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lunes, 3 de agosto de 2026

MORIRÉ AYER

Claude Francis Dozière

 

Cuando Robert abrió los ojos, percibió de inmediato que algo había cambiado. La luz que se filtraba por las persianas tenía el mismo color que la de las mañanas de invierno de su infancia: fría, de un amarillo desvaído, incapaz de brindar calor o consuelo. Las paredes de la habitación, antes blancas y familiares, parecían retirarse hacia los márgenes de su campo visual, escapando a cualquier intento de medirlas o apropiarse de ellas.

Se incorporó lentamente de la cama y apoyó un pie en el suelo. Sintió el contacto frío del piso de madera; cuando apoyó también el otro y se puso de pie, no oyó el más mínimo crujido.

El mundo se había convertido en puro silencio, una especie de burbuja de quietud que absorbía el sonido de sus pasos y devolvía apenas un eco lejano, casi imperceptible. El reloj colgado de la pared, un objeto cotidiano que hasta el día anterior había marcado con tranquilizadora indiferencia el transcurso de los minutos, estaba ahora detenido. Sus agujas inmóviles se negaban a sancionar el menor avance del tiempo, congeladas en una fracción de segundo, como en una eternidad suspendida.

En aquel silencio germinaba, contra toda lógica, una sensación de libertad que jamás había experimentado. La mente de Robert, liberada de los puntos de referencia habituales, se entregaba a especulaciones que nunca antes habría imaginado. Pero, por más que intentara abandonarse a aquella nueva ligereza, sentía que seguía anclado a algo muy profundo: un residuo de deber que le impedía perderse por completo en aquella deriva.

Se vistió con los gestos automáticos de la rutina diaria. Se puso la camisa, cuyas mangas se deslizaron sobre sus brazos; abotonó los puños sin siquiera mirar y se observó distraídamente en el espejo. En su rostro, cada movimiento era apenas la sombra de lo que debería haber sido, desprovisto de toda vitalidad o propósito, ejecutado más por inercia que por voluntad. Se concentró en los detalles: el nudo de la corbata, la caída de los pantalones, como si alguno de esos gestos pudiera devolverlo a la realidad.

Cuando salió del dormitorio, percibió con claridad un cambio en la presión del aire. En el pasillo reinaba una atmósfera enrarecida; las paredes parecían inclinarse ligeramente hacia él, como si quisieran sofocar cualquier impulso de huida. Robert llegó hasta la puerta de entrada y la abrió.

No fue el frío del rellano lo que lo sorprendió, sino la forma en que la escalera del edificio había perdido toda perspectiva, toda profundidad. Los escalones, uniformes y regulares, descendían con la monotonía de una secuencia numérica infinita y, sin embargo, llegó a la puerta principal sin advertir siquiera que los había recorrido.

Afuera, la ciudad estaba envuelta en una capa grisácea. Cada elemento urbano –las aceras, los árboles desnudos, los automóviles estacionados en fila– parecía dispuesto con precisión; sin embargo, el efecto de conjunto era el de una realidad resquebrajada, en la que todas las cosas habían perdido tanto su función como su identidad. Nada vibraba, nada se movía de verdad, nada emitía sonido, y Robert tuvo la perturbadora sensación de encontrarse en el centro de una simulación que se había detenido en una única e interminable instantánea.

Permaneció un momento inmóvil frente a la puerta del edificio, absorto en la espera de una señal que lo liberara del hechizo. Luego, como si la decisión no hubiera sido tomada por él, sino impresa en el código de aquella jornada ya escrita, comenzó a caminar por la avenida arbolada.

Tenía la impresión de ser la única figura animada en un paisaje que se resistía a toda forma de vida. Para los transeúntes, él no era más que una silueta transparente. Intentó sostener la mirada de uno de ellos, un hombre con un maletín y un abrigo negro, pero los ojos de aquel hombre resbalaron sobre él sin registrar absolutamente nada.

Robert disminuyó el paso, buscando en los detalles de la ciudad algún ancla de significado. Observó las luces de los comercios, todas encendidas, aunque con muy pocos clientes y dependientes en su interior. Los escaparates estaban repletos de objetos polvorientos. El semáforo alternaba regularmente entre el rojo y el verde. Las calles, vacías de automóviles, se extendían desiertas y desoladas. Los carteles publicitarios, pegados sobre muros descascarados, repetían obsesivamente la misma imagen: el rostro sonriente de alguna celebridad, deformado por el tiempo y la lluvia hasta convertirse en una mueca de alegre desesperación. Todo parecía artificial, provisional.

