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sábado, 30 de mayo de 2026

TEMPOMANTE VS. TEMPOMANTE

Gretchen Kerr Anderson

 



El tiempo es relativo.
Albert Einstein

 

Tempus, sis retrocedere! — pronuncié el hechizo cuántico, mientras agitaba los dedos con parsimonia.

Las manecillas del reloj apenas retrocedieron dos segundos en su inexorable marcha. Pero para mí fue un logro. En un mundo donde la puntualidad es un cliché, hacer que el tiempo volviera sobre sí mismo, aunque fuera un par de segundos, era como haber ganado la lotería.

A lo largo de los meses siguientes, con la práctica, mis habilidades como tempomante fueron mejorando. No me costó mucho darme cuenta de que, en un país como el mío, donde el tiempo se enredaba más que el hilo de un ovillo, cualquier pequeño avance era digno de celebración.

Aunque tampoco era para tanto. No pretendía que se trataran mis incursiones de manipulación temporal como las hazañas de una Einstein cubana. Mis experimentos con el segundero del reloj eran más bien algo así como un juego.

A través de la ventana que daba a la calle, me mantenía atenta para constatar los efectos que mi manipulación del tiempo tenía sobre los que pasaban cerca de la casa.

—Tempus, in viam retrocede! — repetía como un mantra, y la magia comenzaba.

La vecina, esa que siempre venía a pedirme un poquito de azúcar para colar café, un ajicito para darle sazón al potaje, o un poquito de sal… ya saben, se detenía de repente. Su mano, que iba a alcanzar el timbre, quedaba congelada en el aire como si estuviera en un cuadro de Dalí.

Sin embargo, la verdadera explosión de hilaridad llegaba con el vendedor del bocadito de helado, que todos los días a la misma hora, hacía acto de presencia en el vecindario. ¡Ah, el sala´o pregonero con su voz de gallo desafinado, que parecía usar la misma cajita de melodías desde el año del triunfo de la Revolución!

 Él pasaba entonando su cantaleta: “¡Eeel bocaditooo de heladooo!”. Pero, gracias a mi hechizo, su canto se volvía un eco en cámara lenta. Y con cada repetir de su molesta arenga, las manecillas del tiempo se atrasaban dos segundos en burlesca contestación.

La anciana de la esquina, la que siempre se quejaba de los altos precios del pan en el mercado no estatal, comenzaba a contar que “en mis tiempos…” y como ya me imaginaba lo que venía luego, decidía retroceder el reloj una vez más. La gente, atrapada en un bucle, parecía estar en una obra de teatro absurda.

Mientras esto sucedía, me daba cuenta de que, en el fondo, no era la magia la que realmente creaba estas escenas. Había verdaderos tempomantes en la vida cotidiana: esos que lograban atrasar el tiempo cada vez que estabas en una cola interminable para hacer una gestión en cualquier oficina pública. Esos magos que, con el simple hecho de estar en el último lugar de la fila, hacían que el tiempo destinado a tu gestión se estirara como un chicle.

Por eso, un buen día, después de haber perfeccionado mis habilidades, decidí retar a duelo a la Tempomante Mayor: la señora de la oficina de trámites. Esa mujer, a lo Gandalf, tenía un poder que trascendía lo terrenal, capaz de hacer que los minutos se convirtieran en años mientras buscaba el “formulario 247” que, por supuesto, no existía en ninguna parte.

El duelo se programó para el lunes, a las diez de la mañana, en el centro de la plaza. “Tempomante contra Tempomante”, rezaba el cartel. La gente comenzó a especular sobre el enfrentamiento, y hasta se hicieron algunas apuestas. De un lado estaban los funcionarios, quienes apoyaban a la Tempomante Mayor, y por el otro, las personas que llevaban tiempo tratando de realizar alguna gestión sin éxito, quienes tenían su fe depositada en mi victoria.

 Un vendedor de churros aprovechó la aglomeración para sacarle partida a su negocio, idea que motivó a otros, y de improviso, aquello se convirtió en una feria de vendedores ambulantes, con y sin licencia. Alguien llevó una bocina bluetooth y la estridencia de la música urbana inundó el ambiente.

Mientras tanto, yo me preparaba, convencida de que mis días de atraso temporal en las oficinas de trámites, más todo mi entrenamiento extra, me habían preparado para esta batalla.

