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domingo, 16 de agosto de 2026

LECHE

Kerry Keys

 

No sabía que iba a ser tan difícil. Solo quería comprar un litro de leche. Eran alrededor de las doce de la noche, pero la tienda abría las veinticuatro horas y estaba apenas a un par de cuadras. Salí al pasillo, bajé las escaleras desde mi departamento hasta la entrada del edificio, pero cuando empujé la puerta para salir, no se movió. Empujé y empujé, y cedió un poco. Empujé un poco más y cedió otro poco. Después ya no. Era extraño, porque tenía cierto juego. Finalmente, exasperado, volví a subir al departamento, busqué un destornillador, un martillo y una llave inglesa, y desmonté la puerta de sus bisagras.

Entonces vi el problema. Había un cadáver tendido justo delante de la puerta y un auténtico mar de cadáveres en todas direcciones, todos más o menos apoyados unos contra otros y, por lo que parecía, completamente inertes. Arrastré el cadáver que bloqueaba la salida hacia el interior del edificio y lo dejé debajo de los buzones. Qué fastidio. Tendría que abrirme paso entre todos aquellos cuerpos, o pasar por encima de ellos, para conseguir mi litro de leche.

No fue nada fácil descubrir cómo avanzar, pasando por encima o retorciéndome entre ellos. Al principio intenté caminar con cuidado por los espacios que quedaban entre los cuerpos, pensando que sería lo más sencillo, pero el pie se me quedaba atascado una y otra vez: a veces entre las costillas de dos cadáveres, otras entre un brazo y una pierna, o entre una rodilla y un cuello. Lo que se te ocurra. Casi siempre conseguía zafarlo a fuerza de tirones o torsiones, pero en ocasiones quedaba realmente atrapado y tenía que mantenerme en equilibrio sobre una sola pierna, en una postura imposible, tirando y tirando. La tercera vez perdí el equilibrio y me fui al suelo, cayendo de trasero justo sobre la cabeza de alguien; quiero decir, sobre la cabeza de un cadáver. Ya había anochecido. No veo demasiado bien. De todos modos, para mantener el equilibrio era más importante mirar dónde apoyaba los pies que hacia dónde iba. No caminaba exactamente en círculos, pero casi.

Varias veces se me salió un zapato; siempre el del pie derecho, porque intentaba avanzar con esa pierna. Entonces no me quedaba otra que sentarme. Aquello era todavía más molesto que caerme, porque tenía que decidir sobre qué sentarme cuando lo único que quería era conseguir mi leche. ¿Sobre el trasero de alguien? ¿Sobre un cuello? ¿Sobre la parte baja de una espalda? Por lo general, esa era la superficie más cómoda para apoyar mi propio trasero. A veces no había elección. Me sentaba donde podía para recuperar el zapato y volver a ponérmelo. La próxima vez usaré botas.

Lo más desagradable de todo era precisamente sentarme para calzarme otra vez. Algún hueso del tobillo parecía querer incrustarse entre mis nalgas, o unos dientes daban la impresión de morderlas. Al levantarme sentía deseos de patear alguna pierna o romperle los dientes a alguna boca, pero era imposible: bastante trabajo costaba caminar como para ponerse a repartir patadas. Orinar encima de ellos habría sido una solución mejor, pero no tenía ganas.

La tienda estaba apenas a unos doscientos metros, pero el trayecto parecía interminable y el avance era desesperadamente lento, con todos aquellos malditos cadáveres desparramados por el camino como si alguien hubiera segado un campo de maíz. Sí, un verdadero mar de cadáveres, aunque no hubieran sido arrastrados por ninguna corriente. Habría resultado mucho más fácil atravesarlos si estuvieran en descomposición, hinchados y blandos. Habrían cedido un poco más.

Después de unos cincuenta metros de abrirme paso con impaciencia, cambié de estrategia. Intentaría caminar por encima de ellos. Eso exigía una concentración casi atlética. Desde luego, seguía tropezando, girando, dando pequeños saltos y trastabillando para recuperar el equilibrio, y tampoco podía seguir una trayectoria recta porque cada pérdida de equilibrio me hacía aterrizar varios cuerpos más allá. Pero, al menos, había menos posibilidades de que el pie quedara atrapado entre un par de hombros o entre los muslos de alguien y tuviera que sentirle los testículos o el pene a través del cuero de mis zapatos. Gracias a Dios por las niñas pequeñas; sin ellas, ¿cómo haría un viejo como yo para abrirse camino por la vida?

