan en sus oídos, pero no duda en dejar lo que está haciendo y comienza a empacar sus pertenencias en una cesta.

Así que iré tras nuestro guerrero más valiente. Es mi amigo y su apoyo es importante. También están los ancianos, que son sabios y escucharán lo que tenga que decir, y tomarán en cuenta mis palabras porque saben que tengo contacto directo con el mundo espiritual.

A la hora señalada, los anasazi del Cañón del Chaco se reúnen en la plaza, alrededor del gran árbol. Junto a los ancianos y nuestro guerrero más valiente, hablaré con ellos. Los dos jóvenes que me sirvieron de mensajeros están al lado de mi hermosa Ai-Ka. Ella, con una mirada dulce pero preocupada, acaricia su vientre lleno de vida y luz. Por un instante, me sonríe. ¿Un intento de animarme? Pero es una sonrisa triste que no inspira.

Entre los anasazi, que son puros y pacíficos, hay un grupo que vino del valle de las grandes plantas húmedas, los toltecas, un pueblo astuto que trajo desgracia a esta tierra. Al encontrar aquí a nuestra gente amable y dócil, impusieron las siniestras ceremonias practicadas por su pueblo, subyugando a los anasazi con intimidación e influyendo en nuestra cultura con su maldad. Por su culpa, nuestros sacerdotes comenzaron a cometer actos horribles y a realizar ceremonias de sacrificio. Durante 250 años nos han obligado a hacerlo, creyendo que comer las entrañas de los cuerpos otorga poderes sobrenaturales similares a los de los dioses. Preferimos hacerlo con los navajos, cuando logramos capturar a algunos, pero al no tener enemigos, elegimos gente de nuestra propia nación. Yo nunca he hecho sacrificios. Mis poderes se usan para contactar con los espíritus. Pero ahora, los dioses ya no pueden tolerar estas prácticas y nos están castigando, secando el mundo que nos rodea, haciendo que el agua se filtre profundamente en la tierra e impidiendo que las nubes de lluvia lleguen a esta región.

Miro a los toltecas con disgusto y repugnancia, pero no es a ellos a quienes me dirijo ahora. Me separo del grupo, dando unos pasos hacia adelante para que todos me vean. Mi voz suena autoritaria, aunque también hay un dejo de desesperación.

—Pueblo mío, hoy es el equinoccio de otoño. Es un momento especial, y la frontera entre nuestro mundo y el mundo invisible donde habitan los espíritus es más tenue. Por eso, hoy muchos lograron cruzar para traer noticias graves, noticias muy graves… Hablaban de los hombres-lagarto. —La gente empieza a murmurar aterrorizada, pero yo hablo aún más alto, alzando los brazos para que se callen y me escuchen—. Los hombres-lagarto devoradores de hombres vienen en sus barcas voladoras que surcan los ríos de estrellas, y cuando la oscuridad de la noche envuelva al mundo, llegarán, fingiendo ser seres bondadosos con piel blanca como la nieve y ojos pintados de cielo, con mechones de sol en la cabeza, y tenderán trampas para convencer a la gente de que suba a sus naves redondas, y luego se lanzarán hacia la luna más rápido que un halcón cazando un pajarito. Por eso debemos abandonar este lugar para siempre, para que no nos encuentren. Debemos irnos ahora, antes de que lleguen. Vayamos a las tierras de abajo, a los vastos bosques bañados por la lluvia todo el año, donde abunda el agua, la caza y las frutas, la miel y las raíces.

Más murmullos. Los toltecas se reúnen con los demás sacerdotes y jefes de clan, pero me hacen señas para que no me acerque. Eso no es buena señal. No quieren que escuche su conversación. ¿Qué estarán tramando?

La espera es corta. El líder de mi casa les dice a las personas que dejen de hablar.

—Usaremos magia contra ellos. Dedicaremos nuestras vidas a los dioses, y ellos se encargarán de ahuyentar a los hombres-lagarto.

Niego con la cabeza en señal de desaprobación, pero los toltecas y anasazis que lo rodean sonríen, asintiendo con la cabeza a su líder. Y sea cual sea su decisión, el pueblo la acepta, aunque no esté de acuerdo.

