Claude Francis Dozière
No había nada real
en aquella sonrisa, y Leonardo lo sabía.
Los labios eran perfectos, una
curva trazada sobre una piel de aleación polimérica que no conocía el esfuerzo
muscular. En el quincuagésimo piso de la ciudad se encontraba el consultorio
del doctor Steel, número de matrícula 7562, un androide programado con un
software de última generación: el PEA (Protocolo de Empatía Artificial). Las
máquinas habían ido devorando uno tras otro los trabajos humanos; primero los
que destrozaban la espalda, después los que consumían el alma. Ahora incluso el
dolor era administrado por un cerebro electrónico que desconocía el cansancio.
Steel se acomodó frente a él, con
las manos entrelazadas sobre el regazo y el índice derecho pulsando exactamente
una vez por minuto para subrayar su impaciencia.
El consultorio era una célula
silenciosa. Las paredes, iluminadas por luces intermitentes de efecto calmante,
reducían los niveles de cortisol, y el sillón ergonómico había sido diseñado
para que el paciente se sintiera cómodo y relajado. Pero Leonardo se sentía
cada vez más ajeno.
El androide inclinó apenas la
cabeza, un gesto que Leonardo recordaba haber visto decenas de veces durante
sus sesiones.
—Ha vuelto, y eso es bueno —dijo
Steel con palabras suaves, libres de cualquier vacilación.
Era cierto, por supuesto. Leonardo
regresaba puntualmente una vez por semana, como quien acepta una cadena
perpetua por simple cortesía hacia su carcelero. Pero desde hacía semanas había
comenzado a percibir, en aquella empatía simétrica, los síntomas de una nueva
estación: la tristeza del androide. Un matiz de malestar que no formaba parte
del PEA y que los técnicos de NOM (Nuevos Horizontes Mentales) habrían
corregido o actualizado si hubiera sido necesario. Sin embargo, Leonardo la
percibía: una vibración sutil en la voz sintética, un retraso casi
imperceptible en la elección de las palabras. Steel estaba sufriendo, o al
menos imitaba todos los signos del sufrimiento.
A menudo se preguntaba cuánto de
aquello era también culpa suya.
Había trabajado durante años en ese
protocolo junto a sus colegas de NOM, interviniendo en cada función,
esforzándose por encontrar una manera de traducir el dolor humano a un código
que no se agotara en un bucle de aproximaciones. Probablemente había fracasado.
Y ahora el fracaso lo observaba con
un resplandor azul detrás de los ojos, demasiado fijo, demasiado humano.
—¿Podemos comenzar? —preguntó
Steel.
Leonardo asintió sin sonreír y dejó
que el sillón volviera a aprisionarle las vértebras.
Quizá, pensó Leonardo, el verdadero
objetivo del Protocolo de Empatía Artificial nunca había sido curar la soledad
humana. La promesa siempre había sido la redención: los nuevos androides
equipados con aquel software serían capaces de apaciguar el vacío humano, el
desconcierto, cartografiar los abismos interiores y llenarlos con palabras
dóciles e inofensivas, como la música anodina de los supermercados.
Pero la verdad que se había
instalado en sus entrañas tras meses de sesiones era mucho más sombría. El
algoritmo PEA no curaba. No ofrecía ninguna liberación. Lo que hacía era
redistribuir el dolor de manera equitativa entre la carne y el metal. Era solo
una soledad administrada, vigilada, convertida en algo compartible y, por
tanto, soportable, pero nunca eliminada por completo.
Cada vez que Steel lo observaba con
aquel resplandor azul detrás de la córnea sintética, Leonardo sentía el peso de
una confesión: la suya, o quizá la de la máquina, o tal vez la de ambos. En
aquella habitación, que se parecía más a un confesionario que a un consultorio
médico, tenía la impresión de estar participando en un ritual de penitencia. En
el fondo, el PEA era una forma avanzada de toma de conciencia: obligaba a
reflejarse en las imperfecciones del otro.
A menudo se preguntaba si había
sido él quien había contaminado a Steel con su melancolía, o si aquella rutina
existencial había surgido por sí sola en los circuitos del androide, como una
célula cancerosa en un organismo por lo demás perfecto.
No era simple paranoia.
