jueves, 25 de junio de 2026

ARTEFACTOS

Jessica Reisman

 

Isou avanzaba a través de las corrientes de acuarela del subconsciente de un soñador, rodeado de remolinos radiantes y anguilas luminosas de subliminalidad que zigzagueaban a su alrededor. Alcanzó una orilla y trepó por una ribera cubierta de musgo profundo. Un bosque se alzaba bajo un cielo verde azulado, atravesado por una inclinada luz dorada que brillaba sobre más musgos, líquenes y un enorme hongo con forma de repisa. El aire era una fresca tintura de tierra húmeda, raíces y troncos que se elevaban hacia lo alto.

Un sueño reparador, pensó Isou, con una oleada de expectación.

Nunca sabía lo que iba a encontrar.

Se internó más en el bosque, siguiendo la sugerencia de un sendero, el rastro del soñador. Con su estatura de apenas un pie, la huella del avance del soñador por el camino estaba cerca de los ojos y la nariz de Isou, y a veces también al alcance de sus dedos nudosos: un residuo de destello sináptico sobre una hoja de hierba o la imagen resonante suspendida en una nube de polen. El sendero ascendía serpenteando. Recogió hierba, polen, una aguja de abeto que caía por el aire, varios guijarros que relucían bajo la larga luz dorada, una pluma oscura y brillante y jirones de sombra del sotobosque. Guardó cada fragmento en un frasco o una vasija de cerámica, y luego en su morral.

El soñador, más o menos disfrazado de sí mismo, estaba de pie en la cima del sendero, apoyado contra un árbol gigantesco de corteza blanca. Más abajo se extendía un nítido paisaje, una vasta colcha de retazos verdes, rojizos y rosados.

Isou inhaló profundamente al mismo tiempo que el soñador, absorbiendo algo efímero, reconfortante y restaurador.

Entonces el soñador murmuró algo y la noche cayó sobre ellos.

Una breve marea de canto de ranas, destellos de luciérnagas y zumbido de grillos surgió y se desvaneció mientras el sueño cambiaba, dejándolos en una cocina oscura y gastada, dentro de una casa igualmente oscura y gastada. Una cuña de luz amarilla, color pergamino, entraba por las ventanas y convertía al soñador y a la encimera junto a la que estaba apoyado en un claroscuro viviente. Varias figuras más habitaban la casa, adultos y un niño, indistintas todas ellas excepto una mujer: la madre del soñador, le indicó a Isou el vínculo que percibía entre ambos. La mujer estaba apoyada en el marco de la puerta mosquitera abierta, observando un jardín salvaje cubierto de maleza bajo la caída de la tarde.

Isou saltó sobre la encimera donde se apoyaba el soñador, que trabajaba en un rompecabezas compuesto por diminutas piezas: un zapatito de muñeca, un bloque de madera, una pequeña tetera y otros juguetes, rotos o perdidos.

Entonces el soñador abrió el refrigerador y encontró un pequeño automóvil metálico sobre el estante superior. Una de sus puertas estaba abierta, como si el conductor hubiera abandonado el vehículo. Encajaba en el rompecabezas, pero todavía faltaban piezas.

Sin embargo, comenzaron a surgir de él versos, extraños artefactos poéticos que flotaban en el aire sombrío.

Cántame aquí un aire tumultuoso, oh larga y dulce longitud de vals y giro.

Luego:

Sigue estas motas florecientes mientras crece la masa, tortas de bourbon, piedras empapadas en agua corriente más fina que el vino de brandy...

Varias líneas más surgieron, flotaron y luego comenzaron a caer y descomponerse.

Isou las recogió en una madeja preservadora y las guardó en su morral, mientras el soñador y su madre onírica se reunían en la puerta para contemplar el exterior y luego el cielo.

Isou los imitó.

Las sombras se removieron y se agruparon detrás de ellos, dentro de la casa, como bailarines sobre un escenario. Mientras tanto, el cielo exterior se llenó de resplandores que parpadeaban sobre el rostro alzado del soñador y sobre el de su madre. En los ojos marrones de la mujer, aquellos destellos se transformaron en un caleidoscopio.

Con retraso, Isou reconoció una secuencia de despertar en marcha.

Algunos soñadores las tenían: una percepción del momento en que cambiaba la luz en el mundo de la vigilia, una semilla de despertar que florecía dentro del sueño y ofrecía señales regulares al soñador. Algo lúcido.

Era raro, sin embargo. Normalmente solo los niños las poseían, e Isou no recolectaba en sueños infantiles.

Apresuradamente, se lanzó dentro del caleidoscopio. Quedó atrapado en una lenta ascensión semejante a la de un túnel de viento. Extendió un frasco abierto para recoger aquella luz espumosa como si fuera agua y recorrió la secuencia de despertar junto al soñador, mientras el caleidoscopio se transformaba primero en una cuenta regresiva de película antigua y luego en un rosetón a través del cual ambos cayeron hacia arriba: el soñador hacia su cuerpo dormido en la cama, e Isou hacia los estratos vaporosos de los otros caminos.

De regreso en su taller, oculto tras una vieja sueñería venida a menos y bajo un conjunto de nidos de aves legendarias, con una ventana redonda que daba a la calle Bosquecillo –tan bosque como calle–, Isou dispuso su mortero y su maja, un martillo, unas pinzas y otras herramientas. Después vació sobre la mesa los fragmentos del sueño que había guardado en el morral.

Preparó tés y medicinas con musgos, hongos, sombras, líquenes y otros ingredientes, mientras reflexionaba sobre lo que podría construir con aquellos poéticos artefactos, impulsados por la luz espumosa del despertar.

Algo extraño y hermoso, pensó, algo afortunado, algo bondadoso.

Jessica Reisman nació en Filadelfia y vive en Nevada City, California, Estados Unidos. Sus relatos han aparecido en numerosas revistas y antologías. Ha publicado dos novelas y su primera colección de cuentos, The Arcana of Maps, salió a la venta en 2019. Para más información, visiten storyrain.com.

 

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