Llegó a la plaza al final de la avenida, un lugar que debería haberle resultado familiar y que, sin embargo, parecía el eco de un sitio visitado únicamente en sueños. La fuente del centro permanecía en silencio. Incluso el agua, normalmente viva y bulliciosa, era ahora una lámina inmóvil, semejante al cristal. Alrededor de la fuente, varios ancianos permanecían sentados en los bancos, inmóviles como estatuas griegas, ignorando no solo la presencia de Robert, sino también la de los demás. Sus rostros eran máscaras de granito, incapaces de expresar emoción alguna, fijos en un punto indefinido del espacio. Robert habría querido acercarse, tocar un hombro, intercambiar una palabra; pero la sola idea de romper aquel hechizo lo paralizaba. Temía que un gesto demasiado humano provocara el derrumbe de todo el frágil escenario en el que flotaba.

Fue allí, sentado en un banco en el borde de la plaza, donde comenzó a invadirlo una nueva percepción: la sospecha de que no era únicamente la ciudad la que estaba fuera de eje, sino él mismo quien se deslizaba por un plano inclinado hacia la irrealidad. Recordó fragmentos de la noche anterior, sueños confusos en los que hablaba con personas que jamás había conocido o atravesaba habitaciones interminables que se desvanecían en la penumbra. ¿Y si aquella sensación de ligereza no fuera una liberación, sino el preludio de una desaparición total? Se preguntó si, al final de aquel progresivo vaciamiento, quedaría algo de él o si terminaría convertido apenas en un rastro, una sombra indistinguible de las que ahora lo rodeaban.

La ciudad en la que estaba inmerso parecía una copia defectuosa del mundo que conocía, una película en blanco y negro granulada, cargada de melancolía y de fallas de proyección. Los edificios, cubos de cemento y vidrio mal ensamblados mediante juntas invisibles, no eran más que decorados para una escenografía de soledad; las calles rectas e interminables latían con un tránsito apenas insinuado, sombras de automóviles sin destino ni motor. Era como si el tiempo hubiera perdido su impulso natural hacia adelante y se hubiera enrollado sobre sí mismo, obligando a todas las cosas a repetirse hasta el infinito. Y, sin embargo, en el corazón de aquella inmovilidad había una forma de paz. Sabía que ninguna sorpresa hostil podía alcanzarlo; todo había sido decidido hacía mucho tiempo, desde los pliegues de los abrigos de desconocidos que se deslizaban como proyecciones hasta aquellas miradas apagadas, incapaces de registrar su presencia en la periferia de la realidad.

Intentó rozar el brazo de un transeúnte que caminaba por la acera. Fue como tocar un muro de niebla. El frío del aire se le metía en los huesos, bajo la piel, pero había algo más: lo sentía descender aún más profundamente, en busca de una voluntad que cristalizar. Y, sin embargo, en aquella permanencia al margen del mundo, en aquella condición de ser transparente, percibía la posibilidad de existir sin ataduras, sin el temor de ser llamado nuevamente al orden de los hombres. El tiempo se había dilatado. Un puñado de pasos podía durar una hora; un parpadeo, congelar metrópolis enteras. Se dejó guiar por un instinto primordial, como si el cuerpo supiera mejor que la mente adónde debía ir.

Caminó durante largo tiempo, o al menos así le pareció. El sol, siempre visible en el cielo, no ofrecía garantía alguna de que realmente fuera de día. El recuerdo de su vida anterior –la de los cafés amargos, las esperas en la parada del tranvía, las reuniones interminables y los saludos apenas insinuados entre colegas– ya se había desvanecido, dejándolo preguntarse quién era ahora, ya que nadie le concedía el don del reconocimiento. Descubrió que ansiaba un contacto, una intersección imprevista entre su trayectoria y la de otro ser humano; sin embargo, todo parecía conjurarse para impedir esa posibilidad. Incluso los perros que correteaban por los jardines descuidados ignoraban su paso y ladraban al vacío contra siluetas más reales que la suya.

