lunes, 24 de marzo de 2025

EL ENCUENTRO

 Laura Irene Ludueña

 

La reconoció de inmediato. Mary Shelley estaba sentada sola en el banco de una plaza oscura, como hurgando en sus recuerdos. La observó detenidamente para asegurarse de que era ella.  Sí lo era, ahí estaba su creadora. Con pasos lentos y pesados, se acercó. La luz tenue de una farola cercana iluminó su rostro, revelando las cicatrices que el tiempo no había podido borrar. Mary levantó la vista y, al instante, lo reconoció. No mostró miedo, sino una profunda tristeza y hasta cierta comprensión.

—¿Eres tú? —susurró mientras un estremecimiento recorría su cuerpo. Ante sus ojos estaba la criatura que había nacido de su pluma, de su miedo y de su genio. Miró sus manos que ahora temblaban, las mismas que lo habían dado a luz en páginas llenas de desesperación y tormento.

—Sí. Soy yo, y tú eres la madre de mi miseria —respondió él con amargura.

Mary desvió la mirada hacia el suelo empedrado de la plaza.

—Nunca imaginé que mis palabras te darían vida — dijo en un murmullo casi inaudible—. Eres mi mejor creación literaria, aunque hayas nacido de mi dolor y mi desesperanza.

Él dio un paso más hacia ella, su voz temblaba por la rabia contenida.

—¿Me diste aliento solo para condenarme a la soledad? Sabes lo que es estar solo. Tú también lo estás. Has perdido a quienes amabas. ¿Por qué cargar en mí tu sufrimiento?

Mary sintió un nudo en la garganta. ¿Acaso no había sido ella también una huérfana de alguna manera? ¿No había transitado su vida entre la pérdida y la búsqueda de sentido? El viento nocturno susurraba entre los árboles, como si el universo entero contuviera la respiración ante aquel encuentro de esas dos almas dolientes.

—¡Te hice un ser humano! —exclamó Mary con voz quebrada—. Y los seres humanos fuimos creados para enfrentar nuestras propias desgracias. Esa es nuestra naturaleza. ¿No te quejas de tu aspecto? Eso me extraña. Pero si buscas redención en este mundo, si buscas que me arrepienta de haberte creado, ya te digo que no lo haré ni yo ni nadie en el universo. Sé por mí misma que rara vez somos comprendidos.

—Pero soy tu criatura, tu sombra, tu reflejo. He caminado mucho para encontrarte y pedirte respuestas.

Mary respiró hondo.

—Nunca pensé… —Tragó saliva y dijo, más para sí misma que para él—. Nunca pensé que te volverías real.

—Y sin embargo, aquí estoy. ¿Por qué me creaste, Mary? ¿Por qué me diste vida solo para abandonarme a la soledad? — dijo la criatura esbozando un bosquejo de sonrisa amarga.

Ella lo miró con ojos cargados de pesar.

—Porque yo también estaba sola. Porque temía a mi propia muerte y anhelaba perdurar en una creación literaria. Aunque no lo creas tú y yo no somos tan distintos —dijo mientras miraba sus manos temblorosas—. Estas manos te han dado vida en páginas y páginas llenas de mi desesperación.

Un silencio espeso vibraba entre ellos como si la noche que los envolvía fuera cómplice de su desasosiego. El viento helado susurraba entre las ramas desnudas de los árboles, y la luz trémula de la farola proyectaba sombras alargadas sobre el empedrado. Él bajó la mirada hacia sus propias manos, grandes, toscas y llenas de cicatrices. Habían sido creadas para sostener la vida, pero solo habían conocido el rechazo.

—Si somos tan parecidos —dijo con voz grave—, dime, Mary… ¿cómo hiciste para sobrevivir?

Ella lo contempló en silencio, sus ojos cargados de historias que nadie más podría comprender.

—Escribiendo ... dándole sentido a mi dolor, transformándolo en algo que el mundo no pudiera ignorar.

—¿Acaso crees que yo también pueda hacer eso?

Mary esbozó una leve sonrisa.

—Eres mi creación, pero ya no me perteneces. La historia que buscas escribir… solo tú puedes imaginarla.

Él asintió lentamente y, por primera vez en su existencia, sintió que en su destino aún quedaba una esperanza. Antes de perderse en las sombras, volvió la cabeza para mirarla una última vez.

—Adiós, Mary.

Ella no respondió. Solo lo observó alejarse, con el corazón encogido y la certeza de que su criatura, su reflejo, su más íntima pesadilla y esperanza, finalmente había encontrado su propio camino.

La farola parpadeó una vez más, y la noche lo devoró.


Laura Irene Ludueña nació en Buenos Aires, pero vive en Rafaela, provincia de Santa Fe, desde hace medio siglo. Es docente e investigadora y ha publicado el libro Un criollo en la pampa gringa (2022). No obstante, su actividad como escritora de ficciones la ha llevado a ser una de las animadoras del TALLER 9 de escritura creativa, tanto en solitario como formando equipo con otros escritores. Su intensa labor está reflejada en este blog.

3 comentarios:

  1. Hernán Ernesto Bortondello24 de marzo de 2025, 8:29

    Bellísimo relato, un dialogo onírico, suave y triste, un encuentro que se produce cuando ya lo insoportable de los mutuos tormentos ha quedado atrás. Sufren, pero están resignados al dolor, y hasta el fuego del odio se ha apagado en la criatura.
    Es un diálogo adulto entre un madre y su hijo. El busca respuestas por la árida vida recibida, y ella, con ternura y seriedad, le contesta que no las hay. Pero no lo abandona a su suerte, obsequiándole una receta mágica para mitigar sus penurias, y, quizás, alcanzar la paz.

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  2. El encuentro entre criatura creada y creador me remite a los encuentros ficticios, pero no menos trascendentales por ello, entre hombre y Dios. No obstante, mi recuerdo más próximo es entre un humanoide y su ingeniero creador, en Blade Runner. La misma amargura de alguien -replicante, híbrido- confrontando con un hombre de ciencia al que no puede llamar "padre" por no existir emoción en el acto de creación mecánica. ¿Nos enfrentaremos con igual actitud ante el encuentro posible con un creador inmutable?

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