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martes, 11 de agosto de 2026

EN BUSCA DE HUMANIDAD

Iván Molina Jiménez

 

A la una de la madrugada, el coyote regresó. Éramos nueve personas, seis varones y tres mujeres, todos adultos. Después de casi cinco horas de espera, en medio de la selva y bajo una pertinaz llovizna, estábamos cansados e impacientes. De lo profundo de la noche, venían diferentes ruidos: el viento que silbaba entre los árboles, aleteos de pájaros o murciélagos, graznidos esporádicos y, sobre todo, el incesante discurrir del río, fiel a su perpetuo mandato de derramarse, sin tregua, en el Caribe.

—Vamonós.

Recogimos los maletines y, tras una caminata de unos quince minutos, llegamos a la orilla. Nos esperaba una endeble piragua. La abordamos vacilantemente. Algunos se persignaron cuando el patrón, un joven al que le calculé poco más de veinte años, encendió el motor. Pese a varios bandazos inesperados, atravesamos el río San Juan sin accidentes. Bajamos de prisa y, ya en tierra, el coyote nos dividió, de acuerdo con los arreglos previos, en tres grupos. Sin que mediara despedida alguna, partimos en direcciones diferentes. El aire nocturno de Nicaragua parecía recibirnos con entusiasmo y alegría.

 

Entre aplausos y abucheos, el Primer Ministro nicaragüense, Manolo Cardenal, ingresó al Congreso. Sabía que tenía alrededor de un tercio de los votos de su propio partido (el Liberal Democrático), todos los de la Unificación Conservadora, pero muy pocos del Sandinismo Constitucional. Si el proyecto de ley migratoria no era aprobado esa tarde, al día siguiente debería convocar a nuevas elecciones generales y despedirse, para siempre, de su carrera política.

—Señoras y señores diputados. La situación es extremadamente grave. Según la investigación del Instituto de Estadística, dada a conocer la semana pasada, hay en Nicaragua unos 600.000 costarricenses en condición ilegal.

—¡Esa cifra está inflada!

—Puede ser, diputada Tijerino, pero incluso un cálculo moderado indica que el número no baja de unas 350.000 personas.

—Sinceramente, no sé qué es lo que le preocupa al Primer Ministro. El estudio que cita también demuestra que los ticos que inmigran a Nicaragua están jubilados, tienen títulos universitarios y gozan de altos niveles de ingreso en Costa Rica.

—El pensamiento del legislador Lacayo evidencia que tenía razón el sublime Darío cuando afirmaba —Cardenal sonrió irónicamente— que “el sol del Trópico calcina”…

De inmediato, varios parlamentarios debieron intervenir para evitar que, tras fuertes descargas de insultos, la confrontación entre esos dos formidables contendientes terminara a golpes. La presidenta del Congreso, entretanto, emplazaba a las damas y los caballeros presentes para que respetaran la dignidad de sus investiduras.

—No hay duda —expresó el venerable diputado Alejandro Cuadra— que la inquietud del Primer Ministro es tan legítima como el cuestionamiento de mi informado colega Lacayo. La inmigración ilegal de ticos es una bendición para Nicaragua porque aporta la mano de obra especializada que la economía del país necesita con urgencia; pero, a la vez, desplaza a miles de compatriotas, que se ven condenados al desempleo, ya que son incapaces de competir con trabajadores mucho mejor preparados y dispuestos a laborar casi de gratis.

—Don Alejandro —Hamlet Jerez, jefe de la fracción conservadora, se puso de pie—, con todo respeto me permito agregar a sus sabias palabras lo siguiente: hay una proporción cada vez más alta de inmigrantes ticos que, en vez de cobrar, pagan por que les den trabajo.

—¿Tan grave es la situación ya?

—El compañero Jerez, diputada Chamorro, no exagera —la representante Zelaya, una disidente sandinista, se levantó de su asiento—. En un recorrido que efectué por la laguna de Tiscapa, a lo largo de la autopista que une a León con Chinandega y en el tren entre Granada y Managua, constaté que todos los vendedores de aguas, comidas y frutas son ticos. Los patentados nicaragüenses les cobran elevados alquileres semanales por permitir que los sustituyan.

