lunes, 10 de agosto de 2026

LA MUJER

Armenuhi Sisyan

 

La mujer estaba sola en casa. Estaba enferma. No había habido un momento en que estuviera preocupada por sí misma, pero ahora lo estaba, pues las malas sensaciones no la abandonaban desde por la mañana. La ansiedad aumentaba, así como el dolor en la región del corazón, que a veces se convertía en ahogo. Luego, poco a poco, llegaba el miedo y ocupaba su lugar en el corazón dolorido, aumentando su ansiedad. ¿Sería que la muerte deseaba visitarla? ¡Oh, no, no es el momento! ¡Qué tontería, la muerte nunca dice que viene! Probablemente debía decírselo a su hija. Pero no, ¡nunca! Acababa de irse de vacaciones y no tenía idea de preocuparla a ella también. Que venga lo que tenga que venir, pues ¿podrá evitarlo?

Se levantó de la cama y empezó a caminar por la habitación. El dolor volvió a punzar su corazón, y el dolor era tan agudo esta vez que no podía dar un paso. Se quedó inmóvil en su sitio, agarrando fuertemente su corazón e inclinándose. Sí, ¡es el fin! La muerte la perseguía. ¿Iba a morir así? Y lo más terrible era que estaba sola. Debía luchar. Tenía que hacer algo. ¡La medicina! Tenía que llegar a la cocina y sacar la medicina del armario. Oh, no, no podía. Además, si iba a morir, ¿necesitaba alguna medicina? Lo más importante era decirle a alguien que había muerto, de lo contrario su cuerpo sin aliento permanecería en la habitación cerrada durante mucho tiempo. Qué terrible era, tenía que hacer algo, ¿qué se podía hacer? Oh, cómo pudo olvidarse de la emergencia. Estiró la mano para tomar el teléfono que tenía a un lado, pero luego se miró la mano estirada. La manicura había desaparecido de sus uñas, que estaban ásperas y descuidadas, pues hacía mucho tiempo que no se cuidaba, no sabía cuántos días. Se acordó de su madre. Ella siempre había tenido las uñas muy cuidadas, ordenadas y bonitas, y siempre decía que las manos de las mujeres deben estar siempre limpias y cuidadas. Se imaginaba cómo vendrían y la verían en ese estado, primero los médicos, luego los familiares, luego los demás. ¡Qué vergüenza! ¡Pensarían que había sido una mujer muy desaliñada!

La mujer no entendía cómo se levantó y se dirigió al dormitorio, luego sacó su manicura blanca del cajón bajo el espejo, después el líquido limpiador y un poco de algodón. Primero limpió los restos de la vieja manicura, luego puso una nueva capa, uniforme y bonita. Luego echó un vistazo desde distintos ángulos a sus uñas y se maravilló de su propio trabajo y, esperando a que se secaran las uñas, se miró en el espejo. Qué aspecto más desagradable tenía; ¿era aquella mujer tan guapa? Cogió el cepillo del espejo y se arregló un poco el pelo. Con esto bastaría, un poco. Qué cara más pálida, ¡simplemente espantosa! "Una mujer debe ser bella en cualquier circunstancia", pensó, y se pintó los labios. Y la piel; ¡qué piel era ésta, sólo una repulsiva piel de enferma! Y se lavó la cara con un líquido especial para la cara todo el tiempo criticando a alguien y enfadándose con ese alguien como si no fuera ella. Después se masajeó la cara con una crema de alimentación con mucho cuidado y se puso un poco de polvo. Debajo de sus ojos había dos huecos azules donde generalmente la tristeza enferma amaba morar. Intentó camuflarlos frotándolos con cariño, pero no estaba satisfecha. Se miró en el espejo y se sonrió a sí misma con una sonrisa que sólo una mujer hace, y los huecos se hundieron en esa sonrisa. "Bueno, esto está mucho mejor y no la cara desaliñada de aquella mujer. Uno siempre puede saber por la cara de una mujer si es arreglada o no". Seguía criticando a aquella otra mujer. "Una mujer debe seguir siendo una mujer, aunque esté envejecida", afirmaba en su mente. Entonces decidió que su vestido no era tan bonito y pensó que sería mejor cambiárselo. Entró en el cuarto de baño, se cambió de vestido rápidamente, aunque se puso vestidos de casa, pero más limpios y bonitos. Después se volvió hacia la cosa más importante, ese que se llama espejo, y se arreglo un poco el pelo con los movimientos habituales, que era más que nada como acariciarse; luego sonrió encantada y tomó el teléfono. Tenía que llamar a alguien. Mecánicamente descolgó el auricular, pero sus dedos quedaron suspendidos en el aire con incertidumbre. Olvidó a quién iba a llamar.

Armenuhi Sisyan nació en Armenia. Es escritora, poeta y profesora de Lengua Armenia en la Universidad Médica Estatal de Yerevan. Autora y coautora de varios manuales de capacitación para estudiantes. Ha publicado ocho libros. Sus obras están traducidas al inglés, japonés, francés, italiano, chino, polaco, ruso, alemán, persa y albanés. Es Miembro de la Unión de Escritores de Armenia desde 2007, de la Junta de la Asociación Internacional de Escritores Pjeter Bogdani en Bruselas (IWA), de la Japan Universal Poets Association, (JUNPA), en Kyoto. Narraciones y poemas suyos aparecen con frecuencia en las principales revistas literarias armenias y del extranjero. Entre sus libros publicados pueden mencionarse: Un puñado de luz (2006, novelas cortas y poemas en prosa; Harahos (2007, cuentos); ¡Oye, Noé! (2012, cuentos); De vuelta al cielo (2016, novela).

 

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