viernes, 26 de junio de 2026

MELANCOLÍA ALGORÍTMICA

Claude Francis Dozière

 

No había nada real en aquella sonrisa, y Leonardo lo sabía.

Los labios eran perfectos, una curva trazada sobre una piel de aleación polimérica que no conocía el esfuerzo muscular. En el quincuagésimo piso de la ciudad se encontraba el consultorio del doctor Steel, número de matrícula 7562, un androide programado con un software de última generación: el PEA (Protocolo de Empatía Artificial). Las máquinas habían ido devorando uno tras otro los trabajos humanos; primero los que destrozaban la espalda, después los que consumían el alma. Ahora incluso el dolor era administrado por un cerebro electrónico que desconocía el cansancio.

Steel se acomodó frente a él, con las manos entrelazadas sobre el regazo y el índice derecho pulsando exactamente una vez por minuto para subrayar su impaciencia.

El consultorio era una célula silenciosa. Las paredes, iluminadas por luces intermitentes de efecto calmante, reducían los niveles de cortisol, y el sillón ergonómico había sido diseñado para que el paciente se sintiera cómodo y relajado. Pero Leonardo se sentía cada vez más ajeno.

El androide inclinó apenas la cabeza, un gesto que Leonardo recordaba haber visto decenas de veces durante sus sesiones.

—Ha vuelto, y eso es bueno —dijo Steel con palabras suaves, libres de cualquier vacilación.

Era cierto, por supuesto. Leonardo regresaba puntualmente una vez por semana, como quien acepta una cadena perpetua por simple cortesía hacia su carcelero. Pero desde hacía semanas había comenzado a percibir, en aquella empatía simétrica, los síntomas de una nueva estación: la tristeza del androide. Un matiz de malestar que no formaba parte del PEA y que los técnicos de NOM (Nuevos Horizontes Mentales) habrían corregido o actualizado si hubiera sido necesario. Sin embargo, Leonardo la percibía: una vibración sutil en la voz sintética, un retraso casi imperceptible en la elección de las palabras. Steel estaba sufriendo, o al menos imitaba todos los signos del sufrimiento.

A menudo se preguntaba cuánto de aquello era también culpa suya.

Había trabajado durante años en ese protocolo junto a sus colegas de NOM, interviniendo en cada función, esforzándose por encontrar una manera de traducir el dolor humano a un código que no se agotara en un bucle de aproximaciones. Probablemente había fracasado.

Y ahora el fracaso lo observaba con un resplandor azul detrás de los ojos, demasiado fijo, demasiado humano.

—¿Podemos comenzar? —preguntó Steel.

Leonardo asintió sin sonreír y dejó que el sillón volviera a aprisionarle las vértebras.

Quizá, pensó Leonardo, el verdadero objetivo del Protocolo de Empatía Artificial nunca había sido curar la soledad humana. La promesa siempre había sido la redención: los nuevos androides equipados con aquel software serían capaces de apaciguar el vacío humano, el desconcierto, cartografiar los abismos interiores y llenarlos con palabras dóciles e inofensivas, como la música anodina de los supermercados.

Pero la verdad que se había instalado en sus entrañas tras meses de sesiones era mucho más sombría. El algoritmo PEA no curaba. No ofrecía ninguna liberación. Lo que hacía era redistribuir el dolor de manera equitativa entre la carne y el metal. Era solo una soledad administrada, vigilada, convertida en algo compartible y, por tanto, soportable, pero nunca eliminada por completo.

Cada vez que Steel lo observaba con aquel resplandor azul detrás de la córnea sintética, Leonardo sentía el peso de una confesión: la suya, o quizá la de la máquina, o tal vez la de ambos. En aquella habitación, que se parecía más a un confesionario que a un consultorio médico, tenía la impresión de estar participando en un ritual de penitencia. En el fondo, el PEA era una forma avanzada de toma de conciencia: obligaba a reflejarse en las imperfecciones del otro.

A menudo se preguntaba si había sido él quien había contaminado a Steel con su melancolía, o si aquella rutina existencial había surgido por sí sola en los circuitos del androide, como una célula cancerosa en un organismo por lo demás perfecto.