—Pero una los mira y los escucha y no parecen…

—Eso se explica, compañera Chamorro —el Primer Ministro, recuperada la compostura, volvió a intervenir en el debate—, por algo muy simple: antes de ingresar a territorio nacional, los ticos van a escuelas ubicadas en Guanacaste, donde adquieren bronceados permanentes, estudian los conceptos básicos del pasado y la cultura de Nicaragua, practican cómo llevar diversos tipos de carga sobre la cabeza y aprenden a imitar nuestro acento a la perfección. Hay compatriotas sin escrúpulos, sobre todo de Rivas y Masaya, que laboran en esos establecimientos, los cuales funcionan, además, como bases operativas de los coyotes y mercados de identificaciones falsas.

—Disculpe que lo interrumpa, señor Ministro…

—Con todo gusto, don Alejandro; sírvase, por favor.

—¿Ya el gobierno tico contestó la última protesta presentada por el canciller Urcuyo acerca de esos campos clandestinos de entrenamiento?

—Se lavaron las manos, como siempre. Según la vicepresidenta Facio, que tiene por recargo la cartera de Relaciones Exteriores, todo costarricense es libre de matricularse en la institución educativa que desee, puede desplazarse sin limitaciones por dondequiera y, si en el curso de sus andanzas, ingresa ilegalmente a un país vecino, eso no le concierne al gobierno de Costa Rica.

Palabras de indignación colmaron, de manera unánime, la sala de sesiones; de entre todas las voces, pronto se destacó la de la diputada Pastora:

—Coincido con don Alejandro en que el asunto es complejo, en especial porque, aparte de su dimensión económica, tiene un importantísimo trasfondo cultural que suele dejarse de lado. Desde hace unos diez años, a medida que se intensificó la inmigración, se han generalizado términos desagradables como “mae”, se ha popularizado el fútbol y, de acuerdo con lo que me informan, hay algunos lugares, especialmente en Estelí y Nueva Segovia, donde ya se celebra el 11 de abril y se rinde homenaje a Juan Santamaría, con total olvido de los próceres Emmanuel Mongalo, José Dolores Estrada y Andrés Castro.

—Felicito a la compañera Pastora por llamar la atención sobre este polémico y decisivo aspecto —el legislador Jerez se puso de pie nuevamente—. Los cientos de miles de ticos ilegales que hay en el suelo patrio constituyen una amenaza directa para la identidad nacional. Gracias a una fuente de mi entera confianza, sé que en Nindirí y poblaciones aledañas se conmemora, cada dos de agosto, el día de la Virgen de los Ángeles, y que en algunas escuelas y colegios, ubicados en barrios poblados por costarricenses, la Guerra Nacional se enseña en términos de que Nicaragua fue la responsable de la venida de Walker a Centroamérica y que Costa Rica fue la que salvó al istmo de ese filibustero.

Tras disminuir la intensidad de las protestas, el Primer Ministro participó una vez más en la discusión.

—Agradezco el aporte de los diputados Pastora y Jerez, cuyos testimonios dejan todavía más claro cuán grave es el peligro que corre Nicaragua. Si la ley migratoria, actualmente en trámite, no se aprueba, estamos perdidos.

Claudia Pellas, la influyente jefa de la fracción sandinista, se incorporó y, con la elocuencia que la caracterizaba, expuso la posición de su partido.

—Aunque ahora se recuerda poco, hubo una época en que la corriente migratoria fluía al revés, y eran decenas de miles de nicaragüenses los que cruzaban, de manera irregular, la frontera sur en busca de trabajo. En esa época, la respuesta de las autoridades de Costa Rica fue diseñar y poner en vigor una nueva ley que, al igual que la que hoy discutimos, penalizaba a los indocumentados y a quienes les ayudaban, y colocaba bajo estricto control policial la zona limítrofe. Basta revisar la prensa de entonces para darse cuenta de la fuerza y la unanimidad con que la opinión pública de Nicaragua condenó, por inhumana, la nueva legislación costarricense. Hoy, sin embargo, somos nosotros quienes imitamos las peores iniciativas de nuestros vecinos y, además, tratamos de superarlos, con el agravante de que muchas de las personas que podríamos rechazar, perseguir, encarcelar o deportar, podrían ser descendientes de quienes partieron tanto tiempo atrás y…

Sin esperar a que terminara, el Primer Ministro, cuyo rostro pasó en segundos de la palidez de un moribundo al rojo encendido de un gladiador en una arena colmada de criaturas feroces, manifestó:

—Era previsible que la líder de un partido identificado con las conveniencias de los grandes exportadores, que son los más beneficiados con la mano de obra inmigrante, saliera en defensa de los ticos.

