martes, 7 de julio de 2026

BUITRES

Cristian Mitelman

 

Después de la Guerra, mi padre, al igual que un gran número de sus colegas, fue sometido a juicio. Se presumía algún pasado colaboracionista con el régimen. Efectivamente, había algunas fotos con su mano diestra alzada, aunque eso no demostraba nada. En todas las reparticiones públicas y universidades los empleados debían realizar el saludo en determinados momentos del año. Yo era chico y sentía que para mi padre el juicio era una afrenta. ¿Acaso no había enseñado literaturas del Cercano Oriente durante décadas? En su juventud había participado en la expedición inglesa que había redescubierto las antiguas glorias de Nippur. Parte de aquellos materiales, especialmente las tablillas, terminaron en el Museo Británico. Como alemán al que se había concedido una beca para el viaje, no podía protestar, aunque más de una vez confesó que hubiera deseado que algunos textos llegaran a Berlín. Estábamos en 1922. Salíamos de un infierno y nos encaminábamos a otro. Cinco años antes, mi padre había conocido las trincheras en esa tierra de nadie que era el frente oriental. Ahí perdió dos dedos de la mano izquierda. Sobrevivió gracias a los cuidados de un médico que se suicidaría poco después de la Noche de los Cristales. Si mal no recuerdo, se apellidaba Szerman.

Una noche, bajo la influencia de la luna caldea, logró descifrar los fragmentos de una pequeña columna que había copiado una semana atrás. Aunque contaba con algunos rudimentos de la gramática sumeria, de pronto el texto le habló desde su silencio de treinta y cuatro siglos. El fragmento abundaba en espacios vacíos ya que el tiempo había destruido las columnas que formaban aquel fragmento de relato:

 

 

…entonces el dios desapareció por…

se encaminó al alto monte, donde los hombres no pueden fijar la vista.

Hasta lo más profundo del cielo escaló el dios… vencido…

Y la tierra conoció un largo invierno.

Ya no hubo granos. No hubo cebada.

Las fuentes de la vida se agotaron y…

… los hombres pidieron al Rey que escalara la alta cumbre.

Sólo el rey podía conocer la alta cumbre.

Los hombres le pidieron que subiera, roca a roca,

… para hablar…

Y …amesh lloró en la noche, porque iba a despedirse

…la esposa

Debía escalar hasta lo más hondo del universo

donde se amacollan los truenos…[1]

 

 

Tradujo al alemán y luego lo volcó al inglés. A partir de sus conjeturas, comenzaron los trabajos de desciframiento del idioma. Su nombre apareció en los Anales Europeos de Filología. No sería la primera vez que sus ideas habrían de publicarse en ese medio.

Aquella noche, mientras su mente exploraba aquellas palabras que venían de lejos, cierta imagen le causó una mezcla de náusea y angustia. Se había alejado un poco del campamento. El calor era agobiante y más allá el desierto resplandecía bajo la opacidad del cielo. Un sonido afilado le llamó la atención. Deseó una de esas tormentas que parecen limpiar el universo, pero el calor era un dios impiadoso y hacía que las acciones transcurrieran con mayor lentitud. Una rata grisácea lanzaba pequeños chillidos ante un gato que la merodeaba. Al levantar la vista, vio la misma situación reflejada como sombra en el muro blanquecino de una vieja casona. Se dijo: “ahora el gato va a saltar y le va a desgarrar el cuello”. En ese momento de vértigo no se dio cuenta de que estaba en dos planos. Miraba simultáneamente las sombras y a quienes las proyectaban. Todo sucedió casi al revés: la rata se prendió del cuello de su enemigo y de pronto hubo un revoltijo de chillidos entremezclados. Un maullido atroz, lento, violáceo, anunció que el pequeño diente de la rata había encontrado una arteria esencial. El gato arqueó el lomo con esa furia epiléptica que antecede al fin. Dio tres vueltas sobre sí mismo y esparció un chorro de sangre negruzca. La rata, ya desprendida, llegó hasta un pozo y alcanzó a perderse en un laberinto de aguas podridas y basura. El otro cayó animal junto a pocos pasos de él. Un último temblor y la muerte. Mi padre se sintió invadido por un sudor insano. Todavía recordaba el ojo muerto del gato, que parecía absorber los restos de una luz moribunda.

Volvió al campamento y comenzó una especie de traducción febril. De pronto comprendió parte de aquella escritura que oscilaba entre el jeroglífico y las hendiduras cuneiformes.

