Iván Molina Jiménez
El médico, sentado detrás del escritorio, puso mi
expediente en una bandeja de metal. Su rostro evidenciaba molestia y fastidio.
Permaneció en silencio durante casi un minuto; después me miró directamente a
los ojos.
—No entiendo por qué,
simplemente, no esperó un poco más — expresó con voz grave.
—Ya no soporto vivir.
—La excusa de siempre.
—¿Hay algo que…?
—Nada, excepto ser paciente y,
la próxima vez, proceda de manera sensata: sólo compre originales.
Profundamente triste y
decepcionado, salí del consultorio, bajé las escaleras y me alejé lo más
rápidamente que pude del edificio principal de la Caja Costarricense de la
Muerte Segura (CCMS).
Con la invención del Reno-vator, en el 2065, la
historia humana cambió de rumbo inesperadamente. Diseñado como un suero
inteligente, la sustancia no sólo impedía el envejecimiento, sino que
inmunizaba contra todo tipo de enfermedades. A partir de entonces, hombres y
mujeres alcanzaron tres sueños largamente ansiados: inmortalidad, juventud
eterna –la madurez se detenía a los veinticuatro años– y salud perfecta. Sin
duda, existía siempre la posibilidad de morir en un accidente, por un ataque de
otro individuo o por suicidio; pero dada la extraordinaria información que el
producto almacenaba, de manera automática, en cada célula, la persona fallecida
podía ser recuperada mediante clonación con todos sus recuerdos al día.
La vertiginosa
comercialización del suero condujo, en lo inmediato, a la quiebra de las
tradicionales y poderosas industrias médicas, farmacéuticas y de seguros, al
cierre de todas las actividades vinculadas con los servicios fúnebres, a la
desaparición de la muerte como causal canónicamente legítima de disolución
matrimonial y a la supresión del concepto de viudez en tanto indicador del
estado civil. Los cementerios pronto fueron convertidos en museos y los líderes
de las principales religiones del planeta empezaron a ajustarlas a la nueva
situación: el mundo transformado por Reno-vator fue definido como una etapa
inicial y necesaria para alcanzar, más adelante, el Paraíso pleno.
Pese al entusiasmo que
despertó el producto, diez años después de su salida al mercado resultó obvio
que urgía reestructurar otras áreas de la experiencia humana. La primera y
fundamental consistió en prohibir los nuevos nacimientos, al menos hasta que las
colonias en Venus, Marte y otros planetas y lunas del Sistema Solar, fueran
capaces de absorber la población extra. Tal paso supuso el colapso de los
sistemas escolares y de las actividades vinculadas con las demandas de niños y
adolescentes. Asimismo, con la desaparición de los gastos de seguro y de los
planes de pensión, los salarios reales se incrementaron, pero los trabajadores
quedaron obligados a laborar por siempre, ya que por más que intentaran
ahorrar, jamás dispondrían de los recursos suficientes para retirarse a vivir
por toda la eternidad.
A inicios del siglo XXII, la
insatisfacción creciente era visible en los repetidos intentos de amplios
sectores de la población por poner fin a sus días. Algunos lo lograron,
mediante formas de suicidio que implicaban la destrucción absoluta de todas sus
células. La respuesta de los poderes públicos, frente a tal desafío, fue
ilegalizar la muerte, de manera que cualquiera que intentara quitarse la vida,
sabía que tenía una condena segura de veinticinco años en la cárcel. Para
aumentar la efectividad de la medida, en el 2124 se acordó que, en adelante,
sería obligatorio aceptar la extracción de una gota de sangre una vez al mes,
de modo que nadie pudiera destruirse impunemente.
La ilegalización –como el búho
de Minerva– se aprobó cuando ya era muy fuerte la presión en contra. En las
calles de las principales ciudades del planeta, se multiplicaron las
movilizaciones populares a favor de que morir fuera elevado a la categoría de
derecho humano. A tal reivindicación se sumaron predicadores alternativos,
políticos en busca de ascenso y, de más importancia, círculos de intelectuales
que denunciaban los daños psicológicos producidos por el insoportable goce de
la vida. El argumento decisivo lo brindaron los tecno-economistas de MIT-2: al
no renovarse la población, la capacidad de innovación científica tendía a
disminuir, por lo que se preveía una profunda crisis económica para el 2150.