—Descalificar mi intervención —contestó Pellas— con base en la denuncia de supuestos intereses ocultos es muy fácil, señor Ministro. Lo difícil es respaldar esas afirmaciones. Recuerde que su gobierno es el que más ha favorecido a las cámaras empresariales mediante la disminución sistemática de impuestos. Además, todos en el Congreso sabemos que la razón principal por la cual esta ley vergonzosa está en trámite es porque su partido se impuso en las últimas elecciones con base en la promesa de aplicar mano dura contra los inmigrantes y de iniciar deportaciones masivas.

Luego de varios minutos de violentos ataques, el legislador y novelista, Pablo Antonio Urtecho, que acababa de ser galardonado con el Premio Miguel de Cervantes, se puso de pie y esperó, pacientemente, a que sus colegas le dieran la oportunidad de expresar su opinión:

—Considero que lo que procede es, ante todo, que los gobiernos de Nicaragua y Costa Rica diseñen una estrategia eficaz para enfrentar el asunto de la inmigración de una manera inteligente y respetuosa. El punto fundamental para mí es el motivo que lleva a cientos de miles de ticos, preparados y con recursos, a ingresar ilegalmente a suelo nacional para ocuparse en labores no especializadas, muchas de carácter informal. Hay médicos convertidos en peones agrícolas, ingenieras que venden empanadas en los mercados, abogados que se desempeñan como taxistas. ¿Por qué abandonaron todas las comodidades que tenían en su país de origen y se vinieron para acá?

Captada la atención del Congreso, Urtecho hizo una breve pausa antes de responder a su propia pregunta:

—La mejor explicación que conozco es la proporcionada por un antropólogo, el connotado doctor Russell Edelman, de la Universidad de Yale. Desde su perspectiva, el extraordinario crecimiento económico que experimentó Costa Rica en los últimos tiempos produjo una sociedad cada vez más individualista e incomunicada. La prosperidad material fue la base que posibilitó que ticos y ticas se habituaran a vivir solos, en sus lujosos condominios unipersonales e insonorizados del Valle Central, prácticamente sin amistades y con escasos vínculos con familiares y vecinos. El éxito alcanzado tuvo un enorme costo: se deshumanizaron paulatinamente y, un día, al mirarse al espejo, descubrieron cuánto habían perdido. Por eso, empezaron a venir acá. Nicaragua les ofrece la oportunidad de recuperar una dimensión humana que ya no existe en su país. Dudo seriamente que la nueva ley migratoria, en caso de aprobarse y pese a su severidad, detenga un flujo de tal índole.

—Discrepo completamente de…

 

Comenzaba a anunciarse la aurora cuando divisé, a lo lejos, los techos de las casas de la villa de Pasandola. Una hora antes, me había separado de mis otros dos compañeros, cuyos contactos les esperaban en poblaciones vecinas. Con alguna suerte, podría encontrarme con el mío alrededor de las siete de la mañana. Tal vez tendría margen para desayunar algo y descansar un poco antes de iniciar el último tramo de mi viaje, previsto para finalizar en la siempre hermosa ciudad de Granada. Allí tenía asegurado un puesto de ayudante en una modesta barbería. Por lo pronto, debía acostumbrarme a mi nuevo nombre, Emiliano Uriza Lejarza, para servirles.

Iván Molina Jiménez nació el 6 de enero de 1961 en Alajuela Costa Rica. Es escritor e historiador. Se le conoce popularmente por sus cuentos de ciencia ficción y por su novela Cundila que es una suerte de secuela de El Moto, la primera novela costarricense, una obra de Joaquín García Monge. Molina es catedrático de la Escuela de Historia e investigador del Centro de Investigación en Identidad y Cultura Latinoamericana (CIICLA) de la Universidad de Costa Rica. Además de la novela citada ha publicado los libros de cuentos Craks, Hazaña presidencial, Los peregrinos del mar y La miel de los mudos.


martes, 28 de abril de 2026

COMPRE ORIGINALES

Iván Molina Jiménez

 

El médico, sentado detrás del escritorio, puso mi expediente en una bandeja de metal. Su rostro evidenciaba molestia y fastidio. Permaneció en silencio durante casi un minuto; después me miró directamente a los ojos.