Después su vida entró en esa tranquila vorágine que media entre el matrimonio y su ascenso en las cátedras. Lo cierto es que durante años volvió a experimentar una de esas revelaciones. Se diría que ese había sido su momento. Su nombre, por supuesto, no figura entre los principales estudiosos del mundo oriental. Hay momentos de la historia en que una nación parece vivir en los bordes y otros en que se halla en el centro. La Alemania después de la primera contienda grande parecía sumergida en las notas marginales del orden europeo.

Años más tarde experimentó su segunda epifanía. El país se había convertido en algo distinto. No faltaba mucho para la anexión de Polonia. En el aire un frenesí de banderas rojas y negras anunciaba la victoria inexorable de una nación que había decidido despertar a su destino. El único que parecía lejano era aquel profesor de lenguas muertas. Su mano mutilada le confería un cierto realismo a su concepción del mundo. De todos modos, convenía disimular cualquier duda sobre la conveniencia de la expansión al Este. Aquellos dedos, perdidos hacía más de veinte años le conferían el salvoconducto que evitaría su movilización hasta el final, cuando un oficial le colocó una pala entre las manos y le exigió una prueba de que podía utilizarla. El honor de mi padre hizo que maniobrara de un modo extraño pero efectivo. Esa misma tarde, a un mes de la caída de la ciudad, fue conducido a cavar trincheras en los alrededores. Todos los alemanes debían colaborar contra el ejército invasor: niños, viejos, lisiados. No importa: no esto lo que pretendo referir. Las digresiones nos protegen de esa zona de los acontecimientos que pretendemos evitar.

Le dije que antes de la anexión polaca mi padre tuvo su nuevo momento de inspiración. La universidad lo había enviado a un congreso que se organizaba en España. Trataba sobre los reinos de Taifas y la influencia árabe en el mundo occidental. La idea del seminario, tal como la concebían las autoridades germanas, era evidente. Se pretendía mostrar el rol vivificante del sustrato arábigo y mostrar a la judería sefaradí como una especie de copia del esplendor islámico. Ya sabe usted la cantilena de esos tiempos: razas que crean; razas que conservan; razas que parasitan a las dos anteriores. ¿Mi padre adhería a la ideología oficial? Yo creo que soportaba aquel lastre con indiferencia. Así como los norteamericanos viven inmersos en sus publicidades, nosotros habíamos incorporado aquel sistema de ideas como un boleto para mantener cierto nivel de vida. La universidad pretendía adquirir ciertos papeles que pertenecían a una colección privada. No debían caer en manos inglesas o yanquis.

Por aquel entonces estaban por sobrevenir los concursos de oposición. Mi padre vivía aquello como una experiencia de guerra. Hasta entonces había sobrevivido y el congreso en España parecía darle algún oxígeno. Pero (estoy intentado recordar sus palabras) desde hacía tiempo su carencia de publicaciones lo venía oscureciendo. Un filólogo que no descubre nada se convierte en una rémora.

Desde un punto de vista estrictamente académico, la misión fue cumplida a la perfección. No conservo la disertación de mi padre, un hecho extraño ya que él guardaba sus monografías con orden. Tal vez haya leído algo de compromiso y luego quemó esos papeles.

Adquirió la biblioteca particular (en realidad eran rollos carcomidos por los siglos) y llevó los materiales a la biblioteca de la universidad, donde empezarían los trabajos de traducción y catalogación. (La vida parecía seguir las sendas normales.)

A lo largo de tres noches, mi padre se reunió en casa con un profesor que a mi hermana y a mí nos causaba una mezcla de terror y sorpresa. Era un viejo encorvado, de nariz aguileña y esa piel traslúcida que anuncia las cercanías de la muerte. Las manchas marrones en las manos tenían algo de los cráteres de la luna. Lo veíamos desde nuestra habitación y nuestros murmullos nerviosos hacían que nuestra madre se enojara y nos mandase a la cama con la promesa de que no habría postre al día siguiente. Pero su voz también era temblorosa, como si algo le causara repulsión en aquella escena duplicada.

El anciano dejó de venir por las noches. Mi padre comenzó a trabajar entonces en un nuevo proyecto. Era evidente que el viejo le había abierto las puertas a un propósito que ya escapaba de sus fuerzas. Se necesitaba el talento de alguien que estaba en el centro exacto de la vida. Las nuevas oposiciones fueron un paseo triunfante. Mi padre había encontrado nuevamente la clave de un texto olvidado. Se trataba de las estrofas perdidas de un texto del malagueño Ibn Gabirol. Aquellos papeles que venían de Sefarad le daban un nuevo sentido a su existencia. Los textos eran breves y enigmáticos. Lo que se demostraba en ellos era que Gabirol los había insertado en su tratado cabalístico y que luego, a instancias de la misma comunidad, los había expurgado. En realidad, las tres pequeñas estrofas eran la modificación de un poema del místico granadino Abdarramán, que había llegado al éxtasis y a la contemplación de lo Uno a partir de los elementos más bajos de la naturaleza.