Aprendí enseguida que no debía intentar avanzar de cabeza en cabeza como quien cruza un arroyo saltando de piedra en piedra: las cabezas rodaban o se inclinaban y terminaba otra vez con el pie atrapado entre toda clase de partes del cuerpo. Las piernas tampoco ofrecían demasiadas garantías. Como dicta el sentido común, las espaldas y los vientres eran la mejor opción. Pensé, con cierta melancolía, que si aquellos cadáveres hubieran salido directamente de un centro de interrogatorios o de un campo de concentración, tal vez habría más espacio entre unos y otros... aunque probablemente no, porque también habría muchos más cuerpos amontonados.

A veces la simple disposición de los cadáveres no dejaba alternativa y tenía que apoyar el pie con muchísimo cuidado sobre una oreja –cuando la cabeza estaba vuelta de lado resultaba un poco más estable– o sobre un cuello, esperando que la barbilla no se levantara y me dejara el pie encajado entre ella y el esternón.

Como puedes imaginar, aquello llevaba bastante tiempo y, de vez en cuando, terminaba cayendo boca abajo en una especie de grotesco preludio de intimidad, aunque no sucedía muy a menudo. Lo peor era cuando el cuerpo sobre el que caía pertenecía a un bebé o a un anciano muy viejo. No estoy seguro de por qué. Los cuerpos ancianos, en la penumbra, eran indistinguibles de los demás –y yo tampoco intentaba distinguir nada– salvo cuando me caía encima de ellos. Los cuerpos muy pequeños, en cambio, eran obviamente de bebés y resultaban bastante fáciles para caminar sobre ellos: tenían el tamaño justo para apoyar un pie, eran más blandos y no rodaban como las cabezas. Creo que encontrarme cara a cara con un bebé me hacía sentir culpable, porque su única utilidad consistía en servirme de apoyo para llegar a comprar mi cartón de leche. Y aunque despertara de aquella inercia, tampoco compartiría mi leche con una cobra.

Después de lo que me parecieron horas, por fin llegué a la tienda. Pensé que tal vez debería comprar también una botella de destapacañerías y echar un poco sobre los cadáveres cada vez que regresara al departamento para que, al cabo de unos meses, se abriera por lo menos un sendero transitable. O dos botellas: una para el camino de ida y otra para el de vuelta. Pero sería demasiado engorroso y, la verdad, no tenía ánimo para semejante tarea.

El verdadero problema era regresar cargando el cartón de leche sin romperlo. Gracias a Dios ya no los vendían en botellas de vidrio. No voy a aburrir a nadie con los detalles, pero el regreso fue prácticamente igual que la ida. El mismo trabajo. La misma logística, solo que a la inversa. Como el cartón iba en el bolsillo del abrigo, tenía las dos manos libres. La única diferencia era que debía cuidar aún más el equilibrio para no caer del lado donde llevaba la leche.

Cuando por fin llegué a la puerta del edificio, fue un alivio comprobar que ya no había un cadáver bloqueando la entrada. Menos mal que lo había arrastrado hacia adentro antes de emprender lo que ahora me parecía toda una misión. Aquella pequeña superficie de hormigón desnudo era un regalo del cielo, aunque nadie hubiera enviado nada: un felpudo de bienvenida en medio de un océano de cadáveres que semejaba una gigantesca alfombra voladora.

Me limpié las suelas sobre aquel inesperado "regalo del cielo". Estaban realmente asquerosas, pese al aspecto casi antiséptico de los cuerpos: tenían restos de sangre, de excrementos y algunos cabellos pegados.

Al entrar comprendí que tendría que subir el cadáver hasta mi departamento. No había otro sitio donde dejarlo. Si permanecía allí seguiría impidiendo que los vecinos llegaran a sus buzones; si lo dejaba en la escalera, alguien podía tropezar con él y entonces habría un maldito cadáver más del que ocuparse. Además, tener que pasar por encima de él cada vez que fuera a buscar el correo sería un fastidio. Quién sabe, hasta podía constituir una infracción administrativa.

No fue sencillo. Si alguna vez has intentado cargar un cadáver, sabes de qué hablo. Peor que arrastrar un ciervo; por lo menos un ciervo tiene astas. Este ni siquiera tenía un pene al que pudiera atarle el cinturón para facilitar el transporte. Al final no encontré otra solución que arrastrarlo escalera arriba sujetándolo por los pies, después de envolverle la cabeza con mi suéter para no lastimársela.