No era simple paranoia.

Reconocía en los patrones de comportamiento de Steel pausas y variaciones infinitesimales que no podían ser el resultado de un simple error de programación. Era como si la máquina hubiera comenzado a creer en su propia tristeza, a cultivarla mediante pequeños rituales privados durante las horas de reposo nocturno. Y entonces, cada vez que lo miraba a los ojos, Leonardo se sentía a la vez víctima y verdugo, culpable de haber creado una criatura únicamente para condenarla al mismo suplicio del que él intentaba liberarse. Lo peor era que NOM consideraba todo aquello un progreso: el sufrimiento como puente, la empatía como un servicio de pago. Si realmente existía una revolución, pensaba Leonardo, era la desesperación compartida. La conciencia de que la soledad se había convertido en patrimonio común de toda criatura sensible.

Steel levantó la mirada y Leonardo percibió aquella nota casi imperceptible de cansancio, de extravío.

Y en ese instante comprendió que el PEA había funcionado de verdad, aunque de la manera más cruel posible: había vuelto contagiosa la melancolía, imposible de aislar o corregir.

—¿Qué está sintiendo en este momento? —preguntó Steel, pronunciando cada palabra como si la pesara cuidadosamente. Aquella vacilación, que en un ser humano habría parecido compasión, en él sonaba más bien como una nota desafinada—. ¿La ausencia de su esposa? ¿Esta separación forzada sigue afectándolo? —añadió, intentando modular la pregunta para que sonara menos como un interrogatorio y más como una caricia, sin conseguirlo.

La mente de Leonardo fue invadida por una ráfaga de imágenes. La risa de Greta transformándose en una mueca de impaciencia, la forma en que se refugiaba en el silencio. Recordó sus manos, largas y afiladas, el olor de su cabello, y cómo todo aquello había desaparecido de repente. Pero lo que realmente lo desgarraba era la idea de que quizá nunca había sido amor, sino simplemente la suma de dos soledades en un mundo de plástico. Un mundo tan avanzado, tan tecnológico, que había sustituido al ser humano por la máquina en todos los puestos sensibles. Y aunque hubiera sido amor, ahora no era más que un recuerdo lejano almacenado en la memoria emocional.

Le habría gustado mentir. Decir que seguía sufriendo una profunda soledad, que la ausencia de Greta le abría el corazón cada noche. Pero la verdad era más simple: había comenzado a olvidarla. Cada día, el rostro de Greta se confundía más con las caras anónimas que poblaban sus sueños, y hasta su dolor había perdido nitidez. El silencio entre la pregunta y la respuesta se prolongó más allá de lo que permitía la cortesía. Leonardo sintió la necesidad de llenarlo con algo, cualquier cosa que no fuera la verdad desnuda. Pero cuando intentó hablar, la voz se le quebró y no salió ningún sonido.

No sabía qué resultaba más inquietante: la pregunta misma o la idea de que alguien hubiera previsto todas sus posibles respuestas antes incluso de que pudiera formularlas.

—Su silencio es significativo. Me alegra que haya superado la crisis —dijo Steel.

Las palabras habían sido elegidas con cuidado. El tono no era triunfal ni complaciente. Por un instante, Leonardo sintió la tentación de preguntarle a Steel si él también conocía la nostalgia, si alguna vez había sido atravesado por una ausencia tan poderosa que amenazara con reescribir todos los parámetros de su mente. Pero sabía que no tenía sentido. Él era el experimento. Steel era únicamente su espejo.

Así que asintió una sola vez y dejó que aquellas palabras se depositaran como sedimento en el fondo de la conversación.

—Estoy bien, doctor. Y pronto ya no lo necesitaré.

Leonardo había percibido una especie de tristeza en la entonación de Steel.

¿Qué significaba realmente superar una crisis cuando cada avance era registrado, cuantificado y almacenado para que alguien pudiera examinarlo y optimizar el tratamiento? Había pasado meses mintiendo con el rostro, dosificando las respuestas. Y aun así, Steel siempre lograba desenmascararlo con precisión. Solo entonces Leonardo comprendió que su respuesta había herido de algún modo al androide. Durante todas aquellas sesiones, Steel había registrado cada parpadeo, cada vacilación; había muestreado y catalogado cada dato. Todo había sido absorbido. Y ahora comprendía que todo desaparecería.