—No entiendo por qué, simplemente, no esperó un poco más — expresó con voz grave.

—Ya no soporto vivir.

—La excusa de siempre.

—¿Hay algo que…?

—Nada, excepto ser paciente y, la próxima vez, proceda de manera sensata: sólo compre originales.

Profundamente triste y decepcionado, salí del consultorio, bajé las escaleras y me alejé lo más rápidamente que pude del edificio principal de la Caja Costarricense de la Muerte Segura (CCMS).

 

Con la invención del Reno-vator, en el 2065, la historia humana cambió de rumbo inesperadamente. Diseñado como un suero inteligente, la sustancia no sólo impedía el envejecimiento, sino que inmunizaba contra todo tipo de enfermedades. A partir de entonces, hombres y mujeres alcanzaron tres sueños largamente ansiados: inmortalidad, juventud eterna –la madurez se detenía a los veinticuatro años– y salud perfecta. Sin duda, existía siempre la posibilidad de morir en un accidente, por un ataque de otro individuo o por suicidio; pero dada la extraordinaria información que el producto almacenaba, de manera automática, en cada célula, la persona fallecida podía ser recuperada mediante clonación con todos sus recuerdos al día.

La vertiginosa comercialización del suero condujo, en lo inmediato, a la quiebra de las tradicionales y poderosas industrias médicas, farmacéuticas y de seguros, al cierre de todas las actividades vinculadas con los servicios fúnebres, a la desaparición de la muerte como causal canónicamente legítima de disolución matrimonial y a la supresión del concepto de viudez en tanto indicador del estado civil. Los cementerios pronto fueron convertidos en museos y los líderes de las principales religiones del planeta empezaron a ajustarlas a la nueva situación: el mundo transformado por Reno-vator fue definido como una etapa inicial y necesaria para alcanzar, más adelante, el Paraíso pleno.

Pese al entusiasmo que despertó el producto, diez años después de su salida al mercado resultó obvio que urgía reestructurar otras áreas de la experiencia humana. La primera y fundamental consistió en prohibir los nuevos nacimientos, al menos hasta que las colonias en Venus, Marte y otros planetas y lunas del Sistema Solar, fueran capaces de absorber la población extra. Tal paso supuso el colapso de los sistemas escolares y de las actividades vinculadas con las demandas de niños y adolescentes. Asimismo, con la desaparición de los gastos de seguro y de los planes de pensión, los salarios reales se incrementaron, pero los trabajadores quedaron obligados a laborar por siempre, ya que por más que intentaran ahorrar, jamás dispondrían de los recursos suficientes para retirarse a vivir por toda la eternidad.

A inicios del siglo XXII, la insatisfacción creciente era visible en los repetidos intentos de amplios sectores de la población por poner fin a sus días. Algunos lo lograron, mediante formas de suicidio que implicaban la destrucción absoluta de todas sus células. La respuesta de los poderes públicos, frente a tal desafío, fue ilegalizar la muerte, de manera que cualquiera que intentara quitarse la vida, sabía que tenía una condena segura de veinticinco años en la cárcel. Para aumentar la efectividad de la medida, en el 2124 se acordó que, en adelante, sería obligatorio aceptar la extracción de una gota de sangre una vez al mes, de modo que nadie pudiera destruirse impunemente.

La ilegalización –como el búho de Minerva– se aprobó cuando ya era muy fuerte la presión en contra. En las calles de las principales ciudades del planeta, se multiplicaron las movilizaciones populares a favor de que morir fuera elevado a la categoría de derecho humano. A tal reivindicación se sumaron predicadores alternativos, políticos en busca de ascenso y, de más importancia, círculos de intelectuales que denunciaban los daños psicológicos producidos por el insoportable goce de la vida. El argumento decisivo lo brindaron los tecno-economistas de MIT-2: al no renovarse la población, la capacidad de innovación científica tendía a disminuir, por lo que se preveía una profunda crisis económica para el 2150.