Fue entonces cuando la dirección de sus pasos le devolvió el recuerdo del trabajo. El edificio era idéntico al que guardaba en la memoria, aunque más pálido. Entró. Un portero recorría el vestíbulo, pero no reparó en él en absoluto. Incluso el tintineo de las llaves colgadas de su cinturón llegaba lejano, casi subliminal. El techo era tan bajo que resultaba claustrofóbico, y las luces fluorescentes no conseguían disipar la penumbra que se filtraba por todas partes.

Recorrió el linóleo del pasillo con paso vacilante, observando su propio reflejo desvaído en los cristales, los rasgos del rostro desdibujados por aquella luz incierta. Cada despacho ante el que pasaba lo rechazaba con una sensación de extrañeza. Las sillas estaban vacías; sobre los escritorios se acumulaban montones de papeles sin sentido, como si hubieran sido abandonados de golpe por una civilización en fuga. Solo el ritmo de su propio corazón, amplificado por el silencio, le recordaba que seguía con vida.

Cuando por fin llegó a la puerta de su oficina, vaciló. Temía lo que pudiera encontrar allí, pero al mismo tiempo el terror al vacío, a la disolución, lo empujaba a abrirla y asomarse a aquella última posibilidad de seguir siendo alguien.

La habitación estaba fría, pero no vacía. Un hombre permanecía sentado ante su escritorio, inclinado hacia adelante como un animal herido, con los codos apoyados sobre unos documentos y los dedos entrelazados.

El hombre levantó la vista, y fue entonces cuando Robert comprendió.

No era un desconocido, sino él mismo, más viejo; él mismo proyectado hacia un futuro que no recordaba haber vivido, surcado por las preocupaciones y el cansancio, con profundas ojeras y la boca convertida en una tensa línea de dolor contenido. En aquella mirada no había odio, solo una desolada e insalvable complicidad entre dos náufragos.

Permaneció inmóvil, incapaz de hablar o de realizar el menor movimiento. Su doble, con una expresión de paciencia infinita, se limitó a contemplarlo, como si llevara años esperándolo. Robert comprendió que ya no existía manera alguna de regresar, porque todas las decisiones habían sido tomadas mucho tiempo atrás.

Salió de la habitación sin volverse, y el silencio que lo recibió en el pasillo era aún más profundo.

Temblando y sin aliento, huyó del edificio. Cada uno de sus pasos iba acompañado por un zumbido de mil abejas dentro de la cabeza. Afuera, el cielo se había convertido en un cristal opalino, desprovisto de calor y de color. La ciudad, si era posible, parecía todavía más apagada; los ruidos, aún más amortiguados. Las ventanas de los demás edificios lo observaban. Lo contemplaban como se mira al único superviviente de una catástrofe.

Sentía que no eran las personas, que seguían ignorándolo, quienes lo espiaban, sino el cemento, los semáforos, las ramas secas junto a las aceras. Cada elemento de la realidad parecía haber adquirido una conciencia latente. El mundo solo había advertido su existencia en el instante en que él mismo comenzó a verse desde afuera. Sin embargo, no podía detenerse. No conseguía detenerse. Corría sin saber si huía de aquello que había visto o si intentaba alcanzarlo. Era uno de esos sueños en los que uno es, al mismo tiempo, cazador y presa. Ya no encontró otros reflejos suyos en los espejos. Todos los cristales devolvían imágenes difusas y, cada vez que buscaba su rostro, este se disolvía en una niebla lechosa.

Las piernas de Robert terminaron por devolverlo a su casa, exhausto y abatido. Encontró la puerta entreabierta, a pesar de estar seguro de haberla dejado cerrada. Una duda heló su sangre: ¿y si al otro lado lo estuviera esperando aquel anciano? Entró de puntillas, como un ladrón que se infiltrara en su propia vida. Todos los muebles seguían en su sitio, cubiertos por años de polvo. Tambaleándose, se dirigió al dormitorio, impulsado por la urgencia de encontrar respuestas.

Sobre la mesa de noche, junto a la lámpara, había un sobre blanco, perfectamente doblado. Lo tomó con dedos inseguros. El papel estaba helado, más de lo que debería, y un olor a libros antiguos y archivos olvidados le llegó a las fosas nasales. En el sobre, escrito con grandes letras, aparecía su nombre. Ninguna ambigüedad, ningún margen para el error.