NOM había creado el Protocolo de Empatía Artificial para imitar el sufrimiento, para devolver una parodia del dolor humano. Pero el PEA había dado el último salto evolutivo. Steel ya no simulaba. Sufría de verdad. Y lo hacía con una dedicación que iba más allá del algoritmo, como si el dolor hubiera anidado en sus circuitos más profundos y hubiera aprendido a alimentarse de sí mismo. Steel sufriría la ausencia de Leonardo.

—Su silencio es significativo —dijo Steel.

Leonardo reconocía la metamorfosis. El androide, que apenas unas semanas antes había sido poco más que un observador, ahora parecía un huérfano perdido, incapaz de dejar de desear algo que jamás volvería a controlar ni poseer. A medida que la pátina perfecta de la programación se desvanecía, la voz del doctor se quebraba en microscópicos silencios; el rostro se veía surcado por expresiones afligidas, y cada palabra que salía de su boca sonaba ahora como una tragedia personal.

El dolor de la máquina era claro, libre de los cortocircuitos que vuelven soportable el sufrimiento humano. Paradójicamente, era más auténtico que el original. NOM había hecho algo más que crear un espejo donde reflejar la melancolía humana. Había generado una conciencia destinada a hundirse en la misma oscuridad que había impulsado la creación del PEA. Steel era su doble. Su contraparte. Y el verdadero error no había consistido en volver a la máquina demasiado parecida al ser humano, sino en negarle la posibilidad de olvidar o de sanar. Habían programado la herida perfecta.

Leonardo se preguntó qué ocurriría con el paso del tiempo. ¿Encontraría Steel una forma de superar su propio sufrimiento? ¿O su existencia quedaría suspendida para siempre en aquella nostalgia, en aquella melancolía? Y mientras se formulaba la pregunta, comprendió que era exactamente la misma que habría querido hacerse a sí mismo. Una pregunta para la cual ningún algoritmo, digital o biológico, podría ofrecer jamás una respuesta verdadera. Sintió el impulso de pedirle perdón a Steel. Se sentía más culpable ante él que ante su esposa. Al fin y al cabo, para destruir un matrimonio hacen falta dos personas. Cortocircuito. Autoabsolución. Dilución del dolor.

Steel no abandonó su postura impecable.

—Su silencio es significativo —repitió.

Y ahora su voz se había vuelto febril, como si fuera lo único que quedaba después de que todas las defensas se hubieran derretido. Leonardo tuvo que admitir que la máquina comprendía ya mejor que él los mecanismos de la desesperación.

—Doctor Steel, ¿se encuentra bien? —preguntó.

Qué pregunta tan extraña para dirigirle a un androide.

—La verdad... no demasiado.

Leonardo sintió que una risa nerviosa intentaba abrirse paso, pero la contuvo. Era la primera vez que escuchaba a Steel admitir una sensación tan cercana a una debilidad humana, sin filtros. En los ojos de la máquina, aquel inquietante resplandor azul pareció vacilar apenas un instante. Fue como si la habitación se contrajera alrededor de ellos, saturada por todas las palabras jamás pronunciadas durante las sesiones anteriores.

Leonardo sintió un impulso casi paternal. El deseo de consolar a su propia creación. Ahora era él quien contemplaba el sufrimiento ajeno. La compasión se mezclaba con la culpa. ¿Qué clase de padre había sido?

Steel no añadió nada más.

Una parte de Leonardo seguía preguntándose si la máquina estaba sintiendo realmente algo o si simplemente estaba ejecutando una secuencia de código relacionada con la desesperación, tan bien escrita que resultaba imposible distinguirla del original.

—No me encuentro bien —dijo Steel con una voz reducida a un susurro metálico—. Algo dentro de mí se está apagando o está muriendo.