—No tenemos enemigos presos entre nuestras murallas. ¿Vamos a matar a uno de los nuestros otra vez? —pregunto, nervioso ante la idea odiosa que parece tan atractiva para los demás. Sé que esta no es la solución. Escapar es lo único que nos queda.

—Uno de nosotros es mitad navajo. Su sangre es diferente y complacerá a los dioses —dice el líder señalando a Ai-Ka, quien grita.

Mi cuerpo se enfría como si llevara una manta de nieve y hielo. Pero antes de que pueda reaccionar, los Toltecas, conscientes de mis sentimientos por ella, se abalanzan sobre mí con la velocidad de los demonios.

Despierto dentro de una de las kivas. Allí están nuestro guerrero más valiente, su hija pequeña y su compañero de aventuras con sus padres, algunos ancianos y sus familias, y media docena de familias más. No encuentro a Ai-Ka. La desesperación me invade.

El guerrero sacude la cabeza, con la mirada baja y llena de tristeza. Mientras yo estaba inconsciente, ella fue sacrificada, y compartiremos el mismo destino, cada uno de los que se opusieron al sacrificio de Ai-Ka, a quien tanto amábamos. No hay forma de expresar el dolor que siento. Permanezco en silencio en un rincón durante largo rato, solo esperando y pensando en muchas cosas, y al final veo que no hay futuro para nuestro pueblo, no cuando hay tantas formas de morir a nuestro alrededor: los sacrificios, los toltecas tan peligrosos, los navajos tan agresivos, la tierra sin vida del cañón, los hombres-lagarto que se acercan. La muerte y el olvido de nuestra existencia son parte de nuestro destino. Los pueblos nacen bajo la tierra oscura, emergen a la luz y caminan sobre la tierra, y luego desaparecen bajo el polvo del tiempo.

Pero pasan las horas y nadie viene a buscarnos para los sacrificios, así que me doy cuenta, al igual que los demás, de que no se oyen voces ni pasos. Deben de estar durmiendo, y los que custodian nuestra prisión son silenciosos como pumas. Sin embargo, llega el día y el silencio persiste. Es como si el mundo sobre la kiva se hubiera extinguido. Un mal presagio me corroe los huesos, y me doy cuenta de que este sentimiento me acompaña desde que desperté y no encontré a Ai-Ka, pero estaba oculto bajo la tristeza de la pérdida. Ahora, resignado, puedo sentir la premonición con mayor intensidad.

Uno a uno, subimos la escalera para salir de la kiva, tal como lo hicieron los primeros anasazi cuando emergieron de debajo de la tierra, respondiendo al llamado del Protector.

Y no hay nadie más.

Lu Evans es brasileña, licenciada en Periodismo y estudiante de Antropología en el Central New Mexico College/USA. Ha publicado dieciséis libros, algunos de los cuales han sido traducidos al inglés y al español. También es dramaturga, cuyos textos de teatro infantil y para adultos han sido representados y premiados en Brasil. Sus cuentos han aparecido en antologías y revistas nacionales e internacionales. Es miembro del Centro de Literatura y Cine André Carneiro, de la Academia Internacional de Literatura Brasileña y de la Speculative Literature Foundation/USA, de la que es jurado en los concursos A.C. Bose y Diverse Worlds + Diverse Writers. Coordina el proyecto Fantastic Literature by Women/US y Fantastic Writers (con Rozz Messias). Algunas de sus colecciones incluyen autores de distintos países: América Fantástica, Fator Morus, Vozes Intergalácticas, O Último Dia do Futuro y Terra Mágica.

sábado, 21 de marzo de 2026

UNA SOMBRA EN LA LUNA

 Lu Evans

 

—Es simplemente una montaña que parece una pirámide.

La imagen del hombre se congeló en la pantalla del televisor por un segundo antes de que se diera paso al presentador de noticias, quien anunció:

—Estas fueron las últimas palabras que Bret King, profesor de geología de la Universidad de Pensilvania, pronunció ante la prensa hace aproximadamente un mes, antes de emprender un misterioso viaje del que regresó enfermo. El profesor King falleció ayer por la tarde en un hospital de Nueva York. El equipo médico que atendió al renombrado profesor no ha emitido ningún comunicado explicando la causa de su muerte.