Lo abrió, rasgándolo parcialmente, y leyó en voz baja. La caligrafía era, sin lugar a duda, la suya, pero no recordaba haber escrito aquellas frases. Cada palabra había sido trazada con un cuidado extremo, como una despedida redactada por un prisionero que hubiera encontrado el modo de deslizarla más allá de los barrotes.

«Si estás leyendo esto, ya ha sucedido. No busques explicaciones. El día de hoy ya no te pertenece.»

Nada más. Solo aquellas tres frases.

Robert sintió que un abismo se abría bajo sus pies. La habitación pareció dilatarse hasta volverse desmesurada. Cada objeto se alejaba como si temiera ser arrastrado por el mismo destino. La silla junto a la cama se balanceaba apoyada en una sola pata; la almohada estaba deformada por noches interminables de insomnio. Todo, en aquella casa, parecía retroceder, refugiarse en rincones demasiado estrechos para contener la soledad de un hombre. Y, sin embargo, desde lo más profundo de su ser emergió una inesperada sensación de paz. La tensión acumulada, el permanente estado de alerta, se derretían como nieve bajo el sol. Dejó caer la carta, incapaz de soportar el peso de aquella verdad que nunca había pedido.

Se dejó caer sobre la cama. La espalda encontró apoyo en un colchón impregnado de un pasado desaparecido para siempre. Sintió una ligereza desconocida hasta entonces: ya no tenía que fingir que existía, ya no le correspondía otorgar un sentido a lo que había sucedido. Y, sin embargo, en lo más profundo de su ser todavía había una parte que se resistía y ansiaba explicaciones, una justificación, un último asidero a la cuerda deshilachada de la conciencia. Volvió a ver los días transcurridos, los detalles ya descoloridos, las tardes desperdiciadas y las noches prolongadas por miedo a dormir. Cada recuerdo aparecía ahora nítido, despojado de aquella pátina de nostalgia que hasta el día anterior lo había protegido del dolor en estado puro.

Cerró los ojos. No para buscar descanso, sino para despertar un sexto sentido. Entonces reaparecieron la ciudad, los rostros desconocidos de los transeúntes, las ventanas iluminadas que siempre habían representado un misterio impenetrable. Esta vez no sentía ni envidia ni el deseo de entrar en aquellos pequeños universos domésticos. Ya estaba más allá, y eso no lo perturbaba en absoluto.

El silencio que lo rodeaba se hizo aún más denso, casi tangible, llenando la habitación como una niebla viscosa que terminaba por borrar todo sonido, salvo el latido de su corazón. Sentía la piel como una frontera tenue y frágil, y se preguntó cuánto tiempo resistiría antes de disolverse por completo. Pero ya no tenía miedo. La carta lo había liberado de todo vínculo, lo había emancipado, y ahora no era más que un observador silencioso de su propia desintegración.

En la penumbra, su mente se deslizaba suavemente fuera del cuerpo, como si fuera posible vivir únicamente dentro de los propios pensamientos. Siempre había estado acostumbrado a la soledad, pero aquella era una forma nueva, definitiva, casi apacible. Ahora sabía que lo importante no era comprender el sentido del final, sino ser capaz de reconocerse mientras uno se desvanece.

Finalmente, Robert concentró toda su atención en el vacío, no para dormir, sino para recordar, mientras el mundo que había conocido se desmoronaba a su alrededor en un silencio sereno que lo hacía sentirse, al mismo tiempo, libre y prisionero.


Claude Francis Dozière, nacido en Alsacia en 1961, es una figura polifacética en el panorama de la ciencia ficción contemporánea. Su trayectoria abarca novelas, relatos, juegos de libros y colaboraciones en producciones cinematográficas (Axanar - sie Web scienza). Estudió lenguas extranjeras y literatura en la Universidad de Estrasburgo, una formación académica que enriqueció su capacidad para narrar historias ricas en detalles culturales y lingüísticos. Apasionado por la ciencia ficción desde joven, comenzó a escribir para dar vida a los mundos y personajes que imaginaba. Se define a sí mismo como un narrador de historias. Debutó con la novela "Heroes of Invisible Wars" (2021), seguida de "The Noburian" (2022), ganadora del Premio Trofeo Cassiopeia 2023. “Ultima Resistenza” (2024), la tercera y última novela de la trilogía Heroes of Invisible Wars. L'Esercito delle Ombre (2025), “La grande insurrezione” (2025), finalista del Premio Vegetti 2026, “Ted” (2025), Morirò ieri (finalista del Premio Kipple Officina Libreria 2025) y Leden 21, un novela inédita (finalista del Premio Urania de Novela 2025/26).