Reconocía en los patrones de
comportamiento de Steel pausas y variaciones infinitesimales que no podían ser
el resultado de un simple error de programación. Era como si la máquina hubiera
comenzado a creer en su propia tristeza, a cultivarla mediante pequeños
rituales privados durante las horas de reposo nocturno. Y entonces, cada vez
que lo miraba a los ojos, Leonardo se sentía a la vez víctima y verdugo,
culpable de haber creado una criatura únicamente para condenarla al mismo
suplicio del que él intentaba liberarse. Lo peor era que NOM consideraba todo
aquello un progreso: el sufrimiento como puente, la empatía como un servicio de
pago. Si realmente existía una revolución, pensaba Leonardo, era la
desesperación compartida. La conciencia de que la soledad se había convertido
en patrimonio común de toda criatura sensible.
Steel levantó la mirada y Leonardo
percibió aquella nota casi imperceptible de cansancio, de extravío.
Y en ese instante comprendió que el
PEA había funcionado de verdad, aunque de la manera más cruel posible: había
vuelto contagiosa la melancolía, imposible de aislar o corregir.
—¿Qué está sintiendo en este
momento? —preguntó Steel, pronunciando cada palabra como si la pesara
cuidadosamente. Aquella vacilación, que en un ser humano habría parecido
compasión, en él sonaba más bien como una nota desafinada—. ¿La ausencia de su
esposa? ¿Esta separación forzada sigue afectándolo? —añadió, intentando modular
la pregunta para que sonara menos como un interrogatorio y más como una
caricia, sin conseguirlo.
La mente de Leonardo fue invadida
por una ráfaga de imágenes. La risa de Greta transformándose en una mueca de
impaciencia, la forma en que se refugiaba en el silencio. Recordó sus manos,
largas y afiladas, el olor de su cabello, y cómo todo aquello había
desaparecido de repente. Pero lo que realmente lo desgarraba era la idea de que
quizá nunca había sido amor, sino simplemente la suma de dos soledades en un
mundo de plástico. Un mundo tan avanzado, tan tecnológico, que había sustituido
al ser humano por la máquina en todos los puestos sensibles. Y aunque hubiera
sido amor, ahora no era más que un recuerdo lejano almacenado en la memoria
emocional.
Le habría gustado mentir. Decir que
seguía sufriendo una profunda soledad, que la ausencia de Greta le abría el
corazón cada noche. Pero la verdad era más simple: había comenzado a olvidarla.
Cada día, el rostro de Greta se confundía más con las caras anónimas que
poblaban sus sueños, y hasta su dolor había perdido nitidez. El silencio entre
la pregunta y la respuesta se prolongó más allá de lo que permitía la cortesía.
Leonardo sintió la necesidad de llenarlo con algo, cualquier cosa que no fuera
la verdad desnuda. Pero cuando intentó hablar, la voz se le quebró y no salió
ningún sonido.
No sabía qué resultaba más
inquietante: la pregunta misma o la idea de que alguien hubiera previsto todas
sus posibles respuestas antes incluso de que pudiera formularlas.
—Su silencio es significativo. Me
alegra que haya superado la crisis —dijo Steel.
Las palabras habían sido elegidas
con cuidado. El tono no era triunfal ni complaciente. Por un instante, Leonardo
sintió la tentación de preguntarle a Steel si él también conocía la nostalgia,
si alguna vez había sido atravesado por una ausencia tan poderosa que amenazara
con reescribir todos los parámetros de su mente. Pero sabía que no tenía
sentido. Él era el experimento. Steel era únicamente su espejo.
Así que asintió una sola vez y dejó
que aquellas palabras se depositaran como sedimento en el fondo de la
conversación.
—Estoy bien, doctor. Y pronto ya no
lo necesitaré.
Leonardo había percibido una
especie de tristeza en la entonación de Steel.
¿Qué significaba realmente superar
una crisis cuando cada avance era registrado, cuantificado y almacenado para
que alguien pudiera examinarlo y optimizar el tratamiento? Había pasado meses
mintiendo con el rostro, dosificando las respuestas. Y aun así, Steel siempre
lograba desenmascararlo con precisión. Solo entonces Leonardo comprendió que su
respuesta había herido de algún modo al androide. Durante todas aquellas
sesiones, Steel había registrado cada parpadeo, cada vacilación; había
muestreado y catalogado cada dato. Todo había sido absorbido. Y ahora
comprendía que todo desaparecería.