 

Luca Fragomeno, un filósofo neo-mercantilista de origen italiano, publicó en Le Monde Solaire del 31 de mayo del 2132, un artículo que proponía una solución práctica para los graves problemas provocados por el éxito de Reno-vator. Ante todo, morir debía ser algo legal y sujeto a las leyes del mercado, por lo que era imperioso que a las personas se les devolviera el derecho de desaparecer, pero no por accidente, crimen o suicidio, sino como una simple y normal transacción económica. “El acceso a la propia muerte –según ese distinguido pensador europeo– no tiene por qué ser muy distinto de ir a la tienda a adquirir una corbata de seda, un traje elegante o un par de zapatos”.

Aunque el filósofo no profundizó en las condiciones operativas de su propuesta, otros sí lo hicieron y, en unos pocos años, existía una nueva industria, basada en la mercantilización del proceso de morir. El sistema fue organizado en dos etapas: la primera consistía en comprar el derecho de fallecer. Con este propósito, fueron diseñados planes de cotización, mediante los cuales los asalariados podían, después de unos treinta años de labor, disponer de los recursos suficientes para cancelar el costo de liberarse de la vida. El elevado monto establecido fue justificado porque, con la reactivación de los nacimientos, era necesario efectuar fuertes inversiones en diversas áreas, en particular en educación.

Tres meses después de expedido el permiso correspondiente, las personas eran autorizadas para adquirir la forma de expirar. La segunda etapa del proceso, sin embargo, no era tan sencilla. Las corporaciones que controlaban el mercado aprovecharon su ventaja para establecer precios exorbitantes por las mejores muertes. Óbitos rápidos y sin dolor, en particular eutanasias e infartos asistidos, estaban al alcance, únicamente, de los sectores más acaudalados del Sistema Solar. El resto de la población, según fuera su nivel de ingreso, debía conformarse con la compra de enfermedades que podían prolongarse durante meses e, incluso, años (a menor duración, mayor el costo) antes de acabar con el paciente.

Si bien las empresas justificaron los precios por la inversión necesaria para producir una nueva generación de enfermedades capaces de destruir los códigos defensivos programados por Reno-vator, la injusticia era evidente. De acuerdo con una investigación efectuada en el 2169 por el Proyecto Estado del Planeta, los trabajadores con sueldos más bajos debían cotizar alrededor de treinta años más, después de haber adquirido el derecho a morir, para poder comprar, apenas, un Parkinson clásico, una lepra tradicional, una tuberculosis básica o un cáncer de próstata o de seno de efecto prolongado, todos los cuales tardaban décadas en matarlos (con el agravante de que únicamente podían incapacitarse en la fase terminal).

Fue, en tal contexto, que surgieron pequeñas y medianas empresas farmacéuticas, muchas de origen caribeño y asiático, que comenzaron a fabricar enfermedades genéricas de muy bajo costo. El principal problema de sus productos era que carecían de garantía y fallaban con alguna frecuencia; pero, pese al riesgo, se popularizaron inconteniblemente. Amenazadas por lo que denominaron una competencia desleal, las corporaciones presionaron a las autoridades para que ilegalizaran a sus adversarios mercantiles. Simultáneamente, iniciaron una intensa campaña entre los médicos y las instituciones de salud pública –ahora encargadas de administrar la muerte– para que recomendaran a la población sólo la compra de originales certificados.

 

Sofía me esperaba en el Parque Morazán. Le bastó mirar mi rostro para conocer la respuesta. Dos siglos antes, en este mismo sitio, habríamos parecido dos jóvenes enamorados, que se preparaban para el ritual de los besos y las caricias, mientras los árboles volvían a ver para otra parte. Sin embargo, teníamos más de ciento veinte años y lo único que deseábamos era descansar, de manera definitiva.

—¿Y ahora?

—A empezar de nuevo.

Lo dije con un tono de resignación que no podía ocultar completamente la frustración que sentía. Acababa de perder los ahorros de una década en la compra de una pulmonía fulminante de clase ejecutiva, que me tuvo postrado por casi una semana sin que, al final, lograra aniquilarme. Retornar a mis labores de inspector municipal era todo lo que había en mi futuro inmediato.

—¿Nos vamos?

—Ya casi.

Abracé a Sofía y, brevemente, imaginé que todo era distinto y que, en vez de ser una mercancía sujeta al vaivén de las fuerzas del mercado, la muerte volvía a ser el último, indispensable y precioso dominio de la vida.