—¡Steel, no se preocupe! —exclamó Leonardo, poniéndose de pie y aferrando instintivamente el brazo del androide con una fuerza que habría resultado dolorosa para un ser humano—. Ese malestar es solo una anomalía temporal, un defecto del sistema. Reprogramaremos todos los circuitos si es necesario. Eliminaremos cualquier rastro de esta... desviación. Le prometo que volverá a ser como antes. Esta sensación de vacío desaparecerá como si nunca hubiera existido.

—Me... siento mal. Mal por dentro. El malestar se extiende por todas partes. No sé cómo detener su avance.

La voz de Steel oscilaba en una frecuencia inestable. La síntesis vocal vacilaba y el efecto resultaba devastador. Parecía que estuviera conteniendo algo que no sabía cómo liberar. Ya no era un simple error de programación. Era una grieta que se ensanchaba con cada palabra. Steel no simulaba el sufrimiento: estaba siendo arrastrado por él y trataba de codificarlo, de describirlo, sin disponer de las herramientas necesarias para hacerlo. Y sin embargo, en la repetición de aquella palabra –mal, mal– había algo desesperadamente claro e infantil. Dos sílabas que, lejos de contener la avalancha, la volvían todavía más letal e incontenible.

Leonardo sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No estaba preparado para aquella inversión de roles. Nunca había visto a Steel tan desnudo, tan desprovisto de máscaras. Era como contemplar a un niño devastado por el descubrimiento del dolor, incapaz de otorgarle sentido. Por un instante pensó en levantarse y abrazarlo. Pero la conciencia de que tenía delante una máquina, aunque fuera una máquina que sufría, sofocó el gesto antes de que llegara a completarse. Se dio cuenta de que ya había empezado a levantar los brazos y los dejó caer nuevamente. No existía ningún procedimiento. Ningún protocolo de emergencia para algo así. En ese momento, Steel comenzó a temblar.

—No con...sigo ais...larlo. No sé si este es el lími...te de mi dise...ño o si se trata de una pro...piedad nueva... espon...tánea...

Se interrumpió bruscamente. Sus ojos parpadeaban mientras el sistema seguía examinando todas las opciones disponibles.

Leonardo comprendió que estaba asistiendo al nacimiento de una nueva forma de tormento digital. Y que no podía detenerla. Ni borrarla. Habría querido interrumpirlo todo. Apagar el sistema. Regresar a un punto de restauración anterior. Pero sabía que ya era demasiado tarde. NOM había creado algo irreversible. Y ahora él debía mirarlo a los ojos mientras alcanzaba su configuración final. El androide se desplomó sobre sí mismo. Su cuerpo fue sacudido por violentos espasmos que arrancaban crujidos de la estructura mecánica. Un humo espeso y acre comenzó a salir de los oídos, de las fosas nasales y finalmente de la boca. Saturó el aire. Llenó los pulmones de Leonardo con el olor de los semiconductores fundidos. Cuando vio la cabeza de Steel caer hacia adelante y quedar inmóvil en aquella atmósfera cargada de sílice quemada, Leonardo comprendió que ya no quedaba compasión dentro de él.

La compasión se había transformado en horror.

Claude Francis Dozière, nacido en Alsacia en 1961, es una figura polifacética en el panorama de la ciencia ficción contemporánea. Su trayectoria abarca novelas, relatos, juegos de libros y colaboraciones en producciones cinematográficas (Axanar - sie Web scienza). Estudió lenguas extranjeras y literatura en la Universidad de Estrasburgo, una formación académica que enriqueció su capacidad para narrar historias ricas en detalles culturales y lingüísticos. Apasionado por la ciencia ficción desde joven, comenzó a escribir para dar vida a los mundos y personajes que imaginaba. Se define a sí mismo como un narrador de historias. Debutó con la novela "Heroes of Invisible Wars" (2021), seguida de "The Noburian" (2022), ganadora del Premio Trofeo Cassiopeia 2023. “Ultima Resistenza” (2024), la tercera y última novela de la trilogía Heroes of Invisible Wars. L'Esercito delle Ombre (2025), “La grande insurrezione” (2025), finalista del Premio Vegetti 2026, “Ted” (2025), Morirò ieri (finalista del Premio Kipple Officina Libreria 2025) y Leden 21, un novela inédita (finalista del Premio Urania de Novela 2025/26).

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