Robert Zandy bajó un poco el volumen del televisor, pero lo dejó encendido. Intentó encontrar una posición más cómoda en la cama del hospital, pero le dolía todo el cuerpo. Tenía un aspecto terrible. Su rostro delgado estaba pálido, con ojeras oscuras alrededor de sus ojos enrojecidos. Tenía mucho frío, fiebre y temblores, y le dolían todos los músculos del cuerpo. Incluso la luz de la habitación le molestaba la vista. Se propuso pedirle a la enfermera que atenuara las luces la próxima vez que viniera.

—¡Maldito viejo! —exclamó, apretando los dientes al pensar en el profesor King, y luego tuvo un ataque de tos. Tras recuperarse, se cubrió con la manta hasta el cuello y cerró los ojos, recordando los acontecimientos que llevaron al renombrado profesor y a todo su equipo, incluido el propio Zandy, a contraer la misteriosa enfermedad.

Todo comenzó hacía mucho tiempo, más precisamente en 1935, cuando un aviador estadounidense sobrevoló las montañas antárticas y observó que una de ellas tenía una forma piramidal perfecta. La noticia se difundió y, con el tiempo, los investigadores comenzaron a especular sobre la estructura. Más recientemente, diferentes especialistas analizaron imágenes satelitales hasta que no quedó ninguna duda: existía una formación artificial bajo el hielo.

Algunos argumentaban que una civilización antigua construyó la pirámide hace cien millones de años, cuando esa región gozaba de temperaturas cálidas y abundante vegetación, al estar ubicada en el ecuador. Con el movimiento de las placas tectónicas, la región se desplazó hacia el polo. El problema con esta idea era que dicha civilización antigua habría existido mucho antes del surgimiento del hombre moderno. En otras palabras, si se adoptara esta teoría para explicar la presencia de la pirámide en ese lugar, habría que reescribir toda la historia de la civilización humana.

Otros teóricos, más audaces, buscaron una respuesta en el espacio exterior, preguntándose si se trataba de obra de extraterrestres.

Y, por supuesto, siempre había sinvergüenzas como el profesor King, cuya explicación era la más simple y falsa de todas: el patrón triangular no era más que el resultado de cientos de millones de años de erosión.

Zandy se unió a la primera –y única– expedición autorizada a entrar en la pirámide por invitación del mismísimo profesor King, quien siempre lo había considerado un alumno brillante. Y fue bajo la tutela del renombrado profesor que el joven arqueólogo especializado en jeroglíficos llegó a la Antártida. Aparte de los miembros de la expedición y algunos altos funcionarios del gobierno, nadie más sabía de la misión, y los participantes tuvieron que firmar un contrato comprometiéndose a no revelar jamás ninguna información, por pequeña que fuera, sobre el viaje. Ni siquiera podían comentar sobre su travesía al Polo Sur.

Ahora Zandy estaba al borde de la muerte y ni siquiera podía explicar a los médicos cómo había contraído la enfermedad. Los demás miembros de la expedición ya habían fallecido. Pero nadie sabía que habían estado juntos dentro de una pirámide en la Antártida. Nadie sospechaba siquiera que se conocieran. Zandy incluso había considerado contarles toda la verdad a los médicos, pero agentes del gobierno habían ido al hospital a amenazarlo, dejándole claro que su hermana y su sobrina podrían sufrir graves consecuencias si hablaba. Zandy amaba a su familia y jamás la pondría en peligro por nada del mundo.

Si había alguien que no tenía nada que perder diciendo la verdad, era el profesor King. El hombre no tenía familia ni amigos. El gobierno no podía hacerle nada si decidía hablar. Lo máximo que podían hacer era matarlo, pero ya se estaba muriendo, así que eso no cambiaría nada.

Después de la aventura, Zandy y sus compañeros regresaron a sus países de origen ya enfermos y fueron trasladados directamente de los aviones a los hospitales, presentando síntomas graves. La enfermedad desconocida no tenía cura. Sus portadores estaban condenados. Afortunadamente, ninguno de los pasajeros de los aviones ni las personas con las que tuvieron contacto desarrolló los síntomas, y los médicos concluyeron que la enfermedad no se transmitía por el aire.