Iván Molina Jiménez nació el 6 de enero de 1961 en Alajuela, Costa Rica. Es escritor e historiador. Se le conoce popularmente por sus cuentos de ciencia ficción y por su novela Cundila que es una suerte de secuela de El Moto, la primera novela costarricense, una obra de Joaquín García Monge. Molina es catedrático de la Escuela de Historia e investigador del Centro de Investigación en Identidad y Cultura Latinoamericana (CIICLA) de la Universidad de Costa Rica. Además de la novela citada ha publicado los libros de cuentos Craks, Hazaña presidencial, Los peregrinos del mar y La miel de los mundos.

 

 

sábado, 27 de abril de 2024

CATARATA

 

Iván Molina Jiménez


 

“Poco después de las cuatro de la tarde, dejé el campamento y me dirigí a la doble catarata ubicada en la confluencia de los ríos Caracha y Poás. Luego de veinte minutos, el estruendo del agua empezó a apropiarse de mis oídos. Bajé por el sendero abierto en la mañana por los trabajadores de la compañía y, gracias a un inmenso tronco caído entre la orilla y el islote, pasé a este último. Todo era de una belleza increíble: la vegetación, de un verde intenso; el cielo, completamente despejado; y la espuma, que se deslizaba sin prisa entre las piedras.

De pronto, el paisaje entero comenzó a adquirir un delicado tono sepia. Saqué mi reloj y constaté que era demasiado temprano para la puesta de sol. Casi instintivamente, coloqué mi mano izquierda en el mango del machete que tenía enfundado a mi costado y apreté con la otra una vara que acaba de recoger; entonces, las vi. En la catarata a mi derecha, empezaron a formarse cinco esferas, cuatro de las cuales giraban lentamente alrededor de la más grande. Por unos segundos, al tiempo que me sentía maravillado, mi cerebro precipitadamente buscaba algo con que asociar ese fenómeno. Lo único que venía a mi cabeza era una función en el Planetarium Hayden de Nueva York, a la cual había asistido un año antes con mis pequeñas hijas.

A medida que las esferas empezaron a adquirir perfiles cada vez más definidos, pude distinguir lo que parecían ser mares y continentes. Traté de aproximarme a la que estaba más cerca del islote y, en ese instante, todas desaparecieron. Permanecí, sin moverme, durante unos minutos, con la esperanza de que regresaran; pero fue en vano. Con sumo cuidado, bajé al río, me hundí hasta la cintura e investigué el fondo; luego, exploré detrás de la catarata, pero no encontré nada extraño. Entre asombrado y decepcionado, volví al campamento, me cambié de ropa, dibujé lo que vi y acabo de terminar un informe en el que, basado en falsas razones técnicas, recomiendo que se descarte el proyecto de construir una represa en este paraje”.

 Valeria:

El texto anterior es una copia exacta de lo que Francisco Cervantes, ingeniero en jefe de la Electric Company of Costa Rica, escribió en su diario el 30 de marzo de 1937. Pese a las dudas planteadas por diversos investigadores sociales sobre la confiabilidad de este documento, es evidente que la descripción y el dibujo del planeta y sus lunas coinciden con el último descubrimiento de Tseng Lao en la constelación del Cisne. Todo indica que la alteración magnética del área donde estuvo la catarata es un residuo de otra de esas puertas estelares de base ecológica construidas por los thazmis.

Cervantes, una vez que logró que la Electric perdiera el interés en el proyecto de la represa, invirtió todo su capital en comprar los terrenos que circundan la catarata y los convirtió en una reserva privada, que existió como tal durante casi un siglo. La aprobación en el 2045 de la Ley Desreguladora de la Tala, supuso el fin de ese pequeño paraíso tropical y, de seguro, el colapso de la puerta, una vez que su fundamento ambiental fue destruido.

Saludos,

Susana.


Iván Molina Jiménez nació el 6 de enero de 1961 en Alajuela, Costa Rica. Es escritor e historiador. Se le conoce popularmente por sus cuentos de ciencia ficción y por su novela Cundila que es una suerte de secuela de El Moto, la primera novela costarricense, una obra de Joaquín García Monge. Molina es catedrático de la Escuela de Historia e investigador del Centro de Investigación en Identidad y Cultura Latinoamericana (CIICLA) de la Universidad de Costa Rica. Además de la novela citada ha publicado los libros de cuentos Craks, Hazaña presidencial, Los peregrinos del mar y La miel de los mundos.

 

INCIDENTE EN FLANDES