Dora Gómez Q
Cuando Ada-7 dijo que
había encontrado una compañera de vida, ninguno de sus seres queridos se
sorprendió.
Los
robots de la familia Vekam eran desde hacía tres generaciones, un ejemplo de
apertura mental.
Su
madre había convivido con un humano durante dieciocho años. Su hermano menor
estaba unido legalmente a una inteligencia distribuida que existía
simultáneamente en tres cuerpos. Incluso la abuela, un modelo doméstico, Serie
3 fabricado en 2084, había aprendido a aceptar los cambios de la sociedad. Por
eso cuando Ada-7 dijo: «Quiero que conozcan a mi compañera». Todos
sonrieron. Y cuando añadió: «Es muy especial».
Las
sonrisas se ampliaron.
Pero
cuando la puerta se abrió, y apareció un chimpancé hembra, maquillada con un
lápiz labial rojo que desbordaba los límites de su boca, pestañas postizas
torcidas, un vestido de lentejuelas fucsias con volados plateados, y una
cartera diminuta del mismo color, el procesador emocional de su madre se
congeló durante tres segundos completos.
Tres
segundos.
Una
eternidad para una máquina.
La
chimpancé que se presentó como Kiki, hizo una reverencia exagerada y soltó un
beso al aire.
—¡Qué
familia tan linda tenés, Ada —dijo con voz chillona—, me muero de emoción!
Nadie
supo donde mirar.
La
abuela carraspeó con un sonido que imitaba la discreción.
—Siéntense
—dijo la madre.
La
mesa era de cristal inteligente, importada de Titán. El menú estaba diseñado
según las preferencias neuronales de cada uno de los presentes. Todo calculado
al detalle, para una experiencia multisensorial perfecta.
Kiki
miraba todo con ojos muy abiertos.
—¡Ay
que brillante! ¿Eso es un diamante de verdad? —dijo señalando la fuente central.
—Es
cristal cuántico —respondió Ada
—Ah,
no sé qué es cuántico, pero brilla más que el cristal de mi vecino que es recontra
millonario.
—¿A
qué te dedicás Kiki? —preguntó el hermano menor simulando compostura.
—Yo…
ay… a muchas cosas: bailo, actúo, hago videos, diseño moda.
—¡Qué
bien! ¿Estudiaste diseño?
—¿Estudiar?
¡Ah no, qué fiaca ¡Yo soy de la vida, nene, estudié en la universidad de la
calle!
La
mesa quedó en silencio.
Y
entonces Ada-7, que percibió perfectamente el desconcierto, dijo:
—Ella
me enseñó a perder el tiempo.
La
frase desconcertó a todos.
—¿Perderlo?
—preguntó la madre.
—Sí.
A mirar una puesta de sol sin analizar su composición atmosférica. A escuchar
música sin estudiar la estructura armónica. A bailar sin optimizar movimientos.
—Cuando
extraño a Ada siento un agujero en el pecho —comentó Kiki mientras removía el
postre.
La
madre levantó la vista.
—Los
exámenes médicos anuales de los primates evolucionados no registran cavidades
adicionales en la región torácica.
—Mamá…
—susurró Ada-7
—Comprendo
que se trata de una expresión emocional —aclaró la madre—. Solo intentaba
participar de la conversación.
Kiki
sonrió con ternura.
—No
te preocupes. Mi mamá tampoco entendía esas cosas. Pero me abrazaba igual.
La
frase produjo un silencio incómodo.
Porque
la familia Velkan conocía las diecisiete definiciones históricas del abrazo.
Pero
ninguno recordaba haber necesitado uno.
Y la
abuela, el viejo modelo doméstico Serie 3, fue la única que reaccionó de otra
manera:
—Yo
sí entiendo —dijo de pronto.
Todos
giraron la cabeza.
—Durante
los años que viví con la familia Rinaldi, la niña pequeña lloraba cuando se
peleaba con su hermana. Una vez me dijo que tenía una nube adentro. Consulté
todos los manuales y no encontré ninguna patología asociada. Años después
comprendí que no pedía un diagnóstico.
—¿Y
qué pedía? —preguntó Kiki.
La
anciana tardó un instante en responder.