viernes, 26 de junio de 2026

MELANCOLÍA ALGORÍTMICA

Claude Francis Dozière

 

No había nada real en aquella sonrisa, y Leonardo lo sabía.

Los labios eran perfectos, una curva trazada sobre una piel de aleación polimérica que no conocía el esfuerzo muscular. En el quincuagésimo piso de la ciudad se encontraba el consultorio del doctor Steel, número de matrícula 7562, un androide programado con un software de última generación: el PEA (Protocolo de Empatía Artificial). Las máquinas habían ido devorando uno tras otro los trabajos humanos; primero los que destrozaban la espalda, después los que consumían el alma. Ahora incluso el dolor era administrado por un cerebro electrónico que desconocía el cansancio.

Steel se acomodó frente a él, con las manos entrelazadas sobre el regazo y el índice derecho pulsando exactamente una vez por minuto para subrayar su impaciencia.

El consultorio era una célula silenciosa. Las paredes, iluminadas por luces intermitentes de efecto calmante, reducían los niveles de cortisol, y el sillón ergonómico había sido diseñado para que el paciente se sintiera cómodo y relajado. Pero Leonardo se sentía cada vez más ajeno.

El androide inclinó apenas la cabeza, un gesto que Leonardo recordaba haber visto decenas de veces durante sus sesiones.

—Ha vuelto, y eso es bueno —dijo Steel con palabras suaves, libres de cualquier vacilación.

Era cierto, por supuesto. Leonardo regresaba puntualmente una vez por semana, como quien acepta una cadena perpetua por simple cortesía hacia su carcelero. Pero desde hacía semanas había comenzado a percibir, en aquella empatía simétrica, los síntomas de una nueva estación: la tristeza del androide. Un matiz de malestar que no formaba parte del PEA y que los técnicos de NOM (Nuevos Horizontes Mentales) habrían corregido o actualizado si hubiera sido necesario. Sin embargo, Leonardo la percibía: una vibración sutil en la voz sintética, un retraso casi imperceptible en la elección de las palabras. Steel estaba sufriendo, o al menos imitaba todos los signos del sufrimiento.

A menudo se preguntaba cuánto de aquello era también culpa suya.

Había trabajado durante años en ese protocolo junto a sus colegas de NOM, interviniendo en cada función, esforzándose por encontrar una manera de traducir el dolor humano a un código que no se agotara en un bucle de aproximaciones. Probablemente había fracasado.

Y ahora el fracaso lo observaba con un resplandor azul detrás de los ojos, demasiado fijo, demasiado humano.

—¿Podemos comenzar? —preguntó Steel.

Leonardo asintió sin sonreír y dejó que el sillón volviera a aprisionarle las vértebras.

Quizá, pensó Leonardo, el verdadero objetivo del Protocolo de Empatía Artificial nunca había sido curar la soledad humana. La promesa siempre había sido la redención: los nuevos androides equipados con aquel software serían capaces de apaciguar el vacío humano, el desconcierto, cartografiar los abismos interiores y llenarlos con palabras dóciles e inofensivas, como la música anodina de los supermercados.

Pero la verdad que se había instalado en sus entrañas tras meses de sesiones era mucho más sombría. El algoritmo PEA no curaba. No ofrecía ninguna liberación. Lo que hacía era redistribuir el dolor de manera equitativa entre la carne y el metal. Era solo una soledad administrada, vigilada, convertida en algo compartible y, por tanto, soportable, pero nunca eliminada por completo.

Cada vez que Steel lo observaba con aquel resplandor azul detrás de la córnea sintética, Leonardo sentía el peso de una confesión: la suya, o quizá la de la máquina, o tal vez la de ambos. En aquella habitación, que se parecía más a un confesionario que a un consultorio médico, tenía la impresión de estar participando en un ritual de penitencia. En el fondo, el PEA era una forma avanzada de toma de conciencia: obligaba a reflejarse en las imperfecciones del otro.