Luca Fragomeno, un filósofo neo-mercantilista de
origen italiano, publicó en Le Monde Solaire del 31 de mayo del 2132, un
artículo que proponía una solución práctica para los graves problemas
provocados por el éxito de Reno-vator. Ante todo, morir debía ser algo legal y
sujeto a las leyes del mercado, por lo que era imperioso que a las personas se
les devolviera el derecho de desaparecer, pero no por accidente, crimen o
suicidio, sino como una simple y normal transacción económica. “El acceso a la
propia muerte –según ese distinguido pensador europeo– no tiene por qué ser muy
distinto de ir a la tienda a adquirir una corbata de seda, un traje elegante o
un par de zapatos”.
Aunque el filósofo no
profundizó en las condiciones operativas de su propuesta, otros sí lo hicieron
y, en unos pocos años, existía una nueva industria, basada en la
mercantilización del proceso de morir. El sistema fue organizado en dos etapas:
la primera consistía en comprar el derecho de fallecer. Con este propósito,
fueron diseñados planes de cotización, mediante los cuales los asalariados
podían, después de unos treinta años de labor, disponer de los recursos
suficientes para cancelar el costo de liberarse de la vida. El elevado monto
establecido fue justificado porque, con la reactivación de los nacimientos, era
necesario efectuar fuertes inversiones en diversas áreas, en particular en
educación.
Tres meses después de expedido
el permiso correspondiente, las personas eran autorizadas para adquirir la
forma de expirar. La segunda etapa del proceso, sin embargo, no era tan
sencilla. Las corporaciones que controlaban el mercado aprovecharon su ventaja
para establecer precios exorbitantes por las mejores muertes. Óbitos rápidos y
sin dolor, en particular eutanasias e infartos asistidos, estaban al alcance,
únicamente, de los sectores más acaudalados del Sistema Solar. El resto de la
población, según fuera su nivel de ingreso, debía conformarse con la compra de
enfermedades que podían prolongarse durante meses e, incluso, años (a menor
duración, mayor el costo) antes de acabar con el paciente.
Si bien las empresas
justificaron los precios por la inversión necesaria para producir una nueva
generación de enfermedades capaces de destruir los códigos defensivos
programados por Reno-vator, la injusticia era evidente. De acuerdo con una
investigación efectuada en el 2169 por el Proyecto Estado del Planeta, los
trabajadores con sueldos más bajos debían cotizar alrededor de treinta años
más, después de haber adquirido el derecho a morir, para poder comprar, apenas,
un Parkinson clásico, una lepra tradicional, una tuberculosis básica o un
cáncer de próstata o de seno de efecto prolongado, todos los cuales tardaban
décadas en matarlos (con el agravante de que únicamente podían incapacitarse en
la fase terminal).
Fue, en tal contexto, que
surgieron pequeñas y medianas empresas farmacéuticas, muchas de origen caribeño
y asiático, que comenzaron a fabricar enfermedades genéricas de muy bajo costo.
El principal problema de sus productos era que carecían de garantía y fallaban
con alguna frecuencia; pero, pese al riesgo, se popularizaron
inconteniblemente. Amenazadas por lo que denominaron una competencia desleal,
las corporaciones presionaron a las autoridades para que ilegalizaran a sus
adversarios mercantiles. Simultáneamente, iniciaron una intensa campaña entre
los médicos y las instituciones de salud pública –ahora encargadas de
administrar la muerte– para que recomendaran a la población sólo la compra de
originales certificados.
Sofía me esperaba en el Parque Morazán. Le bastó mirar
mi rostro para conocer la respuesta. Dos siglos antes, en este mismo sitio,
habríamos parecido dos jóvenes enamorados, que se preparaban para el ritual de
los besos y las caricias, mientras los árboles volvían a ver para otra parte.
Sin embargo, teníamos más de ciento veinte años y lo único que deseábamos era
descansar, de manera definitiva.
—¿Y ahora?
—A empezar de nuevo.
Lo dije con un tono de
resignación que no podía ocultar completamente la frustración que sentía.
Acababa de perder los ahorros de una década en la compra de una pulmonía
fulminante de clase ejecutiva, que me tuvo postrado por casi una semana sin
que, al final, lograra aniquilarme. Retornar a mis labores de inspector
municipal era todo lo que había en mi futuro inmediato.
—¿Nos vamos?
—Ya casi.
Abracé a Sofía y, brevemente,
imaginé que todo era distinto y que, en vez de ser una mercancía sujeta al
vaivén de las fuerzas del mercado, la muerte volvía a ser el último,
indispensable y precioso dominio de la vida.