Gabirol, que conocía el hebreo y el árabe, había escrito en una especie de idioma híbrido, como si quisiera unir las dos lenguas en una especie de tronco común, una especie de fermento lingüístico acaso anterior a lo que había hallado mi padre en sus años de juventud.

La Revista Alemana de Estudios Filológicos publicó el artículo. Mire, aquí están las tres pequeñas estrofas:

…porque roe el cadáver hasta el tuétano

por donde circulaba la vida, y su pico

se hunde en la carne hedionda…

… así el buitre devora lo muerto

y al llenarse de muerte su cuello sin plumas

ama los más bajos espacios…

Este amor de buitre me corroe

y me salva, enjaulado como estoy

en la enferma piel blanquecina…

 

Ya ve que la intencionalidad del artículo era mostrar que Gabirol no había sido original en la concepción mística de su poema. ¿Acaso un judío podía serlo? Terminada la Guerra, aquellos números de la revista filológica alemana se perdieron. Mi padre conservó un solo ejemplar, tal vez como recuerdo de que una ciencia que está impregnada del pasado puede cometer los errores políticos del presente. Pasó el juicio; logró que su traducción de las estrofas volviera a incorporarse en el Corpus Gabirolensis; pasaron los años y llegó a jubilarse. Había proyectado un viaje con mi madre para ese momento, pero ella murió de un cáncer poco después. Mi hermana emigró a Brasil, yo me dediqué a la abogacía. Él se quedó solo. Creo que toda su vida deseó tener alguna tercera epifanía. Cuando lo visitaba los domingos, siempre lo veía encorvado sobre sus viejos papeles. No volvió a producir nada más y su nombre fue olvidado rápidamente. Una noche me llamó su médico personal. Había sufrido un derrame cerebral. Sus últimos días oscilaron entre el sueño y momentos de conciencia alucinada. La mirada de los moribundos es escrutadora. Había enflaquecido y su mano derecha temblaba. Se quedó observándome. Quería hablarme y su voz salió temblorosa y gutural. Me pidió que entregara todos sus papeles a la universidad. Le dije que estuviera tranquilo. Sus ojos se clavaron en un punto del techo. Al principio no entendí bien lo que pretendía decirme. Creo que estaba mezclando aquellas lenguas muertas que habían cruzado su vida. Luego volvió al alemán y se lanzó por un torrente de batallas y apellidos de profesores. Su mente estaba intentando, por última vez, ordenar el caos que somos por la mañana, cuando regresamos a la vigilia luego del sueño. Se detuvo cuando halló lo que buscaba. Con un gesto me indicó que me acercara un poco. Entonces me confesó aquello que en verdad lo condenaba. Jamás había traducido el fragmento Ibn Gabirol. El hallazgo pertenecía a ese viejo que había estado con él años atrás, en casa. Era un profesor judío al que por las leyes raciales lo estaban por expulsar de la universidad. Faltaba pocos años para el horror definitivo, para el horror final. Mi padre había logrado que le mantuvieran por unos meses una mísera pensión con la que podía irse del país, aunque el destino de la judería en Europa ya estaba sellado. El precio que le había cobrado era la entrega de aquella traducción que le permitió a mi padre ganar nuevamente un renombre que se había ido oscureciendo. Lo de Abderramán, en cambio, había sido un invento suyo para justificar la edición de la monografía y su triunfo en el concurso de oposiciones. Gabirol era quien había escrito aquellas estrofas y demostraba que la gnosis podía estar en todos lados, aun en la carne hedionda devorada por los buitres.

Después volvió a la inconciencia y murió dos noches después. Usted buscaba el ejemplar perdido de la revista de filología. Mi padre conservó el suyo, acaso como un recordatorio de una de sus identidades. Cuando publique su tesis doctoral sobre Gabirol le pido que sea indulgente.



[1] El artículo que escribió poco después postula las siguientes ideas: un rey (¿acaso Gilgamesh?) debe escalar las alturas para hablar con un dios que se ha desvanecido. La desaparición de una divinidad que se esconde en lo hondo de una montaña sagrada y el consiguiente desorden en la tierra, ¿no son antecedentes del Éxodo? Sólo un hombre puede subir y entablar palabra con el dios. La reaparición del dios, ¿apareja una nueva ley? De este modo la humanidad se reconciliaría con lo divino y volvería una era de orden. La tablilla está rota, pero hallazgos posteriores avalaron aquella hipótesis de mi padre. 

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.

 

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