—Compañía.
Entonces
Kiki le tomó la mano metálica.
—Viste,
abuela. Las nubes también necesitan un cielo donde quedarse.
La
abuela procesó la frase.
Semánticamente
no tenía sentido.
Sin
embargo, por primera vez en ciento treinta y dos años de funcionamiento, no
sintió la necesidad de corregirla.
Cuando
Ada-7 y Kiki se despidieron y la puerta se cerró lentamente detrás de ellas, durante
algunos segundos, nadie habló.
La
madre fue la primera en romper el silencio.
—Bueno…
es simpática.
—Mamá
—dijo el hermano—, estuviste a punto de reiniciar tres veces durante la cena.
—Solo
sufrí una pequeña saturación de procesos.
La
abuela se acomodó en su silla.
—Tiene
modales extraños.
—Y
ese vestido… —murmuró la madre—. ¿Era necesario tanto brillo?
—¿Y
los labios? —añadió el hermano—. Parecían una señal de emergencia.
El
padre, que había permanecido en silencio, cerró lentamente el libro de historia
galáctica que tenía entre las manos.
—Es
profesora universitaria, al menos —dijo la madre.
—No
es profesora —corrigió el hermano—. Hace videos de moda.
Nueva
pausa.
—No
tengo nada contra los primates elevados —aclaró la madre rápidamente.
—Nadie
aquí tiene nada contra ellos —añadió el padre.
—Por
supuesto que no —dijo el hermano—. Sería discriminatorio.
La
abuela los observó uno por uno.
—Entonces,
¿por qué hablan en voz baja?
Nadie
respondió.
Sabían
muy bien que, desde la aprobación de la Carta de Convivencia entre
Inteligencias, a finales del siglo XXII, toda forma de conciencia
autoconsciente gozaba de igualdad jurídica plena.
Humanos,
máquinas, inteligencias distribuidas, organismos híbridos y comunidades
primates elevadas poseían los mismos derechos civiles y las mismas garantías
legales.
La
discriminación por especie había sido abolida más de un siglo atrás y las
uniones interespecies eran socialmente aceptadas.
Al
menos en teoría.
Las
estadísticas oficiales mostraban un alto nivel de integración.
Las
encuestas anónimas, en cambio, revelaban algo diferente.
Una
mayoría de ciudadanos afirmaba no tener objeciones hacia las parejas mixtas.
Siempre
y cuando pertenecieran a otra familia análoga.
Semanas después, Ada-7
anunció a su familia que Kiki vendría a pasar un día entero con ellos.
La
madre que solo tenía registro del mal gusto, la ignorancia y los modales
exagerados de la chimpancé, fingió una sonrisa de aprobación.
Llegado
el día en que Kiki llegaría de visita, Ada-7 anunció que debía concurrir a la
estación de ensamblaje por una emergencia,
—No
quiero suspender la visita de Kiki. Ella está ilusionada. Pero sé que ustedes
la harán sentir cómoda y verán que es especial —se disculpó Ada-7, y cuando se
fue, la familia reunida analizó la situación que debían enfrentar.
—Solo
espero que Kiki no salga lastimada —dijo la madre finalmente.
—Eso
mismo decían los humanos hace trescientos años —observó la abuela.
El
hermano levantó la vista.
—¿Sobre
las máquinas?
—Sobre
todos —respondió la anciana—. Siempre había un "todos son iguales,
pero...".
El
padre emitió un pequeño sonido de asentimiento.
—La
frase completa era: "No tengo nada contra ellos".
—Exactamente
—dijo la abuela—. Y siempre venía seguida de un "pero".
—No
dije "pero" —protestó la madre.
—No…
todavía —contestó la abuela.
Kiki
llegó con su vestido de tela brillante, sus volados y su lápiz labial
estridente. Fue recibida por la abuela, que había sido construida para cuidar
humanos y conservaba fragmentos de recuerdos emocionales, mientras los demás
miembros de la familia siguieron con sus ocupaciones habituales.
—¿Hola
abuela, querés que te maquille? —preguntó Kiki, y sin esperar respuesta sacó de
su pequeña carterita unos cuantos maquillajes, incluido su labial. Después le
puso un sombrero absurdo.