La mente delirante de Zandy estaba repleta de imágenes del momento en que su grupo se acercó a la pirámide cubierta de nieve. Con potentes máquinas, retiraron la inmensa piedra de la base de la estructura, abriendo así un corredor. En total, entraron quince exploradores, pero solo cuatro salieron. De los cuatro, Zandy, el más joven y sano, era el único que seguía con vida. No tenía forma de saber por cuánto tiempo más.

Los recuerdos de haber caminado por un vasto corredor dentro de la pirámide inundaron su mente. Compartía la euforia que sentían los demás. Todos imaginaban que ese corredor conduciría a la cámara funeraria de un rey, y que allí, además de encontrar la momia de un ancestro humano que había vivido cien millones de años atrás, también hallarían un tesoro.

Cuando finalmente derribaron el muro que aislaba la cámara funeraria, se toparon con una vasta sala con un techo triangular muy alto que mostraba una abertura en el centro, sin duda una rejilla de ventilación. Las paredes estaban cubiertas de diseños y símbolos dorados, y en el centro de la sala, una urna ancha y alta hecha de oro.

Miraron a su alrededor y, más allá de la urna dorada, no vieron ningún otro objeto de valor. No era lo que esperaban, pero el descubrimiento no podía considerarse un fiasco. Todo lo contrario. ¡Estaban eufóricos! Y si no lo celebraron con champán fue porque no habían traído más que agua.

—Ahora te toca a ti, jovencito —le dijo el profesor King a Zandy, señalando la urna dorada cubierta de jeroglíficos.

Con pasos cautelosos, Zandy se acercó. Era como si temiera cometer un sacrilegio. Se arrodilló ante la urna y comenzó a recorrer con la mirada cada línea, cada símbolo. Sacó una libreta y un bolígrafo del bolsillo y tomó algunas notas apresuradamente.

—¡Y bien! ¿Qué dices? —preguntó King, inclinándose hacia el hombre para ver mejor los símbolos, aunque no tenía ni idea de lo que representaban. Los demás miembros de la expedición los rodearon, también ansiosos, pero permanecieron en silencio.

Zandy se ajustó las gafas y se rascó la barbilla.

—Puede que suene absurdo lo que voy a decir, pero lo que tenemos aquí es muy similar a los jeroglíficos egipcios. Para ellos, la escritura era una forma de expresión artística. Comunicaban ideas, palabras y sonidos mediante dibujos de animales, plantas y otros elementos. Aquí veo el mismo patrón.

—¿Y puedes averiguarlo? —preguntó King.

—Creo que sí. Este símbolo de aquí, por ejemplo —señaló con la punta de su pluma el más grande de todos los dibujos.

El académico se arrodilló junto al joven arqueólogo y fijó su mirada en la figura.

—Una criatura horrible, llena de tentáculos... Espera. Su cuerpo es humanoide.

Zandy soltó una risita suave.

—Sí. El torso es, al menos, pero los brazos y las piernas son tentáculos, y mira debajo.

—La gente. La gente que construyó esta pirámide.

—Creo que sí. Y me parecen bastante humanos. Cuatro están de pie y uno está tumbado justo a los pies de la criatura... Pero mira, hay otro detalle interesante encima del misterioso ser con tentáculos.

—Un círculo.

Zandy negó con la cabeza en señal de desacuerdo.

—En realidad, es la luna. Esta escena representa un ritual de culto. La gente ofrece sacrificios humanos a un dios antropomórfico que representa a la luna, o que proviene de ella, ¿entiendes?

—¡Fascinante! Dijiste que estos jeroglíficos son similares a los egipcios, pero no hay ningún dios con cabeza de pulpo en el panteón antiguo de esa cultura, ¿verdad?

El otro confirmó la suposición con un asentimiento.

—¿Qué más? —preguntó el profesor.

El joven traductor se puso de pie y rodeó lentamente la urna, tratando de comprender el significado de los símbolos.