Era la oportunidad perfecta de probar mis habilidades contra la legendaria experta y convencerla de que yo podía retroceder incluso más allá de ese tiempo en que nadie conseguía hacer un simple trámite.

La plaza se llenó de curiosos. La señora llegó con su marchita acompasada de sexagenaria, su cabello recogido en un moño que desafiaba la gravedad y sus lentes de fondo de botella. Nos miramos fijamente, listas para un enfrentamiento épico. La funcionaria me dedicó una sonrisita que vaticinaba problemas.

Y así empezamos.

—Tempus, in viam retrocede! — grité, moviendo mis dedos en el ensayado patrón que bien conocía, en espera de que el tiempo obedeciera mi mandato. Pensaba dejarla ahí mismo, detenida en un bucle retroactivo, y marcharme. Para que aprendiera a respetar el tiempo ajeno, que como bien dice el refrán, es oro.

Pero ella, con un movimiento de su mano, que deslizó hacia el interior de un enorme portafolios negro que llevaba consigo, extrajo unos papeles e hizo que el reloj en la torre de la plaza se detuviera por completo.

“¡Ay, no! ¿Así de fácil?”, pensé, mientras veía a las personas congeladas en diferentes posturas: aquel niño con la bola de helado a punto de caer del barquillo, la anciana con la queja del dolor del reuma truncada en los labios, el pregonero con la boca abierta para entonar su cantaleta, el perro con la mitad de la cabeza sumergida en el bote de basura, una paloma con las alas extendidas petrificada en medio del aire…

Pronto me di cuenta de que la Tempomante Mayor era una maestra en su oficio; había desatado un vórtice que no solo detenía el tiempo, sino que lo convertía en un laberinto. Cada hechizo cuántico que lanzaba era respondido con más formularios e improvisaciones. Mientras yo intentaba atrasar los segundos, ella sacaba de su bolso documentos que parecían multiplicarse, paralizando el tiempo en horas, días, semanas, o incluso, en el peor de los casos, años enteros.

Y ahí estaba yo, atrapada en la red de sus papeleos, cuños y firmas, mientras el tiempo se paralizaba como si nunca hubiera existido. Finalmente, con un suspiro de derrota, me acerqué a la Tempomante Mayor, maravillada por su poder.

¿Qué terrible hechizo de atraso es ese que usaste para ganar? —le pregunté, esperando una respuesta que resonara con la sabiduría de una gran hechicera.

Ella en cambio me miró con una sonrisa pícara y, mientras guardaba de nuevo sus implementos de oficinista, respondió:

Burocracia…


Gretchen Kerr Anderson nació en Mayarí, Holguín, Cuba en 1998. Es narradora, poeta y editora. Miembro de la AHS. Licenciada en Lenguas Extranjeras por la Uho Universidad de Holguín. Máster en Didáctica de las Lenguas Extranjeras por la Universidad de Ciencias Pedagógicas Enrique José Varona de La Habana. Editora de la revista El Babujal. Especialista de Literatura, crítica e investigación en la Asociación Hermanos Saíz de La Habana. Actualmente cursa el Curso de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Entre otras distinciones fue la ganadora del certamen de publicación de la revista digital Novum de la UBIK-USB Universidad de Bolivia con el relato “La Hechicera” (2020); mención de honor en el Concurso de Minicuentos de Cubaliteraria con la obra “El arcoíris”(2024); tercer premio en el concurso nacional de literatura erótica Farraluque 2024; mención en el concurso nacional de narrativa Ernest Hemingway con el cuento "El enjambre" (2025); mención en el concurso nacional de Ciencia Ficción y Fantasía Oscar Hurtado con el cuento "Arena Virtual"; finalista en el IX Certamen Internacional de poesía erótica de la editorial española Diversidad Literaria (2025). Ha publicado el poemario Enajenación (2018) y cuentos en antologías y revistas.

sábado, 27 de diciembre de 2025

EL ESTABLO DE LOS SANTOS INOCENTES

Gretchen Kerr Anderson

 

El doctor Emeric Ross siempre vio la biología como una máquina desmontable. Cuando la escasez de órganos colapsó los sistemas de salud, su solución fue la ingeniería genética más radical: el proyecto "Cirse". No buscaba un ser, sino cuerpos vivos, estables, diseñados como bioreactores para cultivar tejidos humanos perfectos. El cerdo, por su compatibilidad fisiológica, fue la base. Pero Ross no quería cerdos modificados. Quería eficiencia pura.