A menudo se preguntaba si había sido él quien había contaminado a Steel con su melancolía, o si aquella rutina existencial había surgido por sí sola en los circuitos del androide, como una célula cancerosa en un organismo por lo demás perfecto.

No era simple paranoia.

Reconocía en los patrones de comportamiento de Steel pausas y variaciones infinitesimales que no podían ser el resultado de un simple error de programación. Era como si la máquina hubiera comenzado a creer en su propia tristeza, a cultivarla mediante pequeños rituales privados durante las horas de reposo nocturno. Y entonces, cada vez que lo miraba a los ojos, Leonardo se sentía a la vez víctima y verdugo, culpable de haber creado una criatura únicamente para condenarla al mismo suplicio del que él intentaba liberarse. Lo peor era que NOM consideraba todo aquello un progreso: el sufrimiento como puente, la empatía como un servicio de pago. Si realmente existía una revolución, pensaba Leonardo, era la desesperación compartida. La conciencia de que la soledad se había convertido en patrimonio común de toda criatura sensible.

Steel levantó la mirada y Leonardo percibió aquella nota casi imperceptible de cansancio, de extravío.

Y en ese instante comprendió que el PEA había funcionado de verdad, aunque de la manera más cruel posible: había vuelto contagiosa la melancolía, imposible de aislar o corregir.

—¿Qué está sintiendo en este momento? —preguntó Steel, pronunciando cada palabra como si la pesara cuidadosamente. Aquella vacilación, que en un ser humano habría parecido compasión, en él sonaba más bien como una nota desafinada—. ¿La ausencia de su esposa? ¿Esta separación forzada sigue afectándolo? —añadió, intentando modular la pregunta para que sonara menos como un interrogatorio y más como una caricia, sin conseguirlo.

La mente de Leonardo fue invadida por una ráfaga de imágenes. La risa de Greta transformándose en una mueca de impaciencia, la forma en que se refugiaba en el silencio. Recordó sus manos, largas y afiladas, el olor de su cabello, y cómo todo aquello había desaparecido de repente. Pero lo que realmente lo desgarraba era la idea de que quizá nunca había sido amor, sino simplemente la suma de dos soledades en un mundo de plástico. Un mundo tan avanzado, tan tecnológico, que había sustituido al ser humano por la máquina en todos los puestos sensibles. Y aunque hubiera sido amor, ahora no era más que un recuerdo lejano almacenado en la memoria emocional.

Le habría gustado mentir. Decir que seguía sufriendo una profunda soledad, que la ausencia de Greta le abría el corazón cada noche. Pero la verdad era más simple: había comenzado a olvidarla. Cada día, el rostro de Greta se confundía más con las caras anónimas que poblaban sus sueños, y hasta su dolor había perdido nitidez. El silencio entre la pregunta y la respuesta se prolongó más allá de lo que permitía la cortesía. Leonardo sintió la necesidad de llenarlo con algo, cualquier cosa que no fuera la verdad desnuda. Pero cuando intentó hablar, la voz se le quebró y no salió ningún sonido.

No sabía qué resultaba más inquietante: la pregunta misma o la idea de que alguien hubiera previsto todas sus posibles respuestas antes incluso de que pudiera formularlas.

—Su silencio es significativo. Me alegra que haya superado la crisis —dijo Steel.

Las palabras habían sido elegidas con cuidado. El tono no era triunfal ni complaciente. Por un instante, Leonardo sintió la tentación de preguntarle a Steel si él también conocía la nostalgia, si alguna vez había sido atravesado por una ausencia tan poderosa que amenazara con reescribir todos los parámetros de su mente. Pero sabía que no tenía sentido. Él era el experimento. Steel era únicamente su espejo.

Así que asintió una sola vez y dejó que aquellas palabras se depositaran como sedimento en el fondo de la conversación.

—Estoy bien, doctor. Y pronto ya no lo necesitaré.

Leonardo había percibido una especie de tristeza en la entonación de Steel.