—Esto no es algo que se pueda hacer en cinco minutos —confesó con expresión amarga—. Tendré que estudiar los caracteres de la urna y también las inscripciones de las paredes. Podría llevar mucho tiempo descifrarlo todo.

El profesor King no quedó nada satisfecho con la respuesta, pero sonrió.

—Muy bien. Es comprensible. Toma todas las fotos que quieras. Podrás descifrarlo con calma cuando regresemos a la base. Ahora mismo, lo que más deseo es abrir la urna.

Los ojos de Zandy se abrieron de par en par. Tuvo la premonición de que algo terrible podría suceder si abrían la urna.

—¡No se apresure! Déjeme traducirlo todo primero.

—Usted mismo dijo que descifrar los símbolos podría llevar mucho tiempo—. Y sin prestar más atención al traductor, ordenó a uno de sus hombres que abriera la urna.

La tapa estaba pegada a la urna con resina, pero debido al paso del tiempo y a la temperatura, la resina se había secado y prácticamente se había desmoronado cuando uno de los ayudantes del profesor la abrió a la fuerza, introduciendo la punta de un cuchillo en el hueco entre la tapa y la parte superior del jarrón, y luego sacó una linterna de su bolsillo e iluminó el interior del jarrón.

—¿Qué ves? —preguntó el profesor con voz vibrante.

—Creo que es una estatuilla, pero no la veo bien —respondió el hombre que miraba dentro de la urna.

—¡Llévenselo! Veamos qué es enseguida.

El hombre suspiró. No parecía muy entusiasmado con la idea de ser el primero en meter el brazo en la inmensa urna y tocar el antiguo artefacto, pero obedeció. Le pasó la linterna al hombre que estaba a su lado y con cuidado introdujo los brazos en el recipiente.

—¡Esto pesa muchísimo! —se quejó, con el rostro contraído, intentando levantar el objeto, pero pronto recibió ayuda de dos compañeros. Entre los tres, sacaron el objeto de la urna y lo acercaron al profesor, dejándolo en el suelo.

Zandy se acercó, estudiando la imagen.

—¡Sin duda, se trata del dios antropomórfico representado en la urna!

—¡Oro macizo! ¡Su valor es incalculable! —exclamó el profesor, frotándose las manos. Luego se arrodilló junto a la estatuilla, que debía medir alrededor de un metro de altura, y pidió que le tomaran fotografías. Incluso sonrió.

Otros hombres, igualmente entusiasmados, también quisieron inmortalizar el momento y posaron junto a su ídolo, abrazándolo o rodeándolo con el brazo. Otros, un poco más cautelosos, prefirieron no acercarse demasiado.

Durante la siguiente hora, Zandy se dedicó a fotografiar los jeroglíficos de las paredes y la urna, mientras que los demás hombres, siguiendo las órdenes del profesor, registraban la sala en busca de pasadizos a otras cámaras. Aún conservaban la esperanza de encontrar tesoros allí, tal como lo habían hecho cuando se excavó la tumba de Tutankamón en el Valle de los Reyes.

Al cabo de esa primera hora, todo empezó a torcerse. Los hombres que habían estado en contacto directo con la estatuilla comenzaron a sentirse mal. Ni siquiera tenían fuerzas para caminar. Eran cinco en total. Sus compañeros intentaron cargarlos, pero vomitaban sangre que salpicaba a los demás. El miedo a contagiarse los invadió a todos.

Un hombre sufrió un episodio psicótico y comenzó a gritar, diciendo que la estatuilla estaba viva y lo miraba. Se armó un alboroto. Los hombres quisieron huir, pero en ese momento, la entrada a la cámara quedó bloqueada por una pared que descendió del techo. Solo lograron evitar la oscuridad total gracias a sus linternas.

El profesor King, con tremendo esfuerzo, logró calmarlos un poco. Sin embargo, poco después, volvieron los gritos y la huida, y esta vez, Zandy estaba seguro de que los hombres no se lo imaginaban. La maldita estatuilla se movía de verdad. La capa de oro se agrietó de arriba abajo, revelando un ser con la misma apariencia que la estatua, pero su piel era negra y opaca. Sus tentáculos ondulaban a su alrededor y sus ojos brillaban como fuego. Entonces, el ídolo saltó sobre uno de los hombres y comenzó a devorarlo.