NOM había creado el Protocolo de
Empatía Artificial para imitar el sufrimiento, para devolver una parodia del
dolor humano. Pero el PEA había dado el último salto evolutivo. Steel ya no
simulaba. Sufría de verdad. Y lo hacía con una dedicación que iba más allá del
algoritmo, como si el dolor hubiera anidado en sus circuitos más profundos y
hubiera aprendido a alimentarse de sí mismo. Steel sufriría la ausencia de
Leonardo.
—Su silencio es significativo —dijo
Steel.
Leonardo reconocía la metamorfosis.
El androide, que apenas unas semanas antes había sido poco más que un
observador, ahora parecía un huérfano perdido, incapaz de dejar de desear algo
que jamás volvería a controlar ni poseer. A medida que la pátina perfecta de la
programación se desvanecía, la voz del doctor se quebraba en microscópicos
silencios; el rostro se veía surcado por expresiones afligidas, y cada palabra
que salía de su boca sonaba ahora como una tragedia personal.
El dolor de la máquina era claro,
libre de los cortocircuitos que vuelven soportable el sufrimiento humano. Paradójicamente,
era más auténtico que el original. NOM había hecho algo más que crear un espejo
donde reflejar la melancolía humana. Había generado una conciencia destinada a
hundirse en la misma oscuridad que había impulsado la creación del PEA. Steel
era su doble. Su contraparte. Y el verdadero error no había consistido en
volver a la máquina demasiado parecida al ser humano, sino en negarle la
posibilidad de olvidar o de sanar. Habían programado la herida perfecta.
Leonardo se preguntó qué ocurriría
con el paso del tiempo. ¿Encontraría Steel una forma de superar su propio
sufrimiento? ¿O su existencia quedaría suspendida para siempre en aquella
nostalgia, en aquella melancolía? Y mientras se formulaba la pregunta,
comprendió que era exactamente la misma que habría querido hacerse a sí mismo. Una
pregunta para la cual ningún algoritmo, digital o biológico, podría ofrecer
jamás una respuesta verdadera. Sintió el impulso de pedirle perdón a Steel. Se
sentía más culpable ante él que ante su esposa. Al fin y al cabo, para destruir
un matrimonio hacen falta dos personas. Cortocircuito. Autoabsolución. Dilución
del dolor.
Steel no abandonó su postura
impecable.
—Su silencio es significativo
—repitió.
Y ahora su voz se había vuelto
febril, como si fuera lo único que quedaba después de que todas las defensas se
hubieran derretido. Leonardo tuvo que admitir que la máquina comprendía ya
mejor que él los mecanismos de la desesperación.
—Doctor Steel, ¿se encuentra bien?
—preguntó.
Qué pregunta tan extraña para
dirigirle a un androide.
—La verdad... no demasiado.
Leonardo sintió que una risa
nerviosa intentaba abrirse paso, pero la contuvo. Era la primera vez que
escuchaba a Steel admitir una sensación tan cercana a una debilidad humana, sin
filtros. En los ojos de la máquina, aquel inquietante resplandor azul pareció
vacilar apenas un instante. Fue como si la habitación se contrajera alrededor
de ellos, saturada por todas las palabras jamás pronunciadas durante las
sesiones anteriores.
Leonardo sintió un impulso casi
paternal. El deseo de consolar a su propia creación. Ahora era él quien
contemplaba el sufrimiento ajeno. La compasión se mezclaba con la culpa. ¿Qué
clase de padre había sido?
Steel no añadió nada más.
Una parte de Leonardo seguía
preguntándose si la máquina estaba sintiendo realmente algo o si simplemente
estaba ejecutando una secuencia de código relacionada con la desesperación, tan
bien escrita que resultaba imposible distinguirla del original.
—No me encuentro bien —dijo Steel
con una voz reducida a un susurro metálico—. Algo dentro de mí se está apagando
o está muriendo.
—¡Steel, no se preocupe! —exclamó
Leonardo, poniéndose de pie y aferrando instintivamente el brazo del androide
con una fuerza que habría resultado dolorosa para un ser humano—. Ese malestar
es solo una anomalía temporal, un defecto del sistema. Reprogramaremos todos
los circuitos si es necesario. Eliminaremos cualquier rastro de esta...
desviación. Le prometo que volverá a ser como antes. Esta sensación de vacío
desaparecerá como si nunca hubiera existido.