Sus “Adanes” eran aberraciones de pragmatismo. La piel era rosada y lampiña, sí, pero demasiado tersa, sin folículos pilosos, con una suave capa de sebo que relucía bajo las luces LED. Los brazos eran muñones cortos, terminados en una especie de pezuñas blandas y prensiles, útiles solo para agarrar el tubo de alimentación. Las piernas, atrofiadas y dobladas bajo el torso, nunca tocarían el suelo.

Pero lo más horripilante eran los rostros: carentes de orejas externas (solo orificios), con hocicos aplanados que no gruñían, y ojos grandes, marrones y húmedos como los de un cerdo, pero ubicados frontalmente, dotados de un párpado humano que parpadeaba con lentitud anormal. No había cuello. La cabeza, de un tamaño desproporcionado, se asentaba directamente sobre los hombros redondeados, como un espantoso feto a término.

—Eficiencia pura —explicaba Ross a los inversores, pasando la mano sobre el cráneo cálido y pulsátil de Adán-7. Un gruñido bajo, casi un ronroneo, emanaba de su pecho—. El cerebro es una glándula reguladora, no un centro de pensamiento. No hay corteza prefrontal significativa. No hay sueños, no hay anhelos. Solo hay… homeostasis. Son incubadoras de alta gama. Sus órganos internos, sin embargo, son humanoides al 99.8%. Un hígado Adán es, para todos los efectos, un hígado humano que nunca bebió alcohol ni conoció el estrés.

El éxito fue rotundo. El riñón de Adán-3 integró sin rechazo en un anciano. El corazón de Adán-5 latía ahora en el pecho de una adolescente. Ross acumuló premios y dormía el sueño de los justos, acompañado solo por el suave zumbido de los sistemas de soporte vital.

Hasta la Noche de los Mucosidades. Un sonido lo arrancó del sueño. No era un llanto. Era algo más profundo, más físico: un gorgoteo húmedo, un sollozo ahogado en flema, que surgía del establo-laboratorio. Parecía el sonido de un pulmón tratando de llorar.

Ross entró en la sala climatizada. El aire, siempre esterilizado, olía ahora a saliva seca y a algo dulzón, como leche agria. Los doce Adanes yacían en sus camas de gel, conectados a las máquinas. Sus cuerpos se elevaban y descendían al unísono con el ritmo de los ventiladores. Pero de sus bocas entreabiertas, de labios finos y pálidos, colgaban hebras de una baba espesa y nacarada que se acumulaba en charcos sobre el gel. Los ojos, aquellos ojos marrones y húmedos, estaban inyectados en sangre, y seguían a Ross por la habitación con una lentitud aterradora. No era mirada de reconocimiento. Era la mirada de un órgano inflamado.

—Efecto secundario —murmuró Ross, con los nudillos blancos agarrando la puerta—. Una reacción al nuevo nutriente. Hipersecreción mucosa.

Pero su estómago se retorció. Vio, no criaturas, sino interiores expuestos. La carne viva que él cosía y descosía. Las noches siguientes trajeron nuevas… expresiones. Adán-9 desarrolló un temblor constante en su muñón izquierdo, un espasmo que hacía golpear la pezuña blanda contra la barandilla de la cama con un tap-tap-tap monótono. Adán-2 comenzó a rechazar el alimento, dejando que la papilla nutritiva le escurriera por la barbilla, mientras sus ojos permanecían fijos en el techo. Y siempre, el gorgoteo. El sonido de una tráquea llena de un llanto que no podía tomar forma.

La gota que quebró el cristal de su racionalidad fue durante una ecografía de rutina de Adán-12. Ross deslizó el transductor sobre el torso rosado, observando en la pantalla el hígado perfecto, simétrico, listo para la cosecha. Entonces, Adán-12 giró su pesada cabeza. Sus ojos se posaron no en Ross, sino en la pantalla, en la imagen gris y negra de su propio hígado. Un gruñido escapó de su garganta, diferente a los demás: corto, agudo, como un chillido sofocado. Luego, de la comisura de su ojo izquierdo, brotó no una lágrima, sino una secreción sanguinolenta y espesa que trazó un camino rojo sobre su mejilla, cayendo sobre la sábana de papel.