Los demás se acurrucaron contra las paredes, intentando mantenerse lo más lejos posible del monstruo que crecía a medida que se alimentaba. Tras devorar al hombre por completo, sin dejar ni siquiera los huesos, lanzó un rugido aterrador y saltó sobre otro hombre que no pudo defenderse y también fue devorado.

Cuanto más comía la criatura, más grande se hacía. Sus tentáculos desgarraban carne y hueso con un rugido ensordecedor. Al moverse, salpicaba sangre por todas partes. En poco tiempo, toda la cámara estaba teñida de rojo y la sangre goteaba por las paredes. Incluso los hombres estaban cubiertos de sangre.

Para desgracia de los exploradores, nadie había traído un arma. La expedición era científica y no podían imaginar que necesitarían un arma dentro de una pirámide en medio de la Antártida.

—¡Vamos a morir! —gritó un hombre desconsoladamente, y, en efecto, fue el siguiente en ser atacado.

Uno tras otro, los exploradores fueron devorados vivos hasta que solo quedaron cuatro, entre ellos Zandy y King. Fue entonces cuando el monstruo finalmente se sació, saltando con gran agilidad hacia el techo y desapareciendo por la abertura superior.

—¡Dios mío! ¿Qué es esa cosa horrible? —preguntó uno de los hombres con las piernas temblando, mientras intentaba limpiarse la sangre de la cara con la manga de la camisa.

—¡Es ese maldito dios del pueblo el que construyó este templo! Y ahora estamos encerrados aquí, como pollos en un gallinero, y esa bestia seguramente volverá cuando tenga hambre —declaró el profesor King con una expresión de terror.

Por su parte, Zandy intentó razonar con calma, a pesar de que la situación era desesperada.

—Echemos un vistazo a la puerta. Tal vez haya una palanca, algún mecanismo para abrirla.

—¡Buena idea, Zandy! ¡Vámonos! Es nuestra única oportunidad. Tenemos que salir de aquí antes de que esa cosa regrese.

Dejando a un lado la conmoción, los hombres se separaron de las paredes, pues hasta entonces habían actuado como si creyeran que estaban más seguros allí que si deambulaban por la cámara, lo cual no tenía ningún sentido.

Pasaron muchos minutos antes de que Zandy encontrara un agujero casi imperceptible cerca de la puerta. Con mano temblorosa, introdujo su bolígrafo, sintiendo cómo presionaba contra algo. Inmediatamente, la puerta se elevó y desapareció dentro de la pared, y los supervivientes salieron corriendo, cruzando todo el pasillo en menos de un minuto. Abandonaron la pirámide y subieron al vehículo cuya llave estaba puesta en el contacto.

Zandy no perdió tiempo en arrancar el motor y maniobrar el vehículo, alejándose a toda velocidad de la pirámide. Los demás ni siquiera se quejaron cuando perdió el control dos o tres veces, provocando que el vehículo derrapara peligrosamente de un lado a otro sobre el hielo. Lo único que querían era alejarse de allí.

Al llegar a la base, corrieron a las duchas. Necesitaban lavarse la sangre que les cubría la ropa. Recogieron sus pertenencias y se marcharon. Lo hicieron todo en menos de veinte minutos y abordaron el helicóptero. Por suerte, el profesor era un excelente piloto y, aun conmocionado y con escalofríos, logró pilotar hasta la siguiente base, desde donde despegaban los aviones. Allí, con tono grave, les advirtió que nadie dijera nada sobre el incidente. Les recordó a todos el contrato y que, si alguien se enteraba, sus carreras quedarían arruinadas y sus familias serían perseguidas.

—Pero... profesor, ¿qué pasa con los muertos? ¿Y si alguien llega a nuestra base y encuentra ropa manchada de sangre? Seguramente harán pruebas de ADN y descubrirán la identidad de los demás, y es posible que también encuentren material genético de la criatura mezclado con la sangre. ¡Hemos presenciado varios crímenes y también un suceso sobrenatural!