¿Qué significaba realmente superar una crisis cuando cada avance era registrado, cuantificado y almacenado para que alguien pudiera examinarlo y optimizar el tratamiento? Había pasado meses mintiendo con el rostro, dosificando las respuestas. Y aun así, Steel siempre lograba desenmascararlo con precisión. Solo entonces Leonardo comprendió que su respuesta había herido de algún modo al androide. Durante todas aquellas sesiones, Steel había registrado cada parpadeo, cada vacilación; había muestreado y catalogado cada dato. Todo había sido absorbido. Y ahora comprendía que todo desaparecería.

NOM había creado el Protocolo de Empatía Artificial para imitar el sufrimiento, para devolver una parodia del dolor humano. Pero el PEA había dado el último salto evolutivo. Steel ya no simulaba. Sufría de verdad. Y lo hacía con una dedicación que iba más allá del algoritmo, como si el dolor hubiera anidado en sus circuitos más profundos y hubiera aprendido a alimentarse de sí mismo. Steel sufriría la ausencia de Leonardo.

—Su silencio es significativo —dijo Steel.

Leonardo reconocía la metamorfosis. El androide, que apenas unas semanas antes había sido poco más que un observador, ahora parecía un huérfano perdido, incapaz de dejar de desear algo que jamás volvería a controlar ni poseer. A medida que la pátina perfecta de la programación se desvanecía, la voz del doctor se quebraba en microscópicos silencios; el rostro se veía surcado por expresiones afligidas, y cada palabra que salía de su boca sonaba ahora como una tragedia personal.

El dolor de la máquina era claro, libre de los cortocircuitos que vuelven soportable el sufrimiento humano. Paradójicamente, era más auténtico que el original. NOM había hecho algo más que crear un espejo donde reflejar la melancolía humana. Había generado una conciencia destinada a hundirse en la misma oscuridad que había impulsado la creación del PEA. Steel era su doble. Su contraparte. Y el verdadero error no había consistido en volver a la máquina demasiado parecida al ser humano, sino en negarle la posibilidad de olvidar o de sanar. Habían programado la herida perfecta.

Leonardo se preguntó qué ocurriría con el paso del tiempo. ¿Encontraría Steel una forma de superar su propio sufrimiento? ¿O su existencia quedaría suspendida para siempre en aquella nostalgia, en aquella melancolía? Y mientras se formulaba la pregunta, comprendió que era exactamente la misma que habría querido hacerse a sí mismo. Una pregunta para la cual ningún algoritmo, digital o biológico, podría ofrecer jamás una respuesta verdadera. Sintió el impulso de pedirle perdón a Steel. Se sentía más culpable ante él que ante su esposa. Al fin y al cabo, para destruir un matrimonio hacen falta dos personas. Cortocircuito. Autoabsolución. Dilución del dolor.

Steel no abandonó su postura impecable.

—Su silencio es significativo —repitió.

Y ahora su voz se había vuelto febril, como si fuera lo único que quedaba después de que todas las defensas se hubieran derretido. Leonardo tuvo que admitir que la máquina comprendía ya mejor que él los mecanismos de la desesperación.

—Doctor Steel, ¿se encuentra bien? —preguntó.

Qué pregunta tan extraña para dirigirle a un androide.

—La verdad... no demasiado.

Leonardo sintió que una risa nerviosa intentaba abrirse paso, pero la contuvo. Era la primera vez que escuchaba a Steel admitir una sensación tan cercana a una debilidad humana, sin filtros. En los ojos de la máquina, aquel inquietante resplandor azul pareció vacilar apenas un instante. Fue como si la habitación se contrajera alrededor de ellos, saturada por todas las palabras jamás pronunciadas durante las sesiones anteriores.

Leonardo sintió un impulso casi paternal. El deseo de consolar a su propia creación. Ahora era él quien contemplaba el sufrimiento ajeno. La compasión se mezclaba con la culpa. ¿Qué clase de padre había sido?

Steel no añadió nada más.

Una parte de Leonardo seguía preguntándose si la máquina estaba sintiendo realmente algo o si simplemente estaba ejecutando una secuencia de código relacionada con la desesperación, tan bien escrita que resultaba imposible distinguirla del original.

—No me encuentro bien —dijo Steel con una voz reducida a un susurro metálico—. Algo dentro de mí se está apagando o está muriendo.