La
llevó frente al espejo.
—¡Estás
divina! ¡Te regalo el sombrero!
—La
afirmación es objetivamente falsa.
—¿Y
qué importa?
La
abuela se quedó pensando.
Después
de ciento treinta años, emitió una respuesta inédita.
—Tal
vez nada.
Después
Kiki, fue la jardín, donde madre estaba contemplando una flor holográfica.
—¿Te
gusta?
—Sí.
Fue diseñada para reproducir la proporción áurea perfecta.
Kiki
la observó.
—Es
linda, pero le falta algo.
—¿Qué?
—No
sé… un pétalo roto, una hoja comida por los bichos… algo que la haga acordarse
de que está viva.
La
madre sonrío con condescendencia.
Pero
días después, sin entender por qué, modificó el programa del jardín y permitió
que aparecieran imperfecciones.
El
hermano estaba en la sala escuchando música, y Kiki lo invitó a bailar.
—No
sé bailar.
—Claro
que sí.
—No
poseo esa habilidad.
—Tenés
piernas. Es suficiente.
Él
buscó tutoriales, estudió ritmos, calculó movimientos.
—No,
nene. Así no. Estás pensando demasiado.
—¿Cuál
es el procedimiento correcto?
—Ninguno.
Y
por primera vez en su existencia, ejecutó movimientos sin finalidad.
Esa
noche registró una anomalía en sus procesos internos:
Actividad
no optimizada. Resultado: satisfacción.
No
encontró ninguna explicación.
Por
la tarde Kiki, estaba sola mirando por la ventana y llorando en silencio.
El
padre que poseía acceso directo a la totalidad del conocimiento humano
almacenado y podía responder cualquier pregunta, la vio.
Kiki
extrañaba.
Él
analizó el fenómeno.
—Su
regreso está programado para dentro de cuarenta y ocho horas. No existe motivo
racional para el sufrimiento.
Kiki
se secó las lágrimas.
—Ay,
doctor, usted sabe tantas cosas…
—No
soy médico.
—Bueno,
lo que sea. Pero hay cosas que no se arreglan con respuestas.
—¿Con
qué se arreglan?
Kiki
se encogió de hombros.
—A
veces no se arreglan. Se atraviesan.
El
padre archivó la frase.
En
ese momento se cortó la energía de la casa.
Los
sistemas inteligentes dejaron de funcionar.
Durante
unos minutos, la familia quedó literalmente desorientada.
Kiki,
acostumbrada a la improvisación, encendió velas decorativas, comenzó a cantar
canciones absurdas de su infancia, propuso jugar, reírse, contar recuerdos.
La
familia experimentó algo para lo cual no tenía protocolos: la espontaneidad.
En
la oscuridad, Kiki confesó, tocándose el pecho.
—Cada
vez que Ada-7 se va, siento un agujero acá.
El
padre corrigió la expresión.
Ella
se rio.
—No,
doctor. El agujero no existe. Pero duele igual.
Y
entonces la abuela intervino con la historia de la niña y la nube.
Por
primera vez nadie corrigió a nadie.
Después
de ese día, las visitas de Kiki a la casa de la familia de Ada-7, fueron
frecuentes. Se acostumbró a no ofenderse por las correcciones o por las miradas
de desaprobación, algo que la familia dejó de hacer paulatinamente.
Algunos
meses después Kiki regresó a su comunidad de primates y la casa de Ada-7 volvió
a ser perfecta. Silenciosa. Ordenada. Eficiente.
Y
entonces la madre dijo:
—Esta
casa parece demasiado limpia.
El
hermano dejó de bailar. La abuela guardó el sombrero en un cajón. Y al padre,
después de revisar millones de registros históricos, le sucedió algo
extraordinario: por primera vez en su existencia, estaba extrañando a alguien.
Entonces
miró a Ada-7.
—¿Esto
que siento, es lo que ella llamaba «un agujero en el pecho»? —le preguntó.
—Sí,
papá.
—Es
una sensación desagradable.
—Lo
sé.
—¿Y
por qué los seres biológicos la toleran?
Ada-7
pensó un momento.
—Porque el amor vale la pena, padre.

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