—Nadie de nuestro círculo íntimo sabe que estamos aquí. El gobierno será informado de lo sucedido, pero no le conviene a las autoridades llamar la atención sobre algo así. En cuanto a la ropa, no te preocupes. La recogí toda y la metí en la incineradora antes de irnos. Ahora vámonos y recuerda actuar con naturalidad. ¡No ha pasado nada! ¿Nos entendemos?

Los demás asintieron en señal de confirmación y se separaron.

Cubierto de sudor y sintiendo cómo le temblaba el cuerpo al recordar todo el terror que había vivido en la Antártida, Zandy abrió los ojos al oír la noticia que tanto esperaba. Miró la televisión y, con la mano, cogió el mando a distancia y subió un poco más el volumen.

En todo el mundo siguen produciéndose casos de histeria colectiva. Hay quienes afirman haber visto una criatura tentacular volando por los cielos. Incluso el piloto y el copiloto de un avión comercial, junto con todos los auxiliares de vuelo y pasajeros, declararon haber visto al misterioso ser pasar justo al lado del avión, moviéndose por el aire como un pulpo nadando en el océano. Los habitantes de zonas más remotas y rurales juran que el monstruo ha devorado animales grandes como vacas y caballos. También se han registrado casos de personas desaparecidas en las regiones donde supuestamente se ha avistado al monstruo. Las descripciones del tamaño de la criatura varían. Parece que con cada nueva aparición, el monstruo aumenta de tamaño. Las autoridades siguen investigando, pero hasta el momento no se han obtenido imágenes.

Zandy apagó el televisor y tiró el control remoto a un lado. Luego, tomó su teléfono celular, que estaba en la mesita de noche. En su galería de fotos, revisó las imágenes que había tomado con la cámara en la pirámide.

—Si mi traducción es correcta, la mayor desgracia ocurrirá esta noche —se dijo a sí mismo, mientras se quitaba la aguja del brazo por la que recibía suero y medicamentos por vía intravenosa. Con dificultad, se incorporó en la cama y, envolviéndose en la sábana, se acercó a la ventana de su habitación y la abrió. Luego asomó la cabeza, buscando la luna—. ¡Ahí estás, monstruo del infierno! —exclamó en voz baja mientras contemplaba una sombra que se acercaba sigilosamente a la luna llena y rojiza. Esa noche se producía el fenómeno de la luna de sangre: un eclipse total de luna que le daba un color carmesí.

Según las inscripciones de la tumba, el gran dios nació del huevo cósmico que orbitaba alrededor de nuestro planeta. El huevo cósmico contenía a sus hermanos, quienes serían liberados cuando la Tierra tuviera suficiente alimento para todos: miles de millones de seres humanos.

Tentáculos envolvieron la luna, proyectando sombras aterradoras. Desde el décimo piso del hospital, Zandy pudo oír gritos. Quienes observaban el eclipse comprendieron entonces que el Armagedón estaba a punto de desatarse.

El abrazo del monstruo agrietó la luna, haciéndola añicos en millones de pedazos. De entre las rocas emergieron enormes criaturas con tentáculos.

Los restos del satélite estaban siendo atraídos por la gravedad del planeta y pronto penetrarían en la atmósfera, y los monstruos, siguiendo al más grande de todos, también se acercaban.

Lu Evans es brasileña, licenciada en Periodismo y estudiante de Antropología en el Central New Mexico College/USA. Ha publicado dieciséis libros, algunos de los cuales han sido traducidos al inglés y al español. También es dramaturga, cuyos textos de teatro infantil y para adultos han sido representados y premiados en Brasil. Sus cuentos han aparecido en antologías y revistas nacionales e internacionales. Es miembro del Centro de Literatura y Cine André Carneiro, de la Academia Internacional de Literatura Brasileña y de la Speculative Literature Foundation/USA, de la que es jurado en los concursos A.C. Bose y Diverse Worlds + Diverse Writers. Coordina el proyecto Fantastic Literature by Women/US y Fantastic Writers (con Rozz Messias). Algunas de sus colecciones incluyen autores de distintos países: América Fantástica, Fator Morus, Vozes Intergalácticas, O Último Dia do Futuro y Terra Mágica.

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