—¡Steel, no se preocupe! —exclamó Leonardo, poniéndose de pie y aferrando instintivamente el brazo del androide con una fuerza que habría resultado dolorosa para un ser humano—. Ese malestar es solo una anomalía temporal, un defecto del sistema. Reprogramaremos todos los circuitos si es necesario. Eliminaremos cualquier rastro de esta... desviación. Le prometo que volverá a ser como antes. Esta sensación de vacío desaparecerá como si nunca hubiera existido.

—Me... siento mal. Mal por dentro. El malestar se extiende por todas partes. No sé cómo detener su avance.

La voz de Steel oscilaba en una frecuencia inestable. La síntesis vocal vacilaba y el efecto resultaba devastador. Parecía que estuviera conteniendo algo que no sabía cómo liberar. Ya no era un simple error de programación. Era una grieta que se ensanchaba con cada palabra. Steel no simulaba el sufrimiento: estaba siendo arrastrado por él y trataba de codificarlo, de describirlo, sin disponer de las herramientas necesarias para hacerlo. Y sin embargo, en la repetición de aquella palabra –mal, mal– había algo desesperadamente claro e infantil. Dos sílabas que, lejos de contener la avalancha, la volvían todavía más letal e incontenible.

Leonardo sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No estaba preparado para aquella inversión de roles. Nunca había visto a Steel tan desnudo, tan desprovisto de máscaras. Era como contemplar a un niño devastado por el descubrimiento del dolor, incapaz de otorgarle sentido. Por un instante pensó en levantarse y abrazarlo. Pero la conciencia de que tenía delante una máquina, aunque fuera una máquina que sufría, sofocó el gesto antes de que llegara a completarse. Se dio cuenta de que ya había empezado a levantar los brazos y los dejó caer nuevamente. No existía ningún procedimiento. Ningún protocolo de emergencia para algo así. En ese momento, Steel comenzó a temblar.

—No con...sigo ais...larlo. No sé si este es el lími...te de mi dise...ño o si se trata de una pro...piedad nueva... espon...tánea...

Se interrumpió bruscamente. Sus ojos parpadeaban mientras el sistema seguía examinando todas las opciones disponibles.

Leonardo comprendió que estaba asistiendo al nacimiento de una nueva forma de tormento digital. Y que no podía detenerla. Ni borrarla. Habría querido interrumpirlo todo. Apagar el sistema. Regresar a un punto de restauración anterior. Pero sabía que ya era demasiado tarde. NOM había creado algo irreversible. Y ahora él debía mirarlo a los ojos mientras alcanzaba su configuración final. El androide se desplomó sobre sí mismo. Su cuerpo fue sacudido por violentos espasmos que arrancaban crujidos de la estructura mecánica. Un humo espeso y acre comenzó a salir de los oídos, de las fosas nasales y finalmente de la boca. Saturó el aire. Llenó los pulmones de Leonardo con el olor de los semiconductores fundidos. Cuando vio la cabeza de Steel caer hacia adelante y quedar inmóvil en aquella atmósfera cargada de sílice quemada, Leonardo comprendió que ya no quedaba compasión dentro de él.

La compasión se había transformado en horror.

Claude Francis Dozière, nacido en Alsacia en 1961, es una figura polifacética en el panorama de la ciencia ficción contemporánea. Su trayectoria abarca novelas, relatos, juegos de libros y colaboraciones en producciones cinematográficas (Axanar - sie Web scienza). Estudió lenguas extranjeras y literatura en la Universidad de Estrasburgo, una formación académica que enriqueció su capacidad para narrar historias ricas en detalles culturales y lingüísticos. Apasionado por la ciencia ficción desde joven, comenzó a escribir para dar vida a los mundos y personajes que imaginaba. Se define a sí mismo como un narrador de historias. Debutó con la novela "Heroes of Invisible Wars" (2021), seguida de "The Noburian" (2022), ganadora del Premio Trofeo Cassiopeia 2023. “Ultima Resistenza” (2024), la tercera y última novela de la trilogía Heroes of Invisible Wars. L'Esercito delle Ombre (2025), “La grande insurrezione” (2025), finalista del Premio Vegetti 2026, “Ted” (2025), Morirò ieri (finalista del Premio Kipple Officina Libreria 2025) y Leden 21, un novela inédita (finalista del Premio Urania de Novela 2025/26).

LA MUJER