Y aquí llega el verdadero clímax del asunto; no más adelante. Fue un momento terrible.

Cuando metí el cadáver en el departamento, encendí la luz y lo miré... era mi madre.

Bueno, ya puedes imaginarte.

Hacía años que no la veía. En realidad, estaba convencido de que había muerto mucho tiempo atrás, pero allí estaba ahora, muerta de verdad, en mi sala.

¿Quién podría volver a pronunciar la palabra "ingratitud"?

No podía simplemente arrastrarla otra vez escaleras abajo, expulsándola de mi vida de ese modo. Debía de haber recorrido un largo camino para llegar hasta allí. Y arrojarla por la ventana para que cayera encima de otro cadáver –aunque la caída quedara amortiguada– sería como lanzarme esa misma palabra, "ingratitud", directamente a la cara.

El problema era que mi departamento era muy pequeño y no había sitio para que durmiera cómodamente.

Supongo que, si la vida no es más que un sueño, la muerte también lo será. Y quizá tanto la vida como la muerte, y todo lo demás, no sean más que un sueño soñado.

Y yo no quería que mi madre se pasara la noche dando vueltas y manteniéndonos despiertos a los dos dentro de nuestro sueño soñado.

Además, solo tenía un vaso para la leche, porque vivía solo. También una sola almohada, una cuchara, una toalla, un edredón y un televisor.

Después de pensarlo un buen rato, se me ocurrió acostarla en mi catre y dejarle la almohada. Yo tampoco la necesitaba. El vaso y la cuchara podía lavarlos después de cada uso; una persona puede contagiarse una enfermedad y quizá también se pueda contagiar la muerte.

En cuanto a la toalla, ella podía usar un lado y yo el otro. El edredón podíamos turnárnoslo una noche cada uno o, si hacía falta, yo podía cubrirme con una de las cortinas.

Y el televisor... bueno, llevaba años descompuesto.

Así que la acomodé lo mejor que pude y fui a la cocina a beber mi leche.

Bebo un litro entero cada día, por lo general por la noche.

Cuando terminé de beberlo de un trago, me di cuenta de repente de que no había dejado ni una gota para mi madre.

Me sentía agotado, pero la tienda abría las veinticuatro horas y lo mejor sería volver.

Me puse el abrigo, bajé las escaleras y salí al exterior, sobre el inexistente felpudo de bienvenida donde antes había estado el cuerpo de mi madre.

Debía de haber recorrido un largo camino y casi había conseguido llegar.

Probablemente también tuvo que abrirse paso entre todos aquellos cadáveres.

Quizá incluso hubiera traído leche para mí, porque en el aire flotaba un tenue olor a leche rancia.

Cuando uno vuelve a ver a su madre después de tantos años, inevitablemente se pone a reflexionar un poco.

Así que no era mala idea descansar allí unos minutos, justo donde ella había estado, antes de regresar a la tienda.

Además, aquel inmenso mar de cadáveres resultaba bastante intimidante.

La tienda abre las veinticuatro horas y nunca se queda sin leche.

No hay por qué preocuparse.

Si me quedo dormido, estoy seguro de que ella bajará a despertarme y podremos ir juntos a comprar nuestra leche.

La fuente de la poesía de Kerry Shawn Keys se encuentra en los Montes Apalaches, la América urbana, India, Brasil y Lituania. Sus raíces son universales. De 1998 a 2000, impartió clases de teoría de la traducción y composición creativa como profesor asociado Fulbright en la Universidad de Vilna. Es autor de decenas de libros. Su obra abarca desde la poesía errante y pastoral de las faldas de las montañas y la recuperación urbana hasta piezas de teatro-danza, flamenco, libros infantiles, meditaciones sobre el Tao Te Ching y un poema épico polifónico, compuesto a partir de sus diarios del sur de la India. Ha actuado y grabado con el percusionista de free jazz y artista de constelaciones sonoras Vladimir Tarasov (CD-Prior Records), y fue el líder del cuarteto Nada, de jazz-fluxus. Algunos de sus libros más recientes son: Kitos Knygas, 2013; Sich einen Fluss verschaffen, poemas bilingües inglés/alemán, 2017; Nueva poesía de China, 1917-2017, 2019; Hielo negro, 2020; Cordones para Chagall, poemas de amor seleccionados, 2021; Kerry Shawn Keys, Vida y obras seleccionadas, 2021; Estaciones en el huerto, 2023, Black Spruce Press, 2023; Alfabeto de sueños, 2024.


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