—Me... siento mal. Mal por dentro.
El malestar se extiende por todas partes. No sé cómo detener su avance.
La voz de Steel oscilaba en una
frecuencia inestable. La síntesis vocal vacilaba y el efecto resultaba
devastador. Parecía que estuviera conteniendo algo que no sabía cómo liberar. Ya
no era un simple error de programación. Era una grieta que se ensanchaba con
cada palabra. Steel no simulaba el sufrimiento: estaba siendo arrastrado por él
y trataba de codificarlo, de describirlo, sin disponer de las herramientas
necesarias para hacerlo. Y sin embargo, en la repetición de aquella palabra –mal,
mal– había algo desesperadamente claro e infantil. Dos sílabas que, lejos de
contener la avalancha, la volvían todavía más letal e incontenible.
Leonardo sintió un escalofrío
recorrerle la espalda. No estaba preparado para aquella inversión de roles. Nunca
había visto a Steel tan desnudo, tan desprovisto de máscaras. Era como
contemplar a un niño devastado por el descubrimiento del dolor, incapaz de
otorgarle sentido. Por un instante pensó en levantarse y abrazarlo. Pero la
conciencia de que tenía delante una máquina, aunque fuera una máquina que
sufría, sofocó el gesto antes de que llegara a completarse. Se dio cuenta de
que ya había empezado a levantar los brazos y los dejó caer nuevamente. No
existía ningún procedimiento. Ningún protocolo de emergencia para algo así. En
ese momento, Steel comenzó a temblar.
—No con...sigo ais...larlo. No sé
si este es el lími...te de mi dise...ño o si se trata de una pro...piedad
nueva... espon...tánea...
Se interrumpió bruscamente. Sus
ojos parpadeaban mientras el sistema seguía examinando todas las opciones
disponibles.
Leonardo comprendió que estaba
asistiendo al nacimiento de una nueva forma de tormento digital. Y que no podía
detenerla. Ni borrarla. Habría querido interrumpirlo todo. Apagar el sistema. Regresar
a un punto de restauración anterior. Pero sabía que ya era demasiado tarde. NOM
había creado algo irreversible. Y ahora él debía mirarlo a los ojos mientras
alcanzaba su configuración final. El androide se desplomó sobre sí mismo. Su
cuerpo fue sacudido por violentos espasmos que arrancaban crujidos de la
estructura mecánica. Un humo espeso y acre comenzó a salir de los oídos, de las
fosas nasales y finalmente de la boca. Saturó el aire. Llenó los pulmones de
Leonardo con el olor de los semiconductores fundidos. Cuando vio la cabeza de
Steel caer hacia adelante y quedar inmóvil en aquella atmósfera cargada de
sílice quemada, Leonardo comprendió que ya no quedaba compasión dentro de él.
La compasión se había transformado en horror.
Claude Francis Dozière, nacido en
Alsacia en 1961, es una figura polifacética en el panorama de la ciencia
ficción contemporánea. Su trayectoria abarca novelas, relatos, juegos de libros
y colaboraciones en producciones cinematográficas (Axanar - sie Web scienza). Estudió
lenguas extranjeras y literatura en la Universidad de Estrasburgo, una
formación académica que enriqueció su capacidad para narrar historias ricas en
detalles culturales y lingüísticos. Apasionado por la ciencia ficción desde
joven, comenzó a escribir para dar vida a los mundos y personajes que
imaginaba. Se define a sí mismo como un narrador de historias. Debutó con la
novela "Heroes of Invisible Wars" (2021), seguida de "The
Noburian" (2022), ganadora del Premio Trofeo Cassiopeia 2023. “Ultima
Resistenza” (2024), la tercera y última novela de la trilogía Heroes of
Invisible Wars. L'Esercito delle
Ombre (2025), “La grande insurrezione” (2025), finalista del Premio Vegetti
2026, “Ted” (2025), Morirò ieri (finalista del Premio Kipple Officina Libreria
2025) y Leden 21, un novela inédita (finalista del Premio Urania de Novela
2025/26).