Ross retrocedió, tropezando con el carro de instrumentos. El metal cayó con estruendo. En el suelo, jadeando, vio la mancha roja expandirse. No era sangre pura. Era serosidad, pus y tal vez algo más. El olor a infección, dulce y podrido, llenó la sala. Y supo, con certeza visceral, que el dolor tenía mil formas, y que sus criaturas estaban explorando todas.

Algo dentro de él se partió y se reconfiguró en una piedad retorcida. Desconectó los sistemas de extracción programada. Comenzó a inyectarlos no con nutrientes, sino con analgésicos y sedantes de alta potencia. Les hablaba, les leía tratados de filosofía en voz alta, como si el lenguaje pudiera redimir la carne. Les puso nombres de mártires: San Sebastián (por los tubos que los penetraban), San Lorenzo (por el calor de los foco quirúrgicos), Santa Lucía (por los ojos que todo lo veían y nada comprendían). Los llamaba sus “santos inocentes”, mientras limpiaba con torpeza sus secreciones.

Cuando los inversores irrumpieron, exigiendo su propiedad biológica, encontraron a Ross acurrucado en un rincón del establo, abrazando el torso inmóvil de Adán-1, canturreando una nana. Los Adanes, sedados en exceso, respiraban con estertores húmedos. El olor a enfermedad y desinfección era insoportable.

—¡Están podridos por dentro! —gritó el jefe de seguridad, tapándose la nariz—. ¡Los órganos son inservibles!

Ross alzó la vista. Sus ojos brillaban con una lucidez demente.

—No. No están podridos. Están consagrados. El dolor los ha santificado. No se pueden tocar.

Mientras lo arrastraban fuera, Ross forcejeó y gritó. Su último vistazo al establo lo mostró iluminado por las luces rojas de emergencia que alguien había activado. Bajo ese resplandor escarlata, los cuerpos rosados de los Adanes parecían recién desollados. Y de la boca de Adán-12, aún conectado a la máquina de ecografía abandonada, un último y largo gorgoteo surgió, seguido de un flujo oscuro y denso que manchó la pantalla, borrando para siempre la imagen del hígado perfecto.

Ahora Ross está aquí, en esta celda blanca y suave. No repite que eran plantas. Susurra, acariciando las cicatrices de sus propias muñecas (intento fallido de donar sangre, dice): “Los santos sangran. Los santos supuran. Es la única oración que conocían.” Y cuando el silencio es total, acerca el oído a la pared fría, y sonríe. Porque desde el hormigón, cree escuchar, muy débil, el familiar y húmedo tap-tap-tap de una pezuña blanda, llamando a su creador en la única lengua que les fue permitida: el morse de la carne sufriente.

Gretchen Kerr Anderson nació en Mayarí, Holguín, Cuba en 1998. Es narradora, poeta y editora. Miembro de la AHS. Licenciada en Lenguas Extranjeras por la Uho Universidad de Holguín. Máster en Didáctica de las Lenguas Extranjeras por la Universidad de Ciencias Pedagógicas Enrique José Varona de La Habana. Editora de la revista El Babujal. Especialista de Literatura, crítica e investigación en la Asociación Hermanos Saíz de La Habana. Actualmente cursa el Curso de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Entre otras distinciones fue la ganadora del certamen de publicación de la revista digital Novum de la UBIK-USB Universidad de Bolivia con el relato “La Hechicera” (2020); mención de honor en el Concurso de Minicuentos de Cubaliteraria con la obra “El arcoíris”(2024); tercer premio en el concurso nacional de literatura erótica Farraluque 2024; mención en el concurso nacional de narrativa Ernest Hemingway con el cuento "El enjambre" (2025); mención en el concurso nacional de Ciencia Ficción y Fantasía Oscar Hurtado con el cuento "Arena Virtual"; finalista en el IX Certamen Internacional de poesía erótica de la editorial española Diversidad Literaria (2025). Ha publicado el poemario Enajenación (2018) y cuentos en antologías y revistas.

 

